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Vie, Abr

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Es difícil recordar una dimisión en los últimos tiempos, o sea, desde las elecciones de 1977, dentro de los asuntos institucionales dedicados a las artes escénicas. Si abrimos el diapasón, en instituciones culturales sí que han existido personas que han colocado por delante la dignidad de su función, de su labor, incluso de su cargo, que el sueldo extra  y el coche oficial, si tocaba. Pero en los teatrales y dancísticos hasta Nacho Duato, que lo único que hizo fue adelantarse a un vergonzoso cese, es como si con el nombramiento para desempañar cualquier cargo, se firmara una cláusula que prohibiera dimitir. Y miren ustedes que existen motivos múltiples para que una o varias de estas personas hubieran tenido ese gesto dignificante.

Se puede dimitir por muchas causas. Por mala gestión. Por errores varios. O por no lograr los objetivos planteados. Formulada así la frase, estamos hablando de un imposible. Nadie acepta una mala gestión, sino que siempre se echa la culpa al empedrado. Errores no los comete un gestor ni queriendo, tienen la protección de los dioses. Son siempre malas interpretaciones o insidias de los envidiosos. Y lo de no lograr los objetivos planteados, es metafísicamente improbable: no existen objetivos. Existe remodelación del lugar adonde se llega, colocación de amigos y/o familiares de primera línea, quitar a quienes puedan tener ideas y objetivos, y empezar a dejarse llevar por la rutina, las reuniones donde lo único que se trata es de preparar la próxima reunión, la negociación presupuestaria, y pocas cosas más.

También se puede dimitir por considerar que los jefes orgánicos y presupuestarios, no cumplen con los compromisos adquiridos. En este punto es en el que estamos actualmente. En un gran número de unidades de producción institucional, teatros y auditorios de titularidad pública, existen funcionarios que han logrado la plaza por una oposición o concurso. Ahí tenemos un problema, la sociedad en general, no ellos, ya que lo único que sucede es que si no existe presupuesto, no existe actividad y se pueden plantear la amortización de la plaza. Pero la realidad es que en muchísimos de los casos, quienes programan o gestionan espacios públicos, también hacen otras actividades dentro de una laxa interpretación de la cultura, como pueden ser los festejos patronales. Por poner un ejemplo. En estos caso, es un decisión política, un acomodo a las circunstancias, poco más margen queda, y también existe la posibilidad de dimitir de algunas de las funciones con argumentaciones de peso, o pedir un traslado.

Pero existen también contrataciones digitales, para dirigir teatros, festivales, instituciones, y es ahí donde la posibilidad de la dimisión entra, para quienes vemos la vida desde cierto prisma, como una probabilidad para no convertirse en cómplice de un deterioro. En utilizar la dimisión como denuncia de una situación, y como manera de proteger su propia profesionalidad, su currículum. Porque no se puede hacer lo mismo con un presupuesto, que con otro mucho menor. Y si se van bajando las dotaciones y se sigue haciendo lo mismo o parecido, se está haciendo a costa de rebajar o la calidad o los servicios, o por aprovechar la debilidad de la parte contratada. Probablemente cunde la idea de hacer lo mismo con menos, que es nefasta. O de hacer todo lo posible para que no se note, que es camuflar una realidad.

Es posible que se entienda que dimitir es dar una muestra de debilidad, que es una renuncia de cobardes, cuando yo entiendo justamente lo contrario, que es un ejercicio muy sano, que ayuda a concienciar a la población, a generar un espíritu ético por encima de sueldos, prebendas, coyunturas y connivencias. Y se puede y debe dimitir desde lo contractual, lo funcionarial y lo político. Yo espero dimisiones en Asturias. Pero llega Isabel Pantoja como jefa de dependientas del Zara-La Laboral y la imagen de la corrupción se eleva por encima de cualquier otra posibilidad interpretativa de tamaño desafío reaccionario. ¡Toma Moreno!

 

 

La fotografía ha salido movida y debemos repetirla hasta que podamos identificar a todos. Los que salen y los que faltan. Los que están desenfocados y los que tienen el foco saturándolos. Todos atentos al pajarito porque cualquier día de estos pasarán revista y quienes no aparezcan sonrientes, pueden ser rechazados del paraíso. Así que mucho cuidado no sea que quedemos plasmados para la posteridad en actitud poco correcta, demasiado entregados a un dios menor llamado mercado, que nos está abandonando antes de haber llegado a bendecirnos.

Los pajaritos pueden aparecer por cualquier lado. Pueden aparecer también pájaros de mal agüero, buitres que acudan a darse un festín con los despojos. También pueden aparecer los cucos, colocando los huevos en los nidos ajenos, y hasta los que vengan a robar los polluelos para pintarlos y camuflarlos como aguiluchos, o si interesa en gallináceos o en simples gorriones que vienen a tu ventana a cantarte las mañanitas, o como le sucedió a Roberta Carrieri que estaba dando la semana pasada en Holstebro, dentro del Odin Week Festival, una demostración de su trabajo, y lo hacía a partir de la escena final de ‘Casa de Muñecas’, y explicaba cómo había afrontado ella la actitud de Norma en ese final que inaugura un tiempo teatral, dramatúrgico en el que la mujer se hace dueña de su propio destino. Le preguntaban los alumnos cuestiones técnicas y en un momento dado se le inquirió sobre la influencia del estado de ánimo personal, en el trabajo de creación de un personaje, en la misma actuación.

