Escritorios y escenarios | Manuela Vera

El impacto de la mirada y de no poder mirar

La justicia es ciega desde hace siglos, pero no es ciega de nacimiento. Lleva una venda que le cubre los ojos, una balanza en una mano y una daga en la otra. Cuentan los que saben que no puede mirar a los implicados en el conflicto que juzga porque así evita la parcialidad, es decir, la preferencia por alguna de las partes. Como si la mirada fuera perjudicial, como si nublara su prudencia. Hay quienes dicen que es ciega para no ver a las personas sino a los hechos. Pero ¿cómo así, los hechos pueden ser vistos y las personas no? ¿Eso no es predilección? En todo caso, la ceguera de la justicia parece más bien una estrategia para realizar su trabajo. Y, seguramente, debajo de esa venda hay un par de ojos brillantes que pueden ver los colores mejor que el más destacado y sensible de los pintores.

El amor es ciego, al menos eso cuenta una vieja historia popular. Pero en este caso, la ceguera del amor fue causada por un accidente. El amor veía bien hasta que, jugando, quedó entre las espinas y sus ojos se cerraron para siempre. Cuentan los que saben que, desde ese día, la locura se convirtió en su fiel compañera. El amor tuvo que aprender a ser ciego y, además, a convivir con la locura. Pero, tal vez podría recordar lo que había visto antes de que su visión se empañara. ¿O es que acaso el amor no tiene memoria? ¿El amor se olvidó de todo en cuanto dejó de ver?

Medusa veía muy bien, pero petrificaba con su mirada. Cuentan los que saben que mirarla era condenarse a convertirse en estatua de piedra. Pero condena terrible también era la suya porque ella vivía completamente sola, rodeada de estatuas, por lo que debió pasar los días conversando consigo misma, creando los más entretenidos soliloquios y monólogos con tal de sobrellevar esa vida, que hasta le impedía observar su propio reflejo y conocer los rasgos de su cuerpo y su cara. ¿Será que el efecto de la petrificación, del endurecimiento, no tenía consecuencias en ella?

En otros ciegos, como Tiresias y Edipo, el no poder mirar los convirtió en hombres sabios y prudentes. Cuentan los que saben que el impacto de haber perdido la visión, o nunca haberla tenido, parece, más bien, beneficioso, como una virtud de la que se desprende el conocimiento y la sensatez.

En cambio, el teatro necesita ser mirado y mirar para poder existir. Y cuentan los que saben que puede ser imparcial, que puede aprender y tiene memoria, que si se petrifica se muere, que nunca está solo, que sabe mirarse a sí mismo, y que puede manifestar conocimiento.

Sábado 20 de agosto del 2022

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