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Mié, Oct

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Cuando las estructuras del Estado, aunque sean desde la parte más débil como puede ser un Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música, INAEM, se utilizan al servicio de alguno de los que circunstancialmente están al frente de alguna de estas instituciones para salvar la imagen del titular, en este caso el titular del INAEM, después de haber realizado una de las gestiones más deplorables de una crisis interna, solamente nos queda que empezar a contar telediarios a la espera de su destitución.

Para tapar las vergüenzas del empujoncito dado a la salida de Nacho Duato de la Compañía Nacional de Danza, al actual equipo de INAEM no se le ocurrió otra cosa que montar una rueda de prensa para anunciar la creación del Centro Nacional de Difusión Musical, un nuevo aparato institucional, una estructura funcionarial pesada y medio improvisada para control y ralentización de las actividades musicales realmente existentes, y de paso dar cuenta del nombramiento al frente del mismo, de una persona a la que no le vamos a negar absolutamente nada de sus posibles capacidades para hacer eso que dicen que va a hacer ese lugar mágico, pero está claro que forma parte de ese círculo sospechoso alrededor de los actuales dirigentes, diríamos que una familia muy unida, que van recorriendo los puntos de mayor poder de decisión en el organigrama ministerial en el campo de las artes escénicas y musicales.

Este tipo de acciones, anuncios sin tener solucionado casi nada, esa manera de hacer ver que se hacen cosas, es un síntoma muy conocido, que tiene rasgos de una patología que nos anuncia que el delirio se ha apoderado de ese Ministerio que a fuerza de errores se va a convertir en algo que popularmente se va a solicitar su supresión ya que no entienden ni de lo que realmente sucede, ni tiene previsiones de futuro, ni siquiera se dan cuenta del engranaje constitucional y estatutario en el que deberían moverse sus decisiones. Por eso, aplaudimos la llamada de atención lanzada desde Catalunya solicitando un “Concierto Cultural”, además del tan conocido concierto económico, cuestión que prometemos estudiar y comentar, porque es algo crucial para el futuro inmediato.

Y todo porque Nacho Duato ha sido nombrado director del Ballet del Teatro Mijaivlosky de San Petersburgo, es decir que la salida forzada de Duato de la CND, ha propiciando un deterioro absoluto del patrimonio real de la danza en el conjunto del Estado español, porque si se debe cuestionar que alguien esté veinte años al frente de una Compañía Nacional, cosa que apoyamos, lo que ha de hacerse es negociar, buscar salidas honrosas para todas las partes y procurar no llevar a la danza española a un punto, veinte años atrás. Que es lo que va a suceder. Porque, se debe recordar, el señor Duato renovaba contratos con los ministerios con diferentes titulares y de los dos partidos estatales predominantes.

Nacho Duato ha dado mucho a la danza española, y ha recibido mucho del Estado español. Yo diría que está balanceada la cuenta de resultados, pero lo que ha hecho mal, muy mal, rematadamente mal el actual director general, es llevar la histeria a una decisión de Estado, el intentar convertir a Nacho Duato en un problema, cuando era un bien común. Uno ha sentido a lo largo de estos últimos meses como si fuera un asunto personal del señor Palomero y no una decisión estructural. La salida de Duato ha sido forzada, por la puerta de atrás y, como todos sabíamos, menos el señor Palomero y familia, al parecer, es que este coreógrafo y bailarín, tiene bastante más cachet que todo el INAEM junto, y que ha podido elegir su lugar de destino, a donde se llevará sus coreografías y probablemente a algún bailarín, descapitalizando lo poco bueno que tenían las unidades de producción del INAEM, con una proyección internacional destacada y logrando llenar los teatros de todo el Estado español, cosa que solamente sucede, cuando se trata de los trabajos de Nacho Duato.

Puede que la cara de Nacho Duato en la rueda de prensa de presentación de su nuevo proyecto ruso esté sobreactuada, que cuando dice que “no volveré nunca más a España a bailar”, se refiere a que no quiere tratar con esos mediocres con poder limitado del, ahora sí lo escribo con razón “INANE”, que su experiencia no ha sido mala, sino muy buena, pero se entiende que sienta un resquemor muy grande. Veinte años de crecimiento, éxito, giras mundiales, reconocimientos internacionales, no se merecían un director general tan corto de miras amparado en una de las peores cosas que le ha pasado al Ministerio de Cultura, su actual titular. El efecto Duato no ha hecho nada más que empezar. Y una cosa es clara, a los actuales ocupantes del INANE no les gusta la danza. Yo diría que ni la música: solamente el Poder y el futuro de su familia.

 

 

 

Cuando uno atraviesa polígonos industriales, barrios del centro o de las periferias de las ciudades, en la montaña o en la costa, encuentra una decoración extra en muchas fachadas, unos carteles que dicen: se vende o alquila. Es un síntoma. Dentro de esas casas, pisos, almacenes o lonjas había hasta hace meses vidas, ilusiones, sueños, esperanzas, familias o empresas. La proliferación de esos carteles, de particulares o de agencias inmobiliarias, planos o con colores fosforescentes, nos remiten a una desolación, a una inquietud, una incertidumbre, quizás a la constatación de una sintomatología de una enfermedad que se agrava.

