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Mar, Nov

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Amanecemos un nuevo lunes pletóricos, satisfechos, hemos pasado unos días magníficos en las Jornadas de Teatro del Siglo de Oro de Almería, hemos participado en la Noche de Max Estrella, hemos sentido que el Teatro sigue vivo, pese a todos los malos augurios, pese a los parásitos, los paniaguados y los irresponsables que tiene alguna capacidad de decisión y que parecen empeñados en derribar con sus gracietas la dignidad que el cada día de autores, actores, directores, gestores y técnicos van construyendo calladamente.

La mala jandí de la ministra es tan clara que es capaz de hacer un gracieta denigrante: "Yo he hecho y hago teatro en el Senado y el Congreso". La frase es tan descalificadota para la señora González-Sinde que no sé si soliviantarme como ciudadano o como humilde persona dedicada a las artes escénicas desde siempre. Hacer teatro es bastante más serio que esta mamarrachada expresada por una ministra. Y al Congreso y al Senado, se va a hacer política. O lo que usted hace en esas sedes donde reside por representación del poder popular que es a hacer el ridículo, pero nunca a hacer teatro. Lo hace para celebrar el Día del Teatro, y es un insulto mayúsculo a todo el Teatro. Dimisión.

Mientras tanto, la señora ministra y su director general del INAEM, podrían, además de cubrirse las vergüenzas con las cacareadas supuestas buenas prácticas, meter mano a uno de los mayores escándalos que sufre el teatro público en el Estado español, como son los abusos consentidos a los entramados de los comités de empresa de los técnicos en las unidades de producción del INAEM.

En Almería vimos un montaje de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, un escueto, melindroso Alcalde Zalamea de Calderón, con versión y dirección de Eduardo vasco, en escena casi dos docenas de actores, en una escenografía sencilla, para una puesta en escena plana. Bien. Un trabajo que roza el suficiente, pero que fue muy bien recibido por el público. Con un planteamiento actoral para afrontar al personaje de Pedro Crespo que nos pareció muy bien diseñado, pero resuelto de manera demasiado lineal.

Hasta aquí la ligera opinión sobre el montaje, pero la comidilla que atravesó la estancia de ponentes e invitados es que se habían desplazado veinticuatro técnicos, lo que no es nada más que un escándalo demasiado repetido, sin que nadie se atreva a solucionarlo. Técnicos duplicados o triplicados, dietas descomunales, sobresueldos que parecen increíbles, todo una retahíla de cuestiones que conocemos desde lejos, pero que nadie parece sea capaz de solucionar y que se agrava, porque estas unidades de producción de titularidad estatal, por estos motivos (y otros más), no giran, se instalan en sus sedes, porque estos gastos lo hacen inviables, y cuando salen cuestan tanto que existen pocas salas que las puedan recibir, y si corren a cargo del erario público, como son sus giras americanas, el dispendio es otro mini-escándalo con lo que está claro que aquí cuestan más las cintas que el manto.

Los derechos de los trabajadores no se deben confundir con los abusos. La singularidad de la práctica de las artes escénicas, en horarios, en circunstancias especiales se deben regular desde esta peculiaridad, y no es de recibo que alguien contratado en un teatro, cobre nocturnidad, o extras por trabajar los fines de semana. Lo diga quien lo diga, se ampare en los supuestos ideales que quiera. Es el momento de hablar en serio, de frenar estos abusos, para el bien de todos, para el prestigio de la propia actividad de los técnicos. Nadie dudamos de su solvencia profesional, pero situados en estos asuntos no sentimos ofendidos, maltratados. Son imprescindibles para hacer el teatro de hoy en día, pero deben amoldarse a las actuales circunstancias de producción y exhibición, con lógica.

Y esta disfunción, sucede en muchos lugares, pero donde más en los teatros y compañías dependientes directamente del INAEM, es culpa por acción u omisión, de los responsables del mismo. No es una cuestión nueva, viene de largo, pero no admite ni un segundo más sin que alguien intente solucionarlo. Probablemente el equipo actual es el que tiene menos personalidad e impulso político para ello, pero eso no les exime de nada. Si lograran ponerlo en vías de solución se les podría perdonar tantos errores de bulto cometidos de manera pertinaz.

Una pregunta con mala jandí: ¿por qué no se importan gestores, ministros y directores generales extranjeros en vez de dramaturgos y directores de escena?

En el mundo de las finanzas hablan de 'pactos zombis' a aquellos que por mucho que se intenten cumplir son imposibles de llevar a cabo. En el mundo de la Cultura parece que estemos entrando en una fase de estas características, o quizás, si los forenses diagnostican con mucho rigor, resulta que los zombis no son los pactos, ni los planes, sino quienes los abanderan. Porque debemos repetir una vez más que tuvimos planes, compromisos, declaraciones, promesas y todas han pasado a mejor vida y cuando a algún interesado se le ocurre sacarlo a pasear, casi siempre con intención de ganar tiempo, despistar o entretener, huele a formol, a planes zombis.

