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Dom, Feb

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

La que viene a continuación es una historia real, aunque no lo parezca. Ocurrió en enero de 2007. Era una fría mañana en la ciudad de Washington. En el metro, el ir y venir apresurado de los transeúntes indicaba que se trataba de una hora punta del día. Los pasajeros, como hormigas amaestradas de invierno, seguían su camino programado saliendo y entrando de los vagones. En medio del bullicio habitual, en una de las estaciones, junto a una de las puertas principales, un hombre sacó un violín y comenzó a tocar. La vida de la estación, sin embargo, apenas se alteró. La mayoría de quienes pasaban por allí lo hacían ignorándole por completo, como si nada oyeran. Algunos sí parecieron oírle, pero tan sólo giraron levemente su cabeza, como temiendo llevar la contraria a los pies. Unos pocos, capaces de desobedecer momentáneamente la trayectoria rectilínea de sus pasos, consiguieron desviar ligeramente su camino para arrojarle algunas monedas, aunque, eso sí, sin detenerse a escuchar. Sólo una escasa minoría cambió sus planes preconcebidos, al menos durante unos instantes, y paró para deleitarse con la música.

Después de una hora de concierto unipersonal en una de las puertas principales del metro de Washington, el balance del violinista fue el siguiente: 32 dólares, unos seis espectadores fugaces pero atentos, el afectuoso agradecimiento de una mujer y ningún aplauso. Todo ello puede no resultar sorprendente en absoluto. Bajo el prisma de la supervivencia, puede incluso ser un buen bagaje para un músico que se gana el sueldo a pie de calle. Pero resulta que el músico en cuestión era Joshua Bell, uno de los violinistas más reconocidos del mundo, que tocó algunas de las piezas más difíciles de Bach con un violín que costaba unos tres millones de euros y que, ahí va el verdadero golpe, tres días antes había llenado uno de los teatros más importantes de Boston tocando el mismo repertorio y con unas entradas que costaban alrededor de cien dólares.

La anécdota de Joshua Bell no fue algo azaroso, sino un experimento que puso en marcha el periódico Washington Post, y a la luz del cual –o a la oscuridad del cual, según se mire– formuló la siguiente pregunta: si en estos tiempos modernos no somos capaces de pararnos a escuchar a uno de los mejores músicos del mundo tocando algunas de las piezas más atractivas jamás escritas, con uno de los instrumentos más bellos jamás construidos... ¿Cuántas cosas nos estamos perdiendo mientras seguimos inmersos en este frenético ritmo de vida?

Uno traga saliva antes de contestar. Más si cabe cuando han pasado cinco años desde aquel suceso y ha llovido lo que ha llovido. En medio de un incómodo silencio, uno piensa si esta curiosa historia no es quizá un indicio de lo que ahora estamos sufriendo, este inquietante momento donde la recesión económica que sufrimos es sólo la parte visible de una recesión más profunda ligada a una pérdida de valores éticos, morales y espirituales. Si lo que sucedió aquella mañana en la estación de metro de Washington no puede leerse, a día de hoy, como una pequeña parábola que revela algo descorazonador: lo peor no es que estemos perdiendo capacidad adquisitiva, sino que cada vez somos menos capaces de valorar y apreciar los verdaderos momentos que componen eso que, con un ramalazo trascendente, llamamos vida. ¿Ustedes qué opinan?

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