Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Dulce espera

De vez en cuando, como si fuese una violenta cachetada para despertarme de un sueño relativamente placentero donde creo estar viviendo en un país desarrollado o al menos en vías de serlo, algún evento me golpea sin piedad para recordarme que vivo en un país subdesarrollado. Ok, ok, según algunos en vías de desarrollo, aunque muy en el principio de un posible desarrollo.

Puede ser un acto descarado de corrupción encubierto por quienes conforman el selecto grupo de una cúpula de influencia sin consciencia social o algo tan sencillo como el consumir alimentos en el supermercado o ver como una madre le enseña a su hijo pequeño a mendigar en una luz roja.

En este caso, me encuentro en un servicio de urgencia, repito, urgencia, esperando que atiendan a mi madre de 86 años, 86 según su tarjeta de identidad, aunque deben ser por lo menos unos 90 o 91, ya que, en ese entonces, no se exigía registrar el nacimiento inmediatamente. Se tropezó, cayó de boca, se golpeó la nariz y sangró profusamente. Inmediatamente se llamó a un servicio privado de asistencia médica a quien se le paga todos los meses un seguro y después de más de 2 horas de espera, 2 horas, solo chequearon sus signos vitales y recomendaron llevarla a un servicio de urgencia. Ellos no podían prestar ese servicio con su ambulancia por estar sobre exigidos de llamados.

¿Seguro? más bien un muy buen negocio, otro más, y lo digo porque ante una crisis cardiaca, 2 horas de espera dista mucho de lo razonable.

¿Por qué tanto reclamo si ya estamos esperando en el servicio de urgencia?

Porque se nos previno que la espera iba a ser de entre 4 y 6 horas mínimo.

¿Urgencia? ¿Cuál urgencia?

¿Y cuál es la alternativa?

Obvio; el sistema de salud privado donde la velocidad de atención es directamente proporcional a la suma de dinero a pagar, un negocio de aquellos donde el cuerpo podría sobrevivir, aunque la billetera quede agónica, la del paciente obviamente.

Cuando mi suegro murió, la familia quedó endeudada por más de 5 años.

No me referiré en extenso a cuando empresas de producción y/o venta de productos, algunos de ellos tan vitales como los medicamentos, fueron descubiertas coludiéndose para aumentar al unísono los precios.

Con las pruebas en abundancia, los responsables fueron encontrados culpables, condenados a pagar unas multas ridículamente pagables y a asistir a clases de ética.

¿Nos tomaron el pelo? Obvio, una y otra vez.

¿Solo podemos esperar?

Pasan solo 2 horas y nos llaman para atendernos. La recuestan en una camilla, algunas preguntas y a seguir esperando porque se requieren exámenes. No se necesitaba ser médico para darse cuenta de que después de haber perdido mucha sangre, tener la cara hinchadísima y unas ojeras como de boxeador noqueado, los exámenes son indispensables.

Continuará…

No se necesita ser demasiado inteligente como para darse cuenta de que las inmensas fortunas latinoamericanas han sido a costa de la pobreza y explotación de millones.

Continuará…

La espera para tener un diagnóstico certero de las lesiones producto de la caída y un adecuado tratamiento, continuará…

La espera para sentirme en un país desarrollado sin la corrupción y malas prácticas que a fuerza de repetición ya hemos normalizado, continuará…

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