Hablar otra vez del Pacto por la Cultura, es un chiste de cementerios o de diques secos. Los planes de la danza, la música, el teatro, son reliquias que se han necrosado, ilusiones totalmente fosilizadas. Todo lo que se ha escrito, firmado, debatido en los últimos quinquenios no son nada más que buenas intenciones convertidas en papel mojado. Y como en ninguna parte del actual sistema de formación, creación, producción, distribución, exhibición e información se entiende como imprescindible la existencia de una ley que nos ordene, organice y nos obligue, vivimos el tiempo de las confusiones en las que sobreviven siempre los más vivos, los que tienen mejores padrinos o los que se ajustan al mercado de manera exacta. A la carta. Los zombis parecen a veces pertenecer a un coro que bailan gozosos el raskayú.

Hasta las grandes teorías del ojo de buen cubero, apoyadas en la reafirmación popular de que el ojo del amo engorda al caballo y que nos decían que pese a la crisis económica las salas de teatro continuaban teniendo unas ocupaciones más que respetables se está resquebrajando. Los datos fehacientes, lo que se tabula, declara y se sabe, nos informa de una recesión, generalizada, con todas las excepciones que queramos, pero que nos debe preocupar por el presente y el futuro inmediato sin alarmismos pero tampoco con triunfalismos soeces. Los públicos son, como decían las folclóricas y los programadores de diseño, ese ente que tanto nos quiere y al que tanto queremos. Pero como llevamos tanto tiempo mirándolo como un consumidor y no como un ciudadano que forma parte de una idea cultural de progreso, ahora prefiere alimentar su inquietud estética, cultural, su forma de crecimiento interior y colectivo, en otros lugares, con otras ofertas culturales.

Y no todo es cuestión del precio de las entradas, sino de las políticas que se han implementado en los últimos tiempos. Y escribo políticas, sin comillas, ni terceras intenciones y con conocimiento de causa, porque la inexistencia de planteamientos, de estrategias, son precisamente una forma de política: la peor, la más reaccionaria, la que se basa en el mercado, o en los vendedores ambulantes, si son amiguetes, mejor, que les proporcionen productos buenos, bonitos y baratos, aunque sean de dudosa calidad, ninguna originalidad, pero que lleven en el cartel una cara que nos atonte por la televisión.

Está claro, no en todos los teatros, salas de exhibición se vive en el mismo planeta habitado por zombis, pero predomina, en el cómputo general, los lugares post. Son post de casi todo. Y se comprende que los responsables colocados al frente de los instrumentos de exhibición por los políticos de turno, deban buscar desesperadamente resultados inmediatos de taquilla, cifras, porcentajes de ocupación para que no se tomen decisiones todavía más drásticas: cerrar. Quitarse el problema de encima. Suspender actividades, dejar esos edificios para fechas señaladas, festivas o a través de alquileres al mejor postor. Y lo pueden hacer porque nada les obliga a mantener esos teatros en funcionamiento y con programación. Por eso algunos reclamamos una ley como mal menor.

Dentro de los planes zombis, las redes zombis, las asociaciones zombis, las revistas especializadas zombis, parecemos empeñados en encontrar unos públicos zombis, para que las Artes Escénicas sean definitivamente un Museo Constante de los Horrores. La Cultura, viva, de hoy, el Teatro emergente, deberá vivir en los arrabales de ese museo institucional, una suerte de necrosis teatral.

La pregunta, ¿cuántos funcionarios, asimilados, representantes, contrataciones subsidiarias son necesarias hoy para hacer una representación además de lo único imprescindible: los artistas y los públicos?

Al menos hasta hace apenas dos o tres quinquenios, los gestores, los empresarios, en el mundo de la cultura no eran, en su inmensa mayoría, vocacionales. El desarrollo normativo para acceder a las ayudas, la creación dentro de la administración pública de ciertas actividades de manera orgánica propiciaron la asunción de nuevas profesiones especializadas que hasta ese momento se hacían con otros nombres, sin tanta retórica, por lo que se necesitaron de nuevos profesionales que se hicieran cargo de su ejecución. Se accedió a esos puestos, en muchos casos estratégicos, sin formación.

Reclamábamos entonces la urgente necesidad de ordenar de manera cabal la formación para ocupar esas plazas, y fueron muchos de los que llegaron a hacerse con esas responsabilidades los que se preocuparon por ir ampliando sus conocimientos, lo que juntamente con algunas iniciativas universitarias, fueron dando posibilidades a que se fueran adquiriendo nociones de lo que era la gestión cultural, y en el campo de las artes escénicas de manera más precisa, para que no se convirtiera todo en una simple transación económica, en una lonja de pescado cuyas merluzas eran obras de teatro, para que se priorice lo cultural y se relativice lo de gestión, porque insistiremos: no hay gestión cultural, sin cultura.

