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Lun, Dic

Sangrado semanal | Juana Lor

Las rodillas temblando de una niña de ballet. La barra de madera pulida. Todas vestidas iguales, suena el piano anticipador. Los jueces miran desde su atalaya. Y...¡Plié! La vibración de sus rodillas mientras hace la flexión empieza a adquirir tintes épicos, la niña no lo puede creer. ¡Tantos pliés en clase bien armados, cada tarde, cada día subir y bajar con fluida densidad y ahora, esos dos huesos redondos se la juegan bailando el baile de San Vito en pleno examen académico central, clásico y oficial! No hay derecho. Y tampoco hay manera de controlarlo. Es una erupción inesperada y bronca, las rodillas temblando como un flan. ¡En plena barra! Si le hubieran fallado en los saltos, (porque en la preparación de todo bailarín de clásico siempre hay un apartado de saltos), no le hubiera pillado desprevenida, por algo su maestra siempre le advertía cuando llegaba la hora de brincar: ¡Más fuerza en las rodillas! ¡Necesitas más fuerza en las rodillas! Pero jamás hubiera imaginado que aquello pudiera sucederle nada más empezar su intervención, en la parte segura, al principio de su actuación.

Por mucho que ensayes, por mucho que entrenes, el momento sublime en el que sales a escena con unos espectadores de frente o de costado no es simulable. Por eso es tan necesario el pre-estreno, porque todo cambia en el momento previo a la actuación. ¡Hasta las rodillas hablan! Por supuesto que hay técnicas. Técnicas de relajación, de respiración, métodos para encontrar el centro de uno mismo y aceptar el bravo latido de la sangre, revolucionada, antes de que el cuerpo salga a escena. Formas de encauzar todo ese despliegue latente de energía para poder irradiar la presencia sobre las tablas y evitar que se escape en forma de grito, de nervio, de ¡ay que ganas de ir al baño OTRA VEZ! y de inseguridades que llegan en el último momento para apartarte del lugar interior desde el que debes afrontar tu actuación.

Alguien me dijo hace tiempo que el miedo a hacerlo mal te sitúa siempre metros antes de la línea de salida para abordar un trabajo actoral. También le quitó importancia a este desagradable asunto al afirmar que en teatro, en la vida viva en escena, el primer impulso siempre es válido. Esta es una afirmación que siempre me ha acompañado. Una pequeña frase-talismán que guardo en mi bolsillo actoral. Me digo: Si estamos vivos, si estamos decididos, nunca podremos hacerlo mal en escena. Es el trabajo del actor un viaje apasionante de idas y venidas y de mucho carrusel en todas sus fases. Pero lo cierto es que el tiempo antes de salir, esos instantes fugaces y eternos en los que ya estás caracterizado, maquillado y preparado, en los que oyes el murmullo de los espectadores en las butacas, pero aún no es momento de empezar, son únicos y especiales, pero también complicados de gestionar. Negándolos sólo conseguirás que tus rodillas empiecen a manifestar aquello que no quieres expresar.