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Mié, Oct

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Hemos llegado a tal punto de descomposición que si alguien te comunica que el papa Benedicto XVI va a torear en la plaza de las Ventas, lo único que preguntas es "¿y con qué ganadería?" Así está todo de descompuesto, tan cargado el ambiente de subjetividades y en lo político, lo social y mucho más en lo cultural, todo es posible. Se puede creer cualquier cosa. O no creer en nada. Comulgar con rueda de consejo, o volverse agnóstico absoluto.

Viene a cuento lo anterior con el reciente nombramiento de José Carlos Martínez como responsable a partir del próximo mes de Setiembre del Centro Nacional de Danza (¿se seguirá llamando así para entonces?), que fue presentado con todos los honores por la actual ministra de Cultura. Se nos dice que fue elegido después de un largo proceso de selección y tras las deliberaciones de un equipo variado en el que además de personalidades entendidas en la materia había otras que desmerecen cualquier decisión ya que no aguanta su currículum ni una leve mirada superficial.

La figura del artista, de bailarín de primera línea de José Carlos Martínez, nadie se la puede negar. Es una biografía impecable e incuestionable. Actualmente sigue bailando en el Teatro de la Ópera de París. Otra cosa es si tiene el carácter necesario para hacerse cargo de una entidad con unos bailarines que, en primera lectura, parecen formados en una manera de danza alejada de las puntas del clásico más ortodoxo que el recién nombrado representa. O así lo entendemos. Pero estas dudas son razonables, forman parte de una prevención ante cualquier nombramiento.

Lo que ha sucedido es que nada más conocerse el nombramiento han empezado a correr denuncias, anónimas y no tan anónimas, en las que se nos dice que personal directivo del INAEM fue a visitarlo para pedirle que se presentara a la convocatoria. Que durante le proceso recibió alguna otra visita, se supone que para acomodar su propuesta para que pudiera ser el elegido. Y en otro lugar se dice con soltura que el artista se decidió a presentarse porque el INAEM le aseguró una sede fija para la compañía de danza, concretamente en el Teatro de la Zarzuela.

Es decir que para inaugurar las "buenas prácticas" en el INAEM, de ser cierto lo anterior, cometen toda suerte de irregularidades. Probablemente estemos haciendo el juego a la rumorología, pero lo peor es que todo lo dicho es muy verosímil. Todo es posible. Porque desgraciadamente para la danza en el Estado español, Nacho Duato fue empujado a abandonar de muy malas maneras. Se podría asegurar que se trató de algo tomado de manera demasiado personal para el actual director del INAEM, y es posible que, personalmente también, haya realizado todas las gestiones para que el nuevo nombramiento tuviera la solvencia requerida e hiciera olvidar el vacío creado por Duato en Rusia, como gran figura.

Y en esas estamos, esperando que los que han denunciado esos movimientos oscuros, los demuestren, que recurran el proceso de selección, que los lleven a los tribunales y que caiga quien caiga. Hay que empezar a decirles a los directores generales que no están fuera del imperio de la ley. Que si se dotan de unas reglas de juego, se deben cumplir. Y que todos tienen el derecho a tener las mismas oportunidades. Y sabemos desde aquí de qué estamos hablando. Por eso nos creemos cualquier cosa. No son tiempos de transparencia en el Ministerio de Cultura. Todo lo contrario. Y hoy, precisamente, se puede cometer desde ese Ministerio una de las fechorías más grandes contra la libertad de expresión intentando cortar la libre circulación de información, archivos y creaciones por Internet. Un paso tan de acuerdo con el recién nombrado ejército de treinta mil soldados que ha dispuesto el Pentágono para controlar Internet y combatir a quienes osen hablar con libertad. No a la Ley Sinde.

Por cierto, una pregunta tonta, ¿por qué tiene que existir una Compañía Nacional de Danza? ¿Y por qué con sede en Madrid y no en Ceuta?

La Asociació d'empreses de Teatre de Catalunya ADETCA, proporciona los datos de recaudación y asistencia a todos los teatros de sus asociados que ayudan a comprender de una manera muy explícita la realidad, las tendencias, los gustos de algunos públicos, los aciertos del programador. Las que yo tengo se refieren a salas alternativas, teatros públicos y privados, solamente de la capital, Barcelona, lo que es un dato objetivo, que nos gustaría poder confrontar con datos similares en el resto de las programaciones de todo el Principat.

Antiguamente los profesionales se movían con los datos al día a través de lo que se conocía como "chivato", que eran las cifras en crudo de las recaudaciones "liquidadas" a la entonces Sociedad General de Autores de España en cada teatro. Era un lenguaje sencillo, una lista, realizada a mano, que llegaba a los lugares de encuentros de cómicos de madrugada. Cifras muy concretas. Sin analizar, no como ahora, que se nos ofrece, como hizo hace años en desaparecida revista Público que en los años 80 editaba el Ministerio de Cultura, el también fallecido Jaume Melendres, con datos concretos de las entradas puestas a la venta, el número de las vendidas, las entregadas de cortesía, o sea por la cara, dando los porcentajes de ocupación de cada sala, y la cantidad total recaudada.