Algunos hemos insistido, críticamente, durante mucho tiempo en esa necesidad de normalizar, de que las personas que se ocuparan de estos asuntos no accedieran a ello simplemente por una oposición generalista, sino muy especializada, porque se trata de algo, las artes escénicas, por ejemplo, que tiene siglos de existencia, que han sido muchas las opciones, con reinados, repúblicas, regímenes varios desde el inicio de la cultura occidental, y también en otras culturas en donde se ha ordenado el funcionamiento de los locales donde se hacía el teatro, las compañías, las relaciones, etcétera. La petición tenía un componente de mirada hacia el futuro, lo logrado lo hemos recibido como un signo del progreso institucional y el asentamiento de unas estructuras que permitirían avanzar, crecer, alcanzar los niveles europeos a los que nos queríamos parecer.

Hoy tenemos la obligación de redefinir todo ya que el modelo o sistema en que se ha implementado esta nueva situación está agotado. O acabado. O se ha suicidado. O se va camino de su extinción y nos tememos que sin haber previsto una alternativa viable.

Si antes el que se encargaba en un grupo de los asuntos de gestión, lo hacía "a palos", es decir, nadie quería hacerlo, era la función más desagradable. Era igual de importante como actualmente, pero no estaba tan estratificadas las funciones. Se podía ser la primera actriz, y la vendedora, para decirlo en lenguaje coloquial. Lo mismo sucedió con los programadores, eran personas con inquietudes, que tenían otras funciones, si se trataba de un ayuntamiento, y que lograba abrir escenarios cerrados, convocar a unos públicos activos que reclamaban ciertas programaciones como un acto de cultura que social y políticamente se colocaba con un punto de vista muy concreto.

La normalidad actual es buena, pero se han perdido demasiadas cosas en el camino, especialmente porque se ha laminado una forma de organización que era de economía social, que partía de un impulso artístico colectivo. No se puede decir a fecha de hoy que sea mejor ningún modelo organizativo para conseguir obras artísticas, con contenido social y político que la hagan ser asuntos culturales de gran magnitud. Lo que sí podemos aceptar sin acritud es que los nuevos gestores culturales, vocacionales, documentados, instruidos, deben plantearse su trabajo desde otra perspectiva menos economicista. Más cultural. Porque lo único que nunca ha faltado, desde el principio de la humanidad es quien cuenta historias y quien las escucha. Los intermediarios han ido variando, de nombre, de nómina, de función. Hoy hay gestores vocacionales, lo mismo que han parecido gestores de producción privados, distribuidores, que parecen aceptar su lugar en el entramado sin complejos, sin estar ahí "a palos", sino porque después de una vida profesional en otros puntos del entramado, han decidido especializarse en esas actividades.

Todos debemos mirar al futuro con un poco menos de soberbia, con un sentido de colaboración irrenunciable, y con un único objetivo: que las Artes Escénicas se coloquen en algo habitual en la vida de la ciudadanía.

La pregunta de la semana: ¿con qué criterios se deciden las subvenciones nominativas (directas y sin pasar por convocatoria) en el INAEM?

No quisiera pisarle mucho el jardín al amigo Germán Jaramillo, por lo que todo lo que escriba sobre la narración oral no tiene más autoridad que la de haber copiado bien, de haber escuchado bastante, y de leer todo lo que tanto Germán como Virginia Imaz, nos van explicando sobre este acto creativo, la narración oral, los contadores de historias, que para algunos, entre los que me cuento, son la expresión básica, fundacional, de lo que históricamente conocemos como hecho teatral, es decir un ser humano que le cuenta algo a otro ser humano. Y lo hace con la palabra, la voz, y el gesto sin más aditamentos.

En estos tiempos de crisis podemos encontrarnos con algún exceso, con algún problema añadido en este campo, porque es posible que aparezcan más voluntariosos cuentistas que revienten el mercado, que lo ganado en el terreno profesionalidad sufra, que la mengua de los presupuestos incida en la contratación y por ello en la estabilidad económica y profesional de quienes a ello se dedican. Sufrirá, me imagino, como sufrirán otras expresiones de las Artes Escénicas, pero con sus peculiaridades.

Esta entrega viene inspirada por Iñaki Gabilondo, que anda promocionando un libro en donde cuenta sus experiencias periodísticas, una suerte de biografía profesional, y decía en una de las entrevistas, que "el periodismo es contar algo" a la gente. No quisiera entrar en polémicas gremiales, pero hay veces que con dar la noticia ya se hace eso, no hace falta añadir adjetivos calificativos, ni opiniones partidistas o ideológicas como está sucediendo actualmente en el ejercicio general del periodismo informativo de una manera más que extendida. La opinión, es otra cosa. Y ahora muchas veces se confunde. Hay titulares con más carga ideológica que la Biblia entera.

Pero vayamos a lo de contar, porque el verbo tiene muchas afecciones, y el propio Gabilondo decía que ahora se cuenta poco, en el sentido, de informar, de narrar una noticia, y a la vez todo parece contarse. Se cuentan las audiencias, los minutos o segundos que salen los políticos en televisión, los presupuestos, las subvenciones. Y es ahí en donde el paralelismo viene que pintipirado para lo que nos ocupa.

