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Lun, Ene

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

El gran artista plástico Antonio López, en declaraciones de este pasado fin de semana aseguraba: "Un mal artista no hace daño; un mal político sí". La frase, así, descontextualizada, nos ayuda a entender que para el común de los mortales, para la vida cotidiana, que un coreógrafo se equivoque en un planteamiento artístico no tiene más trascendencia que la que se deduce de su fallo, de quienes lo sufren como bailarines, de quines lo ven como espectadores. Pero, desde luego, no sube el pan por ello. Ni siquiera se resquebrajan las estanterías de la biblioteca municipal. En cambio, una mala decisión de un político, si además se puede plasmar en un boletín oficial, tiene mucha más repercusión, en ocasiones de muy difícil solución posterior.

En el ámbito cultural, también. Una falta de ortografía es fea, invalida a su autor, a su editor y a quien lo promociona y molesta a quién la lee, pero una firma avalando un presupuesto a la baja para una programación o festival teatral es un acto político de gran trascendencia. Los políticos electos, ahora hablamos de concejales y alcaldes, tienen en sus manos un porcentaje muy elevado del presupuesto general destinado a la cultura de exhibición, y sus decisiones pueden lastran o liberar proyectos locales que son el germen de muchos intentos regionales, autonómicos que configuran un cuerpo cultural estatal. O así debería ser.

Ya sé que en los minifundios de las Artes Escénicas, además del político, existe una especie de cortijeros, de capataces que son en demasiadas ocasiones quienes diseñan y ejecutan los planes inexistentes desde los partidos. Les conocemos como programadores y han sido esos individuos que con una soberbia supina han ido concediendo prebendas, cenando con los latifundistas de la distribución, creando unos espacios cerrados para la libre circulación de las propuestas. Y lo hacían, en una inmensa mayoría de los casos, con nombramientos digitales. Es decir, con nombramientos partidistas, sin mayores dotes curriculares que ser militantes o cercanos al partido en el poder.

No hace falta insistir, quien se pica ajos come, y a todos los programadores y programadoras, técnicos de todos los grados y jerarquías que han asumido su responsabilidad social, política y cultural, que han sabido ejercer su labor funcionarial con talante, objetividad y al servicio de la cultura, un abrazo solidario y espero que estén de acuerdo en terminar con esta manera d e ocupar esos puestos de tanta importancia y coincidan, aunque sea de manera subjetiva, con algunas de las apreciaciones aquí expresadas.

A partir de hoy veremos recoger a muchos de estos personajes sus pertenencias, hacerse los sufridores, intentando solicitar solidaridad , que seguramente encontrarán en quienes han sido favorecidos por su gestión personalista. Los sustituirán otros, que probablemente no serán ni peores ni mejores, pero serán otros que vendrán con la s mismas ínfulas, pero con menos dinero, es decir, que no podrán subirse los cuellos de las camisas para hacerse los macarras con chequera. Perdonavidas indocumentados con aires mafiosos.

Lo curioso es que este desfile de damnificados de las elecciones va a permitir ver a algunos de ellos (y ellas) desnudos, muchos, como viene sucediendo, volverán a sus cargos orgánicos funcionariales, si los tienen, o se pasarán a la empresa privada, casi siempre como vendedores de mayoristas de espectáculos. Es una tradición, la constatación de que vivimos en un sistema muy poco saludable. No hay que esperar grandes cambios, quizás la pequeña y ruin satisfacción de ver a alguno que te ha estado fastidiando la vida, fuera de toda atribución. Pequeñas venganzas, porque el problema real es que los que llegan no tienen doctrina que cumplir, reglamento al que atenerse, ni organizaciones que le indiquen por dónde pueden ir. Es decir, llegarán otros, para quitar a los existentes, y deberemos apurarnos para intentar que no se corrompan con demasiada rapidez los recién llegados.

La simple circunstancia de que se abran cajones cerrados, que se revisen contratos, ayude a una cierta limpieza. Poco más. Intentemos que los daños que se van a producir sean los menos. La marcha de algunos de los que se van, lo sentiremos, de corazón y con otros, no se pueden imaginar como tenemos las manos de aplaudir ni las botellas que hemos abierto para celebrarlo.

Seguiremos atentos para ver la lista de desplazados. Recibiremos con afecto a los nuevos. Colaboraremos. O lo intentaremos, con todos, pero añadimos algo a la frase de Antonio López: Un mal artista no hace daño, un mal político, sí y un mal gestor, más.

Hemos estado en Oporto, en su legendario Festival Internacional de Teatro de Expresión Ibérica FITEI, en un Portugal en estado de depresión económica, campaña electoral y hasta día electoral. La convivencia entre teatro y sociedad se puede entender de muchas maneras. Asistimos a una actuación muy curiosa en una plaza, rodeados de banderas, charangas, gritos, cánticos y eslóganes de un partido con opciones. Son esos momentos en los que se encoje la razón: lo importante, socialmente, eran las elecciones, pero allí estaba una actuación teatral, aislada, contando algo muy especial, y la inmensa mayoría ni se enteró y algunos, simplemente curiosos, miraban, opinaban manifestando su extrañeza y seguían con sus ilusiones partidistas. ¿Cómo es posible convocar, programar simultáneamente esos dos actos tan disímiles?

