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Lun, Sep

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Vengo de una semana realmente impresionante. De Donostia y su dFERIA, con una actividad normal y una excepcional, el estreno de una obra escrita por este servidor en la soledad de las veladas creativas a tras horas, la coordinación de una mesa debate sobre las otras aduanas invisibles de las artes escénicas, de la que tanto aprendimos los apenas dos docenas de presentes (los demás, los que no pudieron (sic) venir tenían muchas cosas que soñar en sus siestas), y sobre todo, la presencia de espectáculos teatrales o de danza, de esos que conmueven, que le alteran a uno la vida.

Sin solución de continuidad me incorporé al ALT de Vigo, desde donde escribo estas líneas, y además de lo programado en este festival de la alteralidad escénica, pude concluir el domingo viendo la última producción recién estrena de Teatro Ensalle. O sea, una semana completa, inolvidable, repleta de sensaciones encontradas, que la titulo como Terapia Teatral ya que pese a la acumulación de quinquenios, canas, venganzas e imbecilidades a granel, algo me reafirma ante mi espejo, mi biografía, la historia y la estulticia general: NO LOGRARÁN JAMÁS QUE DESAPAREZCAN LAS ARTES ESCÉNICAS. Ni siquiera los que la hacen con desgana y de manera transitoria buscando otras estaciones de destino.

Podremos ser mediocres, creernos geniales, ofrecer obras, coreografías, poéticas trasnochadas, resplandecientes, magníficas u horrendas. Nos equivocaremos mucho, poco o nada, haremos teatro complaciente o hiriente, con lucidez o desde la obturación del riego creativo, desde el compromiso o desde la frivolidad, pero siempre, siempre, a alguien le servirán nuestros trabajos. Siempre que logremos cambiar a alguien un segundo de su destino a base de emociones, sacarle de su ensimismamiento, hacerse alguna pregunta durante y después de ver nuestra obra, de escuchar nuestra música, seremos útiles.

No escribo desde la ampulosidad del converso, ni con ningún atisbo de magnanimidad preventiva, sino desde el convencimiento. Vale más una pirueta mal trazada de un joven danzante balbuceante, que mil discursos. El Teatro debe conmover, debe hablar a los hombres y mujeres de hoy, con multitud de lenguajes, pero siempre desde lo artístico, es decir superando lo administrativo, lo reglamentario. NADIE PUEDE PARAR LA FUERZA TRANSFORMADORA DE LAS ARTES ESCÉNICAS.

Por lo tanto tengo que confesar que mi compromiso con esta fuerza imparable, es vocacional, entera, ABSOLUTA, TOTAL Y TOTALITARIA. Yo me purifico viendo un espectáculo de Matarile. Salgo mejor persona, más convencido en que merece la pena hacer teatro desde el lugar que en cada momento le toque a uno. Y nadie puede invisibilizar lo intangible, ese pálpito de comunión en las ideas, en el espacio, en el tiempo, cuando la ley de la gravedad es una obviedad, pero el amor una certeza que se escapa, como se escapa la vida, que es esto que hacemos más allá de respirar.

Podría decir lo mismo al escuchar unos versas satíricos de Quevedo, al ver a una compañía mexicana de actores institucionales, es decir funcionarios, que se cuestionan sus cincuenta años de profesión con lucidez, escuchar una evocación de Mikel Labora, disfrutar de un baile que me hace suspender el aliento esperando ayudar a acompasar la respiración de la bailarina. Esto es único, IMPAGABLE. Por lo tanto arrebatemos la posibilidad de censura de los tontos con gorrita a cuadros. Liberemos al TEATRO de sus controladores. Proclamemos la buena nueva de que EL TEATRO ESTÁ DE VUELTA, que estamos aquí para entablar con nuestros convecinos, de escalera, de barrio, de ciudad, comunidad o cosmos una relación completa, con final feliz, porque aunque sea una obra imperfecta, aunque técnicamente podamos encontrar mil fallos, incluso aunque sea hecha desde la impudicia o el diletantismo, siempre hay un momento que solamente lo proporciona esto que yo llamo TEATRO, y que conocemos para despistarnos como ARTES ESCÉNICAS.

La Cultura se debe reivindicar siempre como una fiesta de los sentidos. Y dentro del concepto de Cultura, las artes escénicas y preformativas, dada su profundidad de descubrimiento e iniciación y su legitimidad histórica, las que más se acercan a lo estrictamente insustituibles. Debe ser la última actividad humana que nos ayuda a interpelarnos, a cuestionarnos nuestras relaciones con la naturaleza, los dioses y los demás seres humanos.

Por ello cuando la primavera nos ha visitado tras un duro invierno, celebrar una fiesta cultural reivindicativa es la mejor manera de hacernos notar. Incluso de dar la nota. Porque si las mareas multicolores iban defendiendo las cuestiones puestas en peligro por el actual gobierno español y que forman parte de la estructura democrática de una colectividad: sanidad, educación, fundamentalmente, universales, públicas y gratuitas, no había existido una marea cultural, una reivindicación de lo cultural como un bien común, que debe estar protegido por el Estado porque se trata de un derecho básico de todos, no solamente de quienes la hacen, sino, especialmente de quienes la disfrutan, la usan, la ven, la oyen, la leen.

