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08
Sáb, Ago

CARLOS GIL ZAMORA (Barcelona, 1950)
Estudió Interpretación y dirección en la Escola D'Art Dramatic Adriá Gual, hizo los cursos de Diplomatura en Ciencias Dramáticas en el Instituto del Teatro de Barcelona y estudió dramaturgia y guión de cine en la Escola d'Estudis Artistics de L'Hospitalet de Llobregat. Ha dirigido más de una veintena de espectáculos, con obras de Dario Fo, Ignacio Amestoy, Joan Manuel Gisbert, Luis Matilla, Patxi Larrainzar, Jorge Díaz, Oswaldo Dragún o Heinrich von Kleist, entre otros. Ha actuado en numerosas obras de autores como O'Casey, José Zorrilla, Miguel Alcaraz, o Elmer Rice, bajo la dirección de Ventura Pons, Josep Montanyés o Ricard Salvat. Ha escrito diversos textos y ha producido una decena de espectáculos para compañías como Akelarre, Teatro Geroa o Teatro Gasteiz. Fue miembro de la Asamblea d'actors y directors de Barcelona que organizaron el Grec en los años 1976-1977 y coordinó las ediciones de 1980-81 del Festival Internacional de Teatro de Vitoria-Gasteiz. Desde 1982 ejerce la crítica teatral en diversos medios de comunicación del País Vasco, y desde 1997 dirige la revista ARTEZ de las Artes Escénicas. Ha colaborado con varias revistas especializadas, ha impartido diversos cursos y talleres y ha participado como ponente en multitud de congresos, encuentros y debates, además de realizar las crónicas de multitud de ferias, festivales, muestras, jornadas y eventos por todo el mundo.


 

Las redes sociales, los nuevos canales de comunicación, las multitud de pantallas por las que nos llega información, ocio, entretenimiento, cultura, van configurando una nueva manera de relaciones sociales, personales, culturales. Todo ello, en los términos de los que más han estudiado estas circunstancias y movimientos, nos aseguran que se crean "comunidades", que pueden ser alrededor de los amigos de fumar en pipa, como en los seguidores de una cantante, o pertenecientes a una orden religiosa, política, o cualquier otra referencia. Es más, en las empresas con fundamento tienen su "community manager", que es la persona que se encarga de mantener activas esas vías de comunicación y de interrelación con los demás.

Este espacio virtual, www.artezblai.com lleva más de una docena de años en la red, con diferentes formatos, intensidades, relaciones y funcionalidades, hasta que hace unos meses decidimos convertirlo en un periódico diario, abierto al mundo entero, incorporando además de la información, la opinión y la crítica. Un medio de comunicación diferenciado de la revista ARTEZ, a la que acoge en su seno, y que intenta estar al servicio de una "comunidad" a la que creíamos homogénea, pre-existente, pero que con el avance de las tecnologías, la extenuante presencia de nuevas páginas, blogs, portales, institucionales, gremiales, personales, la red se ha ido poblando de tal manera que no sabemos codificar bien nuestra influencia, o valorar adecuadamente nuestra comunidad, creada o sustentada por nuestro servicio, o simplemente formada por estorninos cíclicos.

La fidelidad no está de moda, y aceptamos el reto de perder adeptos por un lado y ganar nuevos visitantes por otro. Nuestras audiencias medidas científicamente y proporcionadas por agentes externos a nosotros, nos informan de que mantenemos un nivel que se puede considerar, en nuestro ámbito concreto de influencia, ¿comunidad?, las artes escénicas, de considerable, con una media durante el año 2011 de 3911 visitas diarias, y que en los dos meses de este año 2012 de los que tenemos estadísticas se han ido manteniendo e incluso intensificando.

Nuestra "comunidad" es amplía, especialmente en el ámbito iberoamericano donde siempre hemos estado, es significativamente creciente, y como se puede comprobar, con muchas nuevas voces que escriben semanalmente, y con cada vez más información proveniente de los países más activos teatralmente. Todo este esfuerzo, este cambio, con una edición en papel de ARTEZ que ha debido menguar por la tozudez de las circunstancias económicas, la bajada de ingresos por publicidad, la orfandad en la que nos han dejado las instituciones en cuanto a ayudas o subvenciones, debemos intentar hacer sostenible este servicio, y para ello necesitamos que esa comunidad a la cual damos soporte, que nos usa, que la alimentamos y nos alimenta, crezca, y que se manifieste verdaderamente como un ente que procura mantener vivo , con su participación crítica, informativa, publicitaria este espacio, esta ventana.