A raíz de esta circunstancia, y después de pasarnos una jornada debatiendo sobre la incidencia de las revistas especializadas, o la crítica especializada en medios generalistas, sobre los públicos, uno acaba con muchas más preguntas que respuestas, alguna certidumbre nada optimista y muchas ganas de seguir insistiendo en lo fundamental, sin perdernos en emociones y euforias simplistas. ¿Qué lugar ocupa el teatro en la vida social, cultural y política? Esta pregunta no se puede responder solamente desde la teoría, ni desde la información, sino que debe implicar una reflexión política en profundidad, en determinar desde los poderes políticos y transmitirse a los administrativos qué se quiere hacer con la Cultura en primer lugar y después específicamente con las Artes Escénicas, que tiene su singularidad y su relevancia especial.

Tampoco es recomendable (como ahora se hace) dejar a las administraciones y sus funcionarios ágrafos como timoneles de esos barcos fantasmas, sino que debe ser en primer lugar los profesionales, los docentes, las partes implicadas quienes resuelvan, fuera de toda presión de urgencia, las grandes líneas por donde deben transcurrir las acciones. Salirse del gremialismo, pensar en la auténtica necesidad de crear espacios de simbiosis entre creación y sociedad, es decir entre quienes proponen obras de arte y quienes deben ser sus receptores, sostenedores. Para resumir: definir de manera sencilla lo que debe ser la Cultura en los próximos años, de qué forma se incardina en lo cotidiano, qué horizontes se buscan. Todo ello más allá de la situación personal de cada cual. En general, para ir acercando posteriormente estas decisiones a lo concreto, a cada circunstancia.

Si alguna vez se logra definir, aceptar, normalizar fuera de intereses partidistas una idea estatal, autonómica y local, en estas cuestiones, se podrá pensar en qué tipo de formación se requiere, cómo comunicar lo que se hace, quién debe guiar los instrumentos comunes, y cómo se hace para dar a conocer a la sociedad entera la buena nueva de la existencia del Teatro, la Danza, la Música, y todas las otras artes performativas. Y buscar complicidades con la sociedad para que nos acompañen en las aventuras culturales que convivan con las comerciales, mercantiles, que son las que se han apoderado de nuestros escenarios.

Lo que ahora parece existir es un aislamiento, un mundo cerrado, estabulado, protegido de creadores sustentados con las migajas de los presupuestos generales, que no tienen respaldo social, es decir que no tiene un número suficiente de espectadores que lo sustenten, y que pueden encontrar eco en una serie de revistas especializadas, de tiradas minúsculas, que llegan a los mismos creadores o a unos pocos elegidos, cerrando un círculo poco saludable para todas las partes implicadas, y que se juntan de vez en cuando para autoproclamarse mediadores entre los creadores y los públicos, cuando es algo bastante difícil de sustentar con los hechos, con las estadísticas.

Es decir, que debemos aprender todos a debatir, a proponer cuestiones generales, abiertas, que intenten buscar otras vías, otras maneras diferentes de producción, exhibición, distribución, porque, aunque parezca imposible, esto va a empeorar económicamente de manera inminente y provocará cataclismos imparables a no ser que todo el mundo se rearme y se concentre en ocupar el lugar que le corresponde y asuma su importante insignificancia, con humildad aceptar su relativa importancia. Para que la mediación, no sea simplemente una palabra que rima con sifón.

El periódico gratuito ADN, tiene a uno de los más finos analistas de la realidad social, económica y política que se expresa con unos dibujos rotundos apoyados siempre por frases que te despiertan las pituitarias neuronales. La semana pasada en uno de ellos se leía lo siguiente: "Como artista no siento más que desprecio por instituciones, nacionalidades y ministerios. A veces casi preferiría que me subvencionase un particular". Respirad hondo, releer, arrimar el ascua a la sardina de cada cual y discutamos sobre el asunto.

Hay artistas que se perfilan, ahuecan la voz y se sienten nihilistas que piensan que su arte debería ser incuestionable y que si se dejan ayudar, o consienten estar en instituciones, o representar en una bienal a una nación o nacionalidad, es algo vergonzante. Lo admiten, a regañadientes, pero expresan vehementemente su rechazo a la intervención del Estado, pronuncian la palabra libertad con el mismo énfasis que un vendedor de póliza de seguros, pero siguen bajo el paraguas porque fuera llueve bastante. Esos escrúpulos aparentemente desaparecen cuando es una bebida con chispa, una petrolera o un banco quien apoya esa sala de exposiciones, esa sala de teatro, esa feria o lo que sea necesario.

La profesionalización, la dedicación absoluta a un menester de estas características, la creación, para entendernos, desde los tiempos antiguos, siempre han sido subvencionadas, patrocinadas, por los poderes, del ámbito militar, político, económico o religioso. El señor Mercado no apareció hasta bien entrado el siglo de la bomba atómica, y lo hizo para un tipo de producto de entretenimiento, cuando las estructuras de los estados eran débiles, el ocio se circunscribía precisamente al teatro, las variedades. No obstante el arte pictórico y escultórico, la música llamada culta o clásica, tenía el amparo económico, al menos de las clases pudientes, las noblezas, aristocracias y altas burguesías. Es decir que el modelo actual, después de la segunda guerra mundial, se instauró en Europa para consolidar por un lado una gran cantidad de creadores, escuelas, compañías y de manera más democrática para que las emergentes clases medias tuvieran acceso a esos bienes culturales, mientras en los países de la órbita socialista se realizó otro tipo de estabilidad y se establecieron otras castas y jerarquías, miando al proletariado, pero todo lo concerniente a esto de las Artes Escénicas, en sus grandes proyectos, instituciones y demás cuestiones, han estado siempre amparados, como, consideramos, no puede ser de otra manera.

