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Mié, Ene

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

La piel de toro arde. El humo indica donde está la desesperación. Los noticiarios nos hablan de récords de temperaturas. Las carreteras nos dejan esquelas mortuorias. Nos movemos por inercia para intentar tener sensaciones de existencia. Vamos y venimos, sabemos que ya no reconocemos a esa sombra que se alarga o nos posee. Todos verbalizamos una frase: hay que vivir al día. No es un planteamiento filosófico, ni un ideario, es un pragmatismo de renuncia. Hoy sabemos que nos hemos duchado y que seguimos teniendo electricidad en casa y hasta en la oficina para poner en funcionamiento nuestros utensilios de trabajo. Pero mañana queda muy lejos. Sabemos que hace calor y nos abanicamos con rutina, sin apenas más esperanza que mover un poco ese aire denso.

Es lógico que se apuren las copas del licor, que se aproveche ese punto ideal de los melones, que ese olor del tomate de la huerta nos reconforte, que abracemos a los familiares y amigos, que al mirarnos en el espejo reconozcamos cada arruga como un triunfo de nuestra existencia. Hemos vivido, hemos soñado, hemos hecho, hemos derrochado o hemos acumulado experiencias. ¿De qué sirve? De muy poco, pero nuestra memoria nos debe ayudar a soportar estos calores que anuncian un otoño caliente, pero un invierno glaciar. Los que hemos vivido a caballo entre los dos siglos, adultos, muy pertrechados por años de teoría y praxis, sabemos de procesos, de vaivenes, de crisis y salidas de emergencia. Pero hay generaciones que han llegado a esto con una buena preparación, con titulación, y con una actividad frenética que abría oportunidades en cada esquina. Eso es lo que se está demoliendo. Se está acabando con un estado cultural de la exuberancia.

Todo es relativo. Algunos lo llaman abundancia, o vivir por encima de sus capacidades a las ilusiones y lo que otros consideramos como unos mínimos básicos para que social y democráticamente, la cultura hubiera tenido una presencia vital en la mayoría de nuestros conciudadanos. No nos ha parecido jamás excesivos los recursos aportados. Todo lo contrario, hemos reclamado, reclamamos y seguiremos reclamando más recursos para educación y cultura, desde un presupuesto ideológico irrenunciable.

Nos ha parecido denunciable, demencial, abusivo y probablemente rayando en lo delictivo el uso de esos recursos en algunos casos. La locura de unos pocos nuevos ricos que han derrochado ignorancia y han considerado que la cantidad era muy importante, o han confundido de manera dolosa el valor con el precio. Y no me refiero solamente a esa plaga de politicuchos de formación nula y escrúpulos cero, sino también de los gestores, con titulación o sin ella, y hasta de ciertos creadores, o productores que han aprovechado el río revuelto y se han convertido en colaboradores necesarios, cuando no en cómplices y beneficiarios directos o indirectos de muchas de las fechorías cometidas.

Así que solamente queda el rearme moral, ético, ideológico. El reclamar lo que es justo, el no conformarse con estos discursos tremendamente reaccionarios que van lanzándose por todos los lugares, desde el partido de gobierno actual o desde esa oposición de pitiminí que van amplificando la quiebra social, incidiendo en una separación entre clases no solamente por la diferencias económicas, por el terrorismo del paro, sino abriendo unas trincheras criminales en el campo de la educación y en el uso y disfrute de los bienes culturales, sean patrimoniales, o sean de los que se hacen en vivo y en directo.

No hablo desde el gremialismo, ni desde la exaltación de un profesionalismo demagógico, sino desde el compromiso ciudadano, social y político. Desde el activismo cultural más radical. Es la Cultura la que debemos defender, y con ello defenderemos todo lo que ello comporta, los agentes que la hacen, la canalizan y de sus receptores, es decir nosotros mismos, la ciudadanía activa. Voy a intentar dar esta batalla, no hay cosa que me entristezca más que pensar en una sociedad en la que además del paro, de la angustia económica, se les condena a millones de seres a relacionarse únicamente con la televisión o las obras de teatro reaccionarias, evasivas, desmovilizadoras y de pésimo gusto. No, hemos dejado ya muchos pelos en la gatera para dejar que estos canallas nos cuenten chistes malos y tomen decisiones de exterminio de una noción democrática de la cultura. O sea, hay que vivir al día, pero a ser posible organizados.

La canícula nos predispone a pensar en chanclas, con lo que a menudo más que un pensamiento nos sale un tinto de verano o un zurracapote. Esta calma chicha con olor a sarmiento nos deja pedidos en una tormenta de vientos cruzados en la que no hay manera de enderezar el rumbo. Esperamos la llamada definitiva, el amanecer con una disposición que nos obligue a tomar decisiones urgentes aunque sean dolorosas, pero mientras tanto vamos incubando nostalgias que se cronifican en estados depresivos atenazantes.

