Sangrado semanal | Juana Lor

Actriz, traductora e intérprete. Licenciada por la Universidad Pontificia de Comillas en Traducción e Interpretación sus idiomas de trabajo son el alemán, el inglés y el italiano. Miembro de KABIA, espacio de investigación de Gaitzerdi Teatro desde su fundación en octubre de 2006. Desde entonces ha participado en sus espectáculos Paisaje con Argonautas y Decir Lluvia y que Llueva. Este último galardonado con los siguientes premios: Premio Ercilla a la Mejor Producción Vasca, el Premio Revelación LARRUZ Escena Siglo 21  y el Premio del II Certamen de Nuevos Investigadores Teatrales – CENIT 2010, organizado por el Laboratorio TNT de la compañía sevillana Atalaya. Es actualmente Candidato Finalista al Premio Max en la categoría de Espectáculo Revelación.Colaboradora estable de la compañía Gaitzerdi Teatro desde el año 2004. Formada en ballet clásico desde su niñez, su desarrollo como actriz siempre ha estado ligado al entrenamiento continuo del actor. Ha recibido formación continua de Borja Ruiz, director de Kabia y autor del libro “El arte del actor en el siglo XX. Un recorrido teórico y práctico por las vanguardias”, así como de Juan Carlos Garaizabal, terapeuta de expresión vocal especializado en Voice Movement Therapy por la Royal Society of Arts de Londres. Ha participado en workshops nacionales e internacionales impartidos por el Odin Teatret de Eugenio Barba, por Ricardo Iniesta director de Atalaya, Enrique Pardo y Linda Wise del Pantheatre, Cristina Samaniego de Espacio Espiral y Vicente León entre otros.

 

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    Baja por maternidad

    Baja por maternidad…..

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    El hilo de Pippo

    Pippo Delbono anda sobre el filo. El filo, en italiano, es un hilo. En Italia, ciertos artistas de circo andan sobre el hilo. Aquí andamos sobre el alambre. Hilo o alambre, a fin de cuentas, qué más da. De lo que se trata finalmente es de dar un paso tras otro sobre un delgado hilo de cobre. A poder ser, sin red. Se trata de jugarse la vida, dando espectáculo, en las alturas, con una mezcla imperante de rabioso corazón tenido en puño y pasmosa concentración. Porque un paso en falso te puede llevar a las antípodas del estrellato: a estrellarte contra el suelo para siempre. Pippo Delbono rechaza el trabajo psicológico con los actores y cree que no debemos ir a por la conmoción en nuestro trabajo. Porque ya estamos conmocionados. Si no lo estuviéramos, no seriamos artistas. La conmoción vive dentro de nosotros. Llevamos escritas en la cara y en el cuerpo las experiencias vitales, el júbilo absoluto, la ternura decadente, el sufrimiento, el suplicio, la angustia del enamoramiento no correspondido, la tortura, la desesperanza, la reclusión, el grito de rabia, el aullido. Sólo hay que mostrarlos. Abrir, mostrarlo y volver a cerrar, para no ir desangrando experiencias…

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    La valentía de una actriz

    Los actores no nacemos sabiendo. Exceptuando algún talento puro. Los actores aprendemos a conocer nuestro arpa, tecla a tecla, desempolvando rumores enterrados, delicados, frágiles, escondidos tras años de posturas corporales descentradas que nos ayudaron a superar disgustos, fatigas y presiones. Aprendemos a indagar en nosotros mismos con furia de arqueólogo, sólo que lo que sacamos a la luz no son restos inertes de vasijas pintadas, sino vida palpitante, a veces, arrolladora. Me explico: Para realizar este trabajo arqueológico dentro de nosotros mismos, los actores contamos con diversas herramientas o modos de enfoque o aproximación. Uno de los más poderosos es la voz. ¿Por qué la voz? Porque la voz tiene la capacidad de viajar por dentro del cuerpo y abrir espacios físico-emocionales que estaban dormidos, entumecidos o congelados. Espacios situados en lo alto de nuestras extenuadas cabezas o en el poderoso caldero de la pelvis o en la zona del tórax-corazón, donde habitan, en conjunción, las dos máscaras del teatro: la risa y el llanto, la alegría profunda y la tristeza insondable. Un lugar que contiene ese ambiguo estado-semilla, previo a la sonrisa o la mueca de dolor, en el que nos sumimos las contadas veces en que se muestra…

