Y no es coña | Carlos Gil

Cuando ya no sirve pedir perdón

He pasado casi un semana en mi domicilio, descansando, recomponiendo la figura, sobreponiéndome a un cansancio mental que empieza a ser una manifestación cercana a la desgana, la abulia, las sensaciones depresivas, de tal manera que me he tomado una semana de asueto: no he ido a ver ninguna obra de teatro. Y confieso que ya no tengo mala conciencia. Ni siquiera creo que estoy cometiendo desacato a los objetivos de mi misión. El mes de julio fue exhaustivo, Palma del Río, Almada, Cerdeña y Miami. Un cupo de kilómetros recorridos, cambios de sabores en los platos y decenas de espectáculos presenciados.
Hago un parón singular por agotamiento, omisión y por las circunstancias de la cartelera en Madrid. Un parón que me ha servido para poner un poco en orden algunas ideas que se habían perdido por los desguaces de una actividad que parece conducir siempre al mismo lugar: la frustración, el miedo, la incertidumbre. Editar revistas de teatro, periódicos de artes escénicas, publicar colecciones de libros de textos dramáticos o de Teoría y Práctica es una actividad que cuesta mantener con un mínimo rigor desde la acción totalmente privada. No pedimos ayudas ni subvenciones; algunos libros se editan en colaboración con alguna entidad o institución. Vivimos de la publicidad, que sí tiene un componente institucional de una manera mayoritaria, las suscripciones, la venta de libros y algunos trabajos derivados de todo ello. Esto en cuanto a Artezblai.
La librería Yorick es una actividad mercantil sin más objetivo que servir de consulado teatral iberoamericano. Se compra a un precio y se vende a otro y de su diferencia deben salir los sueldos, la seguridad social, el alquiler, los servicios y el pago a los proveedores. El porcentaje que queda de media en una librería es del 30%, un libro medio no supera los 18 euros, ¿se imaginan cuantos se deben vender para mantener abierta la librería y cumplir con todos los compromisos económicos?
Por circunstancias diversas, desde hace unos meses o años, soy el accionista único de Artezblai SL y el mayoritario de Librería Yorick SL, y desde hace más de cinco años no recibo absolutamente ningún emolumento por mis labores de administrador, director y demás funciones de lo cotidiano y lo espectral en ambas empresas. En más de una ocasión he debido recurrir a mis ahorros para solventar alguna situación económica comprometida. El mantener abiertas ambos focos culturales, ambas reseñas, es una cuestión de compromiso. No existe vocación ninguna de ser un sufridor, de que cada final de mes, entren sudores fríos por ver si se puede cumplir con todos los pagos. Nadie me obliga, nadie me pide nada, mis empleados son, con alguna excepción, mis compañeras, mis colegas, mis cómplices, en algún caso amigos. Tampoco sigo por mantener sus puestos de trabajo. Estoy convencido de que muchas de las que trabajan encontrará mejores salarios en el mercado.
Entonces, ¿por qué sigues? Esta pregunta lanzada por familiares, amigos y allegados, me la planteo de manera frecuente. Y no tengo respuesta. A mi edad, no busco ya ningún reconocimiento, ni estoy “sembrando” nada, estoy en un páramo, tierra de secano, intentando seguir con producción de regadío. Cuando me siento cansado como en estos días, paso por unos momentos de rechazo de la situación. Como nunca he ido a terapia, supongo que deben ser las cosas que se comentan, que se analizan, que te ayudan a ver con claridad, ¿qué busco haciendo estas actividades? No estoy en edad de merecer, mi prestigio, sea el que sea, no lo gano en esas actividades, tengo la suerte de seguir escribiendo cada día un artículo, por lo menos, en un periódico vasco que se edita en papel. Y eso me mantiene en un lugar de privilegio, en el sentido de que son más de treinta y cinco años haciendo esta labor, remunerada, fiel, y ahí me siento realizado, porque ya se ha convertido en algo bello, en esos momentos, minutos, horas, en los que ejerzo con libertad mi capacidad de analizar al mundo que me rodea y a sus pompas y, sobre todo, a los seres humanos que creo me leen.