No podemos mirar hacia atrás porque ya somos estatuas de sal gorda. En cuanto caigan dos chubascos nos derretiremos, dejando una huella menor, un reguero de esperanzas truncadas. Nos atacará el virus de "que me quiten lo bailao", magnificaremos aquellos tiempos en los que el teléfono traía casi siempre buenas noticias y no apremios para pagar deudas. Cuando los perros se ataban con longanizas locales, autonómicas y estatales, en las que las redes pescaban al arrastre y en la que los proyectos se podían modular según ambiciones artísticas de cada emprendedor. Aquellos tiempos no volverán. Ni su simulacro.

Así que debemos acomodarnos a las nuevas circunstancias, a esta demolición que parece controlada pero que seguramente acabará en desgracia con efectos colaterales. No valen los currículum, ni las hojas de servicios, ni trayectorias, ni experiencias. Entramos en otra etapa de la involución: sálvese quién pueda y sin escrúpulos. La renuncia a cualquier atisbo de planificación, el oportunismo y la urgencia. Y claro está, sin paracaídas, sin red, sin cobertura social, volvemos a la selva, donde quizás se pueden encontrar reductos de verdad escénica, pero que en general, es un retroceso que va a fulminar a algunas generaciones.

En medio de esta desolación aparecen flores del desierto, oasis que nos ayudan a sobrevivir aunque sea en un espejismo. Existen individuos, colectivos, fieles a su idea, que nos proporcionan asideros para atravesar el maremoto. El Festival de Urones de Castroponce nos ilumina, excepcionalmente, pero su constancia, su vocación, su repercusión nos abre todas las esperanzas. Podríamos poner más ejemplos, agarrarnos a todos los clavos ardiendo o a todos los claveles reventones, pero nuestro cuerpo social, el grueso de los creadores de todas las categorías, no puede sobrevivir a estos brotes de esperanza, es el sistema el que se va a colapsar. Y ahí tenemos que estar alerta para evitar daños irremediables, o minimizar el desastre que se nos avecina.

Por ello, y porque a nosotros, los que nos dedicamos a la información, a la reflexión o la edición de libros sobre las artes escénicas, o sea, la periferia del negocio, nos están acribillando los fuegos cruzados, los recortes, las subidas y bajadas de esta montaña rusa desbocada, que nos coloca constantemente al borde del abismo, sin poder volver atrás, con todo el cuerpo vital infectado de agujeros negros en forma de deudas, morosidades y desafectos institucionales de carácter doloso, con lo que la desaparición se contempla no como un acto desesperado con sabor a fracaso sino casi como una liberación, hemos decidido no contribuir más a la agonía y mirar hacia adelante buscando lo que nos ayude a respirar, aunque sea para dar nuestra última bocanada. Por eso, corto y cambio. Que el eco nos dé alguna pista.

En el tiempo en el que en Brasilia, en el marco del Festival Internacional de Teatro Cena Contemporânea, se establecían dos encuentros internacionales, el primero intitulado "II Encuentro Internacional Cultural en Red" para intentar encontrar ensamblajes entre las diferentes redes existentes en iberoamérica y la posibilidad de implementación de actividades conjuntas, por otro se establecía un encuentro para definir un "Espacio Internacional de cooperación cultural y artística entre Latinoamérica y África", dos noticias nos han venido a desnudar un poco más. La suspensión "temporal" del Circuito Andaluz de Teatro y Abecedaria, por un lado y la derogación del decreto en el que se regulaba la Red de Teatros Públicos de Castilla-La Mancha.

Es decir, mientras se está trabajando en ciertos niveles de gestión en ideas supranacionales de colaboración internacional, entre continentes, no solamente en un marco de tráfico de mercancías culturales, sino hablando de desarrollo sostenible y cultura como ejes de funcionamiento, con presencia de entidades españolas, relevantes, como es el caso de la española Casa África para hablar de las maneras de establecer contactos con el continente africano aprovechando sus experiencias de colaboración en el ámbito cultural, especialmente de la danza, o con participaciones de otras instancias culturales españolas de diferente entidad, en el propio Estado español el desmontaje de las mínimas estructuras de canalización de las producciones artísticas anuncia años de sequía. Y en esta ocasión para que el mensaje sea más derrotista: son dos comunidades gobernados por los dos partidos hegemónicos, con lo cual, no existe solución. Ambos, PSOE y PP maltratan por acción u omisión a la cultura y a las artes escénicas.

