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Sáb, Ago

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Perdonen por titular tan ambiguamente. No se trata de nada que tenga que ver con el comercio carnal. O quizás sí, pero de manera muy secundaria. Viene a cuento sobre el dinero que, según información periodística no desmentida, ingresó Mario Gas tanto como titular del Teatro Español como por los espectáculos dirigidos por él en el mismo teatro público. Las cifras, realmente causan asombro. Y más, a fecha de hoy, cuando la situación económica es tan desgarradora para muchos sectores de la amplia nómina teatral.

Esta información no desmentida, nos coloca al director de un teatro público municipal con unos ingresos parecidos al presidente del Banco de España, comparación que debe entenderse como una manera de hacer demagogia de urgencia. Acercarse a los doscientos mil euros de ingresos, solamente de un punto de trabajo, ya que tiene otros en la privada o en la semipública, nos habla de un desequilibrio absoluto, de unas cifras de mercado que no se corresponden con la realidad socio-cultural-económica. Pero lo anterior lo hemos dicho en los tiempos de las vacas gordas, es decir de la burbuja teatral, cuando los cachets eran puramente especulativos y se pagaban desde una elite de funcionarios que fueron subiendo los presupuestos para colocar unas barreras invisibles en donde la calidad o el interés de una obra venía señalada por su precio, asunto que es terrible, por lo que tiene, insistimos, de especulativo, de falso, de sospechoso por la puerta que abre a todas las componendas, cercanías, comisiones o favores.

Y siempre con el dinero de todos los ciudadanos utilizado para crear una suerte de clase bussines de directores, actores, productores y distribuidores que se codean con los programadores y gestores para proponer una cultura intervenida, fuera de normativa que busca cualquier cosa menos crear espectadores, hacer una política adecuada a las circunstancias de cada lugar y que se traduce en la práctica, en el oligopolio aberrante existente, con la incursión de estos príncipes de los despachos y los escenarios que manejan dineros a espuertas, que hacen lo que les viene en gana y son aplaudidos por sus fieles correligionarios y envidiados por los que quisieran tomar su puesto.

Son acaso una media docena de individuos que están al frente de instituciones públicas manejando presupuestos descomunales, y con sueldos que deberían salir a la luz pública para que supiéramos todos a qué estamos jugando. Esto por la parte de los individuos, de la clase directiva, pero también sería importante conocer cuánto cobran algunos programadores, qué prebendas tienen, cómo manejan los presupuestos, para entender la tendencia de tantos a programar lo mismo y del mismo lugar. Su facilidad para estar reunidos, sus viajes a lugares remotos no para ver espectáculos, sino para seguir reunidos. Este gasto superfluo, esta inflación de los cachets ha corrompido el sistema, ha llevado a la miseria a compañías, grupos, que han tenido que colocarse con sus trabajos de arte en un mercado absolutamente controlado por unos cuantos.

Quién quiera, desde los lugares de decisión política, tiene mucho trabajo, muchas malas prácticas que deberían convertirse en buenas y beneficiosas, no solamente para unos cuantos, sino para todos los profesionales honestos, creativos y muy especialmente para que esto de la Cultura, y en el este caso las Artes Escénicas, sea un derecho auténticamente democrático, no una cosa de un club de amigotes, o una mutua de intereses particulares. Las circunstancias económicas nos sitúan ante las decisiones drásticas, pero por lo que vemos hay bastante campo para limitar el gasto al conocerse estas cifras de emolumentos. Solamente es necesario romper el círculo vicioso. Y no preguntar a nadie ¿cuánto cobras? antes de ver su espectáculo y comprobar si el precio se ajusta a la realidad del gasto que se produce en cada representación, más un porcentaje de amortización lógico y no las burradas que se pagan para ciertos monólogos, por poner un ejemplo sangrante.

 

 

En algunos lugares públicos como terminales de aeropuertos se han instalado desfibriladores. Había uno en la entrada compartida con dependencias municipales de una sala de exhibición de espectáculos en vivo en Albacete. Me llaman la atención, leo y leo las instrucciones repetidas veces y nunca llego a conclusión alguna. ¿Son de uso de urgencias para cualquier ciudadano o se debe usar simplemente por especialistas y personal autorizado? Seguro que se ha colocado con la mejor voluntad, una prevención más para salvar vidas.

La circunstancias de estar en la entrada común con un teatro me provocó una especie de descarga emocional, se me materializó en una metáfora sobre lo que le puede pasar a la Cultura, y es precisamente en Castilla-La Mancha donde hoy toman la decisión de prescindir de tres consejerías y una de ellas, vaya, ha sido Cultura. No ha servido el desfibrilador, no ha llegado a tiempo el especialista, o a lo mejor no funcionaba, que también podría ser. Un achaque, un síntoma, y el infarto total. Y si miramos en el botiquín de urgencias no hay tiritas suficientes para parar las hemorragias que este desaparición puede traer, ni antivirales suficientes para detener el contagio que se puede provocar en otras comunidades autónomas, ayuntamientos e incluso en el gobierno central, porque no hay día que no recibamos sustos generales y mofas particulares sobre alguna decisión proveniente del Ministerio de Cultura y sus desamparos externos y sus descalabros internos. Nunca se ha visto más prescindible este atónito instrumento ministerial con síntomas de angina de pecho, preaviso del infarto.

En el Gobierno del Reino de España, debido a la configuración actual del entramado constitucional y los estatutos de nuevo cuño, se recuerdan: Andalucía, Aragón y Catalunya, recientemente aprobados por todos los estamentos necesarios para ello, se detalla que la Cultura es “EXCLUSIVA” de las comunidades, por lo que si vamos sumando los ciudadanos que viven en esas tres comunidades, la limitación del campo de acción del ministerio parece obvia. Y recordemos un poco más, cuando gobernaba el PP, se llamaba Ministerio de Educación y Cultura, y debemos decir, por si acaso falla la memoria, que no fueron malos años para las Artes Escénicas, o sea, no es tan fundamental lo de tener ministro o ministra, sino atribuciones, presupuesto y sobre todo, por encima de todo, antes que nada, alguna idea, un plan, unos objetivos, y ahora, lo que encontramos es que debilitado por los estatutos, por la presencia de esas comunidades, por ley, en los lugares de decisión de toda subvención o ayuda ministerial; con un equipo que muestra falta de ideas, sin apenas criterios en la dirección, sabiendo que lo que se nos avecina van a ser más recortes, menos competencias, uno diría que con una buena Dirección General sería más que suficiente para cubrir las necesidades de funcionamiento.

