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Vie, Jul

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Existe una espiral descendente a los avernos que está construida por peldaños volátiles de preguntas encadenadas que borbotean al pil pil. Nos cocemos en las dudas metodológicas o en las blanduras de la inconsistencia. Alrededor no encontramos muchos asideros. Delante una niebla. Por detrás el hombre del frac. A los lados funcionarios en perfecto estado de insuficiencia que se inhiben. ¿Quién le pone el cascabel al gato? Los capirotes nos han llevado por las penumbras de la realidad. Hoy hemos amanecido un poco más soliviantados que ayer. Más pobres. Más necesitados de una decisión que nadie parece tomar.

Esperamos los golpes del badajo para que toque a rebato. Nos convocarán a muchos encuentros, planes, reuniones que solamente sirven para alargar esta agonía. Nadie tiene una solución factible; nos movemos en un laberinto de insinuaciones que a veces confluyen en una soberbia declaración de inexistencia. Los trabajadores de la cultura son un estorbo. Antes eran un simple adorno, pero ahora solamente los necesitan para cubrir huecos en los días tontos de los programas de fiestas. Baratos, conocidos, que procuren la atención de los medios locales, que en la foto no estén nunca por encima del edil de turno. Es la selección natural de los desharrapados.

No nos castiguemos mucho más. Ni nos volvamos a preguntar ¿para qué sirve la cultura? ¿Para qué sirve el Teatro? ¿Para qué sirve la vida? En la pregunta va la penitencia. Si seguimos preguntando después de la depresión puede venir la acción. Y entonces haremos las preguntas que faltan por plantearse, ¿para qué sirve un banco? ¿Para que sirve un subsecretario de cultura? Entonces nos llamarán demagogos y nos dejarán sin postre. Ya nos habían quitado el primer plato. El segundo se reduce a un filete de panga congelado con patatas chips, es decir, dosis de muchas grasas y pocas proteínas.

Entramos en la fase más estresante de la campaña electoral, todos los caminos nos conducen al fin de la burbuja, que será el 23 de mayo, día que blandirán todas las campanas sus badajos tocando a muertos por la Cultura. La reconversión se va a producir (se está produciendo) sin manifestaciones, ni concentraciones, ni apoyos. Existe una suerte de actitud vergonzante por confesar la realidad: no hay trabajo, no hay actuaciones, se han cortado los circuitos, hay una demora insufrible en los pagos, el sistema se ha colapsado y quienes más sufren son los actores, las pequeñas compañías, los técnicos. Callarán a todas las voces tibias, intentarán comprar las bocas más propicias, se escudarán en que es irremediable, como si la crisis fuese una plaga o designio divino y no una actitud política, una idea del mundo que llamábamos capitalismo y que ahora ni nos atrevemos a señalarlo con el sustantivo.

Está claro. Seguirán los poetas creando, los empecinados montarán sus espectáculos, se perderán derechos sindicales, laborales, se volverá al profesionalismo suspendido en el amor al arte, el fabuloso amateurismo, la vocación, la necesidad de estar frente al público. Algunos nos señalarán por ello. Otros se reirán de nosotros desde sus cúpulas y cargos. Los espectadores no se fijan tanto en el sindicato como en las emociones de los espectáculos. Pero si no medimos bien los pasos, podemos acabar chocando contra la más absoluta de las miserias.

A golpe de badajo convocaremos a la tribu para conjurar a los demonios interiores y los ángeles exteriores tan exógenos que parecen de helio. Que no cunda el pánico, pero esto no ha hecho nada más que empezar.

Andamos por San Petersburgo donde se celebra la ceremonia del décimo cuarto Premio Europa para el Teatro. Este año es Peter Stein el galardonado con el premio mayor. Anda cabreado el señor Stein. Debe ser cuestión de carácter. Otros muchos andan cabreados. Cuando se juntan tantos quinquenios, tantos cerebros, tantos secretarios generales de organizaciones diversas, acostumbra a crearse un micro ambiente que cuesta asimilar para las almas en pena que solamente buscan en estos encuentros nuevas ideas, frases, nociones para afrontar el futuro inmediato. Y hay días que cuesta encontrar una buena orientación. Ni en la teórica, ni en la práctica. Cosas de esta latitud, de estos tiempos.

En esta ciudad, donde está Nacho Duato iniciando una magnífica aventura, existen más de cien teatros. Edificios de todas las categoría, pero todos ellos, teatros, en el sentido más amplio y contundente del término. Casi todos edificios a cuatro aguas, con terrenos por delante y en los lados, con dependencias, varias salas. Impresionantes en su majestuosidad algunos, más modernos otros, todos dotados técnica y humanamente, de tal manera que hemos visto montajes increíbles por sus dificultades técnicas, realizados en apenas veinticuatro horas.