¿Llegará un día que se coloquen estos carteles en los cientos de salas, teatros y locales habilitados de los ayuntamientos? Mirado desde la perspectiva de las Artes Escénicas, es decir de los que amamos la cultura expresada en vivo y en directo, la situación está mal, pero tenemos una suerte extraña producto de una desgracia ajena: la crisis en la exhibición del cine es más grave, estructural y sin signos de reducirse, por ello, todavía, quedan en la titularidad y la gestión pública, muchísimas de estas nuevas salas, de estos nuevos teatros que florecieron en el boom inmobiliario y que se construyeron, en demasiadas ocasiones, no por una motivación de necesidad objetiva, calibrada y con miras al futuro, o sea, que parece ha sido hasta ahora bastante fácil construir un edifico, dotarlo de las infraestructuras de funcionamiento mínimas, pero lo realmente complicado es el funcionamiento diario, su contenido, y ahí es donde entramos en territorio peliagudo actualmente.

Decía, que si el cine funcionase como hace dos décadas, esas salas “echarían” películas comerciales, tendrían convenios, cesiones con las distribuidoras y de esa manera se aliviaría el coste del mantenimiento. Sin esta posibilidad, se buscan otras maneras de encontrara ingresos atípicos, y ahí entra el alquiler. Es decir, muchos de nuestros emblemáticos coliseos, teatros referenciales, están en alquiler, y si llega una emisora de radio, un concesionario de coches, una marca de productos de peluquería o una productora de televisión, son bien recibidos, siempre que paguen el alquiler y los gastos. Y aquí se nos abre otra casilla dudosa: ¿no es una manera de privatizar lo público?

En la mayoría de las ocasiones los ingresos por estos alquileres no se traduce posteriormente en recursos para programar, sino que engrosan las arcas municipales generales, que a través de los presupuestos difiere unas cantidades básicas: el capitulo uno, es decir el personal fijo, funcionarial o laboral, y el mantenimiento imprescindible. Las cantidades para la programación propia son cada vez más escasas. La ansiedad, la necesidad, el desbarajuste actual lleva a que en algunos lugares no es que se haga programación a porcentajes de taquilla, una manera que dentro de lo que cabe tiene algún sentido, sino que también se alquilan las salas para programar espectáculos de teatro. Empresas, productoras, compañías o grupos optan por esta fórmula. Y ahí vemos una gran trampa, una grieta que se convertirá en un sima en el futuro.

Si los concejales, y políticos en general, ven que sus teatros siguen funcionando, incluso con más actividad que antes, con los alquileres y con la iniciativa privada, ¿por qué van a aportar recursos económicos públicos de aquí en adelante? Si nadie les presiona ni social, ni política, ni sindicalmente, si hagan lo que hagan con estos edificios, no reciben críticas, ni ven mermadas sus posibilidades electorales, ¿quién nos dice que por la vía de los hechos consumados no se ha terminado con el modelo cultural existente? Las actuales programaciones están muy mediatizadas, muy dependientes, incluso fruto de un obvio oligopolio, pero si la programación es externa, es decir solamente para quien puede o quiere alquilar, el desastre será total.

Otro tipo de alquileres: el INAEM (El otro día en una de esas jugarretas del corrector de textos se me escribió INANE y quizás sea la definición más acertada en estos momentos), sabe mucho de alquileres, pero al revés: con el dinero público, alquila a la empresa privada teatros. Lo más escandaloso es lo del Teatro de la Comedia de Madrid, en alquiler durante décadas, hasta que por fin se compra, para inmediatamente cerrarlo, dicen que para restaurarlo, y al minuto siguiente volver a alquilar el Teatro Pavón, sede de la Compañía Nacional de Teatro Clásico. Y todo esto, claro está, sucede en un lugar del globo terráqueo: Madrid. Pero eso sí, con los recursos económicos de todos los ciudadanos del Estado español.

Alguien debería pedir explicaciones por estos alquileres, por estos, aparentemente, despilfarros o, cuando menos, gestiones cuestionables. Al gobierno central, a los autonómicos, provinciales y locales. En cada lugar se hace lo que les da la gana a cada responsable, sin apenas control, y sospechamos que, sin entrar en asuntos que puedan rozar la mala gestión consciente y con ánimo de lucro desenfocado, no se cumplen los objetivos, ni está equilibrado el gasto con su repercusión socio-cultural. La Cultura es un bien común, y su gestión pública debe pasar los mismos filtros de transparencia que cualquier otra actividad. Un edificio cultural vacío, cerrado, en alquiler, al albur de la oferta y la demanda más obtusa es un fracaso colectivo.

 

 

 

El fútbol lo invade todo. Es una suerte de mancha aceitosa que todo lo va impregnando. Los políticos utilizan frases hechas del mundo del fútbol. La cultura ha estado siempre en la dicotomía: los futboleros confesos y los anti fútbol como principio ideológico. Hablamos de cultura de masas, de opio del pueblo, de épica, de drama, de asuntos identitarios. Se habla de todo, a la vez, aumentando la confusión general, generando un estadio de adhesiones inquebrantables, de proyecciones socio-políticas, de transformación de energías deportivas en puntos de aumento en el PIB. Se dice que el Campeonato del Mundo aporta al país cuya selección lo gana, un aumento de hasta el 0,7% del PIB. Se habla, en estos momentos en los medios de comunicación mucho sobre la marca España debido al éxito de los futbolistas.