Una de las máximas dirigentes del partido predominante en estos momentos, Esperanza, Aguirre, nos deparó una de sus frases prefabricadas por sus asesores, que lanzadas en general causan un efecto pirotécnico de despiste, pero que quisiera traer a este pequeño mundo de la Cultura. Dijo, más o menos,"Se ha acabado el tiempo de las ayudas, las subvenciones, las mamandurrias y las sinecuras". Si se lee despacio la frase, tiene dos partes, la primera es una constatación, un aviso, un canto demagógico para señalar una decisión: se están acabando las ayudas y las subvenciones, limitándose a lo imprescindible en asuntos culturales. Y lo segundo es una suerte de deseo, que se acaben con las mamandurrias y las sinecuras. En esta parte yo estoy de acuerdo. Lo estoy en términos objetivos, subjetivos, ideológicos y políticos. Se deben acabar con los sueldos que se disfrutan sin merecerlo, con los enchufes, para entendernos. Es más, referente a las sinecuras, es obvio que se deben eliminar los empleos o cargos retribuidos que ocasionan poco o ningún trabajo. Y para no perder el tiempo, lo digo ya: en ámbitos de gestión cultural está lleno de mamandurrias y sinecuras.

No sentará bien a las asociaciones de gestores culturales, los funcionarios seguirán haciendo vudú, los sindicatos gremiales echarán humo y amenazarán, pero si se reduce el presupuesto de un teatro o una casa de cultura casi a un cincuenta por ciento de hace apenas tres años, ¿quién justifica los mismos empleados si no hacen ni un tercio de la labor anterior? ¿Cómo se llama eso? Y todo aquél que haya ganado una oposición, que se haya preparado, esté tranquilo, yo estoy a su lado, lo considero uno de los míos, lo defenderé siempre, pero miren a su alrededor, verán como hay muchos que están colocados por el político de turno, sin preparación, con sueldo y atribuciones. Y eso es malo en general, políticamente, pero es un desastre cultural y uno de los elementos que contribuyen al deterioro imparable de las Artes Escénicas. Muchas de estas personas no tienen interés cultural alguno. Incluso se permiten decir que no les gusta el Teatro, pero como tienen los pies de barro, la cara de cemento y el sueldo de estrellas, no van a protestar mientras sigan cobrando haciendo muy poco o nada. Lo que mande el que manda, que es el que me ha colocado en el puesto.

La verdad es que lo del exilio teatral, es una salida, una alternativa nada desdeñable. Aquí se va a quemar a una o varias generaciones de creadores. Se está acabando de manera brutal con el incipiente tejido existente. Cada día estamos un poco peor.

Como muchos de ustedes, yo también estoy hasta las cervicales del estribillo exculpatorio de la herencia recibida. Pero hay que señalar que al menos en los asuntos culturales, la herencia tiene bastante importancia. En dos sentidos. Por un lado hay una colección de viudas, viudos, hijos, hermanas, herederos diversos de grandes autores que han hecho con su memoria un sayo mercantil que ha propiciado la desaparición de algunos de los fallecidos doblemente enterrados, por el acto de su defunción y por el secuestro de su obra, llámese herencia, llámese intereses económicos. En todos los ámbitos culturales, pero en las artes escénicas nos afecta más y de forma más directa.

Superados los controles férreos sobre las obras de Bertold Brecht, Valle-Inclán, García Lorca, entre otros, tenemos más reciente la absorción misteriosa de la obra de Rafael Alberti, al que digamos que han secuestrado en aras de un vindicación extraña. Y últimamente sucede con Pepe Rubianes al que ni sus amigos pueden homenajearlo como les da la gana, y como se merece, ni nadie puede hacer que su obra, la escrita, la que se puede editar, pueda ser revisitada en forma de libro.

Hay más casos, pero como duele tanto comprobar esta manera tan absurda de guardar un luto tan interesado, no demos más pábulo a estas actitudes neuróticas y arbitrarias de estos herederos. Querer a alguien es que el mundo entero pueda disfrutar de su obra. Como sucedía, en muchas ocasiones y de manera espléndida, en vida de los que han dejado la herencia cultural, la propiedad intelectual. Los derechos de autor para hablar en plata.

Pero si nos dedicamos a entender algo la estructura institucional en la que se mueven las artes escénicas, sí se puede hablar de herencia recibida. De una buena herencia, dilapidada. Es difícil comprender el entramado de gobierno central, unidades de producción estatales que solamente están en la capital del reino, de las comunidades autónomas y sus competencias que en ocasiones simplemente duplican las estatales o las complementan, en otras las superan (o superaban porque la debacle económica es general) para destacar y procurar una identidad más visible, y llegando al lugar de los hechos, la inmensa mayoría de teatros públicos, que son de titularidad local, pero que no existe nada que obligue a nadie a hacer nada en ellos. Es decir, una nefasta herencia de vacío de reglamentación.

Pero la herencia más penosa, la más difícil de comprender, de asimilar y de solucionar es el convenio firmado por el INAEM, en tiempos de Andrés Amorós, con los sindicatos de técnicos, lo que ha hecho que la eficiencia en las unidades de producción bajara a cuotas imposibles de comprender, y que colapsa cualquier viabilidad lógica, de difusión estatal, y encarece de manera que roza con lo penal cualquier actividad, además de crear unas tensiones a la hora de trabajar digna de épocas totalitarias.

