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Dom, Jul

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

La concesión del Premio Nacional de Teatro al grupo jerezano La Zaranda ha venido a incorporar una suerte de equilibrio emocional dentro de los amantes del Teatro. Lo que más se ha escuchado y leído tras este premio concedido por el Ministerio de Cultura español, es que se ha premiado al Teatro. Se ha producido un aluvión de gentes que se han sentido muy aliviadas porque se ha reconocido treinta años de coherencia, estado de gracia, búsqueda y fidelidad a una estética que trasluce una visión del ser humano que no se coloca en los convencionalismos.

Cuando alguien de la entidad de La Zaranda recibe un premio de estas características, dotado, además, con treinta mil euros, aparecen los que se reivindican como descubridores, como agentes insustituibles de su existencia. Brotan las amistades sobrevenidas, los recuerdos, las admiraciones por encima de cualquier objetividad. No es el tiempo, claro está, de analizar críticamente la vida artística de La Zaranda, pero sí que podemos aprovechar la coyuntura y decir de una vez por todas lo mal que ha tratado a estos creadores el sistema teatral español en general.

He tenido la oportunidad de estar en los estrenos absolutos de tres de sus cuatro últimas producciones. Justamente el estreno de hace apenas un mes en Girona, es el que no he visto. Pero con otra groupie de La Zaranda, Rosana Torres hemos estado en París, Baiona y Toulouse, viendo nacer sus criaturas, sus sueños, sus inquietudes. Desde sus inicios hasta hoy, han sido una de esas pocas certidumbres que la escena española ha ido proporcionando al mundo entero. Decíamos que habíamos asistido a sus estrenos, pero en nuestros viajes los hemos encontrado en los mejores festivales, en las programaciones más importantes del mundo entero, el iberoamericano especialmente, excepto en el Estado español.

Ahora es el momento de analizar esa disfunción absolutamente incomprensible. La Zaranda, si no fuera por sus giras exteriores sería un bello recuerdo, no existiría. Los estudios sobre sus lenguajes, sus trayectorias, se han hecho fuera, nunca aquí. El sistema teatral español ha estado de espaldas a La Zaranda. Tanto en el terreno intelectual, como en el académico como en el de la programación habitual. Digan lo que digan ahora los aduladores y oportunistas.

Pero, a su vez, los fieles, los amantes de sus lenguajes han sido fanáticos defensores a ultranza, propagadores de sus bondades por encima de cualquier circunstancia. Y está claro que han sido fijos en algunos festivales, habituales en algunos puntos de programación, al igual que no reconocidos en otros, como es el caso de Catalunya en general, pese a que este año, como se ha dicho arriba, se estrenó su última obra con coproducción del festival Temporada Alta. Los que les han defendido han sido incondicionales, y los que los han ignorado, han puesto por delante ese lenguaje soez que es el número de espectadores, o la dificultad de su lenguaje sin concesiones.

Por un compendio de circunstancias que van desde la poca profusión, la falta de un aparato de propaganda o comunicación que les dote de este añadido para que se les conozca, no han conseguido unas respuestas masivas de espectadores. Insistimos, aquí, porque, por ejemplo en Buenos Aires, La Zaranda se coloca mes y medio en un teatro comercial, a taquilla y llena casi todos los días. O en los festivales adonde acuden son los espectáculos que antes se llenan. ¿Qué sucede con La Zaranda en el Estado español?

Es difícil dar una respuesta sencilla y única, solamente tenemos una esperanza: que este Premio sirva para abrir algunos cerrojos mentales, para eliminar algunos prejuicios de ciertos sectores de la programación y que se consiga, por el bien del teatro y de los públicos más aficionados, que se les conozca como se merecen. Con ellos, el Teatro, y por lo tanto la existencia, la cultura, se convierten en un bien imprescindible.

Nosotros los queremos tanto que este premio nos parece una simple excusa para seguir hablando de y con ellos de Teatro alrededor de una mesa ligera bien regada.

 

 

En todos los puntos cardinales del planeta Artes Escénicas se tienen las mismas sensaciones: nuestros administradores, políticos, responsables institucionales locales se han olvidado de sus compromisos. Si se sigue a la Ariadna que se dirige hacia el Minotauro de la crisis y de la desamortización de locales, compañías y programas, vamos descubriendo que no hay un Teseo dispuesto a acabar con la situación, que se ha entrado en eso que los apóstoles del neoliberalismo económico llaman falta de confianza de los mercados.

Sin conocer al señor Mercado, y comprobando que se trata de unos discursos muy similares tanto en las regiones españoles, como en las comunidades autónomas de mayor rango, como en naciones sin estado como en estados-naciones, federales o jacobinos, podemos llegar a la conclusión de que ha calado profundamente el mensaje que vacía de contenidos las acciones. En cuanto se sitúan las decisiones en el terreno de la cultura exclusivamente en el ámbito estadístico, laboral, económico, de rentabilidad y mercado, se entrega el único valor añadido imprescindible para sostener con los presupuestos generales una parte de la actividad cultural y afinando más, en las Artes Escénicas.