Contestó sobre su situación personal, con su marido Torger Wethal fallecido hace unas pocas semanas, y que ella era capaz de deslindar sus sentimientos y los de su personaje, pero que sabía que él estaba en algún lado junto a ella, y en ese momento apareció un pajarillo dando saltitos, salió de detrás del telón de fondo, recorrió unos diez metros acercándose a las gradas donde estaban los asistentes, parecía contemplar la escena con alegría. Entonces Roberta se percató de la situación y le empezó hablar, a solicitarle que la dejara trabajar, y el pajarito, como si entendiera, fue retrocediendo, hasta hacer mutis por el foro, sin volar, como si fuera una alegoría, una presencia de lo que se estaba hablando. Momentos mágicos. Contagio de un estado de ánimo compartido.

Porque hay que decirlo rápido: existe otro modelo de producción, de ser artista, de hacer teatro, de afrontar la creación, la relación con los públicos. No todo es entretenimiento, porcentajes de ocupación, espectáculos de masas, contratos, fama, proyección mediática. Existe el amor al trabajo, a la investigación, a buscar en el propio cuerpo, en la propia mente, las posibilidades de la actuación, las relaciones entre lo que se cuenta y quién lo recibe. Y cómo lo recibe. Existe una manera de convertir la profesión, el oficio, en algo más que una forma de supervivencia. En vez de vivir del teatro, vivir para el teatro. Y dentro de esta entrega, disfrutar, viajar hasta los confines de lo reconocible, de lo posible. Y no dejarse llevar por el conformismo, ni por la rutina. La vida hecha teatro. El teatro hecho vida. Y la trascendencia se encuentra en convertir cada representación en un encuentro casi espiritual, pero realizado a través de lo físico, del movimiento, de la voz, las imágenes, la gestualidad limpia de retórica, siempre funcional, siempre orgánica, o enmarcada en una teatralidad más allá de lo superficial, en el territorio de la poética.

Atentos al pajarito, porque en la foto se puede buscar otra postura, otro rictus. Podemos quedarnos en esta foto fija de la ausencia de compromiso, de entrega a unas nociones infectadas de intrascendencia, o nos colocamos en la única insurgencia posible: la de mostrar una respuesta directa a la baratija teatral y cultural y entregar todos nuestros esfuerzos a encontrar una manera propia de expresión, fiel a nuestro ideario, pensando en la emoción que va más allá de lo tangible. Será entonces cuando en cualquier ensayo, entrenamiento, lectura, aparecerá el pajarito que traerá noticias de la bondad de la existencia, del arte, de la belleza y el valor del teatro sobre todas las cosas.

 

 

A veces migramos a ese mundo llamado Facebook en donde encontramos noticias, debates, comunicaciones, avisos, confirmaciones y reafirmaciones. Estos últimos días hemos estado muy preocupados con lo que ha sucedido en La Laboral de Gijón. Para quien no lo sepa, lo resumo telegráficamente. Este proyecto nacido como un auténtico faro de la modernidad, de las vanguardias escénicas, manejando unos presupuestos directamente del gobierno asturiano, suficientes para plantearse acciones de clara tendencia rompedora. Tuvo contestación profesional y política. Como siempre, las diferencias se siente como discriminaciones y crean agravios. Por razones no claramente explicadas este año se decidió no renovar a Mateo Feijoo que estuvo al frente desde sus inicios, y a los pocos meses, y ahí está el gravísimo problema, se nos presenta la programación de este espacio que ha quedado en manos de una de las empresas de José Luis Moreno, el famoso productor televisivo.

Parece ser que hubo un concurso público, y ganó esta oferta. Las argumentaciones dadas por el responsable político de esta decisión son, precisamente, las que causan pavor, o como escribió en Facebook un programador, “¡Qué miedo!”, porque se trata de volver a las argucias mecánicas, ideológicamente neo-liberales, con un único objetivo: que tengan elevados porcentajes de ocupación. Es decir, se trata de darle la vuelta al calcetín, de hacer justo lo contrario de lo que se proclamó en su inauguración, y con una mentalidad absolutamente mercantilista, se propone una programación comercial, de bajo nivel artístico, para que acudan los públicos que, a ni entender, ya tienen en el Principado, en Gijón y en otras ciudades, la oferta adecuada a esos intereses de ver teatro de entretenimiento, con repartos encabezados por famosos, sin compromiso estético. Lo que se abandona es lo que no existía, la manera más lógica de crear nuevos públicos. Y lo que, desgraciadamente, no existirá nunca más, tras esta mala decisión.

Me imagino que el miedo que siente MAV, es porque estas argumentaciones son demoledoras, vienen de un miembro de un gobierno formado por un partido de centro-izquierda, y demuestra la falta absoluta de criterios, la manera casual, frívola u oportunista con la que se emprenden remodelaciones, proyectos, para después, en el nombre de la falta de presupuesto y de la necesidad de elevar los porcentajes de ocupación, aunque sea empleando terminología demagógica, dar pasos hacia atrás, hacia la nada, hacia lo de siempre.

Estaría muy bien analizar, sin crispaciones, sin personalismos, sin sentirse nadie vejado, ni ninguneado sobre lo que fue el proyecto inicial de La Laboral. Podríamos empezar por pensar en que una sala de setecientas butacas es una anacronismo, es algo obsoleto, a-histórico y, sobre todo, poco apetecible para ver y practicar el teatro en las condiciones adecuadas, especialmente si hablamos de propuestas que exigen cercanía, contacto, participación, diferentes visuales y colocación de los públicos y todos esos conceptos que conllevan las artes escénicas y performativas actuales.

Incluso podríamos analizar la manera en la que se inició y donde probablemente hubo un distanciamiento con la realidad teatral de Asturias, y que si se hubiera buscado desde el principio mayores complicidades, implicaciones de la gente del teatro asturiano, consensos, participación en los programas, en detectar las necesidades más perentorias para un mejor desarrollo del mismo, hubiera tenido mayor calado y probablemente sería ahora mismo muy difícil para ningún político tomar las decisiones que están tomando. Todo esto, cuando se quiera, es necesario que se analice, que se realice una crítica desde todos los puntos de vista, económico, social, político, artístico, que ayude a sentar bases para situaciones similares futuras, si es que eso pude suceder alguna vez más a partir de estos momentos.

