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Mar, Feb

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Conforme se ahonda en la auténtica esencialidad del teatro, del hecho teatral, desde el punto de vista teórico, pero también desde su función social ancestral, su vinculación con la sociedad de la que emana y a la que retrata, representa, simboliza o le confiere en el ámbito de la antropología cultural una identidad, parece más sencillo comprender que no se puede valorar con los pesos y medidas de lo industrial, ni solamente con lo transacional y mercantil.

En este siglo XXI gran parte de las Artes Escénicas se realiza a través de empresas, instituciones públicas, organizaciones de diferente peso administrativo, pero es mucho más elevado el número de acontecimientos escénicos que se hacen de manera no comercial, sin ánimo de lucro, vocacional, ritual, religioso o comunal. Cuando hablamos en este espacio de teatro, danza, Artes Escénicas, no establecemos excesivos distingos sobre su calidad intrínseca, sino por su intención, por su acercamiento a un ideal, sabedores de que es casi imposible llegar a esa pureza extrema, pero que, desde luego, sin calificar, como decimos, no excluye a nade, ni por ser súper profesional ni por ser aficionado, un amateur pasional, incluso admitimos el diletantismo como una circunstancia y no una categoría.

Quisiéramos tener el don de la claridad, no contribuir con estas columnas a la confusión interesada. No entraremos, aunque nos insulten, a ninguna batalla de supervivencia. Buscamos algo muy sencillo: comprender qué es el teatro, cómo es ese ser que lo hace: el actor y quiénes son esos individuos que acuden a esa llamada tribal y van al teatro, no a sentirse parte de una masa consumidora, sino protagonistas, sujetos también, del propio hecho teatral. Explicar eso tan aparentemente sencillo pero de una complejidad troncal; indagar en los mecanismos internos que llevan a unos y otros a hacer y a ver teatro; descubrir los resortes externos que hacen que unos y otros se puedan encontrar en el tiempo y el espacio. No es una misión, ni un contrato, es una manera de estar, aquí y ahora, en el maravilloso mundo de las Artes Escénicas.

Como lo es estar tan bien acompañado como en el Foro internacional de Debate Cruce de Escenas en Las Palmas, con autores, directores, actores, productores, estudiosos de las Artes Escénicas, convocados para hablar sobre el Teatro en Iberoamérica en el siglo XXI. Y escuchar, escuchar y escuchar. Escuchar a quienes en su condición de maestros nos hablan de una metodología. Escuchar a los jóvenes con sus lógicas convulsiones, su prisas, sus errores. Hasta escuchar a lo caduco, al discurso acabado, soporífero de quien piensa que todo está en el ayer y que no admite de buena gana que es hoy cuando debemos aportar la autoridad creativa, la reflexión o el deseo. No olvidar, hacer un buen uso de la memoria, pero sobre ella construir este día a día, este siglo XXI, este mañana, un futuro que será todo lo espléndido que lo hagamos quienes aportemos nuestros conocimientos y nuestras posibilidades, sin vanidades, sin apriorismos, queriendo conocer al de al lado y reconociéndonos en él. Teatristas de América que aportaban sus tonalidades, profesores académicos, directores de festivales, periodistas y críticos, todos hablando, con sinceridad, sin retóricas, y escuchando. Escuchando. Escuchando para saber más de uno mismo.

Y en el fragor de los debates civilizados, abiertos, amplios, a veces profundos, apareció la voz de una espectadora. Alguien que estaba de oyente, que no pertenecía a ningún gremio, que no era autora, ni actriz, ni estudiante, ni directora, ni gestora. Ella lo dijo claramente: "soy espectadora". Suenen las campanas, por fin escuchamos a ese sujeto imprescindible del hecho teatral. Y esa joven nos dio una gran lección, una clase magistral. Solicitó que al teatro no lo pusieran en los centros comerciales, ni siquiera en los cines, mucho menos en espacios menos adecuados y su razón era tan reveladora que emociona. “El teatro es el único lugar donde me siento respetada, en donde se me trata sin ninguna violencia, donde me siento amparada”. ¿Qué más se puede decir? La amo. Nunca había sentido una caricia más profunda, una justificación más bella a mi existencia durante cuarenta años formando parte de las Artes Escénicas.

 

 

He tenido el honor de participar en un “taller” organizado por Escenium que, en teoría, servía para aportar algunas cuestiones al debate que tendrá lugar en febrero en Bilbao con una invocación recurrente: “Crear Públicos”. Una sesión doble, cortada por el almuerzo, que propició durante sus dos primeras horas un ambiente de confesión, es decir de hablar sin prejuicios, de asuntos reales, de problemas existentes que de encontrarse alguna solución podrían servir para potenciar eso que en el lenguaje planteado por los organizadores denominaban “demanda”.

No es mi intención contarles lo que allí se habló, porque se supone que se reflejará en algunos documentos que el “relator” elaborará y que el propio “comisario” hizo un resumen antes de acabar la sesión, aunque quede siempre la duda de si el documento allí improvisado por una persona que llegó tarde (despreciativamente tarde) y que venía con las resoluciones ya hechas y las quiso colocar sin atender a casi nada de lo expresado por los supuestos talleristas que, por arte del “dafo”, se convertían en simples monaguillos de una misa cuya liturgia era secreta y que se supone eran los mandamientos de un ser superior que era el que firmaba el cheque.