Quizás sea el momento más adecuado para la autocrítica, para la reflexión fuera de los vaivenes coyunturales o las veleidades más externalizadas, porque probablemente todos podemos tener una idea de lo que en, el terreno que estamos hablando, teatro, danza, artes performativas en vivo, es culturalmente de entidad incuestionable o lo que se pueden considerar productos comerciales de consumo rápido. No es fácil discernir sobre estas cuestiones sin rozar esos criterios democráticos de igualdad de oportunidades y de las vinculaciones de las administraciones con sus administrados en primer lugar y en la contextualización general, global como aval o inspiración. No es fácil separar lo irrevocablemente cultural, de lo que se sitúa en un territorio mucho más dudoso y es más difícil y con un coste político grande, discriminar, aunque sea positivamente.

Por lo tanto, se hace imprescindible un Gran Pacto por la Cultura, en el que intervengan todas las fuerzas políticas, sociales y culturales, que marque unas pautas, unos objetivos para la salvación de lo existente, el desarrollo de las políticas en marcha y las posibilidades de aplicar todos los planes con criterios más amplios, menos sectarios, no tan pegados a las circunstancias de cada casuística. Un pacto que debería tener varias graduaciones, que debe pasar por lo local, lo regional, lo estatal, lo europeo y lo universal. Con todos los matices que se quieran, pero dejando muy claro los principios básicos. Probablemente el primer paso sería acabar con las rutinas, romper todas las fotos fijas, reiniciar el disco duro donde se archivan conceptos y nociones de políticas que se perdieron en las burbujas varias, por si acaso estuviera en ese laberinto escondida alguna solución.

Los Artes Escénicas tiene sus peculiaridades, no hay duda, pero el que los públicos sean parte fundamental del propio hecho, es algo que debe aportar soluciones compartidas, no hacer cargar casi exclsuivamente sobre esa parte la viabilidad. Lo primero es garantizar que se pueda seguir haciendo teatro, danza, etcétera, en todos los formatos, categorías y géneros y que se puedan exhibir en las condiciones más apropiadas. A partir de ahí entramos en matices. Un Pacto, en el que debe entrar también la gestión y los recursos que se destinan para ella. Porque la primera premisa es que exista cultura para que después se pueda gestionar. Lo contrario es crear un funcionariado inerte. ¿No quedamos en que la función crea el órgano? ¿O era al revés?

 

 

 

Recorriendo los diferentes encuentros, mercados, salones y jornadas celebradas en las últimas semanas, y ateniéndose a las declaraciones posteriores de sus organizadores, podemos asegurar que estamos inmersos en una nube de optimismo dramático. ¿Todo va bien? El que acudan más expositores, más visitantes a Mercartes, es indudablemente un éxito para este evento, pero podríamos analizar este aumento de presencia como una manera de manifestar la situación de alerta y necesidad en la que viven los agentes del proceso general, especialmente en las ramas de producción y exhibición teatral.

En otros puntos donde se han juntado los mismos o parecidos agentes, las conclusiones no han sido tan optimistas y lo curioso es que se parte de las mismas situaciones y los mismos argumentos, lo único que varía es la presión que ejercen los grandes operadores privados y públicos o cuando se va ajustando la mirada a la realidad más habitual, a la clase media preponderante, que es donde de verdad los mordiscos de la crisis están provocando una especie de pánico que se sufre en secreto como las hemorroides, pero que en cuanto se rasca sobre la costra que cubre las heridas, se demuestra que estamos en un momento de gran incertidumbre, que algunas de estas pústulas esconden una infección casi irremediable que tiene muy difícil solución a corto plazo.

No he escuchado de boca de ningún responsable local, regional o estatal ningún mensaje que ayude a pensar que esto se está solucionado, sino, precisamente, todo lo contrario. Siguen hablando de porcentajes de descenso en sus presupuestos que se acumulan a los porcentajes ya rebajados, con lo que a poco que se hagan cuentas, resultan que salen rosarios o responsos de obituarios. Ninguno aporta no solamente optimismo, sino alguna solución que no sea retórica barata, en estado de caducidad, como es pretender encontrar la solución en la internacionalización, es decir en la exportación de un bien cultural, como son las Artes Escénicas, tan perecedero y tan vinculado al territorio en el que nace y se desarrolla

Es curioso, se puede no actuar nunca en el Estado español y acumular decenas de actuaciones en festivales extranjeros. Son las excepciones. Lo ideal es que una vez se tenga aceptación local, se expanda esa bondad a los territorios limítrofes y posteriormente se dé el salto internacional. Forzar lo contrario es malo. Y sobre todo, irreal, porque la exportación en las Artes Escénicas se hace con el dinero propio. Sí, los viajes los pagan las comunidades, el ministerio o en ocasiones algún ayuntamiento o diputación. Con suerte, se recibe del festival al que se acude algo de dinero por la actuación, pero tampoco siempre, con lo que estamos haciendo una burbuja que no sirve para mucho, al menos en lo concreto, en el mantenimiento de estructuras fiables económicamente, aunque podamos hablar de señuelos como inversión, imagen y todos esos placebos que utilizamos para esconder nuestra realidad más dura.

