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Mié, Oct

Y no es coña | Carlos Gil

Los políticos en excitación pre-electoral andan haciendo ruido. La ciudadanía ha empezado a desarrollar mecanismos de selección del trigo y la paja. Los arribistas de siempre, los oportunistas crónicos y la tropa de serviles babean esperando a la puerta de los templos del poder una limosna. Nacen brotes verdes del tumor más dañino para los cambios: la esperanza infundada.

Amortizado el efecto del IVA, con aquel famoso quinteto de autoproclamados representantes de la cultura que daban un plazo a Rajoy para bajarlo, sin que ninguno de los cinco haya dimitido porque no lo ha bajado y eso seguirá hasta que les pase por los santos cojones a los ministros correspondientes o a sus asesores electorales, el panorama se alimenta con destellos de festivales, con inicios de temporada, con estrenos y reestrenos. Estamos en marcha, se sigue haciendo teatro y danza, se programa a cuentagotas, las estructuras inmovilistas siguen inmovilizando y narcotizando la creación, porque todo se basa en las empresas y los momios de subvenciones, los más exigentes muestran su pesadumbre ante tanto conformismo y mercantilismo disfrazado con discursos benéficos. Y sin embargo...

Sí, sin embargo, existen movimientos, proyectos, colectivos o individuales que se mueven en esta oscuridad con una luz de luciérnaga en celo buscando nuevas vías, nuevas soluciones, planteando reales alternativas a esta inmundicia generalizada. Los nuevos públicos no se pueden crear con la caspa de los viejos modelos escénicos, con los clásicos de guardarropía, con los éxitos de los años treinta del siglo pasado montados con espíritu de copista de museo. Los éxitos comerciales, el teatro de evasión y afán recaudador es el NO arte, es lo contrario de lo que necesita esta sociedad quebrantada por las medidas del capitalismo feroz. Este teatro de la inmovilidad, es REACCIONARIO, sirve objetivamente a los intereses de los expoliadores de lo público con tarjeta o sin ella, mantiene el estatus quo de manera consciente, porque cuando solamente vale el dinero, todo es dinero, o sea, miseria, y corrupción.

Uno encuentra en medio de este estercolero almas limpias, con ideas claras, que crean a contracorriente, que se apartan de esa otra gran mentira: las salas denominadas alternativas, donde se repiten los mismos esquemas capitalistas, pero en micro, en pequeño, en donde no se valora la calidad, en donde la pulsión es tan comercial, es decir alienante por chata y sin ambición artística, como la otra, en donde no hay criterio de selección de espectáculos a presentar, en donde con barbas y gafas de pasta se vislumbran los futuros empresarios de paredes de toda la vida. Es una estafa de pequeña escala. Pero basta de aplaudir lo malo simplemente porque es pequeño. Lo pequeño si malo, malo es.

Y sin embargo hay luces en la oscuridad. Al menso uno tiene la suerte de ver iniciativas nuevas, de escuchar, debatir, analizar, diagnosticar sobre esta situación y de hacerlo con gente madura, joven, recién llegados o a punto de salir. Hay creadores que todavía AMAN esto del teatro, que saben que la excelencia es posible a base de trabajo, estudio, errores y aciertos. Que nada es otorgado por un imbécil con chequera o cargo funcionarial, sino que debe ser un constante refrendo entre uno mismo, sus posibilidades y lo que unos públicos, minoritarios, es decir económicamente irrelevantes pero socialmente importantes, consideren como propio y lo hagan suyo. En el camino del Arte, es decir en el camino de la ética profesional, porque estamos hablando de política. Sí de POLÍTICA. De la de verdad, lo otro es el chiringuito de unos politicastros y sus hooligans mal pagados. Y en las artes escénicas, de esto está lleno. A rebosar.