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Lun, Ene

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Aviso: vengo de cuatro días de una feria de artistas callejeros con lluvia constante, lo que acumula humedades, dolores cervicales, cansancios añadidos y visionado de espectáculos en otras condiciones técnicas lo que provoca alteraciones artísticas. La parte positiva es que la organización de la Umore Azoka de Leioa, tras sufrir un estrés extra, pudo salvar casi el noventa y cinco por ciento del programa. Y además, que en las soluciones dadas, la utilización de polideportivos cubiertos y semi-cubiertos, se pudo descubrir una posibilidad de feria, con exhibiciones exhaustivas en espacios compartidos con separaciones mínimas. Y por último, la ciudadanía, los públicos, demostraron un grado de implicación, comprensión y colaboración digna de mención. Esa fue la gran lección.

Pero indudablemente hay desperfectos. No se pudo visionar casi ningún trabajo en las condiciones perfectas de exhibición, y eso contribuyó a comprobar el grado de pericia, profesionalidad, recursos y probabilidades de solucionar problemas sobrevenidos de cada grupo o compañía. También de los recursos del equipo técnico del propio evento para improvisar espacios nuevos, habilitarlos y procurar las mejores condiciones posibles para la exhibición y para que los públicos lo puedan presenciar.

Unos públicos que en su inmensa mayoría no deben entender la mengua artística que sufren los trabajos, pero sí que saben de las incomodidades añadidas que se van acumulando. El teatro en la calle, especialmente cuando no está concebido para la calle, sino que como mucho se ha pensado para espacios abiertos, si todo se hace frontal es incómodo para el espectador. Sentarse en el suelo no es agradable a partir de la cuarentena. Si mides más de la media, debes quedarte siempre de pie y por la parte de atrás. Es algo que se debe tener en consideración. Pero eso significa mayores problemas organizativos, montar y desmontar gradas sería una solución. Pero estamos en crisis y hay que salvar la exhibición y los públicos, como son muy amables, no protestan. Incluso los jóvenes entienden esa aventura como parte sustancial de este tipo de encuentros teatrales en la calle. Pero si llueve y hace frío, la cosa se convierte en muy dura.

Esta semana empieza el TAC de Valladolid, donde alguna de estas cuestiones técnicas de relación espacial con los públicos se vienen debatiendo y solucionando con diversas alternativas. Pero en la actual coyuntura económica que influye muy especialmente al teatro de calle, buscar espacios acotados con algo más de comodidades para los espectadores pudiera ser una vía a probar, quizás, con el pago de alguna pequeña cantidad como entrada, para que exista un compromiso de voluntariedad para asistir a presenciarlo.

Y de paso ayudar a desactivar esa sensación de que se trata de una guardería inmensa, en donde se colocan a los niños y niñas en primera fila, aunque el espectáculo esté marcado para adultos, y que, claro, se cansan, se mueven, se van. Y un ruego a los que llevan a los niños y niñas a los espectáculos: edúquenlos en ciudadanía. Si se llega tarde, por mucho que sea su hijo el mejor del mundo, el rey de su casa, no puede atravesar el bosque de piernas y sentarse el primero, porque sí. Y al poco llorar y retirarse fastidiando al resto de espectadores y molestando a los artistas que merecen mucho más respeto.

Hay que tomar medidas para no hacer más desperfectos en la creación y exhibición del teatro de calle, el que creo pasa por momentos muy delicados en todos sus estamentos y perspectivas. Las artes de calle deben reivindicarse desde la máxima exigencia de rigor y dignidad en todos sus tramos.

Mantenerse con un ápice de sentido crítico ante lo que acontece puede llevarte a la marginalidad como se te ocurra elevar esas reflexiones al patio de vecindad. Existe un lugar donde casi todos nos ponemos muy tronantes y estupendos: Facebook. Pero si todos cuantos opinan de una manera rotunda en un "me gusta" o en un comentario ocurrente, o reproduciendo un cartel, ejercieran esa actitud crítica en la calle, en su lugar de trabajo, allá donde pueda transmitirse no viralmente, sino racionalmente, otro gallo nos cantara. Porque no se soluciona nada diciendo que todo está muy mal, como tampoco diciendo que todo está muy bien. Pero todavía a quienes señalan que el rey está desnudo se les llama aguafiestas.

Ahora que se están celebrando los dos años de aquel espejismo que se llamó 15-M, al que tantos se abrazaron como borrachos a una farola, que despertó tantas expectativas y que nos llevó a la situación actual, es decir, que no impidió que estemos como estemos, sino que algunos piensan que algo contribuyó aquella forma de estar para llegar a esta deteriorada situación política, sería recomendable hacer una suerte de ejercicios espirituales culturales y muy especialmente de las artes escénicas.

