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Lun, Sep

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Entre villancicos y mantras alienantes de los bombos de la lotería intento contener las emociones que se desbordan por la rama visceral. Son demasiadas las veces que la frase no bien construida, el argumento inconcluso y el afán de notoriedad nos hacen cometer injusticias cuando no difamaciones de baja intensidad. Las generalizaciones son siempre sacos sin fondo, pescar con redes pelágicas en las que caen todos los que pasaban por ahí, y en este rincón nos inspiramos con una frecuencia malsana en las actitudes poco ejemplares de algunos funcionarios o gestores profesionales que se encargan no de facilitar las cosas, sino de paralizarlas. O así lo entendemos.

Pero son muchos los funcionarios, las gestoras, los responsables políticos que parten de una buena intención, aunque acaben comidos por el ambiente, por las circunstancias. Voy a poner un ejemplo concreto, Guilherme Reis, actor, director, promotor del Festival Cena Contemporânea de Brasilia ha asumido una gran responsabilidad aceptando hacerse cargo de la Secretaría de Cultura de Brasilia. Se trata de un compromiso de alto voltaje. Méritos y conocimientos le sobran, lo que hace falta ahora ver es si todas las ideas, todos los planes que puede ir diseñando se pueden cumplir. Y en el tiempo adecuado. Las promesas electorales son una cosa, las intenciones de cambio otras y las realidades, lo conseguido, es lo que al final cuentan.

Debo señalar que hace poco menos de un año, estaba soñando posibilidades, planificando acciones teatrales de ámbito internacional en Santiago de Chile, haciendo quinielas sobre el futuro gobierno que se debía conocer en breve y una de las personas con las que jugábamos a esos futuribles fue nombrada a los tres días, Ministra de Cultura de Chile, Claudia Baratini. Tengo diseminados por el mundo entero a conocidos y amigos que han dado ese paso, a los que admiro, y a los que en ocasiones debo consolar cuando se dan cuenta que existen unos aparatos estructurales que impiden a base de leyes, reglamentos y ortopedias funcionariales varias dejar caminar con libertad a los recién llegados y, sobre todo, a sus ideas, planes o proyectos.

Quienes aceptan estos cargos, asumen una responsabilidad y un compromiso grandes. Pero deben comprender que pese a todas las renuncias o reconstrucción de sus planes previos que deban hacer, del estrés y problemas que les llegan sin esperarlo, deben considerarse unos privilegiados. Durante un tiempo tienen la posibilidad de influir desde su posición. Trabajar para todos, sin excepción. Cambiar a base de decretos, reglamentos o leyes, la situación. Mejorar lo existente. Y eso desde esas posiciones se puede lograr. Se necesita apoyo externo, pero es más factible hacerlo desde esos cargos, que desde estas columnas. Aunque estas columnas pueden influir, no tienen la posición adecuada para convertirlo en realidad tangible. Ni los boletines oficiales.

Por eso la rabia nos ataca cuando vemos a tantos otros que llegan a cargos similares con la única intención de medrar. De figurar, de seguir una carrera política. Son los que no se implican, los que dejan pasar los problemas hasta que se agotan, los que en vez de influir se dejan influir por las oligarquías presionantes para las que hacen propuestas a su servicio. Nos encoleriza los que tienen la responsabilidad de programar y solamente descuelgan los teléfonos de dos o tres productoras o distribuidoras. De los mandos intermedios que pudiendo colaborar simplemente cumplen con su horario, sin importarle la realidad. Son esos los que junto a los entreguistas, lameculos, corruptos menores que se arrodillan, ríen las gracias de estos señoritos inútiles en nombre propio o de asociaciones inanes les dan razón de ser a los que impiden con su actitud negligente el mejor desarrollo de las artes esencias.

No todo es IVA. No todo es presupuesto. Es actitud, ideas, capacidad de escuchar, de compromiso. Se necesita bendición política, pero los técnicos están para detectar las necesidades y diseñar las soluciones, no para ir a comer con tarjetas black con sus impresentables señoritos. Todos los gestores, productores, distribuidores, cargos de designación directa o por elección que se comprometan, que tengan una idea de lo que debe ser la cultura y las artes escénicas y la intenten llevar adelante, son admirables, se les puede considerar nuestros compañeros e iguales. Aunque discrepemos hasta la saciedad. Aunque se equivoquen. Y no hablamos de sueldos ni prebendas, sino de acciones concretas.

Felices fiestas.

Escribo rodeado de libros de teatro, algunos conocidos y casi memorizados, otros descubiertos de ediciones ignotas. Estoy en la casa bonaerense de una buena y samaritana amiga, Beatriz Norma Iacoviello, con la que compartimos hálitos teatrales, biografía y deseos de encontrar siempre ese teatro del que hablamos, que imaginamos y que tan pocas veces podemos presenciar. Ella está en Cuba en un festival de cine, yo acabo de llegar de Rosario de un festival de teatro, Experimenta, en el que hemos compartido en otras ediciones buenas discusiones, debates y encuentros.

Beatriz y yo no compartimos filosofía, quizás ni vayamos en la misma dirección ideológica y por tanto estéticamente divergimos con mucha frecuencia. No obstante existe una comunión, un lugar entre el cielo y la tierra en donde nos movemos con absoluta fraternidad, en donde hay una compenetración total y absoluta: colocar al teatro, las artes escénicas, incluso las visuales, en un lugar de privilegio, de convivencia, de estudio y de amor. O de pasión. O de obsesión como diría el cantor. Y en esa frecuencia las disquisiciones sobre los detalles se convierten en anécdotas, nunca en mandamientos.

