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Jue, Ene

Y no es coña | Carlos Gil

Reiteradamente uno se encuentra que los problemas estructurales, de proyecto, de diseño de las políticas culturales (cuando las hay) y de su ejecución son sentidos de la misma manera en diferentes puntos del planeta. Hoy escribo esta entrega semanal desde La Paz, en su Festival Internacional donde la altura, es cierto, agota, complica el normal funcionamiento de cuerpo y mente. En el Estado Plurinacional de Bogotá las realidades teatrales son variadas, con dos puntos de concentración de la mayoría de las ofertas teatrales: Santa Cruz de La Sierra y La Paz. Los desarrollos de ayudas y protección son casi inexistentes, por lo que la producción es voluntariosa, atomizada.

Sustancialmente las quejas son similares, los artistas deben luchar individualmente, crear sus proyectos para ofrecerla a una sociedad muy desigual, con grandes poblaciones en el umbral de la pobreza, con una realidad socio-económica muy cruda que hace que el teatro se circunscriba a unos lugares, a unos puntos geográficos muy concretos y a unas capas sociales con estudios y una capacidad económica relativamente alta. Pese a todos los esfuerzos realizados, los avances en algunas cuestiones muy localizadas, la labor es ardua, de largo recorrido.

Hay escuelas de formación, pero no hay compañías estables, ni circuitos, por lo que existen pocas posibilidades de consolidación profesional que así se pueda denominar. Hay individualidades muy solventes, algún grupo que destaca, especialmente Teatro de Los Andes por haber tenido una gran proyección por toda Iberoamérica y Europa, pero existen ganas, creadoras formadas en Europa que quieren emprender proyectos consistente, también notamos al existencia de jóvenes ávidos de aprender. Faltan políticas concretas, leyes que se están madurando, en estos términos con situaciones similares en muchos otros países. Aquí se tarta de unir esfuerzos y conseguir volverle la cara al destino, para hacerlo positivo, optimista, capaz de lograr dotar a las artes escénicas del lugar que se merece ocupar.

Estando en la Paz nos llegó la noticia de la muerte súbita de Tomaz Pandur. Muy joven, un hombre talentoso como pocos, gran creador, con montajes memorables. Un gran director y dramaturguista que ya no puede volverle la cara al destino que se topó de frente, a corazón abierto, para fulminarlo. Nos queda el recuerdo de ese hombre inquieto que cuando estaba en Madrid no paraba de buscar libros en la Librería Yorick para documentarse sobre los próximos proyectos, de una conversación amable, pero siempre inteligente, sobrada de sabiduría y humildad.

Con este recuerdo amargo se queda uno, asombrado por el terremoto de Ecuador, sus rotundidad destructiva, saber de algún deterioro en alguna dependencia de algún teatro. Crónicas de un desacuerdo entre la naturaleza y la acción reiterada de los seres humanos por desoírla. Y el Teatro se hace pequeño en estas circunstancias catastróficas, pero grande en cuanto espacio para la reconstrucción de la esperanza.