El frío alienta la reflexión
Sigo con mi obsesión: ver teatro de todos los formatos, calidades y estéticas. Así que tras unas semanas en las que el visionado y las reflexiones que me provocaron se enmarcaron en la acumulación subjetiva de datos y sensaciones , quisiera hoy mencionar dos casos que he vivido en pocos días en Madrid para indicar dos procesos muy diferentes, pero que considero de igual categoría por participar de algo que no abunda: la coherencia y el mantenimiento de principios éticos, estéticos y políticos, elementos que no se valoran actualmente en el mercado de las vanidades.
Empezaré por una versión de “La Gaviota” de Chéjov realizada por Irina Kourberskaya en el Teatro Tribueñe. Informo que en los últimos meses he visto varias versiones de esta obra en diversas lugares del mundo, en varios idiomas, con aproximaciones muy diferentes entre sí. Esto me lleva a introducir un paréntesis que quiere señalar mi sorpresa cuando en un corto espacio de tiempo, diferentes grupos, compañías o directores, sienten la necesidad de volver a revisar este texto fundamental. Cierro paréntesis.
Irina introduce en la obra de Chéjov insertos de cartas y otros textos del autor que ella indica que son para revelar claves de entendimiento del desarrollo de los personajes de la obra original. Es una investigación difícil de mesurar en s valor probatorio, aunque lo que podemos analizar es s resultado escénico. Y lo que primero hay que remarcar que, desde el inicio al fin, el montaje de Tribueñe resuma coherencia, busca en toda la puesta en escena desarrollar no solamente lo más obvio sino una suerte de recorrido secreto o más subjetivo, lo que hace que los personajes y las situaciones adquieran otro valor comunicativo, aunque, probablemente, esto introduzca un ritmo diferente que en ocasiones se resuelve con aportaciones no verbales, pero que no siempre logran darle mayor enjundia al relato.
Todas estas apreciaciones abundan en el hecho fáctico de estar ante una propuesta muy elaborada, muy trabajada tanto en la adaptación, los trabajos previos, como en el proceso de ensayos para llegar a esa unificación escénica de intereses estéticos y narrativos y para que el equipo actoral, con todas sus lógicas diferencias de posibilidades, logra estar en la misma clave. Todo ello nos lleva a resumir que el teatro es un arte colectivo, de múltiples lenguajes internos, pero que necesita una idea muy concreta, sólida e intelectualmente bien armada para que alcance los niveles apropiados. Y este es un caso claro y evidente. Una obra exigente para los públicos, pero que te lleva a gozar de algo sublime. Sigue en cartelera todo el mes , busquen y vayan a disfrutarla.
La otra opción es ver a La Zaranda en la Nave10 de Matadero con su última obra, “Todos los ángeles alzaron el vuelo” que está programada hasta el 25 de enero. Aquí tenemos un modelo, un ejemplo, de línea de indagación, de logros estéticos que configuran una mirada al mundo que se debe interpretar en las reiteraciones, los silencios y las cadencias interpretativas, en textos que huyen del naturalismo pero que ahondan, en esta ocasión, en buscar unos tonos más cercanos a un realismo sucio, a la descripción de unos personajes marginales que van corroyendo nuestra propia interpretación del mundo en el que vivimos.
Tengo que advertir que esta obra la había visto antes en espacios escénicos que operaban en contra de la propuesta. No quiero mencionar lugares ni tetaros porque me produce cierta vergüenza, pero es obvio que los espacios influyen de manera importante en la percepción de las obras. Desde la incomodidad para ciertas acciones, como para la audición o la posibilidad de relamerse con detalles de montaje, iluminación o interpretación. En la Nave 10, se dan, a mi entender, las condiciones objetivas ideales. Tuve el placer de verla y sentirla como nunca y por ello mantengo un entusiasmo reiterado por este lenguaje propio, tan reconocible, tan experimentado y que significa una apuesta por la singularidad entendida como camino andado e indagación para un futuro, aunque el futuro sea un entuerto de difícil desenmarañamiento.
En ambos casos, probablemente con mucha distancia en sus principios y fines, con lenguajes dispares, lo que evidencia es que la formación, el optar por una manera de entender y hacer el Teatro y mantenerlo en el tiempo, dota a las propuestas de un valor añadido que probablemente no sea lo que demanda el mercado actual, pero que reivindico como una suerte de tesoro al que se debe recurrir para entender la evolución de las artes escénicas más allá de modas y mercantilismos. Esto es Arte, por lo tanto, es Cultura.