Necesitamos abrir canales de participación real para que sepamos acercarnos más a los deseos y/o necesidades de nuestros comunitarios, porque hemos ido introduciendo cambios que no sabemos si son perceptibles, como es que ahora se puede ver el número de ARTEZ de cada mes en PDF, pero que hemos introducido en los artículos de opinión un código, un pago simbólico para valorar el trabajo, para que ese gratis total no sea una manera evocativa de suicidarse. Quisiéramos ver algún tipo de respuesta, sabremos rectificar en las equivocaciones, pero esa comunidad de la que nos sentimos parte, debe darnos señales de vida, de apoyo, de participación no solamente visitándonos, sino ayudándonos a crear un espacio libre al servicio de las Artes Escénicas para uso y disfrute de aficionados, profesionales, artistas, gestores y todos los que se crean pertenecer no a la comunidad de Artezblai, sino a las Artes Escénicas en general.

En una encrucijada metafísica, cuando parece que existe crisis de todo menos del componente ególatra, las acusaciones "por omisión" empiezan a colocar una nueva doctrina retorcidamente fundamentalista, casi siempre formando parte de un discurso oculto muy ventajista. Indudablemente se puede cualquiera colocar en una postura absolutista, pontificar, predicar y a partir de ahí, quien no cumpla con esos perspectivas marcadas unilateralmente puede ser considerado un pecador por omisión.

La acción en casi todos los órdenes de la vida requiere de un proceso selectivo, donde la elección requiere sacrificar, obviar, omitir unas cosas para apostar por otras. Sea en un reparto, una producción, la elección de un tema para una obra, la programación de una sala o un teatro, la colocación del foco en un análisis de un espectáculo. Probablemente sea una de las situaciones más ridículas que realiza cualquier ser humano cotidianamente, pero debe elegir ente comer carne o pescado, arroz o macarrones, manzana asada o natillas. O antes, ponerse el pantalón vaquero, el gris o los zapatos de cordones.

Por lo tanto acusar de "omisión", a una programación, a un reparto o a una opinión, es un acto que requiere mucha argumentación para no quedar en un simple acto vindicativo menor y particular. Es obvio que si en un programación de un teatro institucional no aparecen obras de dramaturgos españoles, se le puede acusar por omisión, de una parte importante de la raíz de una apuesta propia, pero si aparecen unos autores, los que sean, los que no están, no pueden acusar a esa programación "'por omisión", sino, acaso, por su exclusión. Este proceso de metonimia vindicativa, es una muestra prístina de demagogia básica, porque se intenta que "lo mío", se convierta en un problema "de todos". Y no se puede negar que en ocasiones lo de muchos sí forma lo de todos, pero existen demasiados sobrecargas de ego que solamente miran a su ombligo y a su cartilla de ahorros. O viceversa.

En los diversos talleres, debates, encuentros dedicados a la crítica teatral en los que he tenido la suerte de participar, siempre insisto en algo muy preciso, muy importante: se debe analizar lo que se ha visto. Una crítica a un espectáculo no debe contaminarse con críticas a la política teatral, ni al precio del gasóleo, ni al clima. Y una vez focalizado el objeto de nuestro análisis, cada cual debe enfatizar en aquello que le parezca más importante, reseñable. Siempre siguiendo un esquema, una guía, que debe ser semejante a la que sigue el proceso creativo y de producción. Y es evidente que en esa elección de lo que se destaca, lo que se obvia, lo que no ha llamado la atención, se omiten partes. Pero eso es un ejercicio de libertad, no un acto deliberado de omisión, si acaso de incapacidad para entender en toda su complejidad los espectáculos actuales, tan preñados de signos y significantes variados y variables.

Otra cosa es que alguien no vaya a ver un espectáculo, o a una compañía o a un autor de manera sistemática. Eso no es una omisión, eso es una fobia. O algo peor. Cosa que puede suceder no solamente en el tema colateral de la crítica, sino en la programación, los repartos, las ayudas o subvenciones. Esas omisiones sí son detectables y denunciables, pero las que se producen como elección, es decir como manifiesto programático de un teatro, una institución o una compañía solamente puede ser criticadas desde la argumentación sensata, no desde la histeria, la paranoia o el fundamentalismo portátil y oportunista. Y digo más, al ser esa declaración estética, ética, política, la suma de esas elecciones, se puede al final hacer un análisis general, pero de lo que se ha programado, no de lo que no ha venido, no se ha producido. Aunque a veces se haga, como manera de referenciar, de indicar aquello que nos gustaría que se programara, pero esta actitud de señalamiento es un juego entretenido, pero con poco valor crítico y sin apenas eficacia resolutiva.