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    Malabareando entre deseos

    Dice una amiga mía monja que cuando uno pide un deseo hay que insistir. No vale con echarlo al aire, hacerlo propio bebiendo de una fuente o materializarlo en palabras que se expresan ante una vela, una sala vacía, un paisaje espléndido o un instante de rencor, estupor, clarividencia, tristeza, ansia, recogimiento o sublimación. A Dios rogando y con el mazo dando, dice una expresión popular que viene a decir lo mismo que lo que afirma la religiosa. Insistir en las propuestas en el sentido de no abandonarse al malabarismo diario para seguir persiguiendo los sueños o, mejor aún, materializar esos sueños hasta convertirlos en parte del malabarismo diario. Creo que eso es lo que hacen la mayoría de artistas que siguen insistiendo a pesar de los años. Si insistimos, la vida empuja, la vida ayuda y contribuye a que generemos un mapa propio, a veces rocambolesco, donde todo acaba encajando: horarios, dinero, disponibilidad, sacrificios que no pican por gustosos y un largo etcétera que, una vez conformado, parece milagro. Si antes de construirlo de a poco, nos hubiéramos parado a pensar en cómo hacerlo, nos hubiéramos echado para atrás mucho antes de empezar a materializar el sueño. Un gran…

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    Entre la resistencia y la rendición.

    Entre la resistencia y la rendición anda Roberto Romei, pedagogo y director de escena, que ha pasado estos días por Bilbao para transmitir la esencia de sus vastos conocimientos. Unos conocimientos que tiene sellados en el cuerpo: nada de lo que dice queda sin hacer, todo lo que explica encuentra su ejemplo coherente y biomecánico en el cuerpo, dentro del cuerpo. Entrando en las posturas y las posiciones, entrando dentro de ellas, aparecen la respiración y el ritmo, el pensamiento, la emoción y una forma de decir que no está desconectada del cuerpo. Parece fácil. En la vida lo hacemos constantemente, en escena, no. Parece increíble el nivel de virguería al que hay que llegar para re-construir un cuerpo que sea orgánico en escena. Según Romei, todo es técnica o, al menos, esta es la base sobre la que luego aparecerá el «bio», la vida, el teatro, la imaginación, la historia, el pálpito. Pero primero, la mecánica. Primero, hay que aprender la mecánica. La mecánica de la biomecánica parece sencilla cuando la ves desplegada en un cuerpo que sabe y que la tiene aprendida e integrada, como sucede con la mayoría de las disciplinas artísticas o profesionales. Pero cuando alguien…

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    A los públicos vibrantes

    Dicen que la participación del público en el teatro occidental está acabada. Dicen que como público solo asumimos el rol de espectadores pasivos, bien repantigados en nuestras butacas, casi sin respirar, sin atrevernos a mover un dedo, casi como si estuviéramos pintados. Lejos quedaron las épocas en las que la división entre quien hacía y quien miraba no existía, lejos quedaron los tiempos ancestrales en los que todos participaban activamente del acto, fuera el que éste fuera. Y, sin embargo, los espectadores tienen más poder del que creen a la hora de levantar una función y hacer vibrar a los actores en escena. De verdad que lo tienen. Con sus risas, comentarios, aplausos, expectación, apoyo, actitud viva e interés activo. Y entonces, la actriz o los actores se crecen y aquello sube como la espuma, alcanzando cotas que fueron inimaginables en un estreno o en otro día de función. Tienen más poder del creen los espectadores. Y tiene Dario Fo un texto interesante acerca de la diversidad de públicos existente. Dependiendo del carácter de cada país, el actor y director ajustaba ritmos, pausas y gracietas, porque el respetable reaccionaba de forma distinta en conjunción con las particularidades de cada sitio.…

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    Desde la cima de un embarazo