Es más, los procesos para que los espectadores, es decir una parte de la ciudadanía, vaya aceptando ciertos lenguajes no se logra ni por campañas publicitarias, ni por acciones mediáticas, sino que debe ser algo gradual, una especie de iniciación que debe poseer una planificación, una dosificación que ayude a crear unas nuevas convenciones escénicas, eso tan obvio: nuevos públicos. Probablemente espectáculos con lenguajes muy actuales colocados sin un buen estudio estratégico, causen más rechazo que adhesiones. Todo esto es de lo que se debería hablar, para establecer planes más positivos y viables. Todo menos lo que ha sucedido.

Porque lo que ha sucedido es una renuncia, es abortar el futuro, es una estafa, un engaño, quizás una manifestación extrema de un fracaso, porque la inversión realizada no fue para hacer una sala comercial nueva, sino para abrir ventanas a lo nuevo, a lo no habitual. Y en ese sentido era ejemplar, era una esperanza y empezaba a ser una referencia estatal y europea. Ahora mismo se ha convertido también en ejemplar y ejemplarizante, pero en el sentido contrario, casi vergonzante: vamos hacia la nada, hacia el desconcierto.

En vez de ir a la contra, de llorar, de quejarnos, yo pregunto a los presentes: ¿no ha llegado el momento de dejarse de zarandajas y pensar en buscar las vías legales para acceder a la gestión de estas y otras salas infrautilizadas o mal utilizadas, por parte de colectivos, individuos, compañías que tengan proyectos y energías para llevarlo a buen término? Dejarlas en manos de los de siempre es una renuncia impresentable que la historia nos reclamará. Confieso: no siento ni pizca de miedo. Pena. Mucha pena. Rabia. Ganas de hacer.

 

 

 

El parte oficial asegura que el paciente está estabilizado dentro de la gravedad. Pero la realidad es que se está desangrando por muy pequeñas heridas que no tienen visos de cicatrizar. Este paciente del que hablamos se llama en ciertos lugares Cultura y en otros Artes Escénicas y en algunas instancias se desmenuza un poco más y definen sintomatologías diferentes según sea teatro, danza, cine, música, y así hasta el último suspiro. Si aceptamos que tenemos un paciente, ¿sabemos el diagnóstico? ¿tenemos algún protocolo universal para vacunarse? Para resumir: ¿Existe futuro?

A estas alturas del año, lo normal es que se estén preparando los presupuestos para el siguiente ejercicio. En el ámbito de municipios y comunidades autónomas, además, llegan elecciones. ¿Cómo es posible que estén tan inmovilizados los presupuestos del año siguiente en la mayoría de los municipios? ¿Con qué tiempo podrán trabajar los programadores para ir cerrando sus ofertas de arte y cultura en vivo? Las elecciones son en junio, ¿significa que podemos pensar que seguramente habrá programación, o presupuesto, para el primer semestre y el segundo será el ocaso general? Las leyes generales impiden a los ayuntamientos tomar decisiones de endeudamiento por encima de unos puntos concretos, no se van a permitir excesos, pero lo que parece más terrible es que no se están cumpliendo con las previsiones de ingresos en la mayoría de municipios, lo que significa que existe un desajuste que o bien se tapa con los ahorros, donde existan, o bien se trata de una deuda viva que no figura oficialmente, pero que es un dinero que se debe y deberá ser pagado en el futuro, ¿con cargo a qué presupuesto? Y esta pregunta viene porque hay ayuntamientos que están pagandos facturas de hace dos años con el presupuesto de este, lo que hace ir aumentando el agujero negro, las demoras, el pánico.

Si los municipios están en este apagón presupuestario, y significan el grueso del intercambio, de la exhibición, del negocio, de la contratación, ¿cómo puede estar el resto del sector? ¿Qué va a suceder con grupos, compañías, productoras, distribuidores, revistas especializadas, empresas de servicios técnicos y otros gremios que dependen directamente de la actividad habitual o la excepcional como son festivales, muestras y demás? Una vez más remachamos en la obviedad: la producción actual, realizada con ayudas o subvenciones, está muy por encima de la capacidad de absorción de la exhibición. Esta situación de sobreproducción no es nueva, existía hace cinco años o quizás diez, pero en estos momentos, las condiciones que en general se requieren para producir una obra, en la que se además de lo recibido por las instituciones como ayuda se debe completar el presupuesto con las aportaciones propias, es inviable, ya que el porcentaje de montajes que no tienen recorrido por los escenarios, es decir que no tienen actuaciones y por lo tanto no pueden recuperar la inversión ni mantener la infraestructura, por mínima que sea, crece de manera desesperante y nos coloca ante una realidad muy cruda que no tiene fácil solución, ni siquiera con la probable concentración temporal o definitiva de pequeñas empresas.

Agotamiento, cansancio, inviabilidad, necesidades económicas perentorias, situaciones de riesgo de quiebra, créditos que vencen, desilusión. Cada semana llegan noticias de la desaparición de una compañía, del cierre técnico de otra, de colocar en la nevera a otra. En el campo de las revistas especializadas, sean gratuitas o no, también se van proyectos que han sido importantes durante doce años pero que la situación de falta de publicidad les lleva al cierre. Toda una sintomatología que no se puede resolver con tiritas, ni con paracetamol. Se está desangrando por falta de criterios, por andar sin definir quién, cómo, cuántos, dónde, por qué, para qué existen los edificios dedicados a la cultura al alcance de todos, por no tener ni leyes y ni ordenanzas suficientemente claras y vinculantes que hablen de la función de los teatros y salas de titularidad pública, su financiación, sus contenidos. Por lo tanto estamos ante un caos que por no tener no tiene ni un plan medianamente a seguir y tampoco se puede decir que se apueste por un modelo neo-liberal absoluto, ni por uno a la europea de excepcionalidad cultural y de dotación económica suficiente a todo lo que significa Cultura. Y para ayudar a la confusión tenemos la empanada constitucional-estatutaria, la Gran Mentira de las unidades de producción del INAEM, las gesticulaciones institucionales miméticas i desperdigados por las autonomías.