Todo parte de una decisión política de cobardía, tomada en su momento para sacarse un problema de encima los que estaban al frente del propio INAEM y del Ministerio, pero que ahora, con la crisis económica se aparece como paralizante de la propia actividad. Con los recortes que cada semana se van acumulando, apenas el veinte por ciento del presupuesto de las unidades de producción es para el escenario, para la creación, para compartir con los otros gremios de la profesión y con los públicos. El resto es para mantener unas nóminas infladas hasta lo increíble. Esta herencia recibida, no ha querido nadie variarla. La transmite al siguiente sin intentarlo siquiera. Así no tienen conflictos, pero la cuestión es está enquistado de manera ponzoñosa y se espera la llegada de alguien con dos dedos de frente y entidad moral, política y teatral que lo solucione para que no sea, un escándalo perpetuo. Mientras esperamos vamos a protestar seriamente por si acaso ayudamos a la solución, ya que se trata de un dinero público muy mal empleado.

Ha sido una puñalada trapera. Una declaración más para que quede claro el desprecio a la cultura de este gobierno títere de la gran banca y los intereses de las grandes empresas. La subida del IVA del ocho al veintiuno por ciento en las entradas de teatro, cine, circo, conciertos y otros espectáculos es una barbaridad que no se entiende y que probablemente no tendrá un efecto tan catastrófico como el que ahora nos parece y conmociona, pero que es un elemento más para que vayamos pensando en el hundimiento definitivo de todo el sistema actual.

Los hechos y decisiones plasmadas en el BOE nos está pasando por encima, machacando, y es el momento de dejarse de comunicados y gestualidades y empezar a poner a trabajar todos los planes de reconstrucción. Ya está demolido, ya ha pasado el mayor terremoto sufrido por el mundo cultural en las últimas décadas. Ahora, cada cual que coja su pico y su pala, y empieza a desescombrar para empezar de nuevo a construir todo el edificio, pero poniendo primero unos cimientos más sólidos y hacerlo en terreno no tan inestable y movedizo.

La noticia nos atrapó en el Festival de Almada, y justo antes de empezar una mesa de debate para hablar de la crisis en el teatro iberoamericano, y allí, sentimos, que la desorientación crece, que sabemos que nos están bombardeando, que en ocasiones parece fuego amigo, pero que los efectos son demoledores, sin aparente posibilidad de defensa. Las circunstancias generales nos hace mirar al exterior con envidia. Sabemos que en lugares como Chile, México, Colombia, Brasil o Perú, por poner unos ejemplos se están logrando avances en sus estructuras, tanto en formación, como en producción o exhibición. Estamos hablando de dramaturgias emergentes. No olvidamos a Argentina, que es un ciclón de producciones, de creadores, de una simbiosis entre escenario y públicos que crea una magnífica ilusión de existencia de posibilismo, aunque sea a base de la auto-explotación, pero que genera optimismo. Miramos y queremos ver lo bueno, o lo mejor de ahí fuera, al igual de los relatos que nos hacen desde las universidades de USA en donde la presencia creciente de una población latina va encontrando un correlato en los escenarios, tanto en el ámbito universitario como en el profesional o más mercantil, sustentada por la iniciativa privada.

Ya digo, todo ello nos insufla sensación de futuro, a orillas del Tajo, donde las dos naciones o estados que forman la península que da el prefijo de ibero, están pasando por sus peores momentos de la reciente historia, intervenidos, aplicándoles las recetas neoliberales que llevaron a muchos países americanos a la ruina y la desesperación. Ahí en ese contexto uno sufre calambre neuronales. Va desde el impulso de resistencia, ética, estética, política, a la desesperación más depresiva. ¿Tenemos la complicidad de la ciudadanía o nos hemos preocupado solamente de complacer a los mandos intermedios y políticos que eran los que administraban los recursos económicos?

Se abre un tiempo en donde la abstención es una traición. Todos: autores, directores, actores, escenógrafos, iluminadores, atrezistas, taquilleros, acomodadores, transportistas, productores, gestores, programadores, distribuidores, pedagogos, investigadores, sindicalistas, periodistas, críticos, todos, absolutamente todos, deben mojarse. Porque a todos afecta. No se puede quedar nadie esperando a que los demás le saquen la castañas del fuego. Y en los centros de representación del Poder Instituido, entiéndase Centros Dramáticos, Teatros Nacionales, Compañías Nacionales, Ballets y otras instituciones, deben saber que se han convertido en una excepción cortesana de difícil sostenimiento. Mal que les pese a sus actuales directores y sin que se lo tomen personalmente.

