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Vie, Jul

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Dependientes del teléfono. Esperando contestación por e-mail. Absortos en el Facebook como paliativo de nuestra soledad. Vivimos sin vivir en nosotros, porque somos cada vez más dependientes. Tanto que quizás cambiemos el eslogan antes que el paradigma y nos autoproclamemos, dependientes unidos, por si acaso así, se retrasa lo de que seremos vencidos, a no ser que ya estemos derrotados y entregados. Nos queda aliento para encaramarnos a la loma y ver si los que vienen juntos contra nuestras tiendas son amigos o enemigos, pero que vienen levantando polvareda ya no caben dudas.

Estamos recién llegados de la Fira de Tàrrega, un "territori creatiu", en el que se viven todos los espejismos posibles, que hasta pueden parecer cantos de cisnes multicolores. Allí, en Tàrrega, hay organización, futuro, iniciativas, propuestas artísticas, programadores internacionales y además, y es la parte más importante para el análisis, de públicos, jóvenes, familiares, adultos, que viven el teatro como algo propio sin tener otra relación que la de ser espectadores, público, públicos, esa entelequia que tantos cursos, talleres y juergas funcionariales ha provocado y que según esa parte amortizada del sistema teatral actual, no se busca, sino, que ellos creen, se secuestra, cuando lo que está claro, es que el público, los públicos, son consecuencia de una serie de acciones previas que tienen carácter estructural, en la educación, en la vida social, en el interés cultural y en la manera de afrontar el entretenimiento o el tiempo de ocio.

Al calor de esta realidad, la de Tàrrega y su bendita borrachera de energía positiva, de esperanzas, se siente todavía más crudamente la realidad subyacente, la de festivales que se acortan o desaparecen, la de recibir allí mismo el responsable de la Fira de Manacor en Mallorca, la triste noticia de que su gobierno autonómico le ha negado la ayuda económica, a un mes escaso de su inicio, esas formas tan autoritarias que nos soliviantan porque no se trata de planificar una desaceleración, sino de provocar cortes quirúrgicos abrumadores, que dejan muy pocas posibilidades de reacción, que demuestran un desafecto a las artes escénicas y que revientan todas las pequeñas o grandes y recalcitrantes demagogias del valor de ciertos eventos como parte estratégica del funcionamiento general de la cultura y más específicamente de las artes escénicas que al ser en vivo y en directo tienen unas características muy específicas.

Es aquí, en la valoración que tengan los que llegan a la gobernanza de lo público, y entre ello lo cultural, del valor real de ferias, festivales, jornadas, programaciones o demás signos externos de la vida teatral, lo que nos deja atónitos y algo desarmados. Sí, somos dependientes de los presupuestos, pero eso es algo que debe discutirse con otras argumentaciones que escapen al agobio económico primario. Pero lo peor, es que además no tenemos tono muscular para poder sobrevivir fuera de esa protección. Y esto no debe entenderse como un estigma, sino como una consecuencia más de la falta de previsión de casi todos. Por eso los dependientes unidos, seremos vencidos, solamente sí consideramos que esa dependencia es nuestro destino. Y no, es una circunstancia totalmente reversible. Estamos hablando de políticas culturales. Hagamos nuestra una frase genial. "Dejemos el pesimismo para tiempos mejores". Así sea.

Los propietarios de la inmensa mayoría de farmacias de Castilla-La Mancha se declararon en huelga para reclamar a la administración el cobro de los atrasos de los fármacos expendidos a los enfermos medicalizados desde el servicio público de salud. La medida de fuerza, inusitada en estos tiempos, tuvo una respuesta virulenta del nuevo equipo de gobierno, pero hemos sabido que se ha ido pagado algo así como un tercio de la deuda atrasada.

Hemos visto un reportaje de un periódico de Castilla y León en el que algunas de las compañías más punteras, relatan su situación de precariedad económica, y dan cifras de lo que les deben a ellas, y lo que deben a su proveedores, trabajadores, impuestos, tasas y cotizaciones, y nos encontramos con una realidad tozuda que, por desgracia, se extiende manera poco discriminadora a la inmensa mayoría de compañía, grupos, productoras y demás figuras de gestión de los espectáculos. Recuérdese que una compañía tan laureada y con un potencial tan importante como es Animalario, ya denunció que no saldría de gira si no cobraba los atrasos de otras actuaciones anteriores o se comprometían a pagar los contratantes por adelantado parte de los gastos.

Es decir, objetivamente, los empresarios, los trabajadores y todo el entramado de las Artes Escénicas, con excepción de funcionarios y asimilados, tienen motivos sobrados para declararse en huelga, reivindicar con medidas de presión el cobro de sus contratos ya cumplidos, y exigir que en las actuaciones firmadas, exista la previsión de dinero para pagarlas. Pero utilicemos ahora el lenguaje arcaico que a lo mejor nos va sirviendo otra vez, ¿existen las condiciones objetivas para realizar estas movilizaciones, huelgas o protestas? Lo de la huelga sería un entelequia, una auténtica huelga fantasma, porque se declararían en huelga precisamente por no poder trabajar, que ese es el drama paralelo que se vive. Protestar, sí, pero ¿ante quién? La respuesta no es fácil, desde luego, porque aquí hay muchas ventanillas para pedir papeles, pero la caja es única, todo viene de los impuestos que pagamos todos los ciudadanos.