Me sigue rondando por la cabeza una pregunta que me hizo hace unas semanas Santiago Sánchez, director de L’Om-Imprebís: “¿no te parece que están intentando llevarnos hacia un territorio de semi-profesionalidad, de aficionados?” Sigo rumiando. Mi respuesta automática es que no, que no se busca eso, que si se produce será involuntariamente, porque no considero que se trate de un plan secreto de nadie. Por no tener, no tienen, a mi juicio, ni capacidad para idear algo así los actuales responsables de estos asuntos en todo el tinglado institucional. Pero quizás debamos pensar sobre esta posibilidad, no desde la paranoia, sino desde el análisis de los hechos. Porque si tiene plumas y hace cuá cuá, a lo mejor es un pato.

Nos desangramos, vamos perdiendo capital humano, reflejos, proyección: ¿hay futuro?

 

 

 

 

Cuando las estructuras del Estado, aunque sean desde la parte más débil como puede ser un Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, INAEM, se utilizan al servicio de alguno de los que circunstancialmente están al frente de alguna de estas instituciones para salvar la imagen del titular, en este caso el titular del INAEM, después de haber realizado una de las gestiones más deplorables de una crisis interna, solamente nos queda que empezar a contar telediarios a la espera de su destitución.

Para tapar las vergüenzas del empujoncito dado a la salida de Nacho Duato de la Compañía Nacional de Danza, al actual equipo de INAEM no se le ocurrió otra cosa que montar una rueda de prensa para anunciar la creación del Centro Nacional de Difusión Musical, un nuevo aparato institucional, una estructura funcionarial pesada y medio improvisada para control y ralentización de las actividades musicales realmente existentes, y de paso dar cuenta del nombramiento al frente del mismo, de una persona a la que no le vamos a negar absolutamente nada de sus posibles capacidades para hacer eso que dicen que va a hacer ese lugar mágico, pero está claro que forma parte de ese círculo sospechoso alrededor de los actuales dirigentes, diríamos que una familia muy unida, que van recorriendo los puntos de mayor poder de decisión en el organigrama ministerial en el campo de las artes escénicas y musicales.

Este tipo de acciones, anuncios sin tener solucionado casi nada, esa manera de hacer ver que se hacen cosas, es un síntoma muy conocido, que tiene rasgos de una patología que nos anuncia que el delirio se ha apoderado de ese Ministerio que a fuerza de errores se va a convertir en algo que popularmente se va a solicitar su supresión ya que no entienden ni de lo que realmente sucede, ni tiene previsiones de futuro, ni siquiera se dan cuenta del engranaje constitucional y estatutario en el que deberían moverse sus decisiones. Por eso, aplaudimos la llamada de atención lanzada desde Catalunya solicitando un “Concierto Cultural”, además del tan conocido concierto económico, cuestión que prometemos estudiar y comentar, porque es algo crucial para el futuro inmediato.

Y todo porque Nacho Duato ha sido nombrado director del Ballet del Teatro Mijaivlosky de San Petersburgo, es decir que la salida forzada de Duato de la CND, ha propiciando un deterioro absoluto del patrimonio real de la danza en el conjunto del Estado español, porque si se debe cuestionar que alguien esté veinte años al frente de una Compañía Nacional, cosa que apoyamos, lo que ha de hacerse es negociar, buscar salidas honrosas para todas las partes y procurar no llevar a la danza española a un punto, veinte años atrás. Que es lo que va a suceder. Porque, se debe recordar, el señor Duato renovaba contratos con los ministerios con diferentes titulares y de los dos partidos estatales predominantes.

Nacho Duato ha dado mucho a la danza española, y ha recibido mucho del Estado español. Yo diría que está balanceada la cuenta de resultados, pero lo que ha hecho mal, muy mal, rematadamente mal el actual director general, es llevar la histeria a una decisión de Estado, el intentar convertir a Nacho Duato en un problema, cuando era un bien común. Uno ha sentido a lo largo de estos últimos meses como si fuera un asunto personal del señor Palomero y no una decisión estructural. La salida de Duato ha sido forzada, por la puerta de atrás y, como todos sabíamos, menos el señor Palomero y familia, al parecer, es que este coreógrafo y bailarín, tiene bastante más cachet que todo el INAEM junto, y que ha podido elegir su lugar de destino, a donde se llevará sus coreografías y probablemente a algún bailarín, descapitalizando lo poco bueno que tenían las unidades de producción del INAEM, con una proyección internacional destacada y logrando llenar los teatros de todo el Estado español, cosa que solamente sucede, cuando se trata de los trabajos de Nacho Duato.

Puede que la cara de Nacho Duato en la rueda de prensa de presentación de su nuevo proyecto ruso esté sobreactuada, que cuando dice que “no volveré nunca más a España a bailar”, se refiere a que no quiere tratar con esos mediocres con poder limitado del, ahora sí lo escribo con razón “INANE”, que su experiencia no ha sido mala, sino muy buena, pero se entiende que sienta un resquemor muy grande. Veinte años de crecimiento, éxito, giras mundiales, reconocimientos internacionales, no se merecían un director general tan corto de miras amparado en una de las peores cosas que le ha pasado al Ministerio de Cultura, su actual titular. El efecto Duato no ha hecho nada más que empezar. Y una cosa es clara, a los actuales ocupantes del INANE no les gusta la danza. Yo diría que ni la música: solamente el Poder y el futuro de su familia.

