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Jue, Sep

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

La crisis se ha convertido en la gran trituradora de los logros sociales y culturales. Amparados por la terca realidad fomentada por el señor Mercado y su sobrina, los recortes y ajustes supuestamente económicos no son otra cosa que retrocesos políticos de incalculable trascendencia. Uno siente que la gobernanza es cuestión de unos intereses que nada tienen que ver ni con los ciudadanos, ni con los cargos electos, sino de algo que está más allá, muy por encima de la voluntad popular, y que rigen los destinos a base de una dictadura financiera que pone y quita gobernantes.

Por lo tanto la circunstancia actual, con un gobierno saliente, noqueado, y uno entrante, aterrizando, no es precisamente la situación más adecuada para sentirse optimista, pese a que los que llegan lo hagan con holgada mayoría absoluta para poder tomar decisiones que gusten a los que mandan allende las fronteras. Si se cuestiona la educación y la sanidad universal y gratuita, ¿qué se puede esperar de ciertos aspectos de la cultura de exhibición que es considerada como parte del ocio y el entretenimiento? Por lo tanto, contextualizada la actividad cultural dentro de los picadillos que dejará la trituradora, las Artes Escénicas van a sufrir, en buena lógica, una demolición incontrolada de estructuras, un tsunami presupuestario que puede convertir el año 2012, en un año trágico.

Situados ante esta realidad, ¿qué se puede hacer? Si en términos de producción, exhibición y distribución, la cuestión debe entrar en un territorio de mayor relación con los públicos, es decir ir directamente del co-pago actual al mercado, o sea, a porcentajes de taquilla para salvar parte de la actividad, es en el terreno de la creación donde se abren las mayores incógnitas. Porque nadie puede dudar que el sistema de producción influye, y de manera muy clara, en las creaciones, sean de la entidad y formato que sean.

Llegarán los monólogos, las obras de parejas, con temas de parejas, se considerará ya un atrevimiento las obras con cuatro personajes, propuestas como una solución de emergencia para muchos. Ello conlleva, además, que sean asequibles, es decir de humor, lo que provocará, sin lugar a dudas una saturación en unos pocos meses. En tiempos de incertidumbre, las prisas, las urgencias, son malas consejeras, y quien logre, por las razones que sean, mantener su personalidad, seguir en la senda de sus objetivos estéticos, será quien a medio plazo consiga hacerse con un hueco.

El problema reside en dónde coloca cada cual su línea roja. Porque en el sistema de producción actual, el que se empieza a resentir, se habían logrado avances sindicales, normalización contractual, mínimos salariales, lo que hacía que existiera un tejido más o menos consistente que formaba eso tan importante que llamamos la "profesión". ¿Puede la taquilla mantener esta normalidad laboral? Me temo que será difícil y que se volverá a la auto-explotación, a los cooperativismos camuflados, a la búsqueda casi de una actividad semi-clandestina para evitarse los grandes gastos de Seguridad Social e impuestos.

Nadie puede negar a nadie que haga teatro. En las condiciones que crea. Por afición, amateurismo, distracción o profesionalismo. Ya hay circuitos que se están completando con obras de grupos aficionados. ¿Se puede recriminar a la institución que lo haga algo que no sea desde una postura gremialista? ¿Qué es más importante el Teatro, o los profesionales del Teatro? Una contestación directa es que lo más importante, lo que hay que procurar es el Teatro hecho con los mejores profesionales. Y lo firmo y me pongo a la cabeza de la manifestación. Pero no estigmaticemos al teatro vocacional, al aficionado, porque en el sentido más estricto, hace exactamente lo mismo que la más grande compañía institucional. La diferencia es de calidad, de medios, de todas esas cosas que sabemos. Y nunca puede ser una competencia, ni real, ni desleal, sino otra manera de proteger el bien común llamado Teatro.

Fruto, quizás, de la propia trituradora, y como hemos reclamado siempre más atención al teatro de base, yo diría que al menos se mantenga una actividad teatral desde la afición, que en ocasiones son semilleros de grandes profesionales y hasta, me permito señalar, hay obras realizadas por grupos vocacionales, es decir, sin dedicación plena y exclusiva de todos sus miembros, que tienen suficiente categoría para estar en cualquier escenario, entre otras cosas porque dedican más horas, estudios, formación constante fuera de la urgencia productivista para conseguirlo.

Personalmente me encuentro más a gusto con aquellos que viven PARA el Teatro, que con los que viven DEL Teatro. Cuestión de matices. Una postura talibán, para que nadie se confunda.

Todo lo que venga a partir de ahora, día veintiuno de noviembre del año del señor de dos mil once, que sea con vaselina. Y perfumada, por favor. Dispuestos a todo tipo de experiencia nueva, incluso a reconsiderar nuestra posición en el mundo, pero sin empujar. Sin abusos, ni forzamientos. Estamos preparados para casi todo, hasta para rebajar nuestro nivel de colesterol, pero sin forzar demasiado la situación. Los que pueden llegar tienen algo a su favor, hay que esforzarse mucho, haber hecho muchos másters, para hacerlo peor. Sí, ya sé, se puede empeorar casi todo, y es posible que se empeore. Pero les va a costar. Aunque nos dejemos.