Si uno asiste durante una semana a varias mesas de encuentro con directores de revistas especializadas, críticos de diversos medios de comunicación de papel o digitales, si participa en cinco desmontajes de otras tantas obras, hace un taller, escucha las motivaciones de varios responsables de festivales internacionales de teatro, se acumulan tantas sensaciones queentra en una contradicción en donde la relatividad se puedo empoderar del discurso, pero que si no se controla y se activa puede llevar a un lugar de renuncia. Debe quedar claro, en primera instancia, que se está en el teatro, o en sus alrededores por convicción, por destino, por vocación y no solamente por una casualidad, un pasaba por allí o una suerte de mal menor. No, debe ser el culmen, la cima, no el escalón para llegar a la tele o al cine. Se deben escribir textos dramáticos porque es una necesidad imperiosa no un entrenamiento para escribir novelas o guiones de cine o televisión.

Estoy intoxicado de teatro. Creo que puedo ser peligroso suelto en un metro, no sea que me rocen criaturas ingenuas. No deberían dejarme entrar en librerías generalistas porque puede que haga un acto impropio y hable de teatro. Cuando uno lleva cerca de tres semanas entre Buenos Aires, Montevideo, Córdoba y Rosario, viendo teatro de alta intensidad teatral, cuando está con dramaturgas consolidadas de gran entidad, actrices, actores, directores, gestores, críticos, redactoras, amantes del teatro por encima de todas las cosas, y escuchas más de cien veces una frase maldita: "cobramos una cantidad simbólica", entonces, además de reforzar mi amor, mi solidaridad, mi acercamiento y mi deseo de pertenencia a esa estirpe de personas teatreras, entran ganas de gritar, de romper con eso de que todo es relativo.

No es cierto, no es relativo que el director del Centro Dramático Nacional de España cobre más que el presiente del gobierno. Es un abuso, es una insolencia, un desastre, un robo. ¿Por qué debe ganar ochenta mil euros y no treinta y cinco mil? ¿Quién pone la cifra, por qué motivos, en relación a qué méritos? Es un signo que marca las diferencias, las distancias, la imposibilidad de acometer algo conjuntamente. ¿Con quién se debe comparar el sueldo del director del CDN? ¿Es una cifra estipulada, o la cobra el actual, Ernesto Caballero porque es de Madrid, simpático y compadrón? Otra pregunta lacerante, cuando dirige un espectáculo, ¿cobra aparte por director de escena?

En estos momentos de una profesión teatral en el Estado español con la cotas más bajas de ocupación, estás cantidades están fuera de norma, insultan a la razón y a la estabilidad. Los directores de las otras unidades de producción del INAEM cobran cifras son parecidas, con una escala muy poco comprensible, pero fuera de lo que cualquiera de los actuales directores ganaría fuera del amparo institucional. Son una casta funcionarial sumisa, sobrevalorada. Y su salario es simbólico de esa misma casta. Y desde ahí deberíamos empezar a pensar cómo se sostiene esta desequilibrada situación, cuando se dan migajas, miserias, al resto.

No quiero relativizar nada. Esto me parece escandaloso. Los profesionales del teatro no deben tener sueldos simbólicos, deben tener sueldos y salarios dignos. Puestos a elegir, no por su riqueza, nada más que por mi admiración artística, me quedo con mis grandes autores, excelentes directoras, inconmensurables actrices uruguayas o argentinas que hacen teatro de calidad. Esto tiene más valor; lo otro es un precio desmesurado, inflado, indecente, ni siquiera de mercado. Y podrían empezar los actuales directores de estas unidades de producción del INAEM a recordar "las buenas prácticas" nunca demostradas con las que fueron elegidos. ¡Qué pena!

Ando por tierras teatralmente agradecidas. Buenos Aires, Montevideo, Córdoba y ahora mismo Rosario. Aquí justamente acaban de rendirle un homenaje a Juan Antonio Hormigón en Experimenta 15 que organiza El Rayo Misterioso y he tenido el honor de compartir la mesa del acto inaugural. Hacía trescientos cincuenta y siete días que abandoné esta ciudad con muchas promesas y cuestiones a resolver. Hoy siguen siendo muchas de las promesas, buenas intenciones incumplidas y sin resolver quedan todas aquellas cuestiones que requieren algo más que un actitud voluntariosa, es decir que no se resuelven solamente desde la obcecación, la constancia o la predisposición, sino que necesitan colaboración, complicidad y actitud política desde las instituciones.

Parece indisoluble la relación entre vocación teatral basada en principios básicos y coherentes y la economía rayando la miseria o la marginalidad. Están contentos los amigos uruguayos porque ya se les ha recocido a los artistas el estatuto de trabajador. En Argentina y especialmente en algunas provincias van adelantando leyes para consolidar este conjunto. En estos países existen alunas instituciones con elencos fijos, sindicados, funcionarios que cobran un salario todos los meses. Pero esta realidad convive con los cientos de artistas, egresados de escuelas de interpretación de rango universitario que deben hacer otros trabajos para poder se dedicar a un teatro de calidad junto a los que tras un taller acceden a los repartos. El teatro comercial, en graduaciones variadas dependiendo del lugar acoge a un número determinado de profesionales que trabajan con seguridad cuanto dura esa producción. Y después la incertidumbre.

Me doy cuenta que estoy relatando lo mismo, con unos matices y una prosodia diferente a ambos lados del Atlántico Con una salvedad, no existen en España compañías estatales o de comunidades autónomas donde tengan actores y actrices contratados de por vida. Existen técnicos, que se han trabajado su lugar y que podríamos considerar incluso, que desequilibran la balanza en lo que es una producción. O sea, el teatro está semi-profesionalizado, o dicho de otro modo, por mucho que digamos que somos licenciados, si al final debemos servir copas o vender seguros u operar de ligamentos para mantener la familia y después hacer el teatro que nos interesa y creemos oportuno, habrá que empezar a considerarlo de manera más profunda, sin sectarismos, sino utilizando todas las posibilidades para darles cabida en todos los pensamientos, presupuestos, leyes, reglamentos o convocatorias como tártaro aficionado, sin ambages ni subterfugios semánticos.