De manera todavía más tangencial, ¿con quién? ¿Tiene FAETEDA alguna virtualidad vindicativa conviviendo los grandes, los pequeños y los insignificantes en la misma barca manejada por el Gran Capitán? ¿Los sindicatos de actores, de técnicos, contra quién lanzarían la protesta? ¿Un movimiento de indignados como los del 15-M podría ser una solución alternativa? ¿Existe alguna posibilidad de una mínima unidad para plantear a las administraciones medidas urgentes?

Los que tenemos experiencias acumuladas, recordamos plantear en los principios de los ochenta del siglo veinte, huelgas a la japonesa, es decir, provocar actuaciones múltiples para hacerse ver, visualizarse, manifestarse y actuar. Esto hoy es imposible. Las cosas han cambiado mucho. Antes existían grupos, colectivos, cooperativas, no había contrataciones externas, no se cotizaba a la SS, los espacios de representación existentes estaban en transición, al frente de su gestión existían cómplices que cedían su sala, su frontón, la plaza. Incluso había una generación de políticos recién llegados a la vida democrática que se mostraban auténticamente preocupados, existían ideas de qué hacer con la Cultura, se daba por supuesto que el Teatro era necesario y solamente le faltaba mayor apoyo económico.

Ahora todo está atado y bien atado. Los locales de titularidad pública debe pasar por un proceso burocrático que coacciona cualquier actitud solidaria, además de existir una casta funcionarial que no tiene ni preparación ni noción de la gravedad social y democrática a la que está abocada la cultura y muy especialmente en las Artes Escénicas por sus peculiaridades de tener que realizarse con la presencia de los creadores y no poder reproducirse industrialmente, pese a lo que los profetas del neoliberalismo a cuenta del presupuesto general defienden para los otros, nunca para ellos, claro está.

Por lo tanto, la situación no deja muchas salidas. En la parte más afectada, con condiciones laborales que costaron conseguir y que se consideran adecuadas, pero en estos momentos muy difíciles de cumplir porque en buena ley, nadie puede actuar sin tener declarados a su trabajadores y dados de alta en la SS con sus cotizaciones correspondientes, nadie puede teóricamente trabajar sin cobrar sus salarios, y eso, es uno de los problemas, porque se debe añadir el transporte, la manutención, el hospedaje, y para hacer una actuación se deben adelantar unas cantidades de dinero que, después del deterioro continuado durante varios años causado por los retrasos en los pagos y la falta de nuevas contrataciones, no existe ese fondo de financiación.

Sí, la situación es muy grave. Además de lamentarse, hay que organizarse, mantener la dignidad profesional, y encontrara la manera de sobrevivir y después de respirar y buscar respuestas rápidas de quienes tienen los boletines oficiales y los presupuestos, porque estamos en proceso electoral y después del 20-N, veremos la auténtica cara de los lobos que ahora van disfrazados de corderitos.

He crecido admirando a Els Joglars, que en aquellos penosos años de finales de los sesenta, setenta y posteriores sus espectáculos eran de las pocas luces que alumbraban en el teatro catalán primero, y español después. Una de esas compañías míticas que implantaron una forma de trabajar, un compromiso con la sociedad, que indagaron estéticamente, que propusieron a sus espectadores temas cadentes, conflictivos, expresados siempre desde un punto de vista que se expresaban en unas formas escénicas que fueron seguidas por un número muy elevado de conciudadanos en forma de públicos cómplices en todo el Estado español. Y en sus primeros años, cuando eran textos sin apenas texto, internacionalmente.

Mantengo el amparo de Els Joglars porque es el lugar donde Albert Boadella ha ejercido de maestro, compañero, activista social y cultural, y es el grupo más longevo de España y probablemente de toda Europa, al menos en el formato de independencia, sin vinculación a ninguna estructura física, ni administrativa concreta y que lo mucho que han logrado lo ha hecho por el acompañamiento masivo de numerosos públicos, insisto, cómplices, que han recorrido toda su peripecia vital, artística, teatral, cultural, social, policial y política. No existe grupo con más vetos, prohibiciones y ataques violentos de la extrema derecha española. Fueron perseguidos por una obra de teatro "La Torna", encarcelados por los militares de la transición, juzgados en rebeldía. Han sido excomulgados por sus obras. Nadie, puede presentar una hoja de servicio a la democracia, a su visualización encima de un escenario como Els Joglars, y todos hemos sabido desde siempre, que siendo un grupo, que manteniendo una estructura interna cooperativa, el gran creador ha sido siempre Albert Boadella, muy bien acompañado, con un equipo fiel, aunque hayan variado algunos de sus miembros en estos cincuenta años de vida, por la lógica de la genética, y de la viveza de un complejo creador como ha sido Els Joglars.

