Y no es coña | Carlos Gil

Espejismos y oasis

Escribo desde Beja, invitado a su Festival Internacional de Teatro del Alentejo FITA, evento que he visto crecer en lo últimos años, que he vivido de cerca en estos dos años de pandemia, de cambios de fechas, suspensiones y aplazamientos, y que vuelve esta vez a una estabilidad que podemos considerar cercana a lo que consideramos normalidad. ¿Y qué se entiende por normalidad? Pues, para reducir el concepto, lo que se hacía y cómo se hacía antes de 2020. Y ahí deberíamos meter el hocico.

Llevo viendo una constante y poco detectable bajada de espectadores en teatros de Argentina, Madrid y ahora el Alentejo. ¿Bajada de públicos, respecto a qué? A momentos de hace un año. ¿Tiene usted datos? No, pero sé detectar una sala llena, casi llena, medio llena y con un aforo rozando lo doloroso. Mi mala costumbre de ir cada día al teatro me ha convertido en un sabueso que reconoce por el olor en la entrada a la sala estas circunstancias. Y como me siento partícipe de esta burbuja, globo, entelequia o comunidad, voy a intentar explicar mis apreciaciones subjetivas, sin valor de cambio, pero quizás con alguna perspectiva de tener valor de uso.

La pandemia no hirió a todos. Cuando se abrieron las salas con restricciones de aforo, empezamos a crear una mitología que se convirtió en un espejismo. Anunciamos, proclamamos, hicimos manifiestos sobre la necesidad que tenían nuestros conciudadanos en acudir al teatro. Nos lo creímos y, realmente, sí existió un momento dulce, cuando con el cincuenta por ciento de los aforos se llenaban las salas. O eso parecía. 

A partir de esa situación sobrevenida fueron pasando los meses, se fueron ajustando las programaciones, el virus afectaba de manera incidental, se suspendían actuaciones por positivos de actores, pero las salas, con muchas protecciones se mantenían abiertas, los públicos acudían y se mantenía una ocupación relativamente alta, aunque los estadísticos nos indicaran que se habían perdido muchos millones de euros de recaudación. En este contexto, analizar los resultados es una tarea muy compleja. La necesidad de buscar una normalidad, de transmitir un seguridad prevaleció por encima de cualquier otra acción. Y de repente ya no e s obligatorio el uso de mascarillas en lugares públicos, ni en la calle, ni en estadios, no hay limitaciones de aforos, todo parece normal, y a la ciudadanía más comprometida con ciertos usos culturales se les ofrece la posibilidad de volver a viajar, de acudir a citas que durante dos años han estado vetadas, por lo que el teatro y sus programaciones, dejan de ser una de las pocas alternativas de salir de casa, de socializarse, y empiezan a verse restaurantes saturados, hoteles casi llenos, fiestas populares a rebosar y un largo etcétera.

Es en ese contexto donde, a mi entender, se debe indagar para saber en qué punto de preferencia están las artes escénicas. Claro que no hay que olvidar que existen oasis sociales, imágenes fijas donde transitar, pero aquí en Beja, el año pasado, por asuntos administrativos, el horario de las actuaciones principales se adelantó una hora y hubo un número determinado espectadores de media; este año, volviendo a la supuesta normalidad horaria ese número ha bajado ligeramente. ¿Se ha estudiado si estos dos años han influido en las costumbres de la ciudadanía, en los horarios que prefieren para acudir a los teatros? Es una de mis obsesiones legendarias, el horario de las funciones. Hoy pregunto, para no entrar en discusiones ajenas a mi circunstancia, el horario, ¿debería ser antes o después de la cena? En ciertos puntos de exhibición esta decisión amplía o restringe el número de espectadores. Y crea una cadena de valor en el entorno del teatro, bares, restaurantes y un largo etcétera. Estoy pensando en poblaciones medias de entre 15.000 y 40.000 habitantes. En una gran ciudad todo es diferente, por cantidad de oferta y de demanda. Y debemos tener en cuenta, también, la temporada, el clima, el entrar a un teatro de día o de noche. Detalles que van conformando los hábitos, las costumbres. 

Y así podemos estar aportando dudas durante horas, pero cada vez estoy más convencido de que es necesario hacer estudios reglados sobre estas circunstancias, deseos, costumbres, localizados y generales expresados por los que acuden a las salas y teatros, y también, a los que no acuden. Como una herramienta más para captar la atención de la ciudadanía para sentir los teatros como algo suyo. Claro está que la programación, lo que se ofrece y cómo se ofrece es parte fundamental de esa relación, especialmente cuando vemos el tipo de clientela que acude, con unas ausencias generacionales de asustar. En el qué, aunque no lo parezca o existan negacionistas irreductibles, está parte de la solución.

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