Realizada mi declaración de voluntaria entrega a la realidad azul, con mi gigantismo molecular y sobrepeso de chuletón y patatas bravas, estoy dispuesto a transformarme en un pitufo silbador, minúsculo, orillado, con mi barretina retorcida o mi txapela en forma de hongo alucinógeno. Aquí estamos con la misma voluntad de servicio, pero sabiendo que va a cambiar tanto el entorno, el terreno de juego y hasta el reglamento que solamente podemos prometer constancia y voluntad de permanencia hasta que los acreedores nos lo permitan.

Por lo tanto, ni una queja más; una disposición absoluta a colaborar con quien nos deje o lo solicite. No tenemos tantas ambiciones personales, ni colectivas, simplemente contribuir a que la comunidad iberoamericana de las artes escénicas tenga mejor información, alguna conexión, un lugar donde expresarse libremente y con diversidad de criterios. Bien mirado es un plan superior, un objetivo verdaderamente grande. En ello nos encontrarán quienes sigan en este camino, sean las que sean las condiciones climatológicas externas.

Hablando en plata, los que se van a ir tanto en el gobierno de España como en el del País vasco, nos han dejado en los últimos años con el culo al aire. Unos han sacado de la convocatoria de ayudas a las revistas de teatro, otros han suprimido la convocatoria "general" donde desde nuestro nacimiento podíamos concurrir para recibir ayudas. Es decir, los que vengan no nos pueden quitar nada, porque nada tenemos. Sí, las migajas, la publicidad como limosna, pero con eso ya contamos.

Con vaselina todo lo recibiremos ahuecados. No tenemos ningún miedo. Estamos tocados, haciendo unos equilibrios muy difíciles para mantenernos. Pero si tenemos que hacer algún reproche, más que a los que vienen, se lo deberíamos a los que en estos quince años nos han ignorado, nos han incluso estigmatizado para justificar sus miserables actitudes ante este proyecto.

A los que se van en el terreno de la Cultura y las Artes Escénicas, no les podemos agradecer nada. Ni reprochar tampoco. Han sido un error histórico que nos costará muchos años recomponer. A los que lleguen, les pediríamos algo muy sencillo. Establezcan puentes con la realidad antes de tomar decisiones. No cambien a las personas porque sí, por que hay que poner a "uno de los nuestros". La Cultura (con ministerio o sin él) es una cosa muy seria. Es uno de los pocos bienes que tiene España para una identificación en positivo. No la destruyan, déjenla desarrollarse. Y en las Artes Escénicas, apoyen, colaboren, hablen con los que tienen algo que decir, no con los funcionarios corruptos y enquistados. Propicien la biodiversidad, conozcan nuestra realidad, que es muy variada, aunque sea para recomponerla. Y recuerden que tienen todo el poder para poder iniciar un nuevo tiempo luminoso para las Artes Escénicas, algo que siempre es rentable. Y además ocupa a cientos de miles de individuos. Es una buena inversión. Eso sí, hay que limpiar la casa. Desparasitarla.

Tenemos vaselina para todos y todas.

Reflexión epidérmica: esta columna semanal se está convirtiendo en un monográfico obsesivo sobre los sistemas productivos, la gestión, las políticas teatrales o su inexistencia, casi en una suerte de panfleto definitorio de una concepción de la Cultura que puede considerarse utópica, porque no parece el momento más adecuado para proclamar esos parámetros políticos en los que establecer la relación del poder institucional con la ciudadanía más allá de un acto puntual.

Realizada la confesión, la penitencia viene adherida en la propia formulación. Mantenerse dentro de una mínima coherencia entre la prédica y la acción, lleva a una psicosis, por lo que abandonaremos por prescripción facultativa esta vía de martirio y nos daremos unos baños de pragmatismo, aderezado con unas gotas de cicuta en forma de cinismo anti-inflamatorio. Es posible que los demás tengan razón, que el Mercado lo regula todo, y que es necesario establecer una sistema de economía de escala en las artes escénicas para que se mantenga, aunque sea en un nivel bajo de calorías culturales, la producción teatral. Admitamos este discurso revisionista.

Como nadie es capaz de objetivar el concepto calidad en las artes escénicas, mientras que hablar de compromiso es un arcaísmo repudiable desde todos los frentes, ¿con qué criterios mediremos el valor de una obra de teatro a partir de ahora? ¿Los ingresos por taquilla, los minutos de aplausos, el interés que le prestan los medios de comunicación, el número de famosos en su reparto, los impacos de twiter? Acaba de terminar la Muestra de Alicante donde se ofrecen espectáculos exclusivamente de autores contemporáneos españoles, ¿podría ser una pista para la acción programática general la de atender a la producción contemporánea española?

