Cinismo Teatral | Alejandro Butrón

Aplausos

Yo erradicaría los aplausos. Así, sin paliativos. Sí, es un momento dulce (a veces); sí, el aplauso es tan antiguo como el ser humano (que se lo digan a los romanos, que tenían un código de aplauso distinto dependiendo de cuánto les hubiera gustado el espectáculo); y sí, es una forma de comunicación del espectador con la compañía tras la finalización (ya sea éste un aplauso de respeto o un aplauso efusivo); sí, todo eso es cierto… Pero yo erradicaría los aplausos.

Muchas veces me pregunto si el aplauso trae más perjuicio que beneficio… Y lo cierto es que, en la mayoría de las ocasiones y en mi humilde opinión, pesa más en la balanza el menoscabo. Pero, ¿por qué? Pongamos un ejemplo gráfico para explicarlo: «07:45 de la mañana. Tras despertarte a duras penas y antes de apurar un frugal desayuno, te diriges a la ducha para comprobar, con horror, que hay una preocupante fuga en el baño. Aún con legañas en los ojos, llamas a tu amigo, que tiene un cuñado que tiene otro amigo que es fontanero; no puedes faltar al trabajo, así que conciertas una cita para la tarde. La cosa ya se parece el hundimiento del Titanic. El señor fontanero (a poder ser con bigote y con malas pulgas) aparece unos minutos tarde y, con mano de santo, encuentra y arregla el problema en un «plis plas»; llega el momento del pago y entonces tú, junto al billete de 50€ (es un ejemplo, ¿vale?) estallas en júbilo y le aplaudes mientras el buen hombre recoge sus trastos y sale por la puerta con expresión torera». Mmm… ¿No, verdad? Pues a esto me refiero: para mí, el actor debe ser un trabajador más, un obrero de la interpretación, ¿por qué los aplausos? ¿Para ayudar a fomentar una falsa ilusión sobre los actores, ese efecto glamuroso, ese distanciamiento místico entre el artista y el vulgo? ¿Quizá para calmar el ego insaciable de muchos?

La esclavitud del actor, como a mí me gusta llamarlo, consiste en esa costumbre irritante de muchos actores, que salen una y otra vez a recibir sus aplausos; una y otra vez, uuuuna y oooootra vez… Y así, hasta que ellos decidan o las manos se cansen. ¡Ay! Y no hablo ya de esas compañías desfasadas y casposas que compartimentan el saludo de los actores, de modo que quede claro que el cabeza de cartel y protagonista debe recibir el oro y el moro y los demás, pues…, la voluntad. Un estudio reciente afirma que solo el 8,17% de los actores pueden vivir de su profesión: http://www.aisge.es/informe-sociolaboral-aisge-2016 ¡Dejémonos de patochadas! ¡Dejémonos de trabajar para el aplauso y quizá, solo quizá, empezamos a levantar cabeza! Que oye, no todo lo que trae pobreza y precariedad al mundo teatral es el 21%.

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