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Vie, Ago

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Debido a las preguntas directas, los rumores mal intencionados, los comentarios y algunos debates enriquecedores que se han producido respecto a colaboradores habituales, críticos espontáneos, sistema y forma de funcionamiento de este periódico digital dedicado a las Artes Escénicas, llega el momento de volver a dar alguna explicación para que queden claros algunos puntos.

Forma parte de la iniciativa surgida hace diecisiete años con la revista ARTEZ. Desde entonces, se ha pasado por muchas fases. Desde 2001, estamos en la web, en primer lugar colgando la revista sin más, después como un portal www.artezblai.com, que alojaba a la revista y posteriormente a la Librería Yorick. La evolución nos llevó a convertir lo que era portal en periódico diario digital, en el que hay críticas específicas de espectáculos cosa que no sucede en la revista de papel ARTEZ, y columnistas semanales, algunos que cohabitan con sus colaboraciones en la de papel y otros que no, que escriben única y exclusivamente para este diario digital.

La revista tiene un alojamiento propio, www.revistadeteatro.com, y la librería que es otra empresa, tiene su sitio particular, www.libreriayorick.com por lo que además de la edición de libros a través de le editorial Artezblai, conforma nuestra oferta, nuestro pequeño grupo de comunicación especializada alrededor de la Zapatilla que es nuestro icono identificador.

No tenemos ayudas directas para este periódico. Vendemos espacios publicitarios que son generalmente insuficientes, buscamos maneras de financiación por todos los costados y los colaboradores en este periódico no reciben compensación económica ninguna. Es una situación lamentable, pero solidaria, y que mantenemos con obligada resignación. Y algo de orgullo al ver la nómina de los que firman sus columnas. Forman parte muchos de ellos de nuestro núcleo de orientadores y consejeros áulicos, que editan, reciben nuestros libros y un largo etcétera de vinculación no contractual ni laboral, pero sí profesional y teatralmente activa.

La elección de los mismos es por cooptación. Los buscamos. Les ofrecemos la posibilidad y quienes lo aceptan, son recibidos con admiración. Sobre las críticas, hay más matices, porque cualquiera puede colgar una de ellas de motu propio, pero si detectamos que quien la escribe es parte de la obra o se dedica a insultar o descalificar a alguien, no le damos paso. Los habituales son reconocibles, algunos históricos, todos suficientemente documentados para la labor que desempeñan.

Por lo tanto el sistema para aparecer es muy sencillo, las noticias las vamos colgando según las conocemos, y somos muy pocos para atender todo lo que nos llega. Quienes cuelgan sus noticias directamente, nosotros las revisamos y les damos paso. No existen muchos más filtros. No hay exclusiones de ningún tipo. Así que lo único imposible es informar de algo de lo que no tenemos noticias. Por ello a todos, manden, insistan, busquen todas las posibilidades de conectarse y de auto-publicar. Tenemos las herramientas a su disposición. No limitamos la libertad de expresión a nadie. Si alguna vez estamos en desacuerdo con lo publicado por alguno de nuestros colaboradores, lo asumimos sin prejuicio ninguno. Es el conjunto de nuestros colaboradores, de nuestras informaciones lo que al final nos identifica y nos coloca en el imaginario de cada cual y en el colectivo de la comunidad a la que servimos, en el lugar que merecemos por su utilidad e ideológicamente.

Por eso suceden cosas tan ricas, a mi entender, como que hayan críticas contradictorias sobre un mismo espectáculo, o que dos colaboradores, o más, difieran analizando un situación, unas políticas. Es nuestra vocación fundacional, que sirva para que corran las ideas. Todas las ideas. No queremos dogmatismos ni nadie que excluya a los demás. Sí queremos defensas pasionales de posturas estéticas, de ideas, de técnicas, de teorías. Por el bien de las Artes Escénicas en general, universalmente, pero con nuestras limitaciones idiomáticas y geográficas.

No hay sectas, ni consignas, ni exaltación del líder, ni culto a la personalidad de nadie. No, esto funciona sin secretario general, de otra manera mucho más democrática, dentro de nuestras posibilidades. No existe dirigismo, tenemos nuestra ideas y las defendemos libremente junto a otros que tienen otras. No hay veto informativo para ningún creador, productora, ni institución. Nuestros límites son claros, lo que podemos dar con nuestras fuerzas, con nuestro personal cada vez más reducido y muy auto-explotado ya que la mayoría somos socios y llevamos demasiado tiempo con nuestras angustias económicas crónicas.