Sus obras han marcado hitos en la escena. Han jugado con los lenguajes escénicos, fueron vanguardia, lograron una forma muy particular de ser y estar encima de un escenario que se correspondía siempre con sus inquietudes políticas de cada momento de su existencia y por lo anteriormente dicho, con un acompañamiento masivo de ciudadanos. Se mantuvo meses llenando un teatro barcelonés en pleno gobierno de Jordi Pujol, poniendo en solfa a esa figura política, que tomó represalias muy serias en forma de intento de estrangulación económica. Han tocado asuntos sensibles, además de los nacionalismos, como es el excesivo deporte, la energía nuclear, el formalismo religioso, por poner algunos, siempre en clave humorística, sarcástica, siempre, o casi siempre, en un esfuerzo estético considerable. Han sido, son y serán, unos maestros en lo suyo. Únicos, irrepetibles.

Por todo ello y ahora que se reestrena 'El Nacional' en un teatro privado de Madrid, quisiera sobrevolar el discurso último de Albert Boadella, cuyas consideraciones de la política, no comparto, porque considero que adopta una postura de ácrata de derechas. Ni siquiera me parece muy a tener en cuenta que acepte ser el director de Los Teatros del Canal de la Comunidad de Madrid, porque estoy convencido de que al final, logrará colocar esos teatros en el imaginario de la gente. Yo creo que es admirable, sin resquicios su talento teatral, su trayectoria, su propia actualidad teatral, pese a que considero que en sus últimos espectáculos se notaba un cierto desgaste, una falta de energía positiva, lo que no es nada más que una opinión y que entiendo es un derecho de cualquier artista a tener desniveles en sus creaciones.

Pero dentro de su discurso, el teatral, el que escucho, releo, y a veces comparto, está esa necesidad de establecer una alianza con los públicos, una suerte de denuncia a quienes parecen querer ser una especie de funcionarios de tercera o cuarta categoría, además muy discontinuos y temporeros, de rebanadores de las migajas y ayudas públicas, que parece obsesionar a muchos. Propone Boadella que se debería buscar cada uno su manera de tener sus fans que lo defiendan en taquilla, o que coadyuven a la existencia de los proyectos. Ese discurso, dicho desde la práctica, desde la ejemplaridad de entrar, recuerdo, a un teatro privado en Madrid, me parece muy apropiado en estos momentos. Al menos para reflexionar sobre él. No, no se rasgue nadie las vestiduras, yo abogo por una cultura democrática y ayudada desde el poder instituido, pero eso no debe ser la sopa boba. El sistema que hemos creado entre todos no funciona y hay que cambiarlo. Y como no podemos esperar a que lo arreglen ellos, los políticos y sus torpes asesores y funcionarios desnortados, algo deberá hacer la parte contratante activa, los creadores para su propia cotinuidad.

Y un último detalle, ignoro cuántas ayudas, si es que reciben Els Joglars actualmente. Seguro que a través de contrataciones en los tetaros de la Red van bien, pero casi siempre retornan por taquilla a sus contratantes parte (o todo) del cachet, pero hay que recordar que ellos fueron los que cuando se les otorgó hace unos años el Premio Nacional de Teatro, lo rechazaron. Con argumentaciones de coherencia con su propio discurso. Y se recuerda que este premio, además de dar la mano al rey o al príncipe, viene dotado con una cantidad de dinero muy apetecible.

Con la renovación de los municipios, además de llegar la revisión de las cuentas, las coartadas perfectas para ir recortando proyectos culturales, se están manifestando las malas prácticas en el nombramiento de los responsables de los teatros de titularidad pública. El ejemplo más doloroso lo tenemos en el Teatro Gayarre de Pamplona, y como hemos dado noticias en este periódico, un día una mayoría de patronos nombra a José Mari Asín como director del mismo, y el alcalde se cabrea, paraliza el trámite oficial, intenta colocar a alguien al que al parecer le había prometido el puesto y tras varias trifulcas, aparece una tercera persona que es nombrada provisionalmente.

Seguramente la casuística en este sentido se agrandará hasta límites insospechados, como no existe una reglamentación uniformadora, ni siquiera los teatros municipales están sujetos a algo más que la consideración de las mayorías políticas que gobiernan en cada momento, esta competencia impropia puede ser suspendida sin que se produzca nada más que un disgusto, alguna manifestación de los más afectados directamente y sin respuesta ciudadana contundente como para sentirse presionado nadie para mantenerlo o no.

Y los nombramientos se hacen desde la misma inspiración, absolutamente partidaria, sin atenerse a ninguna valoración profesional, simplemente debe ser alguien que esté bautizado por alguien de poder en el partido correspondiente, aunque sea en el escalafón más bajo del nivel local. En el caso del Teatro Gayarre, concurren muchos datos para hacerlo más ejemplar, en cuanto a que si existe una persona formada para el cargo, ya que es técnico municipal de cultura de Cizur, a pocos kilómetros de la capital, se une a que es actor de larga trayectoria, que ha participado en los mejores proyectos y montajes del teatro navarro de los últimos veinte años, y que, por lógica, ha pisado el escenario del Teatro Gayarre más que nadie. Es, pues, el candidato perfecto, además su perfil político es neutro, o al menos no es excesivamente significado, y su carácter conciliador, lo convierten en alguien aceptado por todo el mundo. Por todos, claro, menos por los recién llegados a la gobernación del ayuntamiento de Pamplona, en este caso del partido Unión del Pueblo Navarro.