Con reducción presupuestaria, se corta el número de representaciones, de contrataciones, y parece que se está asimilando la fórmula de ir a actuar a taquilla. Cuestión que hay que estudiar de manera muy profunda porque no se ha hecho una política coherente de creación de públicos y de precios ajustados a la realidad del coste de lo ofrecido sino como una demagógica opción de abaratar los precios de las entradas para lograr, supuestamente, más espectadores, asunto no demostrado fehacientemente. Por todo lo escuchado, leído, rumoreado, la pregunta no se debe considerar retórica, ¿Todo va bien? Seguramente para algunos será así, pero para la inmensa mayoría no. Va mal. Y lo peor es que no se escuchan maneras de superar esta situación, sino que se instalan en un soporífero optimismo alienante que no aporta casi nada. Ojalá esté equivocado y empiecen a aparecer las alternativas, los nuevos paradigmas, los síntomas de recuperación. Llegan las fiestas navideñas y el año nuevo. ¡Qué largo se va a hacer el año 2011!

 

 

El artista plástico, Santiago Serra, ha realizado uno de esos actos políticos que ayudan a conciliarse con la esperanza. No soy capaz de discernir sobre si su renuncia al Premio Nacional de Artes Plásticas, es un gesto propagandístico, una estrategia de mercadotecnia como algunos lameculos y paniaguados ya vienen proclamando con insidiosa premura. Supongo que su decisión de renunciar a los treinta mil euros que acompañan a la foto con la inane ministra del ramo, la toma sabedor de que su economía básica no los necesita, y que a la par de suscitar admiración y apoyos, va ser apaleado y excluido de los lugares en donde los irresponsables ministeriales puedan ejercer su antidemocrático derecho a venganza.

En cualquier caso no se trata ahora de enjuiciar a Serra, sino de admirarlo y de tomar buena nota de sus argumentos para decir este magnífico NO. Ese NO que tanto bien puede hacer para despertar a todos los sumisos que estamos atados a unos SÍ que pronunciamos a cada instante de nuestra labor sin apenas conciencia crítica, sin pararnos a pensar qué estamos legitimando con esa inercia. En muchos casos nos autojustificamos alegando necesidades perentorias, derechos adquiridos, muchos bellos fraseos cargados de naderías que solamente transmiten una falta de actitud política ante decisiones políticas que son las que al fin y al cabo nos colocan ante la miseria total, ante el caos actual, sin que ellos, los políticos y su secuaces y colaboradores necesarios, los funcionarios de libre designación y los de carrera más modosos diseñan o ejecutan o ambas cosas a la vez, no sientan ni remordimientos ni rasguño alguno en su salario o futuro profesional. Es más, cuanto más ineficaz se sea, cuanto más desastre provoque en cualquier gremio, más consolidan su plaza y su influencia. Y a las pruebas me remito.

Así que veamos exactamente un párrafo de la misiva de Santiago Serra para anunciar su renuncia:

“Es mi deseo manifestar en este momento que el arte me ha otorgado una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar. Consecuentemente, mi sentido común me obliga a rechazar este premio. Este premio instrumentaliza en beneficio del estado el prestigio del premiado. Un estado que pide a gritos legitimación ante un desacato sobre el mandato de trabajar por el bien común sin importar qué partido ocupe el puesto. Un estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un estado empeñado en el desmontaje del estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local.

El estado no somos todos. El estado son ustedes y sus amigos. Por lo tanto, no me cuenten entre ellos, pues yo soy un artista serio.”

Es necesario señalar su apelación al sentido común como motor que le lleva a sentir la obligación de esta renuncia. Y en esta sencilla postura nos coloca ante un hecho, la falta de implicación con la realidad, con el devenir de los tiempos de las decisiones institucionales con respeto al Arte, a las Artes. Y su primera consideración sobre el otorgamiento de “una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar”, vuelve a abrirnos los ojos ante el propio hecho creativo, sobre la misma libertad de creación, la asunción de una responsabilidad política en todos nuestros actos, y sobre la función del artista en la sociedad.

Su postura política, su coherencia, su mensaje nos despierta de la pesadilla, encontramos una luz, una actitud a compartir, para desarrollar en la medida de nuestras fuerzas una lucha que nos rearme en los convencimientos más básicos de nuestra función como creadores, programadores, informadores o críticos y de la relación con el Estado en todas sus formas y camuflajes. Y en ello va la disposición a rescatar de las garras de estos depredadores por acción u omisión todo aquello que sea esencialmente cultural, artístico, para que puedan fluir todas las tendencias, todas las opciones en libertad, sin tantos condicionantes, sin tantos mamoneos y estar alerta para que no sirvamos con nuestros SI de coartada para tanto desastre. No se trata de renunciar a derechos, sino de justamente de ejercerlos en plenitud sin recortes ni tonterías.

