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19
Mar, Sep

Becerra

Hace un tiempo aludía a una pieza de Eimuntas Nekrošius, que acababa de ver, titulada A Hunger Artist (El ayunador) de la compañía Meno Fortas (Lituania), como un ejemplo de teatro que no ilustra o representa una obra literaria y que, sin embargo, utiliza la obra literaria encima del escenario, en este caso el cuento homónimo de Franz Kafka.

Un teatro que no está al servicio de la literatura, poniéndola en escena y que, por tanto, no es un producto secundario respecto a la obra literaria. Cuando el teatro representa una obra literaria, ésta vendría a ser el original o producto primario y la representación teatral el producto secundario.

El artículo en el que desarrollo parcialmente esta reflexión se titula “Eimuntas Nekrošius hace ayunar de literatura el escenario” y se puede leer en esta misma sección de Artezblai, publicado el 6 de agosto de 2017.

En ese artículo, entre otras cuestiones, me preguntaba sobre la ineficacia de cierto tipo de teatro, que solemos denominar como “teatro de texto”, frente a la literatura. Pensaba en que cada persona al leer una obra literaria, dramática o no, tiende a imaginarla de la manera que más necesita, según su momento vital y sus experiencias y recuerdos.

La imaginación es una máquina desbordante, capaz de producir las mejores imágenes, las más necesarias, ningún escenario teatral puede competir con la imaginación si lo que hace el teatro es leer en escena (poner en escena) la obra literaria. Porque al ponerla en escena, al interpretarla, privilegiando un sentido y una lectura por encima de otras posibles, está limitando sus potencialidades y reduciendo la obra literaria.

El teatro que interpreta textos literarios, que se pone al servicio de la representación o puesta en escena de textos literarios, acaba siendo una reducción de la obra original literaria, acaba por ser un empobrecimiento.

Este mes de agosto, entre mis lecturas ha estado el ensayo Uma coisa não é outra coisa (2016) del dramaturgo portugués José Maria Vieira Mendes, publicado por Livros da Cotovia (Lisboa).

Vieira Mendes edita en 238 páginas su tesis doctoral, en la que hace un riquísimo estudio sobre las relaciones y polémicas entre el arte del teatro y el arte de la literatura. Uma coisa não é outra coisa, afirmación tomada de Gordon Craig, demuestra la evidencia de que el teatro es una cosa y la literatura es otra cosa, haciendo explícitos todos los tendenciosos razonamientos que, a lo largo de la historia, han intentado asimilar teatro a literatura de diferentes maneras.

Reconocer la diferencia entre literatura y teatro, afirma Vieira Mendes, es estar disponible para el encuentro de ambas.

En la lectura de este suculento ensayo, entre otros valiosos y contrastados razonamientos y análisis, he encontrado elementos de mucho interés para la cuestión inicial que acabo de exponer: ¿cómo debe actuar el teatro respecto a un texto literario para no supeditarse a él y, finalmente, reducirlo y empobrecerlo?

Una pregunta semejante a esta nos la descubre Vieira Mendes en un texto de Maurice Maeterlink titulado “Teatro de Androides”, del que el dramaturgo portugués extrae y traduce este fragmento: “O palco é o lugar em que morrem as obras-primas, porque a representação de uma obra-prima que recorre a uma subjetividade lateral e causal é em si contraditória. Toda a obra de arte é um símbolo e os símbolos não suportam a presença humana ativa.” (El escenario es el lugar en el que mueren las obras-primas, porque la representación de una obra-prima que recurre a una subjetividad lateral y causal es en sí contradictoria. Toda obra de arte es un símbolo y los símbolos no soportan la presencia humana activa)

Vieira Mendes concluye: “O teatro é olhado como um espaço inadequado para toda a expressão literária por forçar uma concretização humana e uma interpretação que mata a vida da sugestão poética. A literatura publicada e lida é mais rica do que a sua concretização por atores, uma queixa que já fora exposta por escritores românticos como Schiller, Byron ou Shelley.” (El teatro es visto como un espacio inadecuado para toda expresión literaria por forzar una concretización humana y una interpretación que mata la vida de la sugestión poética. La literatura publicada y leída es más rica de lo que su concretización por actores, una queja que ya había sido expuesta por escritores románticos como Schiller, Byron o Schelley.)