Si se dice con toda solemnidad desde diferentes lugares profesionales que no supera el veinticinco por ciento de los actores y actrices los que viven del teatro ( de su profesión para ser exactos), ¿a qué esperamos para tomar medidas para resolverlo? Pero si se mira así, existe un setenta y cinco por ciento que debe estar haciendo teatro y no cobrando, o cobrando una miseria o grabando cortos o rebajando los emolumentos en las sesiones de casting o de televisión hasta lo denunciable comprometiendo realmente su nivel de vida con la esperanza de ver reconocido su esfuerzo.

Y por otro lado se firman convenios, se ratifican los firmados, se reclama el cumplimiento. ¿Se hace? ¿Qué fuerza existe real para hacerse cumplir los convenios? Estamos en una encrucijada. En estas tierras por donde ahora me relaciono, veo, charlo, sueño proyectos teatrales, a las que admiro por su vitalidad, estas contradicciones se resuelven a base de asumir demasiados riesgos, del pluriempleo, pero existe una suerte de retorno en forma de una satisfacción al verse acompañados en esta aventura por los públicos. O unos públicos. Que son insuficientes para solucionar la cuestión económica, pero que ayudan en estos tránsitos. ¿Existe esta complicidad en el Estado español?

No sabría contestar. Hay momentos que me parece el mismo problema con diferentes acentos, pero en otras veo diferencia insalvables de orden educacional y de aceptación social de las artes escénicas. No hay soluciones inmediatas, ni universales, ni absolutas, pero hay que ir rescatando o no perdiendo dignidad profesional, remuneración por el ejercicio de sus trabajos en todos los niveles y estamentos y la estabilidad en los artistas, especialmente en actores y actrices que son los fundamentales y eso no es solamente una cuestión empresarial y sindical, sino política. De mucho alcance y de una mirada con proyección de futuro, no con demagogias ramplonas o urgencias históricas.

Está terminando la temporada teatral de 2014 en Buenos Aires y hemos podido recorrer algunas salas para ver sus últimas actuaciones. Aparecen nuevos dramaturgos, directores jóvenes, elencos con calidad contrastable, propuestas que van configurando un teatro de nuestros días refrendado por unos públicos que lo sustentan, lo apoyan y lo justifican. Hay problemas por resolver en el campo de la profesionalidad remunerada, de la sostenibilidad de los artistas.

La ciudad de Buenos Aires es teatralmente lo más parecido a un paraíso prometido. Corrientes es una alfombra multicolor, con obras de todos los formatos y categorías, salas remozadas, nuevas, de teatro comercial, de teatro institucional o de lo más subte donde se encuentran clásicos universales junto a autores-directores con Claudio Tolcachir ya aposentado en este centro neurálgico del cuerpo teatral porteño.

Pero crecen focos nuevos de concentración de salas en otros barrios donde es posible rastrear los más emergentes, las nuevas generaciones que vienen apretando. Los problemas estructurales son muy parecidos a los que sufre la producción y distribución española. El ámbito económico en el que se mueve es precario, el voluntarismo y la vocación suplen la falta de otros recursos financieros, pero notamos algo fundamental, el seguimiento de unos públicos que parecen encontrar motivaciones suficientes para acudir, aunque diluvie como tuvimos ocasión de comprobar, lograr ocupaciones significativas y ante una oferta que además de extensa es muy variada. Y lo que más nos congratula es que se trata de públicos de varias generaciones, con importante presencia de los jóvenes, pero mezclándose con otros de mayor edad, cuestión que nos crea una magnífica sensación de recambio, no solamente en los escenarios, sino también en las plateas, asunto que nos preocupa mucho.

Es inabarcable todo lo que ofrece la cartelera. Hemos podido husmear algunos detalles. Hemos tenido la gran oportunidad de poder dar una charla junto a Jorge Dubatti con su grupo de investigadores y críticos. Un núcleo que crea opinión, que tiene opinión, que desmenuza la realidad teatral estudiándola y regurgitando sus análisis para formar unos públicos mejor informados, mejor formados y más exigentes y que nos ha servido para poder comprender mejor algunos de los movimientos y tendencias que se van consolidando. Un nivel de comunicación y participación que forma parte de la idiosincrasia del teatro porteño, o al menos de una parte del mismo y que le da otro nivel de eficacia y profundidad.

No queremos sacar de momento muchas más conclusiones. Vivimos esta inmersión teatral con todos los poros abiertos para absorber las buenas vibraciones, las calidades, los matices, para dejarse mecer por esta corriente continua de un teatro que sobresale dentro de una precariedad crónica y que ha hecho de la necesidad virtud. Admirados, con ganas de aprender, de comprender la importancia de un teatro que se hace para unos públicos ávidos, respetuosos, entendidos que empujan en la misma dirección. Un nivel socio-cultural y teatral que debe ponerse uno como objetivo a alcanzar.

¿Ustedes recuerdan cuándo han visto en portada de un periódico, abriendo un noticiario televisivo o un programa de radio algo relacionado con las artes escénicas? No es habitual. Tienen que ser cosas muy especiales, casi siempre con un buen aparato propagandístico por detrás como puede ser el Cirque du Soleil, por hablar de algo que me afecta personalmente ya que una vez, en un diario donde escribo desde hace más de treinta años, firmé en portada, y era una crónica sobre un estreno en Bilbao del famoso circo.