Este control es muy positivo. Es un ejercicio de transparencia que nos ayuda a analizar desde la parte economicista y de aceptación de los públicos las producciones y las programaciones. En Madrid y Barcelona esta sistematización semanal es más viable ya que casi todos los días de la semana existe programación, las obras se mantienen durante varias semanas y hay una cantidad de propuestas y de públicos que nos pueden ayudar a ir haciendo un retrato constante de esa realidad.

Lo difícil es controlar las actuaciones al suelto, los bolos, las programaciones de las poblaciones menores, en donde con excepción de Bilbao, Valencia, Zaragoza, Sevilla y circunstancialmente alguna más, las obras están solamente un día o dos y no todas las semanas, por lo que la frecuentación y el estudio de sus públicos requieren de otros instrumentos, lo mismo que la incidencia real en la aceptación ya que no existe capacidad de elección por parte del cliente al ser una única posibilidad.

Todos los datos estadísticos, todos los instrumentos que se puedan aplicar a la gestión y al análisis de las programaciones, y muy especialmente a las producciones, son importantes y cuanta más transparencia exista, más probabilidades de detectar los fallos y de buscar soluciones. Sin complejos, comparando resultados, sabiendo a ciencia cierta lo que ha sucedido en otros lugares se podrán tomar decisiones de contratación bastante más ajustadas a la realidad, porque se sabe que muchas veces dan gato por liebre, o dicen que una obra va muy bien en las grande capitales, y los datos de taquilla desmienten esa publicidad, pero si los contratantes se los creen porque no tienen posibilidad de comprobarlo, la programan a precio de caballo de carreras y puede ser un burro cojitranco.

Tengo frente a mí los datos de la semana del 29/11/2010 al 5/12/2010 y para no andarnos por las ramas, el porcentaje general medio de ocupación en los 44 espectáculos de los que se tienen datos es un poquito más del cincuenta por ciento (50,42%). Y destaca por ser el cien por cien de ocupación en sus seis funciones, la obra programada en el Lliure, "Gata sobre la teulada de zinc calenta". El total de todos los teatros es de 47.735 espectadores con una recaudación de 1.134.506 euros. Destacaríamos que los musicales no se encuentran entre los que tienen mayor afluencia de públicos, aunque sí son los que más recaudan. La sala Becektt con "Umbral" se mantiene con un 83,20% entre las más destacadas y Arteria Paral.lel con "Nit de Sant Joan" con un 27% ocupa el penúltimo lugar.

Qué bueno sería sistematizar los datos generales y hacer análisis no solamente economicistas, sino también sociológicos y, sobre todo, de interés cultural, para saber exactamente qué es lo que se está ofreciendo y lo que se está consumiendo. Y algún día, al igual que con los controladores aéreos, sabremos cuánto cobran los directores de los teatros públicos, cuánto se gastan en sus montajes y los de sus amigos, y posteriormente veremos su repercusión verdadera o su aceptación real por los públicos soberanos.

Se está acabando un año y como es habitual empiezan a aparecer los resúmenes, los compendios, las estadísticas. En todos los casos se nos muestran cifras, porcentajes, y muy pocos nombres propios y casi ningún concepto. Se trata de convertir los subterfugios en protagonistas, de ir ampliando la manta telúrica de implementación de los números como impronta de una circunstancia incuestionable. Como si la aritmética no nos dejara mentir, cuando se sabe que es la madre de todas las imaginerías contables, de todos los desajustes.

Sin manejar ninguna estadística de esas que dejan a todos contentos, especialmente porque solamente leen los titulares, yo diría que nuestros escenarios están volviendo al repertorio clásico de una manera uniforme. No se trata de acoplarse a centenarios y otras efemérides que nos hagan revisitar a Chéjov o a Miguel Hernández, al que por ejemplo, nadie ha tratado como se debía en su vertiente estrictamente de autor dramático. Lo que vemos es como los de siempre, empezando por Shakespeare, autor inconmensurable con el que cualquiera se atreve y que resiste todo tipo de investigación, experimentación, devoción o impericia, acaparan las producciones de las instituciones teatrales que son consideradas nacionales, allá donde estén.

Y si decimos Shakespeare, decimos Williams, Miller, Jardiel Poncela, Moliére, Mamet, Beckett, Ibsen o De Filippo al que parece se le ha rendido un grandioso homenaje coordinado en todos los puntos del Estado español. Por cierto, estamos en aniversario de Jean Genet, pero se les ha debido escapar porque no vemos, todavía, muchos montajes. Todos estos autores aparecen en producciones públicas, o en privadas con fuertes subvenciones y coproducciones con públicas, y giran por los teatros públicos sin excepción. Y nadie puede negar que en muchos de los montajes el nivel medio de la propuesta escénica es más que digno, aunque totalmente convencional. Pero uno se pregunta, ¿es este el futuro de la escena española?

