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Lun, Ene

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Algunos de nuestros cada vez más numerosos lectores (muchas gracias a todos y todas), me hablan de esta columna como de la "editorial". En la revista ARTEZ, la editorial aparece encabezada con claridad, y se trata de una opinión editorial en toda regla. En cambio, esta columna quiere ser la opinión de quien aparece en la foto, pero es lógico que se produzca esa mirada de espejo, por lo que hoy estas líneas se escriben a modo de editorial, o al menso quisiera hablar un poco de nosotros mismos.

Y lo quisiera hacer para agradecer una vez más a los lectores, a los anunciantes, pero muy especialmente a los colaboradores que son los que le dan un contenido de calidad, son el valor añadido de estas páginas virtuales. Porque los que vamos alimentando constantemente de noticias del cuerpo central somos parte de la estructura general (cada vez más mengante) de todo el proyecto de edición de este periódico digital, la revista ARTEZ y la editorial Artezblai. La Librería Yorick es totalmente autónoma, aunque forme parte de nuestro proyecto general y en su accionariado básico estemos las mismas personas, su día a día, funciona independiente, al igual que tiene autonomía económica.

Decía que los colaboradores, tanto aquellos que aparecen habitualmente, como los que nos mandan críticas, entrevistas o colaboraciones esporádicas, son los que le confieren una identidad propia que nos ayuda a distinguirnos de otras iniciativas virtuales (cientos) que desde que nosotros aparecimos en el año 2001 como portal, han ido poblando ese mundo en donde habitan estas ofertas de comunicación en el ámbito específico de las artes escénicas.

Y lo más de agradecer es que ninguno recibe ningún emolumento por ello. Se hace con una solidaridad a prueba de coyunturas. Nosotros intentamos colaborar por nuestra parte con ellos y ellas de las maneras que podemos, pero el hecho fundamental es que un periódico de esta entidad, se mantiene con el voluntariado de firmas, es decir de personas especialistas en lo suyo y de un alto nivel de competencia. Es por ello que nos sentimos muy orgullosos de poder tenerlos compartiendo nuestras páginas, de que formen parte de esta realidad que crece en número de visitas, de interés en todo el ámbito iberoamericano por lo que este crecimiento debe ser repartido de manera alícuota con todos los que aparecen con una fidelidad que les honra y nos enorgullece.

Lo cierto es que desde empezamos con estas colaboraciones sistemáticas, han sido muy pocas las bajas, y todas fruto de las circunstancias de quien escribía, en unos casos por incompatibilidad con algún cargo, en otras por imposibilidad y exceso de trabajo, y en algún caso, por desistimiento directo. Pero han ido acumulándose colaboradores, y esperamos que en breve se vayan sumando otros. Y mirando a simple vista los que ya tenemos es un panorama muy amplio del quehacer en las artes escénicas. Desde la oralidad, como excusa, Germán Jaramillo Duque desde Colombia nos viene dando que pensar desde el principio, hasta la gestión, con la última incorporación, Miguel Ángel Pérez, Maguil, que se estrena en estas páginas para hablar de la gestión cultural y lo celebramos porque era una de las cuestiones que nos faltaba y nadie mejor que él para ayudarnos a atravesar esas frondosas selvas administrativas, de gestión, desde una mirada abierta y fundamentada en la praxis, no solamente en la teoría.

En los últimos meses se han incorporado voces que nos ayudan a entender otras realidades. Maite Tarazona, una ingeniera que un día se sintió herida por el teatro y hoy está en Wroclaw, Polonia, en el Laboratorio del Instituto Grotowski donde está a punto de estrenar un trabajo actoral, pero que nos explica lo que sucede por esos lugares para que podamos comparar, o a Alfredo Tauste, que desde hace dos semanas cuenta su experiencia en Nueva York.

Otros y otras llevan ya muchos años, como José Luis Arce, este dramaturgo, pensador y director cordobés quizás el más impenetrable, el de una escritura densa, pero ofreciendo relámpagos que nos dan luz. O Borja Ruiz, autor de uno de los textos de referencia en los últimos años, "El arte del actor en el siglo XX", y que en sus columnas marca un territorio entre la ciencia, es doctor en farmacología genética y el arte, con una visión científica a la vez que didáctica.

Tres mujeres que acostumbran a profundizar en cuestiones sensibles en sus colaboraciones, Juana Lor, más sistemática, más racional pero con movimientos de melena cautivadores o Marianella Morena, que desde Uruguay nos cuenta la bellísima crudeza de los procesos de creación. Vanesa Sotelo, más intermitente, más poética, pero siempre ajustando su mirada a un acontecimiento particular que lo logra universalizar.

