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03
Lun, Ago

Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Aunque suene intolerante, creo que toda tolerancia tiene un límite, más ahora que llevo casi una hora en esta sala de espera, escuchando a un tipo jactándose de sus logros profesionales a un volumen tal, que es muy probable lo estén escuchando también en las oficinas vecinas.

 

Desde hace un momento, se me volvió insoportable. Por supuesto ante tal verborrea, cualquier intervención de mi parte resultaría impertinente y estoy evaluando seriamente la posibilidad de alejarme de su discurso grandilocuente, pero vacío. Y no lo digo por envidia sino simplemente porque está hablando de algo en lo que teóricamente tengo cierto conocimiento, mi profesión de arquitecto.

Como el famoso flautista, tiene encantado a su interlocutor quien, de manera tímida y casi culpable, lo interrumpe de tanto en tanto con un comentario inocuo.

Habla de proporciones, gamas cromáticas, incluso leyes supuestamente aplicables a tal o cual caso y no quiero parecer arrogante, pero se equivoca absolutamente al hacer tantas afirmaciones, incluso descaradas.

Es tan cierto eso de que no importa lo que se diga, sino cómo se diga.

Me queda claro que los conocimientos de quien está dando la supuesta charla de diseño y construcción son tendientes a cero, pero expresa su ignorancia con tal convicción y apoyado con una gesticulación de prestidigitador, que cualquier oyente frente a él, no podría más que dar fe de la extrema cultura del orador.

Si estuviese hablando de otro campo de conocimiento, seguramente yo también caería, e incluso lo contrataría para una asesoría.

¿Tal forma de expresarse es un don o una maldición?

Como suele suceder, depende.

Depende del objetivo propuesto y de quien pretenda ese objetivo.

¿Cuántas veces no nos ha pasado que después del encanto inicial, después de una reflexión razonable, nos damos cuenta de cómo estamos siendo engañados por quien ofrece caramelos para terminar entregándonos diabetes?

De acuerdo, la imagen es un tanto ridícula, pero espero se entienda.

Hoy por hoy, los oradores profesionales tienen tan estudiado su actuar, que, si nos informamos un poco sobre las técnicas de la oratoria, descubriremos como todos ellos siguen un patrón similar, esto, por no decir idéntico.

Aunque cada uno de nosotros quiera sentirse un ser único en el universo, al menos en relación a nuestra respuesta frente a ciertos estímulos, somos uno solo.

Hoy en día estamos inundados de asesores, quienes aconsejan a quien los contrata para mejorar su desempeño.

Los políticos ya no escriben sus discursos, las modelos ya no se maquillan ellas mismas, los presentadores de televisión obedecen a los dictámenes que les llegan por el audífono escondido en su oreja, incluso la masa compra aquello mandatado por la publicidad.

¿Por qué nos es tan difícil ser originales y no seguir los mandatos de nuestro medio?

Efecto masa.

No queremos ser el bicho raro del grupo porque necesitamos ser aceptados. Necesitamos ser queridos.

En definitiva, necesitamos ser felices.

Lamentablemente hemos enfocado nuestros esfuerzos en lo material y no en lo espiritual o meramente afectivo.

Hemos remplazado el placer del compartir con otros por el de la envidia que otros pudiesen tener por mí.

Por más que se esfuerce, este tipo que ya me hartó, no me provoca admiración sino rechazo, y eso lo puedo decir honestamente a todo volumen.