Algunos, claro está, protestamos, y por ello se nos calificó de imbéciles, cosa que no estoy dispuesto a renunciar, ante la sabiduría neoliberal inspirada en el dios mercado, es decir la que evidentemente ha fracasado y nos ha costado a todos una crisis, la imbecilidad fundamentalista de lo cultural como bien superior a la economía. El teatro como patrimonio cultural y no como mercancía, y en vez de clientes, de públicos abstractos, espectadores, ciudadanos comprometidos.

El lenguaje como arma de coacción. Utilizan palabras esdrújulas, anglicismos, conceptos de la mercadotecnia, la publicidad, los estudios de mercado cuanto más lejanos mejor aunque sea imposible compararse a nada con lo que sucede aquí, y que no tenga que ver si es posible con las Artes Escénicas y sí con eso que llaman empresas culturales y que son simplemente factorías de mercaderías de ocio y entretenimiento y los aplican sin ninguna corrección específica a la realidad cultural sobre la que se debe operar.

Y es en ese punto donde discrepo. Y discrepo de principio a fin. Y ahora que la crisis ha llegado también al modelo de programación de mercado, ahora es cuando se debe radicalizar la postura y decirles que son esos modelos, precisamente, los que no tienen futuro. Y en lo referente a su promoción, el teatro debe utilizar justo lo contrario porque jamás, jamás, es un consumo de masas; porque es algo para inmensas minorías, y porque no existe ninguna acción de mercadotecnia clásica que se pueda aplicar a una “mercancía” que a lo sumo se puede consumir de mil en mil consumidores, pensando que exista un teatro de esta capacidad.

En el escenario, en el altar, deben existir obras de arte y en la sala, espectadores, ciudadanos que vayan a una comunión con la historia de la humanidad, a un acto no de consumo, sino de iniciación y de participación, un lugar para descubrir la esencia del ser humano, fundirse con la palabra, el gesto, la plástica y salir de ese acto cambiado, convulsionado, por estar de acuerdo o en desacuerdo, pero por haber sido protagonista imprescindible del hecho teatral, de esos momentos irrepetibles, no empaquetados, ni reproducidos ni reproducibles en cadena.

El teatro se ve, se siente, se oye, de uno en uno, no en masa. Formamos en las salas de teatro una comunidad que es un ejemplo de democracia, de ciudadanía en comunión, un acto cultural trascendente, En ese momento somos espectadores, no públicos cuantificables, ni estabulados. Por eso reclamo la expulsión de los mercaderes de nuestros templos, Especialmente si son templos pagados por los impuestos de todos. Y proclamo la necesidad de crear espectadores formados, sensibilizados, capaces de exigir a la escena mejores obras, más riesgos, que sean quienes intervengan en el proceso de producción, porque algo está más que claro, se habla mucho de los públicos, pero no se cuenta con ellos para nada. Es una postura muy cómoda. ¿Dónde están las asociaciones de espectadores?

Los públicos de aluvión, las masas, tienen docena y media de cadenas de televisión para entretenerles y vienen a los teatros  para dar porcentaje de ocupación. Lo ideal es que cuando vayan a los teatros se encuentre con algo importante, eso que no encuentran en otro lugar ni soporte. Esta es nuestra fortaleza, la mayor de todas, y el reto es mantener esta singularidad por encima de las tramposas elucubraciones de estrategias de diseño para grandes consumos que son una amenaza ideológica y oportunista y un fracaso palpable. Esta mercadotecnia será una imbecilidad, pero es la única que funciona en todos los lugares donde no se confunde el teatro público, con el mercado de la Boquería de los subproductos televisivos. No sé si me explico. Seguiré machacando este clavo, como buen imbécil que soy.

 

 

El lenguaje utilizado desde las instancias de poder se va trufando de mensajes que colapsan la libre circulación de las ideas. Hay frases que encarnan el fracaso del acto informativo: “no hemos sabido comunicar a la sociedad nuestra labor”, se escucha como una letanía entre políticos en la acción de gobierno o en la oposición. Y en su contaminación, se va bajando en la escala jerárquica hasta convertirse en una obsesión y poco importa lo que se hace, lo importante es que se “venda” bien. Comunicar en estos ámbitos es hacer propaganda acrítica, inundar de palabras tipo todo para camuflar la falta de sentido de lo que se hace.

En el campo de la Cultura y de las Artes Escénicas estamos viendo este tipo de actitud estabilizándose como si fuera la única ocupación de gran parte de los aparatos burocráticos. Si la gestión cultural intentó (y en algunos casos logró) vampirizar a la propia creación cultural, es ahora la comunicación, la que hace de la gestión algo subordinado. Se trata de crear una pantalla de supuesta comunicación, diseñada justo para lograr lo contrario: incomunicar. Una suerte de cordón profiláctico creado a base de comunicados, notas de prensa,  filtraciones interesadas, exclusivas, desayunos supuestamente informativos, complicidades logradas a base de un selección de espacios publicitarios en los medios que lleva implícito un tratamiento favorable sin concesiones y que, a la vez, discrimina con el claro objetivo de crear pantallas propagandísticas que simulen actividad, logros u objetivos, cuando en la mayoría de las veces lo único que existe es rutina, oportunismo, casualidad o simplemente connivencia, amistades o colaboraciones de producción encubiertas.