Sí, estoy hablando de proteccionismo. ¿Por qué se puede proteger el aceite y no la danza española? ¿Por qué debe estar protegida la moda y el diseño y no el teatro de autora española? Es más, uno se pregunta que como los gestores de los teatros, en general, son españoles, ¿por qué no se importan profesionales de la programación para mejorar la especie? Muchos directores españoles, algunos con cargo en institución teatral de gran relevancia, sienten animadversión con la autoría española viva, de tal manera que se gastan los dineros de las producciones en clásicos contemporáneos americanos, franceses, británicos o polacos, que les parece son una buena percha donde colgar sus montajes museísticos.

Digo yo que los pocos dineros que se van a destinar desde las instituciones públicas a la producción y la exhibición de las Artes Escénicas, ¿no deberían dedicarse primordialmente a mantener las dramaturgias propias, al igual que protegen a los actores o productores propios? Que nadie se soliviante ni reclame agónicamente la libertad de expresión, ni se ponga campanudo proclamando la defensa de que no se puede condicionar su creatividad, ni su capacidad de elección. Yo estoy a favor de la libertad en términos absolutos, pero con los pocos dineros públicos, se debe regular y proteger la creación propia.

Y después, que cada cual haga lo que le dé la gana, pero con su dinero y el de sus públicos. Libre mercado, pero de verdad. El otro, el mercado protegido, subvencionado, el que paga a los gestores con los impuestos de todos, debería ayudar al crecimiento de todos los sectores de las artes escénicas. Y la autoría, la dramaturgia, es un sector que, digo más, hasta puede exportarse con cierta facilidad, como así sucede. Proteccionismo como un mal menor.

Los taurinos saben que hacer un brindis al sol, es decir, a las localidades más baratas, generalmente ocupadas por público de aluvión, en las plazas de toros con corridas feriales, es una especie de demagogia, que la faena del torero va a estar cargada de gestualidades y simulacros que podrán levantar los ánimos de los ocupantes de la solanera, generalmente poco exigentes, y que en suma de pañuelos como símbolo de petición de oreja puede decantar la voluntad del presidente para concederla y acabar en la estadística con una buen resultado, aunque la matización de la crónica sea contraria y descubra todos los defectos de la faena premiada.

Pues bien, cada vez que uno acaba su presencia en un encuentros, festival, feria o muestra, en ese brindis final en que florecen las buenas voluntades, los deseos y las frases de manual, siente que se están realizando brindis a sol, que nadie sabe si ese brindis de despedida del evento de este año, va a ser, a la postre, el brindis final, el último de la historia. Y es que los antecedentes no son nada halagüeños, y de los discursos electorales poca claridad se puede sacar. Estamos ante una crisis de ideas, con un sistema cultural basado en el esfuerzo económico controlado desde las instituciones en todos sus niveles, sin una profesión en forma para afrontar otras maneras a corto plazo y con unos receptores, los públicos, muy desconcertados, y sin ninguna organización que los represente y que se convierta en una portavocía referencial.

Por lo tanto debemos seguir haciendo brindis al sol, apelar a los públicos de la solanera porque creemos que son los que nos van a responder sin exigencias de ningún tipo siempre que el producto que se les ofrezca tenga los ingredientes adecuados, en forma de obra divertida, con la palabra sexo en el título y un reparto corto, pero lo más televisivo posible. Este es el mercado, y si nos atenemos a los acontecimientos sucedidos en la última época, esa parece la pauta en la que se mantendrá parte de la programación, porque, entre otras cosas, es con este tipo de producto con el que se puede mantener una relación porcentual, es decir cubrir costes con los ingresos por taquilla.

Vemos como desaparecen los festivales, las programaciones que durante el último quinquenio o década han ido alimentando un tipo de compañías, performers, creativos que se instalaban en la vanguardia o la experimentación. Van desapareciendo y difícilmente se repondrán, por lo que el panorama va a ser todavía mucho más gris. Quizás aprendamos algo de esta debacle, y en el campo del teatro y la danza más emergentes, más abiertos, más supuestamente innovadores, se deberá tomar buena nota de que no ha funcionado de la manera adecuado su relación con los nuevos públicos. No se han aposentado, quizás no ha existido tiempo, pero por momentos ha parecido que se trataba de ser los más novedosos, los más extravagantes, sin importar nada la relación con su entrono. Demasiado casual casi todo, dejando una sensación de que cualquiera podía hacer cualquier cosa. Es decir, no se exigió el rigor adecuado, no se creó el ambiente propicio para el crecimiento, ni se optó por discriminar aquello que era una simple parodia, una repetición de asuntos ya transitados hace mucho tiempo, y se fió todo a una suerte de autopropaganda, en la que se transmitía la idea de que las cosas eran buenas simplemente porque se hacían, y más si se hacían en unos lugares y unos festivales específicos bien bendecidos económicamente por la autoridad competente que intentaban crear castas y escuderías muy bien relacionadas con los poderes.

Es necesario que existen campos abonados para la experimentación y la creación fuera de las órbitas académicas o sectarias, pero se debe también regular este tipo de propuestas para que no sea un territorio muy propenso al capricho, el ombliguismo y la devaluación del propio hecho artístico.