Me omito por hoy.

Existe una asociación de gestores culturales, aragonesa para más señas, que se mueve mucho, organiza muchos actos, moviliza el sector, y en una de sus últimas comunicaciones traía un eslogan que me petrificó el aliento: "los profesionales de la cultura". Está claro, en el sentido más estricto y profundo, los únicos profesionales de la cultura, realmente existentes, con salario asegurado fuera de cualquier contingencia, son los gestores culturales. Los de la pública, porque a los de la privada se les llama productores, empresarios, o cosas por el estilo. La gestión, en el imaginario colectivo, es la que hacen los que están al frente de instituciones públicas, sean del calibre que sean las mismas y sea el modelo de contratación que tengas los susodichos.

Algunos han ganado una posición, otros un concurso de méritos, otros recorren el escalafón según los vaivenes de la coyuntura electoral y los hay en número bastante importante que son nombrados a dedo, que llegan a esos puestos de "gestión", por su militancia política, por su concomitancia política, por su oportunismo político o porque simplemente se ha colocado ahí, siguen ahí, y no los mueve nadie, porque no existe criterio político ni para diseñar el futuro de la institución, ni para revisar el modelo de gestión. Supongamos que estamos hablando de una minoría, pero en demasiadas ocasiones son los que más se mueven, los que más cacarean, los que se convierten en muchas ocasiones en portavoces o en dirigentes o hasta en líderes de asociaciones o movimientos.

Hoy sería el día ideal para ir soltando nombres, algunos los tiene todos ustedes en la mente, son esos señores que viven a costa del presupuesto desde que aprobaron, o no, una oposición a algún puestecito menor y desde entonces han ido ocupando cargos, la mayoría de ellos de confianza, es decir ganados por designación digital, es decir, política partidista. Pero hoy me gustaría señalar a una persona al que tuve la suerte de conocerlo y compartir trabajo en L'Hospitalet de Llobregat en los años 1976/77, y que desde entonces no ha parado de simultanear el cargo político electo, con el cargo político de gestión por nombramiento directo, y que después de seguirle la pista a distancia durante estos años y maravillándome de su capacidad para asumir responsabilidades y de su carrera, al parecer imparable, lo vuelvo a ver como protagonista nada menos que del Liceu barcelonés, ya que sus trabajadores consideran a Joan Francesc Marco Conchillo, el máximo culpable de la situación económica por la que atraviesa ese emblemático coliseo de la lírica europea.

Este conocido gestor, lo debemos considerar un profesional ¿de la cultura o de la política? Si se revisa su currículum sin fijarnos en las circunstancias, sería uno de los más importantes no solamente del Estado español, sino de Europa. Pero en cada cargo de gestión ha existido una decisión partidista, no se le conoce ningún valor gestor, ni creativo, ni un escrito, ni una reflexión. No ha hecho absolutamente nada fuera del presupuesto. Dentro tampoco ha hecho gran cosa, pero ha estado ahí, entre otras de sus innumerables grandes gestiones, dejando al INAEM en sus peores momentos de desorientación, pasando por el Teatre Nacional de Catalunya, para tener un sueldo exuberante sin saberse cuáles eran sus funciones, y ahora en Gran Teatre del Liceu, como responsable máximo, nombrado, claro está cuando en el gobierno central, el autonómico y el local, mandaban los socialistas. Ese era su único aval profesional para acceder a ese cargo de tanta relevancia y trascendencia, su militancia, y el llevar toda la vida en cargos que acumulan currículum en crudo, aunque no se sepa exactamente de dónde le llega su sabiduría de gestor.

El señor Marco Conchillo, para que no se pierda su "legalidad gestora", cuando no tiene cargo designado, lo tiene de concejal o diputado electo, es decir, siempre cobra del presupuesto, no hay problema. Digamos que existen unos cuantos más individuos destacados de esta raza de gestores "profesionales", pero han desempeñado cargos de menor importancia, y no todos han estado como candidatos en listas electorales. Han tenido algo más de prudencia, pudor, miedo o las circunstancias le han llevado a ello. Pero claro, estamos hablando de los profesionales, los auténticos profesionales, aunque no sepamos exactamente de qué.