Uno que es futbolero practicante, lleva años buscando alguna manera de sacar provecho de todo cuanto se mueve alrededor del fútbol y siempre parto de la misma pregunta: ¿Podrían las Artes Escénicas adoptar alguna de las estrategias del mundo del fútbol para superar estados de crisis o para mejorar sus relaciones con los espectadores? Una cosa parece obvia: en esta sociedad capitalista, los números mandan, y por muchas razones que son bastante fáciles de detectar, el fútbol es el gran negocio televisivo, periodístico, genera imagen, mueve ingentes cantidades de dinero y todo ello crea las sinergias precisas para que siga aumentando globalmente el interés por este deporte convertido, principalmente, en un espectáculo televisivo, pero al que, no nos olvidemos, van a presenciarlo en directo en los campos de fútbol cientos de miles de aficionados y pagando unos precios por las localidades que duplican o triplican el de cualquier entrada para ver espectáculos en los escenarios.

Hay algo que parece muy obvio: si los medios de comunicación insistieran cada día, cada hora, cada segundo en miles de formatos, sobre lo que acontece en el teatro local, regional, estatal, y mundial, probablemente se generarían públicos. Y si nos fijamos un poco, así funciona la parte comercial del teatro: al estar protagonizadas las obras, sean del valor artístico que sean, por famosas y actores de televisión, los medios de comunicación, por una atracción fatal, o por unos intereses comerciales obvios, le prestan una atención que genera el conocimiento de un mayor número de posibles espectadores de la presencia de esa obra, lo que se convierte en unas mejores entadas que a la vez satisface a todo el entramado y consideran que la inversión pública ha cumplido sus objetivos porque ha llegado a un número de espectadores relativamente elevado.

Si siguiéramos en este discurso comercial, que es el predominante en las redes actuales, ¿cómo se podría implementar la afición? Seguramente con planes y convenios con los medios de comunicación, para que se trate con la relevancia necesaria las actividades teatrales en su conjunto. Pero esta misión parece una batalla perdida, ha ganado la desafección, y los medios, con sus crisis económicas, sus recortes de personal y paginación, se perfilan como servidores únicamente de lo que puede generar más lectores o más anunciantes, y en eso la Cultura en general, y las Artes Escénicas en particular, no están al día de hoy con posibilidades de competir.

Y menos lo estarán porque las publicaciones periódicas dedicadas a ello han quedado todavía más desamparadas al excluir el INAEM las ayudas a las mismas, porque en los recortes presupuestarios, siguiendo unos criterios que deberían analizarse con mayor detenimiento, los primeros hachazos han sido en publicidad externa, porque al haber menos programación hay menos hábito, y a la vez, el posible espectador si se ve afectado por la crisis, recorta también en gastos que considera superfluos, o prescindibles, como es el ir al teatro, o al menos baja su frecuencia de asistencia

El fútbol, al igual que la iglesia católica, tiene muy bien delimitado sus categorías. Y si solamente hay una catedral por zona, unas iglesias por barrios y ermitas por villas, en el fútbol la estratificación por categorías es absolutamente clara, y se sabe dónde están los profesionales y donde las categorías que pueden servir de aprendizaje. Y algo muy importante, pese a la convulsión social, existen muchos jóvenes de ambos sexos que se entrenan varios días a la semana y que juegan regularmente los fines de semana y lo hacen de manera voluntaria, amateur, y desde ahí puede ir subiendo de categorías, si tienen talento, suerte o intención de dedicarse a ello. Quizás, para copiar algo de estas estructuras, lo mejor sería prestar la atención necesaria al teatro amateur, que es, una manera muy divertida, formativa, cultural, de usar el tiempo libre; un lugar donde despertar vocaciones y, lo más importante, una inmejorable escuela de espectadores y de lectores de teatro.

Aunque estemos en la prórroga de un parido que seguramente lo vamos a perder, porque las noticias que nos llegan son cada vez más pesimistas, intentemos que dentro de la reorganización imprescindible, pensar en crear algo con fuertes bases y no malgastemos tiempo y dinero en repetir los mismos esquemas que nos han llevado a este no lugar, a este territorio abonado para que todo lo ganado en las últimas décadas se vaya por el sumidero de la falta de legislación que amparen la enseñanza y la práctica de las Artes Escénicas, desde las bases hasta las grades compañías. El teatro, la danza, la música son tan importantes y cohesionan igual o más que el fútbol. Por eso no se pueden dejar en manos exclusivamente de funcionarios con muy poco poso cultural mandados por políticos muy cortos de miras.

 

 

 

El Festival Internacional de Teatro Hispano de Miami cumple veinticinco hermosos años de existencia, en esta edición con México como país homenajeado, y como es habitual, además de la exhibición de espectáculos, con una parte de la programación  formada por trabajos mexicanos, al igual que se reconocía la trayectoría de José Solé, el gran director, por toda una vida prolífica y extensa dedicada al teatro, se celebró como es habitual en esta cita un encuentro con investigadores, estudiosos de los asuntos teatrales latinoamericanos, por lo que tuvimos la oportunidad de escuchar brillantes intervenciones sobre aspectos muy variados de la creación teatral latinoamericana.

Por decirlo de alguna manera, la academia, la investigación desde a filología o desde las humanidades, mete su lupa en la actividad teatral y en ocasiones la mixtifica y en otras le añade una capacidad de trasformación social que parece sustentarse no en un análisis de la realidad, sino de la ideación casi subliminal de lo que pudo haber sido y probablemente lo sea, pero casi nunca, a nuestro entender, en esa magnitud de incidencia ni social, ni política, ni artística y en ocasiones, desgraciadamente, ni teatral que se intenta transmitir de manera optimista.

Al ser México y sus dramaturgias el principal centro de inspiración, tuvimos la oportunidad de constatar el gran nivel artístico general, la variedad de propuestas, la cantidad de producciones, el movimiento teatral arrollador, que se detecta en la gran cantidad de instituciones dedicadas a la formación, y no solamente en D.F. sino en todos los Estados de la República, el nivel de los estudios universitarios, la enorme producción editorial tanto de textos teatrales, como de líneas de investigación y teoría.

