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Lun, Sep

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Como la vida, el teatro es efímero y heterogéneo. Y como la vida es una sucesión de acontecimientos que van formando una biografía y se van asentando en el imaginario personal y colectivo. Las carreteras están abarrotadas de ciudadanos que van de un lugar a otro buscando vestigios de su infancia o recuerdos de su vejez futura. Es verano en Europa y se vive con un mantra: "cerrado por vacaciones". El sol, los lugares de descanso y confluencia de veraneantes fugaces, un rito que a partir de un concepto de los derechos laborales se ha convertido en una necesidad de clase.

Y en muchos lugares de destino, aparece el teatro, las artes escénicas como reclamo turístico. Es cuando el teatro se convierte en utilitario, cuando se descubre que sirve para otras cosas que su esencialidad; cuando aparece en los carteles turísticos, siempre rodeado de grandes y nobles palabras, pero en el fondo convertido en un entretenimiento nocturno que pasa sobre la población en chancletas como pasa la brisa entre los matorrales. Y no es que este teatro utilitario no pueda ser de calidad, o que tenga un valor cultural menor, sino que es utilizado por las autoridades para crear otra imagen de su gestión.

Festivales de verano, festivales en verano. Convocados en nombre de lo clásico, de los contemporáneo, de lo greco-romano, de la posmodernidad o desde la tradición. De calle, para niños y niñas, para alegrar fiestas patronales o para reasignar utilidad a monumentos y patrimonio arquitectónico. Sean todos bienvenidos porque ellos aportan, en numerosas ocasiones, la única posibilidad real de acercamiento de conciudadanos con las artes escénicas en vivo y en directo. Bienvenidos sean porque crean un hábito, una tradición en lugares que el resto del año parecen páramos perdidos de la mano de las artes escénicas. Todo lo que tiene de bueno, del simple y fundamental hecho que se hagan estas programaciones y festivales, se aplaude sin reticencias.

Lo que cuesta un poco más aceptar es el contenido de las programaciones de alguno de ellos y la insistencia en la estacionalidad. La concurrencia de veraneantes, el incremento de la población en tránsito en esos lugares son el motor de arranque de algunos festivales, lo que les confiere una idea muy específica para sus contenidos que deben ser, en general pensando en esa población forastera. La realidad es que la aceptación de estas programaciones estivales sobrepasa con creces a la media habitual que se puede producir el resto del año, suponiendo que exista, y eso nos debe dar motivos para otras reflexiones sobre los mecanismos de producción, exhibición y comunicación con los públicos potenciales.

Sin entrar en mayores profundidades, seguramente el eco de estos festivales en los lugares que se desarrollan, la tradición, el tratamiento de los mismos por los medios de comunicación unido a unos ciudadanos sin tantos compromisos laborales, sin estrés, con muchas horas libres, en un ambiente en el que no existen muchas otras ofertas de ocio y entretenimiento de esta entidad ayuden a que tomen la decisión de acudir. Se trata, también, de un acto social muy extendido. Todas las circunstancias nos ayudan a entender que existe otra posible relación de la ciudadanía con las artes escénicas que se debería propiciar con mayor ahínco. Al menos sacar alguna conclusión de este fenómeno para aplicarlo en el acontecer cotidiano en las grandes ciudades y las poblaciones con programaciones esporádicas. Siempre con el fin de colocar las artes escénicas en los hábitos de entretenimiento cultural de una mayoría de ciudadanos. Esto que se solicita es un plan cultural, no empresarial.

Acabó el Fringe; acabó Almagro; acabó Olmedo. No se sabe si empieza o termina el verano teatral. Quedan citas: Mérida en el horizonte. Las fiestas patronales proporcionan una programación dicharachera, volatinera, para todos los públicos. Humor, famosos, cuernos y desamores. Un compromiso con la alienación. Hacer un simulacro de televisión en directo, repetir los mismos esquemas. Y las recaudaciones como objetivo único. En medio quienes siguen en la brecha, peleando por un lugar al sol, en este caso el Sol de York, una sala de Madrid que debe cerrar, como dijo un compañero el pasado sábado en un debate, "por hacerlo bien".

Estuvimos dentro del Fringe hablando de teatro desde la perspectiva de cuatro periodistas dedicados a la información cultural y/o teatral, dos del ABC, prensa generalista, y dos de revistas especializadas, Godot y el que suscribe que también colabora con prensa generalista en las páginas culturales. No dijimos nada nuevo. Frente a nosotros un público tan interesado como escueto, mientras alrededor pasaban personas despistadas que iban a sus cosas o a la magnífica terraza del café-teatro del Matadero o a ver alguna obra.

En cualquier caso un ambiente cultural, veraniego, guapo, importante, dentro de una propuesta que trae nuevos aires escénicos, que selecciona aquello que puede abrir alguna brecha en los discursos más convencionales. Lo realmente impresionante es el espacio. Matadero puede y debe ser un referente, un nido de nuevas voces, un lugar ideal para la creación y el encuentro con la sociedad, con los públicos. Este espacio, a poco que se lo cuide, que se lo tome en serio el responsable del mismo, el Ayuntamiento, con algo de presupuesto bien usado puede convertirse en un lugar para soñar. Simplemente ayudando a canalizar todas las fuerzas que pueden converger. Utilizando de manera sensata sus locales, aprovechando todas las posibilidades con imaginación.

Pero muchas veces lloramos, mostramos la parte oscura de la realidad, nos colocamos en la obscena realidad cultural de Madrid, de España, y entonces aparecen irregularidades, flatos, deseos frustrados, incertidumbres. ¿Y tú que puedes hacer? Es la pregunta que deberíamos hacernos todos los que de una manera u otra manifestamos nuestro amor por las artes escénicas. Una persona del público preguntó qué puede hacer la prensa para cambiar la situación actual del mundo teatral. Y la verdad es que se trata de una circunstancia muy adversa.