Hay un complejo que se contagia sobre el valor absoluto de la actividad cultural como bien social irrenunciable. Siempre entran dudas, se balbucean frases menores en su defensa, no se estructura un discurso realmente coherente y que no deje lugar a dudas. Hay que garantizar a la sociedad, de manera democrática, el acceso de todos, sean de la condición social que sean, el acceso a la Cultura: los museos, los conciertos, las obras de teatro, la danza, la poesía, la novela, los relatos audiovisuales y un sinfín de rubros más que ayudan a entender mejor al mundo y a sus habitantes. Y hay que dejarlo claro, sin medias tintas, sin recovecos.

Aquí viene una trampa en el discurso. Se garantiza todo ello en la escala menor, en la televisión. Recuérdese que hubo un decreto que declaró al fútbol de "interés general", y todavía los partidos de la selección española, deben emitirse en abierto. Para muchos la televisión ofrece a todas las clases sociales los contenidos que se deben calificar hoy como cultura popular. Y nadie va a negar que la televisión ha sido un elemento que procura una cierta uniformidad de información, pero mirado su funcionamiento más cotidiano y habitual, lo que hace es ofrecer un entretenimiento alienante que ayuda a desculturalizar a grandes masas de población. Es un elemento de intervención ideológica, desmovilización y simulacro.

Hoy tenemos una alternativa en pañales, Internet, las redes sociales, todo lo que se nos presenta como posibilidades de usar esta herramienta para transmitir valores culturales, pero nos tememos que las legislaciones que se van aprobando, el uso banal, la masificación, acabará haciéndolo un instrumento más de consumo y de servicio a la transmisión de unos valores a-culturales.

En ambos casos se deberían usar para la difusión, para la publicidad de los acontecimientos culturales de exhibición en vivo y en directo, y en el mejor de los casos con una transmisión instantánea, pero que no suple el auténtico valor de comunicación convivencial, inmediata de todas las fiestas culturales, de todas las experiencias en artes escénicas y musicales, que requieren de la presencia, de la complicidad, incluso de la obligación necesaria de estar en un lugar en el mismo tiempo.

La Cultura, esta Cultura de la que hablamos, debe ser protegida, ayudada, instalada en el uso voluntario de la sociedad, en los hábitos de la ciudadanía. Y eso se debe hacer e impulsar desde los presupuestos generales, desde un diseño de estructuras viables y sostenibles, de crear una imagen positiva, de accesibilidad y de goce de todo lo que sea cultural. No estigmatizar, ni convertir el teatro en un subproducto televisivo de diversión barata; ni darle a la poesía ningún baño de oscuridad, ni hacer ver que el arte contemporáneo es algo incomprensible. Lo inmediato es educar en valores culturales y artísticos a todos los educandos, divulgar la cultura con la misma pasión que se divulgan los vómitos de Messi. Si lográramos algo parecido, si todos entendiéramos que debe existir Cultura pública y al abasto de todos, si conseguimos una marea cultural, seguro que todos y todas seremos mucho más felices y tendremos un futuro mejor. O al menos más dialéctico, menso dogmático, más luminoso. En definitiva, más festivo.

¿Es sostenible una compañía, grupo o empresa con sólo doce actuaciones fuera de su comunidad en este año 2014? Por mucho que se intente hacer creer que Platea es la panacea (perdón por el pareado), lo cierto es que ya empiezan a darse cuenta algunos agentes afectados de que se trata de un placebo. De una ocurrencia que ha servido para mantener entretenidos con inscripciones, carpetas y contactos a los diferentes gremios, pero que al final va a quedarse todo en aguas de borrajas. O peor aún, en agua estancada, envenenada que no fluye y que va a dibujar un mapa de complacencias que no va a ser fácil recomponer en los próximos años.

Pero bien mirado, media docena de bolos, para muchos, es un objetivo casi imposible. Y más con una gran excusa como es Platea. Es decir, antes no había actuaciones, ahora, esa media docena de media por cabeza y solamente dentro de Platea, lo demás desaparece con el aplauso general de la profesión que una vez más ha tragado el anzuelo y se queda con cara de satisfacción, pensando que "a mí me han salido doce bolos", pero que en realidad, a excepción, gloriosa excepción y plausible excepción, con el teatro de calle que por primera se contempla dentro de acciones de esta índole, no han abierto mercados, sino que allá donde antes iban de manera habitual, ahora van a través de Platea. ¿Se ha ganado algo? Veremos.

En los propios teatros, salas, casas de cultura, en la parte contratante para entendernos, los programadores, la sensación es de sorpresa, aprovechan, no ampliando el número de actuaciones que iban a programar, sino rebajando riesgos, abaratando la misma. Conozco a más de uno que ha debido quitar compromisos adquiridos, retrasarlos para ser exactos, para meter los que le han tocado en el cupo. ¿Esto ayuda a crear seguridad o perpetúa la inseguridad? Si los responsables políticos, que son los que deciden el presupuesto que otorgan para la gestión de los teatros municipales, ven que se puede hacer lo mismo (a su entender pues solamente les interesa los números), con menso dinero, ¿por qué van a dar más recursos a su teatro en los próximos ejercicios?