Jordi Duran, director artístico de la Fira de Teatre de Tàrrega que nos trae noticias de nuevas opciones escénicas, las tendencias europeas más radicales, que nos marcan caminos en los que husmear porque por ahí se va hacia el futuro. O Dimitri Psarrás, muy alejado de la sistematización temporal, que nos lleva al olimpo teatral griego. Afonso Becerra, un gallego con el que hablo en catalán y que ha decidido convertir sus columnas en auténticos ensayos sobre diversos aspectos de la creación en las Artes Escénicas, sin olvidarme claro está de Norka Chiapusso, el director de los teatros de Donostia y de su Feria, que acude cada semana para hablar de su gremio, la gestión, la programación, pero que se ha ido convirtiendo en un agente crítico, y que analiza los espectáculos con una entidad y criterios de fondo que para sí quisieran muchos que se dice críticos.

Con ellos hacemos este periódico, y con el cada vez más escuálido grupo de trabajadores habituales. Lo hacemos con la intención de dar un servicio a toda la Comunidad Teatral Iberoamericana. Lo seguiremos haciendo porque encontramos mucho sentido a nuestra labor y porque recibimos muestras de que sí es recibido, como algo que interesa a profesionales y aficionados. Y de nuevo indicar que esto está abierto para todos: no se discrimina a nadie, y si no salen más informaciones es por incapacidad física y temporal para atender a todos de la manera que se merecen.

Esperamos vuestro apoyo como hasta ahora. Nos sentidos útiles, cosa que veces en este gremio cuesta percibir. Cometemos muchos fallos, salen erratas, se nos olvidan estrenos, tramos a algunos festivales sin su merecida importancia. Perdonen las molestias, estamos trabajando para mejorar.

Escribo camino de Gijón para asistir a la Feria Europea de Teatro para Niños y Niñas, FETEN. Uno viaja con varios convencimientos que ya hemos plasmado en varias ocasiones. El principal es que gracias a la constancia de varias compañías especializadas en este tipo de teatro, de la colaboración abierta y constructiva de las instituciones y administraciones en todos sus rangos, en las últimas décadas en el teatro español, en general, todo lo referente al teatro y danza dedicada a niños y niñas ha evolucionado de una manera positiva. Muy positiva.

Se ha ordenado de manera razonada, se establece edades, se busca la calidad artística antes que el producto de mercado, se programan campañas de una manera mucho más estudiada, existen circuitos y programaciones especializadas y, sobre todo, se sigue debatiendo, se siguen estudiando los logros o detectando los defectos. En este campo, con los desastres que en estos últimos años la crisis y el oportunismo están causando, se puede asegurar que se está a la altura de los tiempos, uniendo la parte docente, la integración en la escuela y el desarrollo de temáticas y estéticas propicias y contemporáneas. Dentro del horario lectivo, o en el tan importante teatro familiar, el que se acude acompañados de sus tutores.

Pero llegados a este punto, nos entra el pánico. ¿Dónde se rompe esta evolución? ¿Qué sucede con los cientos de miles, probablemente millones de niños y niñas que han tenido desde su nacimiento hasta los doce o catorce años posibilidades de ver teatro y danza adecuados a sus edades, cuando empieza a salirles el acné? ¿Existe alguna posibilidad de establecer alguna coordenada para delimitar el teatro juvenil o adolescente? O dicho de otro modo, ¿qué teatro le puede interesar a los jóvenes de hoy en día? ¿Desde dónde se deberían tomar las medidas oportunas? ¿En los institutos, en las universidades, en las programaciones de los propios teatros?

Podría estar hasta pasado mañana haciéndome, haciéndoles, preguntas. No son retóricas, son amargas, porque uno lleva muchos años intentando pensar sobre estas cuestiones, participando incluso en planes concretos, y todavía no se ha establecido un marco adecuado para que no se corte la evolución. En algunas épocas parece que resurge el teatro universitario, en algunas ciudades o comunidades hay muestras de teatro realizado en institutos, pero no existe nada que ayude a fijar un objetivo, una estrategia y mantenerla en el tiempo.

En los institutos, sabemos, que todo depende de la voluntad de algún profesor o profesora. En la universidad algo parecido. Los talleres teatrales no acaban de trascender y contagiar. Es una realidad que se debe transformar, que se debe atender de una manera seria, estructural, y con criterios de valor absoluto en lo teatral, en las artes escénicas, y no como un apoyo a la clase de literatura que es lo único que ahora parece establecerse. Y claro, perdonen la insistencia, llevar a unos jóvenes a ver el reaccionario, por contenido y formas, teatro del siglo de oro al uso actual de las producciones que se propician, me parece que es contraproducente.

Sí, es muy difícil. Es tan difícil como poder definir qué es ser joven, adolescente, adulto. No ha funcionado mucho el teatro pensado de manera exógena para interesar a los adolescentes y jóvenes. Debe ser una unión de diversos factores: temática, forma, estética, espacios donde se ofrecen. Y debe intentarse aprovechar lo que se hace con los niños y niñas, y alargar ese esfuerzo, la evolución, la integración en el campo docente, la complicidad de la escuela, de los enseñantes, y que se planteen estudios profundos desde la sociología, la dirección escénica, la dramaturgia para intentar investigar y proponer un plan y un campo de acción.

