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Lun, May

Y no es coña | Carlos Gil

Tengo un tema que parece anatema. ¿Se puede discrepar de las tendencias escénicas consideradas de última generación sin que se le acuse a alguien de desfasado, ignorante, resentido o simplemente idiota? Tengo a bien leer bastante las críticas, escuchar los comentarios, de apropiarme de los argumentos de mis compañeros, de mis conmilitones, de mis amistades más cercanas, pero cuando veo que se ceban contra un o una discrepante de alguna proclamada eminencia teatral coyuntural, me solidarizo a ciegas, como cuando de niño defendía sin condición ni razón a los míos, a los de mi equipo de fútbol en la calle, de mi cuadrilla. 

 

Sucede que a veces tras este alineamiento automático me viene una etapa de reflexión, incluso de contrición, porque no estoy de acuerdo al cien por cien con casi nadie. Incluso conmigo. Hay cosas que escribo un día aquí que, leídas a los tres meses, rectificaría, no totalmente, pero matizaría tanto que podría anular la tesis principal. Cada día, en términos democráticos generales, estoy más a favor de la dialéctica como manera de reafirmación. Del choque de ideas no coincidentes para que surja una manera consensuada de entenderse. El señalar a alguien como el mejor o el peor, es una opinión subjetiva, pero que en el campo de la mirada a la exhibición artística se convierte con demasiada frecuencia en un dogma, cuando no en una sentencia, que, si se trata de algo positivo, pues se puede aprovechar, pero en negativo puede hundir al afectado.

Por prescripción facultativa desde hace años no acostumbro a estar en corrillos, comidas, copeos donde se suelen cocer programaciones, destinos de una obra, un artista, un grupo o una compañía. Los años han ido creando núcleos de presión sin metodología ni ordenamiento, pero que comentan a la salida de una obra en una feria, en caliente, y sus apreciaciones, sean doctas, impulsivas, intuitivas o fundamentadas en las biblias teatrales, puede convertirse en coartadas para que algunos oportunistas puedan excusarse para poner esa obra en los teatros, redes o salas que tengan bajo su responsabilidad administrativa, o no, que es lo peor. Y existen líderes o lideresas que influyen de una manera natural en un número determinado de profesionales. Estoy haciendo un elogio, no una crítica. Me parece lo más sano, lo más lógico que se confíe en quienes por su trayectoria, estudios o práctica mantienen unos criterios reconocibles.

El ideal de un crítico sería tener esa influencia sana. Eso sí, debería ir un poco más allá, porque se ejerce sin la perentoriedad de aplicar esa percepción en unos terceros, que son los públicos afectados por la decisión del programador. Desde la crítica, así en abstracto, se vierten opiniones, mejor o peor argumentadas, que de alguna manera dialogan, en principio, con el propio objeto, con la propia obra criticada, pero que después tiene una repercusión incontrolable, que aumenta cuando es leída, analizada, utilizada esa pieza crítica para tomar decisiones de otro ámbito.

Todo lo escrito hasta ahora es una obviedad, no aporta mucho al discurso, porque lo que me interesa señalar es que el discrepante, el que va fuera de la manada, el que no sigue el paso en el desfile, a ese, a esa, es al que hay que prestar más atención. Puede ser el más equivocado, pero también puede ser el que dé la opinión más fresca, más nueva, menos condicionada, menos contaminada. Y sucede igual con lo que se hace en el escenario, la igualdad, la coincidencia temática, los reducidos núcleos de autores, dramaturgas, directoras que ocupan el escalafón actual, la versión de la versión, puede ser hasta una pieza bien hecha, pero descubrir la belleza de lo imperfecto, de lo que respira vitalidad interna, conceptual, artística, formal, estética es lo que algunos buscamos cada vez que atravesamos la puerta de un teatro, de una sala, o estiramos el cuello para poder ver a ese poeta del silencio que se expresa en una plaza.

Me enseñaron desde pequeño, en mi adolescencia militante, en mi vida adulta contradictoria que la unanimidad no es sana. Y es cierto que hay fenómenos artísticos, corrientes, que gustan a una inmensa mayoría y que son ponderadas desde diversas doctrinas estéticas de una manera coincidente, pero yo me quejo, en estos días, de la proliferación de unos centenares de propuestas, todas dignísimas, todas creadas con el mismo esfuerzo, partiendo de las mismas necesidades, poniendo las mismas ilusiones y sabidurías, pero que se parecen demasiado. Nombres aupados a la gloria que en otras circunstancias no pasarían de ser unos buenos profesionales que ofrecen aquello que se espera, sin ninguna aportación para la incertidumbre que es uno de los valores que algunos buscamos en las propuestas.  

De acuerdo, todos ustedes aplauden, todos utilizan adjetivos muy grandilocuentes, pero dejen que aquellos equivocados, que ellos, los que no lo ven así, se expresen y no se sientan sus palabras como insultos a la bandera, al héroe, al genio. No, son almas que rebosan generosidad, que se ponen con sus argumentos frente al pelotón, que serán excluidos del banquete de los poderosos, pero que a lo mejor son los más felices, los que saben que no le deben nada a nadie, que su acción, sea la que sea, es fruto de un pacto entre el conocimiento y la posibilidad de poder cambiar un poco, casi nada, lo existente, porque a algunos, desde la ignorancia, desde la soberbia, desde la experiencia nos parece que le falta algo más, que se necesita que esos valores que apuntan buenísimas maneras se esfuercen mucho más, se contrapongan con otros de mayor enjundia e identidad para que puedan crecer. Aplaudir ciegamente, asentir por miedo, quedarnos siempre en esa bondad meliflua, no nos hace más buenos, nos hace más mediocres. Cosa que a los mediocres ya nos va bien, pero que, a las artes, no tanto.

Los que predicamos demasiado no deberíamos callarnos nunca. Ya tenemos legiones de censores que lo quieren hacer. Pero sí deberíamos saber abrir bien las ventanas para que entren aires nuevos. Y si el aire viene muy contaminado, cerrarlas, ponerse la mascarilla, y si se puede y se sabe, recetar antídotos para el virus del conformismo y del miedo. 

Por lo demás muy bien. Espléndidos días primaverales en mi lugar actual de residencia; programaciones teatrales constantes. Observo la grandeza humana al lado de la miseria humana. Todo lo que sea humano no me es ajeno. Ni siquiera el amor.