Julio Bravo de ABC se posicionó en un punto de equilibrio: seguir haciendo lo que hace de la mejor manera posible, pelear por tener espacio en su medio, y esperar. Todos los que todavía tocamos papel, sentimos que estamos ante una transición interminable. No es suficiente la migración a lo digital. No está claro. Es muy pronto. El papel todavía produce una fascinación importante. Las revistas especializadas, las gratuitas o las de menor contacto inmediato con la cartelera, vivimos a salto de mata. Pero no son excusas. Si existimos, si salimos, tenemos un compromiso, y cada cual debe saber dónde se coloca.

Hablamos subliminalmente de la censura. De cómo reparten las instituciones la publicidad. Y sin querer señalamos la irreverencia del INAEM y sus unidades de producción. Con detalles que no vienen al caso, pero que manifiestan que sus "buenas prácticas" son una falacia insostenible. La situación de la prensa en general, de la especializada, de todo aquello que debería entenderse como una manera de comunicación con la sociedad está tocado; o hundido. Se sustituye todo por las redes sociales. Se pone demasiado énfasis en estas brevedades y círculos cerrados.

Quizás el compromiso máximo del periodismo teatral o incluso de la crítica, sea el del rigor, el de hacer el trabajo bien, huir del copiar y pegar como única investigación, especializarse al máximo, profundamente, contribuir a despejar los nubarrones, ayudar a apagar el barullo. Tarea difícil. Todos gritan. Todos dicen tener sus razones. Todos necesitan vivir. Y todos vamos a morir. Si nos ponemos cada uno desde su lugar de destino en esta batalla al servicio del teatro, de las artes escénicas, consideradas como un servicio público cultural, a lo mejor se va despejando el panorama. Ahora llegan vacaciones, pero después viene lo otro. Lo terrible. El otoño. El día a día. Todo sigue, para bien y para mal, intacto. Y necesita cambios. La transición política está terminado de manera abrupta. A las Artes Escénicas debe llegar esa necesidad de refundación, constituyente.

La noche más larga acaba siempre en un amanecer. Pasan los días, se suceden los acontecimientos, la vida cultural sigue siendo un simulacro agitado por unos fantasmas que se visten con túnicas doradas. Escuchamos, mal, las palabras antiguas dichas con prosodias modernas que nos despojan de cualquier enlace con un tiempo de excelencias, para admitir que siempre hacemos lo que podemos, pero que nuestro conformismo nos lleva a colocarnos casi exclusivamente en el punto más bajo de exigencia. Todo vale, estamos justificados por las circunstancias, por la coyuntura, por la falta de recursos, por la urgencia. Y en este valer todo, todo se devalúa.

Probablemente el pesimismo no produzca resultados faciales adecuados, pero la idiocia encumbrada hasta los rasgos de esperanzas marchitas que se autojustifican por la incapacidad para variar algo lo existente, sea uno de los peores síntomas, la muestra de una necrosis que acartona cualquier acción de futuro. A mí me conmueve que en este siglo los actores deban recordar a sus compañeros la existencia de un convenio que se debe cumplir. Me subleva que los apóstoles del neo-liberalismo teatral sean los que más dinero directo e indirecto reciban de los presupuestos de todos los gobiernos estatales, regionales, provinciales o locales, y que además proclamen su supuesta y cacareada gloria de ser "teatros privados". Una indecencia más.

Las propagandísticas "buenas prácticas, para nombrar a los directores de los teatros institucionales son una muestra de una corruptela ideológica absoluta, un síntoma del desmoronamiento de todo un sistema que va parejo al resto de los signos de derrumbe del sistema general, político, social y económico, en el que está el Estado español. Está claro que urge tomar partido. Que hay que colocarse ya en un lugar de la contienda que se nos plantea. Que con los que nos han llevado hasta aquí es imposible caminar mucho más sin sufrir ataques de angustia por todo lo que se ha perdido, en ocasiones por ignorancia, pero desde hace un tiempo, porque se han encumbrado a pícaros de modales exteriores finos, pero de unos tics autoritarios en su práctica diaria que asombran a propios y extraños. Y que las medidas, los reglamentos, las acciones emprendidas, por muchas razones, se han demostrado inservibles. O al menso agotadas, porque no se ha sabido evolucionar y colocar el programa, el proyecto renovado antes que a las personas, con sus padrinos y sus intereses económicos bien conocidos, pero obviados en nombre de una supuesta eficacia.

Es por lo tanto momento de mojarse. No se puede estar en la procesión y repicando. El terreno de juego está deliberadamente desdibujado, encharcado, las reglas son tramposas, quienes debían ser los árbitros o no sirven o están jugando con varias barajas, con muchos intereses yuxtapuestos. Por lo tanto, esperemos que ya que entramos en un camino electoral en donde se atisban posibilidades de cambios reales, sepamos asesorar, compartir, participar con las nuevas fuerzas para intentar plantear acciones concretas, planes eficaces para variar este signo hacia la nada, el comercio, lo mercantil y volvamos a reivindicar el valor cultural, social, estratégico de la cultura y de las Artes Escénicas con una mirada de futuro que abarque varios años. El pasado simplemente es irremplazable y debemos mirarlo para no cometer los mismos errores.