Tengo la cara del Secretario de Estado Cultura en la ceremonia de los Goya clavada en mi memoria y me impide escribir de lo que quiero escribir, por lo que voy a intentar borrar esa cara delatadora del señor Lasalle con unas pocas frases: me parece patética su actitud. Lo del ministro Wert está claro que es un señor amortizado políticamente y que está pidiendo a gritos el cese, pero el silencio, la pasividad, la postura de funcionario inane, de servil y acomodaticio del señor Lasalle es más negativa que la chulería de su ministro o exministro. Y dicen que puede ser el sustituto. Me pregunto ¿leerá el Marca o el AS?

Más o menos situado ya con el espíritu adecuado, mi ansiedad crece con la constatación in situ de la edad media de los espectadores que acuden a presenciar las obras de teatro. Tengo la oportunidad de acudir a teatros de gran prestigio en capitales, a teatros de programaciones habituales de calidad, en salas medianas, pequeñas, alternativas, micros. En Euskadi, en Madrid, en ferias y festivales, en Iberoamérica y Europa, y cada vez me parce que estamos en una complicada situación, en la que existe una clientela más o menos fidelizada, de una edad que nos da una foto fija donde parece evidente el envejecimiento, que deberíamos desmenuzar porque puede ser un síntoma de una enfermedad que de cronificarse puede ser grave.

Existen estadísticas que me pueden matizar o incluso contradecir, pero es muy infrecuente encontrar en las programaciones habituales de nuestras salas y teatros espectadores menores de treinta años. En ciertas programaciones, podríamos elevar esta frontera unos cinco o diez años más. Es "nuestro" público actual, al que debemos cuidar, pero me pregunto, ¿nos conformamos con esto? Dicho de otro modo, la no renovación de públicos, el no acceso de nuevas generaciones a las salas, al disfrute de las artes escénicas ¿no es una condena a su desaparición? En las salas alternativas existen unos públicos más jóvenes, en su mayoría estudiantes de artes escénicas, círculos de amistades de los actuantes, pero en cualquier caso estamos hablando de veintitantos años.

Aceptemos como argumentación que la crisis aprieta justamente más a los jóvenes, que el desempleo en los jóvenes es mucho mayor que en otras capas, que esos espectadores que aparecen en la foto fija, la mayoría mujeres, de esas edades medias, con estudios y trabajo, responden socio-económicamente a una situación compleja que se repite no solamente en las grandes urbes, sino en las localidades de menor demografía con teatros de titularidad pública. Debemos comprender que todo influye, pero me malicio yo que lo que más influye y de lo que no se quiere ni hablar es la propia programación. Una programación que atiende a esas poblaciones tipo, que les proporciona las obras que ellos desean, con los contenidos que les reafirman social, estética, políticamente. Fuera de esto no se programa nada que altere esa comodidad. Es decir no se buscan nuevos públicos. Se crea un circuito cerrado. Y romperlo parece hoy en día imposible, pero no existe otra posibilidad para no contribuir a este desgaste imparable de la relación entre lo que se hace, cómo se hace y quiénes lo reciben, lo disfrutan, y quizás se identifican con lo que se les ofrece.

Hay que implementar muchas medidas, pero lo primero es discutir sobre esta circunstancia, analizar en profundidad esta situación para encontrar las soluciones o las actuaciones y planes adecuados para que no se atrofie y se puede revertir la tendencia. En Iberoamérica, por cierto, la pirámide edad es casi al contrario. Con todos los matices que se quiera, pero es que la programación comercial está reservada para los teatros comerciales y no se contamina todo como sucede, a mi entender, en nuestros escenarios. En Europa es igual, los teatros públicos hacen programación actual, no comercial, buscan nuevos públicos y crean tejido cultural.

A uno le parece que en estos momentos hablar de teatro de repertorio sonaría como anacrónico. La convulsión es tan grave en cuanto a falta de perspectivas, de proyectos, que pretender que se establezcan valoraciones previas, se diseñe una dramaturgia de grupo, productora o teatro, es pedir un imposible. Lo vemos hasta en las unidades de producción institucionales que funcionan a base de criterios aleatorios, de mercado y no de objetivos diseñados para establecer un proyecto que se convierta en un legado, en una idea con proyección y capacidad de liderazgo. Todo se establece de manera casual, oportunista, sin una hoja de ruta, ni plan, ni discurso. Con cuatro ideas vagas vamos rellenando las programaciones. Y además parece que va muy bien, que se llenan los teatros, entonces, ¿para qué preocuparse?

El repertorio es un manifiesto, una manera de seleccionar una serie de obras, autores, tendencias que conformen una idea de la historia del teatro, de la configuración de una dramaturgia identitaria o de una serie de criterios estéticos que vayan definiendo una época, una historia, algo. Esto debería ser obligatorio en los teatros públicos con producciones propias, una auténtica "buena práctica", porque lo contrario es programar con criterios a-culturales, simplemente de una comercialidad diferente, sin progresión ni asentamiento de nada más que una gestión administrativa, gerencial, económica que se resume en una estadística de ocupación, pero sin valoración artística ni cultural. Y de paso se confunde a los públicos, se hacen contenedores de todo a cien.