Supongamos que se mantiene esta Platea, al menos durante lo que queda de esta nefasta legislatura de Wert y el invisible Lasalle, ¿no sería además una manera de restar competencias a los ayuntamientos, de quitarles libertad de elección, de programación? Estos ultraliberales hacen políticas intervencionistas asombrosas, seleccionando, apartando, puliendo desde el centro de todos los centros, desde Madrid, la oferta. Increíble. Dentro de la obsesión recentralizadota del desgobierno del señor Rajoy es una jugada perfecta, porque además crea dependencia.

Ha sido muy curiosa la urgencia en hacerse fotos los responsables del INAEM con cargos de la Generalitat catalana, indicando que algunos teatros catalanes participaban en Platea. Me da mucho qué pensar. ¿Por qué lo hacen si en teoría no debe entrar el ministerio en territorio catalán en asuntos culturales? Por el dinero. La pela es la pela. Nada más que por un dinero sacado de repente de un fondo no existente en los presupuestos generales y que se está utilizando como un pasquín electoral más.

Quedan muchas más dudas, ¿se gastarán los seis o siete millones de euros que anuncian en el INAEM? Si no se gastaran o gastasen, ¿a dónde irían los excedentes? Si alguien contestase esta pregunta, a lo mejor entenderíamos mejor esta acción tan aparatosa, tan precipitada, tan propagandística y que va a reventar, a mi entender, todavía más los circuitos, las redes, porque no está pensada ni valorada, sino que se va de ocurrencia en ocurrencia con complicidades que algún día descubriremos. Se trata de meter dinero al sector, como dicen los del oligopolio. Pues adelante, que les aproveche, pero deberíamos ir pensando en acciones de carácter político y regladas que de verdad ayuden a consolidar el sector, a generar públicos y a obtener presupuestos solventes y estables en los teatros. No esta rifa que en ocasiones da risa, cuando no vergüenza.

Algunos de nuestros cada vez más numerosos lectores (muchas gracias a todos y todas), me hablan de esta columna como de la "editorial". En la revista ARTEZ, la editorial aparece encabezada con claridad, y se trata de una opinión editorial en toda regla. En cambio, esta columna quiere ser la opinión de quien aparece en la foto, pero es lógico que se produzca esa mirada de espejo, por lo que hoy estas líneas se escriben a modo de editorial, o al menso quisiera hablar un poco de nosotros mismos.

Y lo quisiera hacer para agradecer una vez más a los lectores, a los anunciantes, pero muy especialmente a los colaboradores que son los que le dan un contenido de calidad, son el valor añadido de estas páginas virtuales. Porque los que vamos alimentando constantemente de noticias del cuerpo central somos parte de la estructura general (cada vez más mengante) de todo el proyecto de edición de este periódico digital, la revista ARTEZ y la editorial Artezblai. La Librería Yorick es totalmente autónoma, aunque forme parte de nuestro proyecto general y en su accionariado básico estemos las mismas personas, su día a día, funciona independiente, al igual que tiene autonomía económica.

Decía que los colaboradores, tanto aquellos que aparecen habitualmente, como los que nos mandan críticas, entrevistas o colaboraciones esporádicas, son los que le confieren una identidad propia que nos ayuda a distinguirnos de otras iniciativas virtuales (cientos) que desde que nosotros aparecimos en el año 2001 como portal, han ido poblando ese mundo en donde habitan estas ofertas de comunicación en el ámbito específico de las artes escénicas.

Y lo más de agradecer es que ninguno recibe ningún emolumento por ello. Se hace con una solidaridad a prueba de coyunturas. Nosotros intentamos colaborar por nuestra parte con ellos y ellas de las maneras que podemos, pero el hecho fundamental es que un periódico de esta entidad, se mantiene con el voluntariado de firmas, es decir de personas especialistas en lo suyo y de un alto nivel de competencia. Es por ello que nos sentimos muy orgullosos de poder tenerlos compartiendo nuestras páginas, de que formen parte de esta realidad que crece en número de visitas, de interés en todo el ámbito iberoamericano por lo que este crecimiento debe ser repartido de manera alícuota con todos los que aparecen con una fidelidad que les honra y nos enorgullece.

Lo cierto es que desde empezamos con estas colaboraciones sistemáticas, han sido muy pocas las bajas, y todas fruto de las circunstancias de quien escribía, en unos casos por incompatibilidad con algún cargo, en otras por imposibilidad y exceso de trabajo, y en algún caso, por desistimiento directo. Pero han ido acumulándose colaboradores, y esperamos que en breve se vayan sumando otros. Y mirando a simple vista los que ya tenemos es un panorama muy amplio del quehacer en las artes escénicas. Desde la oralidad, como excusa, Germán Jaramillo Duque desde Colombia nos viene dando que pensar desde el principio, hasta la gestión, con la última incorporación, Miguel Ángel Pérez, Maguil, que se estrena en estas páginas para hablar de la gestión cultural y lo celebramos porque era una de las cuestiones que nos faltaba y nadie mejor que él para ayudarnos a atravesar esas frondosas selvas administrativas, de gestión, desde una mirada abierta y fundamentada en la praxis, no solamente en la teoría.