El teatro es un lugar para contar algo, pero llevamos años que prevalen las cuentas por encima de los cuentos. Los presupuestos, las subvenciones, el porcentaje de ocupación, la cantidad de euros obtenidos por las recaudaciones, el número de butacas colocadas a la venta, el número de teatros que conforman las redes. Se cuentan espectadores, pero también se cuentan programadores. Es decir, que vivimos contando. Aritméticamente. Y no está mal que así suceda, que exista una parte de la gestión preocupada sobre estos asuntos primordiales, pero si nos fijásemos más en los cuentos, en los cuentistas, en los creadores y en sus creaciones, fuera del mero hecho contable, avanzaríamos más deprisa. Porque ahora, primero vienen las cuentas y después los cuentos.

Yo propongo justo al revés. Y no se trata de remordimientos fundamentalistas ni de rechazo del dinero. No, todo lo contrario. Nos gusta mucho el dinero, pero nos gusta más la poética, y nos ha parecido entender que se puede mantener con criterios economicistas un tinglado, durante un tiempo de burbuja económica, pero que el Arte además, necesita de otras cosas, y que cuando el cuento que cuentas es bueno, las cuentas funcionan mejor.

Una pregunta de cuentas, ¿Por qué motivo viajan en Businses Class algunos funcionarios culturales?

Repetimos: las cosas que aparentemente son obvias para alguien, si tienen fundamento, se convierten en eficaces para quienes no están al tanto de lo que sucede. Por lo que cuando calificamos a algo de obvio, o etiquetamos alguna idea de obviedad, en ocasiones podemos estar haciendo un acto de soberbia y de falta de amplitud de miras. Por lo tanto, sean obviedades, magníficas novedades, o reiteración de asuntos pendientes de solucionar, le daremos otra vuelta a la noria.

En estos momentos de crisis galopante, con decisiones de tal calibre como que el Gran Teatre del Liceu advierte que su programación durante 2010 acabará en setiembre porque no tiene más presupuesto; en la que se está reduciendo el monte de contratación; en la que cualquier programador habla de unos porcentajes de rebaja en sus presupuestos que solamente aventuran desastres inminentes, nos lleva a colocarnos en un estado de solidaridad, comprensión, pero a la vez, intentando descifrar lo actual, para apuntar algunas posibilidades reales y tangibles para el corto plazo y de paso, ir asentando las bases de lo que podría ser el futuro de las artes escénicas en el Estado español, con todos los matices que se quieran añadir en las autonomías, por idioma, demografía, nivel económico, social o cultural o cualquier otro rasgo diferencial.

Si hasta ahora todo giraba alrededor de los programadores, que eran los que tenían el poder económico, con la colaboración estrecha de productores y distribuidores, la actual situación de crisis nos lleva a un desmontaje de esta preeminencia, la carga de la prueba se debe colocar en donde, a nuestro entender, nunca debió salir: en los creadores. Y aquí hay que hacer una aclaración. No hay ninguna contradicción entre ser productor y creador. Lo que nos parece que ahora mismo está puesto en cuestión es un sistema de producción de mercado, de contratación puntual, y que se deberá volver a un sistema más social, colectivo, o mixto, pero en donde sea la marca, con su valor cultural y de calidad la que tenga mayor capacidad de convocatoria sabiendo que los productos oportunistas, seguirán, prevalecerán, tendrán incluso un auge en los próximos meses, pero que a la larga, es una opción totalmente caduca. Entre otras razones porque este sistema de grandes nombres (es una manera de hablar utilizando el lenguaje publicitario) para convencer a los programadores, si estos no tienen recursos públicos para pagar los altísimos sueldos de los artistas televisivos y los márgenes de ganancia desorbitados de las productoras y de evidente tufo hiper capitalista, no se sostiene. A taquilla, con los precios actuales de las entradas, las productoras del oligopolio no resisten.

Por lo tanto, volviendo al tejido más abundante, es decir los que antes eran grupos, convertidos por obligación, por vocación o convicción en empresas, algunas en productoras de mercado y hasta unos cuantos con ínfulas de industria, son los que van a sufrir directa e inmediatamente la situación. Por lo que estamos en un punto en donde hay que romper el modelo, hay que plantearse otro tipo de producción, otra relación económica, internamente, con otro tipo de contratación, y externamente, pudiendo asumir algunos riesgos de taquilla, consecuencia, precisamente del sistema de contratación. Y existen fórmulas, que los neoliberales llamarán obsoletas, y quizás lo único obsoleto es este controlado política y partidisticamente mercado que ahora de desmorona. Sí, el nombre que duele: cooperativas, que se compartan riesgos, que los actores, junto a directores, autores y demás gremios, participen en la producción. Si no se quiere algo tan drástico, pero tan eficaz, la Unión Temporal de Empresas, las coproducciones entre pequeñas y medianas empresas para que se pueda competir.

Lo básico y fundamental, pero que no depende solamente de esta parte del sistema, sino del que parece más inmovilista en estos momentos, sería que los edificios, teatros, salas de titularidad pública tengan gestión mixta, o cogestión, que haya compañías residentes, que se abran las puertas a la realidad en algunos teatros, que se adelgace la nómina funcionarial, ya que no tienen función, y que se vuelva a empezar de un cero diferente al cero absoluto, que es el cero en el que ahora nos encontramos. Ahora estamos en un cero herido por una crisis y una falta de liderazgo.

