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Mié, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Este fin de semana hemos andado alrededor del Garaje Lumière, una sala madrileña que debe cerrar sus puertas acosada por una actitud administrativa del ayuntamiento de Madrid que nos remueve las tripas, nos coloca no solamente ante el absurdo burocrático, sino ante el pánico de comprobar de la inexistencia de un reglamento, una ley, una manera clara de poder enmarcar una sala teatral en un epígrafe urbanístico, en unas condiciones técnicas reguladas que le doten de autorización para ejercer la actividad. Un vacío legal que se convierte en una puerta para la discriminación, el abuso, el acoso y la inseguridad absoluta ya que es factible la posibilidad de cerrar no solamente la sala mencionada, sino cualquier otra sala de la Comunidad de Madrid.

Cuando una sala se cierra, se cierra un mundo, una nación, una patria. En tres años de lucha constante unos jóvenes han ido construyendo un mundo, un territorio liberado, donde han podido debutar y "desvirgarse", como escribió una actriz en sus paredes blancas, jóvenes artistas, compañías incipientes, consagrados actores. Un lugar que cumplió con todos los requisitos demandados por todas las administraciones, que formó parte de un plan de emprendedores, que pudo abrir la sala con un aval de la Comunidad, y que después de delirantes trámites, desencuentros, dudas y confusión, recibió una orden de cese de actividad, sin que existiera ninguna demanda vecinal, sino todo lo contrario.

Un cese que se basa en una licencia que se caducó por una petición kafkiana de un documento que solamente podía aportar el propio demandante, pero que ellos han renovado la petición para poder seguir abiertos. Pero han visto como a las dificultades económicas inherentes a la actividad: una sala de unas cien localidades, con actividades continuadas, exposiciones, encuentros, eventos, en estos tres años han visto como crecían las tasas municipales, los impuestos, los requerimientos de índole técnica que les han hecho invertir unas cantidades de dinero de difícil retorno, y que esta actitud cerril, intransigente, totalitaria de un departamento del ayuntamiento les lleva a la renuncia, a dejarlo. A cerrar.

Un cierre convertido en una epifanía. Porque se ha determinado seguir trabajando para que este caso Garaje Lumière sea el último. Para que se logre una legislación moderna, que recoja la realidad existente, que es la de decenas de salas que se abren (o ya están abiertas) en el borde la legalidad, pero no por no querer cumplir, sino por la inexistencia de una ley que contemple estos casos. Unas salas que se están convirtiendo en seña de identidad de Madrid, que están revitalizando al vida teatral madrileña (y no solo madrileña ya que estos casos se pueden dar en otras latitudes) pero que pueden sufrir la misma presión en cualquier momento debido a ese vacío legal.

Frente al vació legal, la solidaridad, la unión, el relleno moral frente a estas actitudes de la administración. Cuando una sala se cierra, un mondo acaba. Y la profesión, en todos los ámbitos, jerarquías y entidades debe responder, debe entender que es algo que afecta a todos, porque se corta una vía de acceso para muchos actores, autores, directores, escenógrafos, técnicos, públicos nuevos, plásticos, poetas. Un mundo que se debe defender para no vivir asfixiados por una tendencia a la nadería.

Se va a crear una plataforma, se va a intentar aunar fuerzas. Hay que arrimarse. Hoy es esta sala, mañana será una revista, pasado una compañía, más tarde un teatro público. Basta ya. Ni un paso atrás. Es el momento de tomar la iniciativa, de plantear alternativas reales. Y cuantos más seamos, más ideas saldrán y más fuerza se tendrá. En Madrid y en el resto del Estado español donde existe también ese demoledor vacío legal.