Solamente un dato histórico, Els Joglars ya renunciaron a principios de los noventa a un Premio Nacional de Teatro. Un antecedente que debemos amoldar al posterior camino emprendido por esta compañía y especialmente su director y líder Albert Boadella.

Hacemos nuestra la despedida de Serra:

Salud y Libertad.

 

 

Acaba de finalizar la edición número veinticinco del Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz, y de nuevo nos deja una sensación de desencuentro. Convivir durante dos semanas con artistas, investigadores, estudiosos iberoamericanos de las artes escénicas reconforta. Se dibuja un territorio común, muy activo, dispar, cargado de esperanzas y futuros. Nadie piense que existe un único teatro iberoamericano, ni latinoamericano, ni hispanoamericano. Las realidades culturales, sociales, políticas muestran grandes diferencias, y no podemos pensar que en Costa Rica se haga el teatro igual que en México, ni en Colombia igual que en Uruguay, ni en Panamá igual que en Chile. Y perdonen la obviedad.

Uno viaja, conoce, comprueba la existencia de movimientos estructurados en los países más sólidos que deberían ser envidiados e imitados por las estructuras estatales españolas, incluso por las autonomías, pensando, por ejemplo, en cómo funcionan en estos ámbitos los diferentes estados mexicanos, por poner una referencia. Y me refiero, de entrada, a lo institucional, porque si nos fijamos en la fuerza de los grupos, asociaciones, compañías como generadores de obras que están directamente incardinadas en sus realidades, que no son expresiones del consumo y el vicioso entretenimiento, entonces vamos desmontando un complejo del conquistador, del neo-colonizador que considera que de allí, de las américas, no puede llegar lecciones estéticas, de gestión, ni espectáculos de bastante mayor calidad que los que normalmente se ven en las programaciones habituales de la inmensa mayoría de las redes, con esa coincidencia en títulos y productoras tan sospechosa.

No todo, obviamente, es excelente. Hay una diferencia cualitativa constatable entre unos y otros. No es lo mismo, por tradición, demografía, el nivel medio alcanzado en Brasil, Argentina, México, Chile, Colombia que los trabajos generales de otros países. Pero en cada país hay experiencias recomendables, ejemplares, que siguen siendo propuestas que se diferencian en su propio sistema de producción, en la búsqueda de un lenguaje propio, el escapar de los títulos de relumbrón para indagar en dramaturgias propias. Y durante estos veinticinco años el FIT de Cádiz ha contribuido a la visibilidad de lo mejor de cada época, y no vamos a realizar una selección, sino a intentar romper el tópico de un teatro ideologizado, de lenguajes muy gastados.

Eso es una foto fija, un malicioso tópico, porque hay teatro moderno, contemporáneo, de hoy, y con mucha calidad, variedad y sugerencias. Eso se puede confirmar, verificar, pero existe un abismo, una injusticia muy grande. A los responsables de los teatros de las redes españolas no les interesa en absoluto este tipo de teatro o danza. No hablamos de solidaridad, ni paternalismo, hablamos de calidad, de oportunidad de mostrar otros lenguajes escénicos a sus públicos. Las obras, sean buenas, malas o regulares, que de todo hay, llegan a Cádiz, haciendo todos un gran esfuerzo económico, y se van. Y lo más grave es que muchas veces hacen otras representaciones por Europa, pero muy pocas, un porcentaje ínfimo, vergonzoso, por los tetaros que deberían abrirles las puertas, aunque solamente fuera por curiosidad, por utilizar un idioma conocido y en ocasiones, en algunas zonas, por ser obras provenientes de países que han aportado cientos de miles de ciudadanos para trabajar en diferentes puntos del Estado español.

No nos cansaremos de denunciar esta injusticia. Este dar la espalada a un teatro vivo, interesante, recomendable, simplemente por un tic de rango colonialista, cuando no escondiendo una suerte de soberbia cultural, pero que simplemente enmascara una supina ignorancia, o directamente unos visos xenófobos lamentables.

No tienen ninguna obligación en programar las obras que viene al FIT de Cádiz, pero al menos que muestren interés, o que las vean para saber si son de calidad suficiente para sus programaciones. Lo que hacen ahora es un vacío doloso, un castigo. Esta manifiesta y obscena actitud de no colaboración es tan obvia que en ocasiones uno piensa si no será una consigna.

