Escritorios y escenarios | Manuela Vera

Pensamientos en voz alta sobre el arte

En este instante se me antoja pensar que el arte es una práctica de comunicación espiritual entre los seres humanos. En cada proceso artístico, y en sus productos, los creadores exteriorizan trozos, entregan partes de sí mismos. Algunas de estas partes se exponen de manera consciente y hay otras que estando allí, ni se sospechan. Los trozos provienen de mundos interiores, íntimos, solitarios. El arte es un canal que nos permite el tránsito de lo privado hacia lo público.

También nos permite recorrer un sendero que va directo hacia la voz propia. Aunque en el camino hay quien se pierde adoptando y repitiendo los murmullos que provienen del afuera. El arte nos ayuda a reconocernos, a recordarnos. A saborear lo que somos.

Cuando una práctica artística no persigue la fama, ni cuando es apresurada por la agitación que genera la competencia, permite, más bien, una experiencia singular en la que uno puede escucharse a sí mismo, mientras se piensa o cultiva la relación con los otros. En esta sociedad infestada de ruidos externos, de provocaciones publicitarias, resulta complicado saberse escuchar. Por eso el arte es necesario.

Ahora bien, por muy paradójico que parezca, hay artistas mudos, sordos, locos y perdidos. Artistas incapaces de hacer aflorar, desde lo más profundo de su ser, esa peculiaridad. En el viaje del artista se corren riesgos: el extravío, el naufragio, el embelesamiento de las sirenas, los hechizos de Circe, la ira de Poseidón. Y tal vez lo único que no debería olvidarse es que el arte está al alcance de todos, no es excluyente. Al menos no debería serlo. Y por eso un artista no debería considerarse mejor ni más especial que nadie. Al fin de cuentas aquellos que quieren pueden tener acceso a lo que se siembra en el campo de lo artístico.

Sábado 6 de agosto del 2022

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