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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Estoy en un bar. Viernes por la tarde noche. Está prácticamente vacío. Dos televisores encendidos, sin sonido. En una de las pantallas, fútbol. En la otra, una cantante en boga por estar su canción en recta final de campaña para Eurovisión. Primeros planos de la mujer una y otra vez. Cortes de distintos videos suyos y la misma imagen con la cara de la cantante. Y sus pelos al viento. Siempre sus pelos al viento. Los rizos rojos de la mujer no paran de volar hacia atrás, desparramados, como si se le hubiera olvidado ponerse el casco antes de subirse a una moto. Y sin embargo, algo chirría, algo no acaba de encajar. ¿Qué es?, me pregunto, mientras identifico la causa de mi sospecha: los cabellos de la mujer ondean de forma demasiado ordenada, con una arritmia monótona.

Al estar la televisión sin sonido, una puede concentrarse mejor en la imagen y no distraerse con los cantos que emite la sirena. Y ve cabellos rojizos de mujer ondeando repetitivamente al viento. El resultado es un movimiento muerto, el ondear es absolutamente artificial, porque la mujer no está subida a una moto recorriendo una carretera de afiladas curvas, ni mucho menos galopando sobre un caballo, ni de pie sobre un malecón desafiando al viento del norte, sino en un aséptico estudio con un ventilador de frente soplándole impertérrito en la cara, mientras ella mueve los labios e, incluso, quizás, canta. Sigo mirando las imágenes y llego a la conclusión de que nadie se ha molestado siquiera en ir moviendo el ventilador de un lado a otro de vez en cuando para que la imagen de "mujer de cabellos de fuego" que desean transmitir esté, al menos, viva.

Supongo que esta imagen facilona que ofrece la pantalla concuerda exactamente con el tipo de televisión que consumimos en masa, porque ¿para qué van a esforzarse más si el respetable todo lo traga, sin hacer grandes ascos a nada? Basta con una combinación de imágenes y música bien machaconas para que nos quedemos colgados de la pantalla mientras la melodía entra por nuestros oídos, como un gusano que se quedara a vivir en nuestra oreja. Y ahí estamos, hipnotizados con los pelos de esa mujer que, en un intento de ofrecer una imagen de libertad, ondean bajo el mortal influjo de un ventilador eléctrico, triste, blanco y aburrido.

En ese momento y en ese bar, no puedo evitar que mi recuerdo vuele hacia Roberta Carreri y su sempiterna trenza, que deshace con mano diestra nudo, a nudo, en uno de sus espectáculos, "Judith", para crear después una imagen fascinante. Para ello, se ayuda de un abanico que ella misma manipula, para hacer bailar sus cabellos al son de un ritmo de viento ondulante que genera una imagen viva y fantasmal y que, además, tiene la virtud de durar lo que duran las cosas que son dos veces buenas. Es decir, poco.

Lo que quizás le falte a este artículo para no ser tan maniqueísta sea un tercer ejemplo en el que se hable de algún trabajo escénico en el que se hayan utilizado, con buen tino, generadores de aire eléctricos para crear una imagen artística de potente voluptuosidad sobre el escenario. No dudo de que ya se haya hecho, pero ignoro quién, dónde y cómo ha sucedido, así que me he quedado con la imagen del ventilador eléctrico machacón que despeja la frente de la cantante de turno en comparación con el abanico que maneja una actriz de raza con mano diestra durante unos breves y fantasmagóricos segundos y me digo que aquello que está hecho con las manos es irregular, imperfecto e imprevisible, pero que son, precisamente esos atributos y no otros lo que le confieren a la escena que es artesanal, su viveza.

Heiner Müller hablaba de televisores que vomitaban el mundo dentro de las habitaciones. Ahora, la imagen es incluso más triste, me digo, porque a estos aparatos no les queda ni la fiereza propia de las convulsiones. Ya ni siquiera escupen realidades. De hecho, han conseguido aburrir hasta al viento. Y eso, si que es decepcionante y mortal. Incluso más que aquel jirón sangriento que enarbolaba Müller en su Paisaje con Argonautas y que ondeaba, entre nada y nadie, condicionado a que hubiera viento.