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Mié, Jul

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

La que viene a continuación es una historia real, aunque no lo parezca. Ocurrió en enero de 2007. Era una fría mañana en la ciudad de Washington. En el metro, el ir y venir apresurado de los transeúntes indicaba que se trataba de una hora punta del día. Los pasajeros, como hormigas amaestradas de invierno, seguían su camino programado saliendo y entrando de los vagones. En medio del bullicio habitual, en una de las estaciones, junto a una de las puertas principales, un hombre sacó un violín y comenzó a tocar. La vida de la estación, sin embargo, apenas se alteró. La mayoría de quienes pasaban por allí lo hacían ignorándole por completo, como si nada oyeran. Algunos sí parecieron oírle, pero tan sólo giraron levemente su cabeza, como temiendo llevar la contraria a los pies. Unos pocos, capaces de desobedecer momentáneamente la trayectoria rectilínea de sus pasos, consiguieron desviar ligeramente su camino para arrojarle algunas monedas, aunque, eso sí, sin detenerse a escuchar. Sólo una escasa minoría cambió sus planes preconcebidos, al menos durante unos instantes, y paró para deleitarse con la música.

Después de una hora de concierto unipersonal en una de las puertas principales del metro de Washington, el balance del violinista fue el siguiente: 32 dólares, unos seis espectadores fugaces pero atentos, el afectuoso agradecimiento de una mujer y ningún aplauso. Todo ello puede no resultar sorprendente en absoluto. Bajo el prisma de la supervivencia, puede incluso ser un buen bagaje para un músico que se gana el sueldo a pie de calle. Pero resulta que el músico en cuestión era Joshua Bell, uno de los violinistas más reconocidos del mundo, que tocó algunas de las piezas más difíciles de Bach con un violín que costaba unos tres millones de euros y que, ahí va el verdadero golpe, tres días antes había llenado uno de los teatros más importantes de Boston tocando el mismo repertorio y con unas entradas que costaban alrededor de cien dólares.

La anécdota de Joshua Bell no fue algo azaroso, sino un experimento que puso en marcha el periódico Washington Post, y a la luz del cual –o a la oscuridad del cual, según se mire– formuló la siguiente pregunta: si en estos tiempos modernos no somos capaces de pararnos a escuchar a uno de los mejores músicos del mundo tocando algunas de las piezas más atractivas jamás escritas, con uno de los instrumentos más bellos jamás construidos... ¿Cuántas cosas nos estamos perdiendo mientras seguimos inmersos en este frenético ritmo de vida?

Uno traga saliva antes de contestar. Más si cabe cuando han pasado cinco años desde aquel suceso y ha llovido lo que ha llovido. En medio de un incómodo silencio, uno piensa si esta curiosa historia no es quizá un indicio de lo que ahora estamos sufriendo, este inquietante momento donde la recesión económica que sufrimos es sólo la parte visible de una recesión más profunda ligada a una pérdida de valores éticos, morales y espirituales. Si lo que sucedió aquella mañana en la estación de metro de Washington no puede leerse, a día de hoy, como una pequeña parábola que revela algo descorazonador: lo peor no es que estemos perdiendo capacidad adquisitiva, sino que cada vez somos menos capaces de valorar y apreciar los verdaderos momentos que componen eso que, con un ramalazo trascendente, llamamos vida. ¿Ustedes qué opinan?

