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Velaí! Voici! | Afonso Becerra

La orientación de los géneros en el drama realista supone una inflexión respecto a la visión de la vida en alguno de sus capítulos. Pues la vida en su amplitud y complejidad no cabe en el escenario, del mismo modo que no cabe en nuestro pensamiento. Entonces, escenario y pensamiento, dentro de la amplia gama del drama realista, vienen a estar ligados de una manera muy estrecha. Pensamiento, análisis activo y escenario, en el abordaje de las situaciones de conflicto que tejen el relato de nuestras vidas.

Situaciones de conflicto que se repiten en infinitas variaciones, en personas diferentes, en lugares y épocas diferentes, erigiéndose, por tanto, en situaciones de conflicto paradigmáticas sobre la naturaleza del ser humano y de las relaciones que le son intrínsecas.

Uno de los grandes maestros de la dramaturgia universal en la conjugación del análisis activo, del pensamiento activado mediante acciones, capitaneadas por el diálogo dramático entre personajes, es Arthur Miller.

El sábado 3 de noviembre de 2018 fui a ver Do Alto da Ponte (A View from the Bridge, 1955) al Teatro Diogo Bernardes de Ponte de Lima (Portugal), de la compañía de Lisboa Artistas Unidos, con dirección de Jorge Silva Melo.

El dramaturgo Miller, hijo de inmigrantes y que tuvo que trabajar en un almacén de repuestos de automóviles para pagarse los estudios en la universidad, conocía de primera mano las bondades y las dificultades del mundo laboral de la clase obrera. La imperiosa necesidad del trabajo y cómo este acaba moldeando la personalidad del individuo. La importancia del trabajo no solo para sobrevivir, sino también para desarrollarse como persona.

En Do Alto da Ponte está esto y mucho más. La protección y defensa del trabajo, equivalentes a la defensa del honor y respeto de las personas y de la familia.

Artistas Unidos representan la obra de Miller con una transparencia deslumbrante. La escenificación facilita que las situaciones dramáticas se tornen diáfanas en su complejidad. Las actrices y actores hacen aparecer delante de nosotras/os los personajes, diseñados por Miller, reconocibles en su tipología común (clase inmigrante trabajadora de los años 50 en los EEUU, en Nueva York) y, al mismo tiempo, únicos y misteriosos en sus contradicciones.

En esa individualización, el personaje de Eddie, estibador ítalo-americano, interpretado de manera prodigiosa por Américo Silva, adquiere el vuelo del arquetipo de tragedia, con su incorruptible fidelidad a unas creencias ligadas a las responsabilidades y a la honra de un trabajador: virilidad, heterosexualidad, austeridad y comedimiento, protección y tutela de la familia, moralidad en las actitudes y formas...

Contra todo esto aparecen los primos de su mujer, Beatrice, que vienen como inmigrantes ilegales, desde Italia, huyendo del hambre y de la miseria. Los hermanos Marco y Rodolpho, sobre todo este último, el más joven y soltero, Rodolpho, que se enamora de Catherine, sobrina huérfana de Eddie y Beatrice, que fue adoptada como hija por el matrimonio.

Rodolpho viene a trabajar, con su hermano mayor, Marco, como estibador, pero él no piensa en volver a Italia, como Marco, que tiene allí mujer e hijos pasando hambre. No, Rodolpho es especial en el contexto de los inmigrantes que trabajan en las dársenas del puerto como estibadores. A él le gusta cantar y da unos tonos agudos con una voz que no es la voz ruda de los obreros, tampoco lo son sus formas de moverse y de estar. A él le gusta presumir, gasta el dinero en ropa, en discos, le gusta cocinar e incluso hacer vestidos. El actor André Loubet representa, en su propia apariencia física, al personaje que encarna unos valores diferentes a los de Eddie. El actor se expresa con una dulzura fuera de estereotipos, naturalizada por su vital desenvoltura. El contraste que genera respecto al resto de personajes masculinos es sutil, pero también muy marcado.

Eddie siente repulsión y, en cierto sentido, tal vez también atracción por Rodolpho, como nos comentaba, a la salida del espectáculo, Jorge Silva Melo, cuando fuimos saludar para darle la muy merecida enhorabuena.

En la breve conversación, Silva Melo, hacía énfasis en las muchas capas de lectura y en las muchas contradicciones que encierra esta obra de Arthur Miller. Entre ellas, ese primer beso entre dos hombres en el teatro de los EEUU, entre el corpulento y rudo Eddie y el delgado y fino Rodolpho, delante de la prometida de éste, Catherine, que es como la hija adoptiva de Eddie. Yo le comentaba que, tal vez, Eddie pretendía demostrarle a Catherine, con ese beso a Rodolpho, que éste era homosexual y que la estaba utilizando para conseguir la nacionalidad americana al casarse con ella. Pero Silva Melo añadía esa posible atracción por lo desconocido, por lo que es muy diferente, aquello que representa Rodolpho y que Eddie nunca fue ni podrá ser.