 

 

 

Cuando uno atraviesa polígonos industriales, barrios del centro o de las periferias de las ciudades, en la montaña o en la costa, encuentra una decoración extra en muchas fachadas, unos carteles que dicen: se vende o alquila. Es un síntoma. Dentro de esas casas, pisos, almacenes o lonjas había hasta hace meses vidas, ilusiones, sueños, esperanzas, familias o empresas. La proliferación de esos carteles, de particulares o de agencias inmobiliarias, planos o con colores fosforescentes, nos remiten a una desolación, a una inquietud, una incertidumbre, quizás a la constatación de una sintomatología de una enfermedad que se agrava.

¿Llegará un día que se coloquen estos carteles en los cientos de salas, teatros y locales habilitados de los ayuntamientos? Mirado desde la perspectiva de las Artes Escénicas, es decir de los que amamos la cultura expresada en vivo y en directo, la situación está mal, pero tenemos una suerte extraña producto de una desgracia ajena: la crisis en la exhibición del cine es más grave, estructural y sin signos de reducirse, por ello, todavía, quedan en la titularidad y la gestión pública, muchísimas de estas nuevas salas, de estos nuevos teatros que florecieron en el boom inmobiliario y que se construyeron, en demasiadas ocasiones, no por una motivación de necesidad objetiva, calibrada y con miras al futuro, o sea, que parece ha sido hasta ahora bastante fácil construir un edifico, dotarlo de las infraestructuras de funcionamiento mínimas, pero lo realmente complicado es el funcionamiento diario, su contenido, y ahí es donde entramos en territorio peliagudo actualmente.

Decía, que si el cine funcionase como hace dos décadas, esas salas “echarían” películas comerciales, tendrían convenios, cesiones con las distribuidoras y de esa manera se aliviaría el coste del mantenimiento. Sin esta posibilidad, se buscan otras maneras de encontrara ingresos atípicos, y ahí entra el alquiler. Es decir, muchos de nuestros emblemáticos coliseos, teatros referenciales, están en alquiler, y si llega una emisora de radio, un concesionario de coches, una marca de productos de peluquería o una productora de televisión, son bien recibidos, siempre que paguen el alquiler y los gastos. Y aquí se nos abre otra casilla dudosa: ¿no es una manera de privatizar lo público?

En la mayoría de las ocasiones los ingresos por estos alquileres no se traduce posteriormente en recursos para programar, sino que engrosan las arcas municipales generales, que a través de los presupuestos difiere unas cantidades básicas: el capitulo uno, es decir el personal fijo, funcionarial o laboral, y el mantenimiento imprescindible. Las cantidades para la programación propia son cada vez más escasas. La ansiedad, la necesidad, el desbarajuste actual lleva a que en algunos lugares no es que se haga programación a porcentajes de taquilla, una manera que dentro de lo que cabe tiene algún sentido, sino que también se alquilan las salas para programar espectáculos de teatro. Empresas, productoras, compañías o grupos optan por esta fórmula. Y ahí vemos una gran trampa, una grieta que se convertirá en un sima en el futuro.

Si los concejales, y políticos en general, ven que sus teatros siguen funcionando, incluso con más actividad que antes, con los alquileres y con la iniciativa privada, ¿por qué van a aportar recursos económicos públicos de aquí en adelante? Si nadie les presiona ni social, ni política, ni sindicalmente, si hagan lo que hagan con estos edificios, no reciben críticas, ni ven mermadas sus posibilidades electorales, ¿quién nos dice que por la vía de los hechos consumados no se ha terminado con el modelo cultural existente? Las actuales programaciones están muy mediatizadas, muy dependientes, incluso fruto de un obvio oligopolio, pero si la programación es externa, es decir solamente para quien puede o quiere alquilar, el desastre será total.

Otro tipo de alquileres: el INAEM (El otro día en una de esas jugarretas del corrector de textos se me escribió INANE y quizás sea la definición más acertada en estos momentos), sabe mucho de alquileres, pero al revés: con el dinero público, alquila a la empresa privada teatros. Lo más escandaloso es lo del Teatro de la Comedia de Madrid, en alquiler durante décadas, hasta que por fin se compra, para inmediatamente cerrarlo, dicen que para restaurarlo, y al minuto siguiente volver a alquilar el Teatro Pavón, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Y todo esto, claro está, sucede en un lugar del globo terráqueo: Madrid. Pero eso sí, con los recursos económicos de todos los ciudadanos del Estado español.

Alguien debería pedir explicaciones por estos alquileres, por estos, aparentemente, despilfarros o, cuando menos, gestiones cuestionables. Al gobierno central, a los autonómicos, provinciales y locales. En cada lugar se hace lo que les da la gana a cada responsable, sin apenas control, y sospechamos que, sin entrar en asuntos que puedan rozar la mala gestión consciente y con ánimo de lucro desenfocado, no se cumplen los objetivos, ni está equilibrado el gasto con su repercusión socio-cultural. La Cultura es un bien común, y su gestión pública debe pasar los mismos filtros de transparencia que cualquier otra actividad. Un edificio cultural vacío, cerrado, en alquiler, al albur de la oferta y la demanda más obtusa es un fracaso colectivo.

 

 

 

El fútbol lo invade todo. Es una suerte de mancha aceitosa que todo lo va impregnando. Los políticos utilizan frases hechas del mundo del fútbol. La cultura ha estado siempre en la dicotomía: los futboleros confesos y los anti fútbol como principio ideológico. Hablamos de cultura de masas, de opio del pueblo, de épica, de drama, de asuntos identitarios. Se habla de todo, a la vez, aumentando la confusión general, generando un estadio de adhesiones inquebrantables, de proyecciones socio-políticas, de transformación de energías deportivas en puntos de aumento en el PIB. Se dice que el Campeonato del Mundo aporta al país cuya selección lo gana, un aumento de hasta el 0,7% del PIB. Se habla, en estos momentos en los medios de comunicación mucho sobre la marca España debido al éxito de los futbolistas.