Se comprende que en estos tiempos de crisis se deban buscar las maneras de convocar a los espectadores y un autor de estas características ya dota de enjundia a la propuesta y si añadimos una buena producción, un director solvente y un reparto con figuras televisivas, tenemos el producto ideal para seguir manteniendo porcentajes de ocupación. ¿A qué precio? ¿Alguna vez sabremos cuánto cuesta realmente una producción de teatro público, cuánto su gira, y cuánto cuesta de verdad cada butaca ocupada en los tetaros de todas las redes?

Viendo estas programaciones, uno siente que no ha pasado el tiempo, que de nuevo la dramaturgia española contemporánea es anecdótica, circunstancial, coyuntural, en ocasiones de cuota, casi como una expresión demagógica. Es cierto que no en todos los lugares es igual, pero en la inmensa mayoría se mantiene esta distancia entre lo mucho que se escribe y lo poco que se representa. Las dificultades de ir incorporando a las programaciones autores contemporáneos es cada vez más grande. Los autores de hoy no tienen sitio, ni a codazos, en los proyectos de las grandes naves institucionales teatrales. Es una gran contradicción. Seguro que si se cambiara el orden de los factores, es decir si los programadores, los directores de los centros dramáticos fueran polacos, franceses o nórdicos seguro que elegirían textos de autores españoles, contemporáneos. ¿Por qué no se prueba?

Lo lógico es que convivan los clásicos de siempre, con los autores de hoy, las dramaturgias internacionales y las propias, y que lleguen a los escenarios en las mismas condiciones de producción, cosa que no se produce salvo en muy contadas excepciones. Sin cuotas ni demagogias, pero como una apuesta estructural, institucional, idoelógica y dejándose de prejuicios, en ocasiones muy vejatorios para lo existente.

Por otro lado, esta tendencia al repertorio clásico, nos puede estar anunciando una tendencia, que junto a la estacionalidad, conviertan las programaciones teatrales de los grandes teatros en algo similar a la ópera o el ballet clásico, en las que con una docena de títulos se conforman las programaciones, los cuatro autores de siempre, y muy poco riesgo. Es una manera obsoleta, antigua, pero es lo que parece venir. El conservadurismo más acérrimo. Mientras tanto Europa va a otro ritmo y por otra dirección. Nos distanciamos cada vez más y más, no solamente en lo económico, sino en lo cultural y muy concretamente en lo teatral.

La concesión del Premio Nacional de Teatro al grupo jerezano La Zaranda ha venido a incorporar una suerte de equilibrio emocional dentro de los amantes del Teatro. Lo que más se ha escuchado y leído tras este premio concedido por el Ministerio de Cultura español, es que se ha premiado al Teatro. Se ha producido un aluvión de gentes que se han sentido muy aliviadas porque se ha reconocido treinta años de coherencia, estado de gracia, búsqueda y fidelidad a una estética que trasluce una visión del ser humano que no se coloca en los convencionalismos.

Cuando alguien de la entidad de La Zaranda recibe un premio de estas características, dotado, además, con treinta mil euros, aparecen los que se reivindican como descubridores, como agentes insustituibles de su existencia. Brotan las amistades sobrevenidas, los recuerdos, las admiraciones por encima de cualquier objetividad. No es el tiempo, claro está, de analizar críticamente la vida artística de La Zaranda, pero sí que podemos aprovechar la coyuntura y decir de una vez por todas lo mal que ha tratado a estos creadores el sistema teatral español en general.

He tenido la oportunidad de estar en los estrenos absolutos de tres de sus cuatro últimas producciones. Justamente el estreno de hace apenas un mes en Girona, es el que no he visto. Pero con otra groupie de La Zaranda, Rosana Torres hemos estado en París, Baiona y Toulouse, viendo nacer sus criaturas, sus sueños, sus inquietudes. Desde sus inicios hasta hoy, han sido una de esas pocas certidumbres que la escena española ha ido proporcionando al mundo entero. Decíamos que habíamos asistido a sus estrenos, pero en nuestros viajes los hemos encontrado en los mejores festivales, en las programaciones más importantes del mundo entero, el iberoamericano especialmente, excepto en el Estado español.

Ahora es el momento de analizar esa disfunción absolutamente incomprensible. La Zaranda, si no fuera por sus giras exteriores sería un bello recuerdo, no existiría. Los estudios sobre sus lenguajes, sus trayectorias, se han hecho fuera, nunca aquí. El sistema teatral español ha estado de espaldas a La Zaranda. Tanto en el terreno intelectual, como en el académico como en el de la programación habitual. Digan lo que digan ahora los aduladores y oportunistas.

Pero, a su vez, los fieles, los amantes de sus lenguajes han sido fanáticos defensores a ultranza, propagadores de sus bondades por encima de cualquier circunstancia. Y está claro que han sido fijos en algunos festivales, habituales en algunos puntos de programación, al igual que no reconocidos en otros, como es el caso de Catalunya en general, pese a que este año, como se ha dicho arriba, se estrenó su última obra con coproducción del festival Temporada Alta. Los que les han defendido han sido incondicionales, y los que los han ignorado, han puesto por delante ese lenguaje soez que es el número de espectadores, o la dificultad de su lenguaje sin concesiones.