Lo incuestionable es que nos empobrecemos cada vez que se acaba con un festival, una sala, una propuesta de esas características. Y, que conste, nos empobrecemos todos. Los que las aplaudimos, las seguimos, las criticamos desde la igualdad y el respeto o los que las repudian simplemente por no entenderlas. Vaya este brindis por la biodiversidad en nuestros escenarios, en nuestra educación artística, que de ahí vienen muchos de los problemas, y en todo el sistema . Va por ustedes.

Se ha consumado los nombramientos en todas las unidades de producción del INAEM. Ernesto Caballero ha sido nombrado director del Centro Dramático Nacional. A algunos les ha sorprendido que se tomara esta última decisión en plena campaña electoral, pero como todo es relativo en el mundo institucional, esta actitud de la nefasta ministra saliente de actuar como si nada pasara, debemos admitirla sin más reticencias, porque lo único que no aporta nada es empezar a cuestionar los nombramientos, nos gusten mucho, poco o nada.

Solamente señalar una vez más que el supuesto código de buenas prácticas es una falacia, un engañabobos, que se nombran consejos asesores que simplemente opinan, sin vinculación alguna, pero las decisiones las toman una cuadrilla, por lo tanto, la única variable es que se decide sobre las personas que han presentado su opción, aunque existe una sospecha sobre el nombramiento en la Compañía Nacional de Danza, ya que al parecer el recién nombrado se presentó después de varias recomendaciones desde el propio Ministerio.

Lo anterior se explica porque después de las elecciones del 20-N podemos encontrarnos con situaciones de difícil solución ya que, como es lógico, con nombramientos tan recientes, por cinco años, las expectativas de hombres y mujeres del teatro vinculados a la opción más conservadora que parece puede ganar, van a verse estrangulados y no es de extrañar que se produzcan protestas ya que se ha creado un tapón para su progresión. Todo ello pensando que en el programa oculto no existan medidas más drásticas sobre las propias unidades de producción o el propio INAEM. No adelantemos acontecimientos, ni demos pistas.

Es necesario que pase unos años para entender que estas instituciones deberían estar fuera del vaivén partidario, que la profesionalización es imprescindible, lo malo es dónde, cuándo, cómo poner en marcha realmente esa "pureza democrática". Si la selección final de los recién nombrados la han realizado unos cuantos desde su poder ministerial, ¿eso es una buena práctica o es una versión edulcorada de lo de siempre? En algún momento los estatutos, los métodos, la transparencia deberá ser la norma y entonces los nombramientos tendrán, además del soporte legal, la autoridad moral y profesional que requieren estos cargos para poder cumplir planes, proyectos y desarrollos.

Hablamos de una situación que no puede ser tomada en abstracto. Conocemos, admiramos, han formado parte de nuestra misma idea del hecho teatral las personas al frente de la Compañía Clásica y del CDN, por lo tanto no se trata de introducir dudas sobre su capacidad, o la idoneidad de su nombramiento, sino de intentar expresar las angustias que produce pensar en que dentro de unos pocos meses se puedan revocar estas decisiones por los que asuman la responsabilidad de gobierno tras el 20-N, y se entre en una crisis institucional.

Y, por otro lado, ya que estamos, como nosotros no actuamos como si nada pasara, ¿cuándo se estudiará de manera seria, abierta, democrática, la función de estas unidades de producción? Incluso se podría hablar sobre su funcionalidad más allá de una representación de lujo de la Cultura del Estado y hasta de su misma existencia. Volver a refundarlas, con criterios de este siglo, en el mapa cultural europeo actual, con la economía realmente existente. Y la territorialidad de sus acciones debería estar al frente de cualquier debate.

Helena, Ernesto, todos sabemos que lo que no os va a faltar es voluntad, trabajo, compromiso y lealtad a la profesión. Lo otro debéis encontrarlo en las estructuras y los presupuestos y en la solidaridad y colaboración con aquellos que hasta ahora han caminado a vuestro lado.

Nadie hace las cosas mal de manera consciente, a propósito. No sería aceptable ni explicable que se escribiera una artículo de opinión con faltas de ortografía, sintaxis y sin nada que decir. Por lo tanto no hay ningún director de teatro que falle en su trabajo a sabiendas, ni se puede pensar que algún programador contrata obras o diseña sus acciones con el secreto deseo de que no vaya el público. Por lo tanto, solamente es posible cometer un error, haciendo algo. Y forma parte de toda acción la posibilidad de equivocación, de fallo, de error.

Pero si se comete un error y no se rectifica. Si se insiste en el mismo error, entonces entramos en otro apartado. Puede ser ofuscación o puede ser negligencia, o simple ignorancia. Una falta de análisis y autocrítica puede llevar a la reiteración de los errores y a producir un estado de la cuestión ingobernable. También puede suceder que lo que para uno es un error, para otro sea un simple desvío, la consecuencia de una situación ajena a lo ejercido.