Todo ello tiene una compensación clara, el mes de marzo, el último del que tenemos mediciones oficiales llegamos a servir más de millón y medio de páginas. Muchas. Tuvimos una media de visitantes diarios superior a los siete mil ochocientos. Muchos. Crecemos, gracias a todos. Y además, nos hemos propuesto seguir incidiendo en nuestra realidad con nuestras opiniones. Libres. Y lucharemos por al Libertad de Expresión de todos. Y ganaremos esta pelea. La ganaremos sin lugar a dudas. Entre todos.

Tengo dudas. Serias dudas. No estoy tan solo como creía respecto al tratamiento que debe aplicarse a los clásicos en estos momentos. El artículo de la semana pasada ha provocado, a mi entender, un sano debate. Además he tenido la suerte de poder recibir el primer pliego de descargo en vivo por parte de Helena Pimenta y Juan Mayorga. Casualidades. Una explicación no está de más. No pretendía ser una crítica a la Compañía Nacional de Teatro Clásico, ni siquiera al montaje de "La Vida es sueño", sino que estaba influenciado por su visionado, y por haber pasado unos días magníficos, como siempre, en Las Jornadas de Teatro del Siglo de Oro de Almería, lugar en el que siempre se me despiertan mis obsesiones con los clásicos españoles, se me aclaran algunas dudas y se me abren muchísimas más. Se trata, por tanto, de un lugar saludable para mantenerse en activo.

Repasando mi propio artículo, no logro colocar nada más que ayude a situar mi duda razonable y hasta mi posición sobre el asunto del mensaje estructural de la inmensa mayoría del teatro que llamamos clásico español, especialmente del siglo de oro. Mantengo que el teatro es reflejo de la sociedad en la que se desarrolla, y entonces, si miramos la situación social, política, religiosa de la época en la que están escritas esas obras, la adscripción de sus autores como abanderados de unas posiciones radicales en lo religioso, es lógico que sus obras, si pasaban todos los filtros de censura de entonces, fueran a favor del poder dominante.

Sin prejuicio de su valor teatral, que creo sinceramente está sobrevalorado en muchas de las obras del repertorio más habitual, ese sustrato ideológico es el que pienso se debería revisar; se deberían utilizar recursos dramatúrgicos modernos para verlos desde un punto de vista diferente para que se acomodaran mejor a la época actual. Porque de seguir así ese teatro estaría muerto, sería un museo viviente. Para mí, un museo de los horrores ideológicos, como señalaba.

Pero es Juan Mayorga quién me coloca en la duda. En las dudas. Me pregunta si lo reaccionario no es precisamente pensar que el público, los públicos actuales, no saben discernir sobre lo que sucede en el escenario. Si no saben diferenciar claramente lo que es ideológica de "época", y lo que significa eso hoy. Y sigo dudando. No es mala reflexión, no. Suena por lo bajini como si yo partiera de un pernicioso paternalismo que considera a los públicos un conglomerado de idiotas incapaces de analizar. Y no sé si eso puede existir. Lo que si tengo claro es que toda obra de arte, de creación, y más que nada literaria, y todavía más teatral, en su complejidad de lenguajes, signos y significados, va emitiendo un mensaje final. Un mensaje que no se borra con detalles, ni con formalismos, ni con maquillajes. Y aquí me entra otra duda, más radical, ¿tiene remedio este teatro del que hablo?

Aquí y ahora, este teatro, según mi parecer, debería ser revisado profundamente. Y probablemente la opción mayoritaria sea mantenerlo tal cual, dejarlo estar, como una gloria del pasado que ha ido formando una manera de entender el ser español. Si miro desde mi ventana esa es la posición mayoritaria en los parlamentos y gobiernos, es decir, esos mensajes no están en desacuerdo con una parte notable de la sociedad. Por lo tanto, la opción que preconizo es claramente ideológica. Tan ideológica como la anterior. Pero justo en la dirección contraria. Quizás mi actitud sea ingenua, optimista y con intenciones positivas de salvar ese teatro de la fosilización.

Ya ven, sigo haciendo amigos.

Por si acaso, lo recuerdo. Tras varios años de hacer información sobre las artes escénicas, en la redacción de ARTEZ nos impusimos ciertas limitaciones para no aburrirnos y no aburrir a nuestros lectores. Una de ellas era no contar los argumentos de ciertas obras de teatro que se repetían invariablemente casi cada trimestre, las óperas del repertorio más habitual, y no utilizar ciertos términos y conceptos, como el de clásicos y contemporáneos que ha aparecido en nuestra revista infinidad de veces, y apurando más, lo de clásico contemporáneo.

