Sud Aca Opina | Patricio Sancha

De nuevo me equivoqué

Como suele sucederme, hoy me equivoqué nuevamente. No fue nada tan grave, pero al conducir cometí la imprudencia de adelantar por la derecha a quien conducía cual tortuga relajada, por la izquierda de la calle, la vía teóricamente destinada para quienes circulan a mayor velocidad.

Metros más adelante, tuve que detenerme ante una luz roja, momento en el que escuché como me insultaban enérgicamente por mi hipotética imprudencia.
¿Quién?
La tortuga.
¿Cómo tanto?

Juro que en ningún momento generé alguna situación de riesgo, por lo que no me explicaba tanta furia por un inofensivo adelantamiento.

Calmadamente bajé mi ventanilla y sin acusar recibo de tanta agresividad, aunque no era necesario, le pedí disculpas, situación que descolocó a la tortuga al no poder comenzar una pelea de esas memorables En cuanto dieron la luz verde, aceleró haciendo sonar los neumáticos, como si de una carrera de fórmula uno se tratase y con el sonido me estuviese dando una cachetada por mi imperdonable acto de imprudencia.

Si cualquiera de nosotros hiciese un poco de memoria, de seguro recordaría más de algún episodio de furia inexplicable similar a este, incluso, en el que estuvimos de uno u otro lado del pseudo enfrentamiento.

¿Qué nos está pasando como para llegar a estos grados de intolerancia capaces de tener consecuencias más allá de todo razonamiento?

Será el ritmo acelerado del día a día, o quizás el excesivo bombardeo de información tanto de la buena como de la mala, o seremos la consecuencia de este mundo de hiper conectividad en el cual nos está tocando vivir, o será acaso una mezcla de todas las anteriores y otras más que he olvidado mencionar.

No sé si existirán estudios serios al respecto, pero me atrevería a asegurar que en la vida rural, la tasa de stress es infinitamente inferior a la existente en las grandes ciudades. Puede que un campesino deba levantarse muy temprano todas las mañanas, caminar kilómetros para llegar a un establo mal oliente donde debe ordeñar las vacas, quizás pasará frio en invierno caminando por el barro o tener que hacer mucho esfuerzo físico, pero no creo que sea un gran consumidor de antidepresivos o pastillas para dormir.

Es cierto, no tiene fácil acceso a un centro comercial donde comprar a crédito cosas que no necesita, pero tampoco necesita sesiones recurrentes de sicoterapia.
Hace muchos años el ser humano se agrupó para obtener los beneficios al formar parte de un grupo donde la suma de uno mas uno, es mas potente que dos. Por un lado, en la colaboración mutua encontró la clave para el desarrollo, pero lamentablemente a la vez, no solo se colectivizaron las soluciones, sino también los problemas.

Vivir aislado como un monje de reclusión, tampoco es la solución para tener una vida feliz, sobre todo porque me parece imposible que más de ocho mil millones de personas puedan encontrar un espacio de soledad en este planeta cada vez más poblado.

¿Qué hacer entonces?

Es extraño, pero me da la impresión de que a las personas en general, les incomoda darse tiempos de soledad como para re encontrarse con ellas mismas, un espacio de silencio para reflexionar sobre actos pasados y cómo actuar ante determinada situación en instancias futuras.

Pareciera ser que, cada vez más actuamos por instinto y menos guiados por dos características que nos hacen únicos entre las especies vivientes, cuales son la reflexión y el sentimiento tan olvidados. Simplemente actuamos de manera irreflexiva y sin considerar al otro.

Dejo la idea sobre la mesa, porque no tengo una conclusión definitiva ni datos estadísticos que me avalen, y lo más probable es que me esté equivocando de nuevo.

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