En los últimos meses se han incorporado voces que nos ayudan a entender otras realidades. Maite Tarazona, una ingeniera que un día se sintió herida por el teatro y hoy está en Wroclaw, Polonia, en el Laboratorio del Instituto Grotowski donde está a punto de estrenar un trabajo actoral, pero que nos explica lo que sucede por esos lugares para que podamos comparar, o a Alfredo Tauste, que desde hace dos semanas cuenta su experiencia en Nueva York.

Otros y otras llevan ya muchos años, como José Luis Arce, este dramaturgo, pensador y director cordobés quizás el más impenetrable, el de una escritura densa, pero ofreciendo relámpagos que nos dan luz. O Borja Ruiz, autor de uno de los textos de referencia en los últimos años, "El arte del actor en el siglo XX", y que en sus columnas marca un territorio entre la ciencia, es doctor en farmacología genética y el arte, con una visión científica a la vez que didáctica.

Tres mujeres que acostumbran a profundizar en cuestiones sensibles en sus colaboraciones, Juana Lor, más sistemática, más racional pero con movimientos de melena cautivadores o Marianella Morena, que desde Uruguay nos cuenta la bellísima crudeza de los procesos de creación. Vanesa Sotelo, más intermitente, más poética, pero siempre ajustando su mirada a un acontecimiento particular que lo logra universalizar.

Jordi Duran, director artístico de la Fira de Teatre de Tàrrega que nos trae noticias de nuevas opciones escénicas, las tendencias europeas más radicales, que nos marcan caminos en los que husmear porque por ahí se va hacia el futuro. O Dimitri Psarrás, muy alejado de la sistematización temporal, que nos lleva al olimpo teatral griego. Afonso Becerra, un gallego con el que hablo en catalán y que ha decidido convertir sus columnas en auténticos ensayos sobre diversos aspectos de la creación en las Artes Escénicas, sin olvidarme claro está de Norka Chiapusso, el director de los teatros de Donostia y de su Feria, que acude cada semana para hablar de su gremio, la gestión, la programación, pero que se ha ido convirtiendo en un agente crítico, y que analiza los espectáculos con una entidad y criterios de fondo que para sí quisieran muchos que se dice críticos.

Con ellos hacemos este periódico, y con el cada vez más escuálido grupo de trabajadores habituales. Lo hacemos con la intención de dar un servicio a toda la Comunidad Teatral Iberoamericana. Lo seguiremos haciendo porque encontramos mucho sentido a nuestra labor y porque recibimos muestras de que sí es recibido, como algo que interesa a profesionales y aficionados. Y de nuevo indicar que esto está abierto para todos: no se discrimina a nadie, y si no salen más informaciones es por incapacidad física y temporal para atender a todos de la manera que se merecen.

Esperamos vuestro apoyo como hasta ahora. Nos sentidos útiles, cosa que veces en este gremio cuesta percibir. Cometemos muchos fallos, salen erratas, se nos olvidan estrenos, tramos a algunos festivales sin su merecida importancia. Perdonen las molestias, estamos trabajando para mejorar.

Escribo camino de Gijón para asistir a la Feria Europea de Teatro para Niños y Niñas, FETEN. Uno viaja con varios convencimientos que ya hemos plasmado en varias ocasiones. El principal es que gracias a la constancia de varias compañías especializadas en este tipo de teatro, de la colaboración abierta y constructiva de las instituciones y administraciones en todos sus rangos, en las últimas décadas en el teatro español, en general, todo lo referente al teatro y danza dedicada a niños y niñas ha evolucionado de una manera positiva. Muy positiva.

Se ha ordenado de manera razonada, se establece edades, se busca la calidad artística antes que el producto de mercado, se programan campañas de una manera mucho más estudiada, existen circuitos y programaciones especializadas y, sobre todo, se sigue debatiendo, se siguen estudiando los logros o detectando los defectos. En este campo, con los desastres que en estos últimos años la crisis y el oportunismo están causando, se puede asegurar que se está a la altura de los tiempos, uniendo la parte docente, la integración en la escuela y el desarrollo de temáticas y estéticas propicias y contemporáneas. Dentro del horario lectivo, o en el tan importante teatro familiar, el que se acude acompañados de sus tutores.

Pero llegados a este punto, nos entra el pánico. ¿Dónde se rompe esta evolución? ¿Qué sucede con los cientos de miles, probablemente millones de niños y niñas que han tenido desde su nacimiento hasta los doce o catorce años posibilidades de ver teatro y danza adecuados a sus edades, cuando empieza a salirles el acné? ¿Existe alguna posibilidad de establecer alguna coordenada para delimitar el teatro juvenil o adolescente? O dicho de otro modo, ¿qué teatro le puede interesar a los jóvenes de hoy en día? ¿Desde dónde se deberían tomar las medidas oportunas? ¿En los institutos, en las universidades, en las programaciones de los propios teatros?