En el terreno concreto de las intervenciones, destacar la gran agudeza de algunas de las ponencias y, por encima de todo, nos pareció importante la incidencia, casi constante, en acercarse al feminicidio existente, que se representa y se focaliza informativamente en Ciudad Juárez, y las diferentes formas en las que desde el teatro se ha abordado este lacerante asunto, que como se puede comprender no es una exclusividad mexicana, sino que es allí donde esa lacra ha salido a la luz, se ha convertido en un asunto de conocimiento general. Las artes escénicas, desde diversas sensibilidades, ha afrontado este doloroso goteo de asesinatos, con la intención de lograr o la catarsis o la objetivación de algo que las sociedades parecen no querer afrontar de cara y se necesita del arte para encontrar otras miradas. Este es un asunto al que se debe prestar más atención, y desde la escena, cuidarse muy mucho en no caer en morbosidad o complicidades invisibles.

Conforme a uno se le acumulan horas de encuentros, sin perder un ápice de una necesidad voraz por aprender escuchando a los demás, intentar comprender lo que puede ser el teatro, desde muchos puntos de vista, ya sea partiendo de un presupuesto muy analítico, utilizando lenguajes aparentemente muy doctos, con muchas citas que parece ser la manera de auto avalar sus discursos, o sus simples apreciaciones sobre una obra concreta, empieza a resentirse mi capacidad de dar por aceptable cualquier actitud sobre el Teatro, y en estos momentos en los que podríamos asegurar que existe una confusión, quizás una falta de criterios, o liderazgos preeminentes sobre alguna corriente estética, sobre alguna formulación teórica que inspire a una mayoría, lo que se debe hacer desde la postura académica es aportar luz. Mucha luz. Toda la luz que se pueda para poder discernir, para detectar todo aquello que es sustancial y lo que es un excipiente. Y, con cierta frustración, hemos detectado últimamente una especie de búsqueda de una oscuridad a base de la utilización de un lenguaje barroco que aparenta ser científico, que evoca a la filosofía, pero que enturbia, o para ponernos en contexto mexicano, parecen que hablen como Cantinflas.

Esperemos que sea una sintomatología de algo pasajero. Bueno será que llamemos al pan, pan y no un producto comestible elaborado con harinas de cereales y el líquido elemento formado por dos parte de hidrógeno y una de oxígeno, cloruro sódico y levadura, que después de un proceso de manipulación, mezcla y oxigenación, se introduce en una concavidad calentada por materiales corpóreos orgánicos o gaseosos, elevando la temperatura hasta que se logra una textura fuerte por su exterior y jugosa por el interior. He escrito muchas palabras, pero el resultado es el mismo: pan. Por favor, luz. Mucha luz.

Cada día una noticia nueva nos va dibujando un futuro casi inviable para lo que es la concepción de la Cultura como la hemos ido entendiendo desde la mitad del siglo XX en las democracias occidentales europeas. Hasta la excepcionalidad cultural que se había logrado imprimir en los tratados europeos para rsguardar este ámbito de las tensiones del mercado, se está cuestionando, y en ocasiones se hace con el amparo y excusa de la crisis económica y financiera que está atravesando el mundo, por su excesiva dependencia ideológica a los conceptos capitalistas más extremos.

Si las noticias globales son poco propicias de optimismo, aunque sea patológico, cuando vamos acercando la lupa a lo que está sucediendo en el Estado español, tanto desde las distintas autonomías, como desde el gobierno central, la desmoralización avanza y como no se tomen decisiones precisas de contención, el desmontaje de todo el entramado jurídico-competencial-estructural que ha propiciado llegar hasta aquí, puede acabar hundido de manera irreversible. Uno diría, así en un lunes soleado, en donde la vitalidad de la naturaleza llama a otras actividades, que el Titanic de la Cultura se está hundiendo. Que instituciones básicas se están debilitando de tal manera que un día amaneceremos salvando las joyas de la abuela y embarcando en los botes salvavidas mientras la orquesta sigue tocando canciones tristes y el siniestro se anuncia total.

El tejido real de las Artes Escénicas en todo el conjunto del Estado español, está sufriendo una desatención más que manifiesta, que parece que la desaparición de grupos, compañías, es algo más que un rumor. Que se presente la programación del Teatro de La Zarzuela y se advierta que en tres años el presupuesto bajará un treinta y seis por ciento, es una malísima noticia. Que en Galicia, por poner un ejemplo de primera mano, se rebaje las cantidades de ayudas a los festivales de Artes Escénicas, algunos históricos y vertebradores y otros más nuevos, con otras tendencias pero que todos han contribuido al dibujo reconocible de la actividad, y se haga sin tiempo apenas para reaccionar y sin argumentaciones de peso, es un dato que demuestra no solamente falta de sensibilidad, sino que deberíamos considerar que se trata de una injusticia.

Remarquemos que todo lo anteriormente dicho, no afecta solamente a los profesionales, que está claro que es así, sino que empobrece a la sociedad entera, a todos y cada uno de los ciudadanos, porque se les priva de una oportunidad de acercarse a uno de los actos culturales más imprescindibles, por su importancia y trascendencia, como son los espectáculos en vivo y en directo.

