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Mié, Oct

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

En realidad, no fue un balde de agua fría, pero casi. Hoy por la mañana al ducharme, se acabó el agua caliente cuando tenía el cuerpo completamente cubierto de jabón y el pelo con champú. En realidad, el agua no se había acabado, seguía fluyendo abundante, aunque gradualmente comenzó a enfriarse.

 

Yo que no me ducho con agua fría ni siquiera en verano cuando hay más de 30 grados de calor a la sombra, con una temperatura en el exterior de apenas 2 grados Celsius sobre cero, me tuve que enjuagar con agua fría… gélida. Obviamente sentí un shock inmediato ante el cambio de temperatura, y sin alternativa posible, primero me quejé, incluso tímidamente, para no molestar a los demás, pero en cuanto sentí el ataque de las miles de agujas clavándome la piel, me puse a gritar como loco mientras me sacaba el jabón del cuerpo lo más rápido posible. Lo más duro fue la espalda. Toda una experiencia, por decir lo menos; extrema.

Como suele suceder cuando después de una tormenta llega la calma, una vez pasado el shock hipotérmico al cual no estoy acostumbrado, llegó una agradable sensación. Fue placentero el haber dejado de recibir el suplicio térmico, mezclado con la satisfacción de recuperar gradualmente mi temperatura corporal.

Solo por el placer del dejar de sufrir, se me ha pasado por la cabeza la idea de repetir la traumática experiencia. Algo así como andar todo el día con zapatos pequeños, para sentir el placer de sacárselos al llegar la noche.

¿Una práctica masoquista?

Puede ser, aunque estoy seguro de que todos conocemos a más de alguien que incurre en esta mecánica auto flagelante para sentir pequeñas satisfacciones que de otra manera le serían imposibles.

¿Inventar problemas de la nada para encontrarles solución?

¿No será más productivo solucionar problemas reales, de esos que todos tenemos?

Cada uno sabe dónde le aprieta el zapato, de nuevo zapatos, como para que le esté dando consejos que no me han pedido.

Solo puedo decir que para los que hemos sido favorecidos con una vida razonable, los que consideramos problemas, en el fondo no lo son.

Un verdadero problema es no tener que comer o un techo donde encontrar abrigo. Carecer de agua limpia o vivir en un entorno donde la violencia sea el pan de cada día.

¿Problemas nosotros?

Inconvenientes quizás, pero de problemas reales, definitivamente no nos podemos quejar.

Y aun si considerando nuestra posición privilegiada, consideramos tener problemas, me gusta mucho un dicho de una sabiduría magistral:

 

“Si tienes problemas y puedes hacer algo, simplemente hazlo y deja de preocuparte por lo que no haces.

Si tienes problemas y no puedes hacer nada por solucionarlos, deja de preocuparte por lo que no puedes hacer.”

 

Sé muy bien que el opinar es extremadamente fácil, sobre todo si no se conocen las múltiples variables implicadas en tal o cual situación, pero me repito cada vez más el hecho indesmentible, al menos racionalmente, de que solo tenemos una sola vida como para andarla desperdiciando en problemas irreales.

Inconvenientes tendremos muchos, todos solucionables.

No necesitamos de baldes de agua fría como para experimentar la mayor experiencia de todas; simplemente vivir.