Y no es coña | Carlos Gil

Por un camino serpenteante

Es difícil prepararse con tiempo el temario para escribir estas homilías lunáticas ya que van saltando noticias de una manera asilvestrada que de alguna manera obligan a cambiar la ruta, por lo que hay que optar por caminos más serpenteantes que no sabemos si nos llevan a una ermita o a un estercolero. Lo cierto es que tener que narrar el cierre definitivo en Madrid del Nuevo Teatro Fronterizo que fundó hace unos años José Sanchis Sinisterra, que estuvo en local conocido como La Corsetería, de donde mudó al que ahora acaba de dar de baja es el cuento de nunca cavar, la constatación de que no existen condiciones adecuadas para el desarrollo de proyectos que vayan más allá de la inmediatez, de la gestión de locales con criterio de explotación de la s paredes, donde los contenidos y los programas de enseñanzas o de investigación son utilitarios, fugaces, sin demasiado recorrido. Del Nuevo Teatro Fronterizo salieron proyectos, acciones muy significativas. Sobrevivía gracias a la generosidad de Sanchis Sinisterra. Pero ha llegado el momento de recordarlo, de añorarlo. Todas las promesas institucionales para apoyar este foco de creación y de expansión de ideas y de semillero de futuros, se ha quedado en el embrión.
Partiendo de esta extraña sensación de desamparo, de saber que se ha cerrado una luz, seguiremos por este camino sombrío, porque la muerte de Berta Riaza nos vuelve a recordar que se nos están yendo, por edad, los referentes, esas referencias profesionales, artísticas, éticas de lo que es una manera de entender el oficio como una consagración, un perpetuo aprendizaje, la única manera de mantenerse en perfecto estado de interpretación. Llevaba unos cuanto años retirada, pero al certificarse su ausencia definitiva la unanimidad ha cundido de manera inmediata, se ha ido una de las más grandes. Quienes la vimos actuar podemos asegurar su magnetismo, su calidad, su presencia escénica. Varias generaciones de actrices y actores deberán recurrir a los vídeos para verla, porque desgraciadamente llevaba muchos años sin pisar las tablas.
Por todo ello, quisiera sumarme a un tema que ha sido siempre muy propio de este rincón, y es que se intenta desde algunos sectores muy reaccionarios acusar a Pérez Mencheta de ser poco menos que un sectario porque ha tenido el atrevimiento de mostrar su disconformidad por la programación en teatros públicos de un espectáculo encabezado por el televisivo Jorge Javier Vázquez. No es asunto fácil de discernir. Como todo está muy embarullado y la definición de teatro público es confusa, adrede, porque sus titulares, la mayoría ayuntamientos, no saben exactamente qué hacer con ellos, y al no existir una reglamentación, un estatuto, algo que ayude a las concejalías a orientarse, se han convertido esos edificios en un contenedor que no exige casi nada, que no se sabe si con pagar un alquiler se puede ofrecer un akelarre o si existe un plan, unas ideas, una programación realmente activa, pensada, conveniente sopesada para atender a los diferentes sectores de la sociedad a la que se dirige.
Menos mal que Pérez Mencheta es un hombre de éxito, su productora Barco Pirata es una de la que ha ofrecido en estos años algunos de los mejores espectáculos de la producción privada, él tiene una vida de actor televisivo de primer orden, por lo que su argumentación no parte del litigio por omisión, sino por adecuación a un pensamiento positivo. Yo he visto el espectáculo de Jorge Javier y no me pareció tan delirante como se podía esperar. La mano de Juan Carlos Rubio se nota. Pero no deja de ser un producto comercial gestionado por una empresa que forma parte del oligopolio. No puedo saber si se contrata a caché o a porcentaje de taquilla. En el primer caso sería muy escandaloso, en el segundo sería dudoso, a no ser que entremos en la realidad más extenuante.
No existen ya alternativas privadas en casi la totalidad de las ciudades de España. Son pocas ciudades en las que existan teatro privados para dar cabida a estas producciones, por lo que se entra en un bucle. En un teatro público se debe atender a toda la población con programaciones que busquen los diferentes públicos supuestamente existentes. Y si esta es la noción, se puede estar de cuerdo o no, en mi caso a regañadientes, porque una inversión de esta envergadura debería tener un soporte legal para establecer los objetivos precisos para avanzar en los lenguajes y atender a la población desde una perspectiva de progreso, de avance, no de explotación de negocio solamente.
Es un tema muy largo. Y estoy saliendo de Cerdeña, de un peculiar festival al que trataré con calma en breve. Por eso la campaña que ha emprendido la ADE y que como francotirador voy soltando desde siempre por aquí, es urgente establecer una ley o reglamento para ver qué se hace con esos teatros públicos, existen compañías que podían hacerse cago de ellos de una manera convenida, lo que ayudaría a dotarles de unos contenidos más estables y tasados dentro de una mirada de futuro.
De momento, hay que mirar desde una perspectiva ética qué se programa. ¿Por qué se programa lo que se programa? ¿Por qué lo que se programa pertenece de manera exhaustiva a una misma productora y sus adjuntos? Estas y muchas más preguntas y sus respuestas trazarían un camino hacia la claridad de ideas. Mientras tanto, vamos superando calores y fiestas patronales.

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