 

De titularidad pública, semi, particular, los menos. Pero con programaciones constantes, con compañías propias la mayoría de ellos. Otra concepción, otra manera de entender el valor que tiene el teatro para la propia sociedad. En este sentido no se puede ser ambiguo, este modelo, el ruso, pero que es el que se utiliza en toda centroeuropa, con todos los problemas que pueda generar, es bastante mejor que el de libre mercado, de gestión desmembrada, de titularidad pública los continentes y contenidos privados que es en el que nos movemos y a veces me parece que ni nos damos cuenta del monstruo que hemos creado sin apenas ser conscientes de este ingobernable sistema que ahora nos oprime.

 

Teatros para el drama, la comedia, el ballet y la danza en todas sus posibilidades, para la música, la ópera o los musicales; para la pantomima, la experimentación. Teatros, muchos teatros. Y públicos, muchos públicos que disfrutan de espectáculos de tres y cuatro horas con veneración, entregados, acostumbrados a estas propuestas tan espectaculares. Teatros con unas programaciones constantes, con sus propias compañías o compañías invitados. Es decir existe estabilidad, pero también se hacen giras. Sale una compañía invitada a un teatro y lo ocupa otra compañía que también reside en un teatro que a su vez... Y hay escuelas, magníficas escuelas de teatro, de danza, conservatorios musicales, para todas las disciplinas. Y existe un amor al teatro porque el ser ruso, el ideario ruso se fundamenta en su literatura y sus autores teatrales.

 

Como muestra más relevante, señalar que las sesiones de encuentros, los simposios, comunicaciones, sala de prensa y lugar de comidas se hace en un edifico magnífico en una gran avenida céntrica, que es nada más ni nada menos que la Casa del Actor. Es decir, no estamos hablando de algo de beneficencia, de caridad para los actores mayores sin posibles como se plantea en Madrid, sino que se trata de un lugar donde conviven los actores, donde se forman los nuevos actores y se reciclan los veteranos, con una escuela, con una sala, donde se organizan actuaciones, actos diversos y se sienten entre los suyos. Todo es concomitante, se interrelaciona. Ya no es un estado socialista, pero existen estas organizaciones culturales como algo logrado por el pueblo ruso con el apoyo, inmemorial de las burguesías existentes o de nuevo cuño.

 

Esto hemos aprendido en estos días, al igual que nos reafirmamos en la existencia de un magnífico teatro ruso, de donde aprender tanto que decirlo sonroja. Lo mismo que hay buen teatro islandés, checo, alemán, que hemos visto, que nos han satisfecho, especialmente una inolvidable versión clásica de Tres Hermanas de Chéjov que nos ha dejado prendados de la actuación del conjunto de los actores pero con tres actrices que nos dan una lección de interpretación naturalista, de verdad, de la buena, sin sucedáneos, sin mixtificaciones. Buen teatro, del mejor. Teatro naturalista pata negra.

 

Europa en sus premios de teatro se reconoce, aunque soplen vientos neoliberales que pueden resquebrajar ese sólido conglomerado de instituciones y artistas que actualmente existen.

La Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas ha celebrado elecciones y tiene nuevo equipo directivo. Una de las personas que forman parte de ese equipo reiteró varias veces parte de su programa para llegar a esa responsabilidad: "despolitizar la Academia". No parece mucho programa, ni aporta ninguna idea, pero nos deja claro que las intenciones de los que llegan es prepararse para llevarse muy bien con la derecha política que probablemente llegará a la gobernación del Estado español , de la Comunidad de Madrid y del Ayuntamiento de Madrid.

Los que nos acordamos casi cada día de la recomendación que les hacía el dictador sanguinario Francisco Franco a sus ministros: "ustedes hagan como yo. No se metan en política", cuando escuchamos que alguna actividad humana, social, cultural debe despolitizarse, nos tentamos la ropa porque significa que se trata de tomar decisiones políticas dictadas por la superioridad, por algún dios desconocido, que acostumbra a coincidir demasiado con la derecha más extrema, defendiendo las doctrinas más retrógradas, el neoliberalismo en lo económico, que en cuestiones culturales nos lleva a lugares muy poco recomendables.

Probablemente se tiende a confundir despolitizar con apartar a entidades de esa índole de la lucha partidaria. Es decir que el bipartidismo obsesivo y asfixiante imperante en la vida política no se traslade de manera automática al mundo del asociacionismo. Esto sí que debería cuidarse, pero no solamente en academias o en federaciones de empresa, sino en todos los estamentos, ya que debería ser posible, recomendable y exigible que se diferenciase la calidad profesional de la militancia política, si la tuviera, de cualquier persona encargada de gestionar algún instrumento público de creación, gestión o exhibición. Los méritos tendrían que pesar bastante más que esa frase tan abrupta y mafiosa de "es uno de los nuestros", que parece es el ideario con el que en demasiadas ocasiones se decanta la elección de responsables de teatros, festivales, programaciones u otros lugares intermedios de libre designación.