Porque aquí existe una dialéctica entre el creador, el artista, y las estructuras que lo crían, lo alimentan, lo consienten, lo aceptan. Y es en ese lugar donde surgen las fricciones, en donde existe un pulso entre las partes, pero que en el mejor de los casos es debido a concepciones estéticas, éticas o políticas diferentes y en el peor de los casos se llega a la censura o a lo que es más corrosivo la autocensura. Todo ello dejando claro que la mayor censura, el espacio más contaminado y peligroso es el que alquila el señor Mercado, donde todo se mide con el ábaco.

Dicho lo cual, y como el asunto da para varios tratados, y aquí solamente establecemos borradores de discusión, especialmente ahora que entramos en la fase de centrifugado, es cuando más debemos estar en el ágora, planteando soluciones diferentes, modelos más ajustados a nuestras reales posibilidades, ajustes de los protocolos existentes, ruptura con lo que se ha quedado obsoleto y demolición de aquello que está en ruinas. Esto es bastante más fácil escribirlo, pregonarlo, que hacerlo. Pero nos ponemos manos a la obra.

Antes unas advertencias a los instalados y otorgadores de bendiciones: uno puede ser independentista, separatista, revolucionario, estar en contra de la existencia del ministerio, de las redes y de todas sus incongruencias y eso no le excluye de nada. Absolutamente de nada. El dinero con el que viven de maravilla, viajan de ensueño, malgastan de vicio, apoyan a sus amigos y correligionarios, defienden propuestas muertas, sale de los impuestos de TODOS Y TODAS. Los que están de acuerdo y los que no. Para decirlo más sencillo: Los que les votan, los que no les votan y hasta de quienes no votan. Ni un gestito, ni una mueca de los empotrados institucionales contra los que piensan diferente. Ni una media discriminación más. Si empezamos por esto tan obvio, lo siguiente será más fácil de entender.

Libre, libre, libre, quiero ser, yo quiero ser libre. Cantaban y cantan los que no tiene libertad. Algunos artistas, asimilados o impostores, cuando dicen libre, yo les veo que simplemente colocan ese cartel en su frente, como los taxis. Y que me perdonen los taxistas.

Felicidades a todos cuantos han logrado concejalías, escaños en parlamentos territoriales, capacidad de gobernar. Ya sabemos que hasta mediados de junio no se produce la transferencia de poderes. Mientras tanto, repasemos la situación de todo lo referente a la Cultura y muy especialmente a las Artes Escénicas. En todo el Estado español los teatros son, en su inmensa mayoría, de titularidad de los ayuntamientos, las diputaciones o los gobiernos autonómicos. El Estado apenas tiene edificios fuera de Madrid, aunque participa con ayudas en algunos teatros emblemáticos, sostiene mayoritariamente algunos festivales referenciales, colabora con ayudas para ferias y festivales, al igual que para el mantenimiento de las giras de algunas compañías, ya que no puede intervenir, legalmente, en la producción.

Para situarnos, aunque todo lo referente a los teatros y sus programaciones, forman parte de ese limbo legislativo que se llaman "competencias impropias", es decir que a nadie obliga a tener un teatro, ni una programación, ni cumplir con unos baremos de inversión en ellos, son los ayuntamientos quienes mantiene en un porcentaje de inversión muy elevado la viabilidad de las compañías privadas, concertadas y parte de las institucionales. Repetimos: sí están obligados a mantener una biblioteca en unas determinadas condiciones, pero no un teatro, sala, con programación semanal, quincenal o anual de determinadas características.

Los circuitos, que a su vez forman el teóricamente tejido que en colaboración con los ayuntamientos, propician el número más elevado de representaciones en todo el territorio estatal, son propiciados, ayudados, subvencionados, controlados por los gobiernos autonómicos con la colaboración, en algunos lugares, de las diputaciones forales. Solamente Madrid, Barcelona, y ahora con la irrupción del conglomerado Arteria en otras capitales de diferentes provincias, existe una actividad de programación fuera del paraguas institucional, es decir, en manos del mercado y de la respuesta directa de los públicos.

Si se ha explicado bien lo anterior, es muy fácil comprender que empieza una nueva etapa para las Artes Escénicas. Primero la acumulación de deudas, con ayuntamientos con demoras de casi dos años, y algunos gobiernos autonómicos con mayores desajustes, y aquí, ahora, no vamos a señalar a ningún partido, pero que nadie dude de que se trata de una deuda histórica que condiciona a corto y medio plazo. Nadie puede mirar para otro lado. Y nos parece más que obligado ponerse a hablar, a comprometerse, a buscar soluciones para los asuntos urgentes, pero a planificar lo necesario, a cambiar el "sistema", para entendernos, que se ha creado entre todos los gremios y que ahora se nos presenta ingobernable.

Las soluciones no pueden ser simples, porque estamos ante un problema muy complejo. Yo diría que es uno de esos problemas de profundo calado político que algunos quieren resolver con porcentajes, palabras huecas, utilizando fórmulas económicas que han fracasado en todos los sectores y que aplicadas a las Artes Escénicas, o la Cultura en general, no es nada más que una ideologización extrema de la actividad que la deshabita de contenidos para vestirlo de producto mercantil.

