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Dom, May

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Insistiremos un poco más ante la cascada de despegues abortados en varios puntos de la península de edificios singulares dedicados a alojar actividades culturales. El modelo faraónico, de arquitectura-espectáculo, en el que el continente cuesta mucho más en su ejecución que el presupuesto de varias décadas del contenido, es un fracaso. Lo era en tiempos de burbuja del ladrillo y de la cultura de la ostentación, y es inviable y una rémora en esta época de crisis económica e ideológica.

Por lo tanto, con los edificios terminados, no se sabe si pagados o hipotecados, habrá que empezar a hablar en serio del uso que se da a los mismos. El último escándalo, frenazo, decisión arbitraria tomada desde los gobiernos de turno ha sucedido en el Centro Niemeyer de Avilés, precisamente en la misma semana en que se ha producido un acontecimiento teatral de relevancia como es la presencia de Kevin Spacey interpretando el Ricardo III de Shakespeare durante varios días, en las únicas representaciones que tuvieron lugar en la Europa continental en el Palacio Valdés de la misma ciudad. Nada menos.

En el caso del "regalo" de Niemeyer a la ciudad, parece existir un conflicto de protagonismos entre instituciones, y la llegada al gobierno de Asturias de Francisco Álvarez Cascos, algo tiene que ver. Se constata una ausencia total de estudios que contribuyan a saber con una cierta dosis de acierto qué necesita una ciudad, una comarca, una provincia, una comunidad autónoma. Hablamos de este caso de Avilés, pero recordemos que en Gijón, en La Laboral, presentado como un centro para la creación más actual, acabó siendo gestionando por una empresa de José Luis Moreno. Pero la lista es inmensa, interminable, con ejemplos absurdos, frutos en la mayoría de los casos de una gestión política basada en la fachada, en tener el auditorio más grande que el vecino, insisto, en plena orgía de construcción, sin planificación, sin sentido, y aplaudiendo todos.

Hoy tenemos edificios a medio terminar, recuérdese el Centro de Creación de las Artes de Alcorcón, pero la Ciudad de la Cultura de Santiago es otro ejemplo que nos retrata. Este modelo está caduco, obsoleto, descentrado de su virtualidad, y crean ruinas imposibles de obviar. Lastran durante años presupuestos para la cultura, estigmatizan y confunden. Ingenuamente se puede pensar que una vez construidos, ya le encontraremos funcionalidad, que es mejor tener esas pretenciosa infraestructuras que un solar vacío, pero la realidad es que esos edificios, y todos aquellos existentes en cientos de poblaciones que han costando mucho construir y que no tienen programación, son cementerios de ilusiones, espectros, terreno fantasmal al que va a ser muy difícil encontrarle uso sino se establecen con prontitud líneas maestras de actuación global.

Repetimos el sermón: no existe ni un renglón, en ninguna ley ni local, ni regional, ni autonómica, ni estatal, ni europea que obligue, o al menos recomiende, qué hacer con el teatro, con las salas de exhibición. No tienen los ayuntamientos ninguna obligación para construir una sala, ni complejo teatral, ni para dotarla de programación. Pertenece a ese mundo etéreo de las "competencias impropias", por lo tanto, mientras no exista una mínima regulación, dependerá de la voluntad, del interés de las mayorías gobernantes en cada lugar y momento. Y así es como nos va. Cada uno haciendo lo que puede o le da la gana, y claro, muchos prefieren cuidar su facha, tener un edificio con buena fachada, que propiciar una vida cultural y teatral activa, sugerente, constante, planificada y sostenible.

Las soluciones tienen que empezar a irse perfilando ya, antes de que se caigan los edificos, a base de reglamentación, y si fuera con rango de ley, ahorraríamos a nuestros descendientes más disgustos. El modelo tiene que estar basado en el concepto primordial de que el teatro, las artes escénicas, son parte de la cultura, no del negocio del entretenimiento. A partir de ahí, pensar en la cercanía, en las circunstancias sociales y culturales de cada lugar y planificar programas de formación, de acercamiento, de difusión. Lo otro, lo que hacemos ahora es un sálvese quién pueda. Y quien puede, puede.

Escribo desde Ciudad de México, en el marco de su Feria del Libro Teatral, y con la responsabilidad de formar parte de un Jurado que concede el Premio Internacional de Ensayo que con el auspicio del Centro de Investigación Teatral Rodolfo Usigli (CITRU), el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), convocan la revista mexicana Paso de Gato y ARTEZ.

En este contexto las sensaciones se entremezclan, ya que existe una parte muy obvia sobre la función "mercantil" de la venta de libros, que no deja de ser una parte fundamental de este encuentro por lo que tiene objetivamente de difusión de textos, dramáticos o de teoría y practica, y por otro la manera que se organiza este acontecimiento que ha llegado a su cuarta edición. Una ciudad como México con veinte millones de habitantes, tiene mucho, de todo. Y hay muchos teatros, y hay muchos practicantes, alumnos, profesores, aficionados, profesionales, investigadores, teóricos, dramaturgos, directores.