Una pregunta obvia, que obviamente nadie responde. ¿Cuánto cuesta actualmente de verdad cada localidad ocupada en los teatros de La Red?

Leyendo ciertos panfletos, escuchando a determinados servicios propagandísticos de algunos de los capos del teatro, le entran a uno demasiadas ganas de cantar fados. O rancheras. O ponerse las cananas de la razón para disparar al aire versos sueltos y mandar parar tanto desvarío. Aunque lo mejor es descifrar esos mensajes de despiste, de entretenimiento, de disuasión. Yo juraría que en algunos lugares de la administración central con poco fundamento teatral, aunque con mucho poder en el BOE, en los centros neurálgicos de los poderes fácticos de la producción teatral y con la inestimable ayuda de algunos gaiteros dispuestos a tocar el son que le pidan y encantados de lamer la mano, o lo otro, del que le echa de comer las migajas del festín desmadrado, se está buscando una Academia para un presidente.

Deduzco de estas campañas de rumores, de encuestas delirantes y tendenciosas, que ya han decidido que el presidente de esa supuesta Academia de las Ciencias y las Artes Escénicas, debe ser, por el orden natural de las cosas, el presidente de casi todo. Ahora solamente hace falta que se cree. Tenemos presidente; buscamos Academia. Y la rumorología se extiende, y asustan al personal, porque en estos momentos de crisis real, de crisis financiera, de ausencia de circuitos, de falta de trabajo para una extensa cantidad de profesionales, con la amenaza de cierre en muchas empresas, compañías, grupos, con demasiados actores volviendo a buscarse la vida en otros asuntos, venir con la entelequia de la Academia, es un insulto a la inteligencia.

Si es cierto que existe una especie de luz verde en el ministerio, si se están dando pasos en la oscuridad comprando voluntades en almoneda, lo cierto es que solamente hay que mirar a las otras academias concomitantes, para darnos cuenta de que "ahora no toca". Y si toca se trata única y exclusivamente de un movimiento de venganza, una especie de "te vas a enterar", lanzado desde el lugar de todas las amenazas y de todos los controles teatrales, para conseguir el poco poder que le falta por conquistar. Y de paso, eso se dice, crear unos Premios de esa supuesta Academia, que acaben con los Premios que existen desde hace una década y que mal que bien, han ido manteniendo una continuidad y con todas las dudas razonables que se tengan, han servido para que, por lo menos, exista un mínimo espacio para hablar del teatro como una fiesta y un encuentro profesional.

¿Es necesaria la Academia? Yo pediría que alguien me explique para qué. Si tenemos asociaciones de autores, de actores, de directores, de técnicos del espectáculo, de distribuidores, de empresas de producción, de escenógrafos y alguna más que se me olvida, como esas redes, circuitos, o La Red, o los gestores culturales, ¿la llegada de ese supuesto ente, ¿anularía lo existente? ¿Los absorbería, los compaginaría? ¿Con qué objetivos? ¿Con qué representatividad territorial?

Bueno, por lo menos los incitadores de ese señuelo han conseguido que pierda un tiempo pensando en ello, aunque solamente sea para lanzar improperios viscerales, ya que se ve tan a las claras la jugada, que quedan pocos resquicios para aceptar que sea algo necesario para la profesión, ni en su parte artística, ni en la industrial o empresarial, ni ayudaría a crear públicos, ni queda claro que sirviera para dar una mejor imagen del Teatro, como valor social. Se trata o de una melonada, o de una jugada estratégica que huele fatal.

La pregunta de la semana: ¿Con qué dinero se cuenta y de dónde saldría para crear y mantener esta Academia?

En tiempos de apuros presupuestarios se acaban las alegrías. Los recortes comienzan por los festoneados de alrededor, pero acaban incidiendo en el núcleo duro. Existen dos posturas ante los recortes. Quienes intentan que no se note, es decir que con mucho menos presupuesto mantiene los mismos días de programación, pero rebajando la calidad, y aquellos que optan por rebajar lo días de programación de un festival, o suprimir algunos de los apartados de la programación general, para mantener un nivel de calidad parecido. Esto era en una primera fase de la crisis, ahora parece que es imposible que no se note que se ha rebajado el presupuesto para cultura, y en concreto para las actividades de exhibición de las artes escénicas en cantidades que ya empiezan a ser escandalosas.

Pero si se miran muchas de las actividades que se realizan en este campo, en algunas ferias, por ejemplo, uno se da cuenta que el grueso del presupuesto no va directamente a las Artes Escénicas. Es decir, no se gasta en contratación de espectáculos, ni en talleres, ni en casi nada que tenga que ver directamente con lo que es la parte creativa, o sea cultural, sino en alquileres de material para hacer de espacios no pensados para las prácticas escénicas, lugares más o menos adecuados. O para la hostelería en forma de invitación a programadores y compañías a la pernoctación y/o a la manutención durante la feria o el festival. Muchas de estas partidas deberían salir, no del rubro de cultura, sino de industria o turismo. Sería una manera de ampliar las posibilidades de mantener la misma oferta artística que es lo que importa.