Se escriben estas líneas pocas horas antes de la gala de los Premios MAX. Es decir hoy, en muchas secciones de los medios de comunicación se hablará de Teatro y Danza, se transmitirá la euforia de los galardonados, escucharemos frases bonitas, panegíricos, agradecimientos y hasta reivindicaciones. Un día al año de fiesta, de presencia, lo que todos sabemos que es insuficiente. Nadie quiere ser el aguafiestas, todos acatamos como los monos de Gibraltar el sistema de participación, de selección, de voto en estos premios. Aplazaremos para el año que viene las reformas. Es una tradición.

Asistir a las salas de teatro, viajar, conocer los nuevos montajes, ver las programaciones de los centros institucionales, palpar el pulso de los profesionales, los estudiantes, no lleva en estos momentos a transmitir mucha alegría. Ciertamente se va a una cierta bipolaridad: los que han decidido hacer el teatro que creen necesario, en las formas actuales, en los espacios existentes o que se inventen en busca de sus públicos nuevos, y quienes siguen anclados en el conservadurismo de textos, directores, formas, atendiendo a los públicos que consideran de siempre, los más tradicionales. En todos los casos los públicos escasean. Hay bajado de asistentes, no se puede ocultar esta realidad. Y el IVA al 21 por ciento sigue vigente, y cuando lo quiten o lo rebajen ya se habrá producido parte del desastre, se habrán apartado a públicos incipientes de las salas.

Por lo tanto hay que disfrutar de lo que tenemos, de los pocos motivos que nos quedan para la fiesta, pero tampoco hay que dejarse caer en el estado de alienación costumbrista y desmovilizadora. Aplausos a los ganadores, abrazos a los perdedores, justicia para todos, y un poco más de actitud solidaria y de reforzamiento de los principios. No se es mejor, ni se hace más grande la fiesta por ser un estómago agradecido que asiente, consiente y calla. Desde luego molesta menos, aunque aporte poco o nada. Mañana será otro día.

Debemos afrontar la desidia con la máxima actitud emprendedora. Los lamentos se confunden con los ecos. Cada letra que juntamos con otras letras nos salvan momentáneamente de la desesperación. Lanzamos mensajes en botellas virtuales que a veces son recogidos en lugares muy lejanos y nos devuelven la esperanza. Existimos, alguien nos lee, incluso indican que nos esperan cada lunes. Según las estadísticas son cincuenta y seis mil veinticinco los visitantes diferentes que se pasaron por este lugar al servicio de las artes escénicas.

Dicho de otro modo, tuvimos durante el pasado mes de abril una media diaria de ocho mil setecientos treinta y un visitantes, a los que les servimos cincuenta y cuatro mil cuatrocientas diez páginas de promedio diario, que suman, para que la cifra sea más contundente un total de un millón seiscientos treinta y dos mil trescientas dos páginas servidas en un mes. Solamente en un mes. Vamos creciendo. Cada día somos más. Nos alegra. Encontramos sentido, encontramos retorno, crecen los colaboradores, la necesidad, circula la información, fluye la solidaridad, la responsabilidad compartida.

Damos por cerrado el autobombo, pero creemos necesario que todos cuantos nos siguen y son nuestros cómplices sepan que somos los que somos, que seremos más, y que debemos elaborara conjuntamente un discurso que acabe con el desparpajo de la alegre tropa seguidora de manera fanática del mercado, del neoliberalismo aplicado a la cultura, del teatro utilitario, del divertimento escapista, de esas propuestas alienantes que convierten los escenarios en pasarelas o platós televisivos de muy baja estofa.

Estamos con todos, pero vamos cada vez más a señalar los que creemos trabajan para el progreso de su colectividad, artísticamente, o aquellos que consideramos parásitos, incrustados en unas estructuras de las que se alimentan y desangran económicamente, sin aportar nada más que productos de consumo rápido. Unos los producen, otros los hacen y otros los exhiben. Es decir hay una organización para la toma de toda la cadena, para coparla y convertirla en algo banal, artísticamente bajo mínimos, que busca solamente la rentabilidad económica, el mercantilismo. Y mucho de eso se hace con dinero público, en espacios públicos. Ahí reside el problema, la impostura.