En esta nueva instancia se reafirman dos cuestiones fundamentales. El lugar donde se celebra la Feria es el Centro Cultural El Bosque, un complejo teatral donde hay cuatro salas de exhibición que está en funcionamiento constante con programaciones de sumo interés, la Coordinación Nacional de Teatro, el magnificente Auditorio Nacional y la Escuela Nacional de Danza Folklórica, entre otros focos referenciales de las Artes Escénicas.

Se organiza la Feria en territorio del INBA, con apoyo logístico y económico de la Coordinación Nacional de Teatro, y la colaboración de otras instituciones ocupadas en el asunto y con el impulso de la revista Paso de Gato y el CITRU, por lo tanto es algo que está conectado con la realidad teatral, tanto en la práctica, como en la comunicación y la investigación. Es una Feria para todos los sectores, amparada y promovida desde el órgano adecuado, dejando protagonismo a los participantes y dotándole de otros contenidos formativos, divulgativos, de contacto más allá de los stands, con una buena cantidad de talleres de diversas características, de charlas, debates, presentaciones, una jam de dramaturgia, lecturas dramatizadas y la programación específica de los tetaros del complejo con un programa destinado a visualizar las dramaturgias de los otros estados mexicanos.

Es algo vivo, interesante para la comunidad teatral en su conjunto, sin protagonismo sobrenatural de ninguna de las partes y con unos contenidos realmente enjundiosos, porque no se trata de meras presentaciones, sino de mesas de debates, tratando asuntos importantes, tanto para los teatristas mexicanos, como para los que acudimos de otros puntos, porque son lecciones constantes con fundamentos sólidos, de conocimiento, de acercarse al teatro, a las artes escénicas, desde una perspectiva más profunda, elevándolas a una categoría superior. No se escucha ni una queja, sino que se proponen análisis de dramaturgias o se presentan experiencias realmente aleccionadoras. Siempre en un nivel lato de exposición y de contenido.

Uno sale siempre reconfortado al constatar que existen posibilidades objetivas de que el Teatro no esté sólo en manos de los mercaderes y sus agentes, sino en la compañía de la inteligencia, del compromiso con el propio arte, con la toma de postura ante los hechos que atormentan a las sociedades, y se expresan desde el discurso elaborado, fundamental, profundo. Escuchar estos encuentros es aprender de lo coyuntural y de lo estructural, de reafirmarse en lo ideológico y en lo funcional. Es renovarse, sentirse parte de algo imperecedero, trascendental, con sentido artístico, social y político.

Están a años luz de nuestra estrechez de miras, de nuestras pequeñas disputas sobre asuntos domésticos e intranscendentes que abocan a la mediocridad, sin discurso poético, buscando solamente una confirmación gremial, sin más miras por delante que una subsistencia profesional.

Estas y muchas otras son las lecciones mexicanas que nos reafirman en la necesidad de cambiar de arriba abajo el paradigma español, el sistema obsoleto de producción y exhibición y la urgentísima necesidad de establecer unos nuevos objetivos formativos que rompan con la actual rutina de titulación para poder acceder a funcionariado. Es urgente tomar medidas regeneracionistas.

En el próximo mes de octubre se nos viene encima un tsunami de festivales, inauguraciones, programaciones exuberantes que nos incitan a la euforia. Además, no solamente la temporada viene marcada por los estrenos, re-estrenos o programaciones de los productos más de mercado, los que denominamos comerciales para entendernos y que suelen, según los exégetas, concitar las mayores masas de públicos, sino que una mirada depuradora nos deja ver que existe una sanísima tendencia a interesarse por los nuevos lenguajes, las obras menos convencionales, la búsqueda de otros espacios no habituales para el encuentro entre artistas y espectadores.

Si no estuviéramos en plena campaña electoral, todos estos signos nos harían sentir confortados, como si fueran síntomas de que la Cultura y especialmente las Artes Escénicas, no van a resentirse de los recortes presupuestarios que se anuncian, se ejecutan y nos dejan en esa zona de la incertidumbre que nos obnubila un poco. O un mucho. Estamos hablando, en general, de asuntos excepcionales, festivales, inauguraciones de espacios rehabilitados, etcétera, pero, como siempre, lo que nos importa es qué sucederá después de estos fuegos artificiales.

Vivimos en un momento peculiar. En Bilbao o Murcia, por citar puntos que nos sirven actualmente de referencia, se han incorporado o se van a incorporar millares de nuevas localidades debido a la restauración o la creación de nuevos espacios. No podemos argumentar de ninguna de las maneras contra estas buenas noticias. Lo único que nos preocupa es la sostenibilidad y el desequilibrio. En Bilbao en los últimos meses se han incorporado el remodelado Campos Elíseos, en este caso dentro de la red Arteria, la Sala BBK, la Alhóndiga, Pabellón nº 6, y en breve otro espacio dedicado a las artes circenses. En total más de dos mil localidades que se añaden a las ya existentes en la capital y las de su cinturón industrial. ¿Existen públicos para tantas butacas puestas a la venta? ¿Se ha hecho un estudio mínimamente solvente sobre este impacto y el futuro? Sin presupuestos, a base de taquilla, ¿tienen viabilidad estos nuevos espacios? ¿No se creará en unos meses una sensación de falta de públicos al fragmentarse de tal manera la oferta?