El párrafo anterior se puede aplicar a la mayoría de las actividades políticas, sociales y económicas. La función de los medios de comunicación está cuestionada. La dependencia de los medios de los grupos económicos y políticos es tan nítida, tan clara, tan evidente, que parece una obviedad insistir en ello, pero es importante que no se contribuya más a la confusión actual y se intente discernir en la medida de lo posible. Y algo importante, desde las instituciones públicas, no es de recibo ejercer una segunda o tercera censura económica a base de políticas de comunicación absolutamente selectivas en cuanto a reforzar opciones específicas, por acercamientos geográficos, de partido, de intereses comunes. Deberían usarse mediciones objetivas, no solamente emocionales y de amistades. Porque no se trata de coincidir en un bar tomando el vermú, en una iglesia en la misa de doce o en los estrenos de la capital para que desde una instancia común, con cargo a los presupuestos generales del Estado, se tengan ayudas, se mantengan los compromisos o se eliminen de manera arbitraria como está sucediendo en estos momentos.

Los que miramos desde hace tiempo estos movimientos sabemos que cuanta más apariencia de grandes aparatos de comunicación, de departamentos enteros dedicados a transmitir algo, más se esconde una falta de acción real. Lo que se gastan en “vender” lo que no se hace, se podría utilizar en hacer lo que dejan de hacer, aunque intenten comunicar mucho. No nos estamos tirando piedras a nuestro tejado. Hay personas, agencias, oficinas y colectivos de un profesionalidad incuestionable, que nos facilitan nuestro trabajo diario de una manera eficaz. No hablamos de ellos, hablamos de esos personajes grises empotrados en las concejalías, consejerías, ministerios, compañías o festivales, que solamente se preocupan de que se vea y escuche a su político o política de turno, que controlan demasiado los presupuestos y que solamente venden humo, de la leña de quien les paga. Son esos comportamientos los que denunciamos. Porque serán licenciados en periodismo, pero han asumido de tal manera su función de rasputines del mensaje político, que parecen ser ellos los que diseñan las estrategias, los que escriben los discursos y los que provocan el cortocircuito.

Lo importante es la creación, los creadores, los artistas, después, si tenemos materia prima, podremos gestionarla, y una vez establecida su proyección, deberemos buscar a los públicos para que la disfrute. En este proceso, si se entiende bien, la comunicación es imprescindible y puede ser un elemento que propicie ese encuentro. Pero ejercida con profesionalidad, libertad, respeto y ética. Y si no hay noticia, no hay noticia. Y si un festival es mediocre, es mediocre. ¿Me entiendes Jorge Javier?

En apenas cinco días, una vez en Badajoz y otra en Cáceres, dos personas que hablaban en nombre de la Red Española de Teatros Públicos y Auditorios de titularidad pública o desde la Red de la Comunidad de Madrid, expresaron en público, ante audiencias muy interesadas, algunas ideas que nos llevan a concluir que desde dentro de las propias redes se están emprendiendo reflexiones que les hace plantearse algunas de sus funciones y sus logros y que, ante estos tiempos de recesión en los presupuestos, se pueden convertir en debates que ayuden a esclarecer el panorama.

Que personas que forman parte activa y con cargo se declaren “redescépticas”, significa que algo está pasando dentro de estas organizaciones. Y si se escucha a la coordinadora de la Red de Madrid explicar detalladamente el funcionamiento normal de su gestión, es decir la manera en la que reciben las propuestas, la selección de las que consideran más apropiadas a cargo de una comisión, las reuniones plenarias para encontrar el reparto de posibles representaciones, la vuelta al principio y así, una serie de reuniones hasta conseguir que entren en el catálogo semestral las propuestas, uno entiende que se trata de un aparato muy pesado, aunque probablemente, a la luz de las circunstancias actuales, sea lo más seguro, en cuanto a cumplimiento del mandato fundacional y que, además, para que se escuche la voz de la mayoría de los municipios que la integran y que son de muy diferentes características por su demografía y su capacidad de contratación económica o técnica.

Estas dos intervenciones se han escuchado en Extremadura donde parece que uno de los objetivos que se persiguen desde varios gremios del sector es precisamente la creación de una Red. Hemos asistido en años anteriores a presiones parecidas en Murcia o en las Illes Balears, por ejemplo, y siempre hemos pensado que se intenta sustituir por la institucionalización, es decir por la postura integrista total y absoluta en los modelos existentes, sin atenerse a las características propias de cada territorio, de cada Comunidad, las deficiencias estructurales y la falta de programas de mayor calado.  Es injusto negarle a ningún colectivo la posibilidad de organizarse como le parezca más oportuno, que se cumplan sus anhelos de parecerse al resto, pensando, se sobreentiende, que todo es para mejor, pero hay quienes ya a estas alturas no somos ni redescépticos, sino que estamos a punto de colocarnos en el capítulo de los apocalípticos.