Estamos ya en plena pre-campaña electoral para los municipios, las diputaciones y los gobiernos autonómicos. La carga de la prueba de la exhibición en las artes escénicas recae en su inmensa mayoría en los municipios. Los teatros, con excepción de las grandes capitales y las salas alternativas, son de titularidad pública y en un porcentaje superior al ochenta por ciento son propiedad de los ayuntamientos y tienen a la vez la responsabilidad de su gestión. Los municipalistas indican que todo lo referente a estos edificios y sus contenidos son "competencias impropias", que significa que no existe ninguna regulación sobre su existencia, su mantenimiento y sus funciones.

Por eso sería bueno mirar en nuestros lugares de residencia si en algún programa a las elecciones existe alguna línea que nos indique qué se va a hacer con esas salas, con su programación, sus actividades. Seguramente el día 24 de mayo, al día siguiente de las elecciones se produzca el tsunami económico municipal, y los teatros y salas de exhibición entren en colapso, se queden en estado catatónico, sin presupuesto suficiente, manteniéndose en mínimos, o entregándose a la gestión privada de manera camuflada. Nadie va a poner esto, ni lo contrario, en su programa porque para desgracia nuestra estos asuntos no son considerados como asuntos que entren en almoneda electoral. El edifico, su construcción e inauguración, sí. Eso se hace, bueno se hacía en la burbuja inmobiliaria, y se inauguraba las veces que fueran necesarias. Pero sus contenidos, ¿a quién le importa?

El que importe a la ciudadanía los asuntos culturales, con las artes visuales, escénicas y musicales como expresión de lo cercano, es una cuestión que debería figurar en los programas como objetivos de mejora de la calidad de vida y sobre todo, de la configuración de ciudades, pueblos, villas, en donde sus habitantes tengan la oportunidad de un crecimiento constante en estos asuntos primordiales que conforman una identidad propia fuera de los avatares del consumismo más uniformador.

¿Qué atracción fatal tendrá el teatro para que los fachas lo utilicen para dar muestras de su intolerancia y se expresen con toda la violencia terrorista que acumulan de manera larvada? La última actuación ha sido en el Teatre Nacional de Catalunya, donde al grito tan usado y de connotaciones tan horribles de ¡Viva Cristo Rey!, interrumpieron la actuación de los actores de la obra 'Gang Bang', escrita y dirigida por Josep Maria Miro, cuya acción transcurre en un club gay en los días de la visita del Papa al Estado español.

No vamos a jugar a su diabólico juego. La libertad de expresión es un valor absoluto, total, sin matices. No existen ni religiones, ni monarquías, ni regímenes que estén exentos de ser representados, analizados o criticados desde los escenarios, los papeles o los medios audiovisuales. No hay excepciones, ni situaciones especiales. Desde el respeto, sin infamias, y si alguien se cree ofendido, vilipendiado, herido en su honor, que recurra a los tribunales ordinarios. No hay más. Este es el estatus democrático, desde el que nos orientamos.

Queda claro que nos solidarizamos con el equipo directivo del TNC, con el equipo artístico y técnico de la obra representada, aplaudimos la presencia de los espectadores de manera constante y llenando el aforo casi cada representación, apoyamos la decisiones "políticas" de los responsables para no dejarse amedrentar por el facherío de toda la vida, que se expresa de muchas maneras, y la de los fachas de este suceso son una simple manifestación extrema de su extremismo constante, manipulador, que anida en manifestaciones cotidianas de algunos partidos políticos de implantación estatal con posibilidades de gobernar donde conviven esta extrema derecha violenta, tardo-franquista, nostálgica, xenófoba y anticultural.

La televisión digital terrestre está llena de cadenas de esta ideología, que se expresa con total impunidad, que mienten, agreden, estigmatizan, se mofan a todo aquello que no sea de derechas, que mantienen el discurso del nacional catolicismo más reaccionario y que milita en los legionarios de Cristo Rey u otras facciones sectarias. Los mensajes de esas cadenas son constantes, reiterativos, riéndose de todas las expresiones culturales que no defiendan su corta ideología fascistoide o directamente fascista y franquista. Lo curioso, a nuestro entender, es que la Fiscalía del Estado, tan presta en prohibiciones e ilegalizaciones, sea tan consentidora con estas expresiones que no parecen convivir demasiado bien con la noción constitucionalista de este Estado español actual.

Volviendo al principio, lo que a uno, desde siempre, le ha parecido es que el facherío le da una importancia al teatro que no se lo da la supuesta izquierda de portafolios, y en sus iglesias y cavernas incitan a sus más fanáticos a que pasen a la acción, y lo hacen ante todo aquello que no cuadra con su ideología. Lo más sospechoso es que las obras tachadas, estigmatizadas por estos cafres, desaparecen por arte de la orden del cornetín de las programaciones. Es como si los programadores fueran muy sensibles a esos mensajes censores. Probablemente sea que sus señoritos o señoritas con cargo político les recomiendan no meterse en líos, o que por si acaso, para no buscarse mayores problemas, ellos mismos tomaran la iniciativa y utilizan para este acto cómplice argumentaciones todavía más denunciables, como la falta de calidad del montaje y otros etcéteras abominables.