Por eso llevo estos días rumiando en pedir perdón de manera general. Por mi intransigencia, mi sarcasmo, ni falta de empatía, mi soberbia, ese aire displicente para tapar mi congénita timidez. No sé cuando perdí la noción del pequeño detalle, cuando dejé de ver a familiares y amigos por algo tan vulgar como ir a ver un espectáculo, acudir a un festival, cuando había un evento familiar importante que me perdí. Es por eso por lo que tengo una necesidad de pedir perdón por no ser más generoso, por no tener más luces ni la paciencia para promocionarme, para no decir ni escribir lo que pienso. Me perdí las clases de nociones diplomáticas, pero fui un alumno aventajado en las de verdad, justica y reparación, así como en las de pensar desde una mirada ética, que a veces, parece moral, pero que va cargada siempre de una intención de rectificar algo este mundo desquiciado.
Mi relaciones de pareja han sido siempre beneficiosas en el recuerdo. Con todas las mujeres con las que he convivido he sentido la satisfacción de aprender, de salir de esas relaciones mejor, porque vengo de unos tiempos y unas circunstancias en las que el machismo era doctrina en el hogar, la calle, la escuela, el trabajo y la iglesia y rehabilitarse como machista es tarea muy dura, con muchas recaídas.
A todas las personas que he fallado, a las actrices que he gritado en una proceso de dirección, a los compañeros de redacción a los que he tratado con aires de superioridad, a los amigos que no he acabado de estar a la altura que esperaban de mi y, sobre todo, a mis enemigos, los que yo me he buscado, algunos de manera obsesiva, y a los que se han puesto frente a mí para significarse antes sus pares, sus jefes o sus neurosis, pido perdón. He sido mal hijo, mal padre, mal abuelo, mal amante, mal esposo, mal empresario, mal obrero. Todo lo veo hoy como motivo de pedir perdón. Y tengo la intuición de que estoy en ese punto en el que no es suficiente, ni sirve de mucho, pedir perdón.
Al final creo que uno deja alguna huella, en mi caso con los artículos de cada día durante tantos años, con algún montaje teatral que fue en su momento, años sesenta del siglo pasado, bastante importante, alguna labor de gestión en festivales, la revista ARTEZ es un manera de ver la foto de ciertos momentos de las artes escénicas iberoamericanas de este siglo, la librería ha venido a sustituir, de otra manera y en otras circunstancias a La Avispa y lo que yo creo que dejo, de verdad lo digo, y de lo que no tengo que pedir perdón es por las colecciones de textos dramáticos y de Teoría y Práctica de la editorial. Ahí es donde queda mi legado, ahí se puede encontrar rastros de mi pensamiento, es lo que más satisfacción me provoca hoy, y no solamente como pasado sino como presente y futuro.
Tengo la sensación de que pese a ciertas sensaciones de desapego de algunos autores que tuvieron en nuestra editorial su primer oportunidad y que ahora nos han abandonado, las satisfacciones son constantes. Estoy negociando ahora mismo para editar a un dramaturgo que fue premio Pulitzer, van a salir diversos textos que considero son magníficos, seguimos teniendo acierto en los premios de investigación y los libros que seleccionamos dentro de este campo. Ahí, en esos catálogos, me encuentro. No me riño. No me reprocho nada.
Del resto, en cuanto a lo referente a estos asuntos, quizás sea todo prescindible. Nacemos, crecemos, nos reproducimos (o no) y morimos. Voy camino de disfrutar de nuevo con una charla bajo una higuera. ¡La Vida es Bella!

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Un comentario

  1. Triste y sincero. No creo que hayas hecho mal todo lo que dices y sí muchas cosas bien. Los que, desde la sinceridad, no llegamos a gente como tú ni a la suela de vuestros zapatos, sentimos ese reconfortante bálsamo en tus palabras, con las que nos identificamos. Gracias por tanto!!

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