Podría estar hasta pasado mañana haciéndome, haciéndoles, preguntas. No son retóricas, son amargas, porque uno lleva muchos años intentando pensar sobre estas cuestiones, participando incluso en planes concretos, y todavía no se ha establecido un marco adecuado para que no se corte la evolución. En algunas épocas parece que resurge el teatro universitario, en algunas ciudades o comunidades hay muestras de teatro realizado en institutos, pero no existe nada que ayude a fijar un objetivo, una estrategia y mantenerla en el tiempo.

En los institutos, sabemos, que todo depende de la voluntad de algún profesor o profesora. En la universidad algo parecido. Los talleres teatrales no acaban de trascender y contagiar. Es una realidad que se debe transformar, que se debe atender de una manera seria, estructural, y con criterios de valor absoluto en lo teatral, en las artes escénicas, y no como un apoyo a la clase de literatura que es lo único que ahora parece establecerse. Y claro, perdonen la insistencia, llevar a unos jóvenes a ver el reaccionario, por contenido y formas, teatro del siglo de oro al uso actual de las producciones que se propician, me parece que es contraproducente.

Sí, es muy difícil. Es tan difícil como poder definir qué es ser joven, adolescente, adulto. No ha funcionado mucho el teatro pensado de manera exógena para interesar a los adolescentes y jóvenes. Debe ser una unión de diversos factores: temática, forma, estética, espacios donde se ofrecen. Y debe intentarse aprovechar lo que se hace con los niños y niñas, y alargar ese esfuerzo, la evolución, la integración en el campo docente, la complicidad de la escuela, de los enseñantes, y que se planteen estudios profundos desde la sociología, la dirección escénica, la dramaturgia para intentar investigar y proponer un plan y un campo de acción.

Tengo la cara del Secretario de Estado Cultura en la ceremonia de los Goya clavada en mi memoria y me impide escribir de lo que quiero escribir, por lo que voy a intentar borrar esa cara delatadora del señor Lasalle con unas pocas frases: me parece patética su actitud. Lo del ministro Wert está claro que es un señor amortizado políticamente y que está pidiendo a gritos el cese, pero el silencio, la pasividad, la postura de funcionario inane, de servil y acomodaticio del señor Lasalle es más negativa que la chulería de su ministro o exministro. Y dicen que puede ser el sustituto. Me pregunto ¿leerá el Marca o el AS?

Más o menos situado ya con el espíritu adecuado, mi ansiedad crece con la constatación in situ de la edad media de los espectadores que acuden a presenciar las obras de teatro. Tengo la oportunidad de acudir a teatros de gran prestigio en capitales, a teatros de programaciones habituales de calidad, en salas medianas, pequeñas, alternativas, micros. En Euskadi, en Madrid, en ferias y festivales, en Iberoamérica y Europa, y cada vez me parce que estamos en una complicada situación, en la que existe una clientela más o menos fidelizada, de una edad que nos da una foto fija donde parece evidente el envejecimiento, que deberíamos desmenuzar porque puede ser un síntoma de una enfermedad que de cronificarse puede ser grave.

Existen estadísticas que me pueden matizar o incluso contradecir, pero es muy infrecuente encontrar en las programaciones habituales de nuestras salas y teatros espectadores menores de treinta años. En ciertas programaciones, podríamos elevar esta frontera unos cinco o diez años más. Es "nuestro" público actual, al que debemos cuidar, pero me pregunto, ¿nos conformamos con esto? Dicho de otro modo, la no renovación de públicos, el no acceso de nuevas generaciones a las salas, al disfrute de las artes escénicas ¿no es una condena a su desaparición? En las salas alternativas existen unos públicos más jóvenes, en su mayoría estudiantes de artes escénicas, círculos de amistades de los actuantes, pero en cualquier caso estamos hablando de veintitantos años.

Aceptemos como argumentación que la crisis aprieta justamente más a los jóvenes, que el desempleo en los jóvenes es mucho mayor que en otras capas, que esos espectadores que aparecen en la foto fija, la mayoría mujeres, de esas edades medias, con estudios y trabajo, responden socio-económicamente a una situación compleja que se repite no solamente en las grandes urbes, sino en las localidades de menor demografía con teatros de titularidad pública. Debemos comprender que todo influye, pero me malicio yo que lo que más influye y de lo que no se quiere ni hablar es la propia programación. Una programación que atiende a esas poblaciones tipo, que les proporciona las obras que ellos desean, con los contenidos que les reafirman social, estética, políticamente. Fuera de esto no se programa nada que altere esa comodidad. Es decir no se buscan nuevos públicos. Se crea un circuito cerrado. Y romperlo parece hoy en día imposible, pero no existe otra posibilidad para no contribuir a este desgaste imparable de la relación entre lo que se hace, cómo se hace y quiénes lo reciben, lo disfrutan, y quizás se identifican con lo que se les ofrece.