Porque resulta curioso que en donde hay un auténtico repertorio es en los asuntos que desde la gestión cultural se intentan contextualizar su actividad, dotarla de contenidos teóricos que sirvan para establecer programas y planes. Digo repertorio porque al tener la oportunidad de acudir a diferentes lugares del planeta Tierra para participar en debates o como escuchante, resulta que hay una media docena de palabras mágicas, de conceptos fuerza que se repiten, se adaptan a cada lugar y crece una suerte de tejido adiposo al hecho teatral, cultural, creativo y artístico que funciona en paralelo y, en ocasiones, al margen de la realidad.

Mirado desde una perspectiva muy optimista se podría calificar como que actualmente la vanguardia reside en la gestión, pero si se vuelve a mirar, se encuentra una distancia enorme entre las formulaciones y los hechos. Y en el repertorio de internacionalización, búsqueda de públicos, ciudad y cultura, muy importantes, el asunto va más por la arquitectura, la museística que por la cultura de exhibición, las artes escénicas. Y todo viene exportado desde las realidades y experiencias de megaciudades europeas de larga tradición cultural institucional que se pueden aplicar de muy malas maneras en las grandes ciudades y alguna ciudad media, pero imposible de convertirse en un hábito generalizado.

Pero bueno, mejor que se puedan ir confrontando experiencias diversas, por si acaso un día es posible aplicar alguna de estas cuestiones, y se establecen en algún lugar, pueblo, villa, ciudad, región comunidad autónoma, nacionalidad o estado peninsular e insular alguna estrategia de largo alcance, que se plasme en un proceso constitutivo de un nuevo paradigma, de una LEY que regule estas prácticas. Y que se acuerden todos que sin cultura, no hay gestión cultural, y que en teatro, danza, y las artes preformativas, sin los actores o danzantes o músicos no hay posibilidad de convocar a los públicos, que son lo único necesario para hacerlo realidad. Los demás son accesorios, en algunos casos, importantes, pero no imprescindibles.

El nombramiento de Claudia Barattini como ministra de Cultura en el gabinete de Michelle Bachelet que tomará posesión el próximo 11 de marzo en Chile, nos viene a cuento primero para felicitarla, para desearle mucha suerte en su gestión porque ya empiezan los bombardeos mediáticos a su nombramiento y su vinculación hasta antes de ayer a la Fundación Teatro a Mil en su capítulo de internacionalización, y recuerdo una de las conversaciones con ella y otros trashumantes de hace apenas unas pocas semanas en las que recordábamos que queda tanto para hacer, desde las instituciones, desde las organizaciones gremiales o sindicales, desde los movimientos ciudadanos, con un horizonte en donde aparezca la implementación de leyes, medidas de promoción, de democratización en todo lo referente a la cultura, y especialmente a las artes escénicas que es de lo que más conocemos.

No es tarea fácil asumir las labores de un ministerio de estas características. Se tienen que tener las ideas claras, la voluntad política, el amparo de la presidencia, planes específicos y mucha capacidad de diálogo para establecer vínculos efectivos, complicidades y actuar de manera rotunda en ciertos aspectos, revisar otras estructuras y planificar el futuro desde una mirada abierta, nada sectaria y favorecedora de todos los integrantes del complejo mundo cultual sin olvidarse de lo más importante, la ciudadanía, el receptor y usuario de esos bienes culturales. Un abrazo para Claudia, un deseo de que logre cumplir con sus objetivos y que salga sin muchos rasguños de todos los ataques que le van a venir inmediatamente.

Pero si nos sentimos vinculados a la ministra del gobierno de Chile, ¿por qué nos sentimos tan lejanos, ajenos, encabronados con nuestro ministerio, nuestro fantasmagórico secretario de Estado, nuestro atildado director del INAEM y todo cuanto le rodea, lo cierne, lo amortaja? Uno siente malestar al pensar en este ente, es como una pérdida de tiempo constante, un barquito de papel en un océano, sin capitán, ni grumetes. Todo parece hacerse con una inercia mortecina, sin levantar más complicidades que las de aquellos que viven parásitos en sus estructuras o con sus prebendas, sin capacidad de liderazgo. Un departamento zombi que lleva a todas las artes escénicas a la invisibilidad, con unas unidades de producción propias en su más bajo perfil artístico, que se precipita hacia el desamparo cultural para dejarlo todo en manos de lo comercial, de la oligarquía teatral a la que alguien, o todos, les debería parar los pies o al menos bajarle los humos.