Los científicos denominan "materia oscura" a todo aquello que sabiendo o intuyendo de su existencia, no tienen la certidumbre de qué está hecho o cómo se forma con exactitud. Con el descubrimiento del llamado "bosón de Higgs", hemos entrado en una semana de didáctica científica que nos recuerda la distancia existente entre ciencia y sociedad. Justo en el momento que se estrena una obra de teatro basada en algunos de los textos de Eduard Punset, un gran divulgador televisivo de algunos conceptos de las ciencias aplicadas que nos sitúa en ese territorio en donde lo que tiene ver con las matemáticas, la física o la química, parece pertenecer a una elite que vive en otra frecuencia que el resto de los mortales.

No es infrecuente que algunos autores dramáticos provengan de la rama de al ciencia. Para no abundar en ejemplos, Juan Mayorga, matemático, Jaime Salom, médico, unos de los estudios más cursados por muchos literatos y gentes de teatro, recordemos ahora mismo al desaparecido Fernando Urdiales, y muchos de sus compañeros de Teatro Corsario, médicos, algunos todavía en activo. Borja Ruiz, compañero de estas columnas, es doctor en farmacología genética, además de actor, director y docente teatral. Es decir, no existe incompatibilidad alguna, y en muchas ocasiones echamos en falta la sistematización de los métodos científicos para asuntos relacionados con las artes escénicas, especialmente en territorios tan objetivables como la formación.

Quizás los que más han profundizado en estas materias, acaban encontrándose con demasiadas "materias oscuras", esos lugares de la interpretación en donde por mucha incidencia en su metodología, existe un punto de difícil explicación, que se sabe o se intuye que funcionan de una cierta manera, al amparo de la filosofía, de las escuelas clásicas, pero que la neurología está ahora misma dando pistas de sus procesos, de su funcionamiento, en ocasiones para confirmar y en otras para crear más dudas razonables sobre la misma esencia del hecho teatral, en el que, no se olvide, interviene otro elemento imprescindible, el espectador, que tiene toda su complejidad física, química y social.

Porque quizás sea factible estructura una metodología para la composición del personaje, una tabla de ejercicios para convertir un cuerpo en una herramienta apropiada para la expresión corporal; está claro dónde se forma la voz, y cómo es posible codificar una gestualidad, nadie duda de que existen varias teorías de la dramaturgia, pero a ello se le tiene que apuntar que se tiene que convertir en un todo, en un acto, espectáculo, coreografía, manifestación artística que debe ser asumida, entendida, regurgitada por unos espectadores que no tienen ninguna necesidad de tener ninguna formación específica para entender lo que se le ofrece.

Lo grande, a mi entender, del Teatro en general, es que un individuo con el don, con una formación mínima o inexistente, puede crear grandes instantes, momentos únicos, disfrutados por otros individuos que tienen una formación general, como ciudadanos, no como espectadores, que lo disfrutan, y que aunque sean lenguajes aparentemente muy avanzados o poco convencionales, pueden ser comprendido por muchos que ni siquiera saben de sus antecedentes históricos, corrientes o fundamentos teóricos.

Cuanto mayor es l conocimiento, más posibilidades existen de mejorar, de avanzar, de profundizar. Es una proclamación universal. Pero el conocimiento, por sí mismo, no asegura una creación actoral superior, ni una puesta en escena innovadora. Existen percepciones diferentes, probablemente cercanas a la patología, que hace a unos individuos singulares, dotados con un plus para la creación que si se alimenta y se controla puede dar mucho de sí. Pero, ¿es necesario espectadores singulares, superdotados, muy formados? No; hace falta ciudadanos con ganas de experimentar, de descubrir, de dejarse llevar por esas torrenteras, que hayan tenido la oportunidad a lo largo de toda su vida académica de conocer esas artes, practicándolas en estadios primarios a ser posible. Y para que todo ello sea factible es necesario un dispositivo social, político, económico y cultural que lo alimente y lo propicie. Justo lo que se está desmantelando, en muchas cuestiones, antes de instaurarse. Esto no es materia oscura, esto es oscuridad.

La censura existe. La censura se disfraza. La censura es ideológica, económica o estética, o sea, política Debemos mantenernos muy alerta para que la censura desaparezca, pero sobre todo, debemos luchar en primera línea para que no se utilice a los públicos como argumentación censora. Se usa los públicos de una manera demagógica hasta confundir la cantidad como un objetivo calificador. Y cuando se empeñan en mostrar un paternalismo reaccionario se expresan con una frase demoledora. "mi público no está preparado par este tipo de teatro".

Hemos pasado de aquellos indecentes que creían que el público era suyo, como la calle de Fraga, a los que ahora tienen una vara de medir la capacidad de sus públicos para entender, comprender, asimilar, disfrutar con un texto u otro, una propuesta u otra. Y lo hacen con un desparpajo que asusta. Y lo repiten en mesas y encuentros. Y eso que la ciudadanía, vía impositiva, les ha pagado horas y horas de cursos, cursillos, y demás formas de dedicarse, de manera general, al absentismo presencial, que es estar en un lugar donde un especialista habla de cómo crear públicos, de lo que significa, de las acciones para crecer cualitativamente, mientras ellos y ellas, se dedican a sus pensamientos cortos, a sus máquinas electrónicas de hablar, chatear o chismorrear desde lejos, y no aprenden nada más que aquello que ya sabían: que si llaman a un sitio, le preparan la programación de baratijas cómicas con actores y actrices muy promocionados por los medios de comunicación de masas desmotivadores de cualquier incentivo que tenga alguna referencia cultural.

