Cuando el espectáculo desborda en las calles
Vivo en el casco antiguo de Vigo. Camino por el centro y las calles parecen un decorado. Es Navidad, que aquí dura unos dos meses. La gente, como una manada, responde a la llamada de la publicidad y posa sobre renos y trineos iluminados. Pasear por el centro significa esquivar las cámaras de los teléfonos. El espacio público se ha convertido en una especie de “plató” donde nos objetualizamos. Las calles son como centros comerciales y todo en ellas parece adquirir la dimensión de un producto en un escaparate.
Quizás Andy Warhol, o quien lo dijera, tenía razón cuando sentenció que en el futuro todos tendríamos nuestros 15 minutos de fama. Algo muy efímero, por supuesto. El futuro ya está aquí. Las redes sociales han llevado ese frenesí al máximo. Y la Navidad, además de ser una celebración del consumo, es un gran espectáculo que nos invita a lucirnos.
Camino por la Rúa do Príncipe y veo a un hombre mendigando con una enorme pancarta apoyada en la pared de un banco. En letras grandes dice: «Estimado público:» y luego explica la situación en la que se encuentra. Me asombra que esta persona se dirija a nosotros como si fuéramos sus espectadores y él un espectáculo. Quizás tenga razón, aunque, a decir verdad, poca gente lo mira. El protagonismo se reparte entre los escaparates, prácticamente los mismos que podemos encontrar en las calles principales de cualquier ciudad del mundo capitalista, y las figuras de las luces navideñas o, por supuesto, las pantallas de los teléfonos móviles.
Es curioso, la gente posa para fotos y vídeos en los juegos de luces, fingen sonrisas.
Antes y después de la foto, sus expresiones fluctúan entre la prisa y la preocupación por divertirse, por disfrutar, por querer ser felices. También hay grupos que exageran ese alegre y jovial espíritu navideño, luciendo astas de reno con luces, un gorro rojo de Papá Noel (el famoso personaje creado por Coca-Cola), incluso orejas de conejo con luces y otros accesorios, como los de las despedidas de soltera. Quieren festejar y llamar la atención. Salir de fiesta es como subir a un escenario a montar un espectáculo: tienen que caracterizarse y actuar.
En una pantalla gigante junto al Museo Marco, a cualquier hora que pases, puedes ver al alcalde también actuando en el espectáculo navideño.
Sin duda, todo esto va más allá de la teatralidad en la vida cotidiana estudiada por Erving Goffman. En ella, comparó la interacción social con una obra de teatro, donde las personas son actores que interpretan diferentes papeles, en un ejercicio constante de dramaturgia para presentar la imagen deseada de sí mismos ante el público.
En Navidad, en las ciudades y pueblos gallegos, los teatros cierran o tienen una programación especial reducida, principalmente enfocada al público infantil. ¡No es de extrañar! ¡El espectáculo se desborda en las calles!

