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Mié, Feb

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Cada día una noticia nueva nos va dibujando un futuro casi inviable para lo que es la concepción de la Cultura como la hemos ido entendiendo desde la mitad del siglo XX en las democracias occidentales europeas. Hasta la excepcionalidad cultural que se había logrado imprimir en los tratados europeos para rsguardar este ámbito de las tensiones del mercado, se está cuestionando, y en ocasiones se hace con el amparo y excusa de la crisis económica y financiera que está atravesando el mundo, por su excesiva dependencia ideológica a los conceptos capitalistas más extremos.

Si las noticias globales son poco propicias de optimismo, aunque sea patológico, cuando vamos acercando la lupa a lo que está sucediendo en el Estado español, tanto desde las distintas autonomías, como desde el gobierno central, la desmoralización avanza y como no se tomen decisiones precisas de contención, el desmontaje de todo el entramado jurídico-competencial-estructural que ha propiciado llegar hasta aquí, puede acabar hundido de manera irreversible. Uno diría, así en un lunes soleado, en donde la vitalidad de la naturaleza llama a otras actividades, que el Titanic de la Cultura se está hundiendo. Que instituciones básicas se están debilitando de tal manera que un día amaneceremos salvando las joyas de la abuela y embarcando en los botes salvavidas mientras la orquesta sigue tocando canciones tristes y el siniestro se anuncia total.

El tejido real de las Artes Escénicas en todo el conjunto del Estado español, está sufriendo una desatención más que manifiesta, que parece que la desaparición de grupos, compañías, es algo más que un rumor. Que se presente la programación del Teatro de La Zarzuela y se advierta que en tres años el presupuesto bajará un treinta y seis por ciento, es una malísima noticia. Que en Galicia, por poner un ejemplo de primera mano, se rebaje las cantidades de ayudas a los festivales de Artes Escénicas, algunos históricos y vertebradores y otros más nuevos, con otras tendencias pero que todos han contribuido al dibujo reconocible de la actividad, y se haga sin tiempo apenas para reaccionar y sin argumentaciones de peso, es un dato que demuestra no solamente falta de sensibilidad, sino que deberíamos considerar que se trata de una injusticia.

Remarquemos que todo lo anteriormente dicho, no afecta solamente a los profesionales, que está claro que es así, sino que empobrece a la sociedad entera, a todos y cada uno de los ciudadanos, porque se les priva de una oportunidad de acercarse a uno de los actos culturales más imprescindibles, por su importancia y trascendencia, como son los espectáculos en vivo y en directo.

Se puede admitir que se reconsidere todos los asuntos, que haya ajustes presupuestarios, que en esta situación económica, todo debe sufrir recortes, pero una cosa es ajustar y otras es impedir no el desarrollo, sino la misma existencia. No se puede desmontar todo el sistema de ayudas a la producción, a la exhibición, a la movilidad, de repente. Porque nos tememos que se hace sin pensar nada más que en el hoy, pero que de paso, como no existe ninguna contestación popular, como en ningún lugar se va a montar una manifestación porque se ha suspendido un festival, o porque la programación habitual baje un cincuenta por ciento en número de ofertas, algunos pueden estar pensando que si no hay demanda popular, no hay razones para seguir protegiendo esas actividades. Estemos alerta, procuremos incidir para que se contenga al máximo la tendencia destructiva o autodestructiva. Otro modelo es posible, pero se debe tener algún plan, algún compromiso que sirva para minimizar los daños, que, se insiste, en algunos sectores ya están produciendo estragos irreversibles. Ha costado más de treinta años llegar hasta aquí, pero en dos años de decisiones equivocadas, precipitadas, economicistas de corto alcance, podemos retroceder décadas, y hasta es posible que aniquilemos conceptos básicos.

¿Se hunde el Titanic? ¿Es cierto que desaparece el Ministerio de Cultura? ¿Cómo es posible que haya en el mercado espectáculos con marchamo de profesionales que se ofertan a seiscientos euros? ¿Hasta cuándo este silencio de los corderos? Que no cunda el pánico, las mujeres embarazadas y los niños primero.

 

 

 

 

Cualquier ciudadano tiene todo el derecho de participar en al vida política, formar parte de sindicatos o partidos políticos, de apoyar a quién le parezca. Los artistas, también. Algunos consideramos que incluso es bueno que cada cuál se retrate, sea coherente con su idea del mundo y si quiere, desea y así se lo pide su compromiso, que milite. Indudablemente el voto es secreto, pero muchos lo dicen, circunstancialmente. Otros con el sentido del oportunismo más obvio.

Colocados en una nube de inocencia que perdimos hace décadas, se debería asegurar que los asuntos de la cultura deberían estar fuera del juego partidista. Pero nos han dado tantas veces en la parte de atrás de la inocencia, que ya hemos desistido de entender este asunto fuera del acercamiento, la militancia, las buenas relaciones como elementos definitivos que junto a la supuesta sabiduría, idoneidad y proyecto, al menos en asuntos de titularidad pública, tienen una relevancia demasiado obvia, constante y tozuda. Para decirlo de una manera sencilla: quien tiene padrino se bautiza. Y si además forma parte del clan dominante en ciertos ámbitos en cada orilla del poder, es más fácil conseguir un puesto de confianza, que tenga viabilidad un proyecto o incluso que las ayudas y subvenciones lleguen con muchos menos problemas. Está claro, no todos aquellos que reciben una subvención, ni que están al frente de una institución pública, o que reciben un Premio Nacional, lo logran por asuntos de militancia o proximidad, pero si vamos quitando excepciones, nos encontramos que existe un común denominador que nos demuestra la obviedad.