Insistiremos una vez más: hay públicos. Plural. Y cuando esos supuestos gestores, dicen esas barbaridades sobre "su público", están aplicando su gusto. Su mal gusto. Un gusto de consumidor de entretenimiento, que no conciben la pluralidad de la sociedad a la que sirven y les paga, que está compuesta por esas nuevas clases medias profesionales o funcionariales que acuden a sus programaciones, más aquellos que no acuden. Los que no acuden son más. Y esos ciudadanos deberían ser el objetivo de su gestión, no el de complacer a sus amigos, para que los viernes se encuentren, muestren sus vestidos, cenen y comenten el partido de fútbol.

De los que no van, de los ciudadanos que no son público, unos, una mayoría, es porque sus condicionantes sociales, económicos y culturales los han distanciado de la costumbre de asistir a la cultura en vivo y en directo, los que han sido condenados a la televisión como única ventana al exterior, incluso a su propio interior. Pero existen otros ciudadanos, que no les gusta ese teatro casposo, reiterativo, comercial, de figuras de la tele que siempre cuentan los mismos cuernos, los mismos amores, con las mismas formas. Ciudadanos que huyen de sus localidades para acudir a otras capitales donde sí existe un teatro más plural, que abraza a otros públicos, a otras personas que aman el teatro, no como un lugar de reconocimiento social, sino como un territorio de experimentación cultural, de enfrentamiento con otras visiones de la realidad. Probablemente una minoría muy activa, muy comprometida a la que se debe atender con los mismos recursos.

Sí, estamos hablando de una decisión política, pero para no ceder ya ni un paso más a la intransigencia totalitaria de los trileros culturales, solicitamos solemnemente un respeto absoluto al público, a los públicos, a todos los públicos posibles, pero desde el lado de la autoridad democrática, del servicio a todas las sensibilidades, no el del mercantilismo más crónico. Y si se trata de cuantificar, al mercado libre, a lo que les gusta tanto, pero que ellos, los gestores de pitiminí, vivan también de la taquilla, no de los presupuestos. Entonces seguro que su discurso no será tan tramposo. Y sabrán lo que cuesta un peine.

Amo a los empresarios de teatro comercial. Los adoro. Me parece unos héroes. Cumplen su función en el ecosistema de las artes escénicas. Dan material escénico para una amplia minoría de ciudadanos que buscan exactamente lo que les ofrecen. Los aplaudo, los envidio, deben recibir medallas. Lo que no se debe confundir con los teatros de titularidad pública y con cargo al presupuesto general, que deben tener otro tipo de programación. Esas sospechosas confusiones al servicio del oligopolio son las que realmente corrompen el sistema. Algunos de los que están al frente de esos espacios son los que usan y abusan de los públicos, cuando deberían verlos como ciudadanos. Esa es la diferencia. Y entre los gestores culturales de "carrera", existen algunos y algunas que son ejemplares, pero, desgraciadamente, no son la mayoría.

Va una batallita personal. Una de fronteras. Una de "reciprocidad". Llega este viajante de ilusiones a Belo Horizonte y al presentar su pasaporte, el escudo de España solivianta a la funcionaria que me manda a una esquina, en una mesa apartada, pero a la vista de todo el mundo. Una vez allí, otra funcionaria me llama, abre el pasaporte y coloca el sello en el documento de entrada. En ese momento otro funcionario, varón, trajeado, llega corriendo y diciendo: "es español, es español". Y se aborta mi paso. Se vuelve a la mesa y empieza el interrogatorio.

No llevo carta de invitación. Esto es un dato objetivo. Una negligencia de alguien. Pero le enseño la revista ARTEZ de junio, donde hay una publicidad del FIT de Belo Horizonte, un extenso artículo informativo, le muestro mis credenciales, le enseño todos los mails de, llevo un billete de vuelta, para cinco días después. La actitud del funcionario es de absoluta dureza, distancia, no le importa nada. Debe mostrar su autoridad. Busco un teléfono, llamo a la organización del festival, le paso la llamada, hablan durante unos minutos, pero sigue con su actitud fría, obsesiva. No le importa nada. Dice que espera un coreo electrónico o un fax. Pasan los minutos. Ya llevamos más de media hora. No se resuelve nada. Cuando se acerca a mi mesa es para regodearse.

