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Sáb, Abr

Mirada de Zebra | Borja Ruiz

Empiezo a andar por donde cojeo. Os traigo para abrir la columna de hoy una historia sobre la hepatitis A y los países nórdicos. Resultó que hace unas décadas, en plena obsesión global por la higiene de las aguas, los del norte de Europa consiguieron las aguas más pulcras de todo el mundo. Sus mecanismos de depuración funcionaban de forma tan eficaz que lograron limpiar el agua de todo tipo de suciedades, hasta las más pequeñas y escurridizas. Entre amebas, antígenos, bacterias y demás pobladores del excremento, los nórdicos también lograron librarse del virus de la hepatitis A, que hasta entonces flotaba a sus anchas por las aguas potables. Aquello apuntaba a una revolución en la salud pública: el no va más en la pureza de las aguas debía proteger a la población de multitud de enfermedades causadas por la baja potabilidad. Y sin embargo, el boomerang les acabó dando una buena colleja. Tiempo después aparecieron datos desconcertantes. Se encontró que la presencia de hepatitis A en la población nórdica, paradójicamente, había aumentado. La razón, insospechada entonces, hoy es sencilla: sucedió que hasta ese momento los niños se protegían naturalmente contra el virus, pues al beber agua infectada, sus organismos desarrollaban mecanismos para defenderse de él. Con el agua más que cristalina, por el contrario, su sistema inmunitario no maduraba convenientemente. En consecuencia, si estos niños tenían contacto con el virus más adelante, el microorganismo infectaba su cuerpo con enorme facilidad. Al no haber defensas que le saliesen al paso, el virus chutaba a portería vacía y gol: paciente enfermo de hepatitis A.

La historia refleja en sus circunstancias algo que cada uno puede reconocer a su manera: el difícil equilibrio entre la sobreprotección y la debilidad, entre exponerse a un riesgo y salir fortalecido. En un actor estas balanzas se vuelven, si cabe, más evidentes y sensibles. La escuela o compañía donde se forma es, en este sentido, una especie de bastión, un lugar que lo protege del entorno para que pueda perfilar y evolucionar sus capacidades bajo las directrices de un buen guía. En ese hábitat se da un primer juego de péndulo crucial. Si el celo por proteger a quien aprende es lo que prima, cuando éste abandone la escuela, o cuando salga por primera vez a escena, se corre el riesgo de que el alumno sea devorado por un entorno hostil que desconoce, como el animal de zoológico que tras años de encierro es dejado a la intemperie en plena selva. Si el péndulo ha ido hacia el otro lado, si el principiante se curte de escenario en escenario sin un tránsito formativo previo, el resultado puede ser igual de decepcionante. Sin madurez para asimilar las experiencias, los hallazgos momentáneos pueden derivar en vicios perennes y los clichés en una técnica incorregible, como si, a golpes de realidad, el alumno construyese una coraza que ya no le permitirá crecer.

En la sala de ensayo, en esa fase previa antes de exponer el trabajo ante los espectadores, se da un equilibrio de fuerzas similar. En plena creación, cuando el material escénico recién brota, el actor vive un momento de extrema vulnerabilidad. Dar luz a nuevas acciones es un proceso de gran intimidad que va inevitablemente acompañado de desconfianza, de miedo, de dudas, de todo aquello que hace temblar la entraña. Por eso invitar a espectadores durante el proceso de creación, con todas las virtudes que pueda tener, es algo muy delicado. Si quien mira, además de los ojos, no es capaz de poner sensibilidad y empatía, si no es capaz de ganarse el derecho a opinar con sentido y coherencia, puede convertir esa preciada vulnerabilidad en una fragilidad hueca, y dejar al actor débil y desorientado. Cuidar la vulnerabilidad del actor e integrarla como parte activa del proceso es pues una de las claves de toda creación.

Y es que, pese a lo que pueda parecer, la vulnerabilidad es una suerte de estado de gracia capaz de mantener la creatividad erecta. La incertidumbre, el peligro inminente, creer que el lobo puede venir en cualquier momento, todo ello despierta nuestro estado de alerta y pone al máximo de revoluciones nuestras capacidades artísticas. También se puede ver a la inversa. Quien no es vulnerable, quien demuestra una aparente fortaleza inquebrantable, está más cerca de perpetuar sus incapacidades y sus errores, aunque los oculte con la cabeza bien alta y la entrepierna estrecha.