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NOVEDADES EDITORIALES

Los cinco continentes del Teratro

Querido lector, quisiera contarte aquí cómo nació la idea de este libro porque el origen, como sabes, es al mismo tiempo, el inicio y el fundamento. A fines del siglo pasado, estábamos sorprendidos de que nuestro libro El arte secreto del actor. Diccionario de antropología teatral –publicado por primera vez en 1983– continuara siendo editado y traducido en diferentes idiomas. Probablemente resultó eficaz su fórmula simple en la que textos e imágenes tienen la misma importancia, y uno constantemente remite al otro; las ilustraciones se volvían protagonistas para sostener un nuevo campo de estudios, la antropología teatral ideada por Eugenio. Si como estudioso del teatro yo había colaborado con la antropología teatral, ahora le pedía a Eugenio su participación en la vertiente de la Historia, con un libro que imaginábamos como un complemento del precedente. Aun teniendo que decidir toda la organización del libro, me respondió que era una buena idea y me propuso que los argumentos giraran en torno a las técnicas, nunca lo suficientemente estudiadas, de los actores.
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Puntos de vista

Es un privilegio el poder dar a conocer el trabajo que desde finales de los años 60 Suzanne Osten ha desarrollado tanto en Suecia como en el resto del mundo, a través de presentaciones, giras, conferencias y workshops. El alcance de la obra de Suzanne se se debiera condensar en unas pocas palabras toda su obra hablaría de: riesgo, compromiso, comunicación, lucha y una inalterable apuesta por los olvidados dentro de los olvidados: los niños. Y junto a ellos los jóvenes. Es a ellos a los que Suzanne ha dedicado una enorme parte de su actividad creadora.
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Poética del drama moderno

El objeto de esta obra es el de definir el nuevo paradigma de la forma dramática que aparece hacia 1880 y que continúa hasta hoy en las dramaturgias contemporáneas. Se tiende así un puente entre las primeras obras de la modernidad en el teatro como las de Ibsen, Strindberg o Chejov, y las más recientes, ya se trate de las obras de Heiner Müller, Bernard-Marie Koltès o Jon Fosse. Jean-Pierre Sarrazac desvela la dimensión rapsódica del drama moderna: una forma abierta, profundamente heterogénea, en la que los modos dramático, épico y lírico, e incluso argumentativo (el diálogo filosófico que contamina al diálogo dramático), no dejan de ensamblarse o de solaparse. Lejos de compartir las ideas de “decadencia” (Luckàcs), de obsolescencia (Lehmann) o de la muerte del drama (Adorno), Poética del drama moderno dibuja contornos, siempre en movimiento, de una forma la más libre posible, pero que no es la ausencia de forma.
Precio : Próximamente

La zanja

¿En qué momento compartimos el viaje que nos hizo ser tan iguales? ¿Cómo reprocharnos y atraernos tanto? La respuesta está en el tiempo pasado, en nuestros ancestros, en el recuerdo común que permaneció oculto. Porque en definitiva, hemos heredado las acciones de unos hombres sobre otros y las influencias sobre el colectivo. La Zanja refleja el encuentro entre dos mundos, ese ciclo infinito que se repetirá una y otra vez. Es un trabajo exhaustivo de creación, surgido de la documentación de las crónicas de la época y nuestros viajes al Perú actual.
Precio : 10€

Pasarela Senegal

En enero de 2007 el diseñador Antonio Miró presentó en la Pasarela de Barcelona un desfile no exento de polémica con ocho inmigrantes sin papeles y una escenografía con una patera y cajas. De tal acontecimiento le surge la idea de la obra a López Llera, quien, a raíz del suceso siente la necesidad de reflexionar sobre el papel del artista en la sociedad del espectáculo2, sobre la validez y efectividad de las denuncias sociales a través del arte y sobre el sentido de su propia escritura. La pieza constituye una magnífica denuncia dramática de la banalización de la cultura y del espectáculo.
Precio : 10€

Hacia una poética del arte como vehículo de Jerzy Grotowski

La reinvención de Pere Sais ondea en el título de la obra: Hacia una poética del arte como vehículo. Grotowski, como se sabe, imaginaba que la “cadena” de las performing arts podía mantenerse tensa entre dos extremos: el arte como presentación por una parte y el arte como vehículo en el extremo opuesto. Al hablar de poética del arte como vehículo se realiza un salto epistemológico.
Precio : 24€