Escribo estas líneas desde Lleida, en su Fira de Titelles, recordando a Julieta Agustí, su fundadora, que se nos fue en un accidente, viendo la realidad de un tipo de teatro, el de objetos, curiosamente cada vez más teatralizado, menos objetual. Evoluciones, tránsitos. Sigue existiendo pulsión creativa, sigue existiendo un mundo posible en las artes escénicas. Lo malo es la realidad cotidiana. Lo que se programa cada semana en muchos lugares, lo que se produce para atender a las programaciones menos escrupulosas. Siempre estaremos con los soñadores, con los artistas, con los que vivan para el teatro, con mayor o menor calidad, pero que se note que quieren decir algo, nuevo, viejo, con formas arcaicas o buscando nuevos lenguajes. Y quienes les acompañan en la producción, la gestión, la programación. Nos repatea el desparpajo desmovilizador de algunos responsables institucionales.

Cuando alguien se dirige a un núcleo de participantes en un encuentro, sin conocer personalmente a quiénes tiene delante, ni a quién representan ni de dónde vienen y su difuso discurso se basa en decir nombres de autores, directores, actores, en su mayoría conocidos mundialmente, y recalcar siempre y en cada caso, "es muy amigo mío", no es fácil sujetar la suspicacia que despierta esa retahíla de nombres y amistades incondicionales para justificar el funcionamiento o la necesidad de cualificar cualquier programa, evento en marcha o para vislumbrar una acción de futuro.

En primera providencia uno reclamaría que en el ámbito de la cultura, y muy especialmente en las artes escénicas donde se viven circunstancias, procesos creativos, ensayos, rodajes muy intensos, existiera un cuerpo de trabajadores sociales que ayudaran a toda la comunidad a discernir de manera muy especial, y repetida en el tiempo, una clasificación de las relaciones para que se sepa claramente lo que son amigos, conocidos y saludados. De esta manera nos evitaríamos muchas frustraciones.

Cualquiera puede hacer subdivisiones en la anterior lista, pero para estos momentos nos sirve. El estar en una charla con una directora, comer enfrente de la misma, hablar de cuestiones comunes, de amigos y conocidos cruzados y hasta tomarse una copa esa noche, ¿es tener una amistad o tener un conocimiento? Es más, se puede tener hasta el teléfono privado de alguien, y llamarle cuando a uno le plazca, pero a un amigo se le llama para contarle que te ha salido un ceviche extraordinario o para felicitarle porque es el cumpleaños de su perro, y a un conocido solamente por cuestiones profesionales.

Este asunto menor, lo de arrogarse amistades profundas, cuando es alguien que demuestra inseguridad en su discurso, cuando no parece tener más argumentos para demostrar la excelencia de su proyecto que el supuesto aval de sus inmensas amistades y siempre con personalidades de renombre, no puedo reprimir mi caudal de desconfianza. Me desborda. Y si su intervención dura más de diez minutos, le empiezo a descubrir tantos renuncios, que me provoca animadversión. Lo repudio. Me es imposible establecer ningún contacto más allá de la cortesía.

Me acaba de pasar estos días en el Festival Internacional de Teatro de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, y maldigo mi intolerancia, porque seguramente con algo más de paciencia con una persona que entró así en un conversatorio, dominando mis prejuicios, hubiera descubierto que debajo de esa pátina de distancia y afrancesamiento, se encuentra un profesional esforzado que probablemente puede tener un valor suficiente sin necesidad de embadurnarse de amiguismo.

Para mí el problema personal, el complejo de inferioridad que a mi juicio demuestra esta actitud, puede esconder otro problema de mayor calado, y es que un proyecto importante en un ámbito de futuro para el teatro como puede ser la formación, en ningún caso se puede basar solamente en los amigos (ciertos o imaginados) de su máximo responsable. Por muy buenos que sean. Eso sí que es un peligro que excede mi alergia a los amigos para siempre de una noche.

En algunas épocas, las ciencias sociales, aplicadas a estos menesteres, dejaban entrever una incapacidad práctica para que entre actores o actrices se produjera una auténtica amistad. Se explicaba que es una profesión tan competitiva, que si tienes un amigo de tu misma edad y condición, puede ser el máximo enemigo para acceder a un papel después de pasar ambos por un casting. No sigamos por ahí.

Es obvio que quienes llevan toda la vida en este mundo, acaben teniendo un círculo de amistades relacionadas con el mismo. Lo difícil, para todos, s conocer la graduación de la misma. Y si es recíproca. No sea que al que yo considero mi amigo, para él no sea nada más que un saludado. O un imbécil al que debe atender por necesidades del guión o de su cargo. O del mío. Que es lo que sucede las más de las veces. En términos generales, amigos, amigos, contados. Y este asunto, llevado a las relaciones profesionales, institucionales o políticas, adquiere una importancia superior.

Debido a las preguntas directas, los rumores mal intencionados, los comentarios y algunos debates enriquecedores que se han producido respecto a colaboradores habituales, críticos espontáneos, sistema y forma de funcionamiento de este periódico digital dedicado a las Artes Escénicas, llega el momento de volver a dar alguna explicación para que queden claros algunos puntos.