El facherío no puede marcar las programaciones. Debemos reclamar una vez más la libertad de expresión, libertad de programación, libertad de acción y que se acabe de una vez por todas con la censura en cualquiera de sus formas y maneras. Hay demasiados casos cotidianos, no tan espectaculares como el aquí mencionado, como para empezar a preocuparse de verdad, en serio de lo que está pasando. Organizarse para lo que nos va a venir. O ya está instaurado.

Amanecemos un nuevo lunes pletóricos, satisfechos, hemos pasado unos días magníficos en las Jornadas de Teatro del Siglo de Oro de Almería, hemos participado en la Noche de Max Estrella, hemos sentido que el Teatro sigue vivo, pese a todos los malos augurios, pese a los parásitos, los paniaguados y los irresponsables que tiene alguna capacidad de decisión y que parecen empeñados en derribar con sus gracietas la dignidad que el cada día de autores, actores, directores, gestores y técnicos van construyendo calladamente.

La mala jandí de la ministra es tan clara que es capaz de hacer un gracieta denigrante: "Yo he hecho y hago teatro en el Senado y el Congreso". La frase es tan descalificadota para la señora González-Sinde que no sé si soliviantarme como ciudadano o como humilde persona dedicada a las artes escénicas desde siempre. Hacer teatro es bastante más serio que esta mamarrachada expresada por una ministra. Y al Congreso y al Senado, se va a hacer política. O lo que usted hace en esas sedes donde reside por representación del poder popular que es a hacer el ridículo, pero nunca a hacer teatro. Lo hace para celebrar el Día del Teatro, y es un insulto mayúsculo a todo el Teatro. Dimisión.

Mientras tanto, la señora ministra y su director general del INAEM, podrían, además de cubrirse las vergüenzas con las cacareadas supuestas buenas prácticas, meter mano a uno de los mayores escándalos que sufre el teatro público en el Estado español, como son los abusos consentidos a los entramados de los comités de empresa de los técnicos en las unidades de producción del INAEM.

En Almería vimos un montaje de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, un escueto, melindroso Alcalde Zalamea de Calderón, con versión y dirección de Eduardo vasco, en escena casi dos docenas de actores, en una escenografía sencilla, para una puesta en escena plana. Bien. Un trabajo que roza el suficiente, pero que fue muy bien recibido por el público. Con un planteamiento actoral para afrontar al personaje de Pedro Crespo que nos pareció muy bien diseñado, pero resuelto de manera demasiado lineal.

Hasta aquí la ligera opinión sobre el montaje, pero la comidilla que atravesó la estancia de ponentes e invitados es que se habían desplazado veinticuatro técnicos, lo que no es nada más que un escándalo demasiado repetido, sin que nadie se atreva a solucionarlo. Técnicos duplicados o triplicados, dietas descomunales, sobresueldos que parecen increíbles, todo una retahíla de cuestiones que conocemos desde lejos, pero que nadie parece sea capaz de solucionar y que se agrava, porque estas unidades de producción de titularidad estatal, por estos motivos (y otros más), no giran, se instalan en sus sedes, porque estos gastos lo hacen inviables, y cuando salen cuestan tanto que existen pocas salas que las puedan recibir, y si corren a cargo del erario público, como son sus giras americanas, el dispendio es otro mini-escándalo con lo que está claro que aquí cuestan más las cintas que el manto.

Los derechos de los trabajadores no se deben confundir con los abusos. La singularidad de la práctica de las artes escénicas, en horarios, en circunstancias especiales se deben regular desde esta peculiaridad, y no es de recibo que alguien contratado en un teatro, cobre nocturnidad, o extras por trabajar los fines de semana. Lo diga quien lo diga, se ampare en los supuestos ideales que quiera. Es el momento de hablar en serio, de frenar estos abusos, para el bien de todos, para el prestigio de la propia actividad de los técnicos. Nadie dudamos de su solvencia profesional, pero situados en estos asuntos no sentimos ofendidos, maltratados. Son imprescindibles para hacer el teatro de hoy en día, pero deben amoldarse a las actuales circunstancias de producción y exhibición, con lógica.

Y esta disfunción, sucede en muchos lugares, pero donde más en los teatros y compañías dependientes directamente del INAEM, es culpa por acción u omisión, de los responsables del mismo. No es una cuestión nueva, viene de largo, pero no admite ni un segundo más sin que alguien intente solucionarlo. Probablemente el equipo actual es el que tiene menos personalidad e impulso político para ello, pero eso no les exime de nada. Si lograran ponerlo en vías de solución se les podría perdonar tantos errores de bulto cometidos de manera pertinaz.

Una pregunta con mala jandí: ¿por qué no se importan gestores, ministros y directores generales extranjeros en vez de dramaturgos y directores de escena?