En paralelo hemos ido viviendo la protesta de toda la gente de cultura de Aragón tras el nombramiento de un tal Vadillo, como director general de Cultura del Gobierno de Aragón. En este caso, la capacidad de gestión del nombrado es desconocida, pero sí se sabe sus opiniones sobre la Cultura, las ayudas, las subvenciones, los artistas, expresadas de manera reiterada en un periódico digital de la extrema derecha española. Es lógica la respuesta de las gentes de la cultura aragonesa, el apoyo que han tenido de todo el mundo, porque de nuevo no se están utilizando valoraciones técnicas o profesionales, capacidades demostradas, sino adscripción política e ideológica.

En este punto debemos parapetarnos en una vitrina de cinismo y recordar que cuanto más se ataca a un nombramiento de estas características, más se consolida el mismo, porque si algo está claro es que el verbo rectificar no lo conocen, y si han decidido ese nombramiento siguiendo los consejos de las alturas, se mantendrá pase lo que pase, y se recuerda que el otro verbo prohibido es dimitir, por lo tanto el futuro inmediato se pone muy negro, aunque utilizando un poco más de cinismo, que se nos acaba, oiga, podríamos conceder el beneficio de la duda, cosa que casi nunca funciona, pero como nos vienen meses electorales, futuros más negros, a lo mejor no nos queda más remedio que arar con estos bueyes.

O la huida. Escapar. Quien pueda que se vaya a estudiar o a trabajar a lugares donde todavía existe alguna posibilidad de que se valore el currículum, lo realizado, los proyectos y no la militancia ciega y la obediencia al líder. Desde luego, las malas prácticas se mantienen, y las padeceremos. Quedarse quieto es lo peor, pero hay que acumular fuerzas para poder ser eficaces en nuestras protestas y luchas por la democratización de la gestión y por extensión, por la defensa de una cultura democrática para todos.

Desde esta columna tendemos últimamente a acercarnos a los asuntos estructurales, de producción y programación con bastante profusión. El ambiente de crisis así nos impele a ello, pero intentamos siempre dejar claro que lo fundamental es la parte creativa y su relación con los públicos. En el planteamiento clásico, una de las maneras de enlace entre unos y otros, entre creadores y públicos, había sido a través de los medios de comunicación, aunque ahora se insiste mucho en que las redes sociales están teniendo una importancia cada vez mayor.

Este pobrecito hablador se siente concernido por todo cuanto tiene que ver con los medios de comunicación y las Artes Escénicas. Y observo con mucha tristeza que el deterioro económico que están sufriendo las empresas periodísticas, la anorexia cultural que están padeciendo los medios de comunicación en general, nos lleva a una invisibilidad de las Artes Escénicas que no formen parte de un especial sistema de producto comercial. Repasar los medios de comunicación, sean locales, regionales o estatales, en papel, digitales, por ondas radiofónicas y no hablemos de televisiones, es hacer un cómputo de la comercialidad, de lo que está de moda, de apoyo y propaganda acrítica a unos productos de consumo que se ofrecen encima de algunos escenarios muy elegidos.

Si existe algo similar a la información es simple publicidad encubierta, no hay una elaboración más allá de copiar y pegar la nota de prensa de la compañía, el teatro o el festival. Si después se hace una crónica nunca tienen que ver con el hecho escénico y sí con el acto social y si, por casualidad, hay una crítica, demasiadas de las veces está contaminada por la misma tendencia a seguir la corriente y a hacer de las anécdotas una categoría de opinión. Eso sin entrar en calidades, ni en señalar fobias o filias.

Estas reflexiones volátiles, domingueras, agosteñas, no excluyen a este periódico digital. No. Formamos parte del mismo problema. Podemos declarar en nuestro favor que intentamos superar esos condicionantes, pero eso no quiere decir que lo logremos. Las circunstancias actuales no son propicias para el rigor, aunque sea más necesario que nunca, y se deban recordar todos los días los principios de la información, el compromiso con el lector y ese largo etcétera de asuntos olvidados, perdidos en estos tiempos de molicie cultural.

Por ejemplo en el último estreno del herido Festival de Mérida, una Antígona, versionada por Ernesto Caballero, dirigida por el mexicano Mauricio García Lozano e interpretada por Marta Etura y con un papel intenso por Blanca Portillo, las crónicas de varios medios, por no decir todos, y hasta las críticas o los sucedáneos que se nos presentan como tales, insistían de manera reincidente y prioritaria en que el público usaba abanicos. Los abanicos de Mérida atravesaban todas las opiniones. No sabemos mucho más de ese estreno. Que fue un éxito mayúsculo o relativo, que fue estupenda o muy mal planteada, lleno hasta la bandera, o casi lleno, pero lo importante en todos los que escribieron sobe ello fueron los dichosos abanicos. Y no salían en escena, no, eran los abanicos para paliar el calor emeritense de un día de la mitad de agosto, ¿qué pensaban que iba a hacer frío para usar rebeca y manta? Les faltó decir a todos quién patrocinaba los famosos abanicos.

