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Mar, Nov

Sangrado semanal | Juana Lor

Uno puede ir por la vida empujando o siendo empujado. Puedes empujar con tu vehemencia a personas, animales o cosas. Puedes empujar con tu caminar, con tu forma de pedir las cosas. Puedes empujar a la hora de besar o de pedir una cita. Hay personas que van por la vida empujando. Empujan a la gente en el autobús cuando está abarrotado, pero también empujan cuando van conduciendo un coche a 80 km por hora. De hecho, se puede conducir un coche a 80km/hora empujando o sin empujar.

Los conductores que empujan son fáciles de reconocer, ¿O debería decir de percibir?

Quién no ha sentido alguna vez esa sensación demandante en la nuca que nos induce a mirar, de inmediato, por el espejo retrovisor para constatar que si, que ahí está efectivamente ese coche conducido por un cabestro que va pisándonos los talones, lamiéndonos el culo, transmitiendo una aire de suficiencia que dice: ¡Aparta, pringao de mierda, deja paso al Rey de reinas!

Curiosa sensación certera esa que nos permite intuir que hay alguien en el coche de atrás "empujando", antes de haberlo visto siquiera con la mirada ¿verdad? Se trata de una especie de alerta inaprensible, inenarrable, pero no por ello menos cierta. Una alarma que nos avisa de la presencia cercana y amenazante de un empujador. Lo que suele pasar a continuación, en la mayoría de los casos, es que tomamos conciencia racional de la situación al ver el coche con los propios ojos y, es entonces, a más tardar, cuando nos hacemos pequeñitos y agachamos las orejas sintiéndonos culpables por estar utilizando la parte de la calzada reservada a los rápidos e intrépidos empujadores.

Todo esto sucede normalmente en milésimas de segundo y sin que nos percatemos de ello. Lo que si hacemos conscientemente es dar al intermitente e incorporamos al carril de la derecha lo más rápido posible a riesgo de causar, por cierto, un accidente. De esta forma, pasamos de estar conduciendo tranquilamente a formar parte del grupo de "los empujados": Empujados por todo tipo de situaciones, espacios, personas y circunstancias. En este ejemplo concreto, por 10.000 toneladas de hierro en movimiento guiadas por un anormal, que, muy probablemente, no tiene consciencia ni del 7% de lo que hace.

Tengo yo un amigo que cuando sufría esta situación, en vez de agobiarse, cambiarse de carril o insultar, se dedicaba a disminuir la velocidad con una parsimonia asombrosa. El conductor de atrás se exasperaba, claro está. Pero este amigo mío ni se despeinaba... (Supongo que el hecho de pesar más de 120 kilos tendría algo que ver en todo ello.)

Para todos los que no podemos permitirnos vacilar a los empujadores por si te calzan una buena hostia, existe una alternativa que es la vía de en medio. Me refiero a practicar aquello que es justo, neutro: a conducir por esta vida sin empujar ni ser empujado. Esto conlleva no pertenecer ni a los de "la iglesia triunfante" ni a los de "la Iglesia penitente". A la primera pertenecen aquellos seres que empujan a otros. A la segunda, aquellos que son empujados.

Como en la carretera y en la vida real, el mundo teatral también está lleno de empujadores y de empujadoras. Y de empujados que se quedaron por el camino. Por eso es un mundo que está lleno de personajes. Escasos son los neutros y neutras. Me refiero a aquellos que son capaces de asumir cualquier rol sobre el escenario, porque han aprendido a ser lienzo en blanco en la vida real.