Y no es coña | Carlos Gil

Lo notas en las notas

Confieso que tengo un exceso de asuntos que tratar relacionados con lo circunstancial en la producción y exhibición de las Artes Escénicas que se van a esfumar porque a lo mejor son muy perecederos o, cuando menos, tangenciales. Así que no hay tesis ninguna en lo que voy a seguir señalando en este cuaderno de notas, asuntos que quizás se puedan desarrollar de una manera más exigente en entregas venideras.
Me cuesta entender de manera cabal lo sucedido con la obra de Paco Bezerra que se nos asegura estaba en la programación 22/23 de Los Teatros del Canal, pero se cayó de la misma, unas horas antes de su presentación. Con todo su derecho y en un tono a mi entender adecuado porque está defendiendo su obra y una supuesta censura, Bezerra nos explica algunos de los pasos y a la vez se nos introduce una variante muy complicada, como es que, desde el Comunidad de Madrid, de la que depende la programación de estos tetaros, se alude a la necesidad de un reajuste presupuestario. Por lo que hemos ido deduciendo, Blanca Li, es la directora artística y propone una programación que otras instancias, en paralelo o superiores, valoran, ponderan y ven si existe el presupuesto adecuado para llevarla a término.
Este caso tiene, al menos para este trashumante que escribe hoy desde Almada, a donde llegó desde Palma del Río y estoy camino de Cerdeña, muchas aristas, por lo que ruego condescendencia a mis superficiales opiniones provocadas por la lectura detallada de informaciones periodísticas y declaraciones cruzadas de los implicados. Se trata de un monólogo cuyo texto recibió un Premio SGAE. Se trata de una coproducción donde aparece Bitó, que por resumir está involucrada en Temporada Alta, el director es argentino, se había recibido una ayuda europea para su producción y exhibición en diversos teatros de una red muy activa de tetaros oficiales europeos.
Estos datos nos indican que era un proyecto elaborado desde diversos focos. Y. como el asunto que trata la obra tiene que ver con Santa Teresa, en una peripecia humana muy peculiar, inmediatamente surge la sospecha, probablemente razonable, de que la elección de este proyecto para ajustar el presupuesto, junto a otros cuatro o cinco, según indican desde la Comunidad, es un acto indirecto (o claro) de censura.
Hay un movimiento expresado con contundencia que pide la dimisión de Blanca Li por este asunto. Ella no ha dicho nada. O el viajero no ha escuchado ni leído nada al respecto. Por lo tanto, nos encontramos ante una situación de difícil solución, de imposibilidad de enjuiciamiento sin tener todos los datos, pero que incide en algo que los que llevamos algunos quinquenios en el asunto conocemos y denunciamos, la censura se ha ido ejerciendo de manera sibilina en el campo de la economía. Las ayudas y subvenciones sirven para apagar intentos o dicho en positivo para potenciar un teatro lo más aséptico posible. Yo estoy, de entrada, de parte de Paco Bezerra, pero hay muchos detalles que me encantarían saber.
Hace unas décadas, cuando acudía a festivales europeos de verano y veía como los teatros importantes, medianos o pequeños presentaban su programación de la temporada siguiente en Junio/Julio, sentía una cierta envidia. También una reflexión hippie, si se daba por cerrada para los diez o doce meses siguientes, no existía hueco para el descubrimiento de un espectáculo maravilloso, que debía esperar ese tiempo, con lo que eso representaba en aquellos momentos, en el sistema de producción español. Hoy, y desde hace unos años, eso sucede habitualmente en nuestros teatros oficiales. Se nos presentan las programaciones con ese adelanto, tanto en las instituciones que exhiben, como en las que, además, producen. El caso anterior de los Teatros del Canal se destapó precisamente al presentarse la programación.