Supongamos que hablamos de la programación de un teatro, de un festival. Si acude el público, llena las salas y la crítica lanza elogios desmesurados, ¿quién se pone las medallas? Normalmente el responsable de la programación se siente realizado, nota que ha acertado, que su trabajo ha sido fructífero y que ha conectado con lo que llaman "su público". Pero si es al contrario, entonces se buscan excusas en el tiempo, la crisis, el mercado, las compañías, la televisión o el empedrado.

Cuando confluyen estrenos de compañías locales, a las que se les programa con reticencia, condescendencia y poca convicción, y el resultado no es el esperado por todos, entonces se entra en una parcela de descalificaciones que no ayuda a casi nada. Se acostumbra a tirar de estadística, y se acusa a las compañías locales de bajar la media, de no tener el nivel adecuado. Pero a veces sucede que espectáculos de primerísima calidad, buenos, contrastados en giras internacionales, por razones que se pueden analizar con detenimiento, se presentan en una ciudad importante y no logran más allá de una treintena de espectadores, cuando al día siguiente a cincuenta kilómetros llenan un teatro dos días con la misma obra. ¿Cómo aceptamos esa circunstancia? En estos casos se suele colocar un manto para anular responsabilidades acusando al desinterés demostrado por la prensa, el público o los propios profesionales.

Y es que la vida en paralelo, en las artes escénicas, no acostumbra a bifurcarse, y si durante meses o años, de manera insistente, se atiende a un tipo de públicos, se ofrece un tipo de teatro, muy convencional, con cabeceras de cartel, muy mediocres en sus ambiciones artísticas, cuando sin apenas cambio en su dispositivo de comunicación y publicidad se pone teatro del de verdad, del bueno, pero desconocido por el gran público, entonces se produce el encontronazo, la sensación de vacío, la distancia.

Ha sucedido en el entorno en donde vivimos con Pipo del Bono hace unos meses, o con el maravilloso espectáculo mexicano Amarillo hace unos días. Se trata de creadores y espectáculos, buenos, buenísimos, pero desconocidos para los públicos que acuden normalmente a las programaciones habituales. Por lo tanto, se debe hacer una reflexión profunda, separar el grano de la paja, programar por ciclos, remarcar muy claramente en todos los procesos de comunicación los diferentes niveles de interés, apostar por el Teatro, el de creación en los teatros de titularidad pública y crear públicos aficionados a base de calidad, no de fogonazos televisivos.

Un primer paso sería utilizar siempre el plural 'públicos', así nos acostumbraremos a tomar decisiones pensando en toda la sociedad y no solamente para la que compone las clases medias dominantes, los círculos cercanos al programador. Hay muchos públicos, muchas realidades, y una de las labores del gestor eficaz es atender a todos, pero sobre todo, con el dinero público hacer crecer la calidad media, adelantarse, buscar esos nuevos públicos con propuestas de nuevos lenguajes.

Y ahí nos iremos equivocando, pero estaremos apostando por el futuro. En estas circunstancias, si no se varía un poco el objetivo y se buscan alianzas creativas, imaginativas, lo que el mercado nos va a proponer es el museo de los aristas muertos, lo de siempre, y eso es muy peligroso. Cuando menos, y como primera providencia, abrir en cada lugar de programación una vía para lo más novedoso, lo más actual, lo de calidad y riesgo artístico, lo no comercial y si se invierte en eso, seguro que crece el número de espectadores con inquietudes y más exigencia.

Yo considero un error pensar que programar es contratar en el mercado, mantener unos carteles en unos puntos de la ciudad, unos programas generales, unos anuncios rutinarios y esperar que acudan los espectadores como si fuesen un solo individuo. En estos tiempos hay que hacer otras estrategias, seleccionar los públicos posibles, programar pensando en todas las variables y moverse mucho. No intentar cambiar esta situación es suicida.

El silencio se convierte en coartada o complicidad. El hablar por hablar, es una forma de ruido que anula la reflexión y que produce angustias gratuitas. Está claro que no se puede detener el tiempo, pero no estaría de más solicitar a los candidatos de todas las opciones que concurren a las elecciones del 20-N concreciones sobre algunas cuestiones muy simples sobre el futuro de la Cultura y muy específicamente, de las Artes Escénicas.

Preguntas simples que requieren respuestas complejas que desearíamos se formularan con conceptos claros y nítidos. Pero partiendo del convencimiento de que al ciudadano votante sí le interesa saber qué va a suceder con la Educación, la Sanidad o la Cultura, tanto o más que sobre la Economía o la Seguridad. Algunos seguimos pensando que una idea del mundo sustentada en una buena base ideológica en la que la medida de las cosas sea el ser humano, considerado no solamente como objeto político, sino como sujeto cultural activo, es un buen inicio para que las decisiones sobre estos temas se planteen desde posturas más avanzadas o más retrógradas, y en ello se implica todo lo que significa atención, presupuesto, incardinación, fomento desde la infancia y por todo el proceso formativo en los asuntos culturales de toda índole.