Uno se siente en la Florida, viendo espectáculos latinos, confrontando ideas con académicos o actores de la legua, con consagrados o emergentes, respondiendo preguntas con respuestas que queman y reafirmando posibilidades, un pesimista lleno de optimismo. Y, sobre todo, cargado de argumentos, de ideas, de ganas de contribuir a restaurar una nueva república de la cultura, del teatro, en donde se trate a los públicos como a ciudadanos libres, y que quienes lo hacen, gestores, dramaturgos, actores, coreógrafos, iluminadores, escenógrafos, investigadores, informadores e incluso críticos, amen esto más allá de sus sueldos o capacidades de medrar, sino como una forma de ser y estar en el mundo, al servicio de unas ideas, de unas sensibilidades, de un oficio hermoso que proporciona una visión del ser humano a otros seres humanos, desde la estética, la ética y la política. Hay que intentar cuidarse de los oportunistas, arribistas, genios de las finanzas o las relaciones públicas, economicistas y fanáticos de las quinielas. El resto, con sus imperfecciones, todos sean bienvenidos. Y juntos debemos conseguir las fuerzas para sacar la cabeza con dignidad, primero en el conjunto del Estado español y con ello contribuir a esclarecer algo más la situación en el resto de nuestra comunidad iberoamericana.

Sigo en ello aunque me partan la cara, me nieguen la sal o me censuren. A muchos se les nota de lejos que ya son cadáveres, zombis carcomidos por los gusanos. Pueden hacer algo de daño, pero siempre será menor debido a su incompetencia manifiesta.

Como sucede tantas veces, desde la preponderancia neo-centralista, se confunde el Teatro Español de Madrid, con el teatro español en general. Ya se ha consumado un nuevo episodio de las "buenas prácticas" como coartada para ejercer el nombramiento digital encubierto. Desde la potestad que le da la legislación vigente o ausente, se ha elegido a Juan Carlos Pérez de la Fuente como nuevo director del Teatro Español de Madrid y todo lo que ello representa. Vamos a ir describiendo la situación.

El resultado obtenido por la terna en votación de los miembros de la comisión de selección fue de siete votos para Gerardo Vera, siete votos para Ignacio García y cuatro para el elegido. Es decir nos coloca la decisión de quien la haya tomado, ante un nuevo caso de incomprensión porque se opta por el que obtiene menos puntuación por parte de una comisión santificada. O, dicho de otra manera, desde que se supo que Natalio Grueso abandonaba su puesto, en todas las quinielas y rumores parecía Juan Carlos Pérez de la Fuente como probable. Las razones esgrimidas en ningún caso tenían nada que ver con sus capacidades para llevar a buen término un proyecto, sino que todos lo identificamos como próximo al Partido Popular. Asunto que niega en vivo y en directo, pero que en biografía y curriculum profesional parece que al menos es el director en el que ha confiado el PP cuando ha tenido que decidir cargos de entidad en este campo, como fue la dirección del Centro Dramático Nacional.

Se da la paradoja de que estoy escribiendo este artículo justo al terminar el partido final de la Copa del Mundo, y la primera parte la he visto en un hotel de Miami junto a Ignacio García, ya que se está representando en el Festival Internacional de Teatro Hispano, la obra "Arizona" de Juan Carlos Rubio, que Ignacio ha dirigido. Es decir que he hablado sobre el asunto con uno de los afectados. Y sin entrar en pormenores, no creo faltar a la realidad, si digo que está bastante cabreado, que se siente algo ninguneado, que considera que han sido utilizados los otros veintiséis candidatos para llegar a la conclusión que todos intuían iban a ser o estaba ya predeterminada.

Hay otras apreciaciones más profundas y de mayor calado, que aunque algunas las dijo en una sesión pública, no me corresponde a mí utilizar en estas primera reflexiones sobre el asunto. En muchas de las apreciaciones coincidimos, en otras el candidato va mucho más allá, por sentirse mucho más concernido de manera seria, que un servidor, que considero se trata de algo incomprensible que al final de una legislatura se nombre de esta manera tan compleja y poco recomendable para la transparencia necesaria a alguien con el que mantengo una relación cordial, que le he visto la dirección del espectáculo de Ignacio Amestoy en el CDN, sobre Ridruejo y me parece que logró plasmarlo escénicamente de manera solvente y que su pasó por el CDN como director, hizo cosas loables, precisamente no significativas ideológicamente con el PP, sino todo lo contrario y que es un director de oficio al que le tengo una buena consideración profesional, especialmente al ver su trabajo con la obra ¿Dónde vas Ulalume, dónde vas? de Alfonso Sastre que dirigió de manera oportuna.

Pero lo que yo me pregunto y nos preguntamos muchos es si le dejarán, sea cual sea el proyecto de Pérez de la Fuente, ponerlo en marcha. Las dudas llegan por saber si se ha hecho un estudio económico de acompañamiento para poner en marcha el proyecto desconocido, al menos por mí, ganador, porque si se tiene este año 2014 cerrada la programación por el director saliente, Natalio Grueso, y en junio 2015 hay elecciones municipales en las que no parece pueda el PP tener mayoría absoluta, no parece que haya sido prudente este nombramiento, porque dadas las circunstancias del nombramiento, la carga partidista que toda la profesión y parte de los políticos le atribuyen, no queda claro se pueda mantener su nombramiento con otras mayorías en el consistorio madrileño.

Y decía al principio que siendo importante este Teatro Español madrileño por su incidencia, por tener a su cargo salas tan magníficas y con tantas posibilidades como son las Naves del Matadero, o el Circo Price, se trata de unos edificios de titularidad municipal, con gestión municipal y no debería tratarse como un problema general, del teatro en el Estado español. Lo mismo que cuando se nombra director en el Teatre Nacional de Catalunya, o cuando se vuelva a elegir la dirección del Teatro Arriaga de Bilbao tras la ya anunciada renuncia de su actual director al terminar su contrato, se trata de cuestiones locales, que influyen, claro está, en lo general, pero que no nos confundamos con esta circunstancia. Y seguimos pensando en la gran mentira de las "buenas prácticas" de los nombramientos en las unidades de producción del INAEM, que sí son presupuestaria y políticamente del gobierno español, es decir, de todos, y no solamente de Madrid como se empeñan en convertirlas.