Forma parte de la iniciativa surgida hace diecisiete años con la revista ARTEZ. Desde entonces, se ha pasado por muchas fases. Desde 2001, estamos en la web, en primer lugar colgando la revista sin más, después como un portal www.artezblai.com, que alojaba a la revista y posteriormente a la Librería Yorick. La evolución nos llevó a convertir lo que era portal en periódico diario digital, en el que hay críticas específicas de espectáculos cosa que no sucede en la revista de papel ARTEZ, y columnistas semanales, algunos que cohabitan con sus colaboraciones en la de papel y otros que no, que escriben única y exclusivamente para este diario digital.

La revista tiene un alojamiento propio, www.revistadeteatro.com, y la librería que es otra empresa, tiene su sitio particular, www.libreriayorick.com por lo que además de la edición de libros a través de le editorial Artezblai, conforma nuestra oferta, nuestro pequeño grupo de comunicación especializada alrededor de la Zapatilla que es nuestro icono identificador.

No tenemos ayudas directas para este periódico. Vendemos espacios publicitarios que son generalmente insuficientes, buscamos maneras de financiación por todos los costados y los colaboradores en este periódico no reciben compensación económica ninguna. Es una situación lamentable, pero solidaria, y que mantenemos con obligada resignación. Y algo de orgullo al ver la nómina de los que firman sus columnas. Forman parte muchos de ellos de nuestro núcleo de orientadores y consejeros áulicos, que editan, reciben nuestros libros y un largo etcétera de vinculación no contractual ni laboral, pero sí profesional y teatralmente activa.

La elección de los mismos es por cooptación. Los buscamos. Les ofrecemos la posibilidad y quienes lo aceptan, son recibidos con admiración. Sobre las críticas, hay más matices, porque cualquiera puede colgar una de ellas de motu propio, pero si detectamos que quien la escribe es parte de la obra o se dedica a insultar o descalificar a alguien, no le damos paso. Los habituales son reconocibles, algunos históricos, todos suficientemente documentados para la labor que desempeñan.

Por lo tanto el sistema para aparecer es muy sencillo, las noticias las vamos colgando según las conocemos, y somos muy pocos para atender todo lo que nos llega. Quienes cuelgan sus noticias directamente, nosotros las revisamos y les damos paso. No existen muchos más filtros. No hay exclusiones de ningún tipo. Así que lo único imposible es informar de algo de lo que no tenemos noticias. Por ello a todos, manden, insistan, busquen todas las posibilidades de conectarse y de auto-publicar. Tenemos las herramientas a su disposición. No limitamos la libertad de expresión a nadie. Si alguna vez estamos en desacuerdo con lo publicado por alguno de nuestros colaboradores, lo asumimos sin prejuicio ninguno. Es el conjunto de nuestros colaboradores, de nuestras informaciones lo que al final nos identifica y nos coloca en el imaginario de cada cual y en el colectivo de la comunidad a la que servimos, en el lugar que merecemos por su utilidad e ideológicamente.

Por eso suceden cosas tan ricas, a mi entender, como que hayan críticas contradictorias sobre un mismo espectáculo, o que dos colaboradores, o más, difieran analizando un situación, unas políticas. Es nuestra vocación fundacional, que sirva para que corran las ideas. Todas las ideas. No queremos dogmatismos ni nadie que excluya a los demás. Sí queremos defensas pasionales de posturas estéticas, de ideas, de técnicas, de teorías. Por el bien de las Artes Escénicas en general, universalmente, pero con nuestras limitaciones idiomáticas y geográficas.

No hay sectas, ni consignas, ni exaltación del líder, ni culto a la personalidad de nadie. No, esto funciona sin secretario general, de otra manera mucho más democrática, dentro de nuestras posibilidades. No existe dirigismo, tenemos nuestra ideas y las defendemos libremente junto a otros que tienen otras. No hay veto informativo para ningún creador, productora, ni institución. Nuestros límites son claros, lo que podemos dar con nuestras fuerzas, con nuestro personal cada vez más reducido y muy auto-explotado ya que la mayoría somos socios y llevamos demasiado tiempo con nuestras angustias económicas crónicas.

Todo ello tiene una compensación clara, el mes de marzo, el último del que tenemos mediciones oficiales llegamos a servir más de millón y medio de páginas. Muchas. Tuvimos una media de visitantes diarios superior a los siete mil ochocientos. Muchos. Crecemos, gracias a todos. Y además, nos hemos propuesto seguir incidiendo en nuestra realidad con nuestras opiniones. Libres. Y lucharemos por al Libertad de Expresión de todos. Y ganaremos esta pelea. La ganaremos sin lugar a dudas. Entre todos.