Lo anterior es un principio que muchos partidos europeos del espectro político de la derecha o el centro derecha y desde luego el centro izquierda y la izquierda, lo asumen, lo protegen, lo discuten en sus matices y lo defienden porque forma parte de la manera de ser ciudadano francés, alemán, inglés o polaco, por poner unos ejemplos. Existen problemas económicos en toda Europa, existen recortes, pero como estaban en un punto de desarrollo tan avanzado, con estructuras formativas, de producción y de distribución tan consolidadas e integradas en la acción de gobierno y como algo indispensable e incuestionable, su supuesto retroceso será para colocarse como tres décadas por delante nuestro, a fecha de ayer, porque es mañana lo que nos preocupa.

Algunos opinan que suprimir el Ministro de Cultura como titular único de una cartera es un retroceso, pero pongamos que se trata de una reunificación para ahorrar algo, pero se mantienen todas sus funciones, incluso salvando la indeterminación política práctica de que existen Comunidades cuyos estatutos recién aprobados en el Parlamento español dicen muy claramente, "Cultura: exclusiva de la Autonomía". Bien, salvando todas estas realidades jurídicas, pedimos respuestas sobre las siguientes cuestiones:

¿Se va a mantener la actual estructura del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música?

¿Seguirán con los mismos objetivos las Unidades de Producción, Ballet Nacional, Compañía Nacional de Teatro Clásico, Centro Dramático Nacional, Teatro de la Zarzuela, y otras?

De mantenerse estas unidades, ¿se plantean hacerlas realmente estatales y no solamente madrileñas, propiciando, sub-sedes o al menos giras a precios lógicos?

El Centro de Documentación Teatral, el Museo del Teatro, ¿se reforzarán, se mantendrán o se reducirán presupuestos?

¿La Red de Teatros y Auditorios de Titularidad pública, seguirá siendo una asociación privada o se volverá a colocar en la estructura del INAEM?

¿Se revisarán las subvenciones que se otorgan de manera nominativa a personas, grupos, entidades, festivales o ferias que tantos agravios comparativos producen?

¿Se modificará la actual política de ayudas a la producción, las giras, las salas y demás elementos del sistema productivo real?

¿Se contempla retomar las ayudas a las revistas especializadas?

Por hoy, ya vale. Ahora que vengan los estilistas, con su fina estampa, y si quieren, o saben, contesten algo. Lo grave, lo realmente grave es que en ningún partido con posibilidades de gobernar se está trabajando en estos asuntos con la profundidad y el consenso debido. El que gane, tendrá a todos aquellos que consideran deben pasar la factura por los favores prestados llamando a la puerta y se volverá a improvisar, a seguir la rutina o a cortar por lo sano. Y eso, nos colocará de nuevo a mucha mayor distancia de Europa. Lo de la crisis financiera es grave, pero la cultural es demoledora paralizante, destructiva y disolvente.

Insistiremos un poco más ante la cascada de despegues abortados en varios puntos de la península de edificios singulares dedicados a alojar actividades culturales. El modelo faraónico, de arquitectura-espectáculo, en el que el continente cuesta mucho más en su ejecución que el presupuesto de varias décadas del contenido, es un fracaso. Lo era en tiempos de burbuja del ladrillo y de la cultura de la ostentación, y es inviable y una rémora en esta época de crisis económica e ideológica.

Por lo tanto, con los edificios terminados, no se sabe si pagados o hipotecados, habrá que empezar a hablar en serio del uso que se da a los mismos. El último escándalo, frenazo, decisión arbitraria tomada desde los gobiernos de turno ha sucedido en el Centro Niemeyer de Avilés, precisamente en la misma semana en que se ha producido un acontecimiento teatral de relevancia como es la presencia de Kevin Spacey interpretando el Ricardo III de Shakespeare durante varios días, en las únicas representaciones que tuvieron lugar en la Europa continental en el Palacio Valdés de la misma ciudad. Nada menos.

En el caso del "regalo" de Niemeyer a la ciudad, parece existir un conflicto de protagonismos entre instituciones, y la llegada al gobierno de Asturias de Francisco Álvarez Cascos, algo tiene que ver. Se constata una ausencia total de estudios que contribuyan a saber con una cierta dosis de acierto qué necesita una ciudad, una comarca, una provincia, una comunidad autónoma. Hablamos de este caso de Avilés, pero recordemos que en Gijón, en La Laboral, presentado como un centro para la creación más actual, acabó siendo gestionando por una empresa de José Luis Moreno. Pero la lista es inmensa, interminable, con ejemplos absurdos, frutos en la mayoría de los casos de una gestión política basada en la fachada, en tener el auditorio más grande que el vecino, insisto, en plena orgía de construcción, sin planificación, sin sentido, y aplaudiendo todos.