Esto último tenía una parte de protección ante la misma contradicción enunciativa, y por otro porque nos resumía un cierto eclecticismo que acontece en muchos festivales generalistas. Pero lo cierto es que uno de los asuntos que probablemente no se hayan resuelto, es cómo tratar a nuestros clásicos. Y no se han resuelto en ninguna de las instancias. Empezando por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, de la que acabo de ver en Almería su "La vida es sueño", que mantiene intacta toda su estructura ideológica que marca de manera muy clara toda la propuesta, por mucho aligeramiento en el texto que haya hecho, y muy bien Juan Mayorga, y por mucho que se intente tratar a Calderón como alguien universal e intemporal. El mensaje final es reaccionario de manera universal.

Probablemente sea un asunto de Estado, y quienes mantenemos que gran parte del teatro clásico español, especialmente del siglo de oro, es el sustento sobre el que se ha ido sedimentando la violencia estructural, el pensamiento más integrista, eso que llamamos nacional catolicismo español, seamos señalados como extravagantes extremistas. Pero no es un invento del franquismo como algunos pretenden hacernos creer, sino que es el sustento del pensamiento franquista, que encuentra con estos autores donde Dios, Patria, Rey, obediencia, machismo, honra, honor, violencia institucional van creando una ideología dominante difícil de superar.

Mi propuesta es que se revisen estos textos, que se cumplan las leyes actuales, las de nuestra contemporaneidad, las vigentes, y no se puede justificar la violencia de género, la muerte de nadie, por el honor de otro. Y me canso de ver en los escenarios justificaciones de la muerte de mujeres a manos de sus maridos porque la honra vale más que la vida. Esto es una salvajada. Hay que tomarse en serio estos asuntos porque en nombre de Calderón, Lope, Alarcón y cualquier otro se están dando obras y mensajes a los jóvenes que no alimentan nada más que ese pensamiento reaccionario, machista, servil y se ofrecen sin otro punto de vista. Es innegable el valor de ciertas obras, pero hay que ponerlas en escena con el punto de vista de la sociedad actual. Y si se hacen sin ese filtro sin esa alteración del mensaje, en muchos casos, eso, simplemente, está fuera de la ley.

Hagamos a los clásicos, contemporáneos, pero no solamente por ponerles mecanismos y tecnología actual, sino porque lo que se les dice a la sociedad actual esté de acuerdo con sus valores. Eso digo yo, aunque me quede solo. Porque creo que mantener esta actitud de "así era el mundo cuando Calderón lo escribió", nos llevará a ese mundo pasado. No al actual.

Marcando el territorio. No me pareció adecuada la política de comunicación en los primeros años de esta crisis que mantuvieron algunos directivos y portavoces de las asociaciones de empresas asegurando que no se notaba en la afluencia de públicos, que el teatro y las artes performativas en vivo y en directo habían sido el refugio del ocio "barato" de muchos ciudadanos, lo que mantuvo una burbuja publicitaria que ahora parece haberse pinchado y se intenta ir a demostrar lo contrario. Quiero decir, que no me parece demasiado adecuado para recuperar presencia esas ruedas de prensa y comunicaciones en las que se habla del apocalipsis, que se dan datos rotundos, muy contundentes, pero sin contextualizar, en el que parece que debido a la criminal subida del IVA del ocho al veintiuno por ciento, los públicos han huido de las salas, se están perdiendo millones de espectadores, lo que significa una bajada de recaudación que irremediablemente lleva al paro a cientos de trabajadores y vamos directos a la extinción.

No me pareció una buena imagen antes, y me parece muy mejorable esta actual, porque a renglón seguido se nos comunica que si se volviera al IVA reducido se recuperarían no sé cuantos millones de recaudación, se acabaría con el paro estructural en las diferentes profesiones que concurren en el hecho teatral y todo ello porque aumentaría por arte de magia el número de espectadores. ¿De verdad los públicos se rigen por el precio de las entradas para acudir o quedarse en casa o ir a otras opciones? Es cuestionable asegurar que no influya, pero desde luego no es el único factor. Hay muchos otros. Y, sobre todo, no es lo mismo lo que sucede en Barcelona o Madrid, que lo que sucede en el resto de programaciones del estado español, donde las circunstancias demográficas, socio-económicas y culturales son bastante más condicionantes.

La relación del teatro, de las artes escénicas y performativas con la ciudadanía es un asunto que no se puede resolver puntualmente, sino que necesita de una estrategia transversal, de largo alcance, sin interrupciones en el tiempo, de manera que sean acciones que vayan acompañando a un ciudadano durante, al menos, toda su vida de estudiante y que tenga una posibilidad de continuidad en el momento de ser adulto. Y tienen que ser acciones que interesen a la educación básica, la secundaria y en la universidad que no sea solamente una oferta de horas libres, sino algo que forme parte del currículum lectivo.