En Murcia se van a reabrir dos Teatros Circo rehabilitados, uno en El Algar, gerenciado por Alquibla Teatro, el otro en Murcia capital, de titularidad pública y con César Oliva al frente de su dirección. El primero en un pueblo, el otro en la capital. El primero con pocos recursos, el de Murcia, al menos en su arranque, es decir en lo que queda de año, presenta una de las programaciones más atractivas, importantes y generosas de todos los puntos de la penínusla Ibérica. Magnífico, que los aficionados, los murcianos todos, lo disfruten, ¿pero se puede mantener este brío a partir del 2012? Tras varios años con una limitada programación en Murcia capital, con el centro Párraga, como único referente, y los centros cívicos con una programación de mediano formato, esta reapertura es una buenísima noticia, pero se nos anuncia que en breve se reabre, a cien metros, el Teatro Romea. ¿Con qué programación, presupuesto e intenciones? A ojo de buen cubero estamos hablando de cerca de dos mil localidades en la capital, y se nos abren las mismas preguntas que en Bilbao, aunque algo matizadas porque son teatros de titularidad pública, pero con una gestión sin definir claramente. Pasar de casi 0 a 100 provoca vértigo. En una Región donde los recortes han sido manifiestos en todo el tejido cultural, estos espacios nos llevan, ya digo, a la inquietud después de la alegría y el aplauso.

No hay respuestas unidireccionales para tantas preguntas que provocan estas circunstancias. La crisis económicas no es una entelequia, ni un asunto financiero, sino algo que afecta socialmente, por lo tanto debe notarse en todos los frentes de "consumo", y en la presencia de espectadores en los teatros y salas, por lógica, también se debe notar. Esta es la cuestión. Creemos que llegan en mal momento, y probablemente no puedan resistir el tiempo necesario para establecerse, darse a conocer, hacer sus públicos. Es nuestro temor. Un teatro, una sala abierta, es una esperanza. Un cierre, o abandono de la gestión pública cuando exista, es un fracaso, un desastre.

Hay cosas que por edad, condición social, experiencia y conocimientos no me las creo. Además, no me las puedo creer, por simple relación con la realidad, mirando en perspectiva o circunscribiendo la mirada a lo coyuntural. Y para terminar, creérselas es entrar en una contradicción tan abisal imposible de asumir sin escafandras ideológicas. Por lo tanto, pese a que la corriente de pensamiento de moda mayoritario nos asegure que la internacionalización es un objetivo común para solucionar algunos problemas actuales de las Artes Escénicas, yo debo discrepar para no caer en el estado de depresión post-vacacional en que intuyo caerán todos los que, como ante otras zanahorias han sacado agua de los pozos secos, ya sea creando empresas, creyéndose parte de la industria o confiando en que los problemas son externos y no internos.

No vamos a dudar de la existencia de grupos, compañías, espectáculos que están diseñados para acudir a festivales internacionales, que tienen un interés por su forma o por sus contenidos. Que han logrado abrirse unos circuitos importantes tanto en Europa como en Festivales iberoamericanos. Son una minoría. Y deberíamos deslindar muy claramente, lo que son algunos de los más importantes circuitos europeos, donde todavía existe el concepto cachet, el pago por la contratación, y lo que es el sistema instaurado de hacer festivales internacionales a base de contactos y colaboraciones con embajadas, institutos y demás aparatos del Estado o de las Autonomías que destinan una parte de dinero bastante importante a mantener esa presencia exterior de las culturas propias.

Por lo tanto, no se puede forzar a la internacionalización de la manera tan acrítica como se está realizando actualmente. Quienes están apostando por esta internacionalización lo hacen con buenas intenciones, pero están marcando el territorio de una manera que va a provocar todavía más disfunciones en el propio hecho teatral local, regional, estatal. Y hagamos un paréntesis, porque en algunas acciones de las que he tenido conocimiento y hasta participación, esa internacionalización queda confusa, no se sabe si es de compra o de venta. Si fuese algo de ida y vuelta, de compensaciones, sería algo más orgánico, pero a veces, parece que se trata de comprar más que de vender. Cierro paréntesis.

Pero mi incredulidad viene apoyada en una idea base: el teatro tiene que ser de proximidad. Tiene que salir, apoyarse, fundamentarse en su relación con la sociedad en la que nace, crece y se desarrolla. Un teatro "universal", es un teatro de ningún lado, diría y que me perdonen, se convierte en un producto de mercado a-cultural. En la historia del teatro, con todas las excepciones que se quieran, las obras, los actores, los dramaturgos,  se van haciendo desde lo más local, hasta alcanzar una notoriedad mayor. Si un producto alcanza valor de mercado internacional, deberá partir de unas raíces, de una resonancia previa en su lugar de origen, de una identidad para que sea reconocible.

Existen muchas otras variables argumentarias, pero sobre todo, y para no agotar aquí el tema, lo que esta internacionalización tan de moda señala son los caminos para forzar lenguajes (sin texto a ser posible), que puede ser una opción de algunos creadores, porque sí es cierto que hay jóvenes formados en diversos lugares, que comparten lenguajes actuales, pero que no puede ser la solución general para las Artes Escénicas en general, sino para algunos creadores, grupos o compañías. Y que los esfuerzos colectivos, institucionales, lógicos deben fijarse en crear focos teatrales, lugares de referencia, públicos adeptos, aficionados cabales, y una vez asegurada la base, los pilares, los cimientos, empezar a construir arquitecturas evolucionadas. Para decirlo en términos más solemnes, se trataría de crear dramaturgias propias, que conformen el imaginario de nuestra sociedad.