Toda la perorata anterior viene a cuento de dos hechos públicos que entendemos nos alertan de movimientos internos dentro de la familia de las artes escénicas españolas, o al menos, en algunas de sus partes. En primer lugar la reunión que tuvieron algunas personas, a título personal, con Mariano Rajoy. Seguimos en el plano de la inocencia y de lo políticamente correcto: es lógico, normal, adecuado, que el líder de la oposición, como alternativa de gobierno, escuche, intercambie opiniones con el sector. Todavía más, si resulta que el señor Rajoy ya fue ministro del ramo hace unos años. La reunión fue informal, y según una de las personas presentes, no había agenda, ni orden del día, e incluso se produjeron algunas disfunciones previas de tal manera que algunas de las personas anunciadas como asistentes a la reunión no acudieron al enterarse de que alguien de los convocantes hablaba de una “plataforma”. Tampoco hubo unanimidad en la reunión en cuanto a posturas sobre hechos tan importantes como el teatro público y el privado. Esta discusión es más seria de lo que parece y se debe realizar en todos los niveles de decisión con mucha profundidad porque según como se encare este asunto, el futuro será de una manera o de otra.

Por otro lado, y a los pocos días, desde la Unión de Actores de Madrid se recuerda en público que no todos son “de la ceja”. Y aquí sí que nos entran escalofríos ante la obviedad más obvia, que dicha en voz alta, significa que se intuye que todo lo que ha significado “la ceja”, es decir, aquellos artistas que apoyaron a Rodríguez Zapatero están en recesión o en minoría, cosa que ya sabíamos todos. Así que está de baja la ceja, y no se sabe si ya se da como ganador a Rajoy o estamos simplemente en una operación de desmarque significativa, a la espera de acontecimientos. Probablemente la gente de la cultura en general tiene más que motivos para distanciarse, repudiar, criticar al señor Rodríguez Zapatero que en cinco años de gobierno nos ha regalado nada menos que tres personas al frente del Ministerio de Cultura que han llevado a las cotas más ínfimas de representatividad todo cuanto tiene que ver con la cultura, especialmente en las artes escénicas, que se están desmontando todos los logros históricos y que parece que nadie es capaz de parar la deriva hacia la nada en la que estamos.

Esperemos que a partir de ahora, si se produce otra remodelación del gobierno de Rodríguez Zapatero, nos depare otra acción de desmoralización, probablemente con la supresión del propio Ministerio, cosa, que se recuerda, ya hizo, precisamente el señor Rajoy que lo fue del que se llamó de Educación y Cultura. Así estamos, con la ceja baja. Con la barba que no ceja. Los independientes y no alienados, podemos ir preparándonos para el ostracismo y el exilio interior o exterior. Vaya, lo de siempre. Un zumbido.

 

 

Ha llegado oficialmente el verano y el planteamiento general de la posibilidad de encuentro entre las Artes Escénicas y los públicos cambia de estrategia. Los teatros que tienen programación habitual a lo largo del otoño, invierno y primavera, cierran sus puertas, salvando los de las grandes capitales que mantienen una programación con intenciones de acoger a unos públicos que se le supone buscan algo más refrescante, es decir que además del aire acondicionado, en sus escenarios se vean cosas ligeras, vodeviles o similares. Esta última receta es la que también se diagnostica para las programaciones en las localidades de todo el Estado español cuando llegan las fiestas patronales y se abren las salas por unos días.

El teatro clásico, sea de la etapa áurica, sea de procedencia greco-latina u otras, se convierte en una oferta en crecimiento, y en festivales en donde se utilizan espacios especiales, con raigambre historiada, algunos creados para la ocasión o se transforman otros para acoger representaciones durante un tiempo concreto, por lo que si miramos a Almagro, Sagunt, Olmedo, Mérida, Olite, por señalar a algunos de los más importantes, nos encontramos con unas programaciones de primera entidad, y con unas respuestas de los públicos bastante importante, dato que habrá que contextualizar para analizar y entender estas incitaciones tan pertrechadas de un buen soporte propagandístico que consigue unas medias de espectadores que superan, y con mucho, a las que se logran en la temporada habitual.

Está claro que un evento, un festival, concita una mayor atención por parte de la prensa y los medios de comunicación, pero cuando llegamos a estos acontecimientos arriba señalados, o cuando nos referimos, por colocarnos en programaciones más eclécticas como los veranos de la Villa de Madrid, Grec de Barcelona, Santander y un largo etcétera, nos encontramos con unos aparatos de difusión mucho mejor engrasados ya que provienen de opciones que significan una propuesta de región, de ciudad, de comunidad autónoma, con lo que se logra convertir al teatro no solamente en un bien cultural de consumo masivo, sino en un elemento para crear identidad, y en alguna ocasión con una profusión de públicos que realizan un bendito turismo cultural, teatral, lo que consideramos algo plausible, de ovación, una alternativa que se debería cultivar, propiciar, recomendar, auspiciar y trasladar sus bondades a todos los paquetes turísticos de agencia o individuales.

