Escritorios y escenarios | Manuela Vera

Cuando la vida es sueño

Nuestra mente, esa promotora de fantasías y ensoñaciones, independientemente de que nos juegue buenas o malas pasadas, debería ser una dimensión sagrada de nuestro universo interior. De ella dependen nuestros estados emocionales y nuestra narrativa íntima y, sin lugar a dudas, es una de las partes más exclusivas de cada uno. Imagino que cada mente es tan particular como una huella, como un cuerpo, como una geografía.

Y si la tratáramos con amor, con sutileza, siendo conscientes de ella, a lo mejor las malas pasadas serían menos. La mente puede ser salvaje, desbocada y rabiosa. Pero también amable y placentera. Puede nutrirnos e impulsarnos. Y ni que decir de aquellas ocasiones en que opera como una herramienta para la creación artística o existencial.

Hoy me declaro públicamente nefelibata. Nefelibata quiere decir soñadora. Pero no soy especial por eso, estoy segura de que todos ustedes, apreciados lectores, también lo son. Y no, no me refiero al soñar mientras dormimos, sino a esa tendencia a fantasear, a esa dedicación a estar creando y recreando situaciones imaginarias. Aunque no en el escenario o en un lienzo. Me refiero a las ocurrencias que acontecen en algún lugar de la mente, donde quiera que esté, en pleno estado de vigilia y que lo asaltan a uno en cualquier momento y lugar, por ejemplo, mientras se lavan los platos.

He mencionado muchas veces en otros textos, tanto orales como escritos, a propósito del teatro, que nuestro cerebro no diferencia la “realidad” de la “ficción teatral” y esto acontece dado el fundamental rol de las neuronas espejo. Muchos estudiosos del teatro y del arte, entre ellos Hegel en su Estética, han señalado y explicado como ocurre este proceso de identificación entre el receptor de un objeto artístico y el “artificial” mundo que allí está diseñado. Nuestro cuerpo, nuestra mente, no puede resistirse y entonces vivencia, se estimula y experimenta la ficción como una realidad. Sin embargo, no entraré en detalles, para evitar reiteraciones. Simplemente quiero que no lo perdamos de vista, porque con esas fantasías a las que me he referido antes, las que aparecen cuando lavamos los platos, pasa lo mismo.

Esas imágenes y situaciones arbitrarias o fríamente calculadas que diseña nuestra mente son experimentadas por nuestro ser como “realidad”. Tanto es así, que nos procuran horror o placer, dicha o desdicha y el resto de nuestro día, o de nuestra vida, podría depender de esa afectación.

En mis ensoñaciones he hecho de todo y he estado en todos lados. La mayoría del tiempo soy infinitamente feliz, tal vez por eso invierto tanto tiempo de mi vida allí. Y hasta me río y converso sola ante la mirada perpleja de otros. No porque esté llamando la atención o porque haya sido diagnosticada de “ensoñación excesiva” o locura, sino porque mi mente, de manera natural, me arrastra a esos mundos paralelos, gratos, divertidos, y pues… donde la paso bien me amaño. Ni modo.

Ahora bien, si para los soñadores la vida es sueño, más nos vale cuidar la mente, porque en las ensoñaciones, en las fantasías, también estamos en juego. Por lo demás les deseo que cuando estén del otro lado, vivan una vida plena y bella, pero que cuando estén en esta realidad, en la “realidad”, también.

Domingo 4 de septiembre 2022

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