Un cerebro compartido | Miguel Ribagorda

El clown y la neurociencia

Hace poco leí online un artículo interesante de Jango Edwards en el que hablaba del arte del clown-actor diciendo que más que una profesión es un estilo de vida que requiere la comprensión de la emoción, de la sensibilidad, de la pasión, del patetismo y del corazón. Desde esta tribuna llevo tiempo planteando cuestiones relacionadas con los estímulos que recibe un espectador que asiste a una representación en vivo y procesa en su cerebro, y me pregunto ¿dominar todo el espectro que propone Jango Edwards asegura el despertar de la risa? Clowns, payasos, llámelos como quiera, juegan un papel esencial en ese despertar psicofisiológico del espectador. ¿Cómo consiguen transmitir sus emociones? Lógicamente hay técnicas en sus trabajos, y todas son amiga de las neurociencias.
La risa, pienso, es la consecuencia de un trabajo en el que el clown consigue enamorar mediante fórmulas de las que la empatía y la compasión son componentes fijos. Un clown expone preocupaciones y las muda en actos felices, estos estímulos llegan al sistema nervioso del espectador en cuyo cerebro se generan activaciones neuronales en áreas específicas, en concreto en distintas vías dopaminérgicas y serotoninérgicas, señales eléctricas y químicas que hacen llegar la información hacia áreas específicas del cerebro. De entrada, esto sería un indicativo de que el trabajo del payaso es apropiado para personas que sufren problemas como depresión o ansiedad. Pero antes de entrar ahí, sería interesante saber de qué áreas en concreto se trata.
En 2012, Häusser, en un artículo publicado con el título “Empathy and mirror neurons. A view on contemporary neuropsychological empathy research” hablaba de cuatro áreas en el cerebro humano en las que existe una cuantiosa población de las famosas neuronas espejo. El lector poco familiarizado con este tipo de neurona tiene que saber que se les ha etiquetado así por ser las que se disparan cuando el cerebro trata de procesos relacionados con la compasión y la empatía. Los postulados de Häusser (2012) ubican a las neuronas espejo en el lóbulo frontal (encargado de la planificación y ejecución del movimiento), el lóbulo parietal (que integra la información de los sentidos en una imagen corporal de un modelo humano), la corteza insular (donde se conciben las emociones y el dolor al momento de representarlo en una acción) y la corteza cingulada (que procesa y expresa emociones y dolor a partir de lo que se percibe o razona) Es una gran superficie de la anatomía cerebral.
Conociendo las áreas en las que científicamente se ha probado que hay población de neuronas espejo, puede concluirse que son las candidatas a la producción de dopamina, serotonina y endorfinas, de las que antes hablábamos, neurotransmisores presentes en el espectador del trabajo de un clown que hace que se relaje y la provoque la risa contribuyendo a su bienestar físico. Si eso es lo deseado por el espectador, un clown está entrenado para conseguirlo. También se ha observado la segregación de oxitocina, que transmite sensaciones de tranquilidad y seguridad.
Llegamos a la conclusión, ya habitual en estas columnas, de que, sea el que fuese el espacio generado entre un intérprete y un espectador, puede definirse también con vocabulario importado desde la órbita científica. En este caso más aún, vaya, que el trabajo de un payaso nos haga reír y eso nos deje mejor cuerpo lo hemos experimentado todos y no hemos necesitado saber nada de neurotransmisores. Pero bueno, soy de los que piensa que es interesante avalar con lenguaje científico lo que experimentamos usando el escénico. Conociéndonos, avanzamos.

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