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21
Mar, May

Y no es coña | Carlos Gil

Hay momentos del año en donde la mitad de la profesión dedicada a las artes escénicas está recopilando papeles y certificados para adjuntar a los proyectos y la otra mitad está proyectando los proyectos a los que después deberá adjuntar los papeles y certificados para que ese proyecto se sume a otros cientos de proyectos que acabarán en las manos de unos funcionarios que revisarán los papeles y los certificados, calificarán los proyectos lo más objetivamente posible para que otros funcionarios decidan en plenario o en conciencia sobre la viabilidad de esos proyectos.

Hay especialistas en pergeñar proyectos, oficinas que ayudan a los más genuinos artistas que no son capaces de trabajar de manera eficiente con Excel, asesores que se conocen todos los reglamentos, los trucos (entiéndaseme bien), las maneras de presentarlos, que son capaces de utilizar la mejor gramática parda funcionarial o administrativa adecuada para convencer a todos los mandos intermedios que son los que hacen que los proyectos se diluyan en el montón de los proyectos perdidos o que acaben en el montón de los proyectos susceptibles de ser ayudados, lugar donde empieza a ser posible que ese proyecto que te ha llevado tantos días, tanta bilis regurgitada, tanta inseguridad, tantas ganas de mandar todo a la mierda, pueda ser bendecido y consagrado con un ayuda que se puede convertir en una trampa, porque hoy, las subvenciones obligan a cumplir todo el proyecto, no solamente una parte, aunque te den una miseria de ayuda.

¿Hay otra manera mejor para canalizar los esfuerzos creativos hacia la concreción de convertirse en algo tangible? Si la hay, que se muestre. Uno puede tener intuiciones, pero la trasparencia (otra vez caemos en el mismo lugar utópico) es recomendable, la igualdad de oportunidades, la universalidad de las posibilidades de recibir ayuda. Y se tienen que poner reglas y reglamentos, los menos posibles y filtros para no confundirse. Con todo lo que se vaya colocando para hacer cada convocatoria menos permeable a oportunistas o proyectos poco sólidos, siempre se pude sospechar de que existen resquicios por donde entran algunos asuntos de difícil demostración pero que se puede calificar como turbios, sin ir más allá.

Otra cosa es que los resultados de todas las convocatorias de ayudas o subvenciones provoquen en los no premiados (y hasta en los premiados), suspicacias varias. Y muchas de esas suspicacias llegan porque en muchos lugares donde se conceden esas ayudas existe una parte oscura, una parte no objetiva, donde los responsables del ayuntamiento, la consejería, el gobierno o la institución de turno tiene la posibilidad de optar, sin contradecir el reglamento, por un proyecto u otro sin tenerlo que justificar ante nadie.

¿Sería posible una forma absolutamente objetiva para cualificar y dotar de ayuda a los proyectos? Hoy en día parece casi imposible, pero si se cambia todo el paradigma, si se cambia el peso de la prueba, si se quita todo aquello que sea subjetivo de las convocatorias y se hace de manera casi automática, sin apenas intervención ni funcionarial ni de jurados o asimilados, nos acercaríamos a esta posibilidad fría, pero matemática. Y tampoco satisfaría a todos, porque en las artes escénicas no todo es tangible, contable, obvio.

Me solidarizo con todos, aquí en Europa, allí en Iberoamérica, todos los que están pidiendo cartas de compromiso a salas o festivales, certificados, elaborando sus proyectos, os comprendo, me siento uno de los vuestros, alguien muy escéptico, eso sí y os recomiendo un pensamiento positivo de autoafirmación: lo importante, además del proyecto administrativo, subvencionable, es su valor artístico, su relación con los públicos.

Algún día el premio llegará sin necesidad de que nadie con criterios poco artísticos valore lo artístico. Llegará un día en el que en los teatros, habrá gente que ame el teatro y no su sueldo de funcionario. Llegará un día que en los teatros públicos, habrá democracia e igualdad de oportunidades desde criterios artísticos y no comerciales o de amistad.

Estoy en un proyecto para proyectar un futuro donde los proyectos se proyecten solos y reciban el beneplácito de los públicos, no de los parásitos.