Por un compendio de circunstancias que van desde la poca profusión, la falta de un aparato de propaganda o comunicación que les dote de este añadido para que se les conozca, no han conseguido unas respuestas masivas de espectadores. Insistimos, aquí, porque, por ejemplo en Buenos Aires, La Zaranda se coloca mes y medio en un teatro comercial, a taquilla y llena casi todos los días. O en los festivales adonde acuden son los espectáculos que antes se llenan. ¿Qué sucede con La Zaranda en el Estado español?

Es difícil dar una respuesta sencilla y única, solamente tenemos una esperanza: que este Premio sirva para abrir algunos cerrojos mentales, para eliminar algunos prejuicios de ciertos sectores de la programación y que se consiga, por el bien del teatro y de los públicos más aficionados, que se les conozca como se merecen. Con ellos, el Teatro, y por lo tanto la existencia, la cultura, se convierten en un bien imprescindible.

Nosotros los queremos tanto que este premio nos parece una simple excusa para seguir hablando de y con ellos de Teatro alrededor de una mesa ligera bien regada.

 

 

En todos los puntos cardinales del planeta Artes Escénicas se tienen las mismas sensaciones: nuestros administradores, políticos, responsables institucionales locales se han olvidado de sus compromisos. Si se sigue a la Ariadna que se dirige hacia el Minotauro de la crisis y de la desamortización de locales, compañías y programas, vamos descubriendo que no hay un Teseo dispuesto a acabar con la situación, que se ha entrado en eso que los apóstoles del neoliberalismo económico llaman falta de confianza de los mercados.

Sin conocer al señor Mercado, y comprobando que se trata de unos discursos muy similares tanto en las regiones españoles, como en las comunidades autónomas de mayor rango, como en naciones sin estado como en estados-naciones, federales o jacobinos, podemos llegar a la conclusión de que ha calado profundamente el mensaje que vacía de contenidos las acciones. En cuanto se sitúan las decisiones en el terreno de la cultura exclusivamente en el ámbito estadístico, laboral, económico, de rentabilidad y mercado, se entrega el único valor añadido imprescindible para sostener con los presupuestos generales una parte de la actividad cultural y afinando más, en las Artes Escénicas.

Quizás sea el momento más adecuado para la autocrítica, para la reflexión fuera de los vaivenes coyunturales o las veleidades más externalizadas, porque probablemente todos podemos tener una idea de lo que en, el terreno que estamos hablando, teatro, danza, artes performativas en vivo, es culturalmente de entidad incuestionable o lo que se pueden considerar productos comerciales de consumo rápido. No es fácil discernir sobre estas cuestiones sin rozar esos criterios democráticos de igualdad de oportunidades y de las vinculaciones de las administraciones con sus administrados en primer lugar y en la contextualización general, global como aval o inspiración. No es fácil separar lo irrevocablemente cultural, de lo que se sitúa en un territorio mucho más dudoso y es más difícil y con un coste político grande, discriminar, aunque sea positivamente.

Por lo tanto, se hace imprescindible un Gran Pacto por la Cultura, en el que intervengan todas las fuerzas políticas, sociales y culturales, que marque unas pautas, unos objetivos para la salvación de lo existente, el desarrollo de las políticas en marcha y las posibilidades de aplicar todos los planes con criterios más amplios, menos sectarios, no tan pegados a las circunstancias de cada casuística. Un pacto que debería tener varias graduaciones, que debe pasar por lo local, lo regional, lo estatal, lo europeo y lo universal. Con todos los matices que se quieran, pero dejando muy claro los principios básicos. Probablemente el primer paso sería acabar con las rutinas, romper todas las fotos fijas, reiniciar el disco duro donde se archivan conceptos y nociones de políticas que se perdieron en las burbujas varias, por si acaso estuviera en ese laberinto escondida alguna solución.

Los Artes Escénicas tiene sus peculiaridades, no hay duda, pero el que los públicos sean parte fundamental del propio hecho, es algo que debe aportar soluciones compartidas, no hacer cargar casi exclsuivamente sobre esa parte la viabilidad. Lo primero es garantizar que se pueda seguir haciendo teatro, danza, etcétera, en todos los formatos, categorías y géneros y que se puedan exhibir en las condiciones más apropiadas. A partir de ahí entramos en matices. Un Pacto, en el que debe entrar también la gestión y los recursos que se destinan para ella. Porque la primera premisa es que exista cultura para que después se pueda gestionar. Lo contrario es crear un funcionariado inerte. ¿No quedamos en que la función crea el órgano? ¿O era al revés?