Desde esta columna nos hemos cansado de advertir sobre lo que estaba sucediendo, lo que nos viene. Simplemente aplicando el sentido común y no dejándonos llevar por los nefastos subidones del neoliberalismo cultural que es parte del problema actual. Ahora es el momento de buscar otro tipo de organización, de decisiones que ayuden a consolidar una idea primera sobre la Cultura como bien intrínseco de la ciudadanía y no como un adorno, un entretenimiento, algo que se nos regala. Ya estamos acostumbrados a que la Cultura, en general, pero las Artes Escénicas en particular, se hagan por la fórmula del co-pago, cosa que no cuestionamos. Pero venimos acumulando vicios, tics, maneras de ayudas muy pegadas a una idea demasiado pequeña, casi de subsidio y no de fomento de la creación, de diálogo con la sociedad.

Deberemos empezar a pensar para qué sirven los actuales modelos de enseñanza en estas materias en todos los rangos y categorías. La propia itinerancia como única manera de existir, el uso de los edificios teatrales y salas habilitadas, el evidente desequilibrio existente en muchas instituciones entre el dinero dedicado a infraestructuras y personal y a su uso público, abierto a la ciudadanía. Sí, hacer una "acampada cultural", nos vendría muy bien. No es verdad que solamente exista una manera de hacer funcionar el teatro, la danza, la música desde las instituciones, en relación a los ciudadanos. Es una cosa muy seria que debe sacarse del ámbito de la urgencia económica, para poder pensar en el futuro con amplitud de miras. Desde aquí, como siempre, intentaremos al menos señalar algunas de las grietas más evidentes. Lorca como metáfora. La decisión de reconstrucción o derribo. Sin apriorismos, sin dogmatismos. Hoy puede ser tarde. O muy tarde.

Hace muy pocos años, en un campo de fútbol inglés de notable importancia histórica, corría por una banda un enjuto muchacho, casi un niño, revoltoso, con los pelos como el pájaro loco, que driblaba a sus rivales y creaba belleza. Desde la banda un tipo amargado, con pintas de capo mafioso, mandó a uno de sus sicarios en el campo a que le partiera las piernas. La entrada fue criminal, el joven jugador, apellidado Messi, saltó por los aires, necesitó asistencia médica, el árbitro tomó medidas disciplinarias, y el mafioso entrenador, Jose Mourinho para más señas, mancilló de golpe el deporte del fútbol y la grandeza del arte teatral, acusando al jugador argentino de hacer teatro. Tuvo un desliz y desde su subconsciente anegado por la soberbia del mafioso y jugador de ventaja le salió un elogio sin darse cuenta: "en Barcelona hay muy buen teatro".

Esta injuria, esta utilización del Teatro como algo malo, denunciable, mentiroso, se ha ido adueñando de la crítica visceral futbolera de baja estofa. La caverna mediática sigue al tal Mourinho en su implacable misión de destruir al Real Madrid, de convertir en mierda pestilente el fútbol donde esté él entrenando y de transmitir a la hinchada el nefasto concepto de que Teatro es igual a algo malo. Y por ahí no vamos a pasar.

Pero si podemos entender que ese fanatismo patrioterista, irracional, se adueñe de malas maneras de la palabra sagrada: Teatro, lo que es inadmisible es que en una gala de los Max, que debería ser la fiesta que llegara a la cumbre de la demostración del amor al teatro, se utilice como leiv motiv de toda la puesta en escena la canción que más daño ha hecho, hace y hará en la población general sobre el concepto mismo de Teatro. El bolerazo de La Lupe, que canta de manera más posmoderna Falete, "Lo tuyo es puro Teatro", es algo que cualquier persona que ame medianamente el arte teatral debería desterrar de su uso, porque se convierte en un insulto, en un reproche, en una actitud maligna contra otra persona. Escupirle con saña a alguien Lo tuyo es puro teatro es decirle que es un mentiroso, un traidor, un falso, y el Teatro es justo todo lo contrario, es el esfuerzo por lograr con el uso de convenciones narrativas una verdad artística.

Parece mentira que con tantos listos, estrellas, asesores, dramaturgos, actores, actrices y asimilados, nadie se diera cuenta que cantar, aunque se cante muy bien (o incluso peor cuanto mejor se cante), esa canción nefasta es tirar piedras contra el edifico teatral. En mi larga experiencia radiofónica, cada vez que debía entrar para hablar de teatro, en todas las radios que he tenido la oportunidad de hacerlo, con muy buena voluntad, alguien colocaba como sintonía esta canción. Y en todas las ocasiones mi intervención comenzaba despotricando de la canción porque es un uso impropio del concepto Teatro. Se entiende que un productor radiofónico busque con urgencia en su archivo digitalizado y encuentre esta canción, lo que em cuesta más asumir es que nadie en todo el organigrama de los Max se diera cuenta de la flagrante contradicción. Y que después se aplaudiera, lo que me lleva a la conclusión más pesimista: hay incapacidad de análisis de texto; hay una empanada mental y se dice las cosas sin saber lo que se dice.

Me dan ganas de poner estupendo y pedir la impugnación de la gala, de los premios, y que los responsables escriban en su facebook o twiter, no cantaré una canción sin analizar sus contenidos seis millones de veces. Pero que se lo hagan mirar. Es una negligencia dolosa para el Teatro. O que lo hubiera cantado en directo por Falete y no los excelentes actores-cantantes que lo hicieron.

No cuesta nada tomarse en serio lo que uno hace. Me cuesta encontrar algo positivo para las Artes Escénicas que en un desencuentro amoroso alguien diga:

"Igual que en un escenario/Finges tu dolor barato/Tu drama no es necesario/Ya conozco ese teatro". Y más adelante, "Recuerdo tu simulacro/Perdona que no te crea/Me parece que es teatro/Teatro,/Lo tuyo es puro teatro".