Y aunque se pueda argumentar sin mucho riesgo de equivocación en este sentido, lo que debe ser es que se adelgace lo estatal, pero se mantenga o amplíe lo de las autonomías, porque en ellas sí hay competencias (todas) y la falta de una consejería, probablemente no sea suspensión de actividades, pero sí pérdida absoluta de fuerza en los consejos de gobierno, una subsidiaridad que va a repercutir negativamente en el conjunto de las actividades y se transmite un mensaje nefasto para la sociedad: la cultura es prescindible, es algo superfluo, es una suerte de lujo innecesario. Y es ahí donde deberíamos ponernos firmes. Y volver a decir lo obvio: en el sector cultural hay muchos trabajadores, muchas soldadas, muchas familias afectadas y un parado de una compañía de teatro o de una empresa de técnicos del espectáculo es exactamente igual que uno de una industria charcutera. Exactamente igual.

Pero además, la identidad cultural es fundamental para el crecimiento de las sociedades, para su cohesión, para su desarrollo en asuntos no tangibles, y cuando alguien decide prescindir de una Consejería de Cultura, está haciendo una involución ideológica. Reajustemos todo lo que se deba reajustar, pero pensemos en mantener la Cultura como algo imprescindible, como algo necesario, como algo productivo, como algo que ayuda a ser mejores. Seamos positivos, no se trata de tener un buen botiquín de urgencias, sino una buena Cultura, y seamos constantes, porque hasta tenemos una gran parte de razón. En Europa existe la excepcionalidad cultural como un valor positivo, no como un estigma.

 

 

 

 

 

Algunos desayunan frutas del diablo, panecillos de cereales nucleares, mil leches tóxicas y lo redondean con un carajillo de vitriolo. Se duchan con agua helada, se acicalan con perfumes de pétalos de odio y van a su lugar de trabajo: sea una mesa pagada por todos los ciudadanos, sea un ordenador privado, pero siempre con una misión: intentar fastidiar al prójimo, crear un ambiente irrespirable, manipular la realidad, fundamentar decisiones arbitrarias en prejuicios e intoxicaciones con el objetivo de bombardear con todos los gases tóxicos, abrir todas las guerras sucias posibles, utilizar las manipulaciones más indecentes sobre todo lo que tenga algo que ver con la Cultura, y muy especialmente con sus profesionales.

Si ahora mismo mi rabia está contra editorialistas, tertulianas y periodistas de la caverna que con una demagogia incalificable cuestionan las subvenciones al Circo, las Artes Escénicas o el Cine, con descalificaciones tan abrasivas como titular, “después del recorte a los jubilados, ZP, regala trescientos millones de euros a payasos y domadores”, argumentando posteriormente, con un cuajo de soberbia y desconociminto, que ese dinero sí se puede ahorrar, porque no va a ningún sector productivo. Es decir los cientos, los miles de profesionales que en todos los rangos de las industrias, las productoras o la creación artística viven de su trabajo, son, somos, unos parásitos sociales.

Estas voces de la extrema derecha, tienen eco, llegan, se extienden, y con menos rotundidad, se reproducen y se convierten en decisiones de gobierno, en recortes presupuestarios, en aniquilación del tejido productivo existente, porque, en el fondo, a todos, les parece que ser un cómico, un guionista, un productor de teatro, no es una trabajo, es una regalía, algo que socialmente no es relevante. Si sales en la tele, aún pueden considerarte algo, pero si eres invisible o traslúcido, porque estás en una compañía de teatro de provincias, o inviertes tu conocimiento universitario en hacer una revista o un periódico digital dedicado a las Artes Escénicas, eres, por decreto, un perdedor, es decir prescindible.

¿De qué vivirían estos tertulianos, estas periodistas, sin subvenciones, o sin publicidad institucional? Si el aceite está subvencionado, si el vino recibe ayudas, si los coches se hacen con subvenciones y hasta los bancos reciben ayudas públicas, ¿quién puede negar una ayuda institucional a la Cultura? Y no solamente por lo que tiene de mantenimiento de puestos de trabajos, que también, sino porque se trata de algo fundamental, vertebral, esencial para el desarrollo de los individuos, de los pueblos y de los países. Si no se entiende este principio básico, troncal, es cuando se toman las malísimas decisiones que se están tomando desde el espectral Ministerio de Cultura que tenemos ahora.

No hace falta ser independentista, ni anti-sistema, ni revolucionario, siendo un plebeyo consentidor, votante ritual, ciudadano silente, se puede llegar a la conclusión de la inutilidad de un Ministerio por las barbaridades, renuncias y falta de criterios que desde él se transmiten a la ciudadanía. Yo diría que la actual ministra, y la mayor parte de su equipo en los diferentes puestos de confianza y dirección son unos auténticos dinamitadores. Parecen una quinta columna que a base de impericia y/o con un programa milimetrado para ir descapitalizando a los diversos sectores, sin defender absolutamente nada de lo logrado en las últimas décadas, van dilapidando lo existente a base de mantener prebendas y complicidades peligrosas, consiguiendo el descrédito absoluto y total ante los ciudadanos.

Así que salen tronando desde la caverna y no sale la ministra, ni el presidente, ni nadie a defender a los payasos, los domadores, los titiriteros o los poetas balsámicos o románticos. Volvemos a tiempos pasados, a sentir que existe un Estado, unas Comunidades, que no defienden la Cultura, ni siquiera como seña de identidad, mucho menos, como sector productivo que emplea a cientos de miles de trabajadores. Ahora los funcionarios, con su cinco por ciento menos de salario, se cabrean, pero algunos de ellos, no tienen un cinco por ciento de trabajo menos, sino que la bajada presupuestaria significa una bajada de actividad muy superior. Una vez más, defendamos la Cultura de quienes la atacan y principalmente del Ministerio, que la está maltratando.

Sí, ya sé, lo arriba escrito tendrá consecuencias. No pueden consentir que alguien que firma con foto, hable por sí mismo, y para castigar al escribidor, putearán más al soporte que le da cobijo, quitarán las “limosnas” que dan, negarán ayudas y subvenciones con criterios que rozan la estulticia, cuando no figuras delictivas muy en boga. Quizás sea el momento de la verdad, de sentirse honrado de no tener ayudas de quienes las dan, las conceden, no por criterios objetivos o culturales, sino por proximidades ideológicas o partidarias. Por cierto, ¿les puede explicar alguien a las unidades de producción del INAEM que sus sueldos los pagan todos los ciudadanos del Reino de España? Quizás, así puedan pensar que lo que se gastan en publicidad no puede ser solamente para sus amigos madrileños. Se dice con la intención de empezar por algún lado a desmontar la Gran Mentira.