Pero en estos momentos, en diferentes lugares de la tierra teatral, se está abriendo un debate sobre la manera de financiación o de reparto de las cargas presupuestarias en diferentes festivales, de todas las categorías, en donde se realiza la programación sin apenas pagar casi nada a las compañías, lo que está produciendo un circuito de festivales que se realizan con presupuestos low cost, corriendo todos los riesgos a cargo de los artistas y que cuando se trata de lugares lejos del lugar de residencia, son las instituciones locales, regionales, comunales o estatales quienes corren con todos los gastos de viajes, de parte del cachet y otros asuntos.

Estas acciones se pueden mirar desde dos perspectivas: la de exportación, apertura de nuevos mercados, y entonces parece bastante lógica la ayuda, pero por otro lado se está creando una costumbre que está alterando las bases del libre mercado y la libre competencia. Compañías de autonomías sin recursos, no pueden acudir a las citas, aunque sean invitados, mientras encontramos a algunas compañías, muy bien relacionadas, con espectáculos bastante flojos, que viajan y viajan y se alimentan de los recursos de todos, por la existencia de unas convocatorias muy laxas en cuanto a los requisitos para acceder a estas ayudas, pareciendo igual el tipo o a calidad del festival al que se acude.

Tampoco hay que olvidar que desde diferentes ministerios se hacen aportaciones a la supuesta exportación, con programas que se basan en asuntos de diplomacia u otros misterios, y en las que se encuentran espectáculos que casi no han tenido vida pública aquí, pero están bendecidos por alguien que es su mentor en esas estructuras ministeriales. Estos recursos, están muy controlados, muy dirigidos, tampoco son fruto del libre mercado, de la competencia abierta.

Todas las circunstancias anteriormente expuestas, mediatizan las obras, compañías, espectáculos que giran por el extranjero. Sin festivales o programadores externos que contraten en las mismas claves económicas que aquí, las posibilidades de dirigismo parecen evidentes. No quisiera extender una sospecha general, simplemente advertir de una realidad que tiene muchas aristas. Una cosa parece clara, cuando todo el dinero sale del mismo lado, en estos momentos de crisis, sí sería bueno plantearse de nuevo estas acciones, repartir mejor las cargas, atender primero a lo fundamental, no sea que estemos gastando más en las cintas que en el manto.

Por edad, condición social, ámbito de crecimiento en el mundo del teatro, pertenezco a una escuela de estoicos en donde se nos indicaba casi con voz cuartelera que: "una función solamente se suspende por la muerte personal del actor". Este menaje repetido y comprobado sobre la escena, pertenece a una tradición de los cómicos de la legua, cuando en cada función se ganaba el pecunio del día, o dicho con otra frase de aquellos tiempos: "cartel en la esquina, puchero en la cocina". Hoy, cuando la sociedad ha avanzado en muchos terrenos, cuando la profesión de actor se enmarca en un campo de derechos y seguridades, esa idea de que el espectáculo no debe pararse si no es por una causa mayor, tiene muchas cuestiones en entredicho.

Pero, ¿qué es una causa mayor? Aquí entran ya todas las matizaciones y todas las probabilidades. Yo he visto a un actor hacer un papel cómico, con su madre de cuerpo presente. Hacía su parte, salía del teatro, velaba a su madre, y se perdía solamente el saludo final. Porque después a la segunda función allí estaba de nuevo. No hubo manera de convencerle. En una compañía con más de veinte personas, pesaba más la responsabilidad que el dolor. En una gran obra, a una pareja de actores, hoy muy conocidos, se les murió un hijo en un accidente de piscina y siguieron las representaciones. Yo he hecho una función con un cólico nefrítico en trance de desaparición, y he visto hacer un Segismundo con el actor sufriendo el cólico nefrítico. La casuística es múltiple, y probablemente se puede entender que llevar hasta las últimas consecuencias esta premisa deshumaniza el propio trabajo de actor, lo convierte en un ser dotado de una coraza que le separa de cualquier realidad emocional propia. Y no se trata de eso. Porque yo también he visto suspender una gira por la muerte de la madre de la actriz. Atrasar estrenos por el ingreso del hijo de uno de los actores. Es decir, se trata de una decisión personal.

Estamos hablando del dolor ajeno. De ese dolor ilocalizado que se produce ante una situación traumática sobrevenida, o fruto de una larga enfermedad, cuestiones que diferencian. Y ante la muerte, por accidente o por enfermedad, cada uno reaccionamos de la manera que podemos y sabemos. Y por experiencia propia, que llevo veinticinco años escribiendo por lo menos un artículo diario en un periódico, por lógica, he tenido que entregarlos en todas las condiciones físicas y emocionales posibles, y aunque solamente sea como un testimonio, el acto de concentrarme en la escritura, era, por así decirlo, una enajenación transitoria que me liberaba del dolor, incluso lo podía canalizar en mis escritos.

