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Dom, Sep

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Acabo de asistir a una charla donde se habló sobre la definición de vida. Como es obvio, no existe una definición única, sino que tantas como enfoques se utilicen en el intento. Todos sabemos instintivamente lo que es vida pero no somos capaces de traspasar esa sensación de lo que es, a palabras que den cuenta de un absoluto intelectual. ¿Qué hace qué un ave, una bacteria y un árbol estén igualmente vivos? Si consideramos que no somos científicos, la definición que pudiésemos dar, seguramente iría más por el lado de las sensaciones que por el lado de los datos duros incuestionables. Desde nuestra ignorancia relativa podríamos tratar de aventurarnos ingenuamente en explicaciones biológicas, termodinámicas, físicas, químicas o desde otras perspectivas, seguramente logrando elocuentes descripciones que den cuenta del fenómeno pero no una real definición general. La vida es tan univoca como el hecho de que solo se puede estar vivo o no vivo, lo que no necesariamente implica estar muerto. Una piedra no está viva pero tampoco muerta. Para nosotros los neófitos, quizás sea una mejor opción la de comunicar esa sensación por la vía del lenguaje no escrito, ese de los gestos, los silencios, las miradas. ¿A quién no le ha pasado que al ser imposible decir algo de lo que sentimos con palabras del diccionario, una simple mirada ha bastado?

Para el ser humano estar vivo es más que establecer un equilibrio energético, producir una barrera de auto protección con el medio, reproducirse o evolucionar; es sentir. Sentir que se está vivo. Reaccionar a los estímulos del medio con acciones que van más allá de la simple razón. Reír y llorar, amar y odiar, ir y estar, son parte de los pares opuestos que definen la vida humana. Toda definición es acotada al conocimiento que se tenga en el momento en que se postule tal definición. Con mucha suerte y osadía, podremos aventurarnos en la incógnita que nos depara el futuro, pero siempre será una fotografía instantánea y no un absoluto perdurable en el tiempo. Bajo las actuales definiciones que se manejan para el concepto de vida y el avance tecnológico impresionante que han tenido las maquinas en los últimos años, es muy probable que en un futuro cercano los robots puedan ser considerados como estructuras vivas. No me refiero a esa caricatura de robot con forma pseudo humana y voz de sintetizador que se mueve de manera marcadamente mecánica, capaces de aprender de sus actos de mejor manera que el hombre y realizar tareas de forma eficiente, minimizando el error que si cometen, no lo vuelven a repetir. Toda máquina es una estructura creada por el hombre para ayudarlo y hasta para reemplazarlo en labores que este ya no quiere realizar ya sea por ser cansadoras, riesgosas o simplemente porque ya no quiere hacerlas sin mediar explicación racional alguna. Si esas estructuras robóticas llegan a entrar en la definición de vida, como parece que podría llegar a ser, la raza humana estará creando una nueva raza, una nueva vida transformándose en un Dios. Como una divinidad castigadora, ya tenemos la capacidad de destruir pero hasta ahora solo nos hemos replicado sin crear nuevas formas de vida inexistentes a partir solo de nuestra voluntad. Destruyendo lo hemos hecho de manera destacable, teniendo un nivel de eficiencia sobresaliente en tal labor. La gran pregunta es si seremos tan eficientes en crear vida sin las características negativas de la raza humana. Siendo el animal que en teoría está en la cima de la cadena evolutiva, entramos en contradicciones extremas que atentan en contra de nuestra propia existencia, comportamiento aberrante que solo tiene el ser humano. Teniéndonos a nosotros mismos como referente, así como hemos creado divinidades con características humanas, siendo las más conocidas en este aspecto las culturas griegas y romanas, con familias enteras de dioses, ¿Seremos capaces de no replicarnos como lo hemos venido haciendo hasta ahora sino que de mejorar en nuestra creación?