Nosotros somos hoy, como siempre, payasos, titiriteros, poetas, domadores o leones drogados de este circo. Pero no nos callarán tan fácilmente. Y si debemos tomar carajillos de vitriolo, lo haremos. Pero hay que decir conjuntamente y con urgencia un fuerte y sonoro: ¡Basta ya!

 

 

El lunes anterior acababa defendiendo incondicionalmente los Premios Max, y posteriormente estuve en el acto de entrega de los premios, sentí en vivo y en directo la extraña situación de la filtración, publicación, o como deba llamarse, de los ganadores horas antes de la ceremonia debido a “una interferencia informática” según palabras de Óscar Millares, responsable de estos premios desde la Fundación Autor de la SGAE. Vivido el acto desde la sala de prensa, las reflexiones nos llevan a matizar algunas declaraciones y a reformular algunos de los conceptos.

Es más que lógico el cabreo de algunos candidatos que se volvieron a su casa, o simplemente no acudieron, al conocer que el ganador era otro. Es más que lógico el cabreo de algunos medios de comunicación al verse con lo noticiable del acto ya colocado desde horas antes en los digitales, las agencias, las radios y algún canal de televisión, lo que hacía que el trabajo de los periodistas desplazados fuera bastante limitado. Es más que lógico el cabreo de los presentadores, guionistas, actores, productores del acto escénico y de la cadena de televisión pública que lo retransmitió en falso directo, con una hora de retraso (asunto que algún día se explicará). Es lógico el desánimo general, la cara de circunstancias de los responsables de la SGAE. Era lo que les faltaba a estos premios para ponerlos todavía más en cuestión, en duda.

Todo se unió: en la calle, a las puertas del salón del Museo Reina Sofía, trabajadores despedidos dels SGAE, apoyados por sindicatos, montaron una protesta ruidosa. La marca SGAE es la peor valorada en España, las noticias que de su seno llegan a los medios son siempre negativas, por lo que los Max, que son un poco su cara más amable, deben cuidarse con mucho tacto. Entonces, esta “interferencia informática”, que desconocemos su origen o si era voluntaria, casual, error, o incluso boicot como se dejó traslucir, vino a descomponer la figura de todos, de tal manera que fue como un punto y aparte. En la sala de prensa se sentía hasta pena por el desaguisado, una suerte de conmiseración porque todo les sale mal.

Pero antes, durante y después, de esta “interferencia informática”, lo que pasa es que desde el equipo directivo se había decidido hacer una edición, la número trece, para más señas, de perfil bajo. Se volvía a Madrid, sí, pero no se hacía en un gran teatro ni coliseo, sino en una sala apañada. No se le dio el nombre de gala, ni siquiera de ceremonia, sino de acto. Los responsables artísticos del acto, nos señalaban semanas antes que se habían acordado de ellos, ahora, justamente, cuando no había un presupuesto grande. En el mismo día se hizo el acto de proclamación de candidatos, considerada por los asistentes de poco adecuada por las urgencias y falta de calor. Este acto de los maximinos tenía hasta esta ocasión una categoría superior, con la presencia institucional muy evidente.

Por lo tanto, la “interferencia informática” vino a darles una puntilla que no sabemos si puede ser definitiva. Se sabe que desde el interior de la SGAE hay posturas que apuestan por su casi desaparición, que sea un acto todavía menor. Y siempre es la crisis económica la coartada. Y nadie puede negar que estamos en horas bajas, pero precisamente por ello, hay que buscar el apoyo, la ayuda exterior, la complicidad de la profesión para seguir con estos Premios. Nos tememos que para muchos, su desaparición sería un alivio. O lo considerarían como un éxito. Está claro que con estos fallos e interferencias, pierde parte de su valor, pero al desaparición sería volver a la oscuridad absoluta. No es que den mucha luz, pero al menos ocupan unos minutos audiovisuales y unos centímetros en el papel o en internet en positivo.

Quizás sea el momento de volver a pensarlos, a analizar con profundidad las categorías, los requisitos para las candidaturas, la metodología de las votaciones, pero de acuerdo con los profesionales en su conjunto. Resumiendo: o se potencian, se apuntalan, se ajustan a lo existente y se hace con apoyo suficientes o creemos que el futuro de los Premios Max está, ahora mismo, en entredicho. Sin más compromiso, desde aquí intentaremos colaborar para que se sigan haciendo y mejoren. No sirve de mucho, porque los problemas graves residen en otros puntos de decisión.

 

 

Se escriben estas líneas en la mañana del lunes tres de mayo del año 2010, fecha en la que se celebrará la ceremonia de proclamación de ganadores de los Premios Max. No se conoce, por tanto, el resultado de las diferentes categorías que se deciden por votación popular entre los autorizados a ejercer esa posibilidad. Por lo tanto nada de lo que se diga tiene que ver ni con las personas ni las instituciones galardonadas. Se intenta insistir en una de las muchas dudas que estos premios suscitan a propios y extraños.

La postura más sencilla y común es señalar que cualquier acto, evento o circunstancia que sirva para poner en valor social y mediático las artes escénicas es positivo para las mismas. Dentro de esta corriente de opinión se escucha con cierta asiduidad que si los Premios Max no existieran, deberían inventarse. Estamos de acuerdo en lo básico: estos Max son una de las pocas ocasiones en donde la gran familia de las artes escénicas aparece de manera conjunta, aunque sea en un estado competitivo. Por lo tanto es de las pocas ocasiones en los que las artes escénicas encuentran un espacio en los medios de comunicación, aunque sea solamente por unas horas, en el que se muestra como algo conjunto, como un bien común.

Las obviedades hay que remarcarlas, por si acaso no han quedado bien fijadas. Por lo tanto los Premios Max tienen dos funciones primordiales: darle este empujón mediático global que debería interpretarse como una acción externa, y a la vez, debería tener otra función interna, que sería la de consolidar propuestas, obras, para que su vida de exhibición pudiera reforzarse con el eco de los Max. Y es aquí, en este punto, donde la cosa no funciona. Y no lo hace por el sistema de producción imperante en estos momentos, donde la vida de las obras es efímera, porque las más premiadas ya han pasado por muchos escenarios, muchas de ellas cumpliendo todo su trazado y vida activa y aunque reciba un Max, no se garantiza una posible remontada, una vuelta a los escenarios, ya que no siempre se puede lograr el mismo equipo actoral. Y porque tampoco un Max lleva a su contratación porque no tiene un valor publicitario suficiente como para que los públicos renuentes se acerquen a ver una obra por el hecho de tener uno o diez Max.