Hasta que le indico que no tengo ganas de molestar, que si no estoy detenido, ni retenido, me acompañe hasta el embarque que me vuelvo en el mismo avión. Ni se inmuta. Dice. "estoy buscando una solución". Le digo: "no, usted ha creado un problema y ahora quiere buscar una solución". Pasan más minutos, una eternidad, le insisto por segunda y tercera vez en que si no estoy detenido ni retenido, me acompañe al embarque que me vuelvo. Y que se dé prisa para que no pierda el avión, no sea que me tenga durante un día en el aeropuerto.

De repente aparece otro superior, uniformado. Me saluda con una sonrisa. Me indica el primer funcionario que le enseñe la revista, la abro por el anuncio del Festival, lo mira, pronuncia un "El FIT", y añade, "Es una excepción cultural, pase". Y me explica las razones, lo que sucede con los brasileños en las fronteras españolas. Y que se trata de una asunto de reciprocidad. El poli bueno es simpático. Me dan ganas de invitarle a un café.

En el interín, cada pasaporte español es revisado. Hasta el de Amador, un actor valenciano que viene para actuar con la compañía de Philippe Genty. Pasa después de varias preguntas porque lleva una visa de trabajo.

Escribo al liberarme a Guillermo Heras que viaja un día después para advertirle. Me cuenta que un becario iberoamericano que llega para hacer un trabajo seleccionado por Iberescena se pasó dos días retenido en Barajas, porque el funcionario no se creía que alguien podía venir a escribir teatro. Hace poco Aderbal Freire Filho fue devuelto en el mismo avión al llegar a México sin visa. Iba a participar en un encuentro con Sanchis Sinisterra, Eugenio Barba, ente otros.

Recuerdo que Luis Jiménez pasó un clavario con un grupo colombiano que no acabó de llegar a París para actuar en el Festival Quijote. Se me acumulan más recuerdos y problemas con los artistas iberoamericanos al entrar al territorio Schengen. Cada día suceden casos de esta índole en gente de la cultura. Son las fronteras que se van levantando cada día para molestar a los ciudadanos, una lucha de gobiernos, una vuelta al pasado. Los discursos se llenan de palabras que la práctica las desdice.

Nos ha tocado a nosotros, pero son todos los ciudadanos los que sufren estos apretones institucionales, esta manera de prevalecer los unos sobre los otros. Una competencia de ver quién reprime más, quien crea más problemas a la libre circulación de las personas. Vamos hacia atrás.

Proponemos una Cultura sin Fronteras.

¿Existe algún teatro, sala o casa de cultura que no sea de cercanía? Los técnicos en la teorización neoliberal de la gestión cultural colocan ideas trenzadas en conceptos sociológicos y mercadotecnia para intentar crear eufemismos que ayuden a capear el temporal de la crisis. Desde que las ciudades se han convertido en metrópolis, desde que la ideación de la modernidad y la calidad de vida ha dejado los centros históricos deshabitados y se han creado núcleos residenciales en las periferias, hay que replantearse de manera rotunda el concepto cerca y lejos, al menos en el ámbito de la cultura en vivo y en directo, y muy especialmente la de las artes escénicas.

Hagamos otra pegunta, ¿los teatros de una ciudad media se ocupan solamente de la población que vive en el barrio? Sabemos que no tenemos legislación ninguna, pero existen estudios muy fundamentados de la relación entre población y ocupación de las salas de exhibición, al menos en estudios que afectan a un buen número de teatros de Europa en ciudades importantes. No se pueden trasplantar sin más, pero nos orientan para entender que en el mejor de los casos es un porcentaje mínimo del conjunto demográfico el que habitualmente va al teatro. Muy mínimo. Hasta en los éxitos. Esto como premisa general.

Pero a partir de ahí empiezan los matices, los detalles. Y se acumulan circunstancias y fragmentaciones de los públicos. Y la incidencia de las programaciones y las acciones de creación de público. Y los medios de comunicación, y los hábitos sociales y culturales. Y las políticas de precios, de fidelización. Las redes sociales, las maneras de poder acceder, tantas variantes, tantas matizaciones diferentes que cuesta establecer una terminología que ayude al esclarecimiento de la realidad y nos proporcione denominadores comunes que sirvan para la inmensa mayoría de los puntos de exhibición, en todas las circunstancias demográficos en donde estén situadas. Misión imposible.

Los teatros de capital no se nutren únicamente de la vecindad inmediata sino que su influencia es metropolitana, provincial, de comunidad autónoma si existe lengua diferenciada o estatal. ¿De qué viven tantos meses los musicales en la Gran Vía madrileña? Del turismo cultural. Entonces, ¿cómo consideramos a estos locales, de cercanía o de lejanía?

En las poblaciones de pocos habitantes, la relación es mucho más directa. Pero ni la frecuencia ni los hábitos se pueden contabilizar de la misma manera. Y probablemente, para cierto tipo de obras, los más aficionados prefieran desplazarse a la metrópolis más a mano para no quedarse muy descolocados de lo último, de las novedades, porque es posible que no lleguen nunca o leguen muy tarde.