Y sin poder salir del laberinto, de las dudas, hay que resaltar otra vez en la capacidad inmensa que tienen los malos políticos en enmierdar cualquier decisión, como es este nombramiento en el Teatro Español de Madrid, uno se pregunta una vez más, ¿y ahora qué? Otra oportunidad perdida para recuperar algo de ilusión y esperanza. De momento, a esperar acontecimientos.

Escribo esta vez desde Almada donde se celebra la trigésima primera edición de su magnífico Festival Internacional. Lo abrió en esta ocasión Pippo Delbono para colocarnos ante la vida y las ganas de vivir pese a todas las vicisitudes. Un espectáculo que te voltea, que te noquea, que te deja inerte ante su aparente lenguaje pop y que siembra en tu conciencia las dudas de una existencia volátil en un desierto de emociones. "Orquídeas" de amor y muerte. De desesperanza y de compromiso.

Estas visitas rutinarias de los lunes no pretenden ser crónicas, ni relatos de experiencias, sino laboratorio de sensaciones que contribuyan a entender la realidad que nos circunda. Sí, me duele el Teatro que se hace en Catalunya, donde nací, crecí y me reproduje. Me duele el Teatro de Euskal herria donde he desarrollado la parte más activa y prolífica de mi vida teatral en diferentes campos. Me duele el Teatro de todo el Estado español, de todos sus rincones, porque me siento incurso en su devenir. Me duele el Teatro que se hace en Iberoamérica por vocación, cercanía y adopción. Y me duele el Teatro que se hace en Europa porque es la fuente de este teatro del que hablamos normalmente y no sabemos si se puede mantener con la misma preponderancia cultural y de incidencia profunda en la propia formulación del ser europeo.

Por eso sitúo mis reflexiones en lugares donde acudo por la generosidad de los organizadores y que me ayudan a entender un poco lo que nos sucede. Y en Portugal siempre encuentro vestigios vivos de lo que pudimos haber sido y no fuimos. En esta ocasión se organizó un encuentro alrededor la figura de Luis Miguel Cintra, actor, director, fundador de Cornucopia, uno de los grandes grupos de creación. Acompañado de directores y directoras de su generación, posteriores y actuales. El todo del teatro portugués estaba allí y nos enfrentamos los presentes a una suerte de catarsis. Se leyó un documento firmado en Mayo de 1975 por la mayoría de los teatristas más importantes de entonces, algunos allí presentes, solicitando entre otras cosas, una ley de teatro. Y en la solicitud se señalaban las necesidades, el proyecto elaborado desde la profesión real del momento, la formada por los grupos de teatro independiente. Comprometidos estética, social, cultural, política y teatralmente con aquella realidad cambiante, revolucionaria tras la caída de la dictadura. Este encuentro dejaba un poso amargo, porque muchas de las reivindicaciones de entonces están sin conseguir. Porque ha cambiado el panorama, y no todos entienden que sea para mejorar. Una manera de aceptar la situación y ver las posibilidades de mejorarla es hablando sin complejos de ella. Y en Almada se apuntaron vías de discusión.

Fíjense en la fecha del manifiesto portugués, porque es significativa. Vivía Franco. Ese año murió en su cama blanca del hospital, rodeado de los suyos. Al año siguiente, en 1976, los profesionales del teatro de Barcelona, creamos la Asamblea de Actores y Directores se "ocupó" el Teatro Griego de Barcelona donde se hacían temporadas de los propagandísticos Festivales de España, y se creó una realidad que perdura El Grec, que primero fue 76, después 77, y así hasta que lo absorbió la institución municipal. Y hubo manifestaciones, y lucha constante y manifiestos. Nosotros, entonces nos movíamos con un lema "Per un Teatre al servei del poble". Se formaron compañías con algunos montajes exitosos que recorrieron toda Catalunya; se programó a otras compañía de manera solidaria, cobrando todos la misma cantidad, tanto Alicia Alonso como Nuria Espert o un servidor. Y éramos jóvenes del teatro independiente, profesionales no adscritos, figuras de la escena internacional, pero todos con la idea más vaga o más férrea de la necesidad de cambiar la situación existente, de fundamentar las bases para hacer posible una evolución democrática del Teatro. En lo artístico, en lo profesional, en lo social y en lo institucional.

Con esto se quiere decir que han existido generaciones que han luchado con todas su fuerzas por sus proyectos, que lo han hecho con los instrumentos, conocimientos, herramientas y fuerzas existentes en cada momento, que no era casual, ni oportunista, sino que existía un discurso previo, una solidaridad, una idea de conjunto. ¿Cuándo empezó a desvirtuarse todo esto? El día que podamos contestar esta pregunta sin herirnos, sin acusarnos los unos a los otros, intentando saber dónde estuvo el error primero, quizás logremos un nuevo consenso, una unificación de fuerzas para pelear democráticamente por la regeneración del Teatro, hoy llamando Artes Escénicas, y propongamos un proyecto de futuro, con un discurso claro, que tenga en cuenta todas las realidades existentes, sin nominalismos, pensado que somos los depositarios de un bien común, el Teatro, que está por encima de nosotros, de las fracasadas y putrefactas supuestas "buenas prácticas", el sindicalismo de campanario y los divismos de poca monta.