En la prensa más cercana, sí se puede encontrar una foto-noticia de una obra en Mérida, en Almagro, de un inicio de un festival de calle. Cosas por el estilo. Bueno, ahora que me doy cuenta, estoy hablando de las portadas y en estos momentos cuesta encontrar algo relacionado con las artes escénicas en sus interiores. De alguna manera las ediciones digitales, los cien mil blogs de espontáneos van supliendo esta deficiencia, aunque nunca tendrá el mismo valor de uso. O al menos para quienes siendo emigrantes digitales ponderamos o incluso, me atrevo a confesar, sobrevaloramos lo que queda escrito sobre el papel que lo que se escribe en este territorio virtual en el que precisamente me están leyendo. Contradicciones, porque las audiencias nos dicen que este periódico tiene una media de visitas diarias de diez mil, cifra que ojalá sumando todas las revistas especializadas de teatro que todavía funcionan con imprenta mediante y no sean gratuitas lográsemos de manera habitual.

Una de las batallas perdida por las artes escénicas es su presencia en los medios de comunicación. Bueno, ahora hay una circunstancia curiosa y es que Jorge Javier Vázquez, el de los programas de corazón más reincidentes de la televisión se ha convertido en productor de teatro y su espectáculo funciona muy por encima de la lógica. Una insinuación del comunicador con este potencial de convicción a esas millonarias audiencias es algo de efecto inmediato. Está por demostrar si es público para el teatro o solamente para lo que proponga Jorge Javier. Por si hay dudas, bienvenido sea al teatro y que aporte públicos, producciones y amor, que falta nos hace.

Pero por lo normal no tenemos espacio. No hay continuidad, ni especialistas, ni casi secciones de cultura. Sí se ven críticos, la más de las veces muy insolventes, cronistas aduladores, pero entre tanto zoísmo inculto y superficial, se encuentran auténticos analistas que da placer leerlos. Y se dan con mayor frecuencia en los periódicos pequeños de las periferias que en los estatales, tan abigarrados, tan políticamente larvados y dependientes con tantos problemas de supervivencia económica. Hoy en día hay una voluntad de unas docenas de críticos que están por encima de la coyuntura y de los medios para que se hable, algo, de manera inconexa del teatro, la danza y otras artes escénicas.

Pero la semana pasado se ocuparon portadas, comentarios por un desdichado incidente, la muerte de manera violenta de Koldo Losada. Las circunstancias realmente son muy intrigantes, desconocemos casi todo, pero se notó un tono de excesiva tendencia a incidir en lo truculento, y, algo que a mí me ofendió de manera personal, las agencias le otorgaron una carrera casi exclusivamente audiovisual y relegaron a la anécdota su vinculación con el teatro, cuando, para algunos que lo conocíamos desde sus inicios era justo todo lo contrario, un hombre de teatro, que profesionalmente se dedicaba a la televisión o el cine. Y como en las redacciones no acostumbran a existir especialistas, se reprodujo esa sensación hasta la saciedad. Este asunto de Koldo es muy difícil de asimilar, muy doloroso pero precisamente por ello debemos guardar el máximo respeto. Y me sigue costando mucho escribir sobre ello. Me colapso. Solicito que reclamemos la biografía espléndida, arriesgada, larga, sostenida en el tiempo, muy intensa de Koldo Losada. Nada más.

Cuando llega el teatro a portada siempre es por cuestiones ajenas a su valor cultural. Y ese es un síntoma muy peligroso.

La semana anterior tuve la suerte de estar en Alicante y en Zaragoza, en sendas muestras, en la primera, con los autores españoles contemporáneos como marco programático, y en la segunda con las artes escénicas de producción aragonesa como condición. En Alicante con encuentros y reencuentros de esos que confirman la existencia de una historia y un futuro más allá de las contingencias comunes, y en Zaragoza, con la constatación de una voluntad inalienable de muchos artistas y compañías en seguir aportando sus obras al mundo. Perdonen este resumen tan escueto y hippy de lo vivido, pero yo quiero hablar de algo del mañana partiendo de hoy.

Y como uno tiene la gran suerte de recorrer muchos lugares, lo que me está llamando poderosamente la atención es la cantidad de espacios para las prácticas escénicas existentes y que no cuentan de manera muy clara n las trapisondas de las redes. Los espacios de nueva planta, los remodelados y los históricos. Desde las universidades con sus paraninfos majestuosos a las salas recién abiertas, oliendo todavía a pintura, pasando por los Teatros Principales de varias ciudades, o las salas de gestión privada o cogestionadas que van sustituyendo en ocasiones las dejaciones institucionales o la gran red existente en muchas de las capitales del Estado español de centros cívicos barriales, algunos óptimos y otros con deficiencias estructurales y conceptúales para las prácticas de las artes escénicas.

He conocido estos lugares gracias a que allí se han programado actuaciones de algunas de las dos muestras antes citadas, pero lo hago extensivo a lo que se puede vivir en otros lugares, por lo que deberíamos hacer un auténtico censo de estos espacios, porque probablemente nos daríamos cuenta de la existencia de suficientes lugares como para atender de manera suficiente a las poblaciones de cada lugar. Es una importante inversión ya realizada. Debemos aprovechar esta circunstancia y empezar a dotar a estos espacios de vida interna, de entidad, y de actividad constante. Este sería un buen plan, una manera racional de ayudar a las artes escénicas, desde la base, para acercarse a potenciales públicos latentes, alimentando vocaciones y partiendo en este asunto desde el otro lado, desde la ciudadanía a la que se le oferta una actividad cultural que puede devenir, o no, en una actividad mercantil, pero que en cualquier caso ya se justifica por sí misma.

Es obvio que en los diez o veinte años anteriores, en el tsunami inmobiliario, se construyeron edificios por todos los lugares dedicados a las artes escénicas. Se hizo sin ninguna planificación, de manera casual, oportunista, con sospechas de toda índole debido a quién sufragaba los gastos de construcción y otros asuntos que no vienen ahora al caso. Pero debemos saber aprovechar esta circunstancia, partir de lo existente, para darles sentido, el que se pueda. Y, sobre todo, advertir que aunque está claro que a nadie se le puede negar que abra una sala, que sea privada, alternativa o puramente comercial, que se atienda a la situación general, que se busque la oportunidad dentro del contexto, porque tampoco es bueno que se abran salas inviables, sin estudios previos.