Paralelamente a ello deben existir acciones constantes en todos los puntos culturales activos, que casas de cultura, club de jubilados, lugares de ocio y distracción, oferten maneras de interesarse, cursos, cursillos, fomento de la participación con las ayudas a los grupos aficionados y programaciones continuadas de todo tipo de programación. Ello ayudaría, además, a que los locales, salas, teatros de titularidad municipal la mayoría desaprovechados en su uso, cuando no cerrados, cumplieran con sus objetivos, y en eso deberían implicarse, además, con fórmulas varias, las compañías, grupos, asociaciones teatrales, profesionales, semi-profesionales o amateurs dentro de unas reglamentaciones claras, concisas y que propicien su funcionamiento.

Medidas conjuntas que deben estar coordinadas desde el estado central, los gobiernos autonómicos, las diputaciones y los ayuntamientos, en un plan de futuro. Un plan, que digo con ingenuidad pascual, que no debería estar a merced de los vaivenes partidistas, los cambios de mayorías, ni siquiera de incidencias presupuestarias que no sean excepcionales. Algo así, mejor desarrollado, con mucha más profundidad sería una alternativa al caos actual. Estas medidas, junto a otras que no soy capaz de vislumbrar ayudarían a crear "públicos", no de aluvión, no sociales de viernes noche antes de la cena de amigos, sino de afición, entendidos, culturales, que es lo que a lo mejor ayudaría a sostener una buena estructura de producción y exhibición, mientras se va definiendo de mejor manera qué función deben cumplir las compañías y centros de producción institucionales.

Ya sé que mientras tanto existen otras urgencias. Pero para que no andemos siempre corriendo, es bueno pensar en las artes escénicas como un bien cultural de toda la sociedad, no solamente de los profesionales. Desde luego me apunto a todo lo que sea recuperar el aliento, pero el diagnóstico real es de una enfermedad congénita que requiere de un tratamiento de renovación genética de principio a fin.

Todos cuantos nos relacionamos con las artes escénicas debemos asumir nuestra responsabilidad en estos tiempos de crisis económica que nos está llevando a una desorientación que nos hace perdernos de nuestros objetivos debido al abandono de nuestras brújulas éticas e ideológicas fundacionales. Es el tiempo de mantenerse firme en sus convicciones, revisar los principios y desde ellos operar con el máximo respeto, sin excesos y sin tomar posturas de gamberritos de derechas que se puede confundir con una cierta pose ácrata divina, pero que no altera para nada el discurso imperante porque se trata de gestualidades vacías de contenido.

La responsabilidad en los medios de comunicación dedicados a informar de estos asuntos debería ser algo que se tendría ni que plantear. Pero como hoy en día el periodismo, las empresas periodísticas, son, en términos generales, muy débiles, se dedican a defender posturas partidistas sin ningún reparo, sin ninguna mediación de moderación. Sucede en los asuntos que son directamente relacionados con la acción política cotidiana, lo son con los asuntos más estructurales de la sociedad, con el modelo económico, con todo, llegando a una radicalidad muy ridícula. Y en España ha entrado en los medios más ultra conservadores una toma de postura anti-cultura que nos lleva a rememorar tiempos que creíamos superados.

La animadversión contra actores y actrices a los que consideran paniaguados, vagos y pertenecientes todos, en general, de la banda de los de "la ceja", para señalar que algunos se mostraron públicamente pidiendo el voto para Rodríguez Zapatero, y que ahora no les perdonan que se posicionen contra las barbaridades que está haciendo al actual gobierno en el desmantelamiento del estado de bienestar, lo que está creando un caldo de cultivo propicio para la desafección popular que, digo yo, algo tendrá que ver con la pérdida de públicos en el teatro y el cine, además, claro está, de lo que objetivamente la acción criminal de la subida del IVA ha representado.

Los críticos de los medios de comunicación generalistas van por libre. Se representan a sí mismos, no responden a consignas, si no a sus gustos y conocimientos. Pero cuando se hace crítica y además información, existe un momento de colisión, difícil de deslindar porque pertenecen a dos ámbitos diferentes. En el periódico La Razón, a toda página, se da una titular que dice: "ETA llega al CDN en vasco", es una provocación que escapa a cualquier contacto con la realidad y que tiene un tufo panfletario que asusta. Es una falta de respeto al Teatro en general, una pasada, un desquiciamiento, como llamando a la actuación violentas de los grupos más ultras que cada vez dan muestras de su crecimiento de manera más notable.