 

 

 

Recorriendo los diferentes encuentros, mercados, salones y jornadas celebradas en las últimas semanas, y ateniéndose a las declaraciones posteriores de sus organizadores, podemos asegurar que estamos inmersos en una nube de optimismo dramático. ¿Todo va bien? El que acudan más expositores, más visitantes a Mercartes, es indudablemente un éxito para este evento, pero podríamos analizar este aumento de presencia como una manera de manifestar la situación de alerta y necesidad en la que viven los agentes del proceso general, especialmente en las ramas de producción y exhibición teatral.

En otros puntos donde se han juntado los mismos o parecidos agentes, las conclusiones no han sido tan optimistas y lo curioso es que se parte de las mismas situaciones y los mismos argumentos, lo único que varía es la presión que ejercen los grandes operadores privados y públicos o cuando se va ajustando la mirada a la realidad más habitual, a la clase media preponderante, que es donde de verdad los mordiscos de la crisis están provocando una especie de pánico que se sufre en secreto como las hemorroides, pero que en cuanto se rasca sobre la costra que cubre las heridas, se demuestra que estamos en un momento de gran incertidumbre, que algunas de estas pústulas esconden una infección casi irremediable que tiene muy difícil solución a corto plazo.

No he escuchado de boca de ningún responsable local, regional o estatal ningún mensaje que ayude a pensar que esto se está solucionado, sino, precisamente, todo lo contrario. Siguen hablando de porcentajes de descenso en sus presupuestos que se acumulan a los porcentajes ya rebajados, con lo que a poco que se hagan cuentas, resultan que salen rosarios o responsos de obituarios. Ninguno aporta no solamente optimismo, sino alguna solución que no sea retórica barata, en estado de caducidad, como es pretender encontrar la solución en la internacionalización, es decir en la exportación de un bien cultural, como son las Artes Escénicas, tan perecedero y tan vinculado al territorio en el que nace y se desarrolla

Es curioso, se puede no actuar nunca en el Estado español y acumular decenas de actuaciones en festivales extranjeros. Son las excepciones. Lo ideal es que una vez se tenga aceptación local, se expanda esa bondad a los territorios limítrofes y posteriormente se dé el salto internacional. Forzar lo contrario es malo. Y sobre todo, irreal, porque la exportación en las Artes Escénicas se hace con el dinero propio. Sí, los viajes los pagan las comunidades, el ministerio o en ocasiones algún ayuntamiento o diputación. Con suerte, se recibe del festival al que se acude algo de dinero por la actuación, pero tampoco siempre, con lo que estamos haciendo una burbuja que no sirve para mucho, al menos en lo concreto, en el mantenimiento de estructuras fiables económicamente, aunque podamos hablar de señuelos como inversión, imagen y todos esos placebos que utilizamos para esconder nuestra realidad más dura.

Con reducción presupuestaria, se corta el número de representaciones, de contrataciones, y parece que se está asimilando la fórmula de ir a actuar a taquilla. Cuestión que hay que estudiar de manera muy profunda porque no se ha hecho una política coherente de creación de públicos y de precios ajustados a la realidad del coste de lo ofrecido sino como una demagógica opción de abaratar los precios de las entradas para lograr, supuestamente, más espectadores, asunto no demostrado fehacientemente. Por todo lo escuchado, leído, rumoreado, la pregunta no se debe considerar retórica, ¿Todo va bien? Seguramente para algunos será así, pero para la inmensa mayoría no. Va mal. Y lo peor es que no se escuchan maneras de superar esta situación, sino que se instalan en un soporífero optimismo alienante que no aporta casi nada. Ojalá esté equivocado y empiecen a aparecer las alternativas, los nuevos paradigmas, los síntomas de recuperación. Llegan las fiestas navideñas y el año nuevo. ¡Qué largo se va a hacer el año 2011!

 

 

El artista plástico, Santiago Serra, ha realizado uno de esos actos políticos que ayudan a conciliarse con la esperanza. No soy capaz de discernir sobre si su renuncia al Premio Nacional de Artes Plásticas, es un gesto propagandístico, una estrategia de mercadotecnia como algunos lameculos y paniaguados ya vienen proclamando con insidiosa premura. Supongo que su decisión de renunciar a los treinta mil euros que acompañan a la foto con la inane ministra del ramo, la toma sabedor de que su economía básica no los necesita, y que a la par de suscitar admiración y apoyos, va ser apaleado y excluido de los lugares en donde los irresponsables ministeriales puedan ejercer su antidemocrático derecho a venganza.

En cualquier caso no se trata ahora de enjuiciar a Serra, sino de admirarlo y de tomar buena nota de sus argumentos para decir este magnífico NO. Ese NO que tanto bien puede hacer para despertar a todos los sumisos que estamos atados a unos SÍ que pronunciamos a cada instante de nuestra labor sin apenas conciencia crítica, sin pararnos a pensar qué estamos legitimando con esa inercia. En muchos casos nos autojustificamos alegando necesidades perentorias, derechos adquiridos, muchos bellos fraseos cargados de naderías que solamente transmiten una falta de actitud política ante decisiones políticas que son las que al fin y al cabo nos colocan ante la miseria total, ante el caos actual, sin que ellos, los políticos y su secuaces y colaboradores necesarios, los funcionarios de libre designación y los de carrera más modosos diseñan o ejecutan o ambas cosas a la vez, no sientan ni remordimientos ni rasguño alguno en su salario o futuro profesional. Es más, cuanto más ineficaz se sea, cuanto más desastre provoque en cualquier gremio, más consolidan su plaza y su influencia. Y a las pruebas me remito.