En el mundo de las finanzas hablan de 'pactos zombis' a aquellos que por mucho que se intenten cumplir son imposibles de llevar a cabo. En el mundo de la Cultura parece que estemos entrando en una fase de estas características, o quizás, si los forenses diagnostican con mucho rigor, resulta que los zombis no son los pactos, ni los planes, sino quienes los abanderan. Porque debemos repetir una vez más que tuvimos planes, compromisos, declaraciones, promesas y todas han pasado a mejor vida y cuando a algún interesado se le ocurre sacarlo a pasear, casi siempre con intención de ganar tiempo, despistar o entretener, huele a formol, a planes zombis.

Hablar otra vez del Pacto por la Cultura, es un chiste de cementerios o de diques secos. Los planes de la danza, la música, el teatro, son reliquias que se han necrosado, ilusiones totalmente fosilizadas. Todo lo que se ha escrito, firmado, debatido en los últimos quinquenios no son nada más que buenas intenciones convertidas en papel mojado. Y como en ninguna parte del actual sistema de formación, creación, producción, distribución, exhibición e información se entiende como imprescindible la existencia de una ley que nos ordene, organice y nos obligue, vivimos el tiempo de las confusiones en las que sobreviven siempre los más vivos, los que tienen mejores padrinos o los que se ajustan al mercado de manera exacta. A la carta. Los zombis parecen a veces pertenecer a un coro que bailan gozosos el raskayú.

Hasta las grandes teorías del ojo de buen cubero, apoyadas en la reafirmación popular de que el ojo del amo engorda al caballo y que nos decían que pese a la crisis económica las salas de teatro continuaban teniendo unas ocupaciones más que respetables se está resquebrajando. Los datos fehacientes, lo que se tabula, declara y se sabe, nos informa de una recesión, generalizada, con todas las excepciones que queramos, pero que nos debe preocupar por el presente y el futuro inmediato sin alarmismos pero tampoco con triunfalismos soeces. Los públicos son, como decían las folclóricas y los programadores de diseño, ese ente que tanto nos quiere y al que tanto queremos. Pero como llevamos tanto tiempo mirándolo como un consumidor y no como un ciudadano que forma parte de una idea cultural de progreso, ahora prefiere alimentar su inquietud estética, cultural, su forma de crecimiento interior y colectivo, en otros lugares, con otras ofertas culturales.

Y no todo es cuestión del precio de las entradas, sino de las políticas que se han implementado en los últimos tiempos. Y escribo políticas, sin comillas, ni terceras intenciones y con conocimiento de causa, porque la inexistencia de planteamientos, de estrategias, son precisamente una forma de política: la peor, la más reaccionaria, la que se basa en el mercado, o en los vendedores ambulantes, si son amiguetes, mejor, que les proporcionen productos buenos, bonitos y baratos, aunque sean de dudosa calidad, ninguna originalidad, pero que lleven en el cartel una cara que nos atonte por la televisión.

Está claro, no en todos los teatros, salas de exhibición se vive en el mismo planeta habitado por zombis, pero predomina, en el cómputo general, los lugares post. Son post de casi todo. Y se comprende que los responsables colocados al frente de los instrumentos de exhibición por los políticos de turno, deban buscar desesperadamente resultados inmediatos de taquilla, cifras, porcentajes de ocupación para que no se tomen decisiones todavía más drásticas: cerrar. Quitarse el problema de encima. Suspender actividades, dejar esos edificios para fechas señaladas, festivas o a través de alquileres al mejor postor. Y lo pueden hacer porque nada les obliga a mantener esos teatros en funcionamiento y con programación. Por eso algunos reclamamos una ley como mal menor.

Dentro de los planes zombis, las redes zombis, las asociaciones zombis, las revistas especializadas zombis, parecemos empeñados en encontrar unos públicos zombis, para que las Artes Escénicas sean definitivamente un Museo Constante de los Horrores. La Cultura, viva, de hoy, el Teatro emergente, deberá vivir en los arrabales de ese museo institucional, una suerte de necrosis teatral.

La pregunta, ¿cuántos funcionarios, asimilados, representantes, contrataciones subsidiarias son necesarias hoy para hacer una representación además de lo único imprescindible: los artistas y los públicos?

Al menos hasta hace apenas dos o tres quinquenios, los gestores, los empresarios, en el mundo de la cultura no eran, en su inmensa mayoría, vocacionales. El desarrollo normativo para acceder a las ayudas, la creación dentro de la administración pública de ciertas actividades de manera orgánica propiciaron la asunción de nuevas profesiones especializadas que hasta ese momento se hacían con otros nombres, sin tanta retórica, por lo que se necesitaron de nuevos profesionales que se hicieran cargo de su ejecución. Se accedió a esos puestos, en muchos casos estratégicos, sin formación.