Lo dijo Pedro Sánchez Osorio en Cáceres, la “Red española, es algo que solamente es una expresión de poder” y añado yo, sin objetivos culturales, ni de gestión, simplemente sirve para perpetuar en un club de elegidos, personas que circunstancialmente ostenta la chequera para la supuesta contratación y que como mucho sirve para su conocimiento, reconocimiento, amistad pasajera que en ocasiones se convierte en estados de opinión parecidos a tsunamis censores y para establecer una jerarquía que para nada se corresponde con la realidad, que no ha servido para casi nada y que además, se instala en un ejercicio desmesurado de su influencia y sus sospechosas concomitancias con los productores más significativos que conforman el oligopolio, si no es que forman parte del mismo de manera directa.

La coordinadora de la Red de Madrid señaló algo de sumo interés. “¿por qué debe la Comunidad organizar cursos de formación para los técnicos de cultura?” Está claro, se supone que se llega a unos cargos con la formación suficiente, como nadie se le ocurriría contratar para un ambulatorio de atención primaria a una persona que mientras diagnostica a los pacientes estudia su primer cursillo de primeras curas, que es a lo sumo, lo que se puede aprender en los cursos parciales organizados con muy buena voluntad por las redes. La casuística en cuanto a responsables de lugares de exhibición es tan amplia que para no deprimir a nadie, no ponemos ni un simple ejemplo.

Las redes necesitan una revisión urgente, pero que nadie se llame a engaño no son el problema, sino un síntoma del mismo. El problema, los problemas, es que hemos llegado hasta aquí sin ningún plan, ni guía, ni programa, se han construido espacios de exhibición al calor del ladrillo que da comisiones, se han ido cubriendo plazas sin saber para qué ni con qué currículo debían tener las personas que las desempeñaban y ahora, con la crisis, todo se está yendo al traste. Es el momento de repensarlo todo. Pero como apocalíptico converso, todo, es todo, desde el principio, hasta el fin. Desde la formación, a las subvenciones. Desde las programaciones a las producciones. Y lo primero que hace falta es saber de manera clara y nítida qué es lo público y qué lo privado. Qué tipo de Cultura queremos, y de qué manera se debe hacer de aquí en adelante. El Estado de las Autonomías, la Constitución, los Estatutos, forman parte del problema y de la solución.

Hemos estado en Badajoz participando en Foro Teatral Ibérico dentro del cual se ha celebrado el II Encuentro Teatral en la Raya. Hombres y mujeres del teatro de Portugal y de algunas partes del Estado español, especialmente de Extremadura, han expuesto algunas de sus angustias en público. Desde el sistema organizativo, hasta las euro-regiones, pasando por lo cercano y que forma el tejido real, estado de las compañías, de las redes, incipientes propuestas de unión de los actores, de establecer vínculos cooperativos en la producción, hasta el mundo de la edición.

Uno saca conclusiones que intentan desdramatizar una situación concreta. Hay veces que las rayas no están en las legislaciones o en las fronteras, sino en la historia de los pueblos y se convierten en rayas mentales que impiden una relación abierta y sin prejuicios. Nadie puede dudar de la necesidad de entendimiento entre portugueses y españoles, pero la pregunta está en dónde colocamos esa colaboración para que se convierta en algo eficaz, al servicio real del desarrollo de ambos colectivos, especialmente en lo creativo. Porque la tendencia que se observa de manera reiterada, aburrida y que provoca, a mi entender, más de una deserción, es que todo se quiere llevar por arriba, es decir, por la espuma, o lo que es peor por los aledaños del poder.

Rápidamente aparecen quienes crean estructuras ficticias o simplemente oportunistas para canalizar el esfuerzo general, siempre buscando la subvención, la ayuda, antes que el proyecto, que la idea. Es algo nefasto: ¿De quién es el centenario, o bicentenario el año 2010? Pues saldrán decenas de propuestas para esas celebraciones. Si en una convocatoria de subvenciones algún espabilado coloca como objetivo el que se premiará los autosacramentales, aparecerán cientos de propuestas recuperando este género religioso. Es decir, no existe una línea de trabajo, un objetivo, un “programa”, sino que se acomodan las producciones a las normativas existentes, y cambian a su mismo ritmo que cambian los supuestos responsables de las decenas de lugares donde emanan convocatorias para ayudar a la producción teatral.

Esta actitud caza-subvenciones, este trabajo oportunista lo entendemos como un desastre que nos ha llevado a una ausencia de definición en las propuestas, lo que por otro lado ha uniformado todas las producciones y que ha propiciado un teatro de mercado que hace aguas por todos los costados, aunque algunos se encarguen de decir lo contrario, por ignorancia o por estrategia  de ventas. La variedad, la biodiversidad, en las artes escénicas, debería ser una condición imprescindible. Esto es lo que se ha perdido y quizás para nunca más volver. La personalidad de los creadores, su diferenciación de los demás. En el Estado español es más, mucho más uniforme y comercial el teatro que normalmente se hace que en Portugal. Doy fe. Por lo tanto creo que hay que mirar con admiración sus trayectorias y sus propuestas y no considerarlas menores, sino, lo contrario, mayores. Acercarse a sus presupuestos estéticos aportando, quizás, alguna noción más actualizada de sistemas de organización, producción y distribución.

