Sud Aca Opina | Patricio Sancha

Estirar el chicle

Cuando alguna situación se hace insostenible y no da para más, pero aún así insistimos creyendo que podemos lograrlo, en mi país decimos que estamos estirando el chicle, la goma de mascar, y creo que todos, cuando llega ese momento en que debemos ponernos el pijama de madera, cuando tenemos que pasar al patio de los callados, cuando se nos apaga la tele, cuando debemos pasar al patio de los callados o bailar con la parca, todos queremos estirar el chicle tratando de alargar aunque sea solo un poco más, nuestra estadía en este plano de existencia, y digo en este, porque nadie puede aseverar ni refutar de manera categórica que existe otro. Desde un punto de vista científico, simplemente llegamos a un fin absoluto, pero a lo largo de la historia la ciencia se ha equivocado en repetidas ocasiones, y por otro lado, las religiones se basan en dogmas para aseverar la probabilidad de otros planos de existencia, y los dogmas no son más que una formula utilitaria para validar una postura de pensamiento, y no una razón valedera.

El tiempo no pasa, sino que se acumula deteriorando el envase físico donde se alberga nuestro espíritu. Con el tiempo que no se detiene y hasta el momento no es reversible, nuestro espíritu, nuestro ser, alma, conciencia, o como se le quiera llamar a esa parte intangible de lo que somos, se va enriqueciendo con el cumulo de las experiencias vividas, mientras el mecanismo que es nuestro cuerpo físico, se va deteriorando gradualmente.

Las delicias de nuestra juventud dejan de tener azúcar, sal, grasa, cafeína, alcohol, lactosa… nuestro desempeño físico se torna más lento e incluso imposible, se nos olvida donde dejamos los lentes a pesar de tenerlos sobre la cabeza, pero nos acordamos perfectamente de algún compañero de colegio. Gradualmente dejamos de ir a asados para encontrarnos con amigos y en cambio cada vez vamos más a funerales para despedir a los amigos.

Alguna vez nuestros padres nos llevaron al pediatra, luego fuimos solos al médico, y finalmente nuestros hijos nos deben llevar al geriatra.

Ese final que alguna vez consideramos tan lejano en el tiempo, comienza a acecharnos del otro lado de nuestra puerta.

No queremos abrirle, no queremos rendirnos y ya que el mundo de las certezas solo nos puede asegurar nuestro final, nos acercamos a las religiones capaces de seducirnos con la promesa de paraísos, re encarnaciones, otros planos de existencia, lo que sea con tal de atraernos a sus filas, y creemos, no nos queda otra que tener fe y creer en esas promesas de humo porque no entendemos como toda una vida de altos y bajos, sacrificios y logros, puede simplemente terminar.

¿Tanto esmero en construir nuestro castillo de arena, para que venga una ola y lo desarme?

Así es.

El chicle lo podemos estirar un poco más transformándonos en una farmacia ambulante, pero tarde o temprano, el chicle se cortará.

En vez de enfocarnos en el fin, quizás sea mejor enfocarnos en el principio para regocijarnos cada día de los logros obtenidos, no de los materiales, sino de esas vivencias acumuladas que nos han permitido ir llenándonos de afectos.

El sabor de un chicle real se va desvaneciendo, en cambio el sabor de nuestras vidas puede ser cada vez mejor, si y solo si, nosotros hacemos lo necesario para que así sea.

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