Las instituciones y los parásitos que las regentan hacen lo que hacen porque enfrente tienen a unos pordioseros que se contentan con cualquier migaja, que solamente están pendientes de sus miserables situaciones personales o empresariales y que ni siquiera tienen un plan artístico, sino que funcionan según lo que demanda el mercado que ellos mismos crean. Si en algún lugar hace falta la regeneración democrática, el trazar un proyecto común es en el Teatro y todas la Artes Escénicas. Mientras tanto, ¿a quién le importa que el regente del Teatro Español de Madrid sea uno u otra, o que lo nombre la comisión directamente o la alcaldesa por inspiración divina y de las FAES? Lo que debería preocuparnos es conocer el proyecto y el discurso. El auténtico problema es lo que se va a hacer en y con ese bien común, histórico, patrimonio vivo de la ciudadanía. Y de eso no se habla. Nos hemos convertido en unos chismosos, que no tenemos ni la más mínima gracia.

Esta andanada va dirigida con inmenso amor y admiración a mis hermanos, todos los que desde todos los lugares del proceso creativo, de producción y exhibición hacen posible que siga existiendo el teatro. Sin excepción. Desde la más profunda discrepancia o la más efusiva concurrencia. Pero vamos poniéndonos las pilas, que se nos va la pascua mozas. Que se nos va.

Ando de mini-mudanza casera y he pasado un fin de semana traumático. Después de la experiencia vital vivida en Holstebro con los cincuenta años del Odin, cualquier vestigio de guardar antecedentes de la biografía artística de uno se emparenta con los primeros síntomas del síndrome de Diógenes. Es difícil tirar tantas cosas. Pero es necesario. Especialmente porque se ha decidido de manera suicida no tener memoria del pasado teatral. Al menos en el País Vasco, donde resido fiscal y teatralmente desde hace tres décadas. No hay rastros de casi nada. Y lo que queda está en manos de particulares, desperdigado. Me resisto a tirar todo, pero no cabe más nostalgia en las baldas de mi modesto apartamento y no quiero abusar de las amistades.

Abro paréntesis. Este arranque me ha llevado a una profunda depresión. De manera sistemática jóvenes estudiantes e investigadores se dirigen a ARTEZ, y a mí, por ser el de más quinquenios, pidiendo ayuda para recabar información sobre tramos históricos del teatro vasco. No existen referencias, no hay ningún lugar a dónde acudir a buscar archivos, documentos. Es una situación gravísima. El propio Centro de Documentación Teatral del INAEM, es decir del Ministerio de Cultura de España, tiene limitadas sus posibilidades de acción. Ha hecho y sigue haciendo una gran labor, pero no tiene ni el presupuesto ni el personal necesario para absorber y recuperar tantos años de atraso. En las periferias, en las autonomías, a excepción de Catalunya que tiene uno propio, Andalucía, que también, ambos restringidos en sus posibilidades, en el resto no hay. Sencillamente no existen. Existió en Galicia uno con buenas perspectivas, y se cerró. Aquí hay un agujero negro que traerá consecuencias en el futuro. Cierro paréntesis.

Lo que me tiene preocupado de verdad es la descomposición que no para de la SGAE. Uno es socio comparsa desde hace muchos años. Antes lo era por obligación, no había otra posibilidad, y ahora, por defecto. Es más, estoy absolutamente convencido de que es necesaria una buena sociedad de gestión de derechos. Lo que ha sucedido es que el crecimiento de la propia SGAE ha creado un monstruo, o dicho de otro modo, una fuente torrencial de ingresos muy apetecible para muchos individuos que pertenecen a esta sociedad pero no lo hacen desde la supuesta vocación artística, sino desde la gestión pura y dura, desde la edición, y ahí se crean disfunciones internas, disparidad de criterios y como el régimen interno de valoración, y de ponderación de voto es por recaudación, o sea, el que más ingresa, más votos tiene, no se puede pensar en una posibilidad democrática de establecer unos campos de intervención consensuados y que sean estrictamente defensores del autor.

En los momentos de la Gran Crisis, cuando la imagen de esta sociedad estaba por los suelos, justo antes de descubrirse el pastel de la gestión y las supuestas irregularidades, ya decíamos aquí y en muchos otros foros, que creíamos se debía volver a los orígenes, a separar el grano de la paja, y que una sociedad de gestión de los derechos de autor de dramaturgos, coreógrafos y compositores, es decir, la madre del cordero, aunque tuviera que reducir muchísimo el volumen de su administración y de su presencia era lo único viable. Coincidimos con otras propuestas surgidas después de la bochornosa última asamblea general, como lo expresado por Guillermo Heras en este sentido. Hoy parece lo único sensato. Y se debe hacer desde dentro de la propia SGAE, o si no surgirá desde fuera. O lo que es peor, hay autores dramáticos que defienden sus derechos con sociedades de gestión europeas, fuera de la SGAE, y funciona con mayor rigor y transparencia, asunto muy a tener en cuenta. Un camino mucho más limpio, sin tantos salvadores de la entidad que acaban convertidos en el más grande problema de la misma.

El mal rollo no cesa, se ha creado la Academia como manera de entretener y colocar a los de siempre. Una manera de hacerse notar los mismos. Hay personajes algo turbios que aparecen y desaparecen por los cargos y levantan todas las sospechas. O los autores dramáticos toman las riendas de su destino de manera autónoma, o el futuro va a ser cada vez más oscuro. Si encima no salen los números y las cuentas parecen rosarios, esto está a un paso de la explosión. Y ahora mismo no sé a quién le interesa esta demolición. Ni siquiera si está controlada la misma.

Convocados para la celebración de su cincuenta aniversario, unos centenares de miembros del pueblo secreto del Odin, hemos pasado un fin de semana en Holstebro, con sol resplandeciente, para recibir descargas controladas de magnetismo teatral, histórico, actual, de renacimiento y futuro. Es tarea imposible resumir todo lo vivido, las experiencias que nos han marcado, la reflexión sobre el quehacer teatral, el sentido de una ida, de muchas vidas, el hermanamiento auténtico alrededor de la ejemplaridad de este grupo que tanto ha diseminado por el orbe una idea fundadora de una era floreciente del teatro universal.