Vientos del norte me hielan. El nuevo Director General del INAEM, Miguel Ángel Recio, en la entrada al estreno en La Abadía de 'Grooming' de Paco Bezerra dirigida por José Luis Gómez, nos confirma la continuidad de Cristina Santolaria al frente de la subdirección de Teatro, de este organismo autónomo. Espontáneamente nos sentimos aliviados. Lleva muchos años en ese lugar, durante dos etapas, conoce a toda la profesión, no acostumbra a hablar más de la cuenta, se mantiene siempre en su sitio y nos quitamos de unas cuantas explicaciones para explicar a los recién llegados quién es uno y a qué o a quiénes representa.

En esa conversación entre estrenistas, le comentamos al director general que hemos entendido perfectamente el mensaje al haberse publicado la convocatoria para las ayudas al teatro y circo, lo que viene a mantenernos con el espíritu algo más tranquilo. El propio Miguel Ángel Recio nos confirma que su intención era que saliera en enero, mejor que en febrero y por eso salió publicada el día 30 de enero. Es la fecha más adelantada que sale publicada la convocatoria. Paradojas de las circunstancias. ¿Espejismos?

Porque en esos corrillos que se forman en estos eventos, alguien nos indica que la continuidad tiene fecha de caducidad: seis meses. No hay más argumentos. Es la rumorología, aunque venga de fuentes generalmente bien informadas. También nos aseguran la confirmación de los directores y directora de las unidades de producción del INAEM. Cuando este provinciano pregunta alguna posible razón sobre esos seis meses, la contestación es coherente. "Necesitan un tiempo los que acaban de llegar para saber qué quieren hacer, y de paso no crean ningún conflicto de cara a la selecciones andaluzas".

Bueno, radio macuto sigue lanzando emisiones cruzadas: "Mario Gas está confirmado como director del Teatro Español". Nos alegra. Y cosas de la capital, a la mañana siguiente, de manera casual, nos arriesgamos un catarro Mario Gas y un servidor, en un semáforo, y repasamos todo lo que acontece. Me asegura que ha tenido una agradable conversación con el actual director del área que rige los destinos del Teatro Español, y que hasta la fecha no le han dicho ni que sigue, ni que no sigue. No obstante, el nota, como notamos todos, que hay una pléyade de candidatos a sustituirle, algunos de manera muy ostensible y promocionándose y otros más tapados.

Seguiremos esperando los mensajes incuestionables: los que aparecen en los boletines oficiales correspondientes. Mientras tanto, a trabajar, porque los espejismos nos pueden equivocar la ruta.

Conocer otras realidades, otras circunstancias políticas, sociales, económicas donde se desarrollan las artes escénicas, ayudan a consolidar opiniones o a entrar en dudas activadas por las resoluciones de otros ante los mismos o parecidos problemas. Estamos en Recife, en su Festival Internacional de Artes Escénicas de Pernambuco, que celebra su décima octava edición del Janeiro de Grandes Espetáculos, y como es habitual en la inmensa mayoría de estos eventos en Brasil, además de una amplía selección de espectáculos internacionales, una escogida oferta de espectáculos nacionales, se dedican con cuidado a mostrar a los creadores locales, especialmente en la semana que invitan a curadores de otros festivales o a especialistas de otros países para entablar diálogos formativos o informativos.

Por lo tanto los festivales, son un marco que sirve de referencia a toda la comunidad de las artes escénicas, donde se ofrece la posibilidad de crecimiento conjunto, o en el que se establece procesos de colaboración que desembocan en proyectos, definiciones, acciones que buscan el reforzamiento de lo existente, además de plantear nuevas probabilidades, otras vías, una postura común ante los desafíos o ante los movimientos que se produzcan en el ámbito de las decisiones políticas.

Como tantas veces hemos repetido, programar es mostrar un pensamiento. El contenido es el único manifiesto del programador y no sus declaraciones huecas, retóricas, llenas de lugares comunes. Y en un festival, el contenido se define por las líneas de actuación artística, y por crear espacios para la reflexión, el debate o la intervención en asuntos y temas que afecten a la sensibilidad social y política de cada momento. Programar comprando al peso, cuadrando presupuesto, es la negación del propio concepto. Debe existir equilibrio presupuestario, obviamente, pero debe partir de una idea, de un pensamiento, de un objetivo artístico, social y político. Entonces es el contenido el que sobresale, el que convoca, el que prestigia.