Hoy tenemos edificios a medio terminar, recuérdese el Centro de Creación de las Artes de Alcorcón, pero la Ciudad de la Cultura de Santiago es otro ejemplo que nos retrata. Este modelo está caduco, obsoleto, descentrado de su virtualidad, y crean ruinas imposibles de obviar. Lastran durante años presupuestos para la cultura, estigmatizan y confunden. Ingenuamente se puede pensar que una vez construidos, ya le encontraremos funcionalidad, que es mejor tener esas pretenciosa infraestructuras que un solar vacío, pero la realidad es que esos edificios, y todos aquellos existentes en cientos de poblaciones que han costando mucho construir y que no tienen programación, son cementerios de ilusiones, espectros, terreno fantasmal al que va a ser muy difícil encontrarle uso sino se establecen con prontitud líneas maestras de actuación global.

Repetimos el sermón: no existe ni un renglón, en ninguna ley ni local, ni regional, ni autonómica, ni estatal, ni europea que obligue, o al menos recomiende, qué hacer con el teatro, con las salas de exhibición. No tienen los ayuntamientos ninguna obligación para construir una sala, ni complejo teatral, ni para dotarla de programación. Pertenece a ese mundo etéreo de las "competencias impropias", por lo tanto, mientras no exista una mínima regulación, dependerá de la voluntad, del interés de las mayorías gobernantes en cada lugar y momento. Y así es como nos va. Cada uno haciendo lo que puede o le da la gana, y claro, muchos prefieren cuidar su facha, tener un edificio con buena fachada, que propiciar una vida cultural y teatral activa, sugerente, constante, planificada y sostenible.

Las soluciones tienen que empezar a irse perfilando ya, antes de que se caigan los edificos, a base de reglamentación, y si fuera con rango de ley, ahorraríamos a nuestros descendientes más disgustos. El modelo tiene que estar basado en el concepto primordial de que el teatro, las artes escénicas, son parte de la cultura, no del negocio del entretenimiento. A partir de ahí, pensar en la cercanía, en las circunstancias sociales y culturales de cada lugar y planificar programas de formación, de acercamiento, de difusión. Lo otro, lo que hacemos ahora es un sálvese quién pueda. Y quien puede, puede.

Escribo desde Ciudad de México, en el marco de su Feria del Libro Teatral, y con la responsabilidad de formar parte de un Jurado que concede el Premio Internacional de Ensayo que con el auspicio del Centro de Investigación Teatral Rodolfo Usigli (CITRU), el Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA), convocan la revista mexicana Paso de Gato y ARTEZ.

En este contexto las sensaciones se entremezclan, ya que existe una parte muy obvia sobre la función "mercantil" de la venta de libros, que no deja de ser una parte fundamental de este encuentro por lo que tiene objetivamente de difusión de textos, dramáticos o de teoría y practica, y por otro la manera que se organiza este acontecimiento que ha llegado a su cuarta edición. Una ciudad como México con veinte millones de habitantes, tiene mucho, de todo. Y hay muchos teatros, y hay muchos practicantes, alumnos, profesores, aficionados, profesionales, investigadores, teóricos, dramaturgos, directores.

En esta nueva instancia se reafirman dos cuestiones fundamentales. El lugar donde se celebra la Feria es el Centro Cultural El Bosque, un complejo teatral donde hay cuatro salas de exhibición que está en funcionamiento constante con programaciones de sumo interés, la Coordinación Nacional de Teatro, el magnificente Auditorio Nacional y la Escuela Nacional de Danza Folklórica, entre otros focos referenciales de las Artes Escénicas.

Se organiza la Feria en territorio del INBA, con apoyo logístico y económico de la Coordinación Nacional de Teatro, y la colaboración de otras instituciones ocupadas en el asunto y con el impulso de la revista Paso de Gato y el CITRU, por lo tanto es algo que está conectado con la realidad teatral, tanto en la práctica, como en la comunicación y la investigación. Es una Feria para todos los sectores, amparada y promovida desde el órgano adecuado, dejando protagonismo a los participantes y dotándole de otros contenidos formativos, divulgativos, de contacto más allá de los stands, con una buena cantidad de talleres de diversas características, de charlas, debates, presentaciones, una jam de dramaturgia, lecturas dramatizadas y la programación específica de los tetaros del complejo con un programa destinado a visualizar las dramaturgias de los otros estados mexicanos.

Es algo vivo, interesante para la comunidad teatral en su conjunto, sin protagonismo sobrenatural de ninguna de las partes y con unos contenidos realmente enjundiosos, porque no se trata de meras presentaciones, sino de mesas de debates, tratando asuntos importantes, tanto para los teatristas mexicanos, como para los que acudimos de otros puntos, porque son lecciones constantes con fundamentos sólidos, de conocimiento, de acercarse al teatro, a las artes escénicas, desde una perspectiva más profunda, elevándolas a una categoría superior. No se escucha ni una queja, sino que se proponen análisis de dramaturgias o se presentan experiencias realmente aleccionadoras. Siempre en un nivel lato de exposición y de contenido.

Uno sale siempre reconfortado al constatar que existen posibilidades objetivas de que el Teatro no esté sólo en manos de los mercaderes y sus agentes, sino en la compañía de la inteligencia, del compromiso con el propio arte, con la toma de postura ante los hechos que atormentan a las sociedades, y se expresan desde el discurso elaborado, fundamental, profundo. Escuchar estos encuentros es aprender de lo coyuntural y de lo estructural, de reafirmarse en lo ideológico y en lo funcional. Es renovarse, sentirse parte de algo imperecedero, trascendental, con sentido artístico, social y político.