Así que veamos exactamente un párrafo de la misiva de Santiago Serra para anunciar su renuncia:

“Es mi deseo manifestar en este momento que el arte me ha otorgado una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar. Consecuentemente, mi sentido común me obliga a rechazar este premio. Este premio instrumentaliza en beneficio del estado el prestigio del premiado. Un estado que pide a gritos legitimación ante un desacato sobre el mandato de trabajar por el bien común sin importar qué partido ocupe el puesto. Un estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal. Un estado que dona alegremente el dinero común a la banca. Un estado empeñado en el desmontaje del estado de bienestar en beneficio de una minoría internacional y local.

El estado no somos todos. El estado son ustedes y sus amigos. Por lo tanto, no me cuenten entre ellos, pues yo soy un artista serio.”

Es necesario señalar su apelación al sentido común como motor que le lleva a sentir la obligación de esta renuncia. Y en esta sencilla postura nos coloca ante un hecho, la falta de implicación con la realidad, con el devenir de los tiempos de las decisiones institucionales con respeto al Arte, a las Artes. Y su primera consideración sobre el otorgamiento de “una libertad a la que no estoy dispuesto a renunciar”, vuelve a abrirnos los ojos ante el propio hecho creativo, sobre la misma libertad de creación, la asunción de una responsabilidad política en todos nuestros actos, y sobre la función del artista en la sociedad.

Su postura política, su coherencia, su mensaje nos despierta de la pesadilla, encontramos una luz, una actitud a compartir, para desarrollar en la medida de nuestras fuerzas una lucha que nos rearme en los convencimientos más básicos de nuestra función como creadores, programadores, informadores o críticos y de la relación con el Estado en todas sus formas y camuflajes. Y en ello va la disposición a rescatar de las garras de estos depredadores por acción u omisión todo aquello que sea esencialmente cultural, artístico, para que puedan fluir todas las tendencias, todas las opciones en libertad, sin tantos condicionantes, sin tantos mamoneos y estar alerta para que no sirvamos con nuestros SI de coartada para tanto desastre. No se trata de renunciar a derechos, sino de justamente de ejercerlos en plenitud sin recortes ni tonterías.

Solamente un dato histórico, Els Joglars ya renunciaron a principios de los noventa a un Premio Nacional de Teatro. Un antecedente que debemos amoldar al posterior camino emprendido por esta compañía y especialmente su director y líder Albert Boadella.

Hacemos nuestra la despedida de Serra:

Salud y Libertad.

 

 

Acaba de finalizar la edición número veinticinco del Festival Iberoamericano de Teatro de Cádiz, y de nuevo nos deja una sensación de desencuentro. Convivir durante dos semanas con artistas, investigadores, estudiosos iberoamericanos de las artes escénicas reconforta. Se dibuja un territorio común, muy activo, dispar, cargado de esperanzas y futuros. Nadie piense que existe un único teatro iberoamericano, ni latinoamericano, ni hispanoamericano. Las realidades culturales, sociales, políticas muestran grandes diferencias, y no podemos pensar que en Costa Rica se haga el teatro igual que en México, ni en Colombia igual que en Uruguay, ni en Panamá igual que en Chile. Y perdonen la obviedad.

Uno viaja, conoce, comprueba la existencia de movimientos estructurados en los países más sólidos que deberían ser envidiados e imitados por las estructuras estatales españolas, incluso por las autonomías, pensando, por ejemplo, en cómo funcionan en estos ámbitos los diferentes estados mexicanos, por poner una referencia. Y me refiero, de entrada, a lo institucional, porque si nos fijamos en la fuerza de los grupos, asociaciones, compañías como generadores de obras que están directamente incardinadas en sus realidades, que no son expresiones del consumo y el vicioso entretenimiento, entonces vamos desmontando un complejo del conquistador, del neo-colonizador que considera que de allí, de las américas, no puede llegar lecciones estéticas, de gestión, ni espectáculos de bastante mayor calidad que los que normalmente se ven en las programaciones habituales de la inmensa mayoría de las redes, con esa coincidencia en títulos y productoras tan sospechosa.

No todo, obviamente, es excelente. Hay una diferencia cualitativa constatable entre unos y otros. No es lo mismo, por tradición, demografía, el nivel medio alcanzado en Brasil, Argentina, México, Chile, Colombia que los trabajos generales de otros países. Pero en cada país hay experiencias recomendables, ejemplares, que siguen siendo propuestas que se diferencian en su propio sistema de producción, en la búsqueda de un lenguaje propio, el escapar de los títulos de relumbrón para indagar en dramaturgias propias. Y durante estos veinticinco años el FIT de Cádiz ha contribuido a la visibilidad de lo mejor de cada época, y no vamos a realizar una selección, sino a intentar romper el tópico de un teatro ideologizado, de lenguajes muy gastados.