Tengo dudas. Serias dudas. No estoy tan solo como creía respecto al tratamiento que debe aplicarse a los clásicos en estos momentos. El artículo de la semana pasada ha provocado, a mi entender, un sano debate. Además he tenido la suerte de poder recibir el primer pliego de descargo en vivo por parte de Helena Pimenta y Juan Mayorga. Casualidades. Una explicación no está de más. No pretendía ser una crítica a la Compañía Nacional de Teatro Clásico, ni siquiera al montaje de "La Vida es sueño", sino que estaba influenciado por su visionado, y por haber pasado unos días magníficos, como siempre, en Las Jornadas de Teatro del Siglo de Oro de Almería, lugar en el que siempre se me despiertan mis obsesiones con los clásicos españoles, se me aclaran algunas dudas y se me abren muchísimas más. Se trata, por tanto, de un lugar saludable para mantenerse en activo.

Repasando mi propio artículo, no logro colocar nada más que ayude a situar mi duda razonable y hasta mi posición sobre el asunto del mensaje estructural de la inmensa mayoría del teatro que llamamos clásico español, especialmente del siglo de oro. Mantengo que el teatro es reflejo de la sociedad en la que se desarrolla, y entonces, si miramos la situación social, política, religiosa de la época en la que están escritas esas obras, la adscripción de sus autores como abanderados de unas posiciones radicales en lo religioso, es lógico que sus obras, si pasaban todos los filtros de censura de entonces, fueran a favor del poder dominante.

Sin prejuicio de su valor teatral, que creo sinceramente está sobrevalorado en muchas de las obras del repertorio más habitual, ese sustrato ideológico es el que pienso se debería revisar; se deberían utilizar recursos dramatúrgicos modernos para verlos desde un punto de vista diferente para que se acomodaran mejor a la época actual. Porque de seguir así ese teatro estaría muerto, sería un museo viviente. Para mí, un museo de los horrores ideológicos, como señalaba.

Pero es Juan Mayorga quién me coloca en la duda. En las dudas. Me pregunta si lo reaccionario no es precisamente pensar que el público, los públicos actuales, no saben discernir sobre lo que sucede en el escenario. Si no saben diferenciar claramente lo que es ideológica de "época", y lo que significa eso hoy. Y sigo dudando. No es mala reflexión, no. Suena por lo bajini como si yo partiera de un pernicioso paternalismo que considera a los públicos un conglomerado de idiotas incapaces de analizar. Y no sé si eso puede existir. Lo que si tengo claro es que toda obra de arte, de creación, y más que nada literaria, y todavía más teatral, en su complejidad de lenguajes, signos y significados, va emitiendo un mensaje final. Un mensaje que no se borra con detalles, ni con formalismos, ni con maquillajes. Y aquí me entra otra duda, más radical, ¿tiene remedio este teatro del que hablo?

Aquí y ahora, este teatro, según mi parecer, debería ser revisado profundamente. Y probablemente la opción mayoritaria sea mantenerlo tal cual, dejarlo estar, como una gloria del pasado que ha ido formando una manera de entender el ser español. Si miro desde mi ventana esa es la posición mayoritaria en los parlamentos y gobiernos, es decir, esos mensajes no están en desacuerdo con una parte notable de la sociedad. Por lo tanto, la opción que preconizo es claramente ideológica. Tan ideológica como la anterior. Pero justo en la dirección contraria. Quizás mi actitud sea ingenua, optimista y con intenciones positivas de salvar ese teatro de la fosilización.

Ya ven, sigo haciendo amigos.

Por si acaso, lo recuerdo. Tras varios años de hacer información sobre las artes escénicas, en la redacción de ARTEZ nos impusimos ciertas limitaciones para no aburrirnos y no aburrir a nuestros lectores. Una de ellas era no contar los argumentos de ciertas obras de teatro que se repetían invariablemente casi cada trimestre, las óperas del repertorio más habitual, y no utilizar ciertos términos y conceptos, como el de clásicos y contemporáneos que ha aparecido en nuestra revista infinidad de veces, y apurando más, lo de clásico contemporáneo.

Esto último tenía una parte de protección ante la misma contradicción enunciativa, y por otro porque nos resumía un cierto eclecticismo que acontece en muchos festivales generalistas. Pero lo cierto es que uno de los asuntos que probablemente no se hayan resuelto, es cómo tratar a nuestros clásicos. Y no se han resuelto en ninguna de las instancias. Empezando por la Compañía Nacional de Teatro Clásico, de la que acabo de ver en Almería su "La vida es sueño", que mantiene intacta toda su estructura ideológica que marca de manera muy clara toda la propuesta, por mucho aligeramiento en el texto que haya hecho, y muy bien Juan Mayorga, y por mucho que se intente tratar a Calderón como alguien universal e intemporal. El mensaje final es reaccionario de manera universal.