Lo terrible del caso es que la información la firma Miguel Ayanz, y leyendo su crónica, el tratamiento es bastante más respetuoso, informativamente más adecuado. Justo al día siguiente aparece en el mismo medio su crítica, y ahí, situándose ideológicamente, de manera legítima, tomando su postura de fondo, va opinando sobre sus formas. Eso es lo correcto, a mi entender, lo que ayuda a todos y no los excesos, ni el tremendismo de ningún tipo. Porque se puede estar en contra del montaje, del texto, de la interpretación de su contenido y argumentarlo con criterios que ayuden a los lectores del periódico, a los actuantes y al mundo de la cultura en general.

Sí, esto es un artículo moralista. Una llamada a la conciliación. Al entendimiento desde la discrepancia. Pido responsabilidad. A todos, empezando por un servidor.

Cuando se huelen los síntomas de la depresión primaveral, antes ese estado poético de enamoramiento y de ensoñaciones, aparecen como subgéneros de nuestra agonía el debate entre lo micro y lo macro, que llevado al terreno cultural nos sitúa en un ejercicio de medición que al ser conceptual es imposible de reglar de manera científica. En días como este lunes fallero en el que vemos el corralito oficialmente instalado en Chipre, el debate sobre la conveniencia de atender lo cercano, local, es decir lo micro, frente a lo global, lo macro tiene un sentido práctico además de filosófico.

Los nuevos lenguajes para difuminar la realidad hablan de "teatros de cercanía", y algunos mantenemos que todos los teatros (edificios) son de cercanía o de lejanía, dependiendo del lugar desde el que venga el espectador. Pero además, un teatro (creación) de cercanía, es necesario, preciso, obligatorio, recomendable, fehacientemente operativo. Y si juntamos ambos conceptos, teatro de cercanía hecho en teatros de cercanía, nos da un sistema micro de una rentabilidad macro.

Si se trata de hacer únicamente números en el campo minado de la economía, entonces debemos tomar otras referencias, pero si se trata de entender la inversión cultural como una apuesta de futuro, si calibramos el valor de uso de lo creado y ofrecido a la sociedad, entonces las variantes son múltiples, y las cifras relativamente micro, son expresiones de una alta rentabilidad cultural, social que a la larga es económica, porque se va creando un ambiente propicio a la autoafirmación, la autoestima, eso que a veces en nuestros desvaríos llamamos felicidad y que en los momentos más zopencos llamamos estado del bienestar.

Lo otro, lo macro, lo que tienen nombres rimbombantes, estructuras descomunales que consumen presupuestos imposibles solamente tiene sentido si es el colofón de una política en donde lo micro está completamente cubierto y en pleno funcionamiento para que exista una masa crítica suficiente como para asumir lo macro orgánicamente y no como una excepcionalidad turística o académica. Una de mis dudas más razonadas desde hace muchos años es la ubicación de salas y teatros. Un caso concreto, el Teatro María Guerrero de Madrid, una de las sedes del Centro Dramático Nacional, en el lugar donde está situado en el mapa madrileño, ¿es un teatro de cercanía? Dicho de otra manera ¿de dónde llegan los diferentes espectadores que ocupan sus butacas? Sí, una estadística nos lo diría mejor, pero la pregunta concreta es sobre si ¿son del barrio, de otros barrios, de la periferia o de fuera de Madrid?

La pregunta sirve para casi todos los teatros y salas del globo terráqueo. Obviamente, el centro urbano atrae, pero el comercio se ha ido a las periferias y parece que están llenas tiendas y bares de franquicia. Algo está cambiando. ¿Sería una aberración intentar poner salas de teatro en los grandes Centros Comerciales? No disparen todavía al pianista. Pensemos un poco.

Pero volviendo al discurso inicial, en estos precisos momentos, me temo que lo que está en peligro es lo micro. Se está descomponiendo, deshilachando el débil tejido social más local. Esos grupos aficionados, que a la vez empujaban a las escuelas o los talleres y que indirectamente le indicaban al programador algunas de sus preferencias. Esos teatros o casas de cultura que demás de las programaciones comerciales del oligopolio daban cabida a las producciones locales, provinciales, regionales. Los talleres y escuelas diseminadas por todo el Estado español que han desaparecido o van a desaparecer por falta de recursos y de alumnado. Y en una gran ciudad conviven lo macro y lo micro. Es más, en las capitales hay mucho micro ocultado por muy poco macro pero muy grandilocuente.

Si nos quedamos solamente con protección para lo macro, seremos mucho más débiles,. Porque lo macro es mucho más dependiente, trabaja en unos presupuestos y estadísticas que corresponden a una lógica de mercado, sin apenas consideración cultural más allá de las declaraciones formales. Y ahí se puede destruir mucho futuro. Lo micro es más flexible, más ágil, más espontáneo, pero también necesita oxígeno para respirar, y en el campo municipal entramos en ese vacío legal de las competencias impropias. Es decir que si se hacen es por voluntad política, no por reglamentación legislativa. Una debilidad muy grande. Y si se cortan programaciones no hay respuesta social suficiente.