 

 

 

La remodelación del gobierno español que lidera José Luis Rodríguez Zapatero ha servido como un baño balsámico para ciertos sectores sociales. Nosotros, al actual presidente español, le hemos recriminado su manifiesta falta de respeto por la Cultura, que se demostraba en el cambio de hasta tres personas al frente del Ministerio de Cultura en apenas cinco años. Ahora, incidimos en esta apreciación de desinterés cultural, justo por todo lo contrario: si algún ministerio clama al cielo por una revisión urgente de contenidos y de titulares es el de Cultura, y la actual titular se empeña en cada decisión o indecisión en convertir un ministerio de difícil encaje constitucional actual en una herramienta oxidada, caprichosa y sin proyecto.

La falta de fuste de la actual dirección en Cultura es de tal magnitud, que se han planteado de manera muy seria en diferentes estamentos del gobierno y del partido que le da sustento, amortizar el propio ministerio, en subsumirlo con Educación, como ya fue en otras legislaturas cercanas, pero se ha mantenido, se supone que por razones estéticas, de cupo, de insolvencia, de falta de coraje político, ya que nada más ser confirmada en su cargo, cuando la familia socialista estaba remontando el vuelo, al menos anímico, mientras se estaban jurando los cargos, es decir se copaba el interés mediático de manera total, y casi se diría que con un mensaje muy en positivo, tuvo que ser la señora González-Sinde, la que cesara de manera fulminante a una de sus primeras opciones de su acción de gobierno: Ignasi Guardans, al frente del Instituto Cinematografía y Artes Audiovisuales.

Probablemente tenía más que justificado este cese, pero en política, los tiempos y las formas son parte del discurso, y meter este fracaso y bronca en medio de los efectos positivos de la remodelación o crisis de gobierno, no se puede entender nada más que como una imprudencia, como una muestra más de la ausencia de criterio político, de sentimiento de grupo, y que al ser confirmada, se quiso reivindicar cesando a su fichaje estrella. Es como si se hubiera dicho: “ya que no he hecho nada importante, fastidiemos la toma del nuevo gobierno”. No ha gustado este gesto desfasado de estrella decadente en las filas del gobierno.

Pero es que la señora, a las horas, envalentonada por su continuidad, se convierte en estrella negativa en un festival de cine, la SEMINCI, y lo hace sin saber medir sus fuerzas, simplemente para hacerse notar. La actitud machista del alcalde de Valladolid es obvia, reprobable. Ha sido condenada, incluso el propio bocazas ha pedido perdón. ¿Tiene algún sentido no saludarlo institucionalmente? ¿Qué ha ganado el cine español con su ausencia voluntaria y supuestamente reivindicativa de los actos inaugurales? ¿Qué pensará Iciar Bollaín de esta asunción de protagonismo de la mediocre guionista sobrevenida ministra? ¿Antonio Banderas se siente representado por esta señora tan propensa a la vacuidad en el momento que el actor recibe un homenaje y ella lo desprecia? No parece que ni ella, ni sus asesores, estén en sintonía con los tiempos, y si, además mete la pata de manera tan ostensible en lo único de lo que se le supone tiene alguna idea, ¿por qué sigue en sus manos los destinos de los asuntos culturales, entre ellos las Artes Escénicas a las que tanto ignora o condena a los caprichos de un virreinato de opereta?

Y es que hablamos de un cese fulminante, pero ha venido acompañado de un nombramiento igual de fulminante: Carlos Cuadros. Viejo conocido por sus actividades de crítico, de empresario de una opción creativa muy pragmática y utilitaria: teatro turístico. Es decir que hacen visitas guiadas a recintos de interés cultural o patrimonial a base de personajes y dramatizaciones. Viene de ser el director de la Academia del Cine, pero sus destinos anteriores pueden ser parte de sus valores a ojos de la ministra y de quienes la colocan y la manejan: ha estado trabajando para la SGAE y para AISGE, dos sociedades de gestión de derechos varios, por lo que sabe mucho de cánones, digitales o analógicos. Esperemos que su paso por el ICAA sirva para descubrir a una persona con proyectos e iniciativas. Lo único seguro es que la estrella del guión, la señora González-Sinde, no va a tener en él ni un segundo de duda. Lo que mande la ministra o quienes la sustentan, se cumplirá.

Las decisiones y las indecisiones nos conciernen. Lo que queda de legislatura va ser un constante vaivén que irá devaluando todo lo que se había conseguido a base de mucho esfuerzo. Quizás lo único bueno es que el desgaste puede ser tal que después será más fácil la demolición final.

 

 

Estos asuntos de las Artes Escénicas tienen un componente formal que sin apenas apercibirse constituye una parte del discurso externo. Ahora que se va a cometer una nueva tropelía y van a trasladar a Cultura los asuntos de la tortura y muerte de un bovino en ceremonia pública, vale recordar que los taurinos aseguran como un mandamiento que “un torero lo es siempre”. Esto traducido quiere decir que un torero debe ir por la calle y andar como un torero, hablar como un torero, vestir como un torero. Y eso se vio muy a las claras en la foto de última hora donde la comisión de toreros salía ufana de una reunión donde había conseguido sus objetivos: enturbiar un poco más el concepto de cultura, desmantelar más la atribulada gestión de un ministerio a la deriva, pero ellos, salían retratados como toreros. Gomina, corbata, traje entallado de figurín, zapatos reluciente de tafilete.