Lo otro, la internacionalización, por la internacionalización, es pan para hoy y solamente para unos pocos y hambruna generalizada, incluso para los públicos para todos los mañanas. O así me lo parece.

Dependientes del teléfono. Esperando contestación por e-mail. Absortos en el Facebook como paliativo de nuestra soledad. Vivimos sin vivir en nosotros, porque somos cada vez más dependientes. Tanto que quizás cambiemos el eslogan antes que el paradigma y nos autoproclamemos, dependientes unidos, por si acaso así, se retrasa lo de que seremos vencidos, a no ser que ya estemos derrotados y entregados. Nos queda aliento para encaramarnos a la loma y ver si los que vienen juntos contra nuestras tiendas son amigos o enemigos, pero que vienen levantando polvareda ya no caben dudas.

Estamos recién llegados de la Fira de Tàrrega, un "territori creatiu", en el que se viven todos los espejismos posibles, que hasta pueden parecer cantos de cisnes multicolores. Allí, en Tàrrega, hay organización, futuro, iniciativas, propuestas artísticas, programadores internacionales y además, y es la parte más importante para el análisis, de públicos, jóvenes, familiares, adultos, que viven el teatro como algo propio sin tener otra relación que la de ser espectadores, público, públicos, esa entelequia que tantos cursos, talleres y juergas funcionariales ha provocado y que según esa parte amortizada del sistema teatral actual, no se busca, sino, que ellos creen, se secuestra, cuando lo que está claro, es que el público, los públicos, son consecuencia de una serie de acciones previas que tienen carácter estructural, en la educación, en la vida social, en el interés cultural y en la manera de afrontar el entretenimiento o el tiempo de ocio.

Al calor de esta realidad, la de Tàrrega y su bendita borrachera de energía positiva, de esperanzas, se siente todavía más crudamente la realidad subyacente, la de festivales que se acortan o desaparecen, la de recibir allí mismo el responsable de la Fira de Manacor en Mallorca, la triste noticia de que su gobierno autonómico le ha negado la ayuda económica, a un mes escaso de su inicio, esas formas tan autoritarias que nos soliviantan porque no se trata de planificar una desaceleración, sino de provocar cortes quirúrgicos abrumadores, que dejan muy pocas posibilidades de reacción, que demuestran un desafecto a las artes escénicas y que revientan todas las pequeñas o grandes y recalcitrantes demagogias del valor de ciertos eventos como parte estratégica del funcionamiento general de la cultura y más específicamente de las artes escénicas que al ser en vivo y en directo tienen unas características muy específicas.

Es aquí, en la valoración que tengan los que llegan a la gobernanza de lo público, y entre ello lo cultural, del valor real de ferias, festivales, jornadas, programaciones o demás signos externos de la vida teatral, lo que nos deja atónitos y algo desarmados. Sí, somos dependientes de los presupuestos, pero eso es algo que debe discutirse con otras argumentaciones que escapen al agobio económico primario. Pero lo peor, es que además no tenemos tono muscular para poder sobrevivir fuera de esa protección. Y esto no debe entenderse como un estigma, sino como una consecuencia más de la falta de previsión de casi todos. Por eso los dependientes unidos, seremos vencidos, solamente sí consideramos que esa dependencia es nuestro destino. Y no, es una circunstancia totalmente reversible. Estamos hablando de políticas culturales. Hagamos nuestra una frase genial. "Dejemos el pesimismo para tiempos mejores". Así sea.

Los propietarios de la inmensa mayoría de farmacias de Castilla-La Mancha se declararon en huelga para reclamar a la administración el cobro de los atrasos de los fármacos expendidos a los enfermos medicalizados desde el servicio público de salud. La medida de fuerza, inusitada en estos tiempos, tuvo una respuesta virulenta del nuevo equipo de gobierno, pero hemos sabido que se ha ido pagado algo así como un tercio de la deuda atrasada.

Hemos visto un reportaje de un periódico de Castilla y León en el que algunas de las compañías más punteras, relatan su situación de precariedad económica, y dan cifras de lo que les deben a ellas, y lo que deben a su proveedores, trabajadores, impuestos, tasas y cotizaciones, y nos encontramos con una realidad tozuda que, por desgracia, se extiende manera poco discriminadora a la inmensa mayoría de compañía, grupos, productoras y demás figuras de gestión de los espectáculos. Recuérdese que una compañía tan laureada y con un potencial tan importante como es Animalario, ya denunció que no saldría de gira si no cobraba los atrasos de otras actuaciones anteriores o se comprometían a pagar los contratantes por adelantado parte de los gastos.