Lo obvio es que el sistema se ha ido acomodando a esta circunstancia. Se estrena en un año y con suerte se exhibe, se gira, al siguiente. Todo ha dio cambiando, la fragmentación es obvia, las personas que están hoy en la onda pueden estrenar tres, cuatro espectáculos en una temporada en diversas instituciones públicas o en los semi-privado. No hablo de una dramaturga que puede tener los textos en la nevera, sino directores o actrices. Asunto que se puede debatir sin ningún tipo de resquemor, ni siquiera con carácter sindicalista, sino por si es el mejor ritmo de producción con calidad. Es una duda pequeña, habrá personas con esa capacidad, y otras que necesiten un tiempo más relajado. Lo cierto es que sucede. Unas personas tienen muchas oportunidades y otras ninguna. Y son variables, depende de quiénes están en los lugares de decisión varían. Algunos valores son eternos, otros muy coyunturales.
Por otro lado, si se miran las propuestas de estas programaciones podemos llegar a tener una sensación de falta de criterios particulares, como si la única manera de entender la programación de un teatro público fuera desde el eclecticismo. Supongamos que se trata de un teatro de una capital de provincias, entonces esta idea de atender a todos los públicos posibles, a toda la ciudadanía, se entiende que forme parte de los objetivos para estructurar la oferta de un año. No obstante, en capitales como Barcelona o Madrid, y conozco en estos momentos mucho mejor lo de Madrid, la transversalidad es tan obvia y patente, que podemos empezar a tener dudas razonables. Por decirlo rápido son intercambiables. Lo del CDN podría estar en el Teatro Español y lo del Español en la Abadía. Y podemos hacer un viceversa, incluyendo alguna parte de los del Canal, que tienen, a mi modesto entender, una de las programaciones más abiertas, con cabida a muchas opciones, temáticas y lenguajes estéticos.
Este que tanto los quiere y tanto les debe, ha tenido la suerte de estar en equipos de dirección de festivales tan emblemáticos hoy en día como el Grec o el de Vitoria-Gasteiz, entre otros. En tiempos en que no había fax, ni Internet, donde se hacía todo de manera muy artesanal, pero que se conseguían hitos programáticos importantes. Los festivales en el Estad español, eran unos cuantos, muy pocos. Hoy hay multitud de festivales. Les llaman internacional, iberoamericano, porque queda bien. Sus contenidos son también de mercado, es decir lo que eligen de lo que les ofrecen las representantes, o dicho en términos crudos, vendedores, por lo que existe una amplia posibilidad. En los años ochenta descubrimos que existía una manera de producir espectáculos que denominamos “festivaleros”, asunto que en algunas épocas parecía haberse eliminado del propio mercado, al menos de una manera tan obvia. Pero los que tenemos la misión de ir a muchos festivales, si no existe una curaduría muy cargada de argumentaciones, presupuesto y criterios que le doten de una línea “editorial”, se convierten en un repetición de espectáculos que huelen a franquicias. Y hasta puede que sean espectáculos de una magnífica factura, pero que nos parecen que son productos de consumo, utilizando oportunamente grandes nombres.
Esta rama de los festivales tiene muchas posibilidades de convertirse en un tema importante, al menos para quien cree que se deben depurar de manera muy fina lo que se entiende debe ser hoy un festival, sea muy grande, mediano o pequeño. Es más, limitar la nomenclatura, lo que es un festival y para qué sirve, y lo que es una programación especial. Mucha tela que cortar.
En este maravilloso festival de Almada asistí este sábado pasado a una mesa debate con un lema de la contundencia siguiente: ¿Qué puede hacer el teatro frente al crecimiento de las extremas derechas? Pues ahí encontré luces, guías, conformismos, retóricas y a una voz luminosa, la de Olivier Neveus, que nos sitúo de manera muy clara en lo que pasa, la relación entre teatro y sociedad, o teatro y política. Y debo decir que es el autor de un libro titulado “Contra el Teatro Político”, traduzco de memoria. Tenemos material para pasar este verano entretenidos, además, de los espectáculos de escapismo que tanto proliferan.
El interés que despiertan ciertas circunstancias vividas, lo notas en las notas que vas escribiendo con esa grafía especulativa y jeroglífica que acumulan sensaciones y deseos.

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