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Dom, Abr

Velaí! Voici! | Afonso Becerra

Está claro que cuando entramos en el juego del teatro o de la danza necesitamos que nos enganche. Sí, está claro que la danza o el teatro, las artes escénicas en general, nos deben entretener. Porque lo contrario, ¿qué sería? ¿Aburrir(nos)?

 

Ahora bien, creo que cuando hablamos de entretenimiento, la mayoría de las veces, tendemos a pensar en “productos de consumo” con pocos nutrientes y de naturaleza muy fungible. Tendemos a pensar en espectáculos muy populares, que transiten por las convenciones de juego más estandarizadas e interiorizadas, o sea, las más habituales y cómodas.

Algo es entretenido cuando capta nuestra atención y nos hace desconectar de nuestras preocupaciones cotidianas. Bajo esta óptica corremos el riesgo de asociar el entretenimiento a una especie de enajenación transitoria, de huida respecto a nuestras inquietudes vitales. Corremos el riesgo de asociar el entretenimiento a una especie de anestesia o de paliativo, incluso a un “pan y circo” que nos amanse…

Lo contrario a todo esto también sería situar a las artes escénicas en el utilitarismo y la conveniencia de lo terapéutico. Las artes escénicas como medicina, como solución a nuestros problemas y desasosiegos. Las artes escénicas como clave para el conocimiento y la salvación.

Quizás, de todo ello, la danza, el teatro, el nuevo circo, la ópera… tengan algo. Quizás.

En todo caso, creo que es importante reflexionar acerca del entretenimiento como algo plural y diverso y desvincularlo de las connotaciones más desvalorizadoras, sinónimo de lo simple, de lo no complejo, de lo fungible, de lo inocuo, de lo populista…

El entretenimiento es una condición sine qua non del juego que la dramaturgia nos propone. Y la dramaturgia, el sentido de la partitura de acciones para un espectáculo, consiste, entre otras cosas, en calibrar ese espacio de juego con la espectadora y el espectador, pues sin ellas/os no hay danza ni teatro. Si el espectáculo funciona es porque entramos en el juego y si entramos en el juego, entonces estaremos inevitablemente entretenidas/os.

A veces, incluso, tenemos la oportunidad de asistir a espectáculos en los que el entretenimiento no es algo explícito o de trazo burdo, sino algo sutil y casi secreto. Se trata de joyas que no es fácil encontrar en la cartelera, porque la sutileza y ese entretenimiento, que no aparece subrayado por efectismos ni eslóganes comerciales o temas oportunistas, suelen escapar de las modas o de los conceptos en boga. Sin embargo, esto no implica que se trate de propuestas desfasadas o de un sofisticado y elitista nivel críptico, solo para iniciadas/os.

El último fin de semana de marzo de 2021, del 26 al 28, se estrenó en el Teatro Ensalle de Vigo, dentro del festival Isto Ferve, EM·NA del Colectivo Glovo, una joven compañía de danza contemporánea de Lugo, formada por Esther Latorre (Lugo, 1990) y Hugo Pereira (Porto, 1994). Yo acudí el sábado 27, Día Mundial del Teatro.

EM·NA es una de esas joyas a las que me refería en la introducción, te captura desde el mismo inicio. Te entretiene y ese entretenerte es, además, un cultivo de la sensibilidad que nos abre, que contribuye a la tan necesaria porosidad. Solo desde ellas, desde la sensibilidad abierta y la porosidad, podemos tener un acceso fluido y amable al mundo que nos rodea e incluso a lo que está más allá de lo visible, lo audible y lo inteligible.

Un ventilador, como un círculo plateado, colgado en el centro del escenario, oscila igual que un péndulo. Este será uno de los pocos elementos utilizados en el espectáculo, además del dúo formado por Esther y Hugo y por la acción lumínica, diseñada por Pedro Fresneda durante la residencia en la sala viguesa. Una iluminación que no solo estructura la pieza, sino que interviene y dialoga con el movimiento de los cuerpos, amplificándolo y expandiendo la reverberación energética que desprenden.

Las primeras secuencias son un ejemplo impresionante de sencillez y calidad máximas. Esther y Hugo aparecen en diferentes posiciones bajo los haces de luz. Vemos sus figuras quietas, estáticas. Pero en esa quietud y ese estatismo vibra impetuoso y contenido el movimiento que hemos sentido, como una ráfaga, en la oscuridad. La intermitencia entre luz –presencia visible y oscuridad– presencia invisible, separadas por black outs, con el sonido continuo del ventilador y el aire que, por veces, nos roza, generan una atmósfera que no solo entretiene nuestros sentidos, sino que absorbe nuestra sensibilidad y suspende nuestro afán por entender. La danza no se entiende, se siente y, en EM·NA, es tal la fuerza del sentir, en su dimensión más material y sensorial, que este primer pasaje de la pieza nos seduce irremediablemente.

Al mismo tiempo, velahí la magia: lo puramente material y sensorial adquiere, en virtud de la calidad del movimiento y la actitud, así como de la sincronía radical de la acción lumínica, el halo de sortilegio que nos atrapará.

Hay después, de manera ininterrumpida, un adentrarse a lo largo y hondo de la canalización vibratoria que la coreografía conduce. Una canalización coreográfica en la que los cuerpos se engarzan a través del unísono, propulsando esa vibración, o a través de contactos y cogidas que confirman la comunión energética. Conjunciones que hacen del dúo un solo, o del dos un uno, que se despliega o se desdobla en los cuerpos de Esther y de Hugo.

Movimientos amplios, de impulso preciso, habitados por un subtexto motriz que es como una corriente eléctrica contenida y que se transmuta en figuras de una plasticidad sutil, de una belleza extraña, desconocida, fuera de los cánones. A ello también contribuyen las miradas y hasta me atrevería a decir que las fisonomías de los rostros y de los cuerpos de Esther y de Hugo, tan singulares e inhabituales, con la hermosura de las mejores tallas del arte sacro románico. Facciones peculiares, con un punto espiritualizado y estático.

Los granos de arena, movidos por el viento o por el agua del mar, en la playa del vídeo (realizado por Adrián González y Dani Rodríguez), trazan geometrías hipnóticas, también al unísono. Igual que los cabellos de la pareja, sueltos al viento, mientras miran hacia el horizonte, haciendo girar sus cabezas, sus troncos, de espaladas a la cámara. Los encajes de los cuerpos de Esther y Hugo, los encajes de sus movimientos, contenidos o desplegados, parecen seguir unos patrones equivalentes. La música instrumental y electrónica de Babykatze, con sus espirales atmosféricas, también se despliega como movimiento sonoro envolvente y vibrante.

Lo invisible es la vibración que nos toca. Lo visible y lo audible, el movimiento de los cuerpos, de la luz, de la música, de la arena que, en las últimas secuencias, manipula Hugo, sobre el escenario negro o sobre las curvas de Esther… hacen de EM·NA una membrana que se extiende hacia nosotras/os. Y nos volvemos también membrana y, sin darnos cuenta, vibramos todas/os a la vez, en la misma frecuencia e intensidad. Y esto… esto también es una forma de entretenimiento, del que no nos enajena o anestesia, del que nos conecta, nos abre y afina nuestra sensibilidad.

 

P.S. – Artículos relacionados:

“Corpo (a) terra”, publicado el 30 de agosto de 2020 (sobre Mapa, primer pieza de Colectivo Glovo)