Sí, queda Tanto Por Hacer, que por algún lado se debe empezar. Me gusta el movimiento para reclamar el uso de los teatros madrileños abandonados, o en mal uso de propiedad municipal. Me parece muy apropiado que la profesión, la artística no solamente los autoproclamados gestores, se preocupe por sus herramientas primordiales de trabajo como son los teatros, las salas, lugar donde se produce el hecho teatral. Y es el momento de pringarse. De no cejar, de volver a escribir el presente y el futuro. Yo juraría que fue en la primera legislatura de Felipe González, 82/86 cuando se establecieron las pautas generales organizativos, reglamentarias con las que hemos ido funcionando hasta ahora.

Desde entonces las reformas no han sido para mejor. Treinta años después la sociedad ha cambiado mucho, los espectadores, los lenguajes, las relaciones con el mundo, la forma de recibir bienes culturales, incluso la manera de utilizar el tiempo de ocio. Y debemos volver a pensar qué se debe hacer ahora, ya, con todo lo invertido y en ocasiones pervertido por su mal uso. No escuchemos solamente a estos brujos neocon, que todo lo resumen a unos resultados económicos, que proclaman el neoliberalismo, el mercado para los demás, pero que viven y muy bien con varios salarios de funcionarios y de empresarios que contratan con lo público de manera reiterada. No, escuchemos también a los poetas, a los que tiene alguna experiencia fuera de la corte, a quienes tienen algo que decir. Porque, de verdad, queda TANTO POR HACER, que lo tenemos que hacer entre todos.

Una año más, el paseo por la Alameda santiagueña, el repaso por algunos de los cientos de montajes que se ofrecen en el macro festival Santiago a Mil, nos devuelve el pulso determinante pues nos encontramos con montajes que continúan repasando el pinochetismo, que plantean preguntas, dudas, aseveraciones, que se posicionan de una manera clara y evidente. Quizás se podría entender que falta un teatro que represente a los que justificaron, potenciaron, auparon, contribuyeron, colaboraron y eran, y muchos son, pinochetistas sin mala conciencia. Ese teatro quizás sea el que no dice nada sobre lo que fue el terror de la dictadura, el que mira a otro lado, el que calla.

Y un año más, ante esta realidad escénica, surge la misma pregunta ¿por qué el teatro español no ha sido beligerante con el franquismo? Podríamos hablar de todas las artes, y de la cultura en general, y cada vez que se plantea esta pregunta entre los desplazados a Chile, o en otros foros, intentamos hacer un listado de las obras que directamente se involucraron, que se posicionaron, que dijeron la verdad sobre alguna de las múltiples barbaridades que sucedieron en esos cuarenta años de oscuridad, violencia estatal, tortura y hurto de las libertades generales. Y nos sale muy corta. Y muy periférica. Y con asuntos muy aislados. Y con mucho miedo.

Recuerdo ahora mismo un detalle ilustrativo, en un Festival de las Artes de Calle de Valladolid, se estrenó una obra de danza de una compañía andaluza, en donde se denunciaba la violencia política, y se sobreponían unas imágenes de las atrocidades nazis. Unos invitados europeos, plantearon claramente una buena reflexión, ¿para que irse a lo Hitler si tenían los españoles lo de Franco, con tantas muertes, violencias, campos de concentración y fusilamientos como para ilustrar esa obra? Es una pregunta capital.

Y es verdad, aquí se ha denunciado la barbarie nazi de una manera o de otra, pero jamás la barbarie franquista. Y eso debe ser fruto de la maldita, falsa y traicionera transición que sirvió para anestesiar a la población, para validar a los franquistas que se volvieron "demócratas de toda la vida", y que nos lleva a este neo-franquismo que estamos viviendo en las filas de los azules, de los nacionales, de los ganadores de aquella guerra asquerosa ahora revividos y con ansias de venganza y de recuperar sus privilegios.

Uno mira espectáculos como lo de Lola Arias, "El año en que nací", tanto en su versión original argentina, o en la chilena, y parece imposible que se pueda hacer algo similar aquí. Entre otras cosas por la distancia, por los años trascurridos. Pero qué bueno sería hacer un teatro depurativo, sanador, que todas las partes pudieran explicar sus posturas, que se reconociese el daño causado por los franquistas, que se salve la memoria de los republicanos asesinados, exiliados, que era los legítimos, y no los insurgentes, con ese criminal tan aplaudido llamado Franco al frente.

Nunca es tarde. Seguramente muchos que me lean pensarán que es un aburrimiento, que no le interesa a nadie, que es agua pasada. Y yo quisiera significar que no, que es necesario recordar la historia reciente, esos años de destrucción, de aniquilación de republicanos, comunistas, anarquistas y socialistas, convertidos en un concepto: los rojos. Los aniquilaron, es decir, los asesinaron, para que no existiera memoria. Y a la poca que queda le están echando más tierra encima. Por eso, habría que declarar un objetivo, un género, una necesidad hacer un teatro sobre estos asuntos. Libre, formalmente adecuado, de teatro-documento del siglo XXI o de teatro de creación. Creo que los jóvenes se lo merecen, para que no se confundan con los orígenes de las grandes fortunas actuales, para que sepan quién fue su abuelo, combatiera en un bando u otro. Esos silencios familiares han capado la inteligencia emocional de muchos de nuestros conciudadanos. Quitémonos el miedo de una puñetera vez.