Uno que es futbolero practicante, lleva años buscando alguna manera de sacar provecho de todo cuanto se mueve alrededor del fútbol y siempre parto de la misma pregunta: ¿Podrían las Artes Escénicas adoptar alguna de las estrategias del mundo del fútbol para superar estados de crisis o para mejorar sus relaciones con los espectadores? Una cosa parece obvia: en esta sociedad capitalista, los números mandan, y por muchas razones que son bastante fáciles de detectar, el fútbol es el gran negocio televisivo, periodístico, genera imagen, mueve ingentes cantidades de dinero y todo ello crea las sinergias precisas para que siga aumentando globalmente el interés por este deporte convertido, principalmente, en un espectáculo televisivo, pero al que, no nos olvidemos, van a presenciarlo en directo en los campos de fútbol cientos de miles de aficionados y pagando unos precios por las localidades que duplican o triplican el de cualquier entrada para ver espectáculos en los escenarios.

Hay algo que parece muy obvio: si los medios de comunicación insistieran cada día, cada hora, cada segundo en miles de formatos, sobre lo que acontece en el teatro local, regional, estatal, y mundial, probablemente se generarían públicos. Y si nos fijamos un poco, así funciona la parte comercial del teatro: al estar protagonizadas las obras, sean del valor artístico que sean, por famosas y actores de televisión, los medios de comunicación, por una atracción fatal, o por unos intereses comerciales obvios, le prestan una atención que genera el conocimiento de un mayor número de posibles espectadores de la presencia de esa obra, lo que se convierte en unas mejores entadas que a la vez satisface a todo el entramado y consideran que la inversión pública ha cumplido sus objetivos porque ha llegado a un número de espectadores relativamente elevado.

Si siguiéramos en este discurso comercial, que es el predominante en las redes actuales, ¿cómo se podría implementar la afición? Seguramente con planes y convenios con los medios de comunicación, para que se trate con la relevancia necesaria las actividades teatrales en su conjunto. Pero esta misión parece una batalla perdida, ha ganado la desafección, y los medios, con sus crisis económicas, sus recortes de personal y paginación, se perfilan como servidores únicamente de lo que puede generar más lectores o más anunciantes, y en eso la Cultura en general, y las Artes Escénicas en particular, no están al día de hoy con posibilidades de competir.

Y menos lo estarán porque las publicaciones periódicas dedicadas a ello han quedado todavía más desamparadas al excluir el INAEM las ayudas a las mismas, porque en los recortes presupuestarios, siguiendo unos criterios que deberían analizarse con mayor detenimiento, los primeros hachazos han sido en publicidad externa, porque al haber menos programación hay menos hábito, y a la vez, el posible espectador si se ve afectado por la crisis, recorta también en gastos que considera superfluos, o prescindibles, como es el ir al teatro, o al menos baja su frecuencia de asistencia

El fútbol, al igual que la iglesia católica, tiene muy bien delimitado sus categorías. Y si solamente hay una catedral por zona, unas iglesias por barrios y ermitas por villas, en el fútbol la estratificación por categorías es absolutamente clara, y se sabe dónde están los profesionales y donde las categorías que pueden servir de aprendizaje. Y algo muy importante, pese a la convulsión social, existen muchos jóvenes de ambos sexos que se entrenan varios días a la semana y que juegan regularmente los fines de semana y lo hacen de manera voluntaria, amateur, y desde ahí puede ir subiendo de categorías, si tienen talento, suerte o intención de dedicarse a ello. Quizás, para copiar algo de estas estructuras, lo mejor sería prestar la atención necesaria al teatro amateur, que es, una manera muy divertida, formativa, cultural, de usar el tiempo libre; un lugar donde despertar vocaciones y, lo más importante, una inmejorable escuela de espectadores y de lectores de teatro.

Aunque estemos en la prórroga de un parido que seguramente lo vamos a perder, porque las noticias que nos llegan son cada vez más pesimistas, intentemos que dentro de la reorganización imprescindible, pensar en crear algo con fuertes bases y no malgastemos tiempo y dinero en repetir los mismos esquemas que nos han llevado a este no lugar, a este territorio abonado para que todo lo ganado en las últimas décadas se vaya por el sumidero de la falta de legislación que amparen la enseñanza y la práctica de las Artes Escénicas, desde las bases hasta las grades compañías. El teatro, la danza, la música son tan importantes y cohesionan igual o más que el fútbol. Por eso no se pueden dejar en manos exclusivamente de funcionarios con muy poco poso cultural mandados por políticos muy cortos de miras.

 

 

 

El Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami cumple veinticinco hermosos años de existencia, en esta edición con México como país homenajeado, y como es habitual, además de la exhibición de espectáculos, con una parte de la programación  formada por trabajos mexicanos, al igual que se reconocía la trayectoría de José Solé, el gran director, por toda una vida prolífica y extensa dedicada al teatro, se celebró como es habitual en esta cita un encuentro con investigadores, estudiosos de los asuntos teatrales latinoamericanos, por lo que tuvimos la oportunidad de escuchar brillantes intervenciones sobre aspectos muy variados de la creación teatral latinoamericana.

Por decirlo de alguna manera, la academia, la investigación desde a filología o desde las humanidades, mete su lupa en la actividad teatral y en ocasiones la mixtifica y en otras le añade una capacidad de trasformación social que parece sustentarse no en un análisis de la realidad, sino de la ideación casi subliminal de lo que pudo haber sido y probablemente lo sea, pero casi nunca, a nuestro entender, en esa magnitud de incidencia ni social, ni política, ni artística y en ocasiones, desgraciadamente, ni teatral que se intenta transmitir de manera optimista.