Quizás, además de estas consideraciones generalistas, tendríamos que dejarnos de marear la perdiz y reconocer que es imposible mantener dentro de unos parámetros lógicos la gran cantidad de teatros y salas que se construyeron por una inercia inmobiliaria, y no por una consideración cultural y un estudio de las necesidades del pueblo, la comarca o la provincia . Hay lugares en donde cada cinco kilómetros aparece un teatro de nueva planta con setecientas localidades y con ciudades de menos de quince mil habitantes. Esto será muy de cercanía, pero en ninguna parte de occidente, culturalmente activa, se considera lógico o viable.

Nadie lo dirá, por vergüenza, miedo, o desconocimiento, pero algunos lo asegurábamos en el momento de la burbuja económica: no sostenible. Muchos de estos edificios están destinados a ser esqueletos, sombras, contenedores vacíos. Ahora con esta crisis, es imposible programarlos con un mínimo sentido, ni intentar que los artistas, compañías y productores se la jueguen a taquilla cuando no hay públicos suficientes. No hay que forzar mucho más. Lo que hace falta es tomar decisiones, y planificar un poco para los próximos diez años, porque se debe encontrar una funcionalidad cultural para estos edificios. El modelo se ha roto, y lo de cerca y lejos, no tiene más función que la retórica.

El dolor es la parte más íntima de un ser humano. Ante la muerte, el estupor, esa carcoma en forma de ausencia, quizás al fondo una soledad, la quiebra de varias ilusiones, una realidad irreversible, en ocasiones incomprensible. La vida es una acumulación de ausencias. Si esa vida se dedica al periodismo, se trata de una memoria formada por un sustrato de obituarios. Algunos, puro ejercicio profesional, cada vez más sospechoso porque wikipedia o google proporciona información no contrastada al instante. En otras ocasiones, escritos desde el dolor, la náusea, el desasosiego.

En apenas quince días, dos mujeres, ambas directoras de sendas ferias, han fallecido. Rosa García Cano era la directora de la Feria de Teatro de Castilla y León en Ciudad Rodrigo. Luchó desde el principio por hacer de ese encuentro en la raya, en el mes de agosto, una referencia pre-otoñal. Una feria encerrada en unas murallas, que ella, con la colaboración de otros, consiguió abrir. Cuando todo parecía encaminado, cuando había logrado situarla, ella cayó herida por un cáncer. Se sabía que se le detectó porque daba muestras excesivas de agotamiento. En voz baja recibíamos informaciones de su estado. No nos llegaban muchas esperanzas, hasta que sucedió. Murió. La recordamos. La recordaremos.

Julieta Agustí era la dicharachera directora de la Fira de Titelles de Lleida. Su vida estaba redondeada, con el Centre de Titelles, la compañía, su marido, con el que formaba un tándem perfecto, involucrando a sus descendientes en la misma vocación profesional. Alguien vivaz, siempre moviéndose, muy suya, con un carácter y un talante muy peculiar, pero que había conseguido que el Títere tuviera una presencia constante y una consideración de arte mayor. Su caso tiene otras connotaciones, no sé cómo definirlas. Superó un cáncer de manera ejemplar. Ni rastro de su paso por esa tortura. Estaba limpia. Fue otra C. La carretera. Un accidente de coche que de manera inesperada le segó la vida. Nos quedamos con el aliento cortado. No sabemos qué decir. Esto no se esperaba.

Ante la muerte aparecen los gestos conmiserativos, se olvidan las diferencias, se amplifican los rasgos positivos de los que se han ido. Es un acto de defensa, una manera de conciliarse. Cada vez que suceden estas cosas, a uno le queda un rastro de culpa. En ambos casos hemos pasado con estas mujeres momentos de complicidad, de colaboración estrecha, de soñar conjuntamente. Las circunstancias, las nuevas situaciones, la evolución de los proyectos nos tenía últimamente más alejados. Sin ningún tipo de enfrentamiento, pero poseídos por esa relajación que hace olvidarnos, que nos lleva a ocuparnos obsesivamente de los problemas cotidianos, que crecen. Esa sensación de no haber podido discutir un poco más, de no haber mantenido la misma intensidad comunicativa, es lo que ahora nos lleva a estas reflexiones, a la pérdida, a ese mañana incierto un poco más solos.

Son sus familiares más allegados, sus amigos y colaboradores quienes sienten más esta situación. Son los que deben manejar el dolor. Los demás debemos quedar en la sombra, esperando la señal oportuna para poder dar un abrazo, una caricia, un detalle para que sepan que no están tan solos como les parece. Y que quizás el único homenaje actual es mantener los dos proyectos liderados por estas mujeres con toda la intensidad posible. Sin heroicidades, consistentemente, para confirmar que las quisimos, como las queremos, por ellas, y por lo que hacían.

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