Este pueblo secreto está formado por algunos significantes y reconocidos pensadores del teatro desde la filosofía, la antropología, la interculturalidad o la neurociencia; actores y actrices que han sabido asumir en su práctica diaria una metodología que se ha ido formando en la búsqueda de estos pioneros del Odin; directores que han aplicado algunos de los conocimientos adquiridos tanto en la visualización de sus espectáculos, como en la lectura de sus libros; algunas decenas de críticos y estudiosos de los fenómenos teatrales que han sabido acompañar desde la admiración este proceso creativo.

Es, por tanto, el pueblo secreto más conocido, pero sí es cierto que el concepto es parte del ideario, un pueblo secreto que ha ido acogiendo solidariamente a los miembros del Odin, que se reconocen entre ellos, que son convocados siempre a manifestarse desde la más absoluta libertad, sin fanatismo ni sectarismo, simplemente caminando juntos un camino que se va describiendo en el propio viaje. Una manera de entender el mundo, de hacer de la vida una obra de arte, o de hacer arte, a partir de entregar una vida a un oficio trascendente. Un pueblo secreto al que uno pertenece por derecho de colaboración.

Hemos visto muchos espectáculos, festivos, con muchos jóvenes en escena, pero el plato fuerte fue la acción teatral llamada "Claro enigma", una reflexión desde y hacia el proceso creativo del actor, pero a la vez una exhumación del pasado para hacer con esta presencia una despedida que propicie una nueva epifanía. Pero una acción muy meditada y con una producción espectacular ya que realizaron en el jardín de su sede un gran socavón donde enterraron elementos de vestuario y atrezzo de espectáculos anteriores. Y se tapó, y en ese lugar se pusieron unos columpios que al instante fueron utilizados por unos niños, una transformación que a algunos nos dejó helados, anonadados, viendo esa acción, realizada ante nuestros ojos, que nos colocaba ante una realidad con componentes sentimentales y emocionales superiores, esa manera obsesiva de guardar y guardar que realizamos como si solamente quedara el pasado, sin apenas atender al presente y sin mirar hacia delante, para seguir por todos los caminos que se nos abren.

Esta sensación de fin de ciclo, de efemérides, de asistencia a un rito, sobre el propio rito, mientras los hindúes del Ashtanaga Kalam Pulluvan Pattu de Kerala seguían con sus ritos, con sus celebraciones, sus músicas y cantos, aparentemente ajenos a ese acto, como sonido de fondo, pero a la vez, como acompañantes del espectáculo del Odin. Es decir, son tantas las sensaciones acumuladas, que los miembros del pueblo secreto nos unimos a continuación en una cena muy especial, una asamblea de ese pueblo para volver a citarnos con la historia, con la labor de cada cual en su específico punto de destino.

Ahora realizamos el viaje de retorno, regresamos muy cargados, como debe ser siempre el teatro, venimos con algo cambiado en nuestro más profundo ser, con unas ganas de culminar el trabajo, de acomodarse a lo importante, no solamente dedicados a lo urgente. Todo han sido reencuentros, conocimientos, abrazos, proyectos, sentido de pertenencia, una forma identitaria de un pueblo siempre en la diáspora, pero siempre unido por ese hilo conductor que es la propia historia del Odin, su realidad actual, y saberse hermano de todos y cada uno de sus miembros. Todo lo que vivimos fue teatro del bueno, del importante del que no se encuentra normalmente. Y ese es el fundamento, la constitución de este pueblo sin gobierno, ni reyes, sino anárquicamente disciplinado con su propio compromiso de vida y de servicio a los demás a través del teatro, cada uno en su lugar de combate, siempre a punto de actuar para ocupar espacios de libertad, sabiduría y sensibilidad artística. Un pueblo hermano de todos los pueblos.

Quisiera disfrutar de las cosas bellas, de las deliciosas propuestas incipientes, de las ilusiones colocadas por cientos de artistas de las artes escénicas que luchan cotidianamente contra la desidia institucional, pero los acontecimientos me llevan a un callejón sin salida: el calamitoso estado funcional del INAEM. Y como contraluz, la actitud de los trabajadores de las artes escénicas en Francia, "los intermitentes", manifestándose desnudos, en pelotas, para reclamar la atención de su gobierno en decadencia absoluta política porque quiere aplicar recortes a su sistema y que amenazan con paralizar los grandes festivales, entre ellos el de Aviñón.

Muy rápido;: la intermitencia es un sistema de protección para los creadores de cultura en Francia que puso en marcha Jack Lang y que, resumiendo mucho, significa que cualquiera que cotice en nueve meses un número determinado de horas como actor, bailarín, director, técnico o incluso gestor, tiene una especie de paro por un tiempo similar, con unos ingresos parecidos lo que garantiza que durante ese tiempo puedan estar ensayando, estudiando, escribiendo, realizando dignamente sus funciones internas que no producen ingresos y se mantenga la continuidad. Una manera de protección a los hacedores de cultura bastante importante y que se debería estudiar y copiar, y que los sucesivos gobiernos de derechas, el de Sarkozy y el de este extraño ser llamado Hollande han intentado cercenar. Pero los afectados se defienden. Hay conciencia entre los trabajadores de la cultura. Saben que una huelga fuerte hoy es una solución para mañana. Y recuérdese que no hace tantos años ya pararon Aviñón y varios festivales veraniegos.