Que nadie piense que Avignon, Edimburgo, Salsburgo no son festivales que además de sus valores culturales, teatrales u operístico, se han convertido en un lugar de turismo, o si se mira desde otro punto de vista, hay dos tipos de públicos que acuden a esas programaciones desde una perspectiva de turismo, los que van directamente allí por la programación de artes escénicas en general, por un montaje en particular y de paso visitan otros puntos de interés, y los que ha elegido ese destino por otros motivos pero que una vez allí y al comprobar de la importancia que tiene en los medios, intenta conseguir entradas para ver algún espectáculo, o los buscan en la programación de calle tan profusa.

De todo lo anterior se colige que existe una población flotante, unos ciudadanos que si encuentran estímulos adecuados se aproximan a las Artes Escénicas, para ello se necesita que exista, como hemos intentado demostrar, una colaboración positiva de los medios de comunicación, unas programaciones excepcionales, que llamen la atención, y si puede ser en un paisaje singular, la cosa pude funcionar mejor. Con todos estos elementos singulares, el verano, las vacaciones, las buenas temperaturas, los marcos incomparables, las producciones realizadas para estos espacios, tenemos una manera productiva, una opción de atraer públicos, y si pudiéramos sacar lecciones de estos esfuerzos presupuestarios, de estas programaciones, tan contextualizadas e historiadas, por lo general, quizás podríamos llegar a conclusiones para que en las programaciones habituales, con tantos edificios teatrales perfectamente preparados para la exhibición proporcionar los mismos o parecidos incentivos a los espectadores para que acudan a unas programaciones que no deben ser solamente casuales, de mercado, sino, como son la mayoría de lo anteriormente mencionado, muy especializada y enfocada a un tipo concreto de espectador.

Aprovechemos estas experiencias positivas, no para agotar en lo clásico la oferta, sino para entender que existen espectadores siempre que se busquen, y que a lo mejor hay un número ponderable más importante de ciudadanos que se movilizan por un teatro menos comercial, más importante, y menos banal, como parece demostrar alguna de las programaciones veraniegas. Y en cualquier caso, que convivan todos los géneros, formatos y se lancen los mensajes claros para que cada nicho, segmento, grupo de posibles espectadores encuentren las motivaciones para acudir a los teatros. Así sea. Así nos tiramos los faroles.

 

 

 

 

No son buenas las purezas inmaculadas, y mucho menos en las artes. El mestizaje en todos los órdenes de la expresión artística y de las culturas parece ser una de las fórmulas más adecuadas para no ahogarse en la retórica creativa como fin en sí misma. Aplaudimos todo aquello que indague, que busque, que afronte el choque, el roce, que se mueva en los límites y que provoque preguntas, dudas, incitación a la reflexión más allá y más acá, de la obviedad y del dogma.

Por fin he visto el montaje de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca con dramaturgia y dirección de Pepa Gamboa y la interpretación de mujeres gitanas que viven en el barrio chabolista sevillano conocido como El Vacie. He presenciado una representación en Bilbao, en una Sala recientemente recuperada para la exhibición pública, con un público selecto, en el sentido de estar toda la prensa especializada, mucha gente de la profesión y una amplia representación de la clase política, con el alcalde de la ciudad al frente. Es decir, se convirtió en un acontecimiento socio-político-cultural, con todas las localidades ocupadas.

Aunque ya se publicó en la sección de opinión de este periódico hace unos meses una crítica firmada por Manuel Sesma que originó una serie de comentarios y debates, de tal forma que tuvimos que salir a defender la libertad de expresión sin ningún género de dudas, ahora colocamos otra crítica sobe la misma obra, como hacemos con tantas otras, para que se pueda leer otra opinión desde el terreno del análisis ajustado a sus valores teatrales, asunto en lo que no insistiré, porque lo que esta obra, este montaje, este fenómeno ha representado, en mi opinión, es una respuesta alternativa al supuesto mercado de la programación y se inscribe en lo que podríamos considerar una de las posibilidades que puede tener todo arte, y en este caso el teatro, como vehículo portador de otras utilidades por un tiempo olvidadas, además de las que puede proporcionar una obra bien hecha.

Y es que estas mujeres gitanas no son actrices, ni pretenden hacer una interpretación y se muestran tal cual son, mujeres que se acercan a un hecho cultural ajeno a sus hábitos, donde son acogidas con todo el respecto y cabalgando en la esencialidad de un texto de Lorca, ofrecen sobre un escenario una visión de la vida, de su vida, que excede y con mucho al propio gozo artístico. Es otro tipo de comunicación, sucede en el teatro, es teatro, pero la conexión emocional, incluso racional, se hace desde otra utilidad, desde otra perspectiva y con otras herramientas y abre una brecha importante en lo que es el fenómeno productivo general en las artes escénicas.

Está Lorca, pero los públicos acuden, por lo otro, por lo excepcional, por lo que simbolizan esas mujeres que han sabido aprovechar sus necesidades de expresarse, de comunicarse, amoldándose a un proceso creativo en donde sin exigírseles más que lo que podían ofrecer, sí se han sometido a una disciplina, a unos ensayos, a unos movimientos, a unos ritmos, a unos textos, y si se nota sus deficiencias técnicas interpretativas, su bendito amateurismo, se acepta y se celebra, porque estamos ante un acontecimiento teatral, escénico, que escapa a cualquier etiquetado, y nos devuelve la confianza en la utilidad del teatro para tantas otras cosas, además de entretener a las clases medias urbanas, el valor que tiene, como en esta propuesta se demuestra, para conseguir esas sensaciones únicas, esa empatía que no tiene nada que ver con los lenguajes teatrales convencionales, sino que añaden a la puesta en escena, iluminación, vestuario, música, el texto, una verdad, una certeza incuestionable sobe al presencia de esas mujeres, una presencia en ocasiones sobrecogedora, y que coloca comillas sobre el arte bien hecho, dejando vía libre para el arte de y con verdad, socialmente útil, por importante.