En este sentido, los Max no son útiles. O al menos no lo son en el corto plazo. Los efectos que tiene sobre las compañías, los directores, las actrices o todos los premiados en su futuro es difícil de calibrar, porque es difícil saber cómo se perciben, cuanta credibilidad generan. Y esta duda razonable coarta, colapsa, deja en entredicho algunos resultados y provoca todas las incertidumbres sobre su valor efectivo. Las dudas llegan siempre a caballo de la falta de datos sobre le número de votantes. De los sistemas de votación empleados. De que siempre acostumbran a ganar compañías, obras, profesionales que tienen por detrás un grupo de votantes suficiente por proximidad, compañerismo, pertenencia al mismo grupo de producción y otras variantes que dejan bajo una capa de sospecha los resultados finales.

La realidad es que Madrid y Barcelona concentran el número mayor de profesionales, de producciones, de compañías que giran por todo el Estado y ello conlleva que sean, por una razón u otra, las producciones de estos dos polos las que mayor número de Max recojan. ¿Es injusto o es el resultado de una realidad calcificada por la demografía, las inversiones públicas y los hábitos de la ciudadanía? ¿Se puede buscar una manera de paliar esta realidad estadística? ¿Unos Premios pueden ayudar a cambiar un sistema muy arraigado? ¿Es esa su función o simplemente con crear un espacio de reconocimiento ya tiene más que cumplida su utilidad?

También se ponen en cuestión algunos premios, apartados o categorías. En todos los casos se han creado para satisfacer demandas. Se han hecho con la mejor de las intenciones, aunque acaben siendo premios menos valorados, como una suerte de pedrea para que las producciones de las autonomías también tengan su presencia. Los concedidos por decisión directa de jurados especializados tienen otro cariz, por decirlo de alguna manera, están fuera del mercado, de la pelea diaria y son los que proporcionan, en ocasiones, un mayor valor cultural.

Quizás hay que señalar que estos Premios Max se hacen bajo el amparo, la organización y el presupuesto de la SGAE. Las colaboraciones institucionales a través de cesión de locales, de ayuda estratégica, la retransmisión por TVE, son algunos de los datos que confluyen y contextualizan. Y no es nada más que hacer constancia de una circunstancia incuestionable: es una de las marcas peor valoradas por la ciudadanía en general. No enjuiciamos, nada, certificamos algo que está en la calle. Y esto no ayuda a darle más vuelo a los Max, pero tampoco evita que sea el momento de situarse: en lo referente a las Artes Escénicas, no hay dudas, la entidad de gestión cumple con sus objetivos. Otra cosa son algunos asuntos que realiza la actual dirección ejecutiva. Sus raros movimientos son de difícil comprensión. Por lo tanto decimos sin una pizca de cinismo: larga vida a los Premiso Max. Felicidades a todos los premiados. Gracias a todos cuantos hacen teatro en estos tiempos difíciles.

 

 

 

 

La crisis económica globalizada parece que se fundamentó en productos financieros que tenían mucha imaginación, o mucho morro, y muy poco aval. Conversando con amigos dedicados a la bolsa hablaban con frecuencia insistente de “comprar futuros”, que era una espléndida metáfora con la que los inversionistas se dedicaban a pagar sobre el supuesto valor que tendrían las cosas a doce meses o tres años vista. Se jugaba con las cartas marcadas, pero se movían expectativas, se generaba un aire de optimismo y, como se ha visto, caían los pardillos con sus ahorros mientras los especuladores, los manteros de las finanzas se enriquecían hasta poderse comprar, auténticamente, su futuro a costa del de los demás. Y en esas explotó la burbuja.

Hemos dicho en otras ocasiones que se podía hacer un parangón entre la burbuja inmobiliaria y la teatral, que se vivía por encima de las posibilidades objetivas, que se inflacionó toda la cadena y ahora estamos en los ajustes duros que llegan por los cuatro costados. Por lo tanto, situados en el centro geométrico de esta situación, como los pistoleros en las películas del oeste, quisiéramos vislumbrar la mejor manera para que los futuros no se compren, sino que sean posibles. Es decir, ¿cómo se regenera el tejido productivo, cómo se consolidan las programaciones y qué necesita actualmente el teatro o la danza, para encontrar a sus públicos que les ayuden a sostenerse?

Como no vendemos humos, ni tenemos respuestas, nos limitaremos a transmitir sensaciones. Estuvimos en Bogotá en VIA, que es el Gran Mercado para las posibles transacciones entre los creadores y productores latinoamericanos y los promotores y programadores latinoamericanos y norteamericanos. Estamos hablando de una sección dentro de un festival como el Iberoamericano de Bogotá, con una programación exuberante, fantástica, espléndida, que tiene una proyección ciudadana innegable, dando una imagen de ciudad y de país, realmente gratificante. Esta contextualización viene a cuento porque además de la pura exposición que es la programación del festival, con grandes montajes internacionales, en los días de Mercado, las entrevistas de mayor frecuencia eran con productores colombianos, algunos de los cuales tenían sus espectáculos en la programación, pero otros muchos no, y hasta se ofrecían los showcase que es otra modalidad efectiva, aunque peligrosa al hacerse partes de espectáculos desgajados, lo que pueden confundir.

Por lo tanto, y hasta donde podemos conocer, los programadores de teatros o festivales españoles, se vieron citados por decenas de vendedores, y su callada labor fue la de atenderlos con educación y dispensar palabras esperanzadoras, recopilar folletos, y aplazar decisiones que, por cierto, ya estaban tomadas en muchos casos, ya que parece más que lógico que para hacer una buena programación o para gestionar festivales de relevancia, las decisiones y el conocimiento de los espectáculos deba ser por otras vías, además de estas citas. Y estas citas, como VIA, como las Ferias, como todas las plataformas que existen, son necesarias, nadie lo pone en duda, lo que quizás sí podríamos es cuestionar su auténtica eficiencia. Estadística y emocionalmente.