Esta es la canción que hasta Mourinho es capaz de comprender sin necesidad de que se la traduzca Sergio Ramos.

Debe ser bastante frustrante tener una larga vida inmaculada de premios y que de repente alguien, con muy buena voluntad, te ensucie el currículum con un reconocimiento. ¿Qué hacer en estas ocasiones? Un rechazo puede ser considerado una falta de respeto, una descortesía o incluso un acto de soberbia. Aceptarlo es meterte en el redil, tener que callar para siempre. Quien haya fundamentado su biografía a base de enfrentamientos, bordeando lo correcto, en la periferia de los poderes, entrar de repente en una sala de trofeos es un trago duro de pasar.

Bien mirado son bastante más los millones de seres humanos que nacen, crecen, se reproducen y mueren sin haber recibido jamás un agasajo, una medalla, un certificado, un reconocimiento ni un premio. Y muchos más los que nunca lo han tenido de manera pública, porque es posible que en la mili, en el internado, o en unos juegos florales o en la hora de la jubilación sí hayan sentido el apoyo de sus seres más cercanos.

Hoy, lunes nueve de mayo de dos mil once, se van a entregar, en una ceremonia celebrada en el Gran Teatro de Córdoba, los Premios Max que son, en estos momentos, los únicos premios concedidos directamente por sufragio universal por los participantes de un censo de votantes formado por profesionales de las distintas ramas de las Artes Escénicas.  Tienen resonancia estatal, y sitúan al Teatro y la Danza, en los medios de comunicación durante unos minutos en clave positiva. Cuestión que no es baladí dadas las actuales circunstancias.

No se trata en un día como hoy cuestionar el sistema de convocatoria, los automatismos para poder estar en la lista de los primeros candidatos, ni siquiera pensar en si son adecuados los rubros, la fiabilidad de la votación o constatar, en buena lógica, que las producciones y espectáculos de Madrid o Barcelona parten con una cierta ventaja. De esto se ha hablado, se habla y se hablará, porque es difícil encontrar un método seguro, equitativo, que reconozca todas las realidades, dado que la fragmentación por comunidades, los circuitos de consumo interno, la poca movilidad de los grupos y un largo etcétera nos va a dejar siempre con una sensación de extrañeza por al desigualdad de opotunidades.

A mí, sinceramente, lo que me preocupa de estos Premios Max, ligados a la Fundación Autor de la Sociedad General de Autores y Editores, es que se den a obras y espectáculos que, generalmente, ya han acabado su periodo de explotación, cosa que podría evitarse o paliar un poco con otro tipo de reglamento, y así, al menos, los Max, podrían servir para darle un tirón de apoyo para su explotación. Ahora mismo, es difícil detectar el valor añadido que aporta un Premio Max, a una actriz, un autor, una compañía o un espectáculo. Es decir, uno de los objetivos que deberían plantearse en la organización de los Max, los medios de comunicaciones, los gremios e instituciones que concurren de una manera u otra en su existencia es ponerlos en valor. No que salga más o menos en la tele, no, que ya salen, y dan malos resultados de audiencia, sino que tengan un valor interno, profesional, que sean un premio, no una estatuilla.

Formamos parte de los Max, o así lo sentimos. Notamos una cierta desaceleración general en cuanto a su valor emocional.  Dudas, cansancio, incomprensión. Todo tene su lógica. Ni la sombra de la SGAE debe pesar tanto, ni se puede caer en un pasotismo postural . Quienes concurren acepta las reglas del juego. Quienes  quieren mantenerse al margen, no tienen ninguna obligación de estar. Deben ser una fiesta, un lugar de reconocimiento entre todos, un acto cultural, no solamente una pasarela, un mercadillo o una colección de frases hechas. Son parte de la historia reciente de las Artes Escénicas. Algunos pueden pensar y hasta defender que los Max probablemente no aportan mucho, pero sin los Max, seguro, seríamos todavía más pobres, más invisibles.

Existen minutos de cortesía. También entradas de cortesía. La cortesía lo impregna todo. Estamos ante una cultura de cortesía. O por cortesía de unos grandes almacenes. O por cortesía de unos funcionarios que no ejercen con criterios objetivos y profesionales sino por inspiración divina y cortesía. En las salas de exhibición, los minutos de cortesía sirven para premiar a los descorteses que llegan tarde al teatro. No hay peor acto de descortesía que el retraso. Lo es en lo personal y lo social pero en lo público y teatral, es una malísima tradición sustentada en viejos prejuicios y que solamente responde a una mirada antigua tanto de la composición de los públicos como del propio acto de asistir a las programaciones en vivo y en directo y viene arrastrando una idea de que se debe esperar a los que tiene problemas para aparcar sus automóviles, asunto que durante mucho tiempo, todavía hoy, en muchos lugares es un problema objetivo que se soluciona saliendo un poco antes de casa o de donde se esté.

En algunos lugares esos minutos de cortesía pueden llegar a la media hora. Se trata entonces más que de una cortesía, de un pacto secreto entre unos y otros. Sin llegar a estas costumbres horarias tan desesperantes para quienes no las conocen, lo habitual es que las funciones empiecen con retrasos entre diez minutos y un cuarto de hora. Y sin problemas aparentes. Y sin apenas respuesta de los públicos corteses, ya sentados, que son los únicos a los que se trata con auténtica descortesía. Es cierto que en festivales o ferias, se pueden ir acumulando retrasos que se van conociendo por la inmensa mayoría de los asistentes, lo que se acepta de una manera más orgánica. Pero esos diez minutos de cortesía, decretado por alguien, en algún momento, hay veces que irritan.