La semana pasada han sucedido dos casos, uno muy conocido y otro casi secreto. En el primero Toni Cantó perdió una hija de dieciocho años en un accidente de automóvil provocado por un conductor borracho. Esta hija es fruto de una relación con Eva Cobos, y la noticia que se transmitió con un cierto morbo es que había realizado las funciones programadas en Barakaldo, que no asistió a los funerales. Se le reprochaba esta actitud. Y yo me pregunto, ¿quién es nadie para entender el dolor ajeno? En este caso, su decisión sería fruto de estado emocional, de la relación con su hija y la madre de ella, de tantas circunstancias, que si hubiera suspendido, me hubiera parecido estupendo y si no lo hizo, también. Y no se trata de su conciencia, sino de capacidad para asumir una trágica realidad, las salidas que encontró el hombre para acomodarse dentro del cataclismo. Y decidió actuar. Pues lo aplaudimos. Y nada más.

El otro caso es de uno de los columnistas de este periódico, Víctor Criado. Pasada la fecha de entrega de su artículo semanal, le escribí un correo electrónico con un asunto: ¿algún despiste?, para indicarle que no sabía si lo había mandado o no, y de repente, a los dos días, me dice que acaba de enterrar a su padre. Pero me indica que me manda el artículo que ha escrito en el viaje. Emocionante. El artículo está publicado y si no se está en el conocimiento de esta situación no se ve ningún trazo de su dolor interior.

En ambos casos, además de comprender su estado de ánimo, de solidarizarnos, podemos compartir su dolor, peor no tenemos, nadie, ningún derecho a entrar en valorar el dolor ajeno. Mucho respeto. El pudor debe presidir estas circunstancias.

Esto en el terreno de la ética porque en la cuestión técnica creativa, la influencia de los estados de ánimo en el proceso de escribir, de actuar o de cualquier otro acto creativo, es asunto de mucha enjundia que requiere de otro desarrollo.

Quería titular cosas de la técnica. O cosas de la tecnología. Pero a lo mejor quería decir, cosas de la política. Pero no, mejor así, utilizando la muletilla televisiva o radiofónica, de cosas del directo. Viene a cuento por lo sucedido en la reapertura de uno de los mejores teatros del mundo, el Bellas Artes de México DF. Han sido varios años de remodelación, de adaptación de sus estructuras técnicas y tecnológicas a la altura de su categoría y con los avances más actuales en la ingeniería escénica mundial.

Remodelaciones, adecuaciones que cuestan muchos millones, que implican, en muchas ocasiones, intervenciones de diferentes departamentos ministeriales, que se hacen por concurso, que se recurre a los especialistas más significados del mercado. En este caso, paralelamente a la remodelación han habido problemas, conflictos, cambios de gestión y titularidad del propio teatro no explicados y muchas sospechas de que se esté tendiendo a una privatización. El edifico es una maravilla, su interior era realmente impresionante. Parece que han desaparecido puertas, muebles de madera noble que valían un potosí y han sido sustituidos por elementos más funcionales, quizás más apropiadas a las normas de seguridad de estos tiempos.

A lo que íbamos, en su inauguración se presentaba "El jardín de los cerezos" de Chéjov en montajes del Teatro Nacional de México dirigido por Luis de Tavira. Pues, según los cronistas, el equipo de regulación de la iluminación enloqueció, tomó vida propia, encendía y apagaba focos de manera caótica, se pasaba al oscuro total, me imagino que intentando "resetear" el sistema. Los actores, según nos cuentan, decidieron seguir interpretando su obra. Hubo media parte, gritos, carreras por los pasillos, intentos de cortar ese ridículo que se producía ante las autoridades y las fuerzas vivas. Pero muchos de los invitados optaron por marcharse. La tecnología se había rebelado. Las prisas, la falta de entrenamiento, los dispositivos cada vez más complejos arruinaron un estreno, una inauguración y plantean una duda más que razonable.

¿Toda la tecnología punta, todas las técnicas que se aportan a los escenarios están aprovechados convenientemente? Cuando se dota a los teatros, auditorios, salas del equipamiento escénico, ¿se hace pensando en el futuro, tras un estudio apropiado y pensando en quiénes deben utilizar esos aparatos cotidianamente? Para entrar en materia y por derecho: los técnicos de escenario necesitan, más que nadie, una constante puesta al día de sus conocimientos. La formación en estos campos se está normalizando, pero a lo mejor habrá que ir pensando en grados superiores, porque la complejidad de algunos sistemas, requieren personal apropiado para solucionar in situ los problemas. ¿Un informático antes que un maquinista? ¿Un ingeniero de sistemas antes que un sonidista? Seguro que las asociaciones más emprendedoras, y los centros de formación especializados, saben mejor que nadie qué se debería implementar para hacer que todas las inversiones que se colocan en los edificios emblemáticos, estén en perfecto orden de uso y las incidencias sean pocas y se minimicen.