A la cartelera madrileña van llegando espectáculos en los que se nota una necesidad de influir en lo que sucede, en acercarse a esta realidad hedienta que nos aprisiona. Quizás todavía sea una tendencia expresada de manera tímida, en cuanto al número y en cuanto a las maneras de ese acercamiento. Y a la vez, van a coincidir en los escenarios del Centro Dramático Nacional, dos trabajos de autores vivos españoles en los que se trata de revisar unos años atrás de nuestra vida social y política, yo no diría de manera contundente que se trata de espectáculos de la memoria histórica sino de la memoria cantada.

Me explico, la Movida madrileña de la mano de Maria Velasco, una joven autora que era una niña cuando eso sucedía, puesta en pie por Jesús Cracio o La Transición a cargo de una obra escrita a cuatro manos por Alfonso Plou y Julio Salvatierra, con dirección bicéfala de Carlos Martín y Santiago Sánchez, nos plantean con intenciones diferentes una mirada a dos momentos históricos que siempre se han despachado con una ligereza poco efectiva, y que ahora, en ambos casos y por cuestiones bien diferentes, vienen a los escenarios de la mano de un recurso ya experimentado: la memoria musical, las canciones o los anuncios de la época retratada y con una utilización de esa banda sentimental o emocional muy diferenciada, en el primer caso para dotarle de una entidad estética muy marcada, y en el segundo como una manera de enlace entre escenas y de hilo conductor.

Esto no es una crítica, sino una reflexión sobre esta coincidencia, y sirve para volver a preguntarse por las razones que ha llevado a la escena española a desentenderse tanto de la memoria histórica, la de verdad, por las dificultades existentes todavía hoy, para realizar un teatro documental, político en términos clásicos, sin miedos, que quede claro el punto de vista. Vemos y no nos cansaremos de repetirlo, como en Chile, Argentina, Uruguay, por poner tres ejemplos cercanos, desde los escenarios se ha pasado factura pública, se ha denunciado las atrocidades, se han marcado las distancias con sus dictaduras, y aquí esto sucede de manera espasmódica, circunstancial, casi anecdótica después de más de treinta y cinco años de desaparecida la figura de Franco.

Este mirara a otro lado, esta renuncia, nos lleva que cuando alguien se acerca se sienta enmarañado en una suerte de angustia vital, en no saber dónde están los límites, y si se va más allá de lo correcto, qué consecuencias pueden tener. Quizás por eso, antes de hablar de política nos dediquemos a cantar, a tirar de nuestra memoria sentimental para que aquellos recuerdos de juventud nos alivien y nos provoquen una nebulosa de memoria ebria, no política, sino conservadora de esas imágenes vividas con ilusiones. Algunos me dicen que ese teatro documento, de incidencia directa en asuntos políticos de gran magnitud no tiene sitio en nuestra sociedad. Que no se quiere recordar. Que las heridas están abiertas. No estoy de acuerdo. Al menos que se intente, que se haga y después veremos sus resultados. Se trata de tomar el pulso a la sociedad sobre su pasado, para entender su presente. Quizás sea una cuestión de volver a hacerse una pregunta simple: ¿para qué sirve el teatro? Según la respuesta mayoritaria entenderemos mejor nuestras carteleras. Quizás el mensaje sea el de Peret: canta y se feliz.

No puedo entender como mi admirado Mag Lari, en un programa de radio, para descalificar a un enmascarado mago televisivo que tuvo un programa de éxito mundial por dedicarse a descubrir los trucos de otros magos, diga de manera volcánica. "no por favor, no me compares; ese es un payaso". Ese señor no es un payaso, puede ser un impostor, un falso mago, cualquier otra cosa, pero hemos llegado a utilizar la palabra payaso como un insulto recurrente, y eso es una aberración, algo que no se debe permitir, porque el payaso es un símbolo universal de las artes escénicas y no solamente circenses

Este desliz de Mag Lari llega en unas semanas en las que tras las elecciones italianas, las declaraciones reaccionarias de Toni Cantó, una intervención en el Senado del ministro Montoro acusando a los actores de supuesta evasión de impuestos, nos ha colocado ante la necesidad de reclamar respeto por la cultura, por toda la actividad creativa, y los payasos son parte de la cultura, y el tener que recordarlo me produce dolor.