Vamos camino del Sur. Esta vez con una primera etapa en Santiago a Mil, ese majestuoso festival que se va convirtiendo en una cita multitudinaria, pero la semana próxima nos iremos un poco más al sur, a Punta Arenas, al festival más austral del mundo, Cielos del Infinito. El primero es un clásico, el segundo uno emergente. El de Santiago consolidado, mudando de piel siempre, en evolución, sirviendo al público santiaguino, pero a la vez, a la comunidad teatral local, chilena e iberoamericana. El otro, buscando su identidad con toda la frescura de la juventud y de los nuevos paradigmas de gestión. Os lo contaremos.

Pero mientras vamos y venimos, estamos otra vez con la indefinición general sobre la gestión de los teatros de titularidad pública. En Madrid se ha creado una Liga de las Artes para intentar racionalizar el discurso de la externalización, que es el eufemismo que empleamos para no decir la privatización de los teatros municipales. He escrito racionalizar porque hay que matizar mucho en estos asuntos, ya que no es que nadie quiera satanizar la gestión privada, pero tampoco podemos quedarnos de brazos cruzados cuando esa privatización se hace desde la falta de trasparencia, sin objetivos "culturales" claros, simplemente con una actitud que parece desde la gestión política quitarse un problema, sacarse de encima un asunto que no acaban de comprender.

Es ahí donde hay que incidir. Se puede ir a la cogestión, con mucha donosura, pero con pliegos de condiciones claros. No se puede intentar rebajar costes a base de despidos, de suspensión de actividades, sino de una mejor aplicación de los recursos técnicos de gestión, pero partiendo de una idea primera, básica, que oriente la toma de decisiones. Y eso es lo que falta. Se hace sin más criterios que el de dar resultado económicos inmediatos, sin importarles nada más. Y es que desde la gestión pública, desde un ayuntamiento, una consejería o un ministerio, no se pueden aplicar únicamente criterios mercantiles, de resultados económicos, sino que se tienen que tener en cuenta los factores sociales, culturales, de igualdad de oportunidades. Deberes que la iniciativa privada no tiene porque cumplir.

Hay dos asuntos importantes a señalar: en Madrid se celebra la apertura de salas de 15, 20 o como mucho 50 localidades. Y lo aplaudimos, es un síntoma de iniciativa privada de riesgo, de inquietud, pero a al vez se están inutilizando o infra-utilizando otros espacios públicos, municipales, o no, de doscientos, trescientas o cuatrocientas localidades como mucho, que es el aforo ideal para la práctica y visualización y escucha en perfectas condiciones de las artes escénicas en vivo. Este en un dato que quizás ahora parezca accesorio, pero será troncal en unos meses si sigue este cierre o desaprovechamiento de salas de estas medidas.

Por otro lado, si todo es privado, si no existe apoyo a la programación desde las instituciones públicas, se puede estar conduciendo a una producción teatral absolutamente inane, políticamente dócil, estéticamente conservadora, que complazca a los instintos más básicos de unos públicos menso exigentes, es decir que se acabe con el teatro importante, el repertorio universal, el riesgo por los nuevos autores y directoras, la ambición escénica, para hacer un gran supermercado teatral comercial.

Por eso hay que estar alerta, no dejar que se tomen decisiones irrevocables que hipotequen los próximos diez o quince años los espacios para la práctica de las artes escénicas de titularidad pública, externalizando su gestión a grupos de presión, empresas de fortuna o el oligopolio. En Madrid y en todos los rincones de la piel de toro.

 

Yo a lo mío. A las listas, listados y demás entretenimientos curriculares que acostumbran a provenir de un ombligo excitado. El periódico El Mundo ha publicado una lista de las cien personas más influyentes en España. Está claro que se trata de un juego de vanidades, que reparte influencias con clara tendencia política, que responde al capricho de un grupo de individuos, cuando no de uno solo, aunque en compañía de otros para recomponer este listado aleatorio, subjetivo y que más que señalar influyentes, busca lograr influencias.

Pues bien, hasta el número 90 no aparece nadie que podamos considerar perteneciente al mundo de la cultura creativa. Vale, hay periodistas, cuentistas, como algún ministro, pero lo que se dice gente del mundo de la Cultura, hasta ese número con Javier Bardem, nadie, ni por asomo. Y salta al 95 con Pérez-Reverte, sigue con Pedro Almodóvar, coloca a continuación a Penélope Cruz y el penúltimo, es decir el número 99 es Antonio Banderas. Bueno podríamos considerar que ese gran industrial, propietario del Grupo Planeta, se dedica a una actividad cultural, pues eso en el número 18 aparece José Manuel Lara. Lo demás son políticos, banqueros y deportistas.