Vieira Mendes nos aclara, no obstante, que en esa “queja” no se refleja un problema de adecuación del texto al escenario, como podría parecer a primera vista, sino un problema de lenguaje y una inquietud respecto al “modo más conveniente de acceder al mundo.”

Sin embargo, aproximándonos a finales del siglo XX, Vieira Mendes nos descubre, de la mano de Roland Barthes, nuevos enfoques en el arte de la literatura, que funciona como excepción, al escapar al principio de que la lengua es “fascista” porque “obliga a decir” [Leçon (1978) de R. Barthes] y lo ejemplifica en la práctica de la escritura de Heiner Müller y en su colaboración con el director Robert Wilson.

Müller reivindica el texto como un material de composición más dentro del espectáculo, jugando en pie de igualdad respecto a otros materiales, como puede ser la acción lumínica, objetual, coreográfica, etc. Por tanto, ya no estaríamos ante una concepción del teatro según la cual el escenario es un medio de interpretación del texto literario.

Vieira Mendes cita y traduce unas declaraciones de Heiner Müller, respecto al teatro de Robert Wilson y al papel del texto en ese teatro, realizadas en 1985, que nos ofrecen una perspectiva bastante clarificadora sobre la cuestión planteada: “O que me interessa em Wilson (...) é que ele dá liberdade às diferentes partes do teatro, aos seus elementos. Ele nunca interpretaria um texto, que é o modo como a maior parte dos encenadores no teatro europeu lida com os textos. Um bom texto não precisa que o encenador ou ator o interprete. O que o texto diz, o texto diz. (...) Temos um texto que é transmitido, mas não é julgado nem colorido e muito menos interpretado. Está ali. Tal como uma imagem está ali e a imagem também não é interpretada, está simplesmente ali. (...) É um conceito democrático de teatro. A interpretação é trabalho para os espectadores e não deve acontecer no palco.” (Lo que me interesa en Wilson (…) es que da libertad a las diferentes partes del teatro, a sus elementos. Él nunca interpretaría un texto, que es el modo como la mayor parte de los directores lidia con los textos en el teatro europeo. Un buen texto no necesita que el director o actor lo interprete. Lo que dice el texto, lo dice el texto. (…) Tenemos un texto que es transmitido, pero no es juzgado ni colorido y mucho menos interpretado. Está allí. Tal como una imagen está allí y la imagen tampoco es interpretada, está simplemente allí. (…) Es un concepto democrático de teatro. La interpretación es trabajo para los espectadores y no debe acontecer en el escenario.)

Vieira Mendes concluye que Müller es un autor y director que no busca asimilar teatro y literatura ni buscar las “semejanzas o familiaridades entre las dos artes, que evita la psicologización y una simplificación interpretativa o una limitación de significados y que, de este modo, escapa a ciertos hábitos teatrales.”

El texto como elemento extraño respecto al teatro y, a la vez, también extraño literariamente por el tratamiento que le da al lenguaje, apartándolo de la función comunicativa. “A estranheza começa por estar presente no próprio texto, na própria literatura de Müller que, tal como Barthes defende na sua definição, se dedica a um tratamento estranho da linguagem, uma interrupção ou alternativa à normalidade da comunicação. Segundo Müller, a tendência de certo teatro é a de neutralizar essa estranheza impondo o que se supõe ser uma melhor comunicação entre espetáculo e espectador.” (La extrañeza comienza por estar presente en el propio texto, en la propia literatura de Müller que, tal como Barthes defiende en su definición, se dedica a un tratamiento extraño del lenguaje, una interrupción o alternativa a la normalidad de la comunicación. Según Müller, la tendencia de cierto teatro es la de neutralizar esa extrañeza imponiendo lo que se supone ser una mejor comunicación entre espectáculo y espectador.)

No obstante, según Vieira Mendes, Heiner Müller acaba por entender que el texto es un elemento imprescindible en el teatro para darle sentido al conjunto, ya que el lenguaje literario garantiza la excepcionalidad artística y salva las imágenes de la arbitrariedad.

