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Lun, May

Y no es coña | Carlos Gil

La censura existe. La censura se disfraza. La censura es ideológica, económica o estética, o sea, política Debemos mantenernos muy alerta para que la censura desaparezca, pero sobre todo, debemos luchar en primera línea para que no se utilice a los públicos como argumentación censora. Se usa los públicos de una manera demagógica hasta confundir la cantidad como un objetivo calificador. Y cuando se empeñan en mostrar un paternalismo reaccionario se expresan con una frase demoledora. "mi público no está preparado par este tipo de teatro".

Hemos pasado de aquellos indecentes que creían que el público era suyo, como la calle de Fraga, a los que ahora tienen una vara de medir la capacidad de sus públicos para entender, comprender, asimilar, disfrutar con un texto u otro, una propuesta u otra. Y lo hacen con un desparpajo que asusta. Y lo repiten en mesas y encuentros. Y eso que la ciudadanía, vía impositiva, les ha pagado horas y horas de cursos, cursillos, y demás formas de dedicarse, de manera general, al absentismo presencial, que es estar en un lugar donde un especialista habla de cómo crear públicos, de lo que significa, de las acciones para crecer cualitativamente, mientras ellos y ellas, se dedican a sus pensamientos cortos, a sus máquinas electrónicas de hablar, chatear o chismorrear desde lejos, y no aprenden nada más que aquello que ya sabían: que si llaman a un sitio, le preparan la programación de baratijas cómicas con actores y actrices muy promocionados por los medios de comunicación de masas desmotivadores de cualquier incentivo que tenga alguna referencia cultural.

Insistiremos una vez más: hay públicos. Plural. Y cuando esos supuestos gestores, dicen esas barbaridades sobre "su público", están aplicando su gusto. Su mal gusto. Un gusto de consumidor de entretenimiento, que no conciben la pluralidad de la sociedad a la que sirven y les paga, que está compuesta por esas nuevas clases medias profesionales o funcionariales que acuden a sus programaciones, más aquellos que no acuden. Los que no acuden son más. Y esos ciudadanos deberían ser el objetivo de su gestión, no el de complacer a sus amigos, para que los viernes se encuentren, muestren sus vestidos, cenen y comenten el partido de fútbol.

De los que no van, de los ciudadanos que no son público, unos, una mayoría, es porque sus condicionantes sociales, económicos y culturales los han distanciado de la costumbre de asistir a la cultura en vivo y en directo, los que han sido condenados a la televisión como única ventana al exterior, incluso a su propio interior. Pero existen otros ciudadanos, que no les gusta ese teatro casposo, reiterativo, comercial, de figuras de la tele que siempre cuentan los mismos cuernos, los mismos amores, con las mismas formas. Ciudadanos que huyen de sus localidades para acudir a otras capitales donde sí existe un teatro más plural, que abraza a otros públicos, a otras personas que aman el teatro, no como un lugar de reconocimiento social, sino como un territorio de experimentación cultural, de enfrentamiento con otras visiones de la realidad. Probablemente una minoría muy activa, muy comprometida a la que se debe atender con los mismos recursos.

Sí, estamos hablando de una decisión política, pero para no ceder ya ni un paso más a la intransigencia totalitaria de los trileros culturales, solicitamos solemnemente un respeto absoluto al público, a los públicos, a todos los públicos posibles, pero desde el lado de la autoridad democrática, del servicio a todas las sensibilidades, no el del mercantilismo más crónico. Y si se trata de cuantificar, al mercado libre, a lo que les gusta tanto, pero que ellos, los gestores de pitiminí, vivan también de la taquilla, no de los presupuestos. Entonces seguro que su discurso no será tan tramposo. Y sabrán lo que cuesta un peine.

Amo a los empresarios de teatro comercial. Los adoro. Me parece unos héroes. Cumplen su función en el ecosistema de las artes escénicas. Dan material escénico para una amplia minoría de ciudadanos que buscan exactamente lo que les ofrecen. Los aplaudo, los envidio, deben recibir medallas. Lo que no se debe confundir con los teatros de titularidad pública y con cargo al presupuesto general, que deben tener otro tipo de programación. Esas sospechosas confusiones al servicio del oligopolio son las que realmente corrompen el sistema. Algunos de los que están al frente de esos espacios son los que usan y abusan de los públicos, cuando deberían verlos como ciudadanos. Esa es la diferencia. Y entre los gestores culturales de "carrera", existen algunos y algunas que son ejemplares, pero, desgraciadamente, no son la mayoría.