La imagen de los trabajadores de las artes escénicas francesas manifestándose en pelotas es significativa. Uno se siente solidario con estas actitudes. Hay discurso, hay concepto, hay lucha sindical real. Y en contra nos enfrentamos al deterioro absoluto del INAEM, sin que nadie dimita ni dé la cara. No sabíamos a qué se dedicaba el señor Lasalle, supuestamente secretario de Estado de Cultura, hasta que le leímos una artículo, bueno un libelo, tras las pasadas elecciones europeas, que empleando un lenguaje seudo-histórico, se colocaba en la extrema derecha del discurso oficial, descalificando, por ignorante, con todos los tópicos del argumentarlo reaccionario, los resultados electorales. Es decir, le importa una mierda la cultura, él vivirá siempre empotrado en las listas del PP, hasta que la vaca siga dando leche merengada.

Que los actores de dos producciones del Centro Dramático Nacional, CDN, tengan que manifestar públicamente su indignante situación por no cobrar sus salarios, en el mismo instante que el director del mismo, Ernesto Caballero, estrenaba una nueva producción, empieza a ser un paradigma de las supuestas "buenas prácticas" de las unidades de producción del INAEM. No pagar las nóminas, o retrasarlas, en una institución de estas características es un delito de lesa cultura. Si las producciones estatales con presupuestos públicos utilizan las maneras y modos de las privadas, la cosa va mal. Y si nadie da la cara, si nadie asume sus responsabilidades es que se ha perdido del todo la orientación. Suponiendo que alguna vez hubo una hoja de ruta y una inspiración ética.

Los problemas de las unidades de producción son muchas, variadas, singulares, reiteradas. En la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en el Ballet Nacional, en el Coro nacional, que tuvieron que hacer una huelga hace unos días porque no renuevan la plantilla, de la tal manera que hicieron una representación en que algunos espectadores abandonaron la sala reclamando les devolvieran el dinero en taquilla porque el coro era minúsculo. Una tras otra, malas noticias. Impertinentes noticias. Impertinentes respuestas de los irresponsables que deberían solucionar estos asuntos. Si es un plan de exterminio, de abandono, de destrucción, lo están haciendo muy bien. Si es que son incapaces de solucionar estos problemas, es una sensación de muy poca dignidad. Sufre el Teatro, la Danza, la Música. Ellos, los de las "buenas prácticas", cobran, y mucho, al día, sin demoras. Eso está garantizado. Y no dan la cara, se esconden, como si no fuera con ellos.

Un día sucederá lo que todos esperamos. Pero se demora demasiado. De momento, podemos decir sin rubor que el INAEM es un cachondeo. Y es una manera pertinente de calificar un desastre.

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Escritura automática. Me sale un título casi sin querer y me cambia la ruta. De intentar ir por las fases de los procesos a llegar a una estación llamada enchufe, enchufismo, corruptelas, corrupción. Hay que cambiar de rumbo. No queremos más brechas, ni lanzar insinuaciones, pero está claro que en los asuntos culturales la ideología, la concepción del mundo, la manera de organización de las instituciones influye y de manera importante en el desarrollo de las artes, del conocimiento de la ciudadanía en asuntos tan fundamentales como las ciencias y las letras y ello acaba siendo un elemento sustancial en la posterior sostenimiento de las estructuras que hacen posible el acceso democrático de la mayoría de la ciudadanía a los bienes culturales materiales o inmateriales.

No todo es fútbol. Ni religión. Ni horticultura. La memoria es tan importante como la ambición. La veteranía es un grado, pero lo imprescindible es tener una idea, saber qué se quiere hacer, porque lo que empobrece más es la inercia miedosa, la autocomplacencia, el conservadurismo disfrazado de tradición o costumbre. Las organizaciones necesitan revisión de sus objetivos, al igual que de sus directivos. Cada cierto tiempo es necesario realizar una Inspección Técnica de Viabilidad de Objetivos, porque no lo que hace veinticinco años era urgente, hoy puede estar obsoleto; lo que hace quince años era un logro, hoy es un atraso ya que vivimos en un ser vivo llamado sociedad, algo que sufre enfermedades, constipados, efervescencias, pasa por fases y eso debe afectar a todo cuanto teóricamente está vinculada con esos movimientos ciudadanos y sociales. Y políticos, dicho sea sin ofender a nadie.

Estoy, de alguna manera, intentando condensar lo escuchado en un encuentro celebrado en el magnífico Teatro Nacional São João de Porto, alrededor del FITEI, un festival de teatro que fue el primero que históricamente colocó lo de Ibérico (Expresión Ibérica) en su enunciado, que lleva treinta y siete años marcando a finales de mayo un campo cultural, territorial para crear una comunidad teatral multicultural, multiétnico y plurilingüístico que sirva para el intercambio fluido de experiencias culturales y artísticas.

Pues bien, este festival organizado por una cooperativa cultural está pasando graves problemas estructurales, económicos, de cambio de dirección y de recuperación del lugar preponderante en la agenda cultural de su ciudad, de Portugal y de la supuesta comunidad a la que sirve, la iberoamericana, aunque, como viene siendo habitual, las relaciones con la otra parte de la península ibérica es desigual, intermitente, espasmódica y en ocasiones ridícula cuando no ofensiva.

Es indudable que cuando una organización así, con tantos años de vida y servicio, tiene problemas internos, que uno supone se deben a diferentes maneras de afrontar el presente y de prepararse para el futuro, eso produce disfunciones operativas, más todavía si suceden en una situación de financiación bastante imposible, ya que saben que durante los próximos tres años no recibirán ayudas de alguna institución, con otras van negociando a la baja año tras año, lo que les limita las posibilidades de movimiento, convirtiéndose en demasiado dependiente y con muchas flaquezas, no cabe duda de que se puede calificar como de precaria.

