Y no es coña | Carlos Gil

Laberinto de palabras opacas

Nadie me pide nada más que una puntualidad en la entrega de estas acumulaciones de fraseología aleatoria que buscan peinar algo la espesura de la falta de ideas que va estratificándose en el discurso más inmediato. Así que, entre lo obvio, lo publicitario, lo políticamente correcto y la insignificancia, las Artes Escénicas viven en un estadio de su evolución que no tiene un diagnóstico claro. Son demasiados los eslóganes que ocupan titulares como si se tratara de algo más que una aliteración de conceptos vagos que casi nunca van más allá del primer gesto que acaba siendo toda la gestación. 

Quería encadenar algunas letras para fabricar palabras y llegar a parafrasear a quienes me ayudan en los momentos de mayor angustia dentro de este laberinto donde parece que no hay más salida que la obviedad, el realismo chato, la chocarrería o el infeccioso virus de la grisura apologética. Pero el pudor me paraliza. Las citas siempre me han parecido escudos más que trampolines. Me muero por un suspiro provocado por una lectura transversal de un texto visto mal en una red. No he visto el último espectáculo de Pablo Messiez. Amo todo cuanto escribe, cada palabra que plasma su estado emocional, sus dudas creativas, sus certezas insondables. Por eso no quiero acompañarle en esa idea de que las palabras esconden algo. Las palabras iluminan, las palabras nos forman, nos fecundan, no existe otra manera de entender el camino que siguiendo esos letreros escritos con tinta invisible pero que resuenen en nuestras cabecitas cuando estamos metidos en lo más frondoso del laberinto de las palabras opacas.

Claro, hay palabras muy opacas, palabras hostiles, envenenadas que se lanzan para herir a la belleza, la razón o el propio hecho teatral. Pero por mucho que reivindico el cuerpo, el gesto, el movimiento, lo no literario en los escenarios, nunca podré renegar de la palabras, de las palabras, porque es la única manera que tengo para expresar lo que es una emoción, la belleza, la consternación, el hálito de lo que alguna vez llegará a ser incandescente en nuestra sensibilidad. 

Comprendo que produce un dolor eterno contemplar en los escenarios cantidades insufribles de palabras vacías, que suenan como ruidos de un atasco urbano cerebral; palabras que engañan, que confunden, que propician imágenes veladas. Esas palabras son tóxicas, no tienen valor escénico relevante, pero aun así dejan una huella que debe servir para intentar apartarlas, para que la contaminación sea mínima y no se llegue a convertir en una pandemia. Pero también hay escenas sin palabras igual de banales, tóxicas, insignificantes que ocasionan tanto daño visual como emocional.

Todo debe convivir en el escenario, porque a veces lo más sublime es un silencio roto por un gesto. O un gesto abrazando a una palabra. Y si son dos palabras bailando un sirtaki podemos considerar que estamos ante la epifanía del teatro. Y nada más. 

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