Probablemente sea un asunto de Estado, y quienes mantenemos que gran parte del teatro clásico español, especialmente del siglo de oro, es el sustento sobre el que se ha ido sedimentando la violencia estructural, el pensamiento más integrista, eso que llamamos nacional catolicismo español, seamos señalados como extravagantes extremistas. Pero no es un invento del franquismo como algunos pretenden hacernos creer, sino que es el sustento del pensamiento franquista, que encuentra con estos autores donde Dios, Patria, Rey, obediencia, machismo, honra, honor, violencia institucional van creando una ideología dominante difícil de superar.

Mi propuesta es que se revisen estos textos, que se cumplan las leyes actuales, las de nuestra contemporaneidad, las vigentes, y no se puede justificar la violencia de género, la muerte de nadie, por el honor de otro. Y me canso de ver en los escenarios justificaciones de la muerte de mujeres a manos de sus maridos porque la honra vale más que la vida. Esto es una salvajada. Hay que tomarse en serio estos asuntos porque en nombre de Calderón, Lope, Alarcón y cualquier otro se están dando obras y mensajes a los jóvenes que no alimentan nada más que ese pensamiento reaccionario, machista, servil y se ofrecen sin otro punto de vista. Es innegable el valor de ciertas obras, pero hay que ponerlas en escena con el punto de vista de la sociedad actual. Y si se hacen sin ese filtro sin esa alteración del mensaje, en muchos casos, eso, simplemente, está fuera de la ley.

Hagamos a los clásicos, contemporáneos, pero no solamente por ponerles mecanismos y tecnología actual, sino porque lo que se les dice a la sociedad actual esté de acuerdo con sus valores. Eso digo yo, aunque me quede solo. Porque creo que mantener esta actitud de "así era el mundo cuando Calderón lo escribió", nos llevará a ese mundo pasado. No al actual.

Marcando el territorio. No me pareció adecuada la política de comunicación en los primeros años de esta crisis que mantuvieron algunos directivos y portavoces de las asociaciones de empresas asegurando que no se notaba en la afluencia de públicos, que el teatro y las artes performativas en vivo y en directo habían sido el refugio del ocio "barato" de muchos ciudadanos, lo que mantuvo una burbuja publicitaria que ahora parece haberse pinchado y se intenta ir a demostrar lo contrario. Quiero decir, que no me parece demasiado adecuado para recuperar presencia esas ruedas de prensa y comunicaciones en las que se habla del apocalipsis, que se dan datos rotundos, muy contundentes, pero sin contextualizar, en el que parece que debido a la criminal subida del IVA del ocho al veintiuno por ciento, los públicos han huido de las salas, se están perdiendo millones de espectadores, lo que significa una bajada de recaudación que irremediablemente lleva al paro a cientos de trabajadores y vamos directos a la extinción.

No me pareció una buena imagen antes, y me parece muy mejorable esta actual, porque a renglón seguido se nos comunica que si se volviera al IVA reducido se recuperarían no sé cuantos millones de recaudación, se acabaría con el paro estructural en las diferentes profesiones que concurren en el hecho teatral y todo ello porque aumentaría por arte de magia el número de espectadores. ¿De verdad los públicos se rigen por el precio de las entradas para acudir o quedarse en casa o ir a otras opciones? Es cuestionable asegurar que no influya, pero desde luego no es el único factor. Hay muchos otros. Y, sobre todo, no es lo mismo lo que sucede en Barcelona o Madrid, que lo que sucede en el resto de programaciones del estado español, donde las circunstancias demográficas, socio-económicas y culturales son bastante más condicionantes.

La relación del teatro, de las artes escénicas y performativas con la ciudadanía es un asunto que no se puede resolver puntualmente, sino que necesita de una estrategia transversal, de largo alcance, sin interrupciones en el tiempo, de manera que sean acciones que vayan acompañando a un ciudadano durante, al menos, toda su vida de estudiante y que tenga una posibilidad de continuidad en el momento de ser adulto. Y tienen que ser acciones que interesen a la educación básica, la secundaria y en la universidad que no sea solamente una oferta de horas libres, sino algo que forme parte del currículum lectivo.