También hay que señalar que son ya bastantes los espacios, salas y teatros, que cumplen estrictamente el horario y se empieza con tres minutos de retraso que es, justamente, una cortesía por desajustes de los relojes, de problemas sobrevenidos, incidencias menores. Y hay que resaltar que en los lugares donde esto se viene practicando desde hace años, no hay ningún problema. Todos están avisados, llegan a su hora, se acomodan, y es raro ver a alguien penetrar en la sala con la función empezada. Por lo tanto es una mala costumbre que se soluciona con voluntad de los responsables de los espacios.

Entradas de cortesía es el eufemismo que se emplea para llamar a las invitaciones. Tengo que advertir que desde hace más de cuarenta años no he pagado en casi ninguna función que he visto a lo largo del mundo, y se pueden contar por millares. Además formo parte del denominado "corte" de estreno en varios teatros. En otros una simple llamada me proporciona la entrada o entradas, dos, que son la parte de cortesía que se hace con aquellas personas que acuden a los estrenos a trabajar. En cada estreno hay una docena y media de personas que están allí para después escribir sobre lo presenciado. Se les llama críticos, cronistas, etcétera. Pero el "corte" acostumbra a ser de cientos de personas, y ahí entra la cortesía, la cuota política, la funcionarial, la periodística informativa, a profesional y la del miedo, que es la de asegurarse en los estrenos una buena entrada. Digamos que esto es lo que proporciona el teatro, porque a cada compañía le corresponde un número pactado de entradas gratuitas.

En muchos momentos se ha hecho abuso de estas cortesías. O dicho de otro modo, se han creado una especie de derechos no escritos que presionan a los espacios para proporcionar entradas gratuitas a todos los concejales, a los funcionarios de los departamentos, a todos los medios de comunicación, sean de la entidad que sean, a los grupos o compañías locales, a los programadores de toda categoría y una nómina más larga que es difícil de desentrañar. Lo anterior suele suceder en los tetaros de titularidad pública. En los privados eso se mira con mucho mayor detenimiento. No es un corte tan exagerado y constante, y para acceder a una invitación tiene que existir, cuando menos una justificación clara y evidente, por decirlo de alguna manera: "una correspondencia". Una crítica es considerada una publicidad, aunque sea una crítica no excesivamente buena sobre el espectáculo. Un programador de un teatro que se sabe puede contratar ese tipo de espectáculos, es una inversión. El resto es cortesía o estrategia de marketing dosificada a discreción.

Explicado por encima la manera de uso de la cortesía en las entradas gratuitas, pasemos a los abusos. Se cuestiona que a los críticos se les entregue dos entradas. Es lógica la duda. En uno de los teatros que desde su reinauguración tengo asignadas mis butacas, un gerente, para recortar gastos y acabar con la barbaridad del "corte", nos redujo a una la invitación. Vale. No protestamos. Vamos solos a la función, pero es tradicional ver a algunos críticos acompañados de su pareja desde hace treinta años en todos los teatros. Yo creo que ir acompañado al teatro es una manera habitual de muchos espectadores. Los críticos también. Y habría alguna razón más, pero no insistiremos. Lo que no es de recibo es que el crítico no vaya y ceda sus entradas a familiares o amigos. Si no va, porque ya la ha visto o porque no se encuentra en al ciudad, llama por teléfono y se ponen a la venta. No es de recibo que los críticos, además de esas entradas, soliciten más favores para familiares y amigos. Y si piden un favor, para que le consigan las entradas, debe pagarlas. Ya es bastante abuso tener el privilegio de conseguir algo cuando existe mucha demanda.

Pero si en los críticos se abusa. En los medios de comunicación se presiona de manera insoportable. Piden entradas para todos, casi para toda la redacción y eso no puede ser. Hay que seleccionar de manera muy expresa. Pero donde la cosa llega a niveles de corruptelas es entre los políticos, a los que se les da entradas porque el teatro suele ser municipal y nunca se ve a ninguno de ellos en los teatros, o en algún nivel de los programadores que acuden a ver espectáculos que nunca podrán contratar, cosa que tendría un pase, pero en demasiadas ocasiones no es que vayan acompañados, sino que van acompañadas por el hijo, por el marido, por el suegro y por una amiga. Y eso lo he visto yo en una sala alternativa, privada, lo que agranda el abuso a todas luces caprichoso y demuestra la falta de sensibilidad de esa persona en concreto.

Desde luego el "corte" y la cortesía no son una solución a la caída de públicos, ni a los problemas estructurales, pero son pequeños detalles que deberían irse teniendo en cuenta para hacer mejor todo lo que es la gestión de los espacios. Los retrasos no son buenos. El que los públicos vea calvas en la sala cuando le han dicho que está todo vendido no es bueno. Y eso sucede porque, además, muchos de los que están en el "corte" no acuden. Y no avisan.

Existe una espiral descendente a los avernos que está construida por peldaños volátiles de preguntas encadenadas que borbotean al pil pil. Nos cocemos en las dudas metodológicas o en las blanduras de la inconsistencia. Alrededor no encontramos muchos asideros. Delante una niebla. Por detrás el hombre del frac. A los lados funcionarios en perfecto estado de insuficiencia que se inhiben. ¿Quién le pone el cascabel al gato? Los capirotes nos han llevado por las penumbras de la realidad. Hoy hemos amanecido un poco más soliviantados que ayer. Más pobres. Más necesitados de una decisión que nadie parece tomar.