Son necesarias, a mi entender, porque en todos los estamentos hay diferentes niveles de poder adquisitivo, de profesionalización, de posibilidades de contratación, de disposición de personal y un largo etcétera de factores. Y estos encuentros, en primer lugar, generan ilusiones, expectativas, esperanzas que ayudan a crecer. Otra cosa es que la asimetría entre lo ofertado (demasiado), y lo que se puede adquirir en términos absolutos, en términos de dinero (muy poco), está muy distanciado. Los presupuestos que actualmente circulan para la contratación probablemente no podrían absorber ni un diez por ciento de las producciones colocadas en el mercado. Este es un gran problema. Un grave problema porque esta desmesura no es buena para el sistema, ya que los factores que intervienen en una selección de espectáculos para una programación se contaminan por circunstancias ajenas a la propia dialéctica de la programación, es decir del encuentro entre las obras y sus espectadores desde una mirada estrictamente cultural, artística, teatral y suelen pesar bastante más todos los condicionantes económicos, sociales o de paisanaje.

Así las impresiones sacadas en Bogotá, las vividas en Albacete, las que arrastramos de otros eventos en donde el objetivo final es la compra-venta de esos futuros, de esas esperanzas, el cruce entre la oferta y la demanda, o como quiera llamarse esta parte del negocio, nos deja, una vez más, con la amargura de saber que es imposible que todo lo que gusta, se entiende tiene valor artístico, pueda sobrevivir en las condiciones adecuadas para su desarrollo y crecimiento. Que nos tememos que la cuerda se romperá por el mismo sitio, la auto explotación de los únicos que viven con ilusiones más allá del pragmatismo contable: los actores, autores, directores jóvenes o veteranos, que van a seguir con sus montajes, sus producciones, malviviendo, malvendiendo, pero con la esperanza de que están invirtiendo en su futuro y de que su presente, al menos, tiene el valor añadido de la dignidad y la vocación mantenida más allá de las adversas circunstancias.

Estos valores no cotizan en bolsa, pero son imprescindibles para que la maquinaria funcione. Sin estos utopistas, enajenados, queridos artistas, se bloquearía el sistema. ¿Nadie se ha dado cuenta? Creo que sí, pero siguen jugando con las cartas marcadas y como hasta la fecha se han inmolado económicamente suficientes grandes actrices y directores, se ha quemado productoras, compañías y grupos, y sigue aumentando la nómina de los vendedores, de los que están dispuestos a volver a empezar cada día, se ha creado una convicción nefasta y a nadie le preocupa demasiado, están convencidos que jamás se producirá la rebelión de los teatroheridos. Ellos son imprescindibles, los irreductibles, a los que hay que defender y proteger de las especulaciones y los tiburones.

Cada época tiene sus preocupaciones. Si nos atenemos a la insistencia, ahora hay muchos interesados en crear espectadores con conciencia crítica. Para ponernos en estados utópicos, se busca al espectador ideal. Un espectador que asiste a una supuesta Escuela en la que se forma como tal, como Espectador. Las mayúsculas son mías. Supongo que se sistematizan una serie de conocimientos, se pasan unas pruebas psicotécnicas, unos exámenes prácticos, se presenta un proyecto y al final se saca el Título con su correspondiente Carnet de Espectador. Serán, a partir de estos momentos, la elite de los espectadores, la clase alta, los que serán invitados por los teatros porque darán prestigio a los mismos, y como sabrán tanto de ser espectador, sentarán cátedra, es decir, pondrán y quitarán programaciones. Y programadores.

El problema, realmente existente, es que a lo mejor estamos ante una Escuela sin maestros. Que la idea se haya diseminado de manera casi espontánea y que crezcan en cada lugar repetidores de conceptos librescos, es decir de aquellos que se han hecho con una buena bibliografía sobre análisis de espectáculos, dos diccionarios prácticos, y se aventuren a ir reproduciendo sin excesivo bagaje académico y referencial, con criterios muy poco fundamentados y sin ninguna estrategia didáctica, unas consignas en ocasiones dogmáticas, que no crean precisamente espectadores, sino que inoculan patologías, fobias y filias a los ingenuos que se dejen seducir por las propagandas.

Parece más que obvio que se necesita formación en toda la escala del sistema productivo teatral, y buena parte de ella, debería ser para ir adquiriendo sentido crítico, al menos en cuanto a la capacidad de los programadores, por ejemplo, de discernir sobre la auténtica valía o calidad de las obras susceptibles de ser contratadas para sus programaciones. Es un hecho: resulta lamentable intentar establecer conversaciones o debates sobre las obras en un nivel medianamente ajustado a sus características culturales, artísticas, estéticas, incluso con autores, actores o directores, por lo tanto estamos a favor de que se instauren estos espacios de formación continua, hasta para que algunos que se dicen críticos, encuentren claves diferentes para el análisis y se les dote de herramientas para expresar ese análisis de manera ajustada, huyendo del uso de coletillas, tópicos y lugares comunes.

Estamos predispuestos desde siempre para proponer, participar, asistir de un lado u otro de las mesas a estos momentos que rompen la monotonía y ayudan, relativamente, a crecer. Hemos propiciado estos talleres, hemos tenido encuentros de diferentes niveles con profesionales de la crítica, del periodismo, de la distribución, la exhibición, profesores universitarios de teatro, doctorandos, por todo el mundo, pero hemos ido siempre luchando contra la corriente, porque hemos notado que seguían considerándose estas actividades como una especie de lujo, de un entretenimiento para comerse el coco entre cuatro especialistas. Es más, en otros tempos más activos, hemos estado manteniendo tertulias muy concurridas dentro de las programaciones teatrales de las semanas grandes festivas de las capitales vascas, patrocinadas por hoteles, con retransmisión en directo por radios públicas o privadas y existían unas docenas, en ocasiones cientos de espectadores, aficionados, interesados en asistir a esos coloquios, aunque a veces solamente fuera para estar cerca de un famoso. Esto ahora se intenta camuflar como Escuela de Espectadores, y encontramos en la rimbombancia una suerte de postura poco fiable, una suerte de caricatura.

Todo tiene sus antecedentes. Un libro, de cabecera, capital, troncal para el pensamiento moderno sobre el espectáculo escénico desde la semiótica de Anne Ubersfeld, editado en España por la siempre poco reconocida y alabada colección de la ADE (Asociación Directores de Escena) del que tanto hemos bebido y que tiene este nombre, es de donde parte la adopción del título, del concepto. Pero entendemos que su contenido, con ya unas cuantas décadas en sus espaldas, en manos de alguien que reproduzca sin más sus ideas, es difícil de tener viabilidad alguna más allá del estudio profundo. No crea espectadores, a los más interesados, les puede colocar en otra dimensión, en otra galaxia. Hemos visto anunciarse, propiciarse, crease con este nombre, y otros que lo parafrasean, en diferentes puntos del globo, unas cuajando, manteniéndose en el tiempo y creando una auténtica escuela, de posibles maestros de esa Escuela, pero en su gran mayoría han sido experiencias mantenidas con impulso y energía de una persona que se ha ido agotando ante el vacío general.