Estamos de acuerdo en que se trata de una lista sin ningún valor crediticio ni administrativo, pero viene a señalar una realidad: no importamos. No pintamos nada. Un motorista como Marc Márquez está por delante de los actores de cine más famosos por trabajar en el extranjero, el director manchego y el cartagenero de las grandes ventas de novelas. Ni por asomo aparece un científico, un dramaturgo, un pintor, una poeta. Esta lista nos enseña una parte de la realidad, de la percepción que se tiene del mundo de la cultura: somos un adorno, algo que solamente se tiene en cuenta a partir de un cierto nivel de cachet.

Me reconfortaría pensar que se trata de El Mundo, con sus tendencias y sus gustos, pero me temo que estamos ante algo más extendido, que en estos momentos y perdonen la flojera y recurso fácil, puede ser más influyente Belén Esteban que Juan Mayorga. Es doloroso, pero en este estadio de incomprensión y desmadre se encuentra nuestra sociedad y, muy especialmente, los medios de comunicación que son los que van cribando para sus espectadores, oyentes o lectores la importancia de las personas, sus obras y su trascendencia. Que no existamos casi en los medios de comunicación es un síntoma, aunque a veces parece que esa sea la enfermedad, el desprecio, la falta de valoración de los asuntos culturales.

Y cuando se dedican a ellos, se hace con una jerarquía absolutamente comercial y disparatada, fuera de todo valor cultural, simplemente siguiendo la ola del famoso, de la rentabilidad, de lo efímero pero que se considere está de moda o está en boga. Salvo contadas y magníficas excepciones no existe información cultural solvente. Todo es un acto de propaganda y/o publicidad. Así se va desarmando culturalmente a la sociedad, especialmente a las clases más débiles.

Por eso debemos conjurarnos por mantener, aunque sea con ciertos toques dogmáticos, la defensa de una cultura activa, de un teatro no circunstancial y casual, sino culturalmente eficaz e importante. Tenemos que ser nosotros los primeros que denunciemos la banalidad y no contribuyamos a ella. Cuesta. Es lo más difícil, pero es la única manera de que mañana se nos siga considerando un bien cultural y no un entretenimiento de usar y tirar. Y así, quizás, tendremos mucha más influencia.

Considero que es un buen entretenimiento ir haciendo listas de las diez mejores actrices, los diez mejores montajes o las mejores programaciones. Es un ritual que no compromete en exceso y que deja a los señalados con un buen ánimo y a los olvidados en el mismo lugar que estaban antes del fin de año, y en el que estarán, probablemente, en el año que nos espera y en los próximos.

Las lisitas por votación popular, las que hacen los lectores de un medio, las que elaboran los críticos o redactores de una sección de cultura de un medio o de una revista especializada tiene un valor diferente. En algunos casos, especialmente las que se otorgan por esa proliferación de blogs unipersonales, uno siente cierto rubor. Parecen las listas de los listos o listillos que buscan hacerse un hueco, ahuecándose ante los que quieren que sean sus amigos. Es una buena manera de empezar a ser inane: no tener un rigor selectivo, tener ausencias, falta de memoria, señalar solamente a los suyos o más cercanos o a los de siempre para no desentonar.

Aunque la tarea es ciclópea, porque vamos a ver, ¿puede un ser humano normal ver todo lo que le ofrece, por ejemplo en la cartelera madrileña? ¿Y si se quiere abarcar todo el Estado español, quién, cómo, en cuántas vidas puede tener noticia de la mitad de la mitad de lo que se programa o estrena cada año? Los datos son muy contundentes. Y es una tarea ímproba,. Lo dice alguien que se ve entre doscientos cincuenta y trescientos espectáculos de teatro, danza, musicales, performances y otras actividades escénicas al año.

Es decir las listas son siempre limitadas, circunstanciales y en muchas ocasiones se tira al bulto, a lo que ha salido mucho en los medios predominantes, lo que se anuncia, se vende, se promociona y se jalea. Es difícil que aparezcan en esas listas espectáculos de salas recién abiertas, de compañías incipientes, aunque puedan ser los únicos puntos de auténtica novedad y de creación pura que apunten signos de renovación y de búsqueda.

Nos movemos en unos parámetros, en unos círculos concéntricos, algunos más amplios, otros más reducidos y podemos opinar de lo que vemos en esa limitación, lógica por otra parte. Por ello han que tomarse estas listas de los diez mejores como una tradición recién instaurada, que probablemente cuajará, ya que los que aparecen ahí, en los primeros puestos, se encargan de propagar su felicidad por las redes sociales, que se han convertido en la plataforma más habitual de divulgación de estas listas.

