Escritorios y escenarios | Manuela Vera

La fatiga de la larga duración

Las últimas obras de teatro que he visto tienen algo en común. No porque trataran los mismos asuntos, o porque implementaran las misma técnicas o estilos, ni siquiera porque sus creadores hicieran parte de la misma generación, o porque hubieran ocurrido en una misma sala teatral, o porque trataran dramaturgias modernas. No. Lo que tienen un común es que excedieron su duración, eran obras tan largas que me sentí fatigada. Y como espectadora he sentido que se olvidaron de mí, que me soltaron, que no les importo.

Y eso que cuando voy a teatro, voy con ganas, ahora más que nunca, porque acabo de regresar de un viaje espiritual y quiero reírme, quiero relacionarme, quiero salir inquieta y con ganas de más. Mejor dicho, soy un regalo de espectadora, al menos en este momento.

Se que no existe una medida exacta para el desarrollo de un espectáculo, y que la transgresión de la duración estándar de una hora aproximadamente puede obedecer a causas diversas. Incluso a posturas. Pero en los casos a los que me refiero, la percepción que me quedó es más bien la del “engolosinamiento”. Me explico, me pareció que en dichas obras dilataron el tiempo y pusieron más cuadros y escenas, y más cuadros y escenas, y más cuadros y escenas, porque los artistas lo estaban pasando bien. Y como lo estaban pasando bien, quisieron seguir contando y contando a pesar de que, desde mi rol de espectadora, sentía que ya todo estaba dicho. Que muchas situaciones sobraban y que no era necesario extender la reflexión y alargar el chiste.

En uno de los casos la sorpresa que la obra me había generado durante la primera hora, fue desapareciendo hasta convertirse en su opuesto, lo predecible. En otro, empecé a contar más de cuatro “posibles” finales. Y cada vez que empezaba una nueva escena y yo pensaba algo así: “ahora sí, esté sí es el final”, pero resultaba que no. Que seguía otra situación, y otra, y otra. Y otra, y otra. Y así, por mucho tiempo. Y me empezó a dar risa. Yo creo que risa nerviosa, la risa de un ser que está confundido y que no puede creer cómo no tiene ni idea de lo que está pasando ante sus ojos. Con la tercera puesta en escena, el asunto iba por otro lado, me puse a pensar que, si me iba o me quedaba, daría exactamente lo mismo. Que si me dormía o empezaba a pensar en las cosas que tendría que hacer en el transcurso de la semana, daría exactamente lo mismo, porque al volver mi atención sobre la obra, no me habría perdido de nada.

Pero tranquilos, porque seguiré yendo a teatro, seguiré con ganas de ir a divertirme, a pasarlo bien, a que me enciendan, a que me hagan sentir viva. Aunque en secreto cruzaré los dedos y pediré unos cuantos deseos antes de que empiece la función “que no sea tan larga, que me tengan en cuenta, que me seduzcan, que se vinculen conmigo, que sepan hacerme dar ganas de más”.

Domingo 2 de octubre del 2022

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