Los públicos se deben crear desde la cercanía, desde la integración, de manera capilar. Cursos, talleres, charlas, debates, iniciación en las escuelas, de los niños, de los adultos, de los jubilados. Lo hemos escrito miles de veces, crear un movimiento desde los cimientos, hacer del teatro algo común, cuidar de la programación con dedicación, profesionalidad y planes pedagógicos, culturales, no solamente clientelares, y además de reclamar incremento presupuestario local, regional, estatal, estos presupuestos se deben dedicar al futuro, cambiando los paradigmas programáticos y de funcionamiento, no repitiendo los errores y los compincheos que rozan la corrupción actual. Lo urgente no soluciona el futuro, acaso rinde cuentas del pasado.

Lo único claro es que no se puede seguir haciendo lo mismo, escuchar las mismas mentiras acientíficas, aculturales de la oligarquía teatral española, la más cutre de Europa. Las grandes capitales, los grandes teatros, los festivales de escaparate tienen un régimen que secuestran cantidades presupuestarias no justificadas, por lo que sería recomendable, mientras revisamos esta injusticia, sacar lo auténticamente ciudadano, popular y democrático de esas garras. Confiemos en la cercanía, en lo posible cargado de futuro. Trabajemos gestores , productores, artistas, pedagogos, investigadores, prensa especializada en un proyecto común para establecer en los espacios ya existentes, una relación con los públicos posibles que abran nuevas posibilidades en terrenos no explorados todavía.

La renuncia de Isabel Steva Hernández, Colita y Jordi Savall a los premios nacionales de fotografía y música, respectivamente, nos han colocado ante unas actitudes individuales que han sido recogidas de manera colectiva de maneras casi contradictorias. Ha existido una curiosa iniciativa de los que han intentado convencer a que renuncien a su renuncia a los que rechazan el honor y la bolsa, treinta mil euros, a cambio de una dignidad o actitud de protesta ante una sensación de que ese ministerio, el que tiene como titular a José Ignacio Wert, y de fantasma con sueldo al melifluo José María Lassalle como secretario de Estado de Cultura, ha mantenido una hostilidad casi obsesiva contra el mundo de la cultura y que, de alguna manera, estos premios le dan una cara amable, limpiada de todo lo que ha hecho de manera sistemática, que acaba en un acto con la monarquía como parte del espectáculo.

Por otro lado, otra parte del colectivo de profesionales y artistas concernidos por las decisiones del ministerio, se han solidarizado, han mostrado su aplauso, han apoyado la decisión de los renunciantes y desde ella han intentado elaborar un discurso que incluso parecen colocar las mismas en unos supuestos movimientos que podrían indicar la circunstancia de una posible ruptura más global con el ministerio.

Vaya por delante que no se pretende colocar dudas sobre las decisiones de los jurados que han elegido. Cada cual con su conciencia. En estos momentos, todas las sospechas tienen cabida, hasta las que se hacen desde la insidia y la envidia. No se trata de nada de eso. Seguro que es mejorable el sistema de elección de candidatos, de jurados y de elegidos. Pero no es esta la intención. Además es fácil comprender que en estos momentos treinta mil euros son una cantidad suficientemente atractiva como para entrar en una contradicción entre el deseo y la realidad, entre la coherencia y el pragmatismo. Ni son, a mi entender unos héroes quienes renuncian, ni unos traidores o pringados o vendidos quienes los acepten. Allá cada cuál.

Pero estas actitudes, las de renuncia, que no son nuevas, pero tampoco habituales, sí que en los últimos años han tenido las más sonadas y con mayor repercusión mediática. Y, en el campo de las Artes Escénicas, solamente existe un caso de renuncia, Els Joglars, en 1994, y con argumentaciones que vistas ahora desde al distancia, producen una cierta sensación de alivio.

¿Son las Artes Escénicas más débiles, más dependientes, con menos personalidad para tomar decisiones de la magnitud de renuncia a un premio nacional que puede tener consecuencias graves a corto y medio plazo? No sabe, no contesta. Las partes contratantes han estado reunidas en Valladolid en el encuentro llamado Mercartes, para establecer contactos en el campo de la gestión, de la actividad mercantil, empresarial, orillando, como casi siempre, la parte crucial, lo que tiene de actividad cultural importante, creativa, artística, hablando del público, de los públicos, pero sin su presencia, olvidándose de la Educación, pero al menos tomando contacto físico, reuniéndose, capitaneados, como siempre, por la parte empresarial, la parte que se lleva magníficamente con los ministerios, las consejerías, todo el entramado institucional y que son conjuntamente los que nos han llevado a esta situación pues todas las no-leyes y reglamentos han ido a beneficiar a esa parte del sistema.

¿Y cuál es la situación? Ahí está el problema. La situación es grave, gravísima. Pero no se acaba de afrontar esta realidad de manera clara. No reconocer la gravedad profesional en la que se mueven quienes hacen las artes escénicas, es la mejor de manera de cronificarla. Pese a estas actitudes individuales de dos personas, catalanas, para más reseñas, sin problemas de identidad, ni prestigio, ni de trabajo, las que ahora han renunciado, por lo tanto, pese a lo que se nos ha intentado señalar desde algunos puntos, no se detectan síntomas de ruptura. Ninguno. Si se notan los de camuflaje, acomodo, van a dejarse coleta muchos, porque siempre van a buscar la posibilidad de estar a la sombra del poder para seguir medrando, seguir haciendo negocio, ya que se ha colocado el carro delante de los bueyes, los gestores antes que los hacedores y consumidores de cultura. Se ha desprestigiado de tal manera el propio concepto de cultura, que no hacen falta ministros para hundirla, ni impuestos criminales, ya hay unos cuantos genios que solamente hablan de dinero y de utilitarismo en vez de lo que significa la Cultura en sus magnitudes democráticas.