Reclamábamos entonces la urgente necesidad de ordenar de manera cabal la formación para ocupar esas plazas, y fueron muchos de los que llegaron a hacerse con esas responsabilidades los que se preocuparon por ir ampliando sus conocimientos, lo que juntamente con algunas iniciativas universitarias, fueron dando posibilidades a que se fueran adquiriendo nociones de lo que era la gestión cultural, y en el campo de las artes escénicas de manera más precisa, para que no se convirtiera todo en una simple transación económica, en una lonja de pescado cuyas merluzas eran obras de teatro, para que se priorice lo cultural y se relativice lo de gestión, porque insistiremos: no hay gestión cultural, sin cultura.

Algunos hemos insistido, críticamente, durante mucho tiempo en esa necesidad de normalizar, de que las personas que se ocuparan de estos asuntos no accedieran a ello simplemente por una oposición generalista, sino muy especializada, porque se trata de algo, las artes escénicas, por ejemplo, que tiene siglos de existencia, que han sido muchas las opciones, con reinados, repúblicas, regímenes varios desde el inicio de la cultura occidental, y también en otras culturas en donde se ha ordenado el funcionamiento de los locales donde se hacía el teatro, las compañías, las relaciones, etcétera. La petición tenía un componente de mirada hacia el futuro, lo logrado lo hemos recibido como un signo del progreso institucional y el asentamiento de unas estructuras que permitirían avanzar, crecer, alcanzar los niveles europeos a los que nos queríamos parecer.

Hoy tenemos la obligación de redefinir todo ya que el modelo o sistema en que se ha implementado esta nueva situación está agotado. O acabado. O se ha suicidado. O se va camino de su extinción y nos tememos que sin haber previsto una alternativa viable.

Si antes el que se encargaba en un grupo de los asuntos de gestión, lo hacía "a palos", es decir, nadie quería hacerlo, era la función más desagradable. Era igual de importante como actualmente, pero no estaba tan estratificadas las funciones. Se podía ser la primera actriz, y la vendedora, para decirlo en lenguaje coloquial. Lo mismo sucedió con los programadores, eran personas con inquietudes, que tenían otras funciones, si se trataba de un ayuntamiento, y que lograba abrir escenarios cerrados, convocar a unos públicos activos que reclamaban ciertas programaciones como un acto de cultura que social y políticamente se colocaba con un punto de vista muy concreto.

La normalidad actual es buena, pero se han perdido demasiadas cosas en el camino, especialmente porque se ha laminado una forma de organización que era de economía social, que partía de un impulso artístico colectivo. No se puede decir a fecha de hoy que sea mejor ningún modelo organizativo para conseguir obras artísticas, con contenido social y político que la hagan ser asuntos culturales de gran magnitud. Lo que sí podemos aceptar sin acritud es que los nuevos gestores culturales, vocacionales, documentados, instruidos, deben plantearse su trabajo desde otra perspectiva menos economicista. Más cultural. Porque lo único que nunca ha faltado, desde el principio de la humanidad es quien cuenta historias y quien las escucha. Los intermediarios han ido variando, de nombre, de nómina, de función. Hoy hay gestores vocacionales, lo mismo que han parecido gestores de producción privados, distribuidores, que parecen aceptar su lugar en el entramado sin complejos, sin estar ahí "a palos", sino porque después de una vida profesional en otros puntos del entramado, han decidido especializarse en esas actividades.

Todos debemos mirar al futuro con un poco menos de soberbia, con un sentido de colaboración irrenunciable, y con un único objetivo: que las Artes Escénicas se coloquen en algo habitual en la vida de la ciudadanía.

La pregunta de la semana: ¿con qué criterios se deciden las subvenciones nominativas (directas y sin pasar por convocatoria) en el INAEM?

No quisiera pisarle mucho el jardín al amigo Germán Jaramillo, por lo que todo lo que escriba sobre la narración oral no tiene más autoridad que la de haber copiado bien, de haber escuchado bastante, y de leer todo lo que tanto Germán como Virginia Imaz, nos van explicando sobre este acto creativo, la narración oral, los contadores de historias, que para algunos, entre los que me cuento, son la expresión básica, fundacional, de lo que históricamente conocemos como hecho teatral, es decir un ser humano que le cuenta algo a otro ser humano. Y lo hace con la palabra, la voz, y el gesto sin más aditamentos.

En estos tiempos de crisis podemos encontrarnos con algún exceso, con algún problema añadido en este campo, porque es posible que aparezcan más voluntariosos cuentistas que revienten el mercado, que lo ganado en el terreno profesionalidad sufra, que la mengua de los presupuestos incida en la contratación y por ello en la estabilidad económica y profesional de quienes a ello se dedican. Sufrirá, me imagino, como sufrirán otras expresiones de las Artes Escénicas, pero con sus peculiaridades.