    Como cuando te rompes un brazo y solo ves escayolas, escayolados y escayoladas por la calle, cuando te quedas embarazada no haces más que ver barrigas y barrigotas portantes de proyectos de criatura en su interior por todas partes. Es asombroso. Si además eres actriz, empiezas, sin querer, a escuchar historias sobre esa otra actriz que también está embarazada y sigue haciendo cosas como si nada o sobre aquella otra que trabajó hasta los 6 meses y medio sin problema subida a un escenario con las anchuras del vestido bien holgadas para disimular el asunto, porque la historia del personaje que encarnaba no permitía que estuviera encinta. «Esta profesión siempre ha tenido hijos, pero ha tendido a no enseñarlos a la luz pública», me dijo hace años el director de una longeva compañía de teatro de calle. Supongo que aquello me tranquilizó en su momento y supongo, también, que emitir juicios generalistas a partir de las experiencias propias no es muy adecuado. Pero como soy más amiga de la intrahistoria que de las estadísticas, aquí les va esta vivencia en primera persona por si les sirve de algo. Cuando empecé en esta profesión hace más de 10 años, estaba rodeada…

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    Imagina un milagro

    Imagina una sala sin prisa pero sin pausa, que aglutine las ganas de creación escénica de toda una zona. Una sala creada por gente que sabe por vieja y por sabia, por haber recorrido escenarios y haber visto emerger multitud de montajes. Imagina una fuerza de trabajo que aparece cuando hay que aparecer: cuelga focos, pone suelos, limpia baños, pisa escenarios, sirve cervezas, reserva entradas, contabiliza, asa magníficas brochetas de pollo, dirige, pone música, enfoca actrices, toca instrumentos, baila con tacones, sin tacones, muerta y viva y viva y muerta, imagina. Imagina una sala hecha por gente de teatro. Un lugar en el que se crean espectáculos propios dando juego a los actores del lugar y donde se programan otros espectáculos de gente de fuera y de gente de dentro. Imagina una sala a la que acude público noche tras noche. Una sala de teatro con un ambigú lleno de mesas redondas de madera que esperan, con sus velas encendidas, a que empiece, cada tarde, la velada. Imagina que eres actor o actriz y que tienes 30 funciones por delante en esa sala. Cada día llegar, saludar, ensayar, caracterizarse, calentar, hacer el ritual de entrada y salir al escenario con…

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    Envidia, cerdas

    A algunos seres humanos nos gusta contar historias. No lo podemos evitar. Nos gusta escucharlas, pero más nos gusta narrarlas, en forma de palabra escrita o con nuestra propia carne y voz, que es lo que hacemos los actores. «Envidia, cerdas» – nos decía hace poco una actriz de solera tras haber visto un trabajo con 6 actrices en escena. Y la verdad es que tuvieron gracia su desparpajo y falta de falsa moral al admitir con ojos grandes que le dimos una envidia considerable mientras le narrabamos la historia con nuestros cuerpos y voces desde el escenario, al otro lado del espejo de realidades. Y es que cuando la actuación se lleva en la sangre, no se puede evitar querer estar ahí arriba, en la escena, cuando estás en la butaca y ves un personaje delicioso o una propuesta valiente, un acto energético brutal, un divertimento, un comunión entre actores, un detener el tiempo… La actuación es una carrera de fondo. No debemos desfallecer. Aún cuando falten embarcación y capitanía durante una temporada, no conviene darse por vencidos. Sentados en la butaca podemos pensar: «Envidia, cerdas», pero hay que confiar. En que más tarde o más temprano el Teatro…

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    Las miserias del actor

    Los actores estamos acostumbrados a hacer muchas cosas, además de a sabernos un texto a la perfección, conocer nuestras entradas y salidas al escenario, navegar por un río de emociones durante el espectáculo, viajar a través de los impulsos que animan cada acción que realizamos en escena o tejer la sutil red de relaciones que establecemos con el resto de personajes de la obra. También debemos conocer dónde y en qué posición concreta van colocados cada uno de los objetos que vamos a utilizar para contar nuestro relato, debemos controlar nuestro vestuario para que la manga izquierda no se enganche con el velcro que que está pegado en la escenografía o para que la aguja del tacón no quede atrapada entre la raja que hay entre las tablas de la parte derecha del escenario, que es más ancha que las demás. Muchas de las cosas que acabo de mencionar es lo que acostumbro a llamar con sorna «las miserias» del actor, ya que suelen ser asuntos que son de vital importancia para nosotros (imagínate que se te queda pillado el zapato entre las tablas y no puedes seguir tu camino a no ser que tires cual cabestro y te dejes…

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