A orillas del Guadiana  uno siente más esperanzas por las pequeñas colaboraciones, por la unión temporal de dos compañías, de dos, tres o más equipos en un proyecto concreto, que en el camino burocratizado, castrador, generador de fusibles funcionariales que chupan las energías a los emprendedores. La administraciones, el día que se democraticen y dejen de ser meros aparatos controladores y se pongan al servicio de la ciudadanía, deberían apoyar este tipo de colaboración y proyectos de un manera sencilla, sin poner trabas administrativas absurdas. De mantenernos en esta situación, jugaremos a una rayuela donde es dificilísimo llegar a la salvación porque se pisan demasiadas rayas de certificación, actas notariales, avales, y demás zarandajas de una burocracia que crece de manera abusiva en lo local, lo regional, lo estatal y lo europeo.

Es bueno, necesario, enriquecedor encontrarse, hablar, debatir, conocerse, analizarse, comprometerse, pero es mucho más urgente empezar a tomar decisiones, hacer las cosas que se piensan, probarlas, avanzar y demostrar que tenemos algo que decir, que hacemos lo que tenemos que hacer y que las administraciones y sus representantes en la ventanilla deben seguir nuestro ritmo. Y no al revés. Y que no se nos olvide que la Excepción Cultural, no es un rap, sino un concepto que debemos asumir, pelear por él, porque no se trata solamente de nuestros salarios, sino de la sociedad entera, esa que nosotros, las gentes del teatro, conocemos como Los Públicos. Sin ellos, lo anterior es un panfleto.

Unos pocos centenares de creadores, artistas, intelectuales han lanzado un manifiesto reclamando al gobierno español medidas más combativas para salir de esta crisis económica que atravesamos. Lo dicen con muy poca contundencia, solicitan cosas tan lógicas que da un poco de risa recalcarlas: que la crisis no la paguen los de siempre, que se tomen medidas fiscales para que los que más tiene más paguen, que se controle las ganancias de las empresas. Cosas que hace unos pocos años formaban parte del ideario de cualquier socialdemócrata moderado y que ahora formuladas así parecen hasta revolucionarias.

En las fotos de los promotores de esta acción aparecen algunos de los artistas más queridos, aparentemente, por el actual gobierno. Muchos de ellos pidieron directamente el voto en las elecciones generales, y algunos aparecieron en la sede del PSOE celebrando con espíritu de militante el triunfo relativo de Rodríguez Zapatero. Por lo tanto estamos ante unos reformistas, como mucho. Críticas de bajo nivel que intentan empujar un poco al actual gobierno español para que no se quede en medidas simplemente mediáticas y que actúe intentando ir las raíces de los problemas. Quizás en cuanto a la macro-economía la misión sea muy difícil, porque a lo mejor tiene razón el siempre lúcido “El Roto” que asegura en una de sus gloriosas viñetas: “El sistema es insostenible pero eterno”.

Cantantes, poetas, editores, productores, directores de cine, dramaturgos, novelistas dan un toque de atención, asunto que me parece loable, aunque probablemente insuficiente. Pero esta manifestación de alerta es recibida por algunos medios de comunicación de la extrema derecha española con descalificaciones realmente esperpénticas. No les perdonan que su No a la guerra de Irak calase del tal forma y que se colocaran al frente de las manifestaciones de protesta. Desde entonces hay una ola de desprestigio y descalificaciones que afectan de manera muy directa al cine español y que tiene, claro está, sus ramificaciones en el teatro.

La última gracieta es la de llamar a los abajofirmantes “payasos amamantados”. Es una descalificación grosera pero que viene a incidir en una corriente de opinión que se camufla en ciertos foros, pero que se trasluce de las opiniones y las acciones de los neo-liberales, los que propugnan el mercado libre y que intentan instaurar una cultura sin ayudas ni subvenciones. La excepcionalidad cultural no tiene que ser un acto caritativo, una concesión, sino que debe ser un concepto que se transforme en medidas estructurales que afecten a la educación y a la sociedad en su conjunto, no solamente a los profesionales de la Cultura.

No es fácil. Pero es imprescindible hablar de estas cuestiones de manera seria, profunda, con toda la información existente sobre la mesa para que no se convierta una ayuda a la producción en un capricho, una concesión graciosa, sino un concurso de méritos, donde se está dibujando el futuro general de la Cultura y de la que se hace en vivo y en directo concretamente. Pero claro, hay que tomar decisiones. Y hay que poner límites. Ahora mismo se está subvencionando al teatro más comercial de manera escandalosa y solamente hay que mirar las programaciones de los teatros de titularidad pública para comprobarlo, para convencerse del oligopolio imperante y que se corresponde casi como un calco con las empresas y productoras que más ayudas y subvenciones reciben.