Decía al principio que en ocasiones se consolidan opiniones. Y una de ellas es que en todos los lugares de la tierra existe una tendencia a considerar que su situación es peor que la del resto. No solamente en este caso con un océano de por medio sino que los vascos creen que están peor que los catalanes; los asturianos piensan que su futuro es menos claro que el de los andaluces y así podríamos seguir. Pero la verdad es que existen problemas generales de muy parecido calado. Lo que cambia es la manera de afrontar las soluciones. Importa mucho la fortaleza de las estructuras de los creadores y los productores, o la existencia reglamentación o legislatura que ampare el ejercicio de esos derechos culturales. No es lo mismo tener una Ley de Teatro, que no tenerla, ni se la espere, ni que exista una mínima reglamentación unificadora. No es lo mismo que existan una serie de grupos y compañías de gran aceptación popular y de reconocido valor artístico, que no. Y así sucesivamente. Las quejas sobre los medios de comunicación y el tratamiento dado a las artes escénicas es un problema universal sin soluciones a la vista,.

Y sobre las dudas abiertas, ha sido la insistencia del compañero argentino Marcelo Castillo en sus intervenciones en las mesas de debate, planteando la duda sobre quién debe legitimar a los artistas, si el poder instituido del momento, los medios de comunicación, los públicos, los propios profesionales, es lo que me ha dejado pensando sobre este asunto. Me parece un tema muy apropiado en estos tiempos de crisis, porque en la duda lleva incubada la inseguridad, la pérdida de reconocimiento de capacidad de presionar ya que esa legitimación o la falta de ella, debilita el propio discurso.

Las circunstancias nos sitúan en Madrid con bastante asiduidad, y uno siente que probablemente se está viviendo un momento de esplendor teatral. Las veces que uno va a los teatros, y es casi cada día de la semana, las salas están llenas. Se sabe que otros teatros también están con una ocupación bastante importante, cuando no con el cartel de no hay billetes. No me refiero a los musicales, ni al teatro más mercantil que también mantienen una actividad muy importante y con espectadores a los que no ningunearemos. Hablo de salas alternativas, de teatros institucionales.

Nos queda una duda, analizar los flujos y movimientos que se están produciendo en el terreno de la producción más independiente, de la creación, de las nuevas dramaturgias. En cualquier caso, sabiendo que nos movemos con todas las contradicciones de una actividad tan vulnerable, vamos a apostar por el optimismo, porque se mantenga esta frenética actividad, que se abran salas, que se corran riesgos, que se vaya acumulando fuerzas y como instancia básica, se busque lo básico, el control de los medios de producción, y en este asunto de las artes escénicas, eso pasa por gestionar teatros, por tener acceso a los escenarios, por tener a la disposición de proyectos artísticos las salas de exhibición.

Entre las muchas obras vistas, de todas las satisfacciones provocadas por actividades editoriales o de librería, uno ha asistido a dos grandes lecciones. Una sobre el escenario, a cargo de José Pedro Carrión y Valery Tellechea en el Teatro La Guindalera con Júbilo terminal, una obra de esas que conmueven por su grandiosidad como testimonio, por la generosidad de ambos, en donde se enfrentan la memoria, la historia, la escuela de Carrión y la vitalidad de Tellechea, en un duelo generacional que nos deja extenuados, por su calidad formal, por su sabiduría y porque nos plantea preguntas, nos abre un extraordinario campo para entender la profesión, su presente y lo que puede ser el necesario compromiso de futuro.

Por eso la denominamos una gran lección, porque se instala en el arte como manera de entablar un diálogo con los espectadores, que abre de par en par el granero de la creación, del oficio de actuar, de la significación del actor en nuestros tiempos y en estas circunstancias.

Lo mismo sucedió en la rueda de prensa dada en El Nuevo Teatro Fronterizo que encabeza José Sanchis Sinisterra, en lo que se denomina La Corsetería. Un lugar de encuentro. Un lugar para la investigación, la formación, la búsqueda de nuevas maneras de entender la creación teatral, la implicación de jóvenes generaciones de la mano de Sanchis, un maestro, en todos los sentidos, y que en esta ocasión su gran lección es volver a inventarse un espacio, fundamentar una opción creativa, en Lavapiés, para que su funcionamiento esté impregnado de la realidad circundante, con la irrevocable vocación latinoamericana,.

Proyectos, personas, maestros de esta índole son los que van construyendo una realidad teatral que debe crecer en términos cualitativos, que mantenga una vinculación con la profesión, porque los públicos, al menos algunos públicos, necesitan de propuestas de esta enjundia, de esta seriedad, de esta profundidad, donde la palabra compromiso no es otra cosa que una seña de entidad irrenunciable.