Pero lo que de verdad me ha dejado en estado de prestaciones básicas y a punto de pedir asistencia respiratoria es leer la pregunta que hacían a sus lectores en la edición digital del periódico barcelonés La Vanguardia en su encuesta diaria: "¿Declinas la crítica literaria en el siglo XXI frente a la ficción y otros géneros literarios?"

Socorro. ¿O era un homenaje a Cantinflas o es una pedantería supina? Por cierto un sesenta y muchos por ciento contestaba NS/NC.

¿Qué pensarán los públicos de todas las diatribas que entretienen a sus artistas favoritos? En lunes agosteños, uno siente la desazón de después de la siega. Todo un año trabajando para que ahora en los silos se almacene el grano que nos pagan a un precio más bajo de lo estipulado. Pero ese trigo un día será pan de diseño, tostadas, pasta o sémola y tendrá un precio de mercado que el cliente acarreará de las estanterías del supermercado o le servirán meticulosamente en una boutique del pan. Cuando comemos una hogaza de pan nunca pensamos en el segador, ni en los días de solanera. Queremos que el pan esté crujiente, sabroso y que no sea muy caro.

¿Existe alguna especie de público de las artes escénicas que se preocupe por las condiciones sindicales de los artistas, o que se fije más en el programador que en la primera actriz? Probablemente ni ese público, no tan público, pero sí más contaminado que son los profesionales del medio, acude a las representaciones con más prejuicios, incluso, que quien va a ejercer la crítica. El resto de ciudadanos que deciden convertirse estadísticamente en un número de la cuenta de resultados de los espacios teatrales, va en busca de emociones, entretenimiento, función social, consumo cultural y un larguísimo etcétera.

A este labrador de verdes campos de un Edén perdido, le preocupan hoy más que nunca los públicos. Los efectos colaterales que la situación económica y de desbarajuste en el sistema productivo español en las artes escénicas va a tener no solamente con los profesionales o asimilados, sino en ese ente que los totalitarios llaman Público y que ya sabemos que son Públicos, por su diversidad y volatilidad. Los secuestradores de público, aquellos latifundistas del público, que se llenaban la boca con esa frase desmedida, desdichada y que tanto ha corroído el quehacer funcional de las artes escénicas: "no te contrato porque esta obra no le gusta a mi público", ¿qué nos dicen ahora? ¿Han liberado a su público? No. Era todo una mentira, una falacia, una alucinación de recién llegados, un despropósito que se vuelve contra todos.

Entre unos y otros, el sistema de producción y distribución, es un mecanismo roto porque se basaba en premisas falsas y en un oligopolio desnaturalizado. Sin entrar en más detalles localistas, en la Red, lo que se programa mayoritariamente son (¿eran?) producciones con famosos de la tele. Lo pagaban a precio de juzgado de guardia, rompiendo la escala lógica del mercado, y con eso conseguían a base de demagogia con los precios de las entradas, porcentajes de ocupación realmente considerables. Por cierto, nadie se ha entretenido en depurar esos porcentajes para saber, como se sabe de los teatros en Barcelona, cuántas butacas se ocupan de pago y cuántas por cortesía. Ese sistema es el que se ha vuelto inviable, porque esos grandes empresarios del pesebre, los que se han enriquecido con este sistema, ahora no están dispuestos a reorganizar sus cuentas, y si se ha acabado el dinero, no hay famosos y si no hay famosos, no hay públicos de aluvión. Y volvemos a empezar.

Lo malo es que esa opción de talonario había contaminado a todo el sistema, llegando a propiciar que festivales de la entidad cultural que debería tener Mérida, fuera una pasarela exhibicionista para cantantes del pesebre, artistas de la tele y proyectos megalómanos de corta vida, pero de mucha repercusión mediática, que llenaban las piedras de su teatro. Este año, como hemos sabido, las directoras dimisionarias del festival, con una propuesta de programación coherente, fundamentada, con poso cultural y contenido ético y de relevancia artística fuera de dudas, declaran que hay una bajada de espectadores considerable, lo que les hace reunirse con el nuevo presidente de Extremadura para conseguir el compromiso de cubrir el posible déficit que se ocasione y poder pagar así todos los compromisos contractuales.

Sin más. Pensemos, mientras vamos a la huerta a regar. Estos son efectos colaterales que vamos a sufrir durante años. Y una de las pocas soluciones es empezar, sí, soy un pesado, de nuevo, por aquello que se hizo hace décadas, y se dejó orillado, llevar las artes escénicas a las aulas pero de manera de introducción a ellas, para conocerlas, para practicarlas. Y hacer un seguimiento para que en un tiempo lógico, tengamos jóvenes que sepan qué es el Teatro y sean aficionados, no estadística de ocupación. Y que no falte en la universidad, ni en ninguna casa de cultura, ni en ningún hogar del jubilado. Encender hogueras teatrales en cada esquina.