Los artistas, intelectuales, creadores en general son ciudadanos con todos sus derechos para manifestarse, hacer manifiestos, reclamar, denunciar. Y es saludable que se muevan. Lo mismo que está bien que las empresas catalanas de producción teatral, reclamen un reparto más equitativo del dinero destinado al teatro público y el que reciben las iniciativas privadas. Todos los movimientos son buenos, siempre que sea para pensar de nuevo dónde estamos y hacia dónde vamos. En el complejo mundo de las Artes Escénicas, en sus distintos niveles de incidencia hemos creado un sistema que como dice El Roto, parece insostenible a la vez que eterno. ¿No estaríamos ante la oportunidad de pensar en posibles cambios para mejorarlo?

Este payaso amamantado lo intentará para la próxima entrega.

 

Se están cerrando, aprobando, pactando los presupuestos generales del Estado, de los Gobiernos Autonómicos, de las Diputaciones y de los Ayuntamientos que deben ser la guía económica que nos proporcione las pistas sobre nuestros destinos en el año próximo. Al enunciar las instancias que intervienen en el nivel administrativo en nuestras vidas, uno se asusta. Especialmente si a ello se suma la Comunidad Europea, una realidad que cada vez más interviene con reglamentaciones y convenios en el quehacer cultural diario.

Un estudio realizado recientemente, sin contar los que cuesta el aparato burocrático europeo, resulta que a cada contribuyente del Estado español  le cuesta 9.816 euros soportar toda la estructura administrativa. Parece una cantidad muy excesiva y saberla debe ayudar a recuperar el pensamiento activo y descifrar el dato para ver si estamos ante algo lógico, una exageración, un clientelismo, una obcecación o cómo podríamos llamar a esta situación que extrapolada al campo de la cultura, y específicamente al de las Artes Escénicas, nos hace pensar que actualmente cada butaca ocupada en los cientos de espacios de programación de espectáculos en vivo de titularidad pública, cuesta una fortuna que poco tiene que ver con el precio político que paga el espectador. O dicho de otro modo, para llegar al hecho teatral, a ese momento en el que un actor se enfrenta a un espectador, han intervenido en todas las instancias imaginables tal cantidad de personas, de lo privado y lo público, que encarece la actividad hasta cifras disolventes de la ilusión y el raciocinio.

En el coste real de cada butaca ocupada y con pago de una cantidad por parte del espectador usuario, entra el precio del cachet de algunos artistas que aprovechando el río vuelto, marcan unas tarifas escandalosas que son pagadas sin rechistar por los responsables de las programaciones. Advertencia: en un tanto por ciento muy elevado, es decir, calculemos que sobre el 95% de las actividades, el cachet y los precios de las producciones y de sueldo de técnicos y artistas contratados entra dentro del mercado, las tarifas sindicales y lo considerado normal. El encarecimiento mayor del coste final real viene dado por las estructuras fijas, por los cargos interpuestos, por el entramado laboral, sindical, funcionarial que se ha ido formando en el tiempo de la bonanza económica y que ahora en tiempo de crisis se comen el presupuesto a dentelladas gordas, porque, insistimos: el capítulo uno (personal) no se toca.

No se toca ni se puede ni debe tocarse, a no ser que se quiera replantear todo desde el principio, aprovechar la ocasión para diseñar de nuevo todo nuestro sistema que se ha ido construyendo parcialmente, a golpes de inspiración, a impulsos localizados,  sin planes urbanísticos, para decirlo de una manera entendible, ni partiendo de una idea conjunta, y que viene dejado muestras diseminadas por todos los territorios y administraciones públicas en los últimos treinta años.

Por lo tanto estamos ante una ceremonia de la confusión. Lo único claro es que el año próximo va a ser el crujir de dientes. Falta saber exactamente en qué porcentaje bajan los presupuestos destinados a Cultura, y específicamente a las Artes Escénicas. Si se suman los descensos presupuestarios en las cuatro instancias que hemos señalado al principio, la crisis puede hacer estragos en 2010. Se habla de lugares en donde se llegue a más del cincuenta por ciento de descenso, lo que traerá emparejado la reducción de programaciones habituales, al acortamiento en días de actuación (o incluso desaparición o suspensión temporal) de festivales, ferias, encuentros de teatros y otras actividades externas y de participación de la ciudadanía. Negros nubarrones.

Pero lo más sorprendente de todo es que está sucediendo, es un hecho, aparece en negro sobre blanco en los presupuestos y nadie mueve una pestaña. No hay ni un leve asomo de protesta o reclamación. La desmovilización es absoluta y total. Nadie quiere aparecer con la pancarta no sea que le quiten lo poco que le puede tocar. Es una situación lamentable de la que deberemos sacar conclusiones en positivo. Si sobrevivimos.

Arrastrar los pies cansados por el tabladillo no es sólo una pose, ni un tic que intente señalar al personaje por su supuesta edad; en ocasiones es una circunstancia que debe ser aplaudida, en otras nos quedamos con un cierto corte de respiración. Los viejos cómicos nos han dado lecciones insuperables. Yo me atrevo a decir que muchas de ellas para lo bueno, lo magnífico y lo mejor. Pero en ocasiones sus viejas tradiciones nos han llevado por caminos intransitables, por  nociones de un oficio que se transmitía a base de un aprendizaje y escalafón casi militarizado.