El director de la versión hollywoodiense de la novela "Los hombres que no amaban a las mujeres" declaró con desparpajo en una rueda de prensa que "la crítica de cine no sirve para nada". Se quedó muy tranquilo. Nadie pestañeó. La sentencia era universal. El tipo no es ningún recién llegado, y si se mira bien su currículum es alguien que ha ido ofreciendo trabajos solventes, por lo que su exclamación resonó todavía con mayor fuerza al cargarse de extrañeza la frase.

En estas páginas llevamos unas semanas en la que se contesta a los opinadores, en ocasiones con sentido dialéctico y otras con descalificaciones. Desde diversos frentes y con objetivos bien dispares. Por un lado significa que está la cosa viva, que hay interés por lo que se escribe, y que algunos, quienes se sienten aludidos, ofendidos, vilipendiados o maltratados se defienden. No seré yo quien se rasgue las vestiduras. El crítico es objeto de crítica exactamente igual que cualquier otro. No existe bula. Si alguien está en contra de lo opinado por cualquiera de los que aquí publican, tiene el derecho, pero además el apoyo y el respaldo, de quienes propiciamos que esto exista.

No obstante, como gato viejo, me encantaría advertir de algún riesgo que una excesiva suspicacia nos puede llevar a un agarrotamiento. Está claro que muchas veces se desconoce de dónde viene el crítico. Qué atributos, antecedentes, formación o disposición tiene quien se arroga el derecho a juzgar el trabajo de los demás. Es una antigua discusión que no sabemos casi nunca encontrarle la salida adecuada. Quien lo hace, generalmente, tiene vocación, argumenta, se coloca a mirar el hecho teatral desde un punto de vista personal, y tiene la oportunidad de hacerlo porque algunos medios se lo permiten ofreciéndole el espacio. O como sucede ahora, con su unipersonal blog.

La autoridad se la tiene que ganar cada uno. Si es respetado, aunque duelan, se aceptarán su críticas. Si solamente provoca miedo, mal asunto. La credibilidad se escapa por los odios. No existe un perfil idóneo, de manual. Incluso los que ejercen de críticos pasan por épocas, etapas, de mayor exigencia, de mayor dogmatismo, muy fanáticos de una vía. O muy pasotas. La ecuanimidad no existe. Acaso un equilibrio. Hay que aceptarlos con sus fobias y sus filias, siempre que no se coloquen en una actitud justiciera y repartidora de no se sabe qué.

Atacar universalmente al ejercicio de la crítica, es un retroceso. Probablemente no sabemos para qué sirve la crítica. Como no sabemos para qué sirve la vesícula. Pero si nadie se dedica a colocar unos márgenes, a situar un marco, a analizar, a intentar comprender, desmenuzar, y explicarlo a los otros, seguramente entraremos en un estado catatónico. Sin referencias, el todo vale, nos llevará a una agonía. Una cultura sin orientación, desnortada, al albur del mercado. Seguramente eso desearían muchos. Pero algunos pensamos que todavía es necesario confrontar gustos, estéticas, dedicar tiempo a la reflexión.

Quizás, lo que se debería ser más rigurosos, y tendríamos que advertir, como una categoría superior: "Crítica sin adjetivos", como en algunos productos biológicos o ecológicos pone "sin aditivos". O al contrario como en las etiquetas de algunos vinos, "contiene sulfitos". Se acepta como objeción razonable que se está bajando mucho el nivel de las críticas. En general. Por eso no es nada más que una cuestión de semejanza y contaminación con el ambiente en el que se producen. Hagamos todo lo posible para volver al entendimiento, a la tolerancia, a la discusión profunda a partir de ideas, de conceptos, de visiones dispares del mundo, el arte y la vida. Así sea.

Estaba desayunando en un bar en la plaza de Lavapiés cuando entró un hombre joven, con un montón de fotocopias en una mano y el Marca debajo del brazo y se dirigió al camarero entregándole su currículum: "estoy sin trabajo, puedo hacer sustituciones, trabajos extras, turnos, lo que necesitéis". "Esta la plantilla completa compañero, pero si falta alguien te tendré en cuenta", le contestó amable y profesionalmente el camarero. Y se fue, me imagino que a continuar repartiendo su CV, buscando trabajo de su especialidad allá dónde se lo podían dar.

Al salir me topé con el Teatro Valle Inclán, sede del Centro Dramático Nacional, que está en momentos de cambio de dirección, y me imaginé la misma escena, que alguien entrase, se dirigiera al jefe de producción, o al propio director, le entregase el currículum y se dijese las mismas palabras que el camarero en paro. ¿Qué le contestarían? Es más, creo que sería improbable esa circunstancia ya que para llegar hasta esos despachos hay que pasar muchas, demasiadas puertas y controles.

