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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Ser profesional en una materia, implica, a menudo, acompañar a otras personas en su aprendizaje. Para eso, nos presentamos frente a ellas con nuestra maleta: Esa que nos acompaña desde que iniciamos la andadura profesional y que va llenándose de herramientas. Cada maleta es única y transferible. Está hecha de tiempo. Nos la hemos ido construyendo con los años de ejercicio del propio oficio, pero también con las horas invertidas en cursos y seminarios, con las líneas escogidas en libros abiertos y descubiertos y con los encuentros con especialistas de otras disciplinas que se cruzaron en nuestro camino y nos regalaron nuevos ángulos desde los que visualizar las cosas de siempre con ojos recientes.

Ser especialista en algo conlleva un riesgo, comentaba hace poco el psicoanalista alemán Heiner Steckel. Este peligro consiste, precisamente, en teñir todo con el color del cristal de la materia que se domina: Al explicar el objeto de estudio desde nuestra posición específica de expertos no permitimos que ninguna otra luz se pose sobre el mismo. En este sentido, la segunda mitad del siglo XX ha sido clave, ya que fue especializando cada vez más al ser humano, convirtiendo, a menudo, las carreras de estudio en calles de dirección única.

También han existido otras épocas en las que fluían corrientes de pensamiento que abogaban por los cruces de caminos, esos que crean intersecciones únicas cuando distintas áreas del saber humano coinciden en un mismo lugar. Hoy en día, también existen grupos multidisciplinares de investigación que deciden aproximarse a un tema de estudio aportando sus diferentes perspectivas, es decir, distintos cristales por los que mirar. Uno de ellos es el que lleva ya 4 años reuniéndose en la Universidad de Roma La Sapienza para investigar los posibles vínculos existentes entre el teatro y las neurociencias.

A pesar de que muchas veces se ha oído decir que la Universidad no es más que un engaño entre profesor y alumno, lo cierto es que en estos lugares hay gente extraordinaria dedicada, ya no solo a pensar, sino a crear pensamiento: discurren, reflexionan, analizan y generan hipótesis, juntan dos ideas aparentemente extremas, las baten, las mezclan y las cosen entre sí para tejerlas después a una tela proveniente de otra disciplina. Los resultados pueden llegar a ser asombrosos. Los procesos, siempre lo son.

Mantener la curiosidad despierta, acudir a conferencias o seminarios que no tienen que ver con nuestro campo de estudio o de trabajo, escuchar atentamente, confrontar las propias opiniones con las de aquellas personas que piensan lo contrario, atrevernos a leer sobre un tema que siempre hemos rechazado, afrontar lo desconocido y bajar del pedestal de nuestra especialización para dar una vueltecita por el mundo, son algunas de las cosas que podemos hacer para empezar a caminar por los cruces de caminos: aquellos lugares de aprendizaje y de encuentro fugaz que pueden llegar, incluso, a cambiar la forma y el contenido de nuestra trayectoria vital. Esa que, al fin y al cabo, es nuestra maleta.