Se puede admitir que se reconsidere todos los asuntos, que haya ajustes presupuestarios, que en esta situación económica, todo debe sufrir recortes, pero una cosa es ajustar y otras es impedir no el desarrollo, sino la misma existencia. No se puede desmontar todo el sistema de ayudas a la producción, a la exhibición, a la movilidad, de repente. Porque nos tememos que se hace sin pensar nada más que en el hoy, pero que de paso, como no existe ninguna contestación popular, como en ningún lugar se va a montar una manifestación porque se ha suspendido un festival, o porque la programación habitual baje un cincuenta por ciento en número de ofertas, algunos pueden estar pensando que si no hay demanda popular, no hay razones para seguir protegiendo esas actividades. Estemos alerta, procuremos incidir para que se contenga al máximo la tendencia destructiva o autodestructiva. Otro modelo es posible, pero se debe tener algún plan, algún compromiso que sirva para minimizar los daños, que, se insiste, en algunos sectores ya están produciendo estragos irreversibles. Ha costado más de treinta años llegar hasta aquí, pero en dos años de decisiones equivocadas, precipitadas, economicistas de corto alcance, podemos retroceder décadas, y hasta es posible que aniquilemos conceptos básicos.

¿Se hunde el Titanic? ¿Es cierto que desaparece el Ministerio de Cultura? ¿Cómo es posible que haya en el mercado espectáculos con marchamo de profesionales que se ofertan a seiscientos euros? ¿Hasta cuándo este silencio de los corderos? Que no cunda el pánico, las mujeres embarazadas y los niños primero.

 

 

 

 

Cualquier ciudadano tiene todo el derecho de participar en al vida política, formar parte de sindicatos o partidos políticos, de apoyar a quién le parezca. Los artistas, también. Algunos consideramos que incluso es bueno que cada cuál se retrate, sea coherente con su idea del mundo y si quiere, desea y así se lo pide su compromiso, que milite. Indudablemente el voto es secreto, pero muchos lo dicen, circunstancialmente. Otros con el sentido del oportunismo más obvio.

Colocados en una nube de inocencia que perdimos hace décadas, se debería asegurar que los asuntos de la cultura deberían estar fuera del juego partidista. Pero nos han dado tantas veces en la parte de atrás de la inocencia, que ya hemos desistido de entender este asunto fuera del acercamiento, la militancia, las buenas relaciones como elementos definitivos que junto a la supuesta sabiduría, idoneidad y proyecto, al menos en asuntos de titularidad pública, tienen una relevancia demasiado obvia, constante y tozuda. Para decirlo de una manera sencilla: quien tiene padrino se bautiza. Y si además forma parte del clan dominante en ciertos ámbitos en cada orilla del poder, es más fácil conseguir un puesto de confianza, que tenga viabilidad un proyecto o incluso que las ayudas y subvenciones lleguen con muchos menos problemas. Está claro, no todos aquellos que reciben una subvención, ni que están al frente de una institución pública, o que reciben un Premio Nacional, lo logran por asuntos de militancia o proximidad, pero si vamos quitando excepciones, nos encontramos que existe un común denominador que nos demuestra la obviedad.

Toda la perorata anterior viene a cuento de dos hechos públicos que entendemos nos alertan de movimientos internos dentro de la familia de las artes escénicas españolas, o al menos, en algunas de sus partes. En primer lugar la reunión que tuvieron algunas personas, a título personal, con Mariano Rajoy. Seguimos en el plano de la inocencia y de lo políticamente correcto: es lógico, normal, adecuado, que el líder de la oposición, como alternativa de gobierno, escuche, intercambie opiniones con el sector. Todavía más, si resulta que el señor Rajoy ya fue ministro del ramo hace unos años. La reunión fue informal, y según una de las personas presentes, no había agenda, ni orden del día, e incluso se produjeron algunas disfunciones previas de tal manera que algunas de las personas anunciadas como asistentes a la reunión no acudieron al enterarse de que alguien de los convocantes hablaba de una “plataforma”. Tampoco hubo unanimidad en la reunión en cuanto a posturas sobre hechos tan importantes como el teatro público y el privado. Esta discusión es más seria de lo que parece y se debe realizar en todos los niveles de decisión con mucha profundidad porque según como se encare este asunto, el futuro será de una manera o de otra.

Por otro lado, y a los pocos días, desde la Unión de Actores de Madrid se recuerda en público que no todos son “de la ceja”. Y aquí sí que nos entran escalofríos ante la obviedad más obvia, que dicha en voz alta, significa que se intuye que todo lo que ha significado “la ceja”, es decir, aquellos artistas que apoyaron a Rodríguez Zapatero están en recesión o en minoría, cosa que ya sabíamos todos. Así que está de baja la ceja, y no se sabe si ya se da como ganador a Rajoy o estamos simplemente en una operación de desmarque significativa, a la espera de acontecimientos. Probablemente la gente de la cultura en general tiene más que motivos para distanciarse, repudiar, criticar al señor Rodríguez Zapatero que en cinco años de gobierno nos ha regalado nada menos que tres personas al frente del Ministerio de Cultura que han llevado a las cotas más ínfimas de representatividad todo cuanto tiene que ver con la cultura, especialmente en las artes escénicas, que se están desmontando todos los logros históricos y que parece que nadie es capaz de parar la deriva hacia la nada en la que estamos.

Esperemos que a partir de ahora, si se produce otra remodelación del gobierno de Rodríguez Zapatero, nos depare otra acción de desmoralización, probablemente con la supresión del propio Ministerio, cosa, que se recuerda, ya hizo, precisamente el señor Rajoy que lo fue del que se llamó de Educación y Cultura. Así estamos, con la ceja baja. Con la barba que no ceja. Los independientes y no alienados, podemos ir preparándonos para el ostracismo y el exilio interior o exterior. Vaya, lo de siempre. Un zumbido.