Esta entrega viene inspirada por Iñaki Gabilondo, que anda promocionando un libro en donde cuenta sus experiencias periodísticas, una suerte de biografía profesional, y decía en una de las entrevistas, que "el periodismo es contar algo" a la gente. No quisiera entrar en polémicas gremiales, pero hay veces que con dar la noticia ya se hace eso, no hace falta añadir adjetivos calificativos, ni opiniones partidistas o ideológicas como está sucediendo actualmente en el ejercicio general del periodismo informativo de una manera más que extendida. La opinión, es otra cosa. Y ahora muchas veces se confunde. Hay titulares con más carga ideológica que la Biblia entera.

Pero vayamos a lo de contar, porque el verbo tiene muchas afecciones, y el propio Gabilondo decía que ahora se cuenta poco, en el sentido, de informar, de narrar una noticia, y a la vez todo parece contarse. Se cuentan las audiencias, los minutos o segundos que salen los políticos en televisión, los presupuestos, las subvenciones. Y es ahí en donde el paralelismo viene que pintipirado para lo que nos ocupa.

El teatro es un lugar para contar algo, pero llevamos años que prevalen las cuentas por encima de los cuentos. Los presupuestos, las subvenciones, el porcentaje de ocupación, la cantidad de euros obtenidos por las recaudaciones, el número de butacas colocadas a la venta, el número de teatros que conforman las redes. Se cuentan espectadores, pero también se cuentan programadores. Es decir, que vivimos contando. Aritméticamente. Y no está mal que así suceda, que exista una parte de la gestión preocupada sobre estos asuntos primordiales, pero si nos fijásemos más en los cuentos, en los cuentistas, en los creadores y en sus creaciones, fuera del mero hecho contable, avanzaríamos más deprisa. Porque ahora, primero vienen las cuentas y después los cuentos.

Yo propongo justo al revés. Y no se trata de remordimientos fundamentalistas ni de rechazo del dinero. No, todo lo contrario. Nos gusta mucho el dinero, pero nos gusta más la poética, y nos ha parecido entender que se puede mantener con criterios economicistas un tinglado, durante un tiempo de burbuja económica, pero que el Arte además, necesita de otras cosas, y que cuando el cuento que cuentas es bueno, las cuentas funcionan mejor.

Una pregunta de cuentas, ¿Por qué motivo viajan en Businses Class algunos funcionarios culturales?

Repetimos: las cosas que aparentemente son obvias para alguien, si tienen fundamento, se convierten en eficaces para quienes no están al tanto de lo que sucede. Por lo que cuando calificamos a algo de obvio, o etiquetamos alguna idea de obviedad, en ocasiones podemos estar haciendo un acto de soberbia y de falta de amplitud de miras. Por lo tanto, sean obviedades, magníficas novedades, o reiteración de asuntos pendientes de solucionar, le daremos otra vuelta a la noria.

En estos momentos de crisis galopante, con decisiones de tal calibre como que el Gran Teatre del Liceu advierte que su programación durante 2010 acabará en setiembre porque no tiene más presupuesto; en la que se está reduciendo el monte de contratación; en la que cualquier programador habla de unos porcentajes de rebaja en sus presupuestos que solamente aventuran desastres inminentes, nos lleva a colocarnos en un estado de solidaridad, comprensión, pero a la vez, intentando descifrar lo actual, para apuntar algunas posibilidades reales y tangibles para el corto plazo y de paso, ir asentando las bases de lo que podría ser el futuro de las artes escénicas en el Estado español, con todos los matices que se quieran añadir en las autonomías, por idioma, demografía, nivel económico, social o cultural o cualquier otro rasgo diferencial.

Si hasta ahora todo giraba alrededor de los programadores, que eran los que tenían el poder económico, con la colaboración estrecha de productores y distribuidores, la actual situación de crisis nos lleva a un desmontaje de esta preeminencia, la carga de la prueba se debe colocar en donde, a nuestro entender, nunca debió salir: en los creadores. Y aquí hay que hacer una aclaración. No hay ninguna contradicción entre ser productor y creador. Lo que nos parece que ahora mismo está puesto en cuestión es un sistema de producción de mercado, de contratación puntual, y que se deberá volver a un sistema más social, colectivo, o mixto, pero en donde sea la marca, con su valor cultural y de calidad la que tenga mayor capacidad de convocatoria sabiendo que los productos oportunistas, seguirán, prevalecerán, tendrán incluso un auge en los próximos meses, pero que a la larga, es una opción totalmente caduca. Entre otras razones porque este sistema de grandes nombres (es una manera de hablar utilizando el lenguaje publicitario) para convencer a los programadores, si estos no tienen recursos públicos para pagar los altísimos sueldos de los artistas televisivos y los márgenes de ganancia desorbitados de las productoras y de evidente tufo hiper capitalista, no se sostiene. A taquilla, con los precios actuales de las entradas, las productoras del oligopolio no resisten.