 

 

Se ha celebrado en Bilbao ACT el Festival Internacional de Nuevos Creadores que nos da la oportunidad de presenciar las obras de los recién egresados, licenciados, masterizados o aturdidos por sus estudios recientemente acabados. Una ocasión magnífica para comprender que la formación, en el nivel institucional que se quiera, en asuntos de las Artes Escénicas, pero especialmente en las materias básicas y fundamentales, es decir la actuación, la dirección, la coreografía o la dramaturgia, debe sufrir un cambio para que tenga alguna relación lo que se incluye en los estudios oficiales, oficialistas, oficializados, y lo que posteriormente el mercado por un lado, y la pulsión de las novedades y tendencias más rompedoras por otra requieren.

Un amigo que fue director de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, resumía su desazón con una apreciación demoledora: “estamos formando actores para trabajar en los parques temáticos españoles en Japón”. Dolorosa metonimia que trasluce una parte del problema: ¿qué oportunidades de trabajo tienen los licenciados? Sin meternos, de momento, con las materias curriculares, el grado de excelencia de los docentes, o lo adecuado a la realidad cultural existente, lo cierto es que la falta de una organización conjunta que tuviera en cuenta desde todos lo niveles, la necesidad de crear compañías para dar alguna salida eficaz a estas inversiones de futuro que hace la sociedad agrava la situación. Las pocas opciones que tienen muchos de nuestros jóvenes estudiantes son las series de televisión, los trabajitos coyunturales en parques temáticos o animaciones o el servicio de copas en garitos nocturnos los fines de semana.

Claro, es obvio, existen otras muchas posibilidades como es crear compañías o grupos que se busquen la vida, participar en pequeñas compañías sin una proyección clara pero con trabajos de investigación de mayor interés, apuntarse a cualquier aventura que les mantenga en forma, pero resulta que en los años de estudio, la relación con sus compañeros, la denominada profesionalización entendida como un asunto puramente contractual y monetario, va lanzando unos mensajes que se convierten en idearios, y podrán salir con mayor o menor técnica para utilizar la voz, con un cuerpo preparado para cualquier estímulo, una primaria idea de la historia del teatro o de la danza, pero parece que no se les da pistas sobre otras salidas artísticas, organizativas, más que de las predominantes, las que han logrado a base de mucho esfuerzo proporcionar una idea del teatro bastante atrasada en relación con lo que realmente se hace en las partes del mundo donde las Artes Escénicas no son un lujo social sino una necesidad cultural, y en donde los dineros públicos se utilizan para formar actores, bailarines, directores, escenógrafos, capaces de conocer la historia del teatro universal pero a los que se les han dado herramientas suficientes para plasmar el teatro, la danza, que hoy se hace, con los lenguajes y las formas estéticas que van abriéndose camino entre los nuevos públicos.

En ACT, hemos detectado que aquellos que han volado poco después de sus estudios, proponen obras, coreografías, performances que beben en impulsos estéticos no precisamente académicos e incluso los trabajos presentados en este Festival como de fin de curso de las escuelas participaban de esta misma idea renovadora. Obviamente, la preparación básica es imprescindible, pero conocer en el proceso formativo la nuevas tendencias, lo que se hace en el mundo actualmente, es fundamental, especialmente para que no se cree esa distancia tan abismal entre lo oficial, lo clasicorro, lo obvio, lo que viene del siglo XIX y principios del XX, y se adentre de una vez por todas en lo que requiere actualmente la escena, y, sobre todo, lo que pude ser el futuro, lo que está por descubrirse. El deber de las escuelas es colocarse en esta tesitura, a no ser que se quieran ir repitiendo frustraciones, transmitir espíritu de mediocridad, conceptos obsoletos, una ida funcionarial del arte de interpretar. Se necesita cambiar los convencionales planes de estudio, oxigenar los encefalogramas planos de muchas nóminas de docentes en las grandes instituciones de enseñanza reglada, y plantearse un futuro activo, transmitiendo ideas de un teatro de urgencia, con estructuras mucho más ligeras y operativas lo que vendría a convertirse en una asunción de lo nuevo, pero aprovechándose de lo actualmente momificado. Alertamos con esperanza de lo que está sucediendo, de lo que se presiente. Hay energía, ideas, fuerza, gusto, capacidad, formación bien asimilada, incluso talento. Llegan los nuevos pidiendo paso.

 

 

Perdonen por titular tan ambiguamente. No se trata de nada que tenga que ver con el comercio carnal. O quizás sí, pero de manera muy secundaria. Viene a cuento sobre el dinero que, según información periodística no desmentida, ingresó Mario Gas tanto como titular del Teatro Español como por los espectáculos dirigidos por él en el mismo teatro público. Las cifras, realmente causan asombro. Y más, a fecha de hoy, cuando la situación económica es tan desgarradora para muchos sectores de la amplia nómina teatral.