Hay que implementar muchas medidas, pero lo primero es discutir sobre esta circunstancia, analizar en profundidad esta situación para encontrar las soluciones o las actuaciones y planes adecuados para que no se atrofie y se puede revertir la tendencia. En Iberoamérica, por cierto, la pirámide edad es casi al contrario. Con todos los matices que se quiera, pero es que la programación comercial está reservada para los teatros comerciales y no se contamina todo como sucede, a mi entender, en nuestros escenarios. En Europa es igual, los teatros públicos hacen programación actual, no comercial, buscan nuevos públicos y crean tejido cultural.

A uno le parece que en estos momentos hablar de teatro de repertorio sonaría como anacrónico. La convulsión es tan grave en cuanto a falta de perspectivas, de proyectos, que pretender que se establezcan valoraciones previas, se diseñe una dramaturgia de grupo, productora o teatro, es pedir un imposible. Lo vemos hasta en las unidades de producción institucionales que funcionan a base de criterios aleatorios, de mercado y no de objetivos diseñados para establecer un proyecto que se convierta en un legado, en una idea con proyección y capacidad de liderazgo. Todo se establece de manera casual, oportunista, sin una hoja de ruta, ni plan, ni discurso. Con cuatro ideas vagas vamos rellenando las programaciones. Y además parece que va muy bien, que se llenan los teatros, entonces, ¿para qué preocuparse?

El repertorio es un manifiesto, una manera de seleccionar una serie de obras, autores, tendencias que conformen una idea de la historia del teatro, de la configuración de una dramaturgia identitaria o de una serie de criterios estéticos que vayan definiendo una época, una historia, algo. Esto debería ser obligatorio en los teatros públicos con producciones propias, una auténtica "buena práctica", porque lo contrario es programar con criterios a-culturales, simplemente de una comercialidad diferente, sin progresión ni asentamiento de nada más que una gestión administrativa, gerencial, económica que se resume en una estadística de ocupación, pero sin valoración artística ni cultural. Y de paso se confunde a los públicos, se hacen contenedores de todo a cien.

Porque resulta curioso que en donde hay un auténtico repertorio es en los asuntos que desde la gestión cultural se intentan contextualizar su actividad, dotarla de contenidos teóricos que sirvan para establecer programas y planes. Digo repertorio porque al tener la oportunidad de acudir a diferentes lugares del planeta Tierra para participar en debates o como escuchante, resulta que hay una media docena de palabras mágicas, de conceptos fuerza que se repiten, se adaptan a cada lugar y crece una suerte de tejido adiposo al hecho teatral, cultural, creativo y artístico que funciona en paralelo y, en ocasiones, al margen de la realidad.

Mirado desde una perspectiva muy optimista se podría calificar como que actualmente la vanguardia reside en la gestión, pero si se vuelve a mirar, se encuentra una distancia enorme entre las formulaciones y los hechos. Y en el repertorio de internacionalización, búsqueda de públicos, ciudad y cultura, muy importantes, el asunto va más por la arquitectura, la museística que por la cultura de exhibición, las artes escénicas. Y todo viene exportado desde las realidades y experiencias de megaciudades europeas de larga tradición cultural institucional que se pueden aplicar de muy malas maneras en las grandes ciudades y alguna ciudad media, pero imposible de convertirse en un hábito generalizado.

Pero bueno, mejor que se puedan ir confrontando experiencias diversas, por si acaso un día es posible aplicar alguna de estas cuestiones, y se establecen en algún lugar, pueblo, villa, ciudad, región comunidad autónoma, nacionalidad o estado peninsular e insular alguna estrategia de largo alcance, que se plasme en un proceso constitutivo de un nuevo paradigma, de una LEY que regule estas prácticas. Y que se acuerden todos que sin cultura, no hay gestión cultural, y que en teatro, danza, y las artes preformativas, sin los actores o danzantes o músicos no hay posibilidad de convocar a los públicos, que son lo único necesario para hacerlo realidad. Los demás son accesorios, en algunos casos, importantes, pero no imprescindibles.

El nombramiento de Claudia Barattini como ministra de Cultura en el gabinete de Michelle Bachelet que tomará posesión el próximo 11 de marzo en Chile, nos viene a cuento primero para felicitarla, para desearle mucha suerte en su gestión porque ya empiezan los bombardeos mediáticos a su nombramiento y su vinculación hasta antes de ayer a la Fundación Teatro a Mil en su capítulo de internacionalización, y recuerdo una de las conversaciones con ella y otros trashumantes de hace apenas unas pocas semanas en las que recordábamos que queda tanto para hacer, desde las instituciones, desde las organizaciones gremiales o sindicales, desde los movimientos ciudadanos, con un horizonte en donde aparezca la implementación de leyes, medidas de promoción, de democratización en todo lo referente a la cultura, y especialmente a las artes escénicas que es de lo que más conocemos.