Pero de repente las semillas han cuajado, han florecido una, cien, mil escuelas, y nos parece milagroso que esta parte que consideramos esencial para un mejor funcionamiento de todo el conjunto encuentre ahora el apoyo, la bendición, el presupuesto para realizarse en tantos lugares. Quizás lo lógico fuera empezar a seleccionar al personal, a crear a esos maestros de esas escuelas de espectadores (no confundir con gestores, productores, actores, diseñadores, técnicos o programadores), no vaya a ser que estemos ante una auténtica falacia, ante un simple acto de oportunismo, una moda, una manera de sacarse unos euros sin muchas exigencias y detrás de ello no haya mucho más que el interés de lucro, la búsqueda de notoriedad y hasta la buena voluntad y falte el conocimiento, el proyecto didáctico, la metodología adecuada y se acabe en cuatro días con algo que debería ser estructural de los propios teatros de exhibición, una suerte de ayuda a la creación de públicos, un complemento para la fidelización, o de manera autónoma, privada, sostenida por los propios espectadores en las ciudades con más salas de exhibición o a atrvés de una cátedra móvil, como ya existe.

Por si alguien quiere saberlo, y dada la proliferación oportunista, el título, con algunos de sus contenidos y objetivos bien definidos, está registrado y no se puede utilizar así como así. Conozco al propietario del mismo, es un excelente catedrático, prologuista, articulista, investigador y mantiene desde hace décadas una Escuela de Espectadores en una de las ciudades más teatralmente significativas y con más actividad cotidiana del planeta Tierra. Se advierte a los recién llegados, a los copistas, a los que tocan de oído, de que, al menos, deben inventarse otro nombre. O pedir autorización.

Aplaudimos las iniciativas, todas, hasta las que conocemos y nos dan o risa, o rabia o nos sugieren coplillas por la falta de consistencia de quienes están al frente. Ojalá de aquí a unos pocos años se haya creado un auténtico tejido para la proliferación de espectadores, aficionados y profesionales con mayor capacidad analítica y con ello ayudemos al crecimiento en calidad de todas nuestras programaciones. Nos tendremos que peguntar ¿el espectador nace o se hace? Si no nace, no se hace. A lo mejor estas acciones sirven para la reproducción asistida de nuevos espectadores. O del Nuevo Espectador como ideal. Si tiene Carnet o diploma de asistencia a una escuela, ya es otra cosa.

 

 

Teníamos planteados algunos casos de cambio, transición, renovación o reconstrucción de entidades de titularidad pública dentro del sistema teatral estatal. Algunos se van resolviendo, otros están a punto. El acierto de los nombramientos se sabrá con el tiempo. De momento podemos hacer alguna apreciación sobre lo que conocemos. En algunos casos con mucho conocimiento de causa y en otros por el perfil tan poco agresivo de las personas que deben conducir algunas de esas instituciones. Quizás reseñar la obviedad: resulta muy difícil que aparezcan mujeres al frente de los grandes aparatos teatrales, aunque las hay que realizan su labor con solvencia, y en estos meses hemos tenido la sorpresa del cambio de dirección en el Festival de Almagro que ha recaído, precisamente, en Natalia Menéndez, y parece ser que en Galicia hay una candidata bien situada a dirigir el Centro Dramático Galego.

El desagradable conflicto del Teatro Barakaldo parece, y subrayo lo de parece, que va camino de solucionarse definitivamente, aunque no seamos capaces de opinar con rotundidad sobre la bondad de lo sucedido, más bien todo lo contrario, nos parece que no se ha resuelto de la mejor manera para los intereses del Teatro Barakaldo. Y en este caso no estamos cuestionando la idoneidad o no del que parece ha sido elegido para llevar la dirección de este teatro, sino del desgaste que se ha hecho a la institución, al teatro, a su gestión anterior, la mala imagen, absolutamente recriminable a todas las partes implicadas, que ha recibido la ciudadanía sobre los intereses que subyacían en una lucha de poder que parece venir de antiguo entre personas del mismo partido, de una crisis prolongada innecesariamente en el tiempo, que ha dejado excesivos daños colaterales.

De este conflicto debemos sacar muchas lecciones. La primera es que se debe acabar con la idea patrimonialista de las gerencias o direcciones de los teatros. Es decir, no puede ser un proyecto de vida de nadie, porque se trata de un proyecto cultural, político, ciudadano, colectivo. Por lo tanto, antes de que se enquisten los problemas es urgente encontrara una fórmula universal, una suerte de estatuto del director de edificios teatrales públicos que limite el tiempo, las atribuciones, las relaciones, el sostenimiento económico fuera de vaivenes y afinidades o discrepancias y que se base en un proyecto global, cultural, didáctico, de entretenimiento y ocio, consensuado. Que se acabe de una vez con esa sublimación léxica de “en mi teatro”.

En definitiva que se entienda como un bien público común, que pertenece democráticamente a todos, aunque existan unas responsabilidades políticas primero y unas técnicas después para hacer la mejor gestión posible adecuándose a las realidades socio-culturales y económicas del lugar donde se ubica. No alucinar demasiado, no hacer proyectos faraónicos donde no son sostenibles. Bueno, todo eso que tantas personas saben, pero que no parece haberse instalado en el quehacer de muchas otras que han ido teniendo, o tienen, responsabilidades.

Sin lugar a dudas, al menos, para este cura, lo que más me ha sorprendido es el nombramiento de Lluís Pasqual para hacerse cargo del Teatre Lliure a partir de la temporada 2011-12. En primer lugar todos, al conocer esta noticia hemos titulado “el regreso de Pasqual al Lliure”, pero inmediatamente el propio afectado en carta dirigida al responsable de la Fundación que lo nombra, le dice que no “vuelve”, sino que “entra” por primera vez. Es un matiz muy especial. Nadie debe olvidar que Pasqual es fundador del Teatre Lliure, aquella cooperativa que en un pequeño teatro del barrio de Gracia, fundó una manera de hacer teatro basado en el arte, en la ubicación móvil de los espectadores, que se atrevió con el repertorio universal en catalán, que fue cantera de directores y actores, hoy encumbrados en todas las listas de consideración. Pero cuando el proyecto creció y se trasladó a su actual sede, se creó la Fundación, se convirtió en un teatro institucional, hubo una quiebra, se rompieron las relaciones, hubo dolor, desgarro. Y Pasqual desapareció. Lo que parecía que iba a ser su sede, su proyecto, se convirtió en algo grande, abierto, y en un principio la ruptura hizo mucho daño, aunque posteriormente se cauterizó o se minimizaron los daños.