Paralelamente a ello deben existir acciones constantes en todos los puntos culturales activos, que casas de cultura, club de jubilados, lugares de ocio y distracción, oferten maneras de interesarse, cursos, cursillos, fomento de la participación con las ayudas a los grupos aficionados y programaciones continuadas de todo tipo de programación. Ello ayudaría, además, a que los locales, salas, teatros de titularidad municipal la mayoría desaprovechados en su uso, cuando no cerrados, cumplieran con sus objetivos, y en eso deberían implicarse, además, con fórmulas varias, las compañías, grupos, asociaciones teatrales, profesionales, semi-profesionales o amateurs dentro de unas reglamentaciones claras, concisas y que propicien su funcionamiento.

Medidas conjuntas que deben estar coordinadas desde el estado central, los gobiernos autonómicos, las diputaciones y los ayuntamientos, en un plan de futuro. Un plan, que digo con ingenuidad pascual, que no debería estar a merced de los vaivenes partidistas, los cambios de mayorías, ni siquiera de incidencias presupuestarias que no sean excepcionales. Algo así, mejor desarrollado, con mucha más profundidad sería una alternativa al caos actual. Estas medidas, junto a otras que no soy capaz de vislumbrar ayudarían a crear "públicos", no de aluvión, no sociales de viernes noche antes de la cena de amigos, sino de afición, entendidos, culturales, que es lo que a lo mejor ayudaría a sostener una buena estructura de producción y exhibición, mientras se va definiendo de mejor manera qué función deben cumplir las compañías y centros de producción institucionales.

Ya sé que mientras tanto existen otras urgencias. Pero para que no andemos siempre corriendo, es bueno pensar en las artes escénicas como un bien cultural de toda la sociedad, no solamente de los profesionales. Desde luego me apunto a todo lo que sea recuperar el aliento, pero el diagnóstico real es de una enfermedad congénita que requiere de un tratamiento de renovación genética de principio a fin.

Todos cuantos nos relacionamos con las artes escénicas debemos asumir nuestra responsabilidad en estos tiempos de crisis económica que nos está llevando a una desorientación que nos hace perdernos de nuestros objetivos debido al abandono de nuestras brújulas éticas e ideológicas fundacionales. Es el tiempo de mantenerse firme en sus convicciones, revisar los principios y desde ellos operar con el máximo respeto, sin excesos y sin tomar posturas de gamberritos de derechas que se puede confundir con una cierta pose ácrata divina, pero que no altera para nada el discurso imperante porque se trata de gestualidades vacías de contenido.

La responsabilidad en los medios de comunicación dedicados a informar de estos asuntos debería ser algo que se tendría ni que plantear. Pero como hoy en día el periodismo, las empresas periodísticas, son, en términos generales, muy débiles, se dedican a defender posturas partidistas sin ningún reparo, sin ninguna mediación de moderación. Sucede en los asuntos que son directamente relacionados con la acción política cotidiana, lo son con los asuntos más estructurales de la sociedad, con el modelo económico, con todo, llegando a una radicalidad muy ridícula. Y en España ha entrado en los medios más ultra conservadores una toma de postura anti-cultura que nos lleva a rememorar tiempos que creíamos superados.

La animadversión contra actores y actrices a los que consideran paniaguados, vagos y pertenecientes todos, en general, de la banda de los de "la ceja", para señalar que algunos se mostraron públicamente pidiendo el voto para Rodríguez Zapatero, y que ahora no les perdonan que se posicionen contra las barbaridades que está haciendo al actual gobierno en el desmantelamiento del estado de bienestar, lo que está creando un caldo de cultivo propicio para la desafección popular que, digo yo, algo tendrá que ver con la pérdida de públicos en el teatro y el cine, además, claro está, de lo que objetivamente la acción criminal de la subida del IVA ha representado.

Los críticos de los medios de comunicación generalistas van por libre. Se representan a sí mismos, no responden a consignas, si no a sus gustos y conocimientos. Pero cuando se hace crítica y además información, existe un momento de colisión, difícil de deslindar porque pertenecen a dos ámbitos diferentes. En el periódico La Razón, a toda página, se da una titular que dice: "ETA llega al CDN en vasco", es una provocación que escapa a cualquier contacto con la realidad y que tiene un tufo panfletario que asusta. Es una falta de respeto al Teatro en general, una pasada, un desquiciamiento, como llamando a la actuación violentas de los grupos más ultras que cada vez dan muestras de su crecimiento de manera más notable.

Lo terrible del caso es que la información la firma Miguel Ayanz, y leyendo su crónica, el tratamiento es bastante más respetuoso, informativamente más adecuado. Justo al día siguiente aparece en el mismo medio su crítica, y ahí, situándose ideológicamente, de manera legítima, tomando su postura de fondo, va opinando sobre sus formas. Eso es lo correcto, a mi entender, lo que ayuda a todos y no los excesos, ni el tremendismo de ningún tipo. Porque se puede estar en contra del montaje, del texto, de la interpretación de su contenido y argumentarlo con criterios que ayuden a los lectores del periódico, a los actuantes y al mundo de la cultura en general.