Así que hay cosas que no se pueden parar, que seguramente son inocuas, y que nos da para escribir estas líneas, felicitar a todos los que encabezan esos listados y de paso desearles que el año próximo sea algo más propicio para las Artes Escénicas en general. Un deseo me viene ahora como importante: que se acaben con las listas negras. Sí, existen listas negras. O grises. Existe demasiado control administrativo, demasiado filtro cercano a los políticos en todos los niveles del proceso, un tejido que protege a los grandes y deja siempre desamparados a los chicos. Lo del IVA se lo dejo a Daniel Martínez, que se puso al frente de esta empresa desde el primer momento con conversaciones al más alto nivel.

Esperemos que no crezcan los listados de caídos por el camino, en el sentido literal, de muertos que nos dejan vacíos irremplazables, como de desaparición de grupos, compañías, festivales, programaciones o salas.

Y que Viva el Teatro.

Confieso que a estas alturas del año, los miles de kilómetros acumulados, los centenares de espectáculos presenciados, las decenas de horas pasadas en mesas de debate, desmontajes, conferencias y seminarios se notan en la línea de flotación y en una suerte de resaca mental no como efecto de ingesta desmesurada de alcaloides, sino de un desgaste entre emocional e intelectual. Uno se redime con estas citas luneras, con otros artículos que va dejando un reguero de opiniones que en ocasiones se contradicen pero que a uno le encantaría formaran un boceto de su concepción de este mundo tan poliédrico de las artes escénicas.

Es por ello que a uno se le vienen encima muchas imágenes de las mil formas de entender una resaca producto de convocatorias, resoluciones, declaraciones, acciones de gobiernos, desidias de instituciones, flojera sindical, abandono de principios de productores, cierres patronales y huida de públicos de las salas y teatros. A ello hay que añadir esos espectáculos realizados en gracia creativa que quedan impresos en ese archivo intangible del teatrero impenitente, los éxitos populares, las listas de los medios para hacer un mal ejercicio de la memoria justiciera a base de señalar los cinco mejores montajes, los diez mejores actores, los tres directores más importantes, las autoras más prolijas y así una ristra de chacinerías seudo-teatrales que solamente ayudan a fingir realidades y a mantener posturas sin ningún rigor.

Quizás lo único evidente, que nos salva de toda injerencia mostrenca y oportunista, sea el convencimiento certificado por la experiencia y el estudio de campo de las múltiples maneras de manifestarse la creación en las artes escénicas. Desde el teatro comunitario, de base, que ayuda a poblaciones en estado casi de exclusión a mantener su dignidad personal y a socializar su dolor a través del arte, a las grandes producciones de los teatros de titularidad pública que se gastan bastante más en las cintas que en el manto, pero que puede ofrecer trabajos supuestamente más elaborados y de mayor consistencia en su producción. Esto, claro está, no garantiza ningún nivel artístico superior, como se viene demostrando tozudamente en las dos compañías de las unidades de producción del INAEM español actualmente en marcha.

El teatro aficionado parece haber revivido con fuerza o al menos se ha visualizado algo más. Es una buena noticia, es un vivero de aficionados, algunos que seguirán un camino hacia la profesionalización, pero que todos serán infectados por el veneno del teatro. O eso se espera. Las salas alternativas, independientes, los micros, todo aquello que se muestra como una solución contra el estado catatónico en general del sistema productivo y de exhibición ordinario, tan ordinario, comercial y previsible y que provocan una dinámica contagiosa, que celebramos, aunque mantengamos intactas nuestras dudas sobre su contribución a la estabilidad profesional o si simplemente debemos entenderlo como un lugar de ejercitar, de convocar a públicos, sin importar mucho si se hace de manera casi altruista, es decir, sin que los actores puedan vivir de manera regular de esas actuaciones. Esto forma parte de otro debate.

Es difícil encontrara con nitidez las líneas donde se enmarca el teatro alternativo, el independiente, el privado comercial, el teatro público de excelencia. En lugares como Catalunya, esas líneas se atraviesan con una facilidad muy poco recomendable para la fidelización de públicos. La situación de Madrid es todavía más compleja, pero en todos los casos y al igual que sucede en la sociedad, la distancia entre los ricos y los pobres es mayor. Esta diferencia está abonando el crecimiento del oligopolio por un lado y de los arruinados reinos de taifas de las comunidades, que protegen, pero menos, a sus producciones. Todo está muy enrevesado, nada es de fácil solución, por eso este mareo, por eso esta confusión.

El único remedio es el trabajo, el mantenerse en las ideas básicas, en saber que existen muchos públicos diferentes, algunos todavía ignotos porque nadie se ha acercado a ellos y que el teatro, las artes escénicas, tienen un valor añadido por encima de todas las coyunturas. Simplemente hay que escuchar al oráculo, no mirar solamente al balance de resultados, sino a la esencia del teatro. Con eso y unos buenos zumos de textos dramáticos de autoras y autores contemporáneos, de una dieta a base de mirar a Iberoamérica con ojos limpios, de quitarse de los lípidos costumbristas, entrenando y ensayando con rigor e imaginación, buscando fórmulas de producción y gestión más sociales y autogestionados, aliviaremos mucho la resaca actual.

Felices Fiestas y Buen Teatro.

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