Están a años luz de nuestra estrechez de miras, de nuestras pequeñas disputas sobre asuntos domésticos e intranscendentes que abocan a la mediocridad, sin discurso poético, buscando solamente una confirmación gremial, sin más miras por delante que una subsistencia profesional.

Estas y muchas otras son las lecciones mexicanas que nos reafirman en la necesidad de cambiar de arriba abajo el paradigma español, el sistema obsoleto de producción y exhibición y la urgentísima necesidad de establecer unos nuevos objetivos formativos que rompan con la actual rutina de titulación para poder acceder a funcionariado. Es urgente tomar medidas regeneracionistas.

En el próximo mes de octubre se nos viene encima un tsunami de festivales, inauguraciones, programaciones exuberantes que nos incitan a la euforia. Además, no solamente la temporada viene marcada por los estrenos, re-estrenos o programaciones de los productos más de mercado, los que denominamos comerciales para entendernos y que suelen, según los exégetas, concitar las mayores masas de públicos, sino que una mirada depuradora nos deja ver que existe una sanísima tendencia a interesarse por los nuevos lenguajes, las obras menos convencionales, la búsqueda de otros espacios no habituales para el encuentro entre artistas y espectadores.

Si no estuviéramos en plena campaña electoral, todos estos signos nos harían sentir confortados, como si fueran síntomas de que la Cultura y especialmente las Artes Escénicas, no van a resentirse de los recortes presupuestarios que se anuncian, se ejecutan y nos dejan en esa zona de la incertidumbre que nos obnubila un poco. O un mucho. Estamos hablando, en general, de asuntos excepcionales, festivales, inauguraciones de espacios rehabilitados, etcétera, pero, como siempre, lo que nos importa es qué sucederá después de estos fuegos artificiales.

Vivimos en un momento peculiar. En Bilbao o Murcia, por citar puntos que nos sirven actualmente de referencia, se han incorporado o se van a incorporar millares de nuevas localidades debido a la restauración o la creación de nuevos espacios. No podemos argumentar de ninguna de las maneras contra estas buenas noticias. Lo único que nos preocupa es la sostenibilidad y el desequilibrio. En Bilbao en los últimos meses se han incorporado el remodelado Campos Elíseos, en este caso dentro de la red Arteria, la Sala BBK, la Alhóndiga, Pabellón nº 6, y en breve otro espacio dedicado a las artes circenses. En total más de dos mil localidades que se añaden a las ya existentes en la capital y las de su cinturón industrial. ¿Existen públicos para tantas butacas puestas a la venta? ¿Se ha hecho un estudio mínimamente solvente sobre este impacto y el futuro? Sin presupuestos, a base de taquilla, ¿tienen viabilidad estos nuevos espacios? ¿No se creará en unos meses una sensación de falta de públicos al fragmentarse de tal manera la oferta?

En Murcia se van a reabrir dos Teatros Circo rehabilitados, uno en El Algar, gerenciado por Alquibla Teatro, el otro en Murcia capital, de titularidad pública y con César Oliva al frente de su dirección. El primero en un pueblo, el otro en la capital. El primero con pocos recursos, el de Murcia, al menos en su arranque, es decir en lo que queda de año, presenta una de las programaciones más atractivas, importantes y generosas de todos los puntos de la penínusla Ibérica. Magnífico, que los aficionados, los murcianos todos, lo disfruten, ¿pero se puede mantener este brío a partir del 2012? Tras varios años con una limitada programación en Murcia capital, con el centro Párraga, como único referente, y los centros cívicos con una programación de mediano formato, esta reapertura es una buenísima noticia, pero se nos anuncia que en breve se reabre, a cien metros, el Teatro Romea. ¿Con qué programación, presupuesto e intenciones? A ojo de buen cubero estamos hablando de cerca de dos mil localidades en la capital, y se nos abren las mismas preguntas que en Bilbao, aunque algo matizadas porque son teatros de titularidad pública, pero con una gestión sin definir claramente. Pasar de casi 0 a 100 provoca vértigo. En una Región donde los recortes han sido manifiestos en todo el tejido cultural, estos espacios nos llevan, ya digo, a la inquietud después de la alegría y el aplauso.

No hay respuestas unidireccionales para tantas preguntas que provocan estas circunstancias. La crisis económicas no es una entelequia, ni un asunto financiero, sino algo que afecta socialmente, por lo tanto debe notarse en todos los frentes de "consumo", y en la presencia de espectadores en los teatros y salas, por lógica, también se debe notar. Esta es la cuestión. Creemos que llegan en mal momento, y probablemente no puedan resistir el tiempo necesario para establecerse, darse a conocer, hacer sus públicos. Es nuestro temor. Un teatro, una sala abierta, es una esperanza. Un cierre, o abandono de la gestión pública cuando exista, es un fracaso, un desastre.

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