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Dom, Feb

Y no es coña | Carlos Gil

Escribo el día de los Santos Inocentes la que será la última entrega de estas homilías en este año 2020, por lo que mi estado de ánimo está tan atravesado por cuestiones de actualidad que voy a intentar ser breve y conciso. 

 

1.- Insisto: las listas de las diez mejores obras, montajes, actores, películas, novelas o cualquier otro producto cultural son una excreción del sistema capitalista. Lo publican personas que utilizan medios de comunicación con una prepotencia y totalitarismo patéticos. Nadie ha visto ni la mitad de los espectáculos estrenados en el año 2020 en ningún país, en ninguna Comunidad Autónoma ni en ninguna ciudad. Son listas aleatorias, centralistas hasta la náusea, propaganda barata. Sirve para el ego de quien la hace, para que los que salen en la lista se sientan eufóricos, pero su validez es nula y su influencia emocional es corta. Mañana ya no sirven. Dicho lo anterior, en algunos de los casos podría estar de acuerdo con los privilegiados en las listas, pero hay tantas omisiones por negligencia, que se anulan. Los no señalados siguen haciendo teatro, del bueno. O del buenísimo, aunque esos listos de las listas no los hayan visto. Ni se enteren. Ni les interesa.

2.- El caso de los premios literarios declarados desiertos es algo que siempre me parece un tema, un asunto que roza todos los campos de la ética, la estética, la política. Que el Teatro Español convoque un premio para elegir a una “comedia”, entra dentro de las imprudencias causadas por la maligna ignorancia y la desfachatez conceptual. Cito de memoria, pero en las últimas décadas recuerdo dos premios con esta intención, uno en una ciudad andaluza en el que colaboraba Pentación que montaba la comedia ganadora. Tricicle puso en marcha otro premio con esta invocación. Duraron pocas convocatorias ambos y parece ser que el propio concepto “comedia” lleva a confusión, o se busca desde los convocantes algo muy específico que los mil dramaturgas y dramaturgos realmente existentes interpretan de muy diversas maneras. Humor, risas, comedia, todo ese batiburrillo que nos induce a tener que tentarnos las ropas cada vez que hablamos de este género teatral canónico.

He formado parte de decenas de premios de textos teatrales, montajes, he propiciado alguno aquí y en México, Artezblai sigue colaborando en modo editor con el Premi Born y no recuerdo haber declarado ninguno desierto. Si se hace una convocatoria concreta, concisa, la decisión de decidir que ninguna de las obras presentadas o vistas es un acto de una trascendencia superior a lo coyuntural. Las elecciones de cada premio pueden no gustar, pero nunca son equivocadas. Nunca he vivido tensiones desde la entidad convocante para encaminarse por un lado u otro. Siempre se ha encontrado un consenso en las deliberaciones. Y hemos tenido sorpresas. Y hemos visto cómo obras que no ganaron en este premio, a los meses ganaban en otro. Los jurados de los premios no juzgan la historia de la literatura dramática, no es una crítica comparada, es una elección entre unos textos admitidos en una convocatoria pública. El mejor, al buen entender de los jurados, de los presentados. No buscar una obra de “alta comedia” del siglo diecinueve, sino elegir la mejor de las trescientas y pico presentadas.

Por lo tanto, a mi entender,  lo sucedido en el Teatro Español no tiene un pase ético. ¿Quiénes eran los lectores para seleccionar las finalistas? ¿Todo el jurado se leyó las trescientas y pico obras? Si yo fuera el convocante del premio, como lo he sido de varios, siempre he señalado que asumíamos los resultados, pero que no entraba dentro de nuestro espíritu cercenar el camino del propio premio. Entiendo que los grandes juzgadores piensen que, al declarar desierto, su nombre (el de los jueces universales) se refuerza y se manda un mensaje a la tropa de rigor y para que nadie se crea un gran comediógrafo. Craso error. No me sirven los argumentos de contenido estrictamente emocional o económico. Seguimos.

3.- Mis obsesiones. En este año pandémico hemos escuchado muchas noticias sobre el cambio climático, sobre la necesidad de cambiar nuestras relaciones en el transporte público, el uso de los carburantes sólidos, la economía que debe ajustarse a otros parámetros, a otros visiones, a otra inspiración. Y ahí, metido en estos asuntos, me pregunto, ¿las artes escénicas deben reflexionar sobre estos asuntos? Yo juraría que sí, que necesita otra manera de afrontar económicamente en el sentido global, su propia actividad. ¿De verdad son necesarios doscientos aparatos de iluminación para hacer una penumbra que impide ver a los actores? El propio sistema, ¿no debe reflexionar profundamente? La producción teatral española se basa en el bolo (actuación) suelto para su amortización, una barbaridad, la ineficiencia asumida casi como una característica a proteger. Este año 2021, seguramente no nos vacunaremos contra la pandemia de la inercia, pero tendrán que llegar nuevos impulsos para recapitular y estudiar la manera de hacer mejor lo que hacemos, pero pensando en la misión u objetivo básico de esta parte de la cultura: que debe encontrarse con el otro, con los otros, con los públicos, con la ciudadanía. Y para eso hay que Hacer más y mejor Teatro, de cercanía, sin pausas, de manera horizontal y vertical. Y hacer mil kilómetros para hacer una representación es un absurdo. Se gasta más en transporte y dietas, que en lo esencial: la función a realizar. 

Feliz año.