Hoy sabemos todos mucho más, no debe nadie renunciar a nada o casi nada, pero debemos instalar de una vez por todas los límites de la formación como transmisión reglada de principios científicos, reproducibles en todas las circunstancias y condiciones y aquello que forma parte de ese corpus intangible en donde entran esos conceptos mágicos que llamamos talento, intuición, presencia y que nos sirven para entendernos, para demostrarnos constantemente que no es únicamente lo que se puede aprender y desarrollar en unas rutinas adecuadas lo que hace a un intérprete bueno, malo o regular, sino que previamente hay unos factores innatos y además otros que se van adquiriendo no en las aulas, sino en los escenarios.

Se trata de lo que denominamos experiencia y que es una acumulación desordenada de problemas solucionados de maneras no conocidas previamente y que se van adhiriendo a los otros conocimientos mayores, científicos o académicos, hasta que pueden considerarse como útiles para todos. Aquí está parte del error, estas cuestiones no son aplicables a todos, las retrancas, los vicios escénicos, algunos de los recursos de los viejos cómicos, servían para las expresiones teatrales de otras épocas, incluso se pueden aplicar a las propuestas que se hacen ahora pero con textos, puestas en escena y estéticas del pasado siglo (tan prolíficas, sea dicho de paso, en los escenarios de titularidad pública). Pero para los tiempos actuales, las dramaturgias actuales y los públicos actuales se debe ir pensando en otras maneras de afrontar todo el proceso, y el interpretativo, tanto en lo que tiene de entrenamiento y preparación, como en su propia ejecución debe amoldarse a nuestros tiempos.

Debe ir directo al corazón del espectador, pero no solamente por la prosodia, la enfatización, sino a fuerza de una nueva verdad escénica, de un nuevo pacto, de una nueva convención, que no solamente debe abarcar los asuntos dramáticos, de movimiento, gestuales, de dicción, sino que deben incluir el espacial, es decir en el lugar del espacio que utilizan el espectador y el actor, su relación física, visual, auditiva, porque es ahí donde en estos momentos, no solamente en los asuntos más preformativos, sino en las nuevas propuestas emergentes, donde se establece una nueva estratificación de los significantes, unas variables que están provocando una evolución. Probablemente no estemos ante una ruptura, ni ante la asunción de una nueva vanguardia, pero sí se están dando pasos para establecer vínculos de la escena con nuevos públicos que no llegan al hecho teatral solamente por la vía literaria, ni que reciben la información y el estímulo para acudir a través de los conductos de publicidad habituales y que representan en su conjunto el hoy más rutilante y que necesitan el apoyo de los que tienen la obligación de hacerlo así como una visualización por parte de los medios de comunicación aunque sean, dentro del entramado económico actual, algo de poca entidad, todavía. A cambio, son lo necesario, el futuro.

Desde la teología, el Teatro, es una comunión colectiva que se recibe individualmente. Llegamos de uno en uno, formamos una asamblea, nos ungimos de las emociones y asimilamos personalmente lo que ha sido una celebración comunitaria. Así sucede en todas las manifestaciones a las que podemos denominar Teatro desde las concepciones más retóricas a las más alternativas. Desde el compromiso o desde la renuncia; desde la alienación o desde la integración.

Vaya un definición funcional, sencilla, elemental y primaria: teatro es aquello que sucede en un espacio concreto a una hora determinada de un día convenido en donde alguien (el actor) cuenta a algo a otro alguien (el espectador). De aquí en adelante caben todos los matices, casuísticas y concepciones genéricas. No menos importante es que eso que sucede sea fruto del ensayo, la voluntad de las partes, parta de una idea previa, tenga un desarrollo y una formulación artística que no reproduzca de manera mimética la obviedad de la naturaleza o de la realidad objetiva o subjetiva.

Escucho una pregunta radiofónica que me sitúa en una espiral intelectualmente desintegradora: “¿el teatro puede cambiar el mundo?” El teatro si no sirve para que cada miembro de la congregación circunstancial y voluntaria que se forma en cada representación reciba alguna noción intangible que le ayude a explicar algo más de la existencia del ser humano, entonces no es teatro. Parece teatro, pero es otra cosa, es un juguete de esparcimiento que busca precisamente mantener el mundo tal como está. Porque el mundo es eso que formamos cada uno de nosotros. La sociedad es la suma de todos los yos y los tus, en armonía o en contradicción. Y el teatro, expresión minoritaria, casi sectaria, solamente puede intervenir para que durante ese tiempo de la representación algo del interior de algunos seres humanos se mueva, se conmueva, se altere o se reafirme.

Por lo tanto el teatro no puede cambiar el mundo, y quien así lo piense es que utiliza un componente totalitario ajeno a la esencia mismo del teatro. Lo que sí hace el teatro, precisamente en estos momentos, es dirigirse desde el humanismo, con la expresión artística más real, cercana y humana, a otros seres humanos, para, a través del arte, comunicarse, explicar el mundo desde una perspectiva particular, reconstruir la convivencia, la esperanza, abrir dudas y plantear las preguntas fundamentales sin buscar las respuestas. Esta es una de las funciones actuales del teatro.