La trayectoria de los últimos siete años del Lliure ha estado en manos de un joven director, Álex Rigola, que ha transmitido una imagen de modernidad, de riesgo, de aventura, compaginando grandísimos aciertos con montajes menos celebrados, pero que le ha dotado de una identidad, de un sello, de una marca al Lliure. Se rodeó de un buen equipo, abrió sus salas a otros directores y directoras, giró con sus espectáculos por el mundo entero, acaban de estar en Bogotá con su espléndida 2666. Fue una apuesta renovadora de la Fundación hace unos años que salió, a mi entender, muy bien. Fantásticamente bien. Y uno, en su humilde rumiar, hacía sus quinielas con hombres y mujeres jóvenes que han presentado en estos últimos años sus credenciales con una calidad contrastada, una renovación, a los que entendía que darían continuidad tras la salida de Rigola. Pero los miembros del patronato, por inmensa mayoría, con pocas abstenciones y dos votos en contra frente a 34 a favor ha optado por una solución de retorno a los inicios, entiendo que para aposentar lo existente, para que la experiencia de Pasqual ayude a transitar por estos tiempos económicamente no tan boyantes, y para restañar las posibles heridas todavía existentes.

Nadie puede dudar de la calidad de este director, no se cuestiona aquí al elegido, sino la elección, a lo que desde fuera se entendía como una línea, como una apuesta de renovación, de dar cabida a los jóvenes emergentes. Aquí se abre otra subordinada, la edad como discriminación. La edad como aval. Los tapones generacionales, toda un suerte de disquisiciones que intentaremos desglosar en otras entregas. De momento, los enigmas resueltos nos convocan a nuevas situaciones que deberemos ir asimilando. Y a todos cuantos se hagan cargo de estas instituciones, simplemente pedirles acierto, lucidez, que busquen el asesoramiento con humildad y sin condicionantes, que entren con voluntad de servicio a la comunidad a la que van a servir y que ni los artistas, ni los productores son amigos del alma, ni enemigos, sino partes imprescindibles del todo. Unos en la sección creativa, otros en la productiva, y otros en la política. El entendimiento entre toda las partes es el primer soporte inalienable para labrar un futuro identificable. Lo de después, es mucho más azaroso. Nadie puede garantizar buenos espectáculos, ni asistencias masivas de públicos. Pero sí hay que discriminar bien entre quienes tienen el teatro en su cabeza, quienes lo tiene en su corazón y quienes lo tienen en su cuenta corriente.

 

 

En las semanas anteriores se han celebrado diversos festivales internacionales que con diferente nomenclatura han copado la atención informativa: San José de Costa Rica, Panamá, La Paz, Bogotá. En el Iberoamericano de Bogotá hemos pasado unos días. Del de San José hemos tenido referencias directas. Del de Panamá y La Paz, hemos sabido su inauguración, su programación general, pero poco más. Han existido otros festivales coincidentes en el mismo tramo de tiempo, como en la propia Bogotá, que se ha celebrado, como viene siendo tradición, el Festival Alternativo que coincide en el último tramo del FITB, y que está organizado por las salas independientes bogotanas.

La primera duda razonable que a uno le asalta desde tiempos inmemoriales es que estos eventos parecen vivir autónomamente, desgajados de la realidad teatral de donde emergen, que se trata de algo que provoca una luz cegadora y que, probablemente, se convierta en un escaparate que escapa en ocasiones a sus propias bondades programáticas. Esta sensación no es algo que se produzca únicamente en estos casos que ahora mencionados, sino que siempre hemos reclamado un equilibrio entre las acciones excepcionales y lo habitual. Aquí en Europa, como allí, en América. O en cualquier parte del mundo. No es bueno que exista un deslumbrante festival, bienal si se quiere, que utiliza recursos públicos y privados fuera de toda norma y después de ello y antes de ello, esté un desierto infranqueable, una descompensación que no permite el crecimiento adecuado de profesionales e, incluso, de públicos.

Se trataría, por lo tanto, de asuntos discutibles, que tiene más que ver con políticas culturales, con estrategias de generación de tejido cultural, que con una crítica a los eventos o festivales o sus programaciones, que requieren de otros argumentos para su análisis. Recuerdo que tuve la oportunidad de coordinar el Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz en los años 1980-81, dentro de la Cooperativa Denok, y en el último año, con la reciente creación del Gobierno vasco, se recibió una subvención importante para la época, lo que ayudó a poder hacer una programación en 1981 en la que estaban, entre otros, Tadeuz Kantor, Living Theater, Ladislao Fialka, Linsay Kemp, Momix o Nuria Espert, y fue un éxito sin precedentes de público ya que existía la Cooperativa que desde cinco años antes hacía una programación habitual de alto nivel, con este Festival Internacional que, con un presupuesto menor, se programaba a principio de temporada como espoleta de arranque con los mejores grupos y compañías de la época, por lo que existía un campo abonado para ello.

No obstante, la ayuda al Festival desequilibró internamente a la cooperativa. Se crearon distancias que resultaron insalvables con el tiempo. Ahora, los festivales no parten de estos antecedentes, son acciones más espontáneas, aparentemente, y los objetivos son muy otros, muy indisimulados en ocasiones y con intereses particulares de difícil confesión. Uno tiene la sensación de que los festivales de hoy en día buscan algo más que el intercambio cultural, que la oferta de lo mejor posible en el terreno de las Artes Escénicas. Parece que se ha vivido una época en la que se trata de hacer el festival más grande, el que tenga más estrenos, el que pueda ofrecer las cifras más impresionantes. Y es ahí, precisamente, donde uno entiende que el tamaño, sí importa.

No hay crítica previa, ni valoración dogmática. Es una opción tan legítima como cualquier otra, por lo tanto, es la necesidad de cada cual, el interés, los deseos o los gustos, lo que pueden determinar la opinión. Yo prefiero festivales manejables, “humanos”, en los que me sienta parte de él, aunque solamente sea como observador, crítico o tallerista. Que no deba sufrir diariamente una frustración por dejarme espectáculos interesantes sin ver, ya que hay tantos, y a la misma hora, que es imposible verlos todos. Que pueda relacionarme con los actores, directores, técnicos de tú a tú, que se ofrezcan lugares para el encuentro profesional y de ocio con medidas controlables para todos los asistentes. Incluso como informador, que pueda racionalizar mi trabajo sin necesidad de obviar, sobrecargar o seleccionar informaciones constantemente.