Dentro de estas circunstancias actuales en que un supuesto instinto de supervivencia se convierte en el salvoconducto para la pérdida de la noción de responsabilidad y criterio, la actitud elegante y digna de Blanca Portilla y Chusa Martín, codirectoras del Festival Internacional de Teatro de Mérida, de presentar su dimisión ante un cúmulo de hechos acaecidos, se debe entender como reconfortante. El quitar la foto de Asier Etxeandia desnudo en proceso de maquillaje para una función de teatro de la exposición 'Camerinos' por "recomendación" de alguien o "alguienes", nos parece una muestra de su capacidad de aguante. Sin hacer aspavientos, sin tomar más relevancia en el conflicto que el debido, se aparta la foto del actor, con mucho dolor como han señalado, desaparece el foco del desacuerdo, se elimina una coartada a los que ejercen la presión, y posteriormente se da el paso adecuado, se hace el gesto político irreversible: presentar la dimisión. Se salva el Festival, al que no se le añaden voceríos extraños para que los públicos puedan fijarse en lo sustancial, que es la programación, y el resto, lo coyuntural, se solventa con claridad, postura clara y lucidez democrática.

Aplaudimos la gestión del problema sobrevenido por parte de la dirección artística, y quisiéramos fijar la atención en dos datos importantes. El primero es que las codirectoras plantearon una edición de Mérida, en donde su idea del mundo, quedaba clara, sin concesiones ni ambigüedades. Elegir a Antígona como eje central, además con tres montajes, es una de las propuestas de programación más importantes que yo recuerde en nuestros escenarios, festivales y demás eventos. Una apuesta clara, incluso podríamos considerar que feminista, pero de una fuerza declarativa de intenciones majestuosa. Y si el primer montaje fijó la acción en la España de 1936, estamos ante un acto doblemente significativo y creo que es precisamente en este punto donde empieza el roce, el desajuste con los equipos de gobierno de ayuntamiento de Mérida y Junta de Extremadura, recién llegados. Ahora gobiernan en ambas instituciones políticos pertenecientes al PP. No sigamos por este camino, porque puede ser anecdótico, aunque nos ayude a levantar todas las sospechas para un futuro inmediato.

Es muy probable que a Blanca Portillo y Chusa Martín, no les renovaran la confianza estos nuevos administradores de lo público para próximas ediciones. Por lo tanto el gesto de dimisión es todavía más importante. Porque en las declaraciones que están haciendo a raíz de la situación creada, me encanta que las directoras hablen de lo sustancial. De la programación como ejercicio cultural de primer orden, de la estructura, de los valores del teatro, de su manera de relacionarse con la sociedad. Y aquí sí que es importante anclar el globo a tierra firme, porque lo que le ha venido sucediendo al Festival de Mérida en los últimos tiempos ha sido de una gravedad importante. La falta de criterios, la gestión poco clara, el amiguismo como mérito, la inexistencia de una estructura administrativa y estatutaria que garantice tanto su solvencia financiera como su desarrollo artístico y de influencia no sólo estatal sino internacional, puede agravarse ahora.

Tanto en este Festival, como en la inmensa mayoría de acontecimientos de estas características no hay garantías jurídicas, ni leyes que los amparen, ni siquiera pactos más o menos globales y dependen, siempre, de la voluntad de los políticos del partido que consigue la mayoría parlamentaria coyuntural para gobernar. Y eso, es un problema eterno, que se debe solucionar pronto, o un día amaneceremos sin ninguna de nuestras referencias teatrales históricas, y no nos quedarán ni lágrimas.

Por ello, aplaudo una vez más a Blanca Portillo y Chusa Martín, porque su gesto nos debe ayudar a estar en guardia, un poco más alerta, consecuentes de nuestra indefensión absoluta. Todo lo que perdamos no se recuperará en décadas.

Dicen que por un aviso de amenaza de intervención desde el Ministerio de Cultura, en la SGAE se ha llegado a una situación de aparente consenso entre todos los sectores con el fin de realizar a partir de una asamblea general y la repetición de las elecciones, lo que denominan una refundación. Sin entrar en materia, esto puede parecer una solución de continuidad pactada y acomodado, o el preámbulo para un proceso que podríamos colocar en la disyuntiva de si es necesaria una reforma o una ruptura.

Estas mismas preguntas cabrían hacerse sobre todo el sistema de producción, distribución y exhibición actualmente imperante en el Reino de España. Las instituciones actualmente en aparente funcionamiento, las convocatorias de ayudas y subvenciones, el diseño de las redes, el concepto de productora, grupo, compañía o unidad de producción institucional, vienen de una etapa anterior, de una acumulación de pegotes a una mal diseñada estructura del Estado, y sobre todo, de una indefinición del propio concepto de Cultura y de las herramientas para su implantación, difusión y desarrollo con criterios democráticos de universalidad e igualdad de oportunidades. Por decirlo pronto y mal, la transición política, imperfecta, como ahora sabemos, lastró a la Cultura para colocarla en un nivel adecuado al que tenían nuestros vecinos europeos desde la terminación de la Segunda Guerra Mundial.

