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Mié, Oct

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Desde que la vi muchas veces pienso en ella. Me refiero a una película. A la película “Underground” de Emir Kusturika. Para aquellos que no la conozcan, describiré los detalles relevantes de su trama. Tranquilos. Tranquilas. No revelaré el final. La historia comienza en la Segunda Guerra Mundial, cuando un excéntrico comunista resguarda en un sótano a un grupo de compañeros. Finalizada la guerra el camarada, tan estrafalario como pérfido, los sigue manteniendo en el sótano haciéndoles creer que la guerra continúa. Durante 20 años los personajes viven confinados en el subsuelo, sin ningún contacto con el exterior, y se dedican a fabricar armas para una guerra inexistente. Mientras, afuera, el cabrón del camarada, convertido en líder político, vende dichas armas en el mercado negro para enriquecerse. Y paro aquí, por respeto a aquellos que han picado el anzuelo y quieren ver el filme con ojos limpios.

Como decía, desde que la vi pienso mucho en ella. Primero, porque me parece una gran película. Original, provocadora, inteligente, cómica, dramática, teatral, profunda, política, musical, bella. Lo tiene todo. O casi. Pero si hoy aparece en esta página es porque para quienes hacen teatro la identificación con aquellos personajes que viven bajo suelo preparándose ante una guerra inexistente es casi automática. No me refiero a aquellas personas que han encontrado una manera de hacer teatro dentro del gran entramado que moviliza el mundo. No es sobre ese teatro empresarial que logra abastecer el estómago de quienes lo promueven y el entretenimiento de quienes miran, del que quiero hablar. Me refiero a ese otro teatro de pequeños grupos, de sigilosas personas, que dedicándose afanosamente al oficio escénico han construido unos valores éticos y profesionales propios, al margen de la inercia productiva que genera la gran mayoría. Hablamos de un teatro que se alimenta de la necesidad de vivir el arte de otra manera, fuera de los requerimientos productivos más comerciales. Hablamos de aquellas personas que trabajan para una forma de arte minoritaria que si mañana no existiera, probablemente pocas cosas cambiarían en el macro mundo.

En estos casos el arte, el teatro, más que una afición o una actividad estimulante, es una opción de existencia. No en el sentido fáctico, ya que sus propuestas, de tan alejadas que se encuentran de las convenciones predominantes, difícilmente aseguran el sustento. Se trata de iniciativas que buscan, a través del arte, una manera diferente de percibir la vida y de percibirse en la vida. Esto puede sonar muy elocuente y elevado, pero generalmente no es sino una alternativa práctica para escapar a un modo de vida cada vez más hermético y deshumanizado. Sucede que, con todo lo respetables y admirables que resultan este tipo de tendencias, habitualmente, a esa capacidad de aportar nuevas perspectivas vitales y artísticas, va unida indefectiblemente una tendencia hacia el aislamiento, a una especie de endogamia, que los vuelve una rareza ante los ojos de los demás. ¿Debe ser obligadamente así? ¿Lo alternativo es sólo sinónimo de algo extraño? ¿Lo extraño acaso no puede ser excelente? ¿Es que todo aquello que es periférico está sentenciado a vivir apartado del núcleo cultural?

Siempre he pensado que estas estructuras-underground necesitan vías de comunicación con el exterior para subsistir y para enriquecer aquello que promueven. Por un lado, buscar vías de conexión con estructuras de su misma especie. La creación de vínculos con proyectos afines ayuda a crear sinergias, a tejer una red sólida que permite compartir estímulos, estrategias de supervivencia o fórmulas innovadoras de trabajo. Y por otro lado, dichas estructuras deberían encontrar espacio para presentar el resultado de sus trabajos en determinados circuitos más convencionales. Se trata de vencer el miedo al rechazo y buscar lugares donde espectadores aparentemente ajenos puedan aprender a valorar y apreciar el trabajo que se realiza en unos marcos para ellos desconocidos. En este sentido, por muy extrañas y estrambóticas que sean las propuestas, existe un lenguaje universal comprensible por una gran mayoría: la calidad. El hacinamiento, la búsqueda de formas propias o la etiqueta de alternativo no pueden excusar que no se alcancen criterios mínimos de calidad.

Todo esto lo escribo tras la experiencia de un intercambio de trabajo con el Workcenter de Jerzy Grotowski and Thomas Richards, donde pudimos compartir procesos de trabajo, miradas y experimentos incipientes con diferentes compañías del entorno de Barcelona. Fue un claro indicio de que en el subsuelo del arte hay propuestas que merecen ser compartidas, trocadas y admiradas. Es posible que, como les sucedía a los personajes de Underground, la nuestra también sea una preparación para una guerra que muchos consideran ficticia. No porque el teatro viva inexorablemente en la ficción, sino porque su valor en el mundo exterior parece cada vez más etéreo e irreal. Sólo algunas personas consiguen gracias a un trabajo largo, profundo y riguroso convertir el teatro en una realidad por la que merece la pena luchar.