Por lo tanto sigamos trabajando cada uno en su lugar de destino actual, abramos bien los ojos, no nos dejemos llevar por los cantos de las sirenas interesadas y no juntemos churras con merinas, es decir separemos lo mercantil de lo cultural. Y desde ahí veremos que va pasando. Lo que tenemos no sirve. Hay que cambiarlo, pero hay que cambiarlo para mejorar.

La coyuntura me ha sumergido en una de mis realidades cotidianas. Hago de editor, por lo tanto debo asumir que soy un editor y desde ese lugar voy a intentar reflexionar unos instantes. Las circunstancia son propicias. Acabamos de presentar en Ciutadella de Menorca las traducciones al español y euskera de la obra ganadora del Premi Born de 2013; la obra premiada en 2011, El principio de Arquímedes se estaba representando en español en Madrid y Bilbao y también en euskera, gracias a la traducción editada por Artezblai. Otra obra, El diccionario, de Manuel Calzada, ha recibido el Premio Nacional de Literatura Dramática, cosa que nos honra y ayer domingo día 2 de noviembre se clausuró la décima quinta edición del salón del Libro Teatral de Madrid.

Es en este contexto en el que me siento impelido a reconocerme como editor, entre otras cosas porque nuestro sello ya tiene cerca de cien libros con textos dramáticos de autores contemporáneos de todo el estado español, Iberoamérica y Europa, porque nuestra colección de Teoría y Práctica con más de veinte títulos tiene algunos libros que se han convertido en referenciales, que nuestra Colección Biblioteca Teatro Laboratorio, crece con nuevos títulos y porque todo esto se redondea con una Librería, Yorick, especializada, que nos sitúa todavía mejor en la realidad de la edición y distribución de libros única y exclusivamente de Artes Escénicas, y algo e las Visuales.

Confieso que nuestro sello editorial surgió como acompañamiento a nuestra revista ARTEZ, que tuvo una vocación "redentora", que fue creciendo de manera casual y espontánea y que debido a los disgustos, a los sinsabores, a las amistades creadas y rotas, se ha ido transformando en una actividad que no produce un movimiento económico suficiente para vivir de ello, pero sí ayuda para mantener una actividad, absolutamente puesta en peligro constantemente, tanto por la desatención de las instituciones, como por la desafección de los profesionales del medio, como por la poca mirada panorámica de algunos autores o autoras. Y, especialmente, porque la inmensa mayoría de las editoriales que conozco no tiene un objetivo mercantil prioritario, lo que a veces, nos coloca en un terreno ambiguo que no ayuda a fortalecer el sector.

Cuando miro nuestro catálogo no puedo hacer otra cosas que sentir orgullo. Lo hemos hecho desde una independencia moderada. Quiero decir que no hay imposiciones de ningún tipo, los hemos elegido nosotros, pero los criterios para esa elección son, en ocasiones contradictorios. Por ejemplo, es un honor editar algunos premios teatrales, el Premi Born, por excelencia, pero eso nos subordina a la elección, nítida, limpia, sin asomo de sospecha, de un jurado ajeno. En otras ocasiones hemos publicado por cercanía, por amistad, por apuesta de futuro. Hasta la fecha, es decir hasta el día 2 de noviembre de 2014, ningún autor ha pagado su edición. No lo permitimos. Es algo muy habitual en otras editoriales, que lo comprendemos, pero en nuestra casa, no ha sucedido y no esperamos que suceda. Otra cosa es que el autor venga con un ayuda institucional para la edición y entonces sirva para decantar la elección.

El mercado del libro teatral no existe. Es un mercado volátil, con auténticas competencias desleales, yo diría incluso que rozando lo penal, que se complica cada día más porque los autores y autoras, libremente, se sienten generosos y cuelgan en sus blogs o en lugares adecuados sus textos para que se los bajen todos los usuarios que así lo deseen. Eso merma, obviamente, la posibilidad de que una editorial recupere algo de su inversión. No quiero hablar del cuento chino de la edición digital, ni de las plataformas u otras monsergas. Nosotros desde hace siete años tenemos los instrumentos técnicos para hacerlo y hemos decidido suspenderlo hasta nueva era tecnológica o social. O cambio generacional.

Si a veces hablo mucho en primera persona es porque en un porcentaje muy elevado de los casos, la relación con los autores publicados se ha hecho de manera personal. Nosotros sabemos por experiencia que vale mucho más un acuerdo, un apretón de manos, un abrazo que un contrato con doscientas cláusulas. Y firmamos contratos, obviamente. Pero este asunto de las artes escénicas y su vida editorial tiene que plantearse en el terreno de la relaciones personales, artísticas, culturales, generosas, de admiración y acompañamiento más que desde una perspectiva mesiánica o patológicamente comercial.

Con el noventa y ocho por ciento de los autores y autoras que han sido publicados por Artezblai, mantenemos relaciones personales buenas, afectivas, intactas en sus consecuencias. Hay confianza mutua. Los que han editado una vez con nosotros, son considerados como nuestros autores y siempre que tienen obra se les procura, en la medida de nuestras mermadas posibilidades económicas, editarles. Otros nos ha utilizado para existir, y después, si te he visto no me acuerdo. No pasa nada. Si son buenos autores o autoras y alguna vez se dirigen a nosotros, se les atenderá como se merecen. Por suerte o por desgracia, existen muchos dramaturgos y ¡dramaturgas con obras interesantes.