El modelo que hemos ido construyendo y con el convivimos está basado, al menos en cuanto a las Artes Escénicas se refiere, en políticas de clientelismo, de supuesto prestigio, de defensa de lo local, de la producción como expresión única de la creación y de la cuota de pantalla, perdón de ocupación de las salas, como medida única. Todo ello, claro está, a partir de unos presupuestos generosos que permitían un crecimiento desequilibrado, que aumentaban los gastos superfluos, las programaciones efímeras, la potenciación de los espectáculos de mercado, absolutamente desprovistos de valor artístico y social y que no dejaban huella, ni rastro.

Ahora, cuando se ha terminado la alegría económica, descubrimos que no hay bases, no hay estructuras reales más allá que los edificios y sus mínimos funcionarios en demasiadas ocasiones ejerciendo multifunciones. Esto significa que los recortes no se pueden asimilar sin cortar líneas de vida. Si los públicos eran de aluvión, si no se han creado tejido cultural y teatral suficiente para defender otros modelos, lo que se nos avecina es la nada, o pero aún, una actitud de limosneo, de mantener el mínimo vital, como mucho, a costa de renunciar a la dignidad creativa.

Por lo tanto, es el momento de plantearse de nuevo, al menos en este campo, si es necesaria la reforma o la ruptura. Para que se me entienda, o seguimos aceptando las estructuras existentes pensando que tiene solución con dos apaños, o se empieza a pensar en la demolición controlada de estas estructuras, en la supresión de todo aquello que está demostrado que no sirve para nada más que para la ostentación y la representación y se emprende una travesía del desierto con el fin de ir construyendo desde abajo, o mejor dicho, desde donde se pueda afianzar algo de lo existente, para asegurar el futuro inmediato y sentar los fundamentos para un desarrollo sostenible, contando con los públicos, es decir con la sociedad, apostando por los creadores, desparasitando todo el sistema.

Y volviendo a la noción del Teatro como un servicio público, cargado de futuro, siempre que se coloque del lado de los que buscan cambios regeneradores en lo económico, lo social y lo político. Si se quiere, utilicemos la palabra refundación. Pero algo hay que hacer antes de ver derrumbarse el edificio entero.

En todas las partes cuecen habas. Las alfombras acogen más ácaros que motas de polvo en suspensión... de pagos. Por el humo se sabe donde está el fuego. Vamos a cantar mentiras tralalá. Lo peor que le puede pasar a la SGAE es que la crisis se cierre en falso como parece ser la intención. Si se mira únicamente al madrileño Palacio de Longoria se crea un espejismo. Allí se concentra el poder decisorio, pero la trama se fragua radialmente. Tras este primer contencioso judicial se han destapado algunas cajas de sorpresas, pero a las Artes Escénicas, donde le duele de verdad es en el caso Arteria que está diseñado para crear una suerte de monopolio de la exhibición en condiciones draconianas. Y la Arteria con demasiado colesterol del peor está pensada para colonizar las provincias, y ya están sus infanterías desmontando todo el delicado equilibrio en Barcelona y Bilbao, entre otros puntos cardinales del desdoro y la gestión cafre del ideólogo Luis Álvarez, al que habrá de seguirse con muchísima atención porque está en la bisagra de ese imperio de locales de exhibición con pies de barro.

Seguramente quienes ahora están de cortafuegos no tiene posibilidades de hacer el diagnóstico adecuado, y están utilizando aspirinas para tratar una enfermedad degenerativa que lleva años corroyendo todo el cuerpo social de la SGAE. Nadie había logrado en tan poco tiempo fraguarse una imagen tan desagradable de una entidad. Nadie concita tanta desafección. Y ello es debido a unos delirios de grandeza de un equipo directivo que ahora se comprueba como tenían algo más que altruismo corporativo y defensa de la autoría. Parece ser que se trataba de un saco sin fondo para enriquecerse unos cuantos a costa de todos los demás. Y lo hacían a base de imponer unas leyes irrebatibles, unos métodos modelo Chicago, con el consentimiento de las autoridades ministeriales incompetentes.

Si lo hecho hasta ahora está en sede judicial, donde se deberán depurar responsabilidades penales si las hubiera, lo que es imprescindible es que se regenere internamente esta sociedad nacida con fines muy claros y que ahora parece un sindicato de malhechores. Para que la sociedad la reciba como algo necesario para que la Cultura siga funcionando dentro de unos cauces lógicos, lo primero que hay que hacer es democratizarla internamente. Se está empleando el término "refundación", que quizás sea el adecuado. Y lo que está claro es que todos los que hasta ahora mismo, hoy, insisten en no reconocer los malos usos de unos derechos, de unas prácticas abusivas, de un reparto inadecuado de los ingresos, y de una malversación de los fines fundacionales, no puede ser los que se coloquen como salvadores. La limpieza debe ser muy a fondo. E insisto, no solamente en Madrid, en todos los lugares donde se ha erigido en un conflicto social, en una representación amarga de un simulacro: no luchan por los derechos de autor, sino por sus sueldos escandalosos. Se han apoderado unos empleados magníficamente pagados del bien societario.

