Y no es coña | Carlos Gil

La felicidad y el teatro

Asistir a la ceremonia de entrega de los premios Juan Mayorga que organiza Escenaamateur, forma parte, desde hace unos años, de mi proceso de reciclaje o de un claro episodio esperado de formación continua. Este año nos ha llevado a pasar unas horas en Almagro, sentarse en una de esas sillas de enea del Corral de Comedias, abrazar a viejos amigos, conocer a personas con ilusiones desbordantes de los grupos de teatro amateur que concurrían con candidatos, los organizadores, la dirección y hasta a compartir manteles y cuchillos con autoridades locales, provinciales y estatales del asunto. Viajar, además, junto a un compañero de estos asuntos con el que nos lo pasamos muy bien, se convierte en algo muy agradable, quizás podríamos acercarnos a lugares desde donde se vislumbra la felicidad, o la representación que de ella tenemos cada cual a estas alturas de la vida.

Justo antes de empezar a juntar estas letras, con las ideas básicas asentadas desde el pasado sábado, leo un titular de prensa que ahonda en mis pensamientos. Decía algo así como “pagar los recibos y el alquiler, pero no ser feliz”, y se refería a ese movimiento global en la que muchas personas abandonan su puesto de trabajo debido a que se consideran mal pagadas, o que buscan otras condiciones o tienen otras esperanzas. Es decir que priorizan sus deseos, sus vocaciones, eso que llamamos de manera difusa felicidad, a partir de su trabajo. ¿No es algo de lo que sucede de manera muy amplia en el tejido profesional de las artes escénicas? Los datos son contundentes y nos informan de un porcentaje mínimo de profesionales de las artes escénicas que vive de su profesión. Que vive con dificultades, pero vive. Otro porcentaje mucho menor, vive holgadamente, y un porcentaje insignificante, vive de manera extraordinaria. El resto vive mal, malvive, se debe buscar la vida, compaginar temporalmente trabajos esporádicos. Ustedes conocen perfectamente este relato, esta situación, estas circunstancias.

En el Teatro Aficionado, actual, en nuestro entorno, las circunstancias son muy diferentes. O dicho de manera menos enfática, lo que yo conozco, lo que me llega, a lo que presto atención, está bastante bien. O al menos está organizado, han logrado estructuras, visualización, reconocimiento institucional y ello ayuda para que los grupos, agrupaciones, colectivos que dedican un número de horas al día a ensayar teatro, pueda ofrecer, en términos amplios, espectáculos de un formato riguroso, con textos propios o pertenecientes a la dramaturgia universal, con interpretaciones, desiguales, pero en algunos casos de una gran entidad y todo ello dentro de una relación con los públicos que demuestran su capacidad de llegar a su propio círculo cercano que significa ocupaciones de salas muy importantes.

He escrito sobre el rigor, las producciones, sus escenografías, sus repartos, los carteles, sus estudios previos, preparaciones y un larga etcétera que nos dejan más que sorprendidos, admirados. La inmensa mayoría de las personas que se dedican a estos menesteres tienen otras profesiones con las que pagan servicios e hipotecarios, pero las horas que dedican a su ilusión, vocación son las suficientes para lograr sus objetivos, de buscar sus sueños, de enfrentarse en escena a los públicos con garantías y con unas ganas crecientes, que superan todas las perspectivas.

Un ejemplo, la obra que obtuvo más galardones, de un grupo navarro de Tafalla, era “El matrimonio Palavrakis” de Angélica Lidell, que se ha llevado iluminación, actor y actriz protagonista, dirección y espectáculo.  Pero competía con montajes muy solventes sobre “La cantante calva”, “Bodas de sangre”, “La Nona”, entre otros muchas otras propuestas de gran calado. Algunos grupos concurrentes eligen el camino de escritura de sus propias obras, y eso nos sitúa en un estadio de la realidad muy sugerente. Y se premió a un grupo de Tres Cantos con un musical propio de una calidad inusitada. Y otros textos de dramaturgos que se inician en esta función con una edad avanzada. Por lo tanto, hay presente y hay futuro.

Es decir, el Teatro puede traer la felicidad a quienes lo hacen y a quienes lo ven. Las instituciones, que ya empiezan a tenerlo en cuenta, deben propiciar sistemas, reglamentos, coberturas que ayuden a esta consolidación y al crecimiento de estas estructuras que tienen una serie de contactos internacionales que nos dan noticias de su importancia y de su valor añadido fuera de las circunstancias más tozudas, porque al final el Teatro siempre es el Teatro. Y una persona como yo que acude cada día a salas y teatros para ver espectáculos, le cuesta encontrar en el escenario distancias de calidad suficientes para estigmatizar a nadie desde esa idea.

Lo innegable es la existencia de un Gran Movimiento en marcha, una cantidad de grupos y asociaciones organizadas, ideas generales en constante evolución, propuestas de superación y la realidad es que cuando hay un grupo de teatro en un barrio, un pueblo, una asociación de mayores, un grupo de ocio, todo cambia. Porque el teatro es bueno de por sí. Sea en la forma y estatus que se haga, se tenga la edad que se tenga para hacerlo. La felicidad de hacerlo. La felicidad de disfrutarlo como espectador. 

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