Al ser México y sus dramaturgias el principal centro de inspiración, tuvimos la oportunidad de constatar el gran nivel artístico general, la variedad de propuestas, la cantidad de producciones, el movimiento teatral arrollador, que se detecta en la gran cantidad de instituciones dedicadas a la formación, y no solamente en D.F. sino en todos los Estados de la República, el nivel de los estudios universitarios, la enorme producción editorial tanto de textos teatrales, como de líneas de investigación y teoría.

En el terreno concreto de las intervenciones, destacar la gran agudeza de algunas de las ponencias y, por encima de todo, nos pareció importante la incidencia, casi constante, en acercarse al feminicidio existente, que se representa y se focaliza informativamente en Ciudad Juárez, y las diferentes formas en las que desde el teatro se ha abordado este lacerante asunto, que como se puede comprender no es una exclusividad mexicana, sino que es allí donde esa lacra ha salido a la luz, se ha convertido en un asunto de conocimiento general. Las artes escénicas, desde diversas sensibilidades, ha afrontado este doloroso goteo de asesinatos, con la intención de lograr o la catarsis o la objetivación de algo que las sociedades parecen no querer afrontar de cara y se necesita del arte para encontrar otras miradas. Este es un asunto al que se debe prestar más atención, y desde la escena, cuidarse muy mucho en no caer en morbosidad o complicidades invisibles.

Conforme a uno se le acumulan horas de encuentros, sin perder un ápice de una necesidad voraz por aprender escuchando a los demás, intentar comprender lo que puede ser el teatro, desde muchos puntos de vista, ya sea partiendo de un presupuesto muy analítico, utilizando lenguajes aparentemente muy doctos, con muchas citas que parece ser la manera de auto avalar sus discursos, o sus simples apreciaciones sobre una obra concreta, empieza a resentirse mi capacidad de dar por aceptable cualquier actitud sobre el Teatro, y en estos momentos en los que podríamos asegurar que existe una confusión, quizás una falta de criterios, o liderazgos preeminentes sobre alguna corriente estética, sobre alguna formulación teórica que inspire a una mayoría, lo que se debe hacer desde la postura académica es aportar luz. Mucha luz. Toda la luz que se pueda para poder discernir, para detectar todo aquello que es sustancial y lo que es un excipiente. Y, con cierta frustración, hemos detectado últimamente una especie de búsqueda de una oscuridad a base de la utilización de un lenguaje barroco que aparenta ser científico, que evoca a la filosofía, pero que enturbia, o para ponernos en contexto mexicano, parecen que hablen como Cantinflas.

Esperemos que sea una sintomatología de algo pasajero. Bueno será que llamemos al pan, pan y no un producto comestible elaborado con harinas de cereales y el líquido elemento formado por dos parte de hidrógeno y una de oxígeno, cloruro sódico y levadura, que después de un proceso de manipulación, mezcla y oxigenación, se introduce en una concavidad calentada por materiales corpóreos orgánicos o gaseosos, elevando la temperatura hasta que se logra una textura fuerte por su exterior y jugosa por el interior. He escrito muchas palabras, pero el resultado es el mismo: pan. Por favor, luz. Mucha luz.

Cada día una noticia nueva nos va dibujando un futuro casi inviable para lo que es la concepción de la Cultura como la hemos ido entendiendo desde la mitad del siglo XX en las democracias occidentales europeas. Hasta la excepcionalidad cultural que se había logrado imprimir en los tratados europeos para rsguardar este ámbito de las tensiones del mercado, se está cuestionando, y en ocasiones se hace con el amparo y excusa de la crisis económica y financiera que está atravesando el mundo, por su excesiva dependencia ideológica a los conceptos capitalistas más extremos.

Si las noticias globales son poco propicias de optimismo, aunque sea patológico, cuando vamos acercando la lupa a lo que está sucediendo en el Estado español, tanto desde las distintas autonomías, como desde el gobierno central, la desmoralización avanza y como no se tomen decisiones precisas de contención, el desmontaje de todo el entramado jurídico-competencial-estructural que ha propiciado llegar hasta aquí, puede acabar hundido de manera irreversible. Uno diría, así en un lunes soleado, en donde la vitalidad de la naturaleza llama a otras actividades, que el Titanic de la Cultura se está hundiendo. Que instituciones básicas se están debilitando de tal manera que un día amaneceremos salvando las joyas de la abuela y embarcando en los botes salvavidas mientras la orquesta sigue tocando canciones tristes y el siniestro se anuncia total.

El tejido real de las Artes Escénicas en todo el conjunto del Estado español, está sufriendo una desatención más que manifiesta, que parece que la desaparición de grupos, compañías, es algo más que un rumor. Que se presente la programación del Teatro de La Zarzuela y se advierta que en tres años el presupuesto bajará un treinta y seis por ciento, es una malísima noticia. Que en Galicia, por poner un ejemplo de primera mano, se rebaje las cantidades de ayudas a los festivales de Artes Escénicas, algunos históricos y vertebradores y otros más nuevos, con otras tendencias pero que todos han contribuido al dibujo reconocible de la actividad, y se haga sin tiempo apenas para reaccionar y sin argumentaciones de peso, es un dato que demuestra no solamente falta de sensibilidad, sino que deberíamos considerar que se trata de una injusticia.

Remarquemos que todo lo anteriormente dicho, no afecta solamente a los profesionales, que está claro que es así, sino que empobrece a la sociedad entera, a todos y cada uno de los ciudadanos, porque se les priva de una oportunidad de acercarse a uno de los actos culturales más imprescindibles, por su importancia y trascendencia, como son los espectáculos en vivo y en directo.