Y desde esa situación entré en el territorio de la reflexión sobre las contrataciones en los teatros públicos, que dicen de manera propagandística emplean en algunas de sus decisiones, "buenas prácticas", más todavía cuando ahora mismo se han convocado oposiciones para cubrir algunas plazas de técnicos en diferentes ramas. ¿Hay oposiciones para actores y actrices en algún teatro oficial del Reino de España para hacer sus plantillas artísticas? ¿Se convocan audiciones, reales, no simulacros, para hacer los repartos? ¿Quién decide estas contrataciones? ¿Cuáles son los criterios? ¿Existe algún porcentaje estipulado para atender no solamente a los parados de Madrid, sino de toda España? ¿Dónde, cuándo, cómo se convocan?

Y si pasamos al capitulo de autores, ¿dónde están los equipos de lectura de textos de estos centros? ¿Cuál es el sistema de selección de obras, autores, proyectos? ¿Está reglado, es aleatorio, caprichoso, por filiación o amistad o existe un mínimo planteamiento para que se haga con juego limpio y se pueda participar libremente? ¿Y los directores invitados como se eligen? ¿Por currículum, trayectoria, proyecto, convocatoria pública o restringida? ¿Es un concurso de méritos, intuición del responsable de turno, inspiración, amistad o relación sentimental plena o de compensación?

Vaya con el camarero la que me provocó. Parece que existe demasiado poder en las direcciones de estos teatros para crearse plantillas artísticas sin regulación ninguna. Aceptamos sin más los repartos, algunos realmente excelentes, pero nunca pensamos en cómo se ha llegado hasta ellos. Todos sabemos que existen afinidades, vínculos artísticos y son muy respetables, incluso saludables, pero cuando hablamos de entidades públicas, que manejan presupuestos públicos superlativos, la transparencia y la igualdad de oportunidades no sobran, sino que deberían ser obligaciones reglamentarias, además de que ayudan a dotar a las entidades de credibilidad.

Así de repente, uno comprueba que con muchos quinquenios en el oficio, jamás ha tenido una relación contractual, ni ha podido optar a casi nada, con ninguna entidad de estas características. A igual que la inmensa mayoría de autores, actores, directores, escenógrafos, figurinistas, iluminadores, sonidistas, dramaturgistas, críticos o periodistas especializados que yo conozco de todas las partes del Estado español. Y que no son, precisamente, los últimos de la fila. Por algo será. Igual no hemos dejado a tiempo ni en el lugar adecuado el currículum.

 

Empezamos el año 2012 con medidas económicas que nos colocan ante el temor de la recesión, lo que implica una bajada del consumo en todos los ámbitos y un nuevo empujón a la cultura de exhibición, en vivo y en directo, hacia la intemperie. Un invierno duro. Una cuesta de un desnivel realmente insalvable para muchos. Demasiado frío, demasiada empinada la vía hacia la meta. ¿Cuál es la meta? No sabe. No contesta. Sobrevivir es imprescindible. Pero no está garantizada la supervivencia por una simple voluntad de parte. Las circunstancias, el ambiente, la coyuntura van a ir pesando cada vez más, y esa sobrecarga va a hacer todavía más difícil seguir la marcha.

Me intertextualizo. Resistir es una actitud moral. Ética. Pero requiere de recursos mínimos. No se trata de una resistencia numantina, sino de una resistencia imaginativa, activa, que se sobreponga a todos los mazazos, a todos los impagos, las demoras, el vacío que parece abrirse con categoría de abismo y se refuerce a base de principios. Es una resistencia preventiva y activa para impedir que se desmantele con total impunidad lo poco conseguido en los últimos treinta años en los que hemos tenido una mala, por insuficiente y segmentada, regulación básica de las artes escénicas. En el nivel estatal y en el nivel de las comunidades, las diputaciones o los ayuntamientos. En todos los casos, y repito hasta que me sangren las yemas de los dedos de escribirlo, tomando las instituciones "competencias impropias", es decir sin nada que les obligue, lo que ahora se convierte en un lavarse las manos porque nada, ni nadie, les reglamenta la actividad.

Tomo las palabras del actual ministro, José Ignacio Wert, en la toma de posesión del Secretario de Estado José María Lassalle, "no vamos a acabar con la subvención a la cultura, pero hay que acabar con la cultura de la subvención". De acuerdo. Maticemos. Hablemos. Busquemos la manera más eficaz para que la inversión institucional en la cultura sea para que llegue a los ciudadanos y no para que se creen estructuras superpuestas, o se malgaste el dinero. Pero sin ayuda a la Cultura en general, la cultura universal y democráticamente al alcance de todos, es muy difícil que sobreviva. Es obvio que se debe contar más con los públicos. En ello estamos, pero no se puede pasar de ochenta o cero, sin cinturón de seguridad y que no se produzcan accidentes de pronóstico reservado.