¿Deben los artistas ser siempre artistas? Si uno entra en un bar, ¿puede identificar a la primera a una actriz, un poeta, un escenógrafo? En los estrenos está distinción es muy sencilla. No digamos en una entrega de premios Goya o Max. Diríamos que existe un componente de definición en el vestuario, el peinado, que tiene que ver no tanto con el ejercicio de la profesión, sino con la proyección televisiva que se ha hecho de algunas figuras o estrellas fugaces del firmamento artístico. Quizás el contrafuerte del glamouroso acontecimiento y de oropeles festivos sea la vestimenta bohemia, un estudiado desaliño, una actitud de rebeldía contra lo correcto que inspiraba o inspira a algunos de los gremios artísticos. Aunque en ocasiones pueda ser simplemente una pose.

Pero lo que está muy claro es que en esa nueva casta creada en las dos últimas décadas, de gestores, programadores, mandos políticos intermedios, se detecta el denominado síndrome del bedel, que consiste en que un ciudadano amable, con estudios limitados, que consigue una plaza de bedel en un instituto y le ponen un uniforme, se convierte en un capitán general con mando en plaza. Se cree el dueño del edificio, la autoridad competente del más alto nivel. Es decir, no es el cargo, es el uniforme el que transforma a estos individuos. Y los que hemos tenido que bregar con salas de ensayos en institutos, u otros lugares públicos, sabemos que, por mucha autorización por escrito que se tenga del director, si el bedel se cruza, hay problemas.

Estas reflexiones vienen a cuento de la última estancia en México, dentro de una Feria del Libro Teatral, en la que el Coordinador General de Teatro de México, aparecía constantemente, hablaba con todos los expositores, se relacionaba con sus colaboradores, recibía a autoridades, artistas, se sentía orgulloso y uno más de la iniciativa. Y con un cargo de esta envergadura, económica, social, cultural y teatral, vestía de manera normal. No llevaba esas corbatas infumables, esos ternos de catetos recién nombrados bedeles que vemos en los lugares donde aparecen algunos programadores, presidentes de asociaciones, directores generales que no tienen presupuestariamente ni una décima parte del que maneja el amigo mexicano que mencionamos.

Y nos sucede lo mismo cuando asistimos a reuniones con responsables de estos campos de ámbito europeo. A los bedeles, casi siempre españoles, se les distingue por ir vestidos de autoridades competentes, con traje y corbata, es decir por hacer el ridículo de manera rutilante, porque después, en el momento de la discusión, se nota que ese hábito no es de monje entendido, sino de inculto en la materia. Yo diría que cuanto más corbata y más actitud de bedel con chorreras, más ineficacia se esconde.

 

 

 

Dudas. Preguntas sin esperar respuesta. ¿Para qué? ¿Para quién? El motor de casi toda acción interpretativa se convierte en un lastre cuando se enquistan las preguntas sin respuesta. Parece una actitud patológica seguir preguntándose para qué, por qué o para quién se hace el teatro o cualquier otra manifestación cultural. Pero se entiende que cada vez crezca la angustia, que se noten signos evidentes de cansancio, que haya personas, grupos, colectivos que estén a punto de tirar la toalla, de abandonar, de replegarse. Ante estos impulsos abandonistas, sólo cabe la persistencia, la inocencia resolutiva, abrazarse a los principios de la patafísica y aplicarlos en el quehacer cotidiano.

Nadie se puede tomar en serio casi nada de lo que dicen las autoridades incompetentes de la Cultura. Por lo tanto, huérfanos de liderazgo institucional, empujados hacia un mercado inexistente, la supervivencia debe ser un acto solidario y no una vuelta a los navajazos fraticidas. Hundido el barquito de papel que se vendió como un trasatlántico, debemos volver a nuestras lanchitas de plástico con remos minúsculos, para navegar por los riachuelos que todavía tengan algo de corriente. Seguro que en alguna orilla hay unos públicos que esperan las alhajas, las pequeñas joyas manufacturadas, los trabajos hechos desde la más clara intención teatral y no los aparatos propagandísticos de un mundo que dibuja en sus neones la soberbia capitalista. Parece imprescindible una vuelta a los orígenes. Pinchada la burbuja de los presupuestos tendentes al despilfarro, rozando siempre la corruptela, recatemos el compromiso con el propio teatro como única guía. Sí, radicalicemos el mensaje teatral, frente a la laxitud del todo vale y de todos querer hacer lo mismo con el único objetivo de enriquecerse, ofrezcamos fundamentalismo teatral y patafísica.