Y una advertencia, México es tierra de teatro. De teatros. De creadores. Es un campo muy vivo, muy activo. Contamos esta circunstancia sucedida el pasado sábado porque nos sirve para reflexionar, pero sinceramente, ojalá la estructura de formación, creación, ayudas, protección y producción en el Estado español tuviera la garra de la mexicana, y sus buenísimos teatros, tanto para el teatro más convencional como para los nuevos lenguajes escénicos que requieren de espacios más polivalentes. Les ha sucedido este incidente y de ello debemos sacar todos alguna lección. La más importante la profesionalidad del equipo actoral, que en medio de la catástrofe siguió haciendo la representación. Un aplauso. Cosas del directo. Y de las imprevisiones, las prisas y la fijación de fechas desde los despachos sin atender a las necesidades a pie de obra y fijándose en el calendario político. El Teatro Bellas Artes de México es un edifico maravilloso, y ahora tiene un escenario moderno. Aplausos.

El señor Eduardo Bautista, jefe ejecutivo de la Sociedad General de Autores y Editores, confiesa que gana doscientos cincuenta mil euros al año, y que cuando se jubile, recibirá el sesenta por ciento de esa cantidad, más, se imagina uno, lo que le corresponda por sus cotizaciones, y más lo que haya ahorrado en un plan de jubilación privado. De entrada, los sueldos de ciertos cargos, me parecen indecentes. Pero cuando explica el señor Bautista las motivaciones para llegar a esas cantidades, que cuando entró cobraba trescientos euros, y que fue subiendo sus emolumentos según iban creciendo los ingresos por recaudación de la SGAE, es cuando entendemos de manera meridiana las motivaciones por las que la marca más desprestigiada en el Estado español a nivel popular sea la SGAE: el ánimo de lucro, la ambición desmesurada de su directivo máximo y, se supone, todo el equipo que le rodea. No hay más motivación que la crematística. Y, lo que es peor de todo, no sé si alguien se ha puesto a pensar sobre lo que cobran los autores a los que estos señores representan. Dicho en corto, ¿cuántos autores, compositores, ganan esa cantidad al año por derechos? ¿No es una situación insostenible o al menos paradójica?

Como miembro sin voto, claro está, de esa sociedad de gestión con unos estatutos muy poco democráticos en los que no existe el principio igualatorio de un hombre un voto, sino una cantidad de euros ingresados, un voto, y no es broma, me encanta que además de conocer este sueldo del presidente, se nos quiera vender la moto de que se va a hacer una campaña para variar la tendencia de repulsa social a su gestión. Para decirlo en términos sencillos: un lavado de cara. Y es que es muy necesario, pero ese lavado se debe hacer con el jabón de la claridad, con el agua cristalina de las cuentas sobre la mesa sin subterfugios, y con una acción política que no puede retrasarse mucho más: la libertad para que cualquiera pueda gestionar los derechos de cualquiera.

Es decir, estos que cobran tanto, con sueldos no capitalistas, sino sueldos de los conspicuos representantes del capitalismo más salvaje y bancario, deberían propiciar la libertad de creación de sociedades, que cualquiera vaya, funde una sociedad, una oficina, una agencia, la inscriba en un registro y empiece a trabajar como en otra actividad más y no como hasta ahora, que se necesita una concesión administrativa, lo que significa que solamente tienen autorización los que administrativamente, que se pude traducir por políticamente, sean convenientes. Y al señor Bautista, con el debido respeto le pediría un poco de humildad, que sé que es muy difícil tenerla cuando se cobra como un controlador aéreo, pero no diga que cobra menos que otros en su cargo en otros lugares. También cobro yo bastante menos que mis pares en Alemania, o los fontaneros castellanos que los fontaneros franceses. Un poco menos de demagogia y si quiere recuperar el prestigio que en su momento tuvo la SGAE, empiece por ponerse del lado de todos los creadores y no de unos cuantos. Yo le escucho y le leo con mucha atención, y estoy de acuerdo en un porcentaje muy alto de lo que dice, pero cuando veo lo que hace y cómo lo hace, y a qué precio, me parece que usted tiene un problema de disfunción ideológica. O quizás no, tendremos que dar por bueno que uno no es lo que dice que es, sino lo que hace. Y lo que cobra.

Pero empecemos por el principio, hagamos pedagogía sobre la creación, los derechos, la propiedad intelectual, etcétera, pero sin meterlo todo en un cóctel demagógico y absolutista. No es lo mismo el derecho que la imposición. Y un canon que se reparte de manera oscura y con criterios, a mi entender, muy poco democráticos, o todas las presiones con leyes poco democráticas, no tiene absolutamente nada que ver con la defensa de los autores, sino, me temo, que la del sueldo de los directivos que gestionan la sociedad de gestión.

Ojalá me equivoque. Ojalá aprendamos con datos, ejemplos, verdades, de qué estamos hablando y de qué protestamos. Pero en estos momentos, mientras escribo estas líneas, se escuchan ruidos de pacto entre los dos partidos mayoritarios para resucitar la ley Sinde en el Senado. Una mala noticia. Aquí casi nunca hay tiempo para las sonrisas porque nos empujan con demasiada frecuencia a las lágrimas.

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