Veamos, El señor Montoro dijo en el Senado, con ese desparpajo que le caracteriza que había actores que no pagaban impuestos en España. Y desde un escaño de la oposición se le gritó: "supongo que se refiere al payaso Bárcenas". ¿Se puede ser más inoportuno y despreciar más a todo el mundo de la cultura desde las filas de IU? ¿Por qué no le dijo tesorero, senador, conservador, político, militante, evasor, imputado, ministro, facha y tantos otros insultos de mucho mayor repudio popular? No, le tuvo que decir payaso con énfasis, sin darse cuenta que eso arrastra una censura a todo el mundo del espectáculo, que hiere en la parte más sensible de unos personajes que son entrañables, que han ido formando un mundo de ilusiones y desastres emocionantes que nos llevan a la conmiseración.

Respecto a lo de los resultados electorales italianos, lo de Beppe Grillo se ha utilizado hasta la saciedad en el mismo sentido. Se nos esconde que este hombre no se presentaba, sino que lidera un movimiento popular. Y que es cómico, sí, como tantos otros que han llegado hasta a presidir la mayor potencia de la tierra en estos siglos. Y si miramos al reparto italiano, es bastante más patético esa figura del que llamaban los propios italianos, Rigor Monti, o acaso Il Cavalleri no ha dado muestras de ser sujeto que ha dado muestras de ser un impresentable, por sus imputaciones y actitudes machistas y antidemocráticas. Pues, no, se fijaban en "el payaso" del movimiento cinco estrellas.

Y eso, aquí, con la desgracia para todos de que Toni Cantó se muestre cada día más ultra, menos sensible, más un politiquillo de pacotilla aferrado al cargo. Que un anuncio con un payaso se convierta en un gran truco emocional y nos dediquemos a decir qué buen anuncio, qué emocionante, ya que se quiere confundir, aprovechar todos esos sentimientos subconscientes que en todos nos despiertan los payasos, aunque sea para vender chacinería con nariz roja, o que tengamos una referencia sobre el propio modelo de payaso con otro anuncio de un detergente que se ha instalado como el tópico.

Sí se ha maltratado la figura del payaso. Ahora que tenemos al imperial Cirque du Soleil lanzando sus mensajes, con sus payasos, que entiendan todos, especialmente los políticos, los propios actores, las personajes de la cultura, y la universidad, que utilizar payaso como insulto, es un insulto. Se insultan ellos mismos. Defendamos a pos payasos, que son cómicos, que son actores y que además se ha convertido en una diana de la extrema derecha española, con sus comentarios, sus insultos y sus subidas del IVA. Yo llevaré sempre mi nariz roja. O de goma, o de plástico o por ingesta de vino. Y brindo por todos los Payasos que me han hecho reír o llorar en carpas, salones, teatros o plazas. Más quisiera yo que llegarles a la suela de sus zapatones.

Tras otro 23-F en las que las calles volvieron a hablar, todavía con la resaca de esa ceremonia parlamentaria tan desalentadora en la que los políticos se empeñan en separarse de la realidad que afecta a la ciudadanía y en la que solamente se dedican a reafirmarse en su incapacidad para encontrar soluciones a los problemas en parte creados por ellos mismos, la vida debe continuar, con una carga de desazón acumulada, con una desafección por la clase política y este sistema que parece todo se está abonado para que germine cualquier populismo salvador.

Se escucha una cancioncita que tiene como estribillo ese concepto tan gregario de la disciplina de voto que parece el síntoma más notable de la falta de pulso político, de la llegada de individuos que solamente buscan una estabilidad, como una fiel infantería. Los parlamentarios parecen cumplir órdenes de sus partidos, que a su vez cumplen órdenes de instancia superiores, y mirando hacia arriba, solamente vemos gaviotas que se nos cagan en la cara, o cuervos que afilan sus uñas.

Todo esta disquisición llevada al terreno de la situación de las artes escénicas, me provoca una reflexión sobre lo que hemos hecho en las décadas anteriores. Y me sorprende al comprobar que después de la pasión asociacionista,, en estos momentos parece no existir nada, ni nadie que aglutine. Lo último que ha provocado una acción conjunta es la criminal subida del IVA al 21 %. Pero solventando el primer impacto, se asume dócilmente su presencia, y ya no parece existir ningún liderazgo. Y uno siente que en las campanillas resuena lo de la disciplina de voto. Es decir la delegación de voto, de representatividad en los demás, en las estructuras estatutarias, pero sin apenas participación individual.

Digo yo que la proliferación de asociaciones, de empresas, distribuidores, ferias de teatro, técnicos, actores, directores, autores, teatros, etcétera es algo lógico, normal, un buen síntoma democrático, pero lo cierto es que muchas no surgieron por un impulso asociacionista interno y orgánico, sino por una recomendación, cuando no imposición, de las administraciones públicas que preferían negociar con unas pocas personas, que tener que soportar unas cascadas de casos particulares.