Esta información no desmentida, nos coloca al director de un teatro público municipal con unos ingresos parecidos al presidente del Banco de España, comparación que debe entenderse como una manera de hacer demagogia de urgencia. Acercarse a los doscientos mil euros de ingresos, solamente de un punto de trabajo, ya que tiene otros en la privada o en la semipública, nos habla de un desequilibrio absoluto, de unas cifras de mercado que no se corresponden con la realidad socio-cultural-económica. Pero lo anterior lo hemos dicho en los tiempos de las vacas gordas, es decir de la burbuja teatral, cuando los cachets eran puramente especulativos y se pagaban desde una elite de funcionarios que fueron subiendo los presupuestos para colocar unas barreras invisibles en donde la calidad o el interés de una obra venía señalada por su precio, asunto que es terrible, por lo que tiene, insistimos, de especulativo, de falso, de sospechoso por la puerta que abre a todas las componendas, cercanías, comisiones o favores.

Y siempre con el dinero de todos los ciudadanos utilizado para crear una suerte de clase bussines de directores, actores, productores y distribuidores que se codean con los programadores y gestores para proponer una cultura intervenida, fuera de normativa que busca cualquier cosa menos crear espectadores, hacer una política adecuada a las circunstancias de cada lugar y que se traduce en la práctica, en el oligopolio aberrante existente, con la incursión de estos príncipes de los despachos y los escenarios que manejan dineros a espuertas, que hacen lo que les viene en gana y son aplaudidos por sus fieles correligionarios y envidiados por los que quisieran tomar su puesto.

Son acaso una media docena de individuos que están al frente de instituciones públicas manejando presupuestos descomunales, y con sueldos que deberían salir a la luz pública para que supiéramos todos a qué estamos jugando. Esto por la parte de los individuos, de la clase directiva, pero también sería importante conocer cuánto cobran algunos programadores, qué prebendas tienen, cómo manejan los presupuestos, para entender la tendencia de tantos a programar lo mismo y del mismo lugar. Su facilidad para estar reunidos, sus viajes a lugares remotos no para ver espectáculos, sino para seguir reunidos. Este gasto superfluo, esta inflación de los cachets ha corrompido el sistema, ha llevado a la miseria a compañías, grupos, que han tenido que colocarse con sus trabajos de arte en un mercado absolutamente controlado por unos cuantos.

Quién quiera, desde los lugares de decisión política, tiene mucho trabajo, muchas malas prácticas que deberían convertirse en buenas y beneficiosas, no solamente para unos cuantos, sino para todos los profesionales honestos, creativos y muy especialmente para que esto de la Cultura, y en el este caso las Artes Escénicas, sea un derecho auténticamente democrático, no una cosa de un club de amigotes, o una mutua de intereses particulares. Las circunstancias económicas nos sitúan ante las decisiones drásticas, pero por lo que vemos hay bastante campo para limitar el gasto al conocerse estas cifras de emolumentos. Solamente es necesario romper el círculo vicioso. Y no preguntar a nadie ¿cuánto cobras? antes de ver su espectáculo y comprobar si el precio se ajusta a la realidad del gasto que se produce en cada representación, más un porcentaje de amortización lógico y no las burradas que se pagan para ciertos monólogos, por poner un ejemplo sangrante.

 

 

En algunos lugares públicos como terminales de aeropuertos se han instalado desfibriladores. Había uno en la entrada compartida con dependencias municipales de una sala de exhibición de espectáculos en vivo en Albacete. Me llaman la atención, leo y leo las instrucciones repetidas veces y nunca llego a conclusión alguna. ¿Son de uso de urgencias para cualquier ciudadano o se debe usar simplemente por especialistas y personal autorizado? Seguro que se ha colocado con la mejor voluntad, una prevención más para salvar vidas.

La circunstancias de estar en la entrada común con un teatro me provocó una especie de descarga emocional, se me materializó en una metáfora sobre lo que le puede pasar a la Cultura, y es precisamente en Castilla-La Mancha donde hoy toman la decisión de prescindir de tres consejerías y una de ellas, vaya, ha sido Cultura. No ha servido el desfibrilador, no ha llegado a tiempo el especialista, o a lo mejor no funcionaba, que también podría ser. Un achaque, un síntoma, y el infarto total. Y si miramos en el botiquín de urgencias no hay tiritas suficientes para parar las hemorragias que este desaparición puede traer, ni antivirales suficientes para detener el contagio que se puede provocar en otras comunidades autónomas, ayuntamientos e incluso en el gobierno central, porque no hay día que no recibamos sustos generales y mofas particulares sobre alguna decisión proveniente del Ministerio de Cultura y sus desamparos externos y sus descalabros internos. Nunca se ha visto más prescindible este atónito instrumento ministerial con síntomas de angina de pecho, preaviso del infarto.

En el Gobierno del Reino de España, debido a la configuración actual del entramado constitucional y los estatutos de nuevo cuño, se recuerdan: Andalucía, Aragón y Catalunya, recientemente aprobados por todos los estamentos necesarios para ello, se detalla que la Cultura es “EXCLUSIVA” de las comunidades, por lo que si vamos sumando los ciudadanos que viven en esas tres comunidades, la limitación del campo de acción del ministerio parece obvia. Y recordemos un poco más, cuando gobernaba el PP, se llamaba Ministerio de Educación y Cultura, y debemos decir, por si acaso falla la memoria, que no fueron malos años para las Artes Escénicas, o sea, no es tan fundamental lo de tener ministro o ministra, sino atribuciones, presupuesto y sobre todo, por encima de todo, antes que nada, alguna idea, un plan, unos objetivos, y ahora, lo que encontramos es que debilitado por los estatutos, por la presencia de esas comunidades, por ley, en los lugares de decisión de toda subvención o ayuda ministerial; con un equipo que muestra falta de ideas, sin apenas criterios en la dirección, sabiendo que lo que se nos avecina van a ser más recortes, menos competencias, uno diría que con una buena Dirección General sería más que suficiente para cubrir las necesidades de funcionamiento.