Sin embargo, el ensayo Uma coisa não é outra coisa de José Maria Vieira Mendes no pretende abarcarlo todo, tal cual afirma en la última frase del libro y, por tanto, no va a darnos respuestas respecto al CÓMO se relacionan la literatura y el teatro. No va a darnos respuestas respecto al CÓMO porque huye de los QUÉ es una cosa (el teatro) y la otra (la literatura). Huye de ese saber epistemológico que acota en sus definiciones el objeto artístico, ya sea teatro, ya sea literatura, en función de voluntades tendenciosas y en aras de una seguridad y un confort que, en el fondo, esconden nuestros miedos e inseguridades cuando estamos ante algo que se nos escapa. “As diferentes discussões e problemas que se identificam na relação entre teatro e literatura evidenciam, como demonstrei, a confiança numa ideia de teatro ou de literatura finita e definível, e portanto a vontade de se saber ou conhecer essa definição. Um dos problemas desta vontade é que, apesar da pergunta que dela surge – o que é teatro? o que é um texto dramático? – pretender encontrar conforto e segurança – se eu souber o que é, tudo fica mais fácil - , o que irá encontrar é angustia e insegurança. As definições de teatro ou literatura dramática são sempre insuficientes ou então vagas e por isso insatisfatórias. [...] cada vez que nos aproximamos da definição o objeto desaparece.” (Las diferentes discusiones y problemas que se identifican en la relación entre teatro y literatura evidencian, como he demostrado, la confianza en una idea de teatro o de literatura finita y definible y, por tanto, la voluntad de saber o conocer esa definición. Uno de los problemas de esta voluntad es que, a pesar de la pregunta que de ella surge – ¿qué es teatro? ¿qué es un texto dramático? – pretender encontrar confort y seguridad – si yo sé lo que es, todo será más fácil - , lo que irá a encontrar es angustia e inseguridad. Las definiciones de teatro o literatura dramática son siempre insuficientes o sino vagas y por eso insatisfactorias. […] cada vez que nos aproximamos a la definición el objeto desaparece.)

Así pues, una de las virtudes más apreciables de este ensayo de Vieira Mendes consiste en extender una mirada escéptica sobre la tradición de las definiciones y del dualismo comparativo, en antinomias, más explícito o implícito, que caracteriza las aproximaciones teóricas a lo largo de la historia del teatro y de la literatura dramática. Un escepticismo que destapa, a través del análisis razonado, las contradicciones que se esconden en las perspectivas con las que, por ejemplo, Hans Thies-Lehmann estudia lo que denomina como Teatro posdramático o Erika Fischer-Lichte cuando contempla su Estética de lo performativo.

El primero, Hans Thies-Lehmann, continúa definiendo el teatro de finales del siglo XX como un teatro en tensión con la literatura. La segunda, Erika Fischer-Lichte, acaba por restringir la identidad del espectáculo y del espectador al cumplimiento de principios de comportamiento que no son dictados por el espectáculo y espectador singulares, sino por una abstracción y por una generalización identitaria, según la cual la existencia del espectáculo depende de la interacción entre público y actores con unas condiciones intrínsecas.

Vieira Mendes busca una mirada que no esté sometida al preconcepto correlacional que precede al objeto. De tal manera la relación entre dos cosas, teatro y literatura, en este caso, no difiere de los juegos de tanteos, extrañezas, coincidencias, fulguraciones, ambigüedades etc. que se puede dar en el encuentro entre dos personas, con la única certeza de que yo no soy tú.

Al liberarnos de la lógica antinómica en la que se contextualizaba la diferencia entre teatro y literatura y ante la evidencia de que una cosa no es otra cosa es posible que surjan nuevos significados. Una mirada sobre los objetos que no esté precedida y condicionada, de un modo autoritario, por una determinada relación.

Así pues la cuestión que formulé al principio acerca de la relación entre literatura y teatro quedaría reformulada liberándose de preconceptos normativizadores respecto a la relación o dependencia y, así mismo, respecto a la identidad de cada una de estas artes.

 

 

Artez - La revista de las Artes Escénicas

 
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