Sí, esto es un artículo moralista. Una llamada a la conciliación. Al entendimiento desde la discrepancia. Pido responsabilidad. A todos, empezando por un servidor.

Cuando se huelen los síntomas de la depresión primaveral, antes ese estado poético de enamoramiento y de ensoñaciones, aparecen como subgéneros de nuestra agonía el debate entre lo micro y lo macro, que llevado al terreno cultural nos sitúa en un ejercicio de medición que al ser conceptual es imposible de reglar de manera científica. En días como este lunes fallero en el que vemos el corralito oficialmente instalado en Chipre, el debate sobre la conveniencia de atender lo cercano, local, es decir lo micro, frente a lo global, lo macro tiene un sentido práctico además de filosófico.

Los nuevos lenguajes para difuminar la realidad hablan de "teatros de cercanía", y algunos mantenemos que todos los teatros (edificios) son de cercanía o de lejanía, dependiendo del lugar desde el que venga el espectador. Pero además, un teatro (creación) de cercanía, es necesario, preciso, obligatorio, recomendable, fehacientemente operativo. Y si juntamos ambos conceptos, teatro de cercanía hecho en teatros de cercanía, nos da un sistema micro de una rentabilidad macro.

Si se trata de hacer únicamente números en el campo minado de la economía, entonces debemos tomar otras referencias, pero si se trata de entender la inversión cultural como una apuesta de futuro, si calibramos el valor de uso de lo creado y ofrecido a la sociedad, entonces las variantes son múltiples, y las cifras relativamente micro, son expresiones de una alta rentabilidad cultural, social que a la larga es económica, porque se va creando un ambiente propicio a la autoafirmación, la autoestima, eso que a veces en nuestros desvaríos llamamos felicidad y que en los momentos más zopencos llamamos estado del bienestar.

Lo otro, lo macro, lo que tienen nombres rimbombantes, estructuras descomunales que consumen presupuestos imposibles solamente tiene sentido si es el colofón de una política en donde lo micro está completamente cubierto y en pleno funcionamiento para que exista una masa crítica suficiente como para asumir lo macro orgánicamente y no como una excepcionalidad turística o académica. Una de mis dudas más razonadas desde hace muchos años es la ubicación de salas y teatros. Un caso concreto, el Teatro María Guerrero de Madrid, una de las sedes del Centro Dramático Nacional, en el lugar donde está situado en el mapa madrileño, ¿es un teatro de cercanía? Dicho de otra manera ¿de dónde llegan los diferentes espectadores que ocupan sus butacas? Sí, una estadística nos lo diría mejor, pero la pregunta concreta es sobre si ¿son del barrio, de otros barrios, de la periferia o de fuera de Madrid?

La pregunta sirve para casi todos los teatros y salas del globo terráqueo. Obviamente, el centro urbano atrae, pero el comercio se ha ido a las periferias y parece que están llenas tiendas y bares de franquicia. Algo está cambiando. ¿Sería una aberración intentar poner salas de teatro en los grandes Centros Comerciales? No disparen todavía al pianista. Pensemos un poco.

Pero volviendo al discurso inicial, en estos precisos momentos, me temo que lo que está en peligro es lo micro. Se está descomponiendo, deshilachando el débil tejido social más local. Esos grupos aficionados, que a la vez empujaban a las escuelas o los talleres y que indirectamente le indicaban al programador algunas de sus preferencias. Esos teatros o casas de cultura que demás de las programaciones comerciales del oligopolio daban cabida a las producciones locales, provinciales, regionales. Los talleres y escuelas diseminadas por todo el Estado español que han desaparecido o van a desaparecer por falta de recursos y de alumnado. Y en una gran ciudad conviven lo macro y lo micro. Es más, en las capitales hay mucho micro ocultado por muy poco macro pero muy grandilocuente.

Si nos quedamos solamente con protección para lo macro, seremos mucho más débiles,. Porque lo macro es mucho más dependiente, trabaja en unos presupuestos y estadísticas que corresponden a una lógica de mercado, sin apenas consideración cultural más allá de las declaraciones formales. Y ahí se puede destruir mucho futuro. Lo micro es más flexible, más ágil, más espontáneo, pero también necesita oxígeno para respirar, y en el campo municipal entramos en ese vacío legal de las competencias impropias. Es decir que si se hacen es por voluntad política, no por reglamentación legislativa. Una debilidad muy grande. Y si se cortan programaciones no hay respuesta social suficiente.

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