No es tarea fácil asumir las labores de un ministerio de estas características. Se tienen que tener las ideas claras, la voluntad política, el amparo de la presidencia, planes específicos y mucha capacidad de diálogo para establecer vínculos efectivos, complicidades y actuar de manera rotunda en ciertos aspectos, revisar otras estructuras y planificar el futuro desde una mirada abierta, nada sectaria y favorecedora de todos los integrantes del complejo mundo cultual sin olvidarse de lo más importante, la ciudadanía, el receptor y usuario de esos bienes culturales. Un abrazo para Claudia, un deseo de que logre cumplir con sus objetivos y que salga sin muchos rasguños de todos los ataques que le van a venir inmediatamente.

Pero si nos sentimos vinculados a la ministra del gobierno de Chile, ¿por qué nos sentimos tan lejanos, ajenos, encabronados con nuestro ministerio, nuestro fantasmagórico secretario de Estado, nuestro atildado director del INAEM y todo cuanto le rodea, lo cierne, lo amortaja? Uno siente malestar al pensar en este ente, es como una pérdida de tiempo constante, un barquito de papel en un océano, sin capitán, ni grumetes. Todo parece hacerse con una inercia mortecina, sin levantar más complicidades que las de aquellos que viven parásitos en sus estructuras o con sus prebendas, sin capacidad de liderazgo. Un departamento zombi que lleva a todas las artes escénicas a la invisibilidad, con unas unidades de producción propias en su más bajo perfil artístico, que se precipita hacia el desamparo cultural para dejarlo todo en manos de lo comercial, de la oligarquía teatral a la que alguien, o todos, les debería parar los pies o al menos bajarle los humos.

Sí, queda Tanto Por Hacer, que por algún lado se debe empezar. Me gusta el movimiento para reclamar el uso de los teatros madrileños abandonados, o en mal uso de propiedad municipal. Me parece muy apropiado que la profesión, la artística no solamente los autoproclamados gestores, se preocupe por sus herramientas primordiales de trabajo como son los teatros, las salas, lugar donde se produce el hecho teatral. Y es el momento de pringarse. De no cejar, de volver a escribir el presente y el futuro. Yo juraría que fue en la primera legislatura de Felipe González, 82/86 cuando se establecieron las pautas generales organizativos, reglamentarias con las que hemos ido funcionando hasta ahora.

Desde entonces las reformas no han sido para mejor. Treinta años después la sociedad ha cambiado mucho, los espectadores, los lenguajes, las relaciones con el mundo, la forma de recibir bienes culturales, incluso la manera de utilizar el tiempo de ocio. Y debemos volver a pensar qué se debe hacer ahora, ya, con todo lo invertido y en ocasiones pervertido por su mal uso. No escuchemos solamente a estos brujos neocon, que todo lo resumen a unos resultados económicos, que proclaman el neoliberalismo, el mercado para los demás, pero que viven y muy bien con varios salarios de funcionarios y de empresarios que contratan con lo público de manera reiterada. No, escuchemos también a los poetas, a los que tiene alguna experiencia fuera de la corte, a quienes tienen algo que decir. Porque, de verdad, queda TANTO POR HACER, que lo tenemos que hacer entre todos.

Una año más, el paseo por la Alameda santiagueña, el repaso por algunos de los cientos de montajes que se ofrecen en el macro festival Santiago a Mil, nos devuelve el pulso determinante pues nos encontramos con montajes que continúan repasando el pinochetismo, que plantean preguntas, dudas, aseveraciones, que se posicionan de una manera clara y evidente. Quizás se podría entender que falta un teatro que represente a los que justificaron, potenciaron, auparon, contribuyeron, colaboraron y eran, y muchos son, pinochetistas sin mala conciencia. Ese teatro quizás sea el que no dice nada sobre lo que fue el terror de la dictadura, el que mira a otro lado, el que calla.

Y un año más, ante esta realidad escénica, surge la misma pregunta ¿por qué el teatro español no ha sido beligerante con el franquismo? Podríamos hablar de todas las artes, y de la cultura en general, y cada vez que se plantea esta pregunta entre los desplazados a Chile, o en otros foros, intentamos hacer un listado de las obras que directamente se involucraron, que se posicionaron, que dijeron la verdad sobre alguna de las múltiples barbaridades que sucedieron en esos cuarenta años de oscuridad, violencia estatal, tortura y hurto de las libertades generales. Y nos sale muy corta. Y muy periférica. Y con asuntos muy aislados. Y con mucho miedo.

Recuerdo ahora mismo un detalle ilustrativo, en un Festival de las Artes de Calle de Valladolid, se estrenó una obra de danza de una compañía andaluza, en donde se denunciaba la violencia política, y se sobreponían unas imágenes de las atrocidades nazis. Unos invitados europeos, plantearon claramente una buena reflexión, ¿para que irse a lo Hitler si tenían los españoles lo de Franco, con tantas muertes, violencias, campos de concentración y fusilamientos como para ilustrar esa obra? Es una pregunta capital.

Y es verdad, aquí se ha denunciado la barbarie nazi de una manera o de otra, pero jamás la barbarie franquista. Y eso debe ser fruto de la maldita, falsa y traicionera transición que sirvió para anestesiar a la población, para validar a los franquistas que se volvieron "demócratas de toda la vida", y que nos lleva a este neo-franquismo que estamos viviendo en las filas de los azules, de los nacionales, de los ganadores de aquella guerra asquerosa ahora revividos y con ansias de venganza y de recuperar sus privilegios.