Confundidos los objetivos de los inspectores y de sus dirigentes, los socios han sido muy mal representados, abducidos por los cantos de sirena de las cuentas de resultados, de los repartos injustos para crear incondicionales. Muchos de los que ahora se presentan como solución son parte del problema, creadores del problema, cómplices de muy buen grado, benefactores de los desequilibrios y deberían ser investigados para que no continúen saqueando a la entidad. El daño exterior ha sido grandísimo, pero el interior en cuanto se mire bien, puede ser mayor. Solamente nos queda la esperanza de la reacción colectiva, del liderazgo limpio de los socios para depurar responsabilidades y realizar auditorías económicas, pero, sobre todo, una revisión de los objetivos y de los métodos para llevarlos a buen término.

Seguir así, como si nada pasara, es el suicidio. Muerto el perro se acabó la rabia. Pero los autores, la autoría, la propiedad intelectual, la Cultura, seguirán existiendo y debe ser protegidas no solamente por las leyes, sino por la aceptación de la sociedad en pleno, su receptora, su depositaria, de donde sale y a donde va. Los intermediarios, agentes, comisionistas y gestores son parásitos, en ocasiones muy necesarios, pero nunca imprescindibles. Como en tantas cosas, lo que hace falta es pensar, aplicar una visión del mundo, llegar a la acción tras un análisis y fundamento ideológico, ético, compensado y aceptado por el cuerpo mayoritario de los socios, y no a base de purgas de mercado y cifras globales millonarias que aturden, engañan y confunden.

Cuatro verbos y dieciséis adjetivos, un latinajo y medio y doscientos gramos de retórica que recubra la idea obsoleta y reiterada es una de las recetas imprescindibles para circular por algunos circuitos. La realidad cultural, teatral, su implicación con la sociedad, su incidencia política, su auténtica incidencia en el futuro no importan. Cuando los teóricos se llaman académicos se hacen secta impenetrable y crean microcosmos ficticios autoalimentados por los dineros públicos. Se creen que ellos, como dominan cuatro palabras robadas, se inventaron el Teatro, y muy especialmente aquellos seres que siguen haciendo del Teatro algo vivo, transformador, aun dentro de sus limitaciones macros, en lo más importante para el futuro, lo micro, a cada persona que forma parte de ese bien indefinible que se llaman públicos, es decir espectador a espectador, insisto, persona a persona.

Así que atentos todos, sálvese quién pueda. Los incendios provocados por los pirómanos neoliberales los apagan con gasolina de mercado de bajo octanaje. No hay nada nuevo a la vista, las no soluciones que han servido para enriquecer a unos pocos y empobrecer a todos, se mantienen, el desequilibrio se va a acentuar, la distancia entre quienes van a seguir infectando los escenarios con teatro recargado de pasado artístico putrefacto y quienes con sus propuestas inocentemente de vanguardia intentan explicar esta sinrazón con formas y sus palabras sincopadas como golpes de corazón bailando. Los académicos, mientras tanto, dan fotocopias leídas de sus no ideas para perpetuar su especie.

Los charlatanes tenemos ya los días contados. No nos dejarán vender crecepelos por las esquinas ni de Internet. Hay que poner una manta de amianto para que no se vea, no se oiga, nadie pueda escuchar el grito de socorro de unas artes escénicas abandonadas por sus parásitos, carcomidas por su complacencia, infectadas por la desidia del nuevo rico que ha perdido en bolsa. No señalemos más a los políticos, sino a sus cómplices. Demos un respiro a los funcionarios y fijémonos con los que les adulan y les bailan el agua. Son legión los que han crecido a la sombra de un árbol que daba frutos corruptos. Ahora se proponen para llevar la pancarta. No buscan una solución sino una reparación de su propio estatus perdido o a punto de desaparecer.

El Teatro nos sobrevivirá, que nadie se lleve a engaño. Nuestro compromiso histórico es dejar las condiciones apropiadas para que su crecimiento sea sostenible, beneficioso para la sociedad, ese ente compuesto por personas que se junta para ir al fútbol o al teatro. Insisto, desde su inmensa pequeñez, desde lo micro. Y quien hable de economía de escala, lo expulsamos de una puñetera vez del templo. Me temo que nos han dejado solos, no tenemos teóricos, ni líderes, ni partidos ni sindicatos que tomen la iniciativa. Tendrá que ser desde la base, entre todos, quienes organicemos el futuro inmediato, sin padrinazgos ni actitudes de paternalismo. Entre todos podemos, porque la otra no solución es la suicida sálvese quien pueda.

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