La delación que hace Eddie de los hermanos inmigrantes ilegales, primos de su mujer Beatrice, albergados en su casa, por celos y por la rabia de que Rodolpho se case con Catherine, según Silva Melo es trasunto del affaire entre Arthur Miller, Elia Kazan y Marilyn Monroe, cuando Elia Kazan denuncia a Arthur Miller acusándole de comunista, en la caza de brujas dirigida por el senador McCarthy, porque Kazan estaba enamorado de Monroe y ésta se casó con Miller.

El actor André Loubet, que interpreta a Rodolpho, lleva los cabellos teñidos de rubio, tal cual el personaje que diseña Miller y que vendría a ser una evocación de Marilyn Monroe.

De este modo, la delación de los inmigrantes ilegales, que entran en un país para poder trabajar y mejorar la situación de penuria en la que se encontraban en su país de origen, se convierte en uno de los puntos fuertes, a nivel político, de esta pieza. Esta acción acometida por el personaje de Eddie, que va a precipitar el final trágico, se erige en una especie de ejemplo de la estigmatización injusta a la que se ven condenados muchos inmigrantes ilegales.

La escenificación de Jorge Silva Melo no renuncia al drama pasional, pero tampoco huye de colocar delante de nosotras/os el dilema moral.

El espectáculo va ofreciendo la calidez y la dureza de ese hogar de trabajadores al lado del puente de Brooklyn, la casa de Eddie, Beatrice y Catherine.

 Joana Bárcia, en el papel de la mujer de Eddie, encarna el equilibrio y la sensatez, como las mujeres de la dramaturgia de Ibsen, igual que los hombres encarnaban allí, en la obra del noruego y quizás también en la de Miller, la rigidez de unos códigos de conducta que los arrastran al fracaso. Joana Bárcia hace una interpretación en la que la escucha y la observación edifican un carácter ecuánime, capaz de arbitrar los conflictos en el seno de la familia.

Vânia Rodrigues, por su parte, como la joven Catherine, es la encarnación de la docilidad, pero también de la firmeza. La actriz compone un personaje emotivo, con un matiz de ingenuidad y seducción. En la trama resulta ser el desencadenante de las pasiones.

Bruno Vicente, en el papel de Marco, el hermano mayor de Rodolpho, inmigrante ilegal, que viene a trabajar a Nueva York para enviar dinero a su mujer y a sus hijos, que están pasando hambre en Sicilia, hace una interpretación muy contenida, como un animal que siempre está en guardia, en vigilancia, y que intenta no llamar la atención ni molestar.

Toda esta historia es narrada, en las transiciones entre escenas, por el abogado Alfieri, al que habían acudido en busca de justicia tanto Eddie, cuando intentaba evitar que Rodolpho se casase con Catherine, como los hermanos Marco y Rodolpho, cuando son detenidos por la policía, después de la delación realizada por Eddie.

Alfieri, interpretado por António Simão, es una suerte de actualización del narrador brechtiano, que aquí sirve para otorgar un carácter documental a la historia, pero, al mismo tempo, también, un tono de equidistancia y reflexión.

Las palabras finales de la pieza, expresando su simpatía por Eddie, frente a otros clientes más prudentes, acrecienta un necesario matiz de humanidad delante del tribunal popular, que somos el público y que, seguramente, sentenciamos a Eddie. António Simão ofrece esa mesura elegante y sin engolamientos.

 

El clímax de la tragedia, con la lucha de navajas entre Marco y Eddie, justo antes de la boda de Rodolpho y Catherine, rodeados por los compañeros y vecinos, es un cuadro plástico de intensa fuerza, gracias al juego de luces y sombras, al efecto escenográfico, con el alzamiento de una franja roja en el fondo del escenario y la foto fija en el momento de la muerte de Eddie. Jorge Silva Melo resuelve magistralmente una escena ciertamente difícil de realizar en ese contexto realista.

 

Así, podemos decir que Do Alto da Ponte de Artistas Unidos conjuga, por lo menos, tres perspectivas sobre esta historia: el drama de las relaciones afectivas entre personajes individualizados, la épica de la narración que introduce de manera explícita el abogado Alfieri, presente casi todo el tiempo en una esquina del proscenio, al hacer de narrador, así como la épica que supone la propia historia de una clase social: los inmigrantes trabajadores. Y, finalmente, la tragedia en la encarnación arquetípica de valores universales, que llevan a la desgracia al personaje que los ostenta al seguirlos  de manera inflexible.

Do Alto da Ponte de Artistas Unidos es una lección de teatro emocionante y creador de polémica, en su capacidad para suscitar el debate, sin condenas absolutas, porque los personajes son interpretados, por las actrices y los actores, de manera que podemos comprender su humanidad y, por tanto, sus errores como parte consubstancial de la persona.

 

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