Es decir, objetivamente, los empresarios, los trabajadores y todo el entramado de las Artes Escénicas, con excepción de funcionarios y asimilados, tienen motivos sobrados para declararse en huelga, reivindicar con medidas de presión el cobro de sus contratos ya cumplidos, y exigir que en las actuaciones firmadas, exista la previsión de dinero para pagarlas. Pero utilicemos ahora el lenguaje arcaico que a lo mejor nos va sirviendo otra vez, ¿existen las condiciones objetivas para realizar estas movilizaciones, huelgas o protestas? Lo de la huelga sería un entelequia, una auténtica huelga fantasma, porque se declararían en huelga precisamente por no poder trabajar, que ese es el drama paralelo que se vive. Protestar, sí, pero ¿ante quién? La respuesta no es fácil, desde luego, porque aquí hay muchas ventanillas para pedir papeles, pero la caja es única, todo viene de los impuestos que pagamos todos los ciudadanos.

De manera todavía más tangencial, ¿con quién? ¿Tiene FAETEDA alguna virtualidad vindicativa conviviendo los grandes, los pequeños y los insignificantes en la misma barca manejada por el Gran Capitán? ¿Los sindicatos de actores, de técnicos, contra quién lanzarían la protesta? ¿Un movimiento de indignados como los del 15-M podría ser una solución alternativa? ¿Existe alguna posibilidad de una mínima unidad para plantear a las administraciones medidas urgentes?

Los que tenemos experiencias acumuladas, recordamos plantear en los principios de los ochenta del siglo veinte, huelgas a la japonesa, es decir, provocar actuaciones múltiples para hacerse ver, visualizarse, manifestarse y actuar. Esto hoy es imposible. Las cosas han cambiado mucho. Antes existían grupos, colectivos, cooperativas, no había contrataciones externas, no se cotizaba a la SS, los espacios de representación existentes estaban en transición, al frente de su gestión existían cómplices que cedían su sala, su frontón, la plaza. Incluso había una generación de políticos recién llegados a la vida democrática que se mostraban auténticamente preocupados, existían ideas de qué hacer con la Cultura, se daba por supuesto que el Teatro era necesario y solamente le faltaba mayor apoyo económico.

Ahora todo está atado y bien atado. Los locales de titularidad pública debe pasar por un proceso burocrático que coacciona cualquier actitud solidaria, además de existir una casta funcionarial que no tiene ni preparación ni noción de la gravedad social y democrática a la que está abocada la cultura y muy especialmente en las Artes Escénicas por sus peculiaridades de tener que realizarse con la presencia de los creadores y no poder reproducirse industrialmente, pese a lo que los profetas del neoliberalismo a cuenta del presupuesto general defienden para los otros, nunca para ellos, claro está.

Por lo tanto, la situación no deja muchas salidas. En la parte más afectada, con condiciones laborales que costaron conseguir y que se consideran adecuadas, pero en estos momentos muy difíciles de cumplir porque en buena ley, nadie puede actuar sin tener declarados a su trabajadores y dados de alta en la SS con sus cotizaciones correspondientes, nadie puede teóricamente trabajar sin cobrar sus salarios, y eso, es uno de los problemas, porque se debe añadir el transporte, la manutención, el hospedaje, y para hacer una actuación se deben adelantar unas cantidades de dinero que, después del deterioro continuado durante varios años causado por los retrasos en los pagos y la falta de nuevas contrataciones, no existe ese fondo de financiación.

Sí, la situación es muy grave. Además de lamentarse, hay que organizarse, mantener la dignidad profesional, y encontrara la manera de sobrevivir y después de respirar y buscar respuestas rápidas de quienes tienen los boletines oficiales y los presupuestos, porque estamos en proceso electoral y después del 20-N, veremos la auténtica cara de los lobos que ahora van disfrazados de corderitos.

He crecido admirando a Els Joglars, que en aquellos penosos años de finales de los sesenta, setenta y posteriores sus espectáculos eran de las pocas luces que alumbraban en el teatro catalán primero, y español después. Una de esas compañías míticas que implantaron una forma de trabajar, un compromiso con la sociedad, que indagaron estéticamente, que propusieron a sus espectadores temas cadentes, conflictivos, expresados siempre desde un punto de vista que se expresaban en unas formas escénicas que fueron seguidas por un número muy elevado de conciudadanos en forma de públicos cómplices en todo el Estado español. Y en sus primeros años, cuando eran textos sin apenas texto, internacionalmente.

Mantengo el amparo de Els Joglars porque es el lugar donde Albert Boadella ha ejercido de maestro, compañero, activista social y cultural, y es el grupo más longevo de España y probablemente de toda Europa, al menos en el formato de independencia, sin vinculación a ninguna estructura física, ni administrativa concreta y que lo mucho que han logrado lo ha hecho por el acompañamiento masivo de numerosos públicos, insisto, cómplices, que han recorrido toda su peripecia vital, artística, teatral, cultural, social, policial y política. No existe grupo con más vetos, prohibiciones y ataques violentos de la extrema derecha española. Fueron perseguidos por una obra de teatro "La Torna", encarcelados por los militares de la transición, juzgados en rebeldía. Han sido excomulgados por sus obras. Nadie, puede presentar una hoja de servicio a la democracia, a su visualización encima de un escenario como Els Joglars, y todos hemos sabido desde siempre, que siendo un grupo, que manteniendo una estructura interna cooperativa, el gran creador ha sido siempre Albert Boadella, muy bien acompañado, con un equipo fiel, aunque hayan variado algunos de sus miembros en estos cincuenta años de vida, por la lógica de la genética, y de la viveza de un complejo creador como ha sido Els Joglars.