Y aunque se pueda argumentar sin mucho riesgo de equivocación en este sentido, lo que debe ser es que se adelgace lo estatal, pero se mantenga o amplíe lo de las autonomías, porque en ellas sí hay competencias (todas) y la falta de una consejería, probablemente no sea suspensión de actividades, pero sí pérdida absoluta de fuerza en los consejos de gobierno, una subsidiaridad que va a repercutir negativamente en el conjunto de las actividades y se transmite un mensaje nefasto para la sociedad: la cultura es prescindible, es algo superfluo, es una suerte de lujo innecesario. Y es ahí donde deberíamos ponernos firmes. Y volver a decir lo obvio: en el sector cultural hay muchos trabajadores, muchas soldadas, muchas familias afectadas y un parado de una compañía de teatro o de una empresa de técnicos del espectáculo es exactamente igual que uno de una industria charcutera. Exactamente igual.

Pero además, la identidad cultural es fundamental para el crecimiento de las sociedades, para su cohesión, para su desarrollo en asuntos no tangibles, y cuando alguien decide prescindir de una Consejería de Cultura, está haciendo una involución ideológica. Reajustemos todo lo que se deba reajustar, pero pensemos en mantener la Cultura como algo imprescindible, como algo necesario, como algo productivo, como algo que ayuda a ser mejores. Seamos positivos, no se trata de tener un buen botiquín de urgencias, sino una buena Cultura, y seamos constantes, porque hasta tenemos una gran parte de razón. En Europa existe la excepcionalidad cultural como un valor positivo, no como un estigma.

 

 

 

 

 

Algunos desayunan frutas del diablo, panecillos de cereales nucleares, mil leches tóxicas y lo redondean con un carajillo de vitriolo. Se duchan con agua helada, se acicalan con perfumes de pétalos de odio y van a su lugar de trabajo: sea una mesa pagada por todos los ciudadanos, sea un ordenador privado, pero siempre con una misión: intentar fastidiar al prójimo, crear un ambiente irrespirable, manipular la realidad, fundamentar decisiones arbitrarias en prejuicios e intoxicaciones con el objetivo de bombardear con todos los gases tóxicos, abrir todas las guerras sucias posibles, utilizar las manipulaciones más indecentes sobre todo lo que tenga algo que ver con la Cultura, y muy especialmente con sus profesionales.

Si ahora mismo mi rabia está contra editorialistas, tertulianas y periodistas de la caverna que con una demagogia incalificable cuestionan las subvenciones al Circo, las Artes Escénicas o el Cine, con descalificaciones tan abrasivas como titular, “después del recorte a los jubilados, ZP, regala trescientos millones de euros a payasos y domadores”, argumentando posteriormente, con un cuajo de soberbia y desconociminto, que ese dinero sí se puede ahorrar, porque no va a ningún sector productivo. Es decir los cientos, los miles de profesionales que en todos los rangos de las industrias, las productoras o la creación artística viven de su trabajo, son, somos, unos parásitos sociales.

Estas voces de la extrema derecha, tienen eco, llegan, se extienden, y con menos rotundidad, se reproducen y se convierten en decisiones de gobierno, en recortes presupuestarios, en aniquilación del tejido productivo existente, porque, en el fondo, a todos, les parece que ser un cómico, un guionista, un productor de teatro, no es una trabajo, es una regalía, algo que socialmente no es relevante. Si sales en la tele, aún pueden considerarte algo, pero si eres invisible o traslúcido, porque estás en una compañía de teatro de provincias, o inviertes tu conocimiento universitario en hacer una revista o un periódico digital dedicado a las Artes Escénicas, eres, por decreto, un perdedor, es decir prescindible.

¿De qué vivirían estos tertulianos, estas periodistas, sin subvenciones, o sin publicidad institucional? Si el aceite está subvencionado, si el vino recibe ayudas, si los coches se hacen con subvenciones y hasta los bancos reciben ayudas públicas, ¿quién puede negar una ayuda institucional a la Cultura? Y no solamente por lo que tiene de mantenimiento de puestos de trabajos, que también, sino porque se trata de algo fundamental, vertebral, esencial para el desarrollo de los individuos, de los pueblos y de los países. Si no se entiende este principio básico, troncal, es cuando se toman las malísimas decisiones que se están tomando desde el espectral Ministerio de Cultura que tenemos ahora.

No hace falta ser independentista, ni anti-sistema, ni revolucionario, siendo un plebeyo consentidor, votante ritual, ciudadano silente, se puede llegar a la conclusión de la inutilidad de un Ministerio por las barbaridades, renuncias y falta de criterios que desde él se transmiten a la ciudadanía. Yo diría que la actual ministra, y la mayor parte de su equipo en los diferentes puestos de confianza y dirección son unos auténticos dinamitadores. Parecen una quinta columna que a base de impericia y/o con un programa milimetrado para ir descapitalizando a los diversos sectores, sin defender absolutamente nada de lo logrado en las últimas décadas, van dilapidando lo existente a base de mantener prebendas y complicidades peligrosas, consiguiendo el descrédito absoluto y total ante los ciudadanos.