Se entiende, es probablemente más operativo, pero me temo que se consideró que el esfuerzo era registrar los estatutos, ponerle un nombre, votar las juntas directivas, y después a esperar el maná. Que los presidentes o ejecutivos llegaran cada equis tiempo para contar la cantidad de ayudas recibidas o prometidas, pero que además de esa no había mucha más vida asociativa que sirviera para la formación, la información y la planificación del futuro.

Y esa renuncia, parece ser que muy generalizada, en la participación en sus sindicatos, asociaciones, federaciones, ha propiciado no tener recursos ideológicos apropiados, liderazgo suficiente, ideas asumidas, alternativas a lo que está sucediendo. Ahora es el momento de reunificarse, de buscar plataformas comunes, de crear un movimiento amplio, asambleario, sin gremialismos, sino con vocación de acción positiva, no solamente de defensa, sino de ataque, de crear propuestas y de ponerlas en práctica. Romper con la disciplina de voto, o con la de pertenencia, quizás, metafóricamente, acabar con el reinado absolutista del secretario general, para desde la libertad participar en los movimientos que ya están en marcha o los que se creen. Que cada cual defienda conjuntamente nuestro futuro, pensando en primer lugar que pertenecemos a una actividad cultural, artística, las artes escénicas, que deben estar al servicio del pueblo, no solamente del público.

Podemos considerar que la actitud generalizada de la profesión en la gala de entrega de Los Premiso Goya, fue de lo más adecuada, de lo más contenida, correcta en términos políticos. Lo que sucede es que es imposible sustraerse a la realidad, a la corrupción, a los recortes presupuestarios, al IVA, a la descomposición de un sistema. Aprobado en su conjunto, aunque desde la extrema derecha española mediática se sigue insistiendo en las amenazas. Se intenta prohibir la libertad de expresión, se quiere silenciar cualquier disidencia, se quiere establecer un cordón de muertos vivientes que no hagan otra cosa que entretener al personal sin cuestionarse absolutamente nada.

En ese sentido considero que la actitud fue la correcta, la de no escaparse de la realidad, pero sin desmerecer el acto, sino, al contrario, dotándole de contenido y demostrar que se está en contacto con la sociedad. Por eso el camino lógico debe ser de la alfombra roja hasta la Marea Roja, un movimiento cultural catalán que va creciendo y que plantea los asuntos de manera muy estructurada, y que huele a aquella Asamblea d'Actors i Directors de Catalunya, que tanta importancia tuvo en el teatro catalán y por extensión en el español.

Uno de los asuntos que se repitieron durante los discursos oficiales fue el buen año 2012, con un crecimiento de espectadores en las salas, los éxitos de varias películas, se señaló que se estaba recogiendo la cosecha de las producciones del 2011, que en el 2012 decreció la producción y que hay que ver los resultados de taquilla de estos meses. Es decir, los efectos del IVA sobre la asistencia a las salas, pero por un lado sube la asistencia, pero por otros baja, por lo que no acabamos de situarnos.

Lo que nos sorprende es que ya sea en cines, teatros, conciertos y otras actividades culturales, existen varias empresas de venta on-line de localidades. En teatro parece que es bastante habitual que sean tres o cuatro puntos de venta anticipada, lo que nos coloca ante una duda metódica, ¿estos puntos de venta trabajan con un porcentaje del precio de la localidad? Si es así, es un intermediario más, una manera de ir perdiendo por el camino porcentajes que dejan las arcas más vacías. Seguramente se me dirá que es un sistema de ventas que funciona, que un equis por ciento se venden por estas vías. Y seguro que es así, aunque se supone que unas empresas venderán más y mejor que otras, ya que los cajas que se han banquerizado que tenían antes la preponderancia, se han ido retirando.

La pregunta es, ¿se vende más por tener muchos puntos de venta o es simplemente una manera de auto-hipnosis? Si bajan los espectadores y la recaudación en los teatros, ¿para qué sirven tantas empresas de venta de localidades? En Euskadi se creó un sospechoso club de cultura, un regalito amistoso de los anteriores irresponsables de Cultura en el Gobierno Vasco, a la que dotaron con trescientos mil euros, sin concurso público, directamente, a dedo, y en ese club, dedicado a crear públicos, a no sé exactamente qué, la verdad, porque es una franquicia del catalán que cuenta con bastantes más recursos verdaderos y auténticos, solamente se le conoce una acción en sus ocho meses de vida: sortear cuatro viajes a Londres "para ver los autobuses de doble piso, los muesos y su cartelera", textualmente. No es que sea una supuesta corruptela, es que es un escándalo. Trescientos mil euros para mandar fuera a los espectadores, es decir, tienen que acabar con ese despilfarro ya.

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