Eso es una foto fija, un malicioso tópico, porque hay teatro moderno, contemporáneo, de hoy, y con mucha calidad, variedad y sugerencias. Eso se puede confirmar, verificar, pero existe un abismo, una injusticia muy grande. A los responsables de los teatros de las redes españolas no les interesa en absoluto este tipo de teatro o danza. No hablamos de solidaridad, ni paternalismo, hablamos de calidad, de oportunidad de mostrar otros lenguajes escénicos a sus públicos. Las obras, sean buenas, malas o regulares, que de todo hay, llegan a Cádiz, haciendo todos un gran esfuerzo económico, y se van. Y lo más grave es que muchas veces hacen otras representaciones por Europa, pero muy pocas, un porcentaje ínfimo, vergonzoso, por los tetaros que deberían abrirles las puertas, aunque solamente fuera por curiosidad, por utilizar un idioma conocido y en ocasiones, en algunas zonas, por ser obras provenientes de países que han aportado cientos de miles de ciudadanos para trabajar en diferentes puntos del Estado español.

No nos cansaremos de denunciar esta injusticia. Este dar la espalada a un teatro vivo, interesante, recomendable, simplemente por un tic de rango colonialista, cuando no escondiendo una suerte de soberbia cultural, pero que simplemente enmascara una supina ignorancia, o directamente unos visos xenófobos lamentables.

No tienen ninguna obligación en programar las obras que viene al FIT de Cádiz, pero al menos que muestren interés, o que las vean para saber si son de calidad suficiente para sus programaciones. Lo que hacen ahora es un vacío doloso, un castigo. Esta manifiesta y obscena actitud de no colaboración es tan obvia que en ocasiones uno piensa si no será una consigna.

 

 

 

La remodelación del gobierno español que lidera José Luis Rodríguez Zapatero ha servido como un baño balsámico para ciertos sectores sociales. Nosotros, al actual presidente español, le hemos recriminado su manifiesta falta de respeto por la Cultura, que se demostraba en el cambio de hasta tres personas al frente del Ministerio de Cultura en apenas cinco años. Ahora, incidimos en esta apreciación de desinterés cultural, justo por todo lo contrario: si algún ministerio clama al cielo por una revisión urgente de contenidos y de titulares es el de Cultura, y la actual titular se empeña en cada decisión o indecisión en convertir un ministerio de difícil encaje constitucional actual en una herramienta oxidada, caprichosa y sin proyecto.

La falta de fuste de la actual dirección en Cultura es de tal magnitud, que se han planteado de manera muy seria en diferentes estamentos del gobierno y del partido que le da sustento, amortizar el propio ministerio, en subsumirlo con Educación, como ya fue en otras legislaturas cercanas, pero se ha mantenido, se supone que por razones estéticas, de cupo, de insolvencia, de falta de coraje político, ya que nada más ser confirmada en su cargo, cuando la familia socialista estaba remontando el vuelo, al menos anímico, mientras se estaban jurando los cargos, es decir se copaba el interés mediático de manera total, y casi se diría que con un mensaje muy en positivo, tuvo que ser la señora González-Sinde, la que cesara de manera fulminante a una de sus primeras opciones de su acción de gobierno: Ignasi Guardans, al frente del Instituto Cinematografía y Artes Audiovisuales.

Probablemente tenía más que justificado este cese, pero en política, los tiempos y las formas son parte del discurso, y meter este fracaso y bronca en medio de los efectos positivos de la remodelación o crisis de gobierno, no se puede entender nada más que como una imprudencia, como una muestra más de la ausencia de criterio político, de sentimiento de grupo, y que al ser confirmada, se quiso reivindicar cesando a su fichaje estrella. Es como si se hubiera dicho: “ya que no he hecho nada importante, fastidiemos la toma del nuevo gobierno”. No ha gustado este gesto desfasado de estrella decadente en las filas del gobierno.

Pero es que la señora, a las horas, envalentonada por su continuidad, se convierte en estrella negativa en un festival de cine, la SEMINCI, y lo hace sin saber medir sus fuerzas, simplemente para hacerse notar. La actitud machista del alcalde de Valladolid es obvia, reprobable. Ha sido condenada, incluso el propio bocazas ha pedido perdón. ¿Tiene algún sentido no saludarlo institucionalmente? ¿Qué ha ganado el cine español con su ausencia voluntaria y supuestamente reivindicativa de los actos inaugurales? ¿Qué pensará Iciar Bollaín de esta asunción de protagonismo de la mediocre guionista sobrevenida ministra? ¿Antonio Banderas se siente representado por esta señora tan propensa a la vacuidad en el momento que el actor recibe un homenaje y ella lo desprecia? No parece que ni ella, ni sus asesores, estén en sintonía con los tiempos, y si, además mete la pata de manera tan ostensible en lo único de lo que se le supone tiene alguna idea, ¿por qué sigue en sus manos los destinos de los asuntos culturales, entre ellos las Artes Escénicas a las que tanto ignora o condena a los caprichos de un virreinato de opereta?