La fascinación del Festival Iberoamericano de Teatro de Bogotá es su magnificencia, la cantidad de oferta, conjugada perfectamente con la calidad, pero debo confesar que hay momentos en que uno se siente perdido en ese mar de acontecimientos, en esas distancias a recorrer para acudir de una obra a otra. A cambio, uno tiene la oportunidad de ver a cientos de miles de bogotanos disfrutando del teatro en todas sus manifestaciones. Uno encuentra en todos los poros de la ciudad un conocimiento del FITB, que se defiende con orgullo, como algo propio, desde el propio policía de inmigración al preguntar al extranjero su destino en Colombia. Esto es incuestionable, se ha logrado traspasar las fronteras de lo cultural estricto, para convertirse en algo ciudadano, en un marca de ciudad. Es su logro, lo plausible. Lo que le caracteriza y le dota de argumentaciones muy poco refutables. Es como es y así se admite por lo que una posible solución es que cada uno se confeccione su Festival. Elegir adecuadamente, aprovechar el tiempo, las energías, disfrutar lo más, para acariciar lo menos como una virtualidad apetecible.

El tamaño sí importa. Y si en Bogotá tiene sus salvedades, su propia historia marcada por la personalidad de la tristemente desaparecida Fanny Mickey, que le ha dado una impronta de estas características, en otros lugares se ha demostrado que no se puede pasar del cero al infinito sin provocar fisuras, que es mejor la mesura, lo adecuado, lo posible, que el derroche. Una mala gestión en un festival arruina la historia e hipoteca el futuro. Del propio festival y de muchas otras acciones políticas en el terreno de la cultura y de las Artes Escénicas. Pongamos que hablo de San José de Costa Rica. Pero podría extraerse esta misma conclusión o aplicar la misma recomendación a muchas otras hipérboles programáticas, a desvaríos de responsables de departamentos de cultura con ansias de notoriedad. Mientras tanto, celebremos la vida de muchos festivales que están pensados para el progreso de los aficionados, los públicos y los teatristas en conjunto. Y de manera equilibrada.

 

 

Toca mirada interior. Acabamos de reunirnos en Bogotá el pasado domingo 28 de marzo de 2010, una decena de revistas de teatro, y una vez más, ratificamos la existencia de problemas globales y soluciones locales. En el encuentro, el moderador, plantea una pregunta central sobre la incidencia, el valor, la necesidad, el uso, el valor de estas opciones editoriales para el teatro, para sus practicantes, para sus usuarios. Es decir, ¿para quién se editan revistas, periódicos digitales, colecciones de textos dramáticos o libros de investigación y teoría?

Seguimos en la pregunta, en la duda, en el desierto, en acciones que pocas veces tienen una respuesta directa, inmediata, reconfortante por parte de aquellos a los que supuestamente se dirigen. Entre las revistas colombianas asistentes, el denominador común que pudimos detectar es que detrás de estos esfuerzos hay colectivos de salas, festivales, organizaciones o escuelas. Es decir, parten de un soporte, de un impulso, de una complementariedad que a su vez les induce a hablar sobre las cuestiones que más les interesen a esos colectivos.

Esta vinculación les debería reportar, a su vez, un impulso que les diera mayor proyección que por lo escuchado no es el suficiente como para mantener de manera estable su existencia. En estos casos, como el de Paso de Gato de México, como el de esta oferta editorial con este periódico y la revista ARTEZ, el problema reside en las dependencias publicitarias por un lado, la falta de ayudas claras y directas para su mantenimiento por parte de las instituciones y el más grave de todos, la falta de complicidad activa por parte de los profesionales a los que más directamente beneficia la existencia de este tipo de publicaciones y que, por lo tanto, deberían ser los más interesados en protegerla con su suscripción, su lectura, su difusión.

Hay que intentar deslindar los contenidos de estas revistas, su diagramación, su titularidad, con su valor específico. Existen grandes distancias organizativas, desde el más plausible voluntariado, a la profesionalización total, y en ningún caso debe prevalecer para su valoración el sistema de producción, aunque, en buena lógica, los resultados, la periodicidad, las posibilidades sean muy diferentes. Al igual que las intenciones, desde las que se plantean temas de fondo y piden abiertamente colaboraciones y después un equipo de selección elige los artículos que consideran más apropiados, hasta quienes simplemente informan diariamente de lo que sucede, con el añadido de columnistas, críticas y otras secciones.

Se dijo en voz alta: todavía prevalece una mirada romántica, y se apuesta por el papel como soporte. No se llegó a plantear el debate, pero se apuntó un buen territorio para la reflexión, ya que el mundo avanza, la juventud, a la que tanto evocamos, empieza a ser electrónica y su relación con el papel es menguante, por lo que algo deberemos ir acomodando. Y este periódico es un ejemplo que se valoró con los datos estadísticos. El mes de febrero tuvo una media de 5930 visitas diarias; vamos creciendo, por lo que el papel, al que no renunciamos, ni mucho menos, parece más destinado a cumplir una función bastante importante y que en Bogotá se citó: servir de memoria.

Seguiremos hablando, estamos intentando crear un sistema de comunicación, de organización de perfil bajo en sus primeros balbuceos, de intercambio de experiencias, de ayudas mutuas, algo que se base en lo que nos une y que sirva para el crecimiento conjunto, para ahorrarse energías, para dar una imagen común.

Como siempre le sucede al viajero, al salir de la realidad propia, al acercarse a las realidades latinoamericanas se enriquece. La energía que todavía se genera en el territorio teatral es inconmensurablemente más positiva que la que habitualmente nos ahoga por aquí, esta vieja Europa tan empalagosamente inmersa en la gran mentira de su supuesto bienestar y su nefasta apatía. Todavía el teatro tiene sentido, sus gentes pelean, hoy lunes, ciento treinta salas de teatro van a hacer una acción frente al Ministerio de Cultura. No tienen dinero, pero tienen ganas, imaginación, capacidad artística y valor porque parten de una postura ideológica previa, como ciudadanos y artistas, que les da las claves de su comportamiento.

Uno viene a estos lugares a aprender. Y a volver a pensar sobre su oficio, sobre lo que hace y para quién y por qué lo hace. Hay momentos para la flaqueza, el cansancio de la presión burocrática asfixiante a veces provocan ganas de mandarlo todo al carajo. Pero mirándose en estos espejos americanos, uno solamente puede renovar su compromiso desde el privilegio de poder incidir y colaborar. Ahora mismo estoy todavía más convencido: todo lo hago pensando en ti.

 

 

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