Por lo tanto, volviendo al tejido más abundante, es decir los que antes eran grupos, convertidos por obligación, por vocación o convicción en empresas, algunas en productoras de mercado y hasta unos cuantos con ínfulas de industria, son los que van a sufrir directa e inmediatamente la situación. Por lo que estamos en un punto en donde hay que romper el modelo, hay que plantearse otro tipo de producción, otra relación económica, internamente, con otro tipo de contratación, y externamente, pudiendo asumir algunos riesgos de taquilla, consecuencia, precisamente del sistema de contratación. Y existen fórmulas, que los neoliberales llamarán obsoletas, y quizás lo único obsoleto es este controlado política y partidisticamente mercado que ahora de desmorona. Sí, el nombre que duele: cooperativas, que se compartan riesgos, que los actores, junto a directores, autores y demás gremios, participen en la producción. Si no se quiere algo tan drástico, pero tan eficaz, la Unión Temporal de Empresas, las coproducciones entre pequeñas y medianas empresas para que se pueda competir.

Lo básico y fundamental, pero que no depende solamente de esta parte del sistema, sino del que parece más inmovilista en estos momentos, sería que los edificios, teatros, salas de titularidad pública tengan gestión mixta, o cogestión, que haya compañías residentes, que se abran las puertas a la realidad en algunos teatros, que se adelgace la nómina funcionarial, ya que no tienen función, y que se vuelva a empezar de un cero diferente al cero absoluto, que es el cero en el que ahora nos encontramos. Ahora estamos en un cero herido por una crisis y una falta de liderazgo.

Una pregunta obvia, que obviamente nadie responde. ¿Cuánto cuesta actualmente de verdad cada localidad ocupada en los teatros de La Red?

Leyendo ciertos panfletos, escuchando a determinados servicios propagandísticos de algunos de los capos del teatro, le entran a uno demasiadas ganas de cantar fados. O rancheras. O ponerse las cananas de la razón para disparar al aire versos sueltos y mandar parar tanto desvarío. Aunque lo mejor es descifrar esos mensajes de despiste, de entretenimiento, de disuasión. Yo juraría que en algunos lugares de la administración central con poco fundamento teatral, aunque con mucho poder en el BOE, en los centros neurálgicos de los poderes fácticos de la producción teatral y con la inestimable ayuda de algunos gaiteros dispuestos a tocar el son que le pidan y encantados de lamer la mano, o lo otro, del que le echa de comer las migajas del festín desmadrado, se está buscando una Academia para un presidente.

Deduzco de estas campañas de rumores, de encuestas delirantes y tendenciosas, que ya han decidido que el presidente de esa supuesta Academia de las Ciencias y las Artes Escénicas, debe ser, por el orden natural de las cosas, el presidente de casi todo. Ahora solamente hace falta que se cree. Tenemos presidente; buscamos Academia. Y la rumorología se extiende, y asustan al personal, porque en estos momentos de crisis real, de crisis financiera, de ausencia de circuitos, de falta de trabajo para una extensa cantidad de profesionales, con la amenaza de cierre en muchas empresas, compañías, grupos, con demasiados actores volviendo a buscarse la vida en otros asuntos, venir con la entelequia de la Academia, es un insulto a la inteligencia.

Si es cierto que existe una especie de luz verde en el ministerio, si se están dando pasos en la oscuridad comprando voluntades en almoneda, lo cierto es que solamente hay que mirar a las otras academias concomitantes, para darnos cuenta de que "ahora no toca". Y si toca se trata única y exclusivamente de un movimiento de venganza, una especie de "te vas a enterar", lanzado desde el lugar de todas las amenazas y de todos los controles teatrales, para conseguir el poco poder que le falta por conquistar. Y de paso, eso se dice, crear unos Premios de esa supuesta Academia, que acaben con los Premios que existen desde hace una década y que mal que bien, han ido manteniendo una continuidad y con todas las dudas razonables que se tengan, han servido para que, por lo menos, exista un mínimo espacio para hablar del teatro como una fiesta y un encuentro profesional.

¿Es necesaria la Academia? Yo pediría que alguien me explique para qué. Si tenemos asociaciones de autores, de actores, de directores, de técnicos del espectáculo, de distribuidores, de empresas de producción, de escenógrafos y alguna más que se me olvida, como esas redes, circuitos, o La Red, o los gestores culturales, ¿la llegada de ese supuesto ente, ¿anularía lo existente? ¿Los absorbería, los compaginaría? ¿Con qué objetivos? ¿Con qué representatividad territorial?

Bueno, por lo menos los incitadores de ese señuelo han conseguido que pierda un tiempo pensando en ello, aunque solamente sea para lanzar improperios viscerales, ya que se ve tan a las claras la jugada, que quedan pocos resquicios para aceptar que sea algo necesario para la profesión, ni en su parte artística, ni en la industrial o empresarial, ni ayudaría a crear públicos, ni queda claro que sirviera para dar una mejor imagen del Teatro, como valor social. Se trata o de una melonada, o de una jugada estratégica que huele fatal.

La pregunta de la semana: ¿Con qué dinero se cuenta y de dónde saldría para crear y mantener esta Academia?

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