Esperamos los golpes del badajo para que toque a rebato. Nos convocarán a muchos encuentros, planes, reuniones que solamente sirven para alargar esta agonía. Nadie tiene una solución factible; nos movemos en un laberinto de insinuaciones que a veces confluyen en una soberbia declaración de inexistencia. Los trabajadores de la cultura son un estorbo. Antes eran un simple adorno, pero ahora solamente los necesitan para cubrir huecos en los días tontos de los programas de fiestas. Baratos, conocidos, que procuren la atención de los medios locales, que en la foto no estén nunca por encima del edil de turno. Es la selección natural de los desharrapados.

No nos castiguemos mucho más. Ni nos volvamos a preguntar ¿para qué sirve la cultura? ¿Para qué sirve el Teatro? ¿Para qué sirve la vida? En la pregunta va la penitencia. Si seguimos preguntando después de la depresión puede venir la acción. Y entonces haremos las preguntas que faltan por plantearse, ¿para qué sirve un banco? ¿Para que sirve un subsecretario de cultura? Entonces nos llamarán demagogos y nos dejarán sin postre. Ya nos habían quitado el primer plato. El segundo se reduce a un filete de panga congelado con patatas chips, es decir, dosis de muchas grasas y pocas proteínas.

Entramos en la fase más estresante de la campaña electoral, todos los caminos nos conducen al fin de la burbuja, que será el 23 de mayo, día que blandirán todas las campanas sus badajos tocando a muertos por la Cultura. La reconversión se va a producir (se está produciendo) sin manifestaciones, ni concentraciones, ni apoyos. Existe una suerte de actitud vergonzante por confesar la realidad: no hay trabajo, no hay actuaciones, se han cortado los circuitos, hay una demora insufrible en los pagos, el sistema se ha colapsado y quienes más sufren son los actores, las pequeñas compañías, los técnicos. Callarán a todas las voces tibias, intentarán comprar las bocas más propicias, se escudarán en que es irremediable, como si la crisis fuese una plaga o designio divino y no una actitud política, una idea del mundo que llamábamos capitalismo y que ahora ni nos atrevemos a señalarlo con el sustantivo.

Está claro. Seguirán los poetas creando, los empecinados montarán sus espectáculos, se perderán derechos sindicales, laborales, se volverá al profesionalismo suspendido en el amor al arte, el fabuloso amateurismo, la vocación, la necesidad de estar frente al público. Algunos nos señalarán por ello. Otros se reirán de nosotros desde sus cúpulas y cargos. Los espectadores no se fijan tanto en el sindicato como en las emociones de los espectáculos. Pero si no medimos bien los pasos, podemos acabar chocando contra la más absoluta de las miserias.

A golpe de badajo convocaremos a la tribu para conjurar a los demonios interiores y los ángeles exteriores tan exógenos que parecen de helio. Que no cunda el pánico, pero esto no ha hecho nada más que empezar.

Andamos por San Petersburgo donde se celebra la ceremonia del décimo cuarto Premio Europa para el Teatro. Este año es Peter Stein el galardonado con el premio mayor. Anda cabreado el señor Stein. Debe ser cuestión de carácter. Otros muchos andan cabreados. Cuando se juntan tantos quinquenios, tantos cerebros, tantos secretarios generales de organizaciones diversas, acostumbra a crearse un micro ambiente que cuesta asimilar para las almas en pena que solamente buscan en estos encuentros nuevas ideas, frases, nociones para afrontar el futuro inmediato. Y hay días que cuesta encontrar una buena orientación. Ni en la teórica, ni en la práctica. Cosas de esta latitud, de estos tiempos.

En esta ciudad, donde está Nacho Duato iniciando una magnífica aventura, existen más de cien teatros. Edificios de todas las categoría, pero todos ellos, teatros, en el sentido más amplio y contundente del término. Casi todos edificios a cuatro aguas, con terrenos por delante y en los lados, con dependencias, varias salas. Impresionantes en su majestuosidad algunos, más modernos otros, todos dotados técnica y humanamente, de tal manera que hemos visto montajes increíbles por sus dificultades técnicas, realizados en apenas veinticuatro horas.

 

De titularidad pública, semi, particular, los menos. Pero con programaciones constantes, con compañías propias la mayoría de ellos. Otra concepción, otra manera de entender el valor que tiene el teatro para la propia sociedad. En este sentido no se puede ser ambiguo, este modelo, el ruso, pero que es el que se utiliza en toda centroeuropa, con todos los problemas que pueda generar, es bastante mejor que el de libre mercado, de gestión desmembrada, de titularidad pública los continentes y contenidos privados que es en el que nos movemos y a veces me parece que ni nos damos cuenta del monstruo que hemos creado sin apenas ser conscientes de este ingobernable sistema que ahora nos oprime.

 

Teatros para el drama, la comedia, el ballet y la danza en todas sus posibilidades, para la música, la ópera o los musicales; para la pantomima, la experimentación. Teatros, muchos teatros. Y públicos, muchos públicos que disfrutan de espectáculos de tres y cuatro horas con veneración, entregados, acostumbrados a estas propuestas tan espectaculares. Teatros con unas programaciones constantes, con sus propias compañías o compañías invitados. Es decir existe estabilidad, pero también se hacen giras. Sale una compañía invitada a un teatro y lo ocupa otra compañía que también reside en un teatro que a su vez... Y hay escuelas, magníficas escuelas de teatro, de danza, conservatorios musicales, para todas las disciplinas. Y existe un amor al teatro porque el ser ruso, el ideario ruso se fundamenta en su literatura y sus autores teatrales.