 

 

Ha llegado oficialmente el verano y el planteamiento general de la posibilidad de encuentro entre las Artes Escénicas y los públicos cambia de estrategia. Los teatros que tienen programación habitual a lo largo del otoño, invierno y primavera, cierran sus puertas, salvando los de las grandes capitales que mantienen una programación con intenciones de acoger a unos públicos que se le supone buscan algo más refrescante, es decir que además del aire acondicionado, en sus escenarios se vean cosas ligeras, vodeviles o similares. Esta última receta es la que también se diagnostica para las programaciones en las localidades de todo el Estado español cuando llegan las fiestas patronales y se abren las salas por unos días.

El teatro clásico, sea de la etapa áurica, sea de procedencia greco-latina u otras, se convierte en una oferta en crecimiento, y en festivales en donde se utilizan espacios especiales, con raigambre historiada, algunos creados para la ocasión o se transforman otros para acoger representaciones durante un tiempo concreto, por lo que si miramos a Almagro, Sagunt, Olmedo, Mérida, Olite, por señalar a algunos de los más importantes, nos encontramos con unas programaciones de primera entidad, y con unas respuestas de los públicos bastante importante, dato que habrá que contextualizar para analizar y entender estas incitaciones tan pertrechadas de un buen soporte propagandístico que consigue unas medias de espectadores que superan, y con mucho, a las que se logran en la temporada habitual.

Está claro que un evento, un festival, concita una mayor atención por parte de la prensa y los medios de comunicación, pero cuando llegamos a estos acontecimientos arriba señalados, o cuando nos referimos, por colocarnos en programaciones más eclécticas como los veranos de la Villa de Madrid, Grec de Barcelona, Santander y un largo etcétera, nos encontramos con unos aparatos de difusión mucho mejor engrasados ya que provienen de opciones que significan una propuesta de región, de ciudad, de comunidad autónoma, con lo que se logra convertir al teatro no solamente en un bien cultural de consumo masivo, sino en un elemento para crear identidad, y en alguna ocasión con una profusión de públicos que realizan un bendito turismo cultural, teatral, lo que consideramos algo plausible, de ovación, una alternativa que se debería cultivar, propiciar, recomendar, auspiciar y trasladar sus bondades a todos los paquetes turísticos de agencia o individuales.

Que nadie piense que Avignon, Edimburgo, Salsburgo no son festivales que además de sus valores culturales, teatrales u operístico, se han convertido en un lugar de turismo, o si se mira desde otro punto de vista, hay dos tipos de públicos que acuden a esas programaciones desde una perspectiva de turismo, los que van directamente allí por la programación de artes escénicas en general, por un montaje en particular y de paso visitan otros puntos de interés, y los que ha elegido ese destino por otros motivos pero que una vez allí y al comprobar de la importancia que tiene en los medios, intenta conseguir entradas para ver algún espectáculo, o los buscan en la programación de calle tan profusa.

De todo lo anterior se colige que existe una población flotante, unos ciudadanos que si encuentran estímulos adecuados se aproximan a las Artes Escénicas, para ello se necesita que exista, como hemos intentado demostrar, una colaboración positiva de los medios de comunicación, unas programaciones excepcionales, que llamen la atención, y si puede ser en un paisaje singular, la cosa pude funcionar mejor. Con todos estos elementos singulares, el verano, las vacaciones, las buenas temperaturas, los marcos incomparables, las producciones realizadas para estos espacios, tenemos una manera productiva, una opción de atraer públicos, y si pudiéramos sacar lecciones de estos esfuerzos presupuestarios, de estas programaciones, tan contextualizadas e historiadas, por lo general, quizás podríamos llegar a conclusiones para que en las programaciones habituales, con tantos edificios teatrales perfectamente preparados para la exhibición proporcionar los mismos o parecidos incentivos a los espectadores para que acudan a unas programaciones que no deben ser solamente casuales, de mercado, sino, como son la mayoría de lo anteriormente mencionado, muy especializada y enfocada a un tipo concreto de espectador.

Aprovechemos estas experiencias positivas, no para agotar en lo clásico la oferta, sino para entender que existen espectadores siempre que se busquen, y que a lo mejor hay un número ponderable más importante de ciudadanos que se movilizan por un teatro menos comercial, más importante, y menos banal, como parece demostrar alguna de las programaciones veraniegas. Y en cualquier caso, que convivan todos los géneros, formatos y se lancen los mensajes claros para que cada nicho, segmento, grupo de posibles espectadores encuentren las motivaciones para acudir a los teatros. Así sea. Así nos tiramos los faroles.

 

 

 

 

No son buenas las purezas inmaculadas, y mucho menos en las artes. El mestizaje en todos los órdenes de la expresión artística y de las culturas parece ser una de las fórmulas más adecuadas para no ahogarse en la retórica creativa como fin en sí misma. Aplaudimos todo aquello que indague, que busque, que afronte el choque, el roce, que se mueva en los límites y que provoque preguntas, dudas, incitación a la reflexión más allá y más acá, de la obviedad y del dogma.

Por fin he visto el montaje de La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca con dramaturgia y dirección de Pepa Gamboa y la interpretación de mujeres gitanas que viven en el barrio chabolista sevillano conocido como El Vacie. He presenciado una representación en Bilbao, en una Sala recientemente recuperada para la exhibición pública, con un público selecto, en el sentido de estar toda la prensa especializada, mucha gente de la profesión y una amplia representación de la clase política, con el alcalde de la ciudad al frente. Es decir, se convirtió en un acontecimiento socio-político-cultural, con todas las localidades ocupadas.