Trabajemos, como hacíamos, desde la base. Seamos operativos. Nada de lloros, ni abajofirmantes como máximo esfuerzo. Se acabaron las medias tintas, ya están todas las señales de alerta disparadas. No, ahora es necesario remangarse, mirarse al espejo, de verdad, sin complejos ni caretas de nuevos empresarios sobrevenidos y ponerse a trabajar. En otras condiciones. Pero con toda la dignidad y siguiendo al poeta: "señalar, pues que vivimos, anunciamos algo nuevo". Un operativo de reconciliación con el tiempo histórico. Con ayudas o sin ayudas, pero contando con los públicos, a los que tanto deberíamos querer. Y no a los soplagaitas que los han tenido cautivos y adocenados. Nos queda todo por hacer. Y lo haremos con quienes quieran, no solamente resistir, sino avanzar con pasos firmes y sólidos.

Cada cambio de ciclo político desencadena una incertidumbre que acostumbra a paliarse con una fuente de rumorología aplicada. De momento, los agoreros no hemos acertado demasiado, y existe un ministerio de Educación, Cultura y Deportes, lo que nos deja un poco más calmados, ya que aunque sea con rango de Secretaría de Estado, la Cultura tendrá presencia presupuestaria propia, diferenciada y escalonada. Además, el nombramiento de José María Lassalle al frente de esa secretaría ha despertado confianza ya que ha sido en los últimos tiempos el urdidor de todos los asuntos culturales del PP y se le reconoce, cuando menos, cintura, capacidad de interlocución y un conocimiento de las realidades no excesivamente recabado desde un prisma muy sectario. Más de centro.

Hasta aquí lo que podemos constatar a fecha de hoy. El resto es un misterio, una inquietud, una esperanza, un rumor extendido. Con la tijera de recortar en una mano, los compromisos ineludibles contraídos por el Estado en estos años en la otra, y un estudio de lo que se quiere hacer en el futuro, se empezará a vislumbrar por dónde van a ir las decisiones. Pasemos a revisar algunos de los rumores. Yo he escuchado de boca de una persona generalmente bien informada, que hay una idea de suprimir el INAEM. Exactamente, yo pensé lo mismo, y exclamé como ustedes ¡No jodas! Si se suprime, como ya se intentó en la legislatura anterior, para convertirlo en una Agencia, veremos si esto ayuda a mantener el pulso mínimo o se resquebraja todo el edificio.

En algo estamos casi todos de acuerdo: las estructuras de personal en las unidades de producción del INAEM están fuera de toda lógica. La presión económica que provoca tener esas nóminas tan amplias y tan poco operativas, le resta viabilidad a las propias unidades de producción. ¿Cambiar de titularidad, sería una manera encubierta de realizar la tan necesaria reforma? ¿Hasta dónde debería llegar esta reforma para que se pudiera pensar en una nueva etapa que abriera nuevos caminos hacia el futuro?

En este orden de cosas, parece que existe cierto malestar por los nombramientos del anterior equipo de los responsables de las propias unidades de producción. Se hicieron con las elecciones convocadas y las encuestas anunciando lo que al final ha sucedido. No se cuestiona tanto a las personas elegidas, sino al tiempo político en el que se produjo. ¿Se tomaron las decisiones con algún tipo de consenso con el PP? Si se emprende la eliminación o sustitución del INAEM, ¿se podrían anular todos los nombramientos?

En el campo de las Artes Escénicas y de la Música se dan por inamovibles muchas rutinas que viene de los años ochenta y que quizás no estaría mal poner en el debate. Los gobernantes actuales tendrán que tomar decisiones, las asociaciones gremiales deberán defender sus intereses, lo que es indudable es que van a producirse cambios. Y notables. En la Red de Teatros Públicos se ha producido una nueva elección de presidente, y a los pocos días ha dimitido. También existe rumores sobre los auténticos motivos de esa renuncia.

Lo cierto es que existe una sensación de que los públicos están acudiendo a los teatros. En todos los rangos. Obviamente deben producirse disminuciones, al bajar la contratación, pero si el futuro lo hacemos en paralelo con los públicos y su apoyo, todo será más fácil.

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