Hagamos teatro para los nuevos públicos, para nuevos cómplices que nos acompañen para ir formando una inmensa minoría que acabe con la primacía de la estulticia y el mercadeo. Olvidémonos de los viejos tics, de los clichés caducos, de los usurpadores. Demolición. El sistema actual no da más de sí, no tiene reparación, solamente se puede destruir controladamente, acabar con todos los privilegios y volver a empezar. ¿Cuántos quinquenios funcionariales se necesitan para una representación en un teatro público? Libertad de circulación de los montajes, de las obras. Liberemos a los espacios de exhibición de sus carceleros. Abramos las puertas, los escenarios para que renazca el teatro como un fenómeno libertario que contagie emociones, sentimientos, ideas, que comulgue con públicos no cautivos, sino libres.

La sociedad civil no emponzoñada con princesas del pueblo o del poder espera más de nosotros. Algunos sentimos en los años ochenta esa comunión con la parte más activa de la sociedad. Hoy todos nos perdemos en el chalet adosado y nos comemos los ideales en una barbacoa triste. No hay más solución que volver a ofrecer teatro que convulsione, que cuestione, que zarandee al adormilado cuerpo social, que salga al encuentro del futuro estético, ético, político de los nuevos tiempos. Mantenerse en esta agonía, en esta entrega a un inexistente mercado, a una repetición museística o a una simulación artística de baja estofa es asesinar al teatro, practicar un suicidio lento. Abajo el teatro muerto, complaciente, alienante, televisivo. Rescatemos el teatro y los teatros de sus secuestradores. ¡Viva el Teatro Libre! Merdre!!!!

 

 

 

Acabamos de fallar en Ciudad de México el Premio Internacional de Ensayo Teatral 2010, ganado por Shaday Larios Ruiz, una joven dramaturga y directora mexicana que está haciendo su doctorado en el Institut del Teatre de Barcelona, y el jurado ha podido comprobar la existencia de un gran nivel en los cincuenta y cinco trabajos presentados procedentes de diez países. Una auténtica buena noticia la cantidad, al igual que la calidad media.

Este premio lo convocan dos revista de teatro, Paso de Gato y ARTEZ, junto al Instituto Nacional de Bellas Artes de México a través del Centro de Investigación Teatral Rodolfo Usigli y la Coordinación Nacional de Teatro, con el apoyo de la Secretaría de Cultura del Gobierno de Jalisco y las deliberaciones y proclamación de la ganadora tuvieron lugar dentro de la Feria del Libro Teatral que organizan algunas de las instituciones anteriormente mencionadas.

Los datos son esclarecedores, cincuenta y cinco ensayos, la inmensa mayoría con un nivel más que aceptable, vienen a señalarnos la existencia de una pléyade de investigadores, teóricos y analistas de las prácticas que están vertiendo sus conclusiones en trabajos que aportan reflexión, luz, duda, certidumbres, transitan por caminos ya recorridos en búsqueda de las huellas o de nuevas veredas, que abren otras vías, aunque sean todavía frondosas, sin verse el destino definitivo, pero que en su búsqueda moverán todos los estamentos para lograr otra situación más favorecedora del desarrollo conjunto .

Es muy importante que sean provenientes de muchos puntos donde se está cuidando esta especialidad en el rango universitario, lo que ayuda más a sentir una cierta euforia, aunque contemplando el mapa de las procedencias de los trabajos de este premio, podríamos detectar una incidencia casi ínfima de los procedentes del Estado español, mientras el número era mucho más significativo de los realizados desde México, Argentina, Chile o Cuba, cuestión que quizás tenga una significación muy clara y tenga alguna correspondencia con la propia actividad teatral general de estos países y, desde luego, de sus núcleos de formación y todo el sistema de producción.

Si a ello unimos que la experiencia en la propia Feira del Libro Teatral nos deja la constancia de que lo más solicitado han sido los libros de teoría, ensayística, análisis de prácticas, podríamos asegurar que la comunidad teatral está atravesando un momento de necesidad imperiosa de volver a cuestionarse su propia esencialidad, que se busca reconocerse en los maestros del siglo XX para poder aplicar conceptos que ayuden, con sus variaciones, a emprender una nueva etapa, quizás renovadora, o quizás revisionista, al menos de las concepciones canónicas.

Hasta hace muy poco era casi imposible encontrar pensamiento o reflexión teórica sobre las prácticas escénicas realizadas por nuevas generaciones, ahora es una constante, parece que el péndulo se ha desplazado hacia esta ansiedad por adquirir conocimiento más allá de la práctica más esencial, como es la actuación o la dirección. De tal manera está la balanza desequilibrada que los textos dramáticos, las obras de teatro, son en estos momentos, muy deficitarias editorialmente, no parecen despertar mucho interés, lo que nos puede colocar ante una situación un tanto paradójica: se están formando investigadores solventes, mientras los escenarios se pueden estar empobreciendo. Las dramaturgias más novedosas no encuentran acomodo en las programaciones, pero sí tienen estudios pormenorizados.