Así que salen tronando desde la caverna y no sale la ministra, ni el presidente, ni nadie a defender a los payasos, los domadores, los titiriteros o los poetas balsámicos o románticos. Volvemos a tiempos pasados, a sentir que existe un Estado, unas Comunidades, que no defienden la Cultura, ni siquiera como seña de identidad, mucho menos, como sector productivo que emplea a cientos de miles de trabajadores. Ahora los funcionarios, con su cinco por ciento menos de salario, se cabrean, pero algunos de ellos, no tienen un cinco por ciento de trabajo menos, sino que la bajada presupuestaria significa una bajada de actividad muy superior. Una vez más, defendamos la Cultura de quienes la atacan y principalmente del Ministerio, que la está maltratando.

Sí, ya sé, lo arriba escrito tendrá consecuencias. No pueden consentir que alguien que firma con foto, hable por sí mismo, y para castigar al escribidor, putearán más al soporte que le da cobijo, quitarán las “limosnas” que dan, negarán ayudas y subvenciones con criterios que rozan la estulticia, cuando no figuras delictivas muy en boga. Quizás sea el momento de la verdad, de sentirse honrado de no tener ayudas de quienes las dan, las conceden, no por criterios objetivos o culturales, sino por proximidades ideológicas o partidarias. Por cierto, ¿les puede explicar alguien a las unidades de producción del INAEM que sus sueldos los pagan todos los ciudadanos del Reino de España? Quizás, así puedan pensar que lo que se gastan en publicidad no puede ser solamente para sus amigos madrileños. Se dice con la intención de empezar por algún lado a desmontar la Gran Mentira.

Nosotros somos hoy, como siempre, payasos, titiriteros, poetas, domadores o leones drogados de este circo. Pero no nos callarán tan fácilmente. Y si debemos tomar carajillos de vitriolo, lo haremos. Pero hay que decir conjuntamente y con urgencia un fuerte y sonoro: ¡Basta ya!

 

 

El lunes anterior acababa defendiendo incondicionalmente los Premios Max, y posteriormente estuve en el acto de entrega de los premios, sentí en vivo y en directo la extraña situación de la filtración, publicación, o como deba llamarse, de los ganadores horas antes de la ceremonia debido a “una interferencia informática” según palabras de Óscar Millares, responsable de estos premios desde la Fundación Autor de la SGAE. Vivido el acto desde la sala de prensa, las reflexiones nos llevan a matizar algunas declaraciones y a reformular algunos de los conceptos.

Es más que lógico el cabreo de algunos candidatos que se volvieron a su casa, o simplemente no acudieron, al conocer que el ganador era otro. Es más que lógico el cabreo de algunos medios de comunicación al verse con lo noticiable del acto ya colocado desde horas antes en los digitales, las agencias, las radios y algún canal de televisión, lo que hacía que el trabajo de los periodistas desplazados fuera bastante limitado. Es más que lógico el cabreo de los presentadores, guionistas, actores, productores del acto escénico y de la cadena de televisión pública que lo retransmitió en falso directo, con una hora de retraso (asunto que algún día se explicará). Es lógico el desánimo general, la cara de circunstancias de los responsables de la SGAE. Era lo que les faltaba a estos premios para ponerlos todavía más en cuestión, en duda.

Todo se unió: en la calle, a las puertas del salón del Museo Reina Sofía, trabajadores despedidos dels SGAE, apoyados por sindicatos, montaron una protesta ruidosa. La marca SGAE es la peor valorada en España, las noticias que de su seno llegan a los medios son siempre negativas, por lo que los Max, que son un poco su cara más amable, deben cuidarse con mucho tacto. Entonces, esta “interferencia informática”, que desconocemos su origen o si era voluntaria, casual, error, o incluso boicot como se dejó traslucir, vino a descomponer la figura de todos, de tal manera que fue como un punto y aparte. En la sala de prensa se sentía hasta pena por el desaguisado, una suerte de conmiseración porque todo les sale mal.

Pero antes, durante y después, de esta “interferencia informática”, lo que pasa es que desde el equipo directivo se había decidido hacer una edición, la número trece, para más señas, de perfil bajo. Se volvía a Madrid, sí, pero no se hacía en un gran teatro ni coliseo, sino en una sala apañada. No se le dio el nombre de gala, ni siquiera de ceremonia, sino de acto. Los responsables artísticos del acto, nos señalaban semanas antes que se habían acordado de ellos, ahora, justamente, cuando no había un presupuesto grande. En el mismo día se hizo el acto de proclamación de candidatos, considerada por los asistentes de poco adecuada por las urgencias y falta de calor. Este acto de los maximinos tenía hasta esta ocasión una categoría superior, con la presencia institucional muy evidente.

Por lo tanto, la “interferencia informática” vino a darles una puntilla que no sabemos si puede ser definitiva. Se sabe que desde el interior de la SGAE hay posturas que apuestan por su casi desaparición, que sea un acto todavía menor. Y siempre es la crisis económica la coartada. Y nadie puede negar que estamos en horas bajas, pero precisamente por ello, hay que buscar el apoyo, la ayuda exterior, la complicidad de la profesión para seguir con estos Premios. Nos tememos que para muchos, su desaparición sería un alivio. O lo considerarían como un éxito. Está claro que con estos fallos e interferencias, pierde parte de su valor, pero al desaparición sería volver a la oscuridad absoluta. No es que den mucha luz, pero al menos ocupan unos minutos audiovisuales y unos centímetros en el papel o en internet en positivo.