Uno mira espectáculos como lo de Lola Arias, "El año en que nací", tanto en su versión original argentina, o en la chilena, y parece imposible que se pueda hacer algo similar aquí. Entre otras cosas por la distancia, por los años trascurridos. Pero qué bueno sería hacer un teatro depurativo, sanador, que todas las partes pudieran explicar sus posturas, que se reconociese el daño causado por los franquistas, que se salve la memoria de los republicanos asesinados, exiliados, que era los legítimos, y no los insurgentes, con ese criminal tan aplaudido llamado Franco al frente.

Nunca es tarde. Seguramente muchos que me lean pensarán que es un aburrimiento, que no le interesa a nadie, que es agua pasada. Y yo quisiera significar que no, que es necesario recordar la historia reciente, esos años de destrucción, de aniquilación de republicanos, comunistas, anarquistas y socialistas, convertidos en un concepto: los rojos. Los aniquilaron, es decir, los asesinaron, para que no existiera memoria. Y a la poca que queda le están echando más tierra encima. Por eso, habría que declarar un objetivo, un género, una necesidad hacer un teatro sobre estos asuntos. Libre, formalmente adecuado, de teatro-documento del siglo XXI o de teatro de creación. Creo que los jóvenes se lo merecen, para que no se confundan con los orígenes de las grandes fortunas actuales, para que sepan quién fue su abuelo, combatiera en un bando u otro. Esos silencios familiares han capado la inteligencia emocional de muchos de nuestros conciudadanos. Quitémonos el miedo de una puñetera vez.

Vamos camino del Sur. Esta vez con una primera etapa en Santiago a Mil, ese majestuoso festival que se va convirtiendo en una cita multitudinaria, pero la semana próxima nos iremos un poco más al sur, a Punta Arenas, al festival más austral del mundo, Cielos del Infinito. El primero es un clásico, el segundo uno emergente. El de Santiago consolidado, mudando de piel siempre, en evolución, sirviendo al público santiaguino, pero a la vez, a la comunidad teatral local, chilena e iberoamericana. El otro, buscando su identidad con toda la frescura de la juventud y de los nuevos paradigmas de gestión. Os lo contaremos.

Pero mientras vamos y venimos, estamos otra vez con la indefinición general sobre la gestión de los teatros de titularidad pública. En Madrid se ha creado una Liga de las Artes para intentar racionalizar el discurso de la externalización, que es el eufemismo que empleamos para no decir la privatización de los teatros municipales. He escrito racionalizar porque hay que matizar mucho en estos asuntos, ya que no es que nadie quiera satanizar la gestión privada, pero tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados cuando esa privatización se hace desde la falta de trasparencia, sin objetivos "culturales" claros, simplemente con una actitud que parece desde la gestión política quitarse un problema, sacarse de encima un asunto que no acaban de comprender.

Es ahí donde hay que incidir. Se puede ir a la cogestión, con mucha donosura, pero con pliegos de condiciones claros. No se puede intentar rebajar costes a base de despidos, de suspensión de actividades, sino de una mejor aplicación de los recursos técnicos de gestión, pero partiendo de una idea primera, básica, que oriente la toma de decisiones. Y eso es lo que falta. Se hace sin más criterios que el de dar resultado económicos inmediatos, sin importarles nada más. Y es que desde la gestión pública, desde un ayuntamiento, una consejería o un ministerio, no se pueden aplicar únicamente criterios mercantiles, de resultados económicos, sino que se tienen que tener en cuenta los factores sociales, culturales, de igualdad de oportunidades. Deberes que la iniciativa privada no tiene porque cumplir.

Hay dos asuntos importantes a señalar: en Madrid se celebra la apertura de salas de 15, 20 o como mucho 50 localidades. Y lo aplaudimos, es un síntoma de iniciativa privada de riesgo, de inquietud, pero a al vez se están inutilizando o infra-utilizando otros espacios públicos, municipales, o no, de doscientos, trescientas o cuatrocientas localidades como mucho, que es el aforo ideal para la práctica y visualización y escucha en perfectas condiciones de las artes escénicas en vivo. Este en un dato que quizás ahora parezca accesorio, pero será troncal en unos meses si sigue este cierre o desaprovechamiento de salas de estas medidas.

Por otro lado, si todo es privado, si no existe apoyo a la programación desde las instituciones públicas, se puede estar conduciendo a una producción teatral absolutamente inane, políticamente dócil, estéticamente conservadora, que complazca a los instintos más básicos de unos públicos menso exigentes, es decir que se acabe con el teatro importante, el repertorio universal, el riesgo por los nuevos autores y directoras, la ambición escénica, para hacer un gran supermercado teatral comercial.

Por eso hay que estar alerta, no dejar que se tomen decisiones irrevocables que hipotequen los próximos diez o quince años los espacios para la práctica de las artes escénicas de titularidad pública, externalizando su gestión a grupos de presión, empresas de fortuna o el oligopolio. En Madrid y en todos los rincones de la piel de toro.

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