Aunque ya se publicó en la sección de opinión de este periódico hace unos meses una crítica firmada por Manuel Sesma que originó una serie de comentarios y debates, de tal forma que tuvimos que salir a defender la libertad de expresión sin ningún género de dudas, ahora colocamos otra crítica sobe la misma obra, como hacemos con tantas otras, para que se pueda leer otra opinión desde el terreno del análisis ajustado a sus valores teatrales, asunto en lo que no insistiré, porque lo que esta obra, este montaje, este fenómeno ha representado, en mi opinión, es una respuesta alternativa al supuesto mercado de la programación y se inscribe en lo que podríamos considerar una de las posibilidades que puede tener todo arte, y en este caso el teatro, como vehículo portador de otras utilidades por un tiempo olvidadas, además de las que puede proporcionar una obra bien hecha.

Y es que estas mujeres gitanas no son actrices, ni pretenden hacer una interpretación y se muestran tal cual son, mujeres que se acercan a un hecho cultural ajeno a sus hábitos, donde son acogidas con todo el respecto y cabalgando en la esencialidad de un texto de Lorca, ofrecen sobre un escenario una visión de la vida, de su vida, que excede y con mucho al propio gozo artístico. Es otro tipo de comunicación, sucede en el teatro, es teatro, pero la conexión emocional, incluso racional, se hace desde otra utilidad, desde otra perspectiva y con otras herramientas y abre una brecha importante en lo que es el fenómeno productivo general en las artes escénicas.

Está Lorca, pero los públicos acuden, por lo otro, por lo excepcional, por lo que simbolizan esas mujeres que han sabido aprovechar sus necesidades de expresarse, de comunicarse, amoldándose a un proceso creativo en donde sin exigírseles más que lo que podían ofrecer, sí se han sometido a una disciplina, a unos ensayos, a unos movimientos, a unos ritmos, a unos textos, y si se nota sus deficiencias técnicas interpretativas, su bendito amateurismo, se acepta y se celebra, porque estamos ante un acontecimiento teatral, escénico, que escapa a cualquier etiquetado, y nos devuelve la confianza en la utilidad del teatro para tantas otras cosas, además de entretener a las clases medias urbanas, el valor que tiene, como en esta propuesta se demuestra, para conseguir esas sensaciones únicas, esa empatía que no tiene nada que ver con los lenguajes teatrales convencionales, sino que añaden a la puesta en escena, iluminación, vestuario, música, el texto, una verdad, una certeza incuestionable sobe al presencia de esas mujeres, una presencia en ocasiones sobrecogedora, y que coloca comillas sobre el arte bien hecho, dejando vía libre para el arte de y con verdad, socialmente útil, por importante.

 

 

Se ha celebrado en Bilbao ACT el Festival Internacional de Nuevos Creadores que nos da la oportunidad de presenciar las obras de los recién egresados, licenciados, masterizados o aturdidos por sus estudios recientemente acabados. Una ocasión magnífica para comprender que la formación, en el nivel institucional que se quiera, en asuntos de las Artes Escénicas, pero especialmente en las materias básicas y fundamentales, es decir la actuación, la dirección, la coreografía o la dramaturgia, debe sufrir un cambio para que tenga alguna relación lo que se incluye en los estudios oficiales, oficialistas, oficializados, y lo que posteriormente el mercado por un lado, y la pulsión de las novedades y tendencias más rompedoras por otra requieren.

Un amigo que fue director de la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, resumía su desazón con una apreciación demoledora: “estamos formando actores para trabajar en los parques temáticos españoles en Japón”. Dolorosa metonimia que trasluce una parte del problema: ¿qué oportunidades de trabajo tienen los licenciados? Sin meternos, de momento, con las materias curriculares, el grado de excelencia de los docentes, o lo adecuado a la realidad cultural existente, lo cierto es que la falta de una organización conjunta que tuviera en cuenta desde todos lo niveles, la necesidad de crear compañías para dar alguna salida eficaz a estas inversiones de futuro que hace la sociedad agrava la situación. Las pocas opciones que tienen muchos de nuestros jóvenes estudiantes son las series de televisión, los trabajitos coyunturales en parques temáticos o animaciones o el servicio de copas en garitos nocturnos los fines de semana.

Claro, es obvio, existen otras muchas posibilidades como es crear compañías o grupos que se busquen la vida, participar en pequeñas compañías sin una proyección clara pero con trabajos de investigación de mayor interés, apuntarse a cualquier aventura que les mantenga en forma, pero resulta que en los años de estudio, la relación con sus compañeros, la denominada profesionalización entendida como un asunto puramente contractual y monetario, va lanzando unos mensajes que se convierten en idearios, y podrán salir con mayor o menor técnica para utilizar la voz, con un cuerpo preparado para cualquier estímulo, una primaria idea de la historia del teatro o de la danza, pero parece que no se les da pistas sobre otras salidas artísticas, organizativas, más que de las predominantes, las que han logrado a base de mucho esfuerzo proporcionar una idea del teatro bastante atrasada en relación con lo que realmente se hace en las partes del mundo donde las Artes Escénicas no son un lujo social sino una necesidad cultural, y en donde los dineros públicos se utilizan para formar actores, bailarines, directores, escenógrafos, capaces de conocer la historia del teatro universal pero a los que se les han dado herramientas suficientes para plasmar el teatro, la danza, que hoy se hace, con los lenguajes y las formas estéticas que van abriéndose camino entre los nuevos públicos.