Quizás sea el momento de volver a pensarlos, a analizar con profundidad las categorías, los requisitos para las candidaturas, la metodología de las votaciones, pero de acuerdo con los profesionales en su conjunto. Resumiendo: o se potencian, se apuntalan, se ajustan a lo existente y se hace con apoyo suficientes o creemos que el futuro de los Premios Max está, ahora mismo, en entredicho. Sin más compromiso, desde aquí intentaremos colaborar para que se sigan haciendo y mejoren. No sirve de mucho, porque los problemas graves residen en otros puntos de decisión.

 

 

Se escriben estas líneas en la mañana del lunes tres de mayo del año 2010, fecha en la que se celebrará la ceremonia de proclamación de ganadores de los Premios Max. No se conoce, por tanto, el resultado de las diferentes categorías que se deciden por votación popular entre los autorizados a ejercer esa posibilidad. Por lo tanto nada de lo que se diga tiene que ver ni con las personas ni las instituciones galardonadas. Se intenta insistir en una de las muchas dudas que estos premios suscitan a propios y extraños.

La postura más sencilla y común es señalar que cualquier acto, evento o circunstancia que sirva para poner en valor social y mediático las artes escénicas es positivo para las mismas. Dentro de esta corriente de opinión se escucha con cierta asiduidad que si los Premios Max no existieran, deberían inventarse. Estamos de acuerdo en lo básico: estos Max son una de las pocas ocasiones en donde la gran familia de las artes escénicas aparece de manera conjunta, aunque sea en un estado competitivo. Por lo tanto es de las pocas ocasiones en los que las artes escénicas encuentran un espacio en los medios de comunicación, aunque sea solamente por unas horas, en el que se muestra como algo conjunto, como un bien común.

Las obviedades hay que remarcarlas, por si acaso no han quedado bien fijadas. Por lo tanto los Premios Max tienen dos funciones primordiales: darle este empujón mediático global que debería interpretarse como una acción externa, y a la vez, debería tener otra función interna, que sería la de consolidar propuestas, obras, para que su vida de exhibición pudiera reforzarse con el eco de los Max. Y es aquí, en este punto, donde la cosa no funciona. Y no lo hace por el sistema de producción imperante en estos momentos, donde la vida de las obras es efímera, porque las más premiadas ya han pasado por muchos escenarios, muchas de ellas cumpliendo todo su trazado y vida activa y aunque reciba un Max, no se garantiza una posible remontada, una vuelta a los escenarios, ya que no siempre se puede lograr el mismo equipo actoral. Y porque tampoco un Max lleva a su contratación porque no tiene un valor publicitario suficiente como para que los públicos renuentes se acerquen a ver una obra por el hecho de tener uno o diez Max.

En este sentido, los Max no son útiles. O al menos no lo son en el corto plazo. Los efectos que tiene sobre las compañías, los directores, las actrices o todos los premiados en su futuro es difícil de calibrar, porque es difícil saber cómo se perciben, cuanta credibilidad generan. Y esta duda razonable coarta, colapsa, deja en entredicho algunos resultados y provoca todas las incertidumbres sobre su valor efectivo. Las dudas llegan siempre a caballo de la falta de datos sobre le número de votantes. De los sistemas de votación empleados. De que siempre acostumbran a ganar compañías, obras, profesionales que tienen por detrás un grupo de votantes suficiente por proximidad, compañerismo, pertenencia al mismo grupo de producción y otras variantes que dejan bajo una capa de sospecha los resultados finales.

La realidad es que Madrid y Barcelona concentran el número mayor de profesionales, de producciones, de compañías que giran por todo el Estado y ello conlleva que sean, por una razón u otra, las producciones de estos dos polos las que mayor número de Max recojan. ¿Es injusto o es el resultado de una realidad calcificada por la demografía, las inversiones públicas y los hábitos de la ciudadanía? ¿Se puede buscar una manera de paliar esta realidad estadística? ¿Unos Premios pueden ayudar a cambiar un sistema muy arraigado? ¿Es esa su función o simplemente con crear un espacio de reconocimiento ya tiene más que cumplida su utilidad?

También se ponen en cuestión algunos premios, apartados o categorías. En todos los casos se han creado para satisfacer demandas. Se han hecho con la mejor de las intenciones, aunque acaben siendo premios menos valorados, como una suerte de pedrea para que las producciones de las autonomías también tengan su presencia. Los concedidos por decisión directa de jurados especializados tienen otro cariz, por decirlo de alguna manera, están fuera del mercado, de la pelea diaria y son los que proporcionan, en ocasiones, un mayor valor cultural.

Quizás hay que señalar que estos Premios Max se hacen bajo el amparo, la organización y el presupuesto de la SGAE. Las colaboraciones institucionales a través de cesión de locales, de ayuda estratégica, la retransmisión por TVE, son algunos de los datos que confluyen y contextualizan. Y no es nada más que hacer constancia de una circunstancia incuestionable: es una de las marcas peor valoradas por la ciudadanía en general. No enjuiciamos, nada, certificamos algo que está en la calle. Y esto no ayuda a darle más vuelo a los Max, pero tampoco evita que sea el momento de situarse: en lo referente a las Artes Escénicas, no hay dudas, la entidad de gestión cumple con sus objetivos. Otra cosa son algunos asuntos que realiza la actual dirección ejecutiva. Sus raros movimientos son de difícil comprensión. Por lo tanto decimos sin una pizca de cinismo: larga vida a los Premiso Max. Felicidades a todos los premiados. Gracias a todos cuantos hacen teatro en estos tiempos difíciles.

 

 

 

 

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