Y su compromiso mayor: mantener este espíritu del teatro no como una simple actividad económica, industrial, de repetición, sino como una experiencia artística compartida. Una comunión que se celebra con los sentimientos, las emociones, el gesto, la palabra, el movimiento, la música y la plástica. Sin dogmas, ni verdades absolutas. De tú a tú, cuerpo a cuerpo, alma a alma, sin intermediaciones, ritual laico que ayuda a comprender al ser humano en sus glorias y en sus miserias, que transmite ideas o emociones, que establece una dialéctica estética que acaba conformando un ética y desde ahí una proyección política, en el mejor sentido del término.

Llegamos a este mundo de uno en uno, en él habitamos en comunidad sumando nuestras voluntades individuales. Así es el teatro, lo único que puede tener más artificio que los sueños, que tiene toda la verdad forjada a base de un entrenamiento de la mentira que forma el rito, la convención, el arte escénico de la interpretación. Lo demás es comercio, estadísticas, egolatría o narcisismo.

El Palau de la Música Catalana de Barcelona es un edifico singular, considerado como uno de los máximos exponentes del Modernismo que fue edificado por el arquitecto Lluís Domènech i Montaner, inaugurado en 1908 construido con financiación popular, sede del Orfeó Catalá, fue declarado Monumento Nacional en 1971.  Es a su vez un símbolo. Es una institución que ha representado como pocas el espíritu emprendedor de la burguesía catalana, su compromiso con las artes. Acaba de explotar un escándalo mayúsculo en el que está implicado en primera persona Félix Millet su presidente, pero que ha destapado toda una serie de connivencias, complicidades y ramificaciones que llegan hasta las supuestas financiaciones de partidos políticos u otras entidades.

 

Una estafa de varios millones de euros mantenida en el tiempo que ha conmocionado a la sociedad catalana y que tiene bastante de ejemplar en cuanto estamos hablando de un legado cultural colectivo, que recibe ayudas particulares, donaciones, pero ingentes cantidades de dineros públicos, siempre bajo un gestión opaca, con fundaciones, patronatos y otras figuras que son aparentemente una garantía de funcionamiento pero que se ha demostrado en  este caso que era la mejor manera de mantener un ejercicio fraudulento casi en la impunidad.

Esta estafa nos revela la falta de controles administrativos, la supuesta falta de rigor en la intervención y de manera colateral, además de lo anteriormente señalado y el enriquecimiento de los Millet, una familia de gran abolengo vinculada a la institución casi desde su fundación, la existencia de cajas B, o dicho de otro modo, de la circulación del dinero negro en el ámbito de la cultura.

Se ha señalado en los informes que se ha  hecho público de esta estafa, que reconocidos artistas, grandes nombres de músicos, cantantes, directores de orquesta, personal de coros y otros, habían recibido parte de sus emolumentos en dinero negro. Eso deducen los investigadores de las contabilidades y los papeles hasta ahora desentrañados. Muchos de los señalados con nombre y apellidos han salido rápidamente  a la palestra para desmentirlo, pero sus argumentaciones exculpatorias han sido tan tibias y basadas en un yo no sé nada, o no me lo puedo creer, que la sospecha se ha instalado definitivamente. Y no solamente en este caso, ahora descubierto, sino en prácticas bastante  extendidas, no con estas cantidades aquí descubiertas, en el funcionamiento ordinario y habitual.

Quizás solamente con ver las cantidades que se pagan a ciertos artísticas o compañías, por lo desorbitadas y fuera de la lógica del mercado, ya despierten una sospecha para investigar. Seguir el rastro de estos contratos y del dinero pagado nos podría llevar a descubrir algunas complicidades con fachada legal que esconden prácticas fraudulentas, comisiones inconfesables, actitudes que no pueden sostenerse. Hasta con los signos externos de algunos personajes que pululan en el mundo de las artes escénicas, se podrían levantar de oficio intervenciones de control.

La Cultura va a sufrir un recorte considerable en los presupuestos generales del Estado que va a provocar cataclismos el año próximo. Ver con la ligereza con la que se manejan los presupuestos de algunas instituciones, comprobar como las mismas subvenciones salen siempre tan direccionadas desde hace años hacía unas empresas muy concretas, la rumorología imperante en los ambientes profesionales sobre casos de corruptelas o irregularidades, a la luz del caso Palau, o caso Millet, nos puede provocar una mayor sensibilidad, una exigencia de transparencia democráticamente impecable para ver de qué color es el dinero. Y si es negro, azul o rojo, empezar a denunciar en los juzgados, no en las barras de los bares a media voz.

Casi todos tenemos en mente o hemos sufrido actitudes arbitrarias o asistido a decisiones que no dejan muchas dudas. Quizás el problema esté en poderlas demostrar. Pero si en este caso Millet ha sucedido, hay que confiar en que se pueda llegar hasta el fondo de otros tanto que tanto daño hacen. El dinero negro, limpio, tiene otro color.

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