En ACT, hemos detectado que aquellos que han volado poco después de sus estudios, proponen obras, coreografías, performances que beben en impulsos estéticos no precisamente académicos e incluso los trabajos presentados en este Festival como de fin de curso de las escuelas participaban de esta misma idea renovadora. Obviamente, la preparación básica es imprescindible, pero conocer en el proceso formativo la nuevas tendencias, lo que se hace en el mundo actualmente, es fundamental, especialmente para que no se cree esa distancia tan abismal entre lo oficial, lo clasicorro, lo obvio, lo que viene del siglo XIX y principios del XX, y se adentre de una vez por todas en lo que requiere actualmente la escena, y, sobre todo, lo que pude ser el futuro, lo que está por descubrirse. El deber de las escuelas es colocarse en esta tesitura, a no ser que se quieran ir repitiendo frustraciones, transmitir espíritu de mediocridad, conceptos obsoletos, una ida funcionarial del arte de interpretar. Se necesita cambiar los convencionales planes de estudio, oxigenar los encefalogramas planos de muchas nóminas de docentes en las grandes instituciones de enseñanza reglada, y plantearse un futuro activo, transmitiendo ideas de un teatro de urgencia, con estructuras mucho más ligeras y operativas lo que vendría a convertirse en una asunción de lo nuevo, pero aprovechándose de lo actualmente momificado. Alertamos con esperanza de lo que está sucediendo, de lo que se presiente. Hay energía, ideas, fuerza, gusto, capacidad, formación bien asimilada, incluso talento. Llegan los nuevos pidiendo paso.

 

 

Perdonen por titular tan ambiguamente. No se trata de nada que tenga que ver con el comercio carnal. O quizás sí, pero de manera muy secundaria. Viene a cuento sobre el dinero que, según información periodística no desmentida, ingresó Mario Gas tanto como titular del Teatro Español como por los espectáculos dirigidos por él en el mismo teatro público. Las cifras, realmente causan asombro. Y más, a fecha de hoy, cuando la situación económica es tan desgarradora para muchos sectores de la amplia nómina teatral.

Esta información no desmentida, nos coloca al director de un teatro público municipal con unos ingresos parecidos al presidente del Banco de España, comparación que debe entenderse como una manera de hacer demagogia de urgencia. Acercarse a los doscientos mil euros de ingresos, solamente de un punto de trabajo, ya que tiene otros en la privada o en la semipública, nos habla de un desequilibrio absoluto, de unas cifras de mercado que no se corresponden con la realidad socio-cultural-económica. Pero lo anterior lo hemos dicho en los tiempos de las vacas gordas, es decir de la burbuja teatral, cuando los cachets eran puramente especulativos y se pagaban desde una elite de funcionarios que fueron subiendo los presupuestos para colocar unas barreras invisibles en donde la calidad o el interés de una obra venía señalada por su precio, asunto que es terrible, por lo que tiene, insistimos, de especulativo, de falso, de sospechoso por la puerta que abre a todas las componendas, cercanías, comisiones o favores.

Y siempre con el dinero de todos los ciudadanos utilizado para crear una suerte de clase bussines de directores, actores, productores y distribuidores que se codean con los programadores y gestores para proponer una cultura intervenida, fuera de normativa que busca cualquier cosa menos crear espectadores, hacer una política adecuada a las circunstancias de cada lugar y que se traduce en la práctica, en el oligopolio aberrante existente, con la incursión de estos príncipes de los despachos y los escenarios que manejan dineros a espuertas, que hacen lo que les viene en gana y son aplaudidos por sus fieles correligionarios y envidiados por los que quisieran tomar su puesto.

Son acaso una media docena de individuos que están al frente de instituciones públicas manejando presupuestos descomunales, y con sueldos que deberían salir a la luz pública para que supiéramos todos a qué estamos jugando. Esto por la parte de los individuos, de la clase directiva, pero también sería importante conocer cuánto cobran algunos programadores, qué prebendas tienen, cómo manejan los presupuestos, para entender la tendencia de tantos a programar lo mismo y del mismo lugar. Su facilidad para estar reunidos, sus viajes a lugares remotos no para ver espectáculos, sino para seguir reunidos. Este gasto superfluo, esta inflación de los cachets ha corrompido el sistema, ha llevado a la miseria a compañías, grupos, que han tenido que colocarse con sus trabajos de arte en un mercado absolutamente controlado por unos cuantos.

Quién quiera, desde los lugares de decisión política, tiene mucho trabajo, muchas malas prácticas que deberían convertirse en buenas y beneficiosas, no solamente para unos cuantos, sino para todos los profesionales honestos, creativos y muy especialmente para que esto de la Cultura, y en el este caso las Artes Escénicas, sea un derecho auténticamente democrático, no una cosa de un club de amigotes, o una mutua de intereses particulares. Las circunstancias económicas nos sitúan ante las decisiones drásticas, pero por lo que vemos hay bastante campo para limitar el gasto al conocerse estas cifras de emolumentos. Solamente es necesario romper el círculo vicioso. Y no preguntar a nadie ¿cuánto cobras? antes de ver su espectáculo y comprobar si el precio se ajusta a la realidad del gasto que se produce en cada representación, más un porcentaje de amortización lógico y no las burradas que se pagan para ciertos monólogos, por poner un ejemplo sangrante.

 

 

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