Enero, mes de las esperanzas
Iniciamos el año creyendo en el futuro, aunque nadie sabe lo que esconden los días. Todos deseamos lo mejor, yo por ejemplo pido cada mañana por el país en el que vivo como inmigrante, por que terminen las guerras en el mundo, por la salud y alegría de mis semejantes y mis prójimos, que se deriva de próximos. Buenos deseos que deben normar mi conducta.
A estos buenos deseos añado ahora la petición de que en 2026 siga adelante la revista en la que ahora escribo, Artezblai, que de acuerdo con su fundador Carlos Gil Zamora se encuentra en peligro de extinción tras 25 años de meritoria labor en pro de la actividad teatral. Muchos años de trabajo, pero la amenaza en contra de esta publicación es inminente, de acuerdo con lo publicado aquí mismo por Gil Zamora en el número pasado.
“Estamos en momentos de crisis aguda. No sabemos si la podemos superar. No sabemos en qué quedaremos. De momento la cosa pinta mal, mucho desgaste, pocas ilusiones, ganas de pasar página. Estamos dando un salto hacia delante controlado.”
Un lamento, un grito de angustia, el canto del cisne, el final de una empresa… Y uno dice, no puede ser, son muchos años de información acumulada, de voluntad de ayudar al medio teatral, de bregar contra viento y marea. Pero como consecuencia de las circunstancias, ‘la comedia es finita’ parece decirnos nuestro director.
Más adelante la confesión en primera persona es más explícita:
Estamos preparados para apagar los focos sobre algo que ha estado veinticinco años intentando dar continuidad a programaciones, estrenos, festivales y ferias. El mundo está cambiando. Y todo lo referente a las Artes Escénica está en una pausa que me desanima.
Pesimista forma de iniciar el 2026.
Ya lo he escrito en esta columna, si las revistas de teatro están en peligro, es porque el medio teatral ha dejado de tener importancia. Vivimos en la ilusión del conocimiento portátil, de la información generada por conciencias extra humanas, lo que leemos en este momento, lo olvidamos en la siguiente nota. Saturados de imágenes tenemos el dedo que borra la pantalla para que aparezca otra y así hasta el cansancio. Scroller se le dice a esta acción, nos la pasamos escroleando (perdón por el barbarismo), nada importa, nada queda en la memoria, cuando mucho la señalamos, la trasmitimos para que siga rodando en el mundo digital. En estas condiciones es un milagro que los libros sigan imprimiéndose, que las revistas resistan, que los jóvenes lean. Vivimos verdaderamente un cambio de época.
¿Va a sobrevivir el teatro, la escena, las artes vivas? El circo y sus números reducidos y su modernidad de fantasía, tal vez lo logre. Las obras de los clásicos que a veces duran cinco horas, las óperas y sus rigores, los conciertos de música clásica ¿van a sobrevivir? ¿las artes escénicas quedarán como actividades para iniciados? Lo que va a perdurar serán los monólogos insulsos, los sketch digeridos, los guiones raquíticos, en fin, un auténtico cambio de época para una atención cada día más reducida.
Pero no todo es desaliento, las programaciones teatrales siguen en 2026, los festivales se multiplican, la escena cambia e integra la pantalla a producciones diferentes. Y seguiremos difundiendo los múltiples caminos que se abren en el espacio teatral, en este o en otro medio. Caminemos con optimismo hacia ese futuro incierto que hoy se inicia.
París, enero de 2026