Y es que hablamos de un cese fulminante, pero ha venido acompañado de un nombramiento igual de fulminante: Carlos Cuadros. Viejo conocido por sus actividades de crítico, de empresario de una opción creativa muy pragmática y utilitaria: teatro turístico. Es decir que hacen visitas guiadas a recintos de interés cultural o patrimonial a base de personajes y dramatizaciones. Viene de ser el director de la Academia del Cine, pero sus destinos anteriores pueden ser parte de sus valores a ojos de la ministra y de quienes la colocan y la manejan: ha estado trabajando para la SGAE y para AISGE, dos sociedades de gestión de derechos varios, por lo que sabe mucho de cánones, digitales o analógicos. Esperemos que su paso por el ICAA sirva para descubrir a una persona con proyectos e iniciativas. Lo único seguro es que la estrella del guión, la señora González-Sinde, no va a tener en él ni un segundo de duda. Lo que mande la ministra o quienes la sustentan, se cumplirá.

Las decisiones y las indecisiones nos conciernen. Lo que queda de legislatura va ser un constante vaivén que irá devaluando todo lo que se había conseguido a base de mucho esfuerzo. Quizás lo único bueno es que el desgaste puede ser tal que después será más fácil la demolición final.

 

 

Estos asuntos de las Artes Escénicas tienen un componente formal que sin apenas apercibirse constituye una parte del discurso externo. Ahora que se va a cometer una nueva tropelía y van a trasladar a Cultura los asuntos de la tortura y muerte de un bovino en ceremonia pública, vale recordar que los taurinos aseguran como un mandamiento que “un torero lo es siempre”. Esto traducido quiere decir que un torero debe ir por la calle y andar como un torero, hablar como un torero, vestir como un torero. Y eso se vio muy a las claras en la foto de última hora donde la comisión de toreros salía ufana de una reunión donde había conseguido sus objetivos: enturbiar un poco más el concepto de cultura, desmantelar más la atribulada gestión de un ministerio a la deriva, pero ellos, salían retratados como toreros. Gomina, corbata, traje entallado de figurín, zapatos reluciente de tafilete.

¿Deben los artistas ser siempre artistas? Si uno entra en un bar, ¿puede identificar a la primera a una actriz, un poeta, un escenógrafo? En los estrenos está distinción es muy sencilla. No digamos en una entrega de premios Goya o Max. Diríamos que existe un componente de definición en el vestuario, el peinado, que tiene que ver no tanto con el ejercicio de la profesión, sino con la proyección televisiva que se ha hecho de algunas figuras o estrellas fugaces del firmamento artístico. Quizás el contrafuerte del glamouroso acontecimiento y de oropeles festivos sea la vestimenta bohemia, un estudiado desaliño, una actitud de rebeldía contra lo correcto que inspiraba o inspira a algunos de los gremios artísticos. Aunque en ocasiones pueda ser simplemente una pose.

Pero lo que está muy claro es que en esa nueva casta creada en las dos últimas décadas, de gestores, programadores, mandos políticos intermedios, se detecta el denominado síndrome del bedel, que consiste en que un ciudadano amable, con estudios limitados, que consigue una plaza de bedel en un instituto y le ponen un uniforme, se convierte en un capitán general con mando en plaza. Se cree el dueño del edificio, la autoridad competente del más alto nivel. Es decir, no es el cargo, es el uniforme el que transforma a estos individuos. Y los que hemos tenido que bregar con salas de ensayos en institutos, u otros lugares públicos, sabemos que, por mucha autorización por escrito que se tenga del director, si el bedel se cruza, hay problemas.

Estas reflexiones vienen a cuento de la última estancia en México, dentro de una Feria del Libro Teatral, en la que el Coordinador General de Teatro de México, aparecía constantemente, hablaba con todos los expositores, se relacionaba con sus colaboradores, recibía a autoridades, artistas, se sentía orgulloso y uno más de la iniciativa. Y con un cargo de esta envergadura, económica, social, cultural y teatral, vestía de manera normal. No llevaba esas corbatas infumables, esos ternos de catetos recién nombrados bedeles que vemos en los lugares donde aparecen algunos programadores, presidentes de asociaciones, directores generales que no tienen presupuestariamente ni una décima parte del que maneja el amigo mexicano que mencionamos.

Y nos sucede lo mismo cuando asistimos a reuniones con responsables de estos campos de ámbito europeo. A los bedeles, casi siempre españoles, se les distingue por ir vestidos de autoridades competentes, con traje y corbata, es decir por hacer el ridículo de manera rutilante, porque después, en el momento de la discusión, se nota que ese hábito no es de monje entendido, sino de inculto en la materia. Yo diría que cuanto más corbata y más actitud de bedel con chorreras, más ineficacia se esconde.

 

 

 

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