Por una decantación lógica, en los próximos meses se verá nuestra reafirmada orientación. Autoras y autores no conocidos en el Estado español pero con obra importante, de América, o Europa. Debemos irnos significando. Por suerte para todos han aparecido nuevas editoriales que publican todo lo que pueden. Bienvenidos. Nosotros seguiremos nuestro camino pequeño, al margen de las modas. Estamos a punto de que sea un libro real, palpable, nuestra fusión fría con Paso de Gato, a los que consideramos nuestros hermanos editoriales, con los que manteneos una relación constante y casi orgánica. Todo es posible siempre que haya generosidad, franqueza y objetivos claros. Es lo que nos pasa. México es casi nuestra segunda casa. Allí tenemos más actividad casi aquí. Gracias a todos, a las editoriales, especialmente a Escenología y Edgar Ceballos del que tanto hemos aprendido y con el que tanto soñamos y seguiremos soñando, a las personas de todos los gremios y a las instituciones mexicanas.

Como editor me siento aturdido cuando no podemos abarcar más libros, más autores. Nos enriquece esta labor editorial porque conocemos a personas realmente importantes. Pero somos una pequeña empresa, que vive de sus propios recursos y pequeñas ayudas coyunturales y aleatorias. Seguiremos buscando un lugar en la vida y las estanterías de estudiantes, aficionados y profesionales de las artes escénicas. Y mientras podamos continuaremos con nuestra línea, que no es tan difusa como parece, sino que se basa en criterios previos que a veces se pueden mantener y otras es más difícil, pero que pasa por un fundamental: Amar al Teatro. Dar a conocer el Teatro, acompañar a los creadores, propiciar el intercambio. No necesitamos mucho, con algunas sonrisas o esas conversaciones hasta el amanecer con artistas comprometidos nos vale. Desde luego que hay idiotas, pesados, egos confundidos, pero esos son simplemente anécdotas. Lo fundamental es que se escribe teatro, se edita teatro, quizás se lee teatro y se hace teatro. Y ahí estamos colaborando.

El sábado se dio a conocer la obra ganadora del Premi Born, 'Un peu gegant els axafa a tots' que concede el Cercle Artístic de Ciutadella de Menorca, y su autor, el joven Xavier Morató i Garcia. Como es habitual en los actos programados para este acontecimiento anual que ha llegado a su edición trigésima novena, se ofreció una representación teatral, en esta ocasión, "Pulmons", que trata de una manera harto conservadora las relaciones de pareja, los hijos como nexo de unión, y un largo etcétera de cuestiones muy poco novedosas, formalmente ligera y con una pareja de actores muy solventes.

Lo curioso es que las tres obras finalistas para ganar el premio de este año, trataban de asuntos relacionados con la pareja y las relaciones personales. ¿Es el tema principal de nuestra escena? ¿La sociedad catalana, española, en general, está preocupada por esos asuntos tan burgueses propios del siglo XIX? ¿Estamos ante una situación tan regresiva? Soluciono el caso de manera rápida y quirúrgica: se trata de una coincidencia, de que este cronista se está volviendo demasiado exigente, porque el teatro va bien, los teatros no se llenan, pero es culpa de otros, no de los asuntos y las maneras en las que se proponen las obras. La pareja, la familia mejor dicho, es algo fundamental, nuclear en nuestra sociedad y es asunto a considerar de manera prioritaria. Los que creemos lo contrario estamos fuera de lugar. Unas avispas molestas, es lo que somos. No pongo ni quito comillas, pero yo no me lo creo.

Quisiera aplaudir una vez más al Cercle Artístic de Ciutadella, una entidad privada, que tiene una vida cultural en esa ciudad menorquina que estructura la sociedad y que esta apuesta por el teatro, por los textos teatrales es digna de elogio continuado, cerrado y total. Más en estos momentos donde se está produciendo una de los objetivos marcados en los últimos años. Me explicaré. El premio consiste en catorce mil euros más la edición de la obra ganadora en los cuatro idiomas que se consagran como propios en la Constitución española, a saber: español, catalán, euskera y gallego. Y se cumple. Tenemos el inmenso honor de ser los que editamos las ediciones de eukera y español.

Pues bien el Premi Born de 2012, 'El principi d'Arquimedes', original de Josep Maria Miró, se estrenó con dirección del propio autor en catalán, después se hicieron montajes de su obra en México y Argentina,y justo en estos momentos, ahora mismo, se está representando en español en el Teatro de La Abadía, se estrena esta semana en euskera y también español en un nuevo montaje en Euskadi y se está ensayando una versión en gallego dirigida por Xulio Lago. No se puede pedir más. Si alguien tenía dudas en apoyar a este premio, aquí tiene argumentos de peso, rotundos, para reconocer la importancia del mismo.

Obviamente, no todas las obras premiadas han tenido este recorrido, pero si miran el histórico del Premi Born, están los mejores dramaturgos de las últimas décadas. Y debo asegurar que es el premio más limpio, mejor organizado, sin ninguna posibilidad de manipulación por la escrupulosidad que se llevan todos los pasos del que tenga noticias. En eso, también es ejemplar. Así que gloria y loa al Born, que está sufriendo para mantenerse en su mismo nivel, que debe recurrir al mini patrocinio ciudadano, y las instituciones no se quieren enterar. Como siempre.