Repasando al voleo y como simple aportación anecdótica, en los cincuenta y cinco ensayos presentados las inquietudes eran: el arte de la actuación, enfocado desde una infinidad de puntos de vista; los estudios de las poéticas de algún grupo o dramaturgo en concreto; la historiografía del teatro en todas sus disciplinas; las concepciones básicas del propio hecho teatral. Como coda final digamos que todavía las herramientas estructuralistas y semióticas de los años setenta pesan mucho. Al igual que las referencias fundamentales vienen del siglo pasado que, por cierto, fue tan provechoso que todavía prevalecen muchas de las pautas inspiradoras de las más importantes tendencias.

Hay nivel, es una muy buena noticia, hay que mantenerlo y aumentarlo. En algunos países iberoamericanos ya es un hecho que da frutos magníficos. Hay que aprender.

 

 

Como el cariño verdadero de la copla, el talento ni se compra ni se vende, pero sí se canaliza para que se convierta en algo más que destellos, para que impregne de manera casi constante el trabajo de quien lo posee. El talento, esa entelequia, se transforma, se amplifica, se cuida, aumenta, se convierte en una parte sustancial de todo ejercicio práctico siempre que encuentre los elementos apropiados para su desarrollo y arraigo.

Estas digresiones me llegan después de pasar una semana en Manacor, en su Feria viendo teatro de las producciones del ámbito catalán, es decir, Catalunya, Valencia e Illes Balears. Se notan diferencias evidentes entre ellas, graduaciones perceptibles a primera vista, por lo que si el talento se le supone a todos, el que en unos casos se roce la excelencia y en otros nos quedemos en un grado medio, significa que en todo proceso creativo intervienen las estructuras, las infraestructuras, el nivel general, las exigencias de mercado, las escuelas, los circuitos, el público como elemento imprescindible para la aceptación de unos u otros.

Dicho de otro modo, las políticas teatrales, la implicación de la sociedad en forma de tejido que arropa previa y posteriormente a lo que se ofrece, las escuelas y su rigor formativo, el entorno audiovisual, inciden de una manera muy importante en la posibilidad real de lograr un buen número de actores talentosos y suficientemente preparados, de un buen puñado de directores que parten de una formación teórica adecuada y de una práctica extensa, lo que les permite conjugar el oficio con la búsqueda, y así sucesivamente podríamos ir desmenuzando la nómina de dramaturgos, escenógrafos, iluminadores, que logran en su conjunto transmitir una imagen de marca, que tienen un valor añadido pero que además, se comprueba en todas las propuestas, desde las institucionales, a las más independientes, tienen un nivel medio de calidad incuestionable.

¿Hay más talento genético en esos lugares que en otros de la Tierra? Indudablemente no, lo que hay en esas tierras mencionadas, al igual que en otros puntos de Europa, es una relación con el teatro que existe desde siempre, que hace que desde niño se sienta el teatro como algo propio, en donde existe el mayor número de grupos aficionados de todos los estilos, categorías y edades, lo que proporciona un fluido de conexión, un vertido constante de intenciones y vocaciones, contacto real con el teatro, no como un simple entretenimiento, que también, sino como algo que se hace, que se tiene a un primo, a una hermana, un novio que lo practica, que después se va transformando esa vocación de manera sencilla por todas las edades y que acaban convirtiéndose en espectadores con conocimiento, aficionados, no simples espectadores que reaccionan a los impulsos del mercado.

Y, sobre todo, un tejido formativo serio, que lleva décadas transmitiendo conocimientos, afianzando una profesión desde el rigor, proporcionando las herramientas adecuadas a quienes quieren formarse, y ello se nota, porque se van acumulando signos positivos, que ayudan al crecimiento individual y colectivo. Mejorable, porque todo es mejorable, pero persistente, radial, sin concesiones, buscando siempre la excelencia, pero colocados a pie de obra y en colaboración constante con el teatro que realmente se hace, tanto institucional como privado.

En paralelo la apuesta televisiva de crear una suerte de sistema de estrellas propio, pero donde han partido de guiones de los más grandes dramaturgos catalanes, donde se ha tratado a los actores con dignidad y han logrado asentar una profesión con unos niveles europeos, pero sin agobiar, lo que ha permitido la cohabitación entre tele y teatro, y todos han salido beneficiados. Todos estos elementos juntos han hecho que la realidad del teatro catalán, sea la que es. Hay que copiar lo que sea objetivo, analizar lo que es subjetivo o fruto de su circunstancia política identitaria, y aplaudir que exista un teatro muy diverso, con públicos apasionados y entregados.

Cada año, en Manacor, recibo este mensaje. Quería reproducirlo, porque me parece importante para entender ciertas cosas. Para no desaprovechar el talento en nimiedades, para exigir políticas teatrales favorecedoras del conjunto, y no solamente del comercio. El talento existe, está latente, simplemente necesita encontrara los cauces para su canalización, las condiciones para su mejor desarrollo. No se compra ni se vende. ¿Queda claro? No es solamente cuestión de dinero. El tiempo y la implicación social son tan importantes o más.

 

 

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