 

Como muestra más relevante, señalar que las sesiones de encuentros, los simposios, comunicaciones, sala de prensa y lugar de comidas se hace en un edifico magnífico en una gran avenida céntrica, que es nada más ni nada menos que la Casa del Actor. Es decir, no estamos hablando de algo de beneficencia, de caridad para los actores mayores sin posibles como se plantea en Madrid, sino que se trata de un lugar donde conviven los actores, donde se forman los nuevos actores y se reciclan los veteranos, con una escuela, con una sala, donde se organizan actuaciones, actos diversos y se sienten entre los suyos. Todo es concomitante, se interrelaciona. Ya no es un estado socialista, pero existen estas organizaciones culturales como algo logrado por el pueblo ruso con el apoyo, inmemorial de las burguesías existentes o de nuevo cuño.

 

Esto hemos aprendido en estos días, al igual que nos reafirmamos en la existencia de un magnífico teatro ruso, de donde aprender tanto que decirlo sonroja. Lo mismo que hay buen teatro islandés, checo, alemán, que hemos visto, que nos han satisfecho, especialmente una inolvidable versión clásica de Tres Hermanas de Chéjov que nos ha dejado prendados de la actuación del conjunto de los actores pero con tres actrices que nos dan una lección de interpretación naturalista, de verdad, de la buena, sin sucedáneos, sin mixtificaciones. Buen teatro, del mejor. Teatro naturalista pata negra.

 

Europa en sus premios de teatro se reconoce, aunque soplen vientos neoliberales que pueden resquebrajar ese sólido conglomerado de instituciones y artistas que actualmente existen.

La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas ha celebrado elecciones y tiene nuevo equipo directivo. Una de las personas que forman parte de ese equipo reiteró varias veces parte de su programa para llegar a esa responsabilidad: "despolitizar la Academia". No parece mucho programa, ni aporta ninguna idea, pero nos deja claro que las intenciones de los que llegan es prepararse para llevarse muy bien con la derecha política que probablemente llegará a la gobernación del Estado español , de la Comunidad de Madrid y del Ayuntamiento de Madrid.

Los que nos acordamos casi cada día de la recomendación que les hacía el dictador sanguinario Francisco Franco a sus ministros: "ustedes hagan como yo. No se metan en política", cuando escuchamos que alguna actividad humana, social, cultural debe despolitizarse, nos tentamos la ropa porque significa que se trata de tomar decisiones políticas dictadas por la superioridad, por algún dios desconocido, que acostumbra a coincidir demasiado con la derecha más extrema, defendiendo las doctrinas más retrógradas, el neoliberalismo en lo económico, que en cuestiones culturales nos lleva a lugares muy poco recomendables.

Probablemente se tiende a confundir despolitizar con apartar a entidades de esa índole de la lucha partidaria. Es decir que el bipartidismo obsesivo y asfixiante imperante en la vida política no se traslade de manera automática al mundo del asociacionismo. Esto sí que debería cuidarse, pero no solamente en academias o en federaciones de empresa, sino en todos los estamentos, ya que debería ser posible, recomendable y exigible que se diferenciase la calidad profesional de la militancia política, si la tuviera, de cualquier persona encargada de gestionar algún instrumento público de creación, gestión o exhibición. Los méritos tendrían que pesar bastante más que esa frase tan abrupta y mafiosa de "es uno de los nuestros", que parece es el ideario con el que en demasiadas ocasiones se decanta la elección de responsables de teatros, festivales, programaciones u otros lugares intermedios de libre designación.

Estamos ya en plena pre-campaña electoral para los municipios, las diputaciones y los gobiernos autonómicos. La carga de la prueba de la exhibición en las artes escénicas recae en su inmensa mayoría en los municipios. Los teatros, con excepción de las grandes capitales y las salas alternativas, son de titularidad pública y en un porcentaje superior al ochenta por ciento son propiedad de los ayuntamientos y tienen a la vez la responsabilidad de su gestión. Los municipalistas indican que todo lo referente a estos edificios y sus contenidos son "competencias impropias", que significa que no existe ninguna regulación sobre su existencia, su mantenimiento y sus funciones.

Por eso sería bueno mirar en nuestros lugares de residencia si en algún programa a las elecciones existe alguna línea que nos indique qué se va a hacer con esas salas, con su programación, sus actividades. Seguramente el día 24 de mayo, al día siguiente de las elecciones se produzca el tsunami económico municipal, y los teatros y salas de exhibición entren en colapso, se queden en estado catatónico, sin presupuesto suficiente, manteniéndose en mínimos, o entregándose a la gestión privada de manera camuflada. Nadie va a poner esto, ni lo contrario, en su programa porque para desgracia nuestra estos asuntos no son considerados como asuntos que entren en almoneda electoral. El edifico, su construcción e inauguración, sí. Eso se hace, bueno se hacía en la burbuja inmobiliaria, y se inauguraba las veces que fueran necesarias. Pero sus contenidos, ¿a quién le importa?

El que importe a la ciudadanía los asuntos culturales, con las artes visuales, escénicas y musicales como expresión de lo cercano, es una cuestión que debería figurar en los programas como objetivos de mejora de la calidad de vida y sobre todo, de la configuración de ciudades, pueblos, villas, en donde sus habitantes tengan la oportunidad de un crecimiento constante en estos asuntos primordiales que conforman una identidad propia fuera de los avatares del consumismo más uniformador.

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