Pero volviendo al asunto de al temática de las obras, mirando la cartelera, uno sufre en silencio. Son elecciones de las productoras , empresas y compañías, no creo que sea el IVA quién tenga la culpa de estas elecciones, ni las convocatorias de ayudas y subvenciones. ¿Moda, rutina, conservadurismo? No lo sé. Lo que sí puede asegurar que esta circunstancia no es universal, y lo decimos cuando todavía nos duelen las manos de aplaudir, cuando mantenemos la sonrisa de satisfacción por haber presenciado en una tarde-noche de un domingo otoñal con temperatura veraniega, en una sala situada en un barrio de Madrid, pero modélica en su estructura y funcionamiento, la Kubik Fabrik, un gran montaje, "Mendoza", una versión del Macbeth realizada por Antonio Zuñiga, dramaturgo importante en el panorama mexicano, con dirección de un joven y talentoso Juan Carrillo, con un elenco realmente compenetrado, comprometido y de calidad que se anuncia como "Los Colochos". Shakespeare hablando con acento mexicano de ayer y de hoy, de y con verdad, sin parodias ni mamarrachadas. Teatro del grande, mexicano, para más señas. He de decir que en la función presenciada había un público selecto: muchos profesionales, volcados con esta joya del teatro contemporáneo realizado con cuatro elemento simples, pero basado todo en el teatro, sin artificios, creyendo en el poder de la teatralidad sin complejos ni sobreactuaciones. Claro, a lo mejor se puede decir que es también un obra cuya temática es la pareja. VIVA EL TEATRO. ¡Cómo me gusta esta obra, cabrones!

Si nos atenemos a las estadísticas, a los presupuestos, a las ofertas, es el momento histórico en el Estado español en el que existen más centros de formación privados y públicos que atienden a la demanda de miles de jóvenes que quieren estudiar de manera reglada o circunstancial cualquier disciplina dentro de las Artes Escénicas. Muchas, o varias comunidades autónomas, tienen sus escuelas superiores en arte dramático y sus conservatorios para danza; son muchas las universidades públicas y privadas que programan cursos superiores, masters, grados propio , con un énfasis casi enfermizo en todo lo referente a la gestión, pero abiertas a todas experiencias, además en las ciudades grandes, medianas y pequeñas han florecido cientos o quizás miles de estudios, escuelas de tiempo libre, para iniciación al teatro de niños, de cursos de danza de todos los géneros para una formación continúa o para el entretenimiento.

Durante generaciones los estudios reglados estaban limitados, la formación se recibía (y todavía sucede así en un porcentaje elevado) a base de dosis salteadas, de cursos, cursillos, talleres, encuentros. Fragmentario, superficial y en ocasiones caótico. Y sin garantís de calidad en la enseñanza. Viendo algunos currículum se detecta esa necesidad, casi angustiosa de conocimiento desarrollado por muchas personas dedicadas vocacionalmente a las artes escénicas, en el que se solapan técnicas, estéticas, metodologías, conceptos generales y prácticas puntuales en ocasiones de manera contradictoria. No se puede asegurar que los conocimientos se puedan acumular, pero, desde luego, siempre es un buen síntoma que alguien haya dedicado tantas horas a su formación.

Las Escuelas Superiores, como imagen de lugar de máxima competencia educativa, están cuestionadas. Son estructuras funcionariales muy poco flexibles. Allí se pueden encontrar profesores con diez trienios que están repitiendo su primera clase durante estos años. Y esa primera clase fue un resumen de algún libro que le sirvió para ganar la oposición. Pero hay personal docente con formación y antecedentes artísticos suficientes como para estar allí, pero ¿se les hacen pruebas de idoneidad educativa? En, fin, eternas preguntas que no tiene respuestas muy esclarecedoras.

Para que no se confunda mi idea general, aseguro que es mejor que existan lugares de formación a que no existan. Pero con cuidado, si existen y son malos educativamente, serán malos sus resultados. Hay que exigir a los docentes más que a los educandos. Sin un buen plantel de educadores y formadores, no hay escuela que se pueda reconocer. Lo que hay son títulos que habilita a sus poseedores para otros menesteres, aunque no sea suficiente para renovar la escena o para dotarla de nuevos aires y propuestas.

Y ahí bien mi reflexión gaditana, con un viento de levante ensordecedor, uno detecta desde hace mucho una suerte de dislexia escénica. Se lee en programas de mano, en manifiestos, en declaraciones de objetivos, contextualizaciones de seguimiento de un gran maestro, pero en el momento que de la verdad, cuando se encienden los focos, no sale ninguna frase escénica clara, se confunden por la declamación, el texto, el movimiento, la escenografía o la coreografía, no hay claridad, no se termina bien, se cambian las sílabas de los lenguajes escénicos y se entra en un territorio de falta de rigor, de poca coherencia, que no se puede considerar como sustantivo, sino como residual. No hay nada nítido, y la duda razonable es que no se trata tanto de una decisión creativa, de buscar una ambigüedad o una no alineación con ningún método o escuela, sino una falta de identidad, de pericia, de profesionalidad o talento, recubierto por ese nocivo eslogan de todo vale.

Quizás sea mucho pedir que se vayan concretando estas propuestas, que se delimite, porque probablemente se trate de unos conceptos arrumbados por las escuelas actuales, o las modas recibidas de oídas, en donde al no tener señas de identidad, ni procedencia reconocible, ni corpus artístico de entidad que los respalde los docentes todo se produce en los márgenes, en el terreno baldío de una suerte de estercolero donde crecen de manera espontánea (y casual) flores. El teatro más convencional, el más comercial, incluso el institucional, que se mueve entre esas franjas de no riesgo, tienen los códigos muy definidos. Un teatro antiguo al que le pintamos la fachada y al que incorporamos detalles ornamentales de lo más avanzado. Pero en cuanto se pasa de ahí, en lo que debería ser alternativo, se encuentran demasiados fallos de concepto, de estructura, de dramaturgia, de interpretación, espacio y estética. Yo lo achaco a una falta de buenas escuelas. O de buenos maestros. Y a que el mercado de la miseria no exige mayores avances. Y a que los públicos están ausentes de este debate.

¿Están o no están los públicos en las decisiones de producción, creación y programación? Voy a esperar una semana para contestar.

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