Se puede admitir que se reconsidere todos los asuntos, que haya ajustes presupuestarios, que en esta situación económica, todo debe sufrir recortes, pero una cosa es ajustar y otras es impedir no el desarrollo, sino la misma existencia. No se puede desmontar todo el sistema de ayudas a la producción, a la exhibición, a la movilidad, de repente. Porque nos tememos que se hace sin pensar nada más que en el hoy, pero que de paso, como no existe ninguna contestación popular, como en ningún lugar se va a montar una manifestación porque se ha suspendido un festival, o porque la programación habitual baje un cincuenta por ciento en número de ofertas, algunos pueden estar pensando que si no hay demanda popular, no hay razones para seguir protegiendo esas actividades. Estemos alerta, procuremos incidir para que se contenga al máximo la tendencia destructiva o autodestructiva. Otro modelo es posible, pero se debe tener algún plan, algún compromiso que sirva para minimizar los daños, que, se insiste, en algunos sectores ya están produciendo estragos irreversibles. Ha costado más de treinta años llegar hasta aquí, pero en dos años de decisiones equivocadas, precipitadas, economicistas de corto alcance, podemos retroceder décadas, y hasta es posible que aniquilemos conceptos básicos.

¿Se hunde el Titanic? ¿Es cierto que desaparece el Ministerio de Cultura? ¿Cómo es posible que haya en el mercado espectáculos con marchamo de profesionales que se ofertan a seiscientos euros? ¿Hasta cuándo este silencio de los corderos? Que no cunda el pánico, las mujeres embarazadas y los niños primero.

 

 

 

 

Cualquier ciudadano tiene todo el derecho de participar en al vida política, formar parte de sindicatos o partidos políticos, de apoyar a quién le parezca. Los artistas, también. Algunos consideramos que incluso es bueno que cada cuál se retrate, sea coherente con su idea del mundo y si quiere, desea y así se lo pide su compromiso, que milite. Indudablemente el voto es secreto, pero muchos lo dicen, circunstancialmente. Otros con el sentido del oportunismo más obvio.

Colocados en una nube de inocencia que perdimos hace décadas, se debería asegurar que los asuntos de la cultura deberían estar fuera del juego partidista. Pero nos han dado tantas veces en la parte de atrás de la inocencia, que ya hemos desistido de entender este asunto fuera del acercamiento, la militancia, las buenas relaciones como elementos definitivos que junto a la supuesta sabiduría, idoneidad y proyecto, al menos en asuntos de titularidad pública, tienen una relevancia demasiado obvia, constante y tozuda. Para decirlo de una manera sencilla: quien tiene padrino se bautiza. Y si además forma parte del clan dominante en ciertos ámbitos en cada orilla del poder, es más fácil conseguir un puesto de confianza, que tenga viabilidad un proyecto o incluso que las ayudas y subvenciones lleguen con muchos menos problemas. Está claro, no todos aquellos que reciben una subvención, ni que están al frente de una institución pública, o que reciben un Premio Nacional, lo logran por asuntos de militancia o proximidad, pero si vamos quitando excepciones, nos encontramos que existe un común denominador que nos demuestra la obviedad.

Toda la perorata anterior viene a cuento de dos hechos públicos que entendemos nos alertan de movimientos internos dentro de la familia de las artes escénicas españolas, o al menos, en algunas de sus partes. En primer lugar la reunión que tuvieron algunas personas, a título personal, con Mariano Rajoy. Seguimos en el plano de la inocencia y de lo políticamente correcto: es lógico, normal, adecuado, que el líder de la oposición, como alternativa de gobierno, escuche, intercambie opiniones con el sector. Todavía más, si resulta que el señor Rajoy ya fue ministro del ramo hace unos años. La reunión fue informal, y según una de las personas presentes, no había agenda, ni orden del día, e incluso se produjeron algunas disfunciones previas de tal manera que algunas de las personas anunciadas como asistentes a la reunión no acudieron al enterarse de que alguien de los convocantes hablaba de una “plataforma”. Tampoco hubo unanimidad en la reunión en cuanto a posturas sobre hechos tan importantes como el teatro público y el privado. Esta discusión es más seria de lo que parece y se debe realizar en todos los niveles de decisión con mucha profundidad porque según como se encare este asunto, el futuro será de una manera o de otra.

Por otro lado, y a los pocos días, desde la Unión de Actores de Madrid se recuerda en público que no todos son “de la ceja”. Y aquí sí que nos entran escalofríos ante la obviedad más obvia, que dicha en voz alta, significa que se intuye que todo lo que ha significado “la ceja”, es decir, aquellos artistas que apoyaron a Rodríguez Zapatero están en recesión o en minoría, cosa que ya sabíamos todos. Así que está de baja la ceja, y no se sabe si ya se da como ganador a Rajoy o estamos simplemente en una operación de desmarque significativa, a la espera de acontecimientos. Probablemente la gente de la cultura en general tiene más que motivos para distanciarse, repudiar, criticar al señor Rodríguez Zapatero que en cinco años de gobierno nos ha regalado nada menos que tres personas al frente del Ministerio de Cultura que han llevado a las cotas más ínfimas de representatividad todo cuanto tiene que ver con la cultura, especialmente en las artes escénicas, que se están desmontando todos los logros históricos y que parece que nadie es capaz de parar la deriva hacia la nada en la que estamos.

Esperemos que a partir de ahora, si se produce otra remodelación del gobierno de Rodríguez Zapatero, nos depare otra acción de desmoralización, probablemente con la supresión del propio Ministerio, cosa, que se recuerda, ya hizo, precisamente el señor Rajoy que lo fue del que se llamó de Educación y Cultura. Así estamos, con la ceja baja. Con la barba que no ceja. Los independientes y no alienados, podemos ir preparándonos para el ostracismo y el exilio interior o exterior. Vaya, lo de siempre. Un zumbido.

 

 

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