Sus obras han marcado hitos en la escena. Han jugado con los lenguajes escénicos, fueron vanguardia, lograron una forma muy particular de ser y estar encima de un escenario que se correspondía siempre con sus inquietudes políticas de cada momento de su existencia y por lo anteriormente dicho, con un acompañamiento masivo de ciudadanos. Se mantuvo meses llenando un teatro barcelonés en pleno gobierno de Jordi Pujol, poniendo en solfa a esa figura política, que tomó represalias muy serias en forma de intento de estrangulación económica. Han tocado asuntos sensibles, además de los nacionalismos, como es el excesivo deporte, la energía nuclear, el formalismo religioso, por poner algunos, siempre en clave humorística, sarcástica, siempre, o casi siempre, en un esfuerzo estético considerable. Han sido, son y serán, unos maestros en lo suyo. Únicos, irrepetibles.

Por todo ello y ahora que se reestrena 'El Nacional' en un teatro privado de Madrid, quisiera sobrevolar el discurso último de Albert Boadella, cuyas consideraciones de la política, no comparto, porque considero que adopta una postura de ácrata de derechas. Ni siquiera me parece muy a tener en cuenta que acepte ser el director de Los Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid, porque estoy convencido de que al final, logrará colocar esos teatros en el imaginario de la gente. Yo creo que es admirable, sin resquicios su talento teatral, su trayectoria, su propia actualidad teatral, pese a que considero que en sus últimos espectáculos se notaba un cierto desgaste, una falta de energía positiva, lo que no es nada más que una opinión y que entiendo es un derecho de cualquier artista a tener desniveles en sus creaciones.

Pero dentro de su discurso, el teatral, el que escucho, releo, y a veces comparto, está esa necesidad de establecer una alianza con los públicos, una suerte de denuncia a quienes parecen querer ser una especie de funcionarios de tercera o cuarta categoría, además muy discontinuos y temporeros, de rebanadores de las migajas y ayudas públicas, que parece obsesionar a muchos. Propone Boadella que se debería buscar cada uno su manera de tener sus fans que lo defiendan en taquilla, o que coadyuven a la existencia de los proyectos. Ese discurso, dicho desde la práctica, desde la ejemplaridad de entrar, recuerdo, a un teatro privado en Madrid, me parece muy apropiado en estos momentos. Al menos para reflexionar sobre él. No, no se rasgue nadie las vestiduras, yo abogo por una cultura democrática y ayudada desde el poder instituido, pero eso no debe ser la sopa boba. El sistema que hemos creado entre todos no funciona y hay que cambiarlo. Y como no podemos esperar a que lo arreglen ellos, los políticos y sus torpes asesores y funcionarios desnortados, algo deberá hacer la parte contratante activa, los creadores para su propia cotinuidad.

Y un último detalle, ignoro cuántas ayudas, si es que reciben Els Joglars actualmente. Seguro que a través de contrataciones en los tetaros de la Red van bien, pero casi siempre retornan por taquilla a sus contratantes parte (o todo) del cachet, pero hay que recordar que ellos fueron los que cuando se les otorgó hace unos años el Premio Nacional de Teatro, lo rechazaron. Con argumentaciones de coherencia con su propio discurso. Y se recuerda que este premio, además de dar la mano al rey o al príncipe, viene dotado con una cantidad de dinero muy apetecible.

Con la renovación de los municipios, además de llegar la revisión de las cuentas, las coartadas perfectas para ir recortando proyectos culturales, se están manifestando las malas prácticas en el nombramiento de los responsables de los teatros de titularidad pública. El ejemplo más doloroso lo tenemos en el Teatro Gayarre de Pamplona, y como hemos dado noticias en este periódico, un día una mayoría de patronos nombra a José Mari Asín como director del mismo, y el alcalde se cabrea, paraliza el trámite oficial, intenta colocar a alguien al que al parecer le había prometido el puesto y tras varias trifulcas, aparece una tercera persona que es nombrada provisionalmente.

Seguramente la casuística en este sentido se agrandará hasta límites insospechados, como no existe una reglamentación uniformadora, ni siquiera los teatros municipales están sujetos a algo más que la consideración de las mayorías políticas que gobiernan en cada momento, esta competencia impropia puede ser suspendida sin que se produzca nada más que un disgusto, alguna manifestación de los más afectados directamente y sin respuesta ciudadana contundente como para sentirse presionado nadie para mantenerlo o no.

Y los nombramientos se hacen desde la misma inspiración, absolutamente partidaria, sin atenerse a ninguna valoración profesional, simplemente debe ser alguien que esté bautizado por alguien de poder en el partido correspondiente, aunque sea en el escalafón más bajo del nivel local. En el caso del Teatro Gayarre, concurren muchos datos para hacerlo más ejemplar, en cuanto a que si existe una persona formada para el cargo, ya que es técnico municipal de cultura de Cizur, a pocos kilómetros de la capital, se une a que es actor de larga trayectoria, que ha participado en los mejores proyectos y montajes del teatro navarro de los últimos veinte años, y que, por lógica, ha pisado el escenario del Teatro Gayarre más que nadie. Es, pues, el candidato perfecto, además su perfil político es neutro, o al menos no es excesivamente significado, y su carácter conciliador, lo convierten en alguien aceptado por todo el mundo. Por todos, claro, menos por los recién llegados a la gobernación del ayuntamiento de Pamplona, en este caso del partido Unión del Pueblo Navarro.