Pues bien, en este estado, es cuando, a mi entender, más necesario es definir ideológicamente qué se debe (puede o quiere) hacer. Debe ser después de realizar un trabajo de reflexión profunda, de análisis de la situación, primera de la organización, pero también de su entorno, de su encaje en la vida cultural actual, desde donde se deben tomar las decisiones para fijar los objetivos, posibles, realizables, y quizás lo primero sea volver a redefinir lo que es el propio FITEI (Festival Internacional de Teatro de Expresión Ibérica), porque los festivales de teatro de mercado han difuminado el sentido de los propios eventos, convirtiéndolos en una sucesión de espectáculos sin más sentido que el de la oportunidad. Por ello, mi recomendación en la mesa fue que definieran con claridad sus objetivos para encontrar su espacio específico.

Vienen de una gran experiencia, y analizando el camino recorrido, aplicando las nuevas técnicas de las ciencias sociales y sabiendo descubrir los movimientos culturales y de las artes escénicas actuales, seguro que vuelven a encontrar las energías para ir recuperando su pulso y seguir siendo imprescindibles, como siempre lo hemos sentido algunos. Y ello pasa por una buena curadoría, por tomar la iniciativa programática, propia, singular, dentro de sus posibilidades económicas. Por fases. Trifásico. Como un café levantino: café, leche condensada y coñac. O con agua mineral sin gas. Pero primero pensar, después actuar. En esto y en todo.

Una mañana que no entre este magnífico sol por la ventana de mi hotel en Oporto donde estoy participando de ese territorio fértil para el Teatro Ibérico llamado FITEI, me explayaré sobre las tan cacareadas "buenas prácticas" del que hace gala el INAEM para la elección de los directores de sus unidades de producción y que se pone como ejemplo para la convocatoria de selección de la dirección del Teatro Español de Madrid.

Los convenios entre trabajadores y empresa están firmados para cumplirse. Y en el caso de todos los trabajadores de esas unidades de producción estatales, la empresa es el Estado, a través del INAEM, que es un instituto con autonomía administrativa relativa. Por lo tanto, los trabajadores, ya sean de la parte técnica como la artística, están amparados por ese convenio en vigor que es el que en estos momentos está creando conflictos, especialmente en el Ballet Nacional, ya que una intervención del delegado de Hacienda en el ente público, ha restringido las horas extras a un mínimo que hace casi imposible la práctica general de las actividades.

Y es que este famoso convenio se puede calificar como inconveniente para la realidad diaria de la práctica de las Artes Escénicas. Se rige por los convenios generales de al Administración Pública, y entonces nos encontramos que los bailarines y bailarinas de plantilla, tiene un horario de ocho a tres de la tarde de lunes a viernes. Repito, de ocho a tres y e lunes a viernes. Exactamente igual que si estuvieran en una ventanilla del ministerio de obras públicas. Y eso, que lleva así desde hace muchas décadas es bastante inverosímil, en la práctica es un convenio inservible, a no ser que se fuerce desde todos los sentidos.

Se ha sabido que los bailarines cobran un salario de unos novecientos euros al mes, por esas horas de trabajo, y se complementaba esta escasez con las horas extras. Horas extras que se incrementan de manera absurda en cada día de actuación ordinaria, porque según costumbre social se hacen a partir de las ocho de la tarde. Que cuando hacían giras internacionales, les sumaban otras cantidades importantes. Y al llegar un inspector y decir que solamente se pueden hacer, cito de memoria, sesenta horas mensuales, se ha colapsado de manera total todo el funcionamiento de la maquinaria del INAEM en producción y exhibición, bajo las supuestas y nunca comprobadas "buenas prácticas".

Esto que sucede con los bailarines, se va a ir extendiendo a todas las unidades d e producción. En teatro serán los técnicos, los únicos con convenio y que están en plantilla, ya que los elencos se van formando producción a producción y uno se imagina que se rigen por el convenio general de actores. Sigo escribiendo de oídas. Quizás no sea necesario ni convocar una huelga, con trabajar a reglamento es suficiente para que se paren las representaciones. En el CDN los técnicos reciben un complemento mensual para poder ser convocados a trabajar en cualquier horario, es decir, a las ocho de la mañana, o las diez de la noche. Pero las horas extras tienen las mismas limitaciones, y si hay plantillas cortas, montajes largos, saturación y falta de organización se pueden colapsar. Y desde luego, salir de gira con producciones propias del INAEM va a ser imposible.

Para no insistir mucho más: parece un dislate esta situación contractual, este convenio anti teatral, fuera de toda lógica. Esto no es otra cosa que una decisión política que no se ha tomado hace tiempo y que nadie la cuestiona porque lo bueno, para mantenerse en el cargo, es no molestar. La imprudencia de mantener esta situación durante tantos años es una acumulación de despropósitos. Y la solución es muy sencilla, por eso no la toman: replantearse todo el engranaje general.

Aunque si uno se pone en el otro lado, en ese ochenta por ciento de profesión que no trabaja, ni en convenio, ni sin convenio, que no sabe ni contar las horas que mete para hacer una función a taquilla, cuya producción se hace por cruce de amistades, préstamos minúsculos y mucho esfuerzo y valor, ver esta situación le puede llevar a preguntarse una vez más, ¿para qué sirven esas supuestas y nunca comprobadas buenas prácticas de las unidades de producción del Estado en Madrid? Hay tantos desajustes, tantas inseguridades, tantas injusticias en el campo de las Artes Escénicas, que es imperdonable la demora en ponerse a buscar soluciones con planteamientos nuevos desde los partidos políticos hasta los sindicatos y organizaciones gremiales. Pero tenemos otros objetivos más apetitosos, a partir de ahora todos académicos. Aquí la casta de confunde con la caspa.

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