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Jue, May

Y no es coña | Carlos Gil
Dentro de estas circunstancias actuales en que un supuesto instinto de supervivencia se convierte en el salvoconducto para la pérdida de la noción de responsabilidad y criterio, la actitud elegante y digna de Blanca Portilla y Chusa Martín, codirectoras del Festival Internacional de Teatro de Mérida, de presentar su dimisión ante un cúmulo de hechos acaecidos, se debe entender como reconfortante. El quitar la foto de Asier Etxeandia desnudo en proceso de maquillaje para una función de teatro de la exposición 'Camerinos' por "recomendación" de alguien o "alguienes", nos parece una muestra de su capacidad de aguante. Sin hacer aspavientos, sin tomar más relevancia en el conflicto que el debido, se aparta la foto del actor, con mucho dolor como han señalado, desaparece el foco del desacuerdo, se elimina una coartada a los que ejercen la presión, y posteriormente se da el paso adecuado, se hace el gesto político irreversible: presentar la dimisión. Se salva el Festival, al que no se le añaden voceríos extraños para que los públicos puedan fijarse en lo sustancial, que es la programación, y el resto, lo coyuntural, se solventa con claridad, postura clara y lucidez democrática.

Aplaudimos la gestión del problema sobrevenido por parte de la dirección artística, y quisiéramos fijar la atención en dos datos importantes. El primero es que las codirectoras plantearon una edición de Mérida, en donde su idea del mundo, quedaba clara, sin concesiones ni ambigüedades. Elegir a Antígona como eje central, además con tres montajes, es una de las propuestas de programación más importantes que yo recuerde en nuestros escenarios, festivales y demás eventos. Una apuesta clara, incluso podríamos considerar que feminista, pero de una fuerza declarativa de intenciones majestuosa. Y si el primer montaje fijó la acción en la España de 1936, estamos ante un acto doblemente significativo y creo que es precisamente en este punto donde empieza el roce, el desajuste con los equipos de gobierno de ayuntamiento de Mérida y Junta de Extremadura, recién llegados. Ahora gobiernan en ambas instituciones políticos pertenecientes al PP. No sigamos por este camino, porque puede ser anecdótico, aunque nos ayude a levantar todas las sospechas para un futuro inmediato.

Es muy probable que a Blanca Portillo y Chusa Martín, no les renovaran la confianza estos nuevos administradores de lo público para próximas ediciones. Por lo tanto el gesto de dimisión es todavía más importante. Porque en las declaraciones que están haciendo a raíz de la situación creada, me encanta que las directoras hablen de lo sustancial. De la programación como ejercicio cultural de primer orden, de la estructura, de los valores del teatro, de su manera de relacionarse con la sociedad. Y aquí sí que es importante anclar el globo a tierra firme, porque lo que le ha venido sucediendo al Festival de Mérida en los últimos tiempos ha sido de una gravedad importante. La falta de criterios, la gestión poco clara, el amiguismo como mérito, la inexistencia de una estructura administrativa y estatutaria que garantice tanto su solvencia financiera como su desarrollo artístico y de influencia no sólo estatal sino internacional, puede agravarse ahora.

Tanto en este Festival, como en la inmensa mayoría de acontecimientos de estas características no hay garantías jurídicas, ni leyes que los amparen, ni siquiera pactos más o menos globales y dependen, siempre, de la voluntad de los políticos del partido que consigue la mayoría parlamentaria coyuntural para gobernar. Y eso, es un problema eterno, que se debe solucionar pronto, o un día amaneceremos sin ninguna de nuestras referencias teatrales históricas, y no nos quedarán ni lágrimas.

Por ello, aplaudo una vez más a Blanca Portillo y Chusa Martín, porque su gesto nos debe ayudar a estar en guardia, un poco más alerta, consecuentes de nuestra indefensión absoluta. Todo lo que perdamos no se recuperará en décadas.