En paralelo hemos ido viviendo la protesta de toda la gente de cultura de Aragón tras el nombramiento de un tal Vadillo, como director general de Cultura del Gobierno de Aragón. En este caso, la capacidad de gestión del nombrado es desconocida, pero sí se sabe sus opiniones sobre la Cultura, las ayudas, las subvenciones, los artistas, expresadas de manera reiterada en un periódico digital de la extrema derecha española. Es lógica la respuesta de las gentes de la cultura aragonesa, el apoyo que han tenido de todo el mundo, porque de nuevo no se están utilizando valoraciones técnicas o profesionales, capacidades demostradas, sino adscripción política e ideológica.

En este punto debemos parapetarnos en una vitrina de cinismo y recordar que cuanto más se ataca a un nombramiento de estas características, más se consolida el mismo, porque si algo está claro es que el verbo rectificar no lo conocen, y si han decidido ese nombramiento siguiendo los consejos de las alturas, se mantendrá pase lo que pase, y se recuerda que el otro verbo prohibido es dimitir, por lo tanto el futuro inmediato se pone muy negro, aunque utilizando un poco más de cinismo, que se nos acaba, oiga, podríamos conceder el beneficio de la duda, cosa que casi nunca funciona, pero como nos vienen meses electorales, futuros más negros, a lo mejor no nos queda más remedio que arar con estos bueyes.

O la huida. Escapar. Quien pueda que se vaya a estudiar o a trabajar a lugares donde todavía existe alguna posibilidad de que se valore el currículum, lo realizado, los proyectos y no la militancia ciega y la obediencia al líder. Desde luego, las malas prácticas se mantienen, y las padeceremos. Quedarse quieto es lo peor, pero hay que acumular fuerzas para poder ser eficaces en nuestras protestas y luchas por la democratización de la gestión y por extensión, por la defensa de una cultura democrática para todos.

Desde esta columna tendemos últimamente a acercarnos a los asuntos estructurales, de producción y programación con bastante profusión. El ambiente de crisis así nos impele a ello, pero intentamos siempre dejar claro que lo fundamental es la parte creativa y su relación con los públicos. En el planteamiento clásico, una de las maneras de enlace entre unos y otros, entre creadores y públicos, había sido a través de los medios de comunicación, aunque ahora se insiste mucho en que las redes sociales están teniendo una importancia cada vez mayor.

Este pobrecito hablador se siente concernido por todo cuanto tiene que ver con los medios de comunicación y las Artes Escénicas. Y observo con mucha tristeza que el deterioro económico que están sufriendo las empresas periodísticas, la anorexia cultural que están padeciendo los medios de comunicación en general, nos lleva a una invisibilidad de las Artes Escénicas que no formen parte de un especial sistema de producto comercial. Repasar los medios de comunicación, sean locales, regionales o estatales, en papel, digitales, por ondas radiofónicas y no hablemos de televisiones, es hacer un cómputo de la comercialidad, de lo que está de moda, de apoyo y propaganda acrítica a unos productos de consumo que se ofrecen encima de algunos escenarios muy elegidos.

Si existe algo similar a la información es simple publicidad encubierta, no hay una elaboración más allá de copiar y pegar la nota de prensa de la compañía, el teatro o el festival. Si después se hace una crónica nunca tienen que ver con el hecho escénico y sí con el acto social y si, por casualidad, hay una crítica, demasiadas de las veces está contaminada por la misma tendencia a seguir la corriente y a hacer de las anécdotas una categoría de opinión. Eso sin entrar en calidades, ni en señalar fobias o filias.

Estas reflexiones volátiles, domingueras, agosteñas, no excluyen a este periódico digital. No. Formamos parte del mismo problema. Podemos declarar en nuestro favor que intentamos superar esos condicionantes, pero eso no quiere decir que lo logremos. Las circunstancias actuales no son propicias para el rigor, aunque sea más necesario que nunca, y se deban recordar todos los días los principios de la información, el compromiso con el lector y ese largo etcétera de asuntos olvidados, perdidos en estos tiempos de molicie cultural.

Por ejemplo en el último estreno del herido Festival de Mérida, una Antígona, versionada por Ernesto Caballero, dirigida por el mexicano Mauricio García Lozano e interpretada por Marta Etura y con un papel intenso por Blanca Portillo, las crónicas de varios medios, por no decir todos, y hasta las críticas o los sucedáneos que se nos presentan como tales, insistían de manera reincidente y prioritaria en que el público usaba abanicos. Los abanicos de Mérida atravesaban todas las opiniones. No sabemos mucho más de ese estreno. Que fue un éxito mayúsculo o relativo, que fue estupenda o muy mal planteada, lleno hasta la bandera, o casi lleno, pero lo importante en todos los que escribieron sobe ello fueron los dichosos abanicos. Y no salían en escena, no, eran los abanicos para paliar el calor emeritense de un día de la mitad de agosto, ¿qué pensaban que iba a hacer frío para usar rebeca y manta? Les faltó decir a todos quién patrocinaba los famosos abanicos.

Pero lo que de verdad me ha dejado en estado de prestaciones básicas y a punto de pedir asistencia respiratoria es leer la pregunta que hacían a sus lectores en la edición digital del periódico barcelonés La Vanguardia en su encuesta diaria: "¿Declinas la crítica literaria en el siglo XXI frente a la ficción y otros géneros literarios?"

Socorro. ¿O era un homenaje a Cantinflas o es una pedantería supina? Por cierto un sesenta y muchos por ciento contestaba NS/NC.

¿Qué pensarán los públicos de todas las diatribas que entretienen a sus artistas favoritos? En lunes agosteños, uno siente la desazón de después de la siega. Todo un año trabajando para que ahora en los silos se almacene el grano que nos pagan a un precio más bajo de lo estipulado. Pero ese trigo un día será pan de diseño, tostadas, pasta o sémola y tendrá un precio de mercado que el cliente acarreará de las estanterías del supermercado o le servirán meticulosamente en una boutique del pan. Cuando comemos una hogaza de pan nunca pensamos en el segador, ni en los días de solanera. Queremos que el pan esté crujiente, sabroso y que no sea muy caro.

¿Existe alguna especie de público de las artes escénicas que se preocupe por las condiciones sindicales de los artistas, o que se fije más en el programador que en la primera actriz? Probablemente ni ese público, no tan público, pero sí más contaminado que son los profesionales del medio, acude a las representaciones con más prejuicios, incluso, que quien va a ejercer la crítica. El resto de ciudadanos que deciden convertirse estadísticamente en un número de la cuenta de resultados de los espacios teatrales, va en busca de emociones, entretenimiento, función social, consumo cultural y un larguísimo etcétera.

A este labrador de verdes campos de un Edén perdido, le preocupan hoy más que nunca los públicos. Los efectos colaterales que la situación económica y de desbarajuste en el sistema productivo español en las artes escénicas va a tener no solamente con los profesionales o asimilados, sino en ese ente que los totalitarios llaman Público y que ya sabemos que son Públicos, por su diversidad y volatilidad. Los secuestradores de público, aquellos latifundistas del público, que se llenaban la boca con esa frase desmedida, desdichada y que tanto ha corroído el quehacer funcional de las artes escénicas: "no te contrato porque esta obra no le gusta a mi público", ¿qué nos dicen ahora? ¿Han liberado a su público? No. Era todo una mentira, una falacia, una alucinación de recién llegados, un despropósito que se vuelve contra todos.

Entre unos y otros, el sistema de producción y distribución, es un mecanismo roto porque se basaba en premisas falsas y en un oligopolio desnaturalizado. Sin entrar en más detalles localistas, en la Red, lo que se programa mayoritariamente son (¿eran?) producciones con famosos de la tele. Lo pagaban a precio de juzgado de guardia, rompiendo la escala lógica del mercado, y con eso conseguían a base de demagogia con los precios de las entradas, porcentajes de ocupación realmente considerables. Por cierto, nadie se ha entretenido en depurar esos porcentajes para saber, como se sabe de los teatros en Barcelona, cuántas butacas se ocupan de pago y cuántas por cortesía. Ese sistema es el que se ha vuelto inviable, porque esos grandes empresarios del pesebre, los que se han enriquecido con este sistema, ahora no están dispuestos a reorganizar sus cuentas, y si se ha acabado el dinero, no hay famosos y si no hay famosos, no hay públicos de aluvión. Y volvemos a empezar.

Lo malo es que esa opción de talonario había contaminado a todo el sistema, llegando a propiciar que festivales de la entidad cultural que debería tener Mérida, fuera una pasarela exhibicionista para cantantes del pesebre, artistas de la tele y proyectos megalómanos de corta vida, pero de mucha repercusión mediática, que llenaban las piedras de su teatro. Este año, como hemos sabido, las directoras dimisionarias del festival, con una propuesta de programación coherente, fundamentada, con poso cultural y contenido ético y de relevancia artística fuera de dudas, declaran que hay una bajada de espectadores considerable, lo que les hace reunirse con el nuevo presidente de Extremadura para conseguir el compromiso de cubrir el posible déficit que se ocasione y poder pagar así todos los compromisos contractuales.

Sin más. Pensemos, mientras vamos a la huerta a regar. Estos son efectos colaterales que vamos a sufrir durante años. Y una de las pocas soluciones es empezar, sí, soy un pesado, de nuevo, por aquello que se hizo hace décadas, y se dejó orillado, llevar las artes escénicas a las aulas pero de manera de introducción a ellas, para conocerlas, para practicarlas. Y hacer un seguimiento para que en un tiempo lógico, tengamos jóvenes que sepan qué es el Teatro y sean aficionados, no estadística de ocupación. Y que no falte en la universidad, ni en ninguna